AUTOPÍAS, CONCEPTOS

Conceptúa, que algo queda

Repasando las entradas publicadas hasta la fecha en este blog, constato que en la mayoría de ellas hablo de conceptos (felicidad, necesidades, éxito…) que manejamos en nuestra vida cotidiana pero que, desde mi punto de vista, no usamos de una forma acertada. Unas veces, distorsionamos o pervertimos su significado haciendo caso de modas, tendencias o reclamos publicitarios. Otras veces lo engrandecemos incluyendo en él una carga no solo semántica, sino también emocional, que en realidad no le corresponde. Al final, todo acaba siendo más sencillo de lo que parece. Por eso, creo que puede resultar útil, aprovechando las entradas ya publicadas, revisar algunos de esos conceptos.

Seguro que ahora, en vacaciones, te has propuesto desconectar. Es cierto que las actividades cotidianas, académicas o laborales, nos absorben mucho: necesitamos distanciarnos y tomarnos un respiro. ¿Pero es eso realmente desconectar? Si así fuera, viviríamos plenamente conectados en nuestro día a día… y creo poder confirmar que no es así: desplegamos nuestra atención hacia fuera y nos olvidamos de nosotros mismos. En la entrada On/off, publicada coincidiendo con el inicio de las vacaciones de Semana Santa, reflexionaba sobre la cualidad intrínseca del ser humano para conectar permanentemente con su esencia –y en todas las actividades que realiza– a través de la respiración. ¿Aún no sabes cómo? En la entrada Respirar, ser y merecerte encontrarás las claves para conectar contigo, y mantenerte conectado, usando ese mecanismo primario a partir del cual se articula nuestra vida.

Mientras no contactemos con nosotros mismos, allá donde estemos, no será posible identificar cuáles son realmente nuestras necesidades. Frecuentemente, confundimos o condicionamos nuestras necesidades con las demandas o los deseos de otros o con las obligaciones que nos impone nuestra autoexigencia. En la entrada Viaje al interior de la pirámide explicaba uno de los modelos más conocidos de clasificación de necesidades (la Pirámide de Maslow) y abogaba por buscar resquicios para, a partir de él, encontrar nuestras auténticas necesidades. Identificadas nuestras necesidades, más fácil será interactuar con el mundo con esos ¿sencillos? gestos a los que me refería en la entrada Dar y recibir: ¿carencia o abundancia?

En esa interacción con el mundo deberíamos ajustar también nuestra idea sobre el éxito y el fracaso. ¿Qué nos aportan cada uno de ellos? ¿Qué nos sustraen? Quizá te apetezca revisitar la entrada Impostores al acecho para descubrir un significado más ajustado de estos conceptos. De momento, te daré una pista: la clave está en la aceptación de lo que nos sucede, pero no para conformarnos con ello, sino para asumir nuestra responsabilidad e impulsar procesos de cambio. De esto iba la entrada La felicidad, ¿una quimera?, en la que propongo sustituir la búsqueda de la felicidad (esa que vemos fuera de nosotros) por un esfuerzo de aceptación de lo que somos y de lo que nos ocurre.

Y así, en ese estado de aceptación, podemos trabajar con los conceptos fundamentales que nos mueven como individuos: la autoconfianza, la autoestima, la autocreencia y el autoapoyo. Sobre todos ellos reflexionaba en la entrada Una de autos: se trata de profundizar en nuestro autoconocimiento no para dar la mejor versión de nosotros mismos, como se dice por ahí, sino para ser y actuar desde lo que realmente somos, siempre abiertos a aprender y ampliar (y, en su caso, también a corregir) nuestro potencial de capacidades. En definitiva, profundizar en la autopía, ese lugar propio ideal, pero alcanzable, en el que ser uno mismo.


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