AUTOPÍAS, CONCEPTOS

Revisando límites

Me decía una persona a la que conozco desde hace varios años, tras leer una entrada anterior de este blog titulada El dilema del caballero, que –en su opinión– aún no me había desprendido totalmente de esa armadura imaginaria de miedos y prejuicios con la que me había revestido. Reconozco que aún me queda trabajo por hacer: el autoconocimiento no tiene fin. No obstante, creo que no se debe confundir esa apariencia de armadura que, en un momento dado, podemos ver en nosotros mismos o en otros con la libre capacidad del ser humano para fijar sus propios límites en la relación con el entorno.

Establecer límites estructura nuestra identidad, garantiza nuestra autonomía, fomenta nuestra protección y autocuidado y nos ayuda a establecer marcos de relación con quienes nos rodean. Conviene poner límites concretos, expresados de forma clara y asertiva, para que nuestros interlocutores sepan a qué atenerse cuando se relacionan con nosotros. Y debe tratarse de límites ajustados al entorno familiar, laboral o social en el que nos encontramos (nuestro sistema de límites varía en función de situaciones y contextos). Si no ponemos límites, nuestra vida quedará subyugada a la voluntad de los demás.

Se habla de la existencia de dos tipos de límites. Los límites de bienestar definen el marco en el que nos sentimos cómodos, respetados o tranquilos en la relación con los demás. Por su parte, los límites de tolerancia representan ese espacio en el que, una vez traspasada la frontera del bienestar, resistimos los envites relacionales con mayor o menor impacto sobre nuestra autonomía. En mi caso, volviendo a la armadura, quizá sea un celoso guardián de unos estrictos límites de bienestar, anclados a mi zona de confort, que me impiden experimentar otros marcos relacionales. Otras personas, en cambio, explotan al máximo sus límites de tolerancia olvidando su propio bienestar. Y tú, ¿dónde pones tus límites?

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