AUTOPÍAS, METÁFORAS, REFLEXIONES

El valor de las ruinas

Érase una vez un monasterio del que ya solo quedan sus ruinas. Fundado a mediados del siglo XII, surgió con la idea de agrupar en un único complejo los distintos eremitorios que se repartían por el entonces llamado Valle de las Iglesias. Desde entonces –convertido en centro de poder de la comarca, gracias a los distintos privilegios reales que le fueron otorgando–, vivió varios siglos de crecimiento y prosperidad, fruto de una intensa actividad económica (cultivos, granjas, canteras…), que se manifestaron en una arquitectura en la que, siguiendo el curso de la historia, se encuentran ejemplos de los estilos románico-mudéjar, románico-cisterciense, gótico isabelino, renacentista y barroco. Se habla, incluso, de la existencia de una capilla mozárabe en su interior.

El esplendor no es un estado permanente y el devenir del monasterio, como todo en la vida, estuvo sujeto a intrigas y azares que condicionaron su desarrollo. Conflictos, pleitos y dificultades económicas se tradujeron en la pérdida de las villas o señoríos anejos al monasterio, que vio menoscabada su capacidad de influencia en el valle. Dos grandes incendios, en los siglos XII y XVIII, afectaron gravemente al recinto. El campanario que se levantaba sobre la capilla mayor de la iglesia se desplomó en el siglo XVII. Las crónicas mencionan también un episodio de saqueo durante la Guerra de la Independencia. Con todo, la peor noticia para el monasterio llegó cumplido el primer tercio del siglo XIX, fecha en la que se aprobó su desamortización.

Con la desamortización, los  monjes que lo habitaban tuvieron que marcharse, los objetos de valor que había en el monasterio fueron incautados (entre ellos varias pinturas, custodiadas actualmente en el Museo del Prado, y la sillería del coro, instalada posteriormente en la catedral de Murcia) y el complejo fue puesto a la venta, pasando a manos privadas. Se inició así una época de rápido declive marcada por el expolio, el deterioro y el abandono progresivo del recinto. La erosión hizo el resto. El monasterio que ya no era tal se convirtió, entrado ya el siglo XX, en una localización pintoresca para rodajes cinematográficos y en escenario de juegos y aventuras para niños y adolescentes de los alrededores.

La historia que aquí narro –someramente– es la del Monasterio de Santa María la Real de Valdeiglesias. Sus ruinas se encuentran actualmente en proceso de consolidación, con la intervención de las administraciones oportunas, gracias al esfuerzo realizado en su día por un arquitecto que, advirtiendo el potencial y el sentido histórico del complejo, compró el monasterio, comenzó a catalogar sus elementos (los que permanecían en pie y los que se habían derruido), impulsó su reconocimiento como Bien de Interés Cultural y, finalmente, cedió su propiedad al pueblo de Pelayos de la Presa (Madrid), a cuyo término municipal pertenece.

Este monasterio, al igual que muchos otros elementos del patrimonio histórico recuperados total o parcialmente en los últimos años, se enfrenta ahora a un importante desafío: ¿Cómo ponerse en valor, una vez perdida la finalidad inicial con la que fue construido? ¿Qué nuevos usos puede albergar? Algo hay, en estas preguntas, que me resuena, pues todos, en mayor o menor medida, contamos con una biografía –una historia– sembrada de pequeñas ruinas: relaciones o puestos de trabajo que dimos (o dieron) por amortizados, incendios de pasión o ira que nos dejaron consumidos, el saqueo sistemático de nuestros recursos por parte de aquellos que quieren aprovecharse de nosotros, el expolio al que sometemos a los demás cuando tratamos de arrebatarles su energía, los momentos de esplendor que ya no volverán (al menos, de la misma forma o con la misma gente), aquellos destellos de inspiración o creatividad que iluminan nuestro pasado… ¿Qué valor das a las ruinas sobre las que se cimenta tu vida? ¿Qué te dicen de tu potencial? ¿Qué quieres hacer con ellas?


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