AUTOPÍAS, REFLEXIONES

Pequeñas películas

Volvía a casa ya de noche y, al doblar la esquina, entré en un tramo de acera que, a causa de unas obras, se estrechaba dejando solo una zona de paso entre una valla opaca y una zona ajardinada. Según avanzaba, vi a tres chavales detenidos unos metros más adelante. Uno de ellos estaba agachado colocando algo junto al bordillo que separaba la acera del césped. Los otros dos, de pie junto a él, observaban atentamente sus movimientos.

¿Qué estarán tramando estos chicos?

Cabe decir que soy miope y que mi agudeza visual disminuye por la noche. Además, llevaba las gafas empañadas por el efecto de la mascarilla, de modo que mi capacidad de percepción era limitada. Los chavales estaban aún lejos como para escuchar sus conversaciones, y había tráfico en la calzada.

Pero… ¿qué estarán haciendo estos chicos?

El vacío de la percepción, el no tener toda la información sobre lo que estaba ocurriendo pocos metros delante de mí, activó en mí la búsqueda de pensamientos –argumentos– que pudieran explicar lo que ya había calificado, de forma instintiva, como comportamiento misterioso de esos adolescentes.

Y así, lo primero que me vino a la cabeza fue que el chaval que permanecía agachado estaba colocando un petardo en una grieta del bordillo. Y lo siguiente que pensé es que los tres se iban a echar unas risas, a mi costa, haciendo explotar el petardo a mi paso (no venía nadie de frente y, si prendían el petardo en ese momento, yo iba a ser el primero en pasar). También vi muy claro que, aun sabiendo que podía explotar un petardo, el sonido me iba a hacer estremecer.

He aquí un ejemplo de cómo, ante la falta de información, interpretamos –y completamos– la realidad que nos rodea sacando conclusiones a partir de estereotipos o prejuicios que confirman nuestras creencias o validan experiencias previas. Rellenamos los huecos con clichés y etiquetas, y cuanto más grande son esos huecos, más grande es la película que nos montamos.

Y eso estaba haciendo yo aquella noche: montarme una peli.

Porque, según me acercaba, los chavales se pusieron contra la valla mirando fijamente el punto del bordillo en el que supuestamente habían colocado el petardo. Al llegar a su altura, justo cuando iba a pasar entre ellos y el bordillo, obtuve –ya con la percepción totalmente activa– toda la información de la escena y me detuve. No escuché la explosión de ningún petardo. En su lugar, vi un destello de luz: el flash del teléfono móvil que uno de los chicos había colocado estratégicamente en el bordillo para tomar una fotografía de los tres –un selfie– delante del dibujo que alguien había pintado en la valla.

Hubo algo que sí explotó esa noche, pero en mi cabeza: las ideas preconcebidas. ¿Cuántas de esas hay en tu vida? ¿Qué películas te estás montando tú?


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AUTOPÍAS, CONCEPTOS, GESTALT, METÁFORAS

El vértice de la parábola

Todos los procesos de cambio personal –especialmente aquellos que implican un cierto nivel de profundidad– incluyen un momento de duda en el que, asustados por lo que pueda venir después (una vez que el cambio se materialice), nos planteamos volver a la situación anterior… aun sabiendo que ya no nos aporta nada o no nos satisface.

¿Has estado alguna vez ahí?

Para mí, ese momento de duda es como el vértice de una parábola matemática, el lugar donde las ramas de la figura cambian de dirección.

Pensemos, por un momento, en una parábola con forma de U, que abre sus ramas hacia arriba. El primer tramo de la parábola, decreciente en su camino hacia el vértice, puede equipararse al descenso a las profundidades de uno mismo (una bajada a los infiernos, si se prefiere) que va implícita en cada proceso de cambio personal. Una vez que se llega al vértice, comienza un segundo tramo creciente, igual de pronunciado que el anterior, que a priori nos parece infranqueable por la dificultad que conlleva la ascensión.

Igual ocurre, pero al revés, con la parábola con forma de U invertida, cuyas ramas se abren hacia abajo. El primer tramo, creciente, es una dura escalada que requiere ir soltando equipaje para subir más alto y alcanzar mejores perspectivas. El segundo tramo, decreciente desde el vértice, sugiere la amenaza de caída, la posibilidad de despeñarse, la osadía de un salto.

El vértice de los procesos de cambio es, por tanto, el punto –impasse– en el que elegimos entre volver atrás, regresando a una zona de confort ya nada confortable, o dar un paso hacia delante para adentrarnos en un terreno desconocido, tal vez inhóspito al principio, pero necesario para nuestro crecimiento personal. El impasse es la puerta a lo que la Terapia Gestalt denomina el vacío fértil, la oportunidad de acceder al sinfín de recursos (emociones, capacidades, competencias, comportamientos…) que dan forma a nuestro potencial.

Estos días, precisamente, se cumplen cinco años desde que iniciara mi formación en Teoría y Técnicas Gestálticas. Aunque ya conocía este enfoque desde tiempo atrás, la experiencia –íntegramente vivencial, como no puede ser de otra manera– fue el impulso que necesitaba para llegar a mi impasse y saltar al vacío fértil, un vacío que se fue construyendo con la renuncia a mi anterior trabajo y el aprendizaje de nuevas competencias y herramientas profesionales y que sigo cultivando hoy día, no sin dificultades (la vida está hecha de luces y sombras), en este proyecto llamado Autopías.

Hay quien dice que los procesos de cambio personal nos llevan a la mejor versión de nosotros mismos. Yo no sé si estoy en mi mejor versión, pero me siento en mi versión más auténtica.

¿Cómo te sientes tú? ¿A qué distancia está el vértice de la parábola?


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AUTOPÍAS, REFLEXIONES

Un festivo en el día

Pensaba al despertar este lunes, festivo en varios lugares de España, en cómo nos gusta mirar el calendario laboral (o la planificación de jornadas de trabajo, en el caso de quienes trabajan a turnos) para sacar el máximo partido a los días de fiesta, sobre todo si se dan pegados a los fines de semana o a otros días de libranza o vacaciones. ¿Tú lo haces?

Unas veces, miramos el calendario para encontrar fechas en las que planificar un viaje o una escapada (al menos, así era antes de que la pandemia trastocara nuestros hábitos). Otras veces, en cambio, buscamos solo un día extra en el que desconectar, evadirnos de la realidad que nos envuelve y dedicarnos a lo que realmente nos gusta o nos apetece. El día a día, según parece, no nos da para todo lo que queremos hacer en la vida.

Me temo que, efectivamente, vivimos atrapados en la rutina.

De lunes a viernes, nos dejamos enredar por el trabajo. Y los sábados y domingos nos dedicamos a hacer todo aquello que no nos ha dado tiempo a hacer entre semana (tareas domésticas, compra, cocina, compromisos que debemos atender…). Puede que, tal vez, encontremos algún momento para nosotros, pero será efímero y su recuerdo se desvanecerá rápidamente en la vorágine cotidiana.

Por tanto, ponemos nuestras esperanzas en los días festivos que nos trae el calendario… que, aunque disfrutados, pasarán también como un suspiro (con sonido quejumbroso, lastimero o nostálgico incluido).

¿Cómo salir de esta rueda?

Hoy te propongo no depositar todas tus ilusiones o esperanzas en esos días festivos que el calendario reparte caprichosamente a lo largo del año, sino actualizarlas de forma constante buscando un momento festivo en cada día. Resérvate unos minutos al despertar, a lo largo del día o antes de acostarte (recuerda que cada uno es dueño de su propio tiempo) para contactar con tus auténticas necesidades y celebrar –¿es un momento festivo, no?– lo que realmente eres, sientes, haces o tienes. Un momento para convertir lo ordinario en extraordinario.

Hay tantas maneras de celebrar como personas: cada uno tendrá que encontrar la suya. Pero la celebración no será auténtica y genuina si no incluye estos tres elementos fundamentales:

–Una reflexión sobre lo que está ocurriendo, en estos momentos, en nuestra vida.

–Una toma de conciencia sobre lo que somos y sobre el lugar que ocupamos en el mundo.

–Un agradecimiento expreso por las cosas que ya tenemos (tendemos a fijarnos en la carencia sin darnos cuenta de que vivimos rodeados de abundancia).

Nos seguirá faltando tiempo. Pero, probablemente, seremos un poco más felices. ¡Buen día festivo!


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AUTOPÍAS, CONCEPTOS

El análisis de la parálisis

Probablemente habrás escuchado alguna vez la expresión parálisis por análisis, un concepto que se suele emplear para aludir a esas situaciones de bloqueo que se producen por la acumulación y reiteración de pensamientos sobre un determinado asunto, proyecto o decisión a adoptar. En estos casos, el exceso de información –infoxicación– y la reflexión obsesiva sobre el tema en cuestión llevan al cerebro a un colapso que impide cualquier movimiento o acción lastrando así nuestra confianza y nuestra motivación.

La parálisis por análisis es más frecuente en aquellas personas que, como yo, funcionamos en un plano mental e intelectual a la hora de entender e interactuar con el mundo que nos rodea. No obstante, es un fenómeno que le puede pasar a cualquiera, incluso a personas más emocionales o viscerales: basta con dar rienda suelta al perfeccionismo y la autoexigencia.

¿Te identificas con esto de lo que estoy hablando?

Se dice que la parálisis por análisis es una forma activa de procrastinación: nos entretenemos en dar vueltas y vueltas a las cosas retrasando indefinidamente la elección, decisión o puesta en marcha del proyecto que queremos emprender. En un primer momento, puede parecer que estamos activos buscando información adicional o complementaria al excedente de información que ya tenemos, y en eso justificaremos nuestro retraso a la hora de actuar. Sin embargo, pronto nos descubriremos atrapados en el círculo de insatisfacción y frustración del miedo al fracaso.

Aquí van unos consejos para afrontar (y evitar) la parálisis por análisis:

1) Contacta con tus valores propios, esos que te definen como persona y orientan tu camino. Recuerda cuál es el para qué de la decisión o proyecto sobre el que tienes que actuar.

2) Reduce el volumen de información que, de forma consciente o inconsciente, hayas ido recopilando: quédate con lo relevante y elimina (o aparta, de momento) lo accesorio. Practica lo que se denomina la ignorancia selectiva: omite todos los detalles que entorpezcan o disfracen las variables principales de la ecuación.

3) A continuación, escoge una opción que te parezca satisfaciente, es decir satisfactoria y suficiente (en inglés, satisficing). No se trata de buscar la solución perfecta, sino una solución práctica y razonable que nos permita salir del bloqueo y pasar de pantalla. Ya habrá tiempo más adelante para moldear esta solución y, en su caso, rectificarla.

4) Ponte en acción. ¿Cuál es el siguiente paso que vas a dar?

Como es lógico, pueden aparecer dificultades en el proceso aquí descrito, sobre todo en lo que se refiere a la identificación de los valores y de la esencia del proyecto o decisión que queremos tomar. En este caso, siempre tienes la opción de buscar personas de tu círculo de confianza que te puedan aconsejar o acudir a un coach profesional.

¿Parálisis o acción? No olvides que el mejor aprendizaje es el que incluye prueba y error.


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AUTOPÍAS, CONCEPTOS, HERRAMIENTAS DE COACHING, MINDFULNESS

¡Stop!

Todos, seamos conductores o no, conocemos la señal de STOP, una indicación muy diferente a otras señales de tráfico tanto por su forma (no es triangular, cuadrada o redonda, sino octogonal) como por su contenido (a diferencia de otras señales, no incluye un pictograma, sino la instrucción, directa y clara, de parar el vehículo, aunque sea con una palabra en inglés). En efecto, el código de circulación define el STOP como la obligación para todo conductor de detener su vehículo ante la próxima línea de detención o, si no existe, inmediatamente antes de la intersección, y ceder el paso en ella a los vehículos que circulen por la vía a la que se aproxime.

La señal de STOP se ocupa, por tanto, de regular la prioridad de circulación en las intersecciones, y confío en que todos seamos conscientes de su importancia para garantizar la seguridad (la nuestra y la de aquellos con los que nos cruzamos) y prevenir accidentes.

¿Y a cuento de qué viene todo esto?

Pues viene a cuento de que vivir no es lo mismo que conducir. El viaje por carretera está sujeto a una serie de pautas, recomendaciones e indicaciones que vienen definidas por las señales que encontramos a nuestro paso. En el viaje de la vida, sin embargo, no siempre es fácil ver e interpretar las señales que van apareciendo en el camino… o bien las ignoramos deliberadamente.

Pienso en lo que ocurre, por ejemplo, en esas situaciones en las que nos dejamos arrastrar por el piloto automático del estrés, siempre en su huida hacia adelante, o por los patrones de comportamiento inconscientes que se activan en nosotros cuando no nos atrevemos a decir “no” o a actuar de acuerdo a lo que realmente somos (aunque sea atentando contra nuestra propia coherencia). A la larga, los automatismos se traducen en insatisfacción y frustración.

Si no hay señal, hay que inventarla. Y para eso está el método STOP, una técnica de mindfulness para anclarse en el presente, abrir espacio a otras perspectivas, conectar con nuestras necesidades y actuar en consecuencia. No olvidemos que cada STOP da paso a una intersección con alternativas distintas a esa vía rápida por la que solemos circular.

¿Cómo montar esa señal de STOP? La respuesta viene dada por cada una de sus letras:

S de STOP (parar). Para un momento y haz un inventario de lo que está ocurriendo en tu cabeza, corazón y cuerpo. Se trata de identificar los pensamientos, emociones y sensaciones físicas que estás experimentando en ese instante concreto.

T de TOMA UN RESPIRO. A continuación, dirige tu atención a la respiración. Como he comentado otras veces, la respiración es clave para conectar con el presente, recolocar la experiencia y permitir la aparición de nuevas opciones.

O de OBSERVAR. Poco a poco, amplía el campo de percepción, más allá de la respiración, para darte cuenta de las nuevas sensaciones y necesidades que emanan de ti. Abre tu conciencia, también, a lo que está ocurriendo fuera de ti: deja que tus sentidos actúen con curiosidad y apertura, como si descubrieras el mundo por primera vez.

P de PROCEDER. Una vez completadas las fases anteriores, actúa de acuerdo a tus necesidades y sabiduría interior. ¿Es necesario seguir a piñón fijo, como habías hecho hasta ahora, o tienes a tu alcance otras posibilidades, otras respuestas, otros caminos por explorar en esta intersección que te has permitido crear?

Probablemente pensarás que todo esto es muy interesante, pero de difícil aplicación: atrapados por las circunstancias, ¿cómo poner un STOP? Efectivamente, no es sencillo, pero se puede entrenar de dos formas. En primer lugar, recordando episodios pasados en los que te hubiera venido bien disponer de ese STOP: ¿cómo habría cambiado la situación, cómo te habrías sentido? Y, en segundo lugar, anticipando situaciones futuras donde pueda serte útil ese STOP: ¿qué indicadores te pueden servir para activar la señal?

Ahora, después de haber parado, puedes reanudar la marcha. ¡Buen viaje!


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AUTOPÍAS, CONCEPTOS, HERRAMIENTAS DE COACHING, PNL

Un círculo de potencial

¿Te imaginas poder acceder, de forma fácil y rápida, a las sensaciones de seguridad, confianza, fortaleza, tranquilidad o bienestar que necesitas para afrontar los desafíos que se te van presentando a lo largo de tu vida? Quien más, quien menos, todos hemos dejado pasar oportunidades o nos hemos dejado atrapar en círculos viciosos por no haber sabido movilizar esas sensaciones, dejando prevalecer el miedo o las limitaciones y deméritos que creemos tener. Pero hay una buena noticia: es posible entrenar un estado de plenitud de recursos en el que encontrar, al instante, esas sensaciones con las que habitualmente nos cuesta conectar.

El estado de plenitud de recursos es, según la Programación Neurolingüística (PNL), el estado emocional en el que integramos las experiencias en las que nos hemos sentido llenos, felices o, al menos, satisfechos con nosotros mismos con vistas a su recuperación posterior en momentos en los que nos sentimos faltos de motivación o energía para hacer frente a determinados retos o circunstancias.

Pero… ¿qué es la PNL?

La Programación Neurolingüística, de la que ya he hablado alguna vez en este blog, es una técnica creada por John Grinder y Richard Bandler en los años setenta del siglo pasado a partir de la observación y el estudio de patrones de comportamiento de personas que obtenían destacados resultados en sus respectivos ámbitos de actuación. Desde ahí, la PNL ha dado lugar a todo un conjunto de modelos, habilidades y técnicas para pensar y actuar de forma efectiva en el mundo (definición de Joseph O’Connor y John Seymour).

Entre esas técnicas está el círculo de la excelencia, que es la puerta de entrada a ese estado de plenitud de recursos. ¿Cómo se crea ese círculo? Te lo explico en 5 pasos:

1) Busca un lugar tranquilo, sin distracciones, en el que recordar un momento de tu vida en el que te hayas sentido pleno y satisfecho. Respira profundamente. Ahora, concéntrate en ese recuerdo y tráelo al presente, aquí y ahora, para recuperar, actualizar e integrar esa experiencia. No te fijes solo en el logro o la situación en sí, sino también –y especialmente– en todos los detalles que acompañan al recuerdo. ¿Qué ves? ¿Qué oyes? ¿Qué sientes? Déjate impregnar por todos esos detalles.

2) Una vez evocado el recuerdo e identificado sus detalles, imagina que tienes ante ti un círculo dibujado en el suelo. Recréate en la visualización de ese círculo, definiendo todas sus características (tamaño, color, textura, temperatura, etc.). ¿Lo tienes?

3) Vuelve a esa experiencia de excelencia que has evocado antes. Profundiza en ella afianzando al máximo sus detalles. A continuación, piensa en un código o clave con el que recuperar esa sensación cuando la necesites. Este código –que funciona como anclaje o vínculo– puede ser una palabra, una imagen mental o un gesto corporal (por ejemplo, dibujarte con el dedo un pequeño círculo detrás de la oreja). En cuanto tengas el código, da un paso al frente y adéntrate en tu círculo de experiencia. Aunque se puede hacer en modo visualización, movilizar la fisiología para entrar en el círculo ayuda a imprimir sensaciones en la llamada sabiduría corporal. Dentro del círculo, expande y amplifica tu experiencia.

4) ¿Y ahora? Cambia de tercio y sigue con tus actividades cotidianas: siempre hay cosas por hacer.

5) Cuando vuelvas a hacer una pausa en tus quehaceres, o dispongas de tiempo libre, activa tu círculo con la clave o el código que elegiste. ¿Recuperas las sensaciones que pretendías obtener? Para verificarlo, puedes probar a traer al presente alguna situación futura en la que puedas necesitar ese estado de plenitud de recursos. ¿Cómo cambia esa situación futura si tienes tu estado de excelencia plenamente disponible?

Ojalá hayas alcanzado esa plenitud de recursos. Desde ahora, cuando la necesites, solo tendrás que activarla y, gracias a este trabajo de integración y vinculación que has realizado, encontrarás con mayor facilidad las sensaciones que buscas.

¿Ha funcionado?

Es probable que el círculo no alcance su máxima eficacia a la primera. Las sensaciones obtenidas pueden ser débiles y será necesario reforzarlas repitiendo de nuevo los pasos que he descrito (bien en solitario o, en situaciones de estancamiento, buscando acompañamiento profesional). Y, aunque funcione, conviene cultivar este círculo de excelencia como si fuera una planta que necesita cuidados no solo para crecer, sino también para mantenerse viva. Entrenar y actualizar: esas son las claves para llegar a la plenitud de recursos que se esconde en tu potencial.


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AUTOPÍAS, CONCEPTOS, METÁFORAS

(Re)sintonizando

Distintos canales de televisión de España recuerdan estos días la necesidad de adaptar las antenas y de sintonizar de nuevo televisores y receptores debido a la culminación del segundo dividendo digital, un proceso de liberación del espacio radioeléctrico –por el que actualmente se transmite la señal de televisión digital terrestre (TDT)– con el que se pretende dejar espacio a las futuras redes de comunicaciones basadas en tecnología 5G.

¿Y si, además de resintonizar nuestros televisores, impulsamos nuestra propia resintonización personal o profesional?

Sintonizar consiste en ajustar la frecuencia de vibración o resonancia de un circuito con una frecuencia determinada que buscamos o encontramos moviéndonos por el dial. En el caso de la TDT, la resintonización es necesaria porque algunos canales van a cambiar de frecuencia de emisión. Otras veces es necesario resintonizar porque el ajuste de frecuencias no es perfecto: hay interferencias que perturban la señal (ruido, niebla, pixelado…), frecuencias que se quedan enganchadas…

En nuestra vida, la resintonización es necesaria –y obligatoria– cuando se desajustan tres frecuencias básicas que manifiestan nuestra condición humana: la frecuencia en la que se mueven nuestros pensamientos, la frecuencia en la que se desarrollan nuestros sentimientos y la frecuencia en la que se suceden los comportamientos con los que damos respuesta (por acción u omisión) a lo que nos ocurre o a lo que pasa a nuestro alrededor.

Pensamientos, sentimientos y comportamientos. ¡Recuerda! Tres frecuencias fundamentales.

Cuando ajustamos estas frecuencias, la palabra sintonizar adquiere un nuevo significado: sintonizar es, entonces, una oportunidad para alinear argumentos, emociones y acciones con el fin de vivir con integridad y coherencia.

¿Y cómo se hace esa resintonización vital? Bueno, como ocurre con los receptores de televisión, tenemos dos alternativas. La primera opción es la “sintonización manual”, una opción especialmente útil en aquellos casos en los que ya tenemos identificada la frecuencia sobre la que queremos actuar (sabemos qué frecuencia queremos afinar o mover por el dial). El problema de la “sintonización manual” es que, de tanto repetirla, podemos abusar de ella disfrazando de sintonización el mero hecho de poner parches para salvar una frecuencia concreta (como cuando hacemos trampas jugando al solitario).

La segunda opción es la llamada “sintonización automática”, que consiste en hacer un reseteado total de las frecuencias almacenadas para buscar, desde cero, todas las frecuencias disponibles. En los receptores de televisión, el reseteado es posible con tan solo apretar un botón. En las personas, no parece ser tan sencillo borrar todas las frecuencias de un plumazo, pero hay un pequeño gesto, repetido desde el momento de nuestro nacimiento, que facilita el resetado: la respiración.

Sí: la respiración abre la puerta a resetearnos y resintonizarnos.

Te animo, por tanto, a detenerte un momento en tu respiración. Observa conscientemente este fenómeno, recréate en él, déjate mecer en el ritmo y la cadencia que marcan cada inhalación y exhalación. Y, poco a poco, presta atención a las frecuencias que vayan apareciendo: las necesidades pendientes de satisfacer, los objetivos a alcanzar, las responsabilidades que quieres asumir, los compromisos que conviene reajustar, los límites que vas a marcar en tus interacciones con los demás…

El dial en el que están todas las frecuencias posibles es tu potencial. Puedes elegir entre explorar todas las opciones a tu alcance (asumiendo un papel proactivo) o quedarte anclado, como víctima, en frecuencias repetidas u obsoletas.

No siempre es sencillo resintonizar. Si la televisión falla, llamamos al antenista o al soporte técnico del televisor. Pero… ¿y si falla esta resintonización vital de la que hablo? En este caso, tienes la opción de llamar a un coach que te acompañe en el proceso de identificación y ajuste de las frecuencias de pensamiento, sentimiento y comportamiento que marcan el devenir de tu vida. ¿Resintonizamos juntos?


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La vieja normalidad

¿Qué fue de la nueva normalidad? Escribo estas líneas desde Madrid, ciudad en la que resido y en la que se hace evidente, según todos los indicadores, el empuje de la segunda ola de la pandemia de enfermedad por coronavirus que estamos viviendo. Entre marzo y mayo –los meses más duros de la primera oleada– comprobamos que la COVID-19 había venido para quedarse un tiempo entre nosotros, y esa fue la razón por la que se dictaron medidas de desescalada hacia una nueva normalidad en la que convivir con el virus –a la espera de una vacuna o de tratamientos más eficaces– de forma ordenada y controlada.

Al final, la nueva normalidad se ha reducido al uso cotidiano de mascarilla y gel hidroalcohólico (medidas esenciales, desde luego). Todo lo demás, sin embargo, se sigue haciendo como antes: seguimos en la vieja normalidad. Pensaba en la posibilidad de grandes acuerdos y reformas estructurales, pero la política –ese espectáculo– sigue más preocupada por su imagen y su reflejo en las encuestas de intención de voto que por el impacto real de la crisis sanitaria. Se adoptan medidas, sí (limitaciones de aforos, restricciones a la movilidad)… pero muchas de ellas son improvisadas y, en ocasiones, peregrinas o contradictorias.

Confiaba en un refuerzo de los servicios públicos (sanidad, educación, servicios sociales, dependencia…), pero su situación sigue siendo precaria y su sostenimiento se debe exclusivamente a la vocación y a la entrega de profesionales y centros. Y esperaba una apuesta decisiva por nuevos modelos de crecimiento económico sostenidos en el tiempo. Pero no: la desescalada se precipitó, entre otros motivos, por el empeño de sacar el máximo beneficio en el menor tiempo posible, sin preocuparse por lo que pudiera venir después (incluida una nueva paralización de la actividad económica). Es el mercado, amigos.

Y esperaba que la nueva normalidad nos hiciera mejores personas. ¿Cómo olvidar el esfuerzo de adaptación que hicimos durante el confinamiento para seguir, en la medida de lo posible, con nuestra vida personal, social, laboral, académica o cultural? ¿Cómo olvidar, también, la solidaridad que manifestamos en aquellos meses? ¿En qué ha quedado el aprendizaje –para unos llevadero, para otros traumático– de una experiencia inédita, hasta ahora, para nosotros? Me temo que, al final, han prevalecido los cantos de sirena de la despreocupación y el exceso de confianza.

Pero yo no me resigno, y sigo creyendo –llámame autópico– que la nueva normalidad es posible. Al menos, en lo que se refiere a nuestra forma de ser, sentir y actuar respecto a nosotros mismos y al mundo que nos rodea. ¿Y si nos liberamos de los parches, las mentiras o el maquillaje con los que ocultamos o tratamos de disimular la realidad que nos envuelve? ¿Y si asumimos nuestras responsabilidades, en vez de eludirlas? ¿Y si buscamos propósitos con los que guiar y motivar nuestra vida? ¿Y si, aunque sea por una vez, actuamos con honestidad, humildad y coherencia? Como ves, la nueva normalidad está a nuestro alcance. ¿Quieres llegar allí?


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AUTOPÍAS, CONCEPTOS, METÁFORAS, REFLEXIONES

Pinceladas de otoño

Martes, 22 de septiembre, 15:31 horas. En este momento ha dado comienzo en España el otoño astronómico, una estación en la que asistiremos, un año más, a una transformación paulatina en el paisaje, con la entrada de una nueva paleta de colores, y al sucesivo acortamiento de los días, fenómeno que se hará más evidente a finales de octubre con el cambio oficial de hora.

En las siguientes semanas, la luz ambiental adquirirá una tonalidad más cálida (el sol irá perdiendo altura en el horizonte) y la actividad vegetal entrará progresivamente en una fase de ralentización (debido a una inhibición en la fabricación de clorofila) que dará lugar a las coloraciones amarillas, marrones y ocres propias de esta época del año.

Para algunos, la luz suave y la calidez de los colores (a veces tibios y apagados) convierten al otoño en sinónimo de nostalgia. El esplendor de la primavera y del verano queda ya atrás, y la nueva estación se presenta como un fin de ciclo, como una sucesión de imágenes que, inevitablemente, se van desdibujando hasta fundirse en blanco con la inmensidad del invierno.

Las estaciones están interrelacionadas entre sí y, efectivamente, no hay otoño sin primavera, pero tampoco hay primavera sin otoño. Por eso, la estación que hoy comienza puede ser una oportunidad para un nuevo comienzo. ¿Cómo? Por ejemplo, prestando atención a sus colores y, más concretamente, al significado de cada uno de ellos.

El color marrón, quizá el más asociado al otoño, es el color de la madurez, concepto que se define como la suma de aprendizaje y experiencia. ¿Cuáles son tus aprendizajes? ¿Cuáles tus experiencias? El otoño es una época propicia para actualizarse y reconocerse. ¿Cuántas veces seguimos actuando de acuerdo a parámetros pasados que ya no van con nosotros? La nueva estación es una invitación a vivir con responsabilidad y coherencia.

El color ocre es el color de la sabiduría. Hoy en día, el ocre aparece como color normalizado en los catálogos de pintura, pero en realidad no es estrictamente un color único, sino una serie de tonalidades de amarillo, dorado, marrón, beis, naranja e incluso rojo englobadas en una misma definición. Tal vez sea esa la clave de la sabiduría: ver los matices en los que se descompone la realidad de nuestra vida, de nuestro entorno o del contexto en el que vivimos.

El color amarillo, finalmente, es el color de la creatividad. Es un color que llama la atención, y quizá su presencia es la que hace despertar esa fascinación que muchos sentimos por los paisajes del otoño. Pero, al igual que la creatividad, el amarillo no es un color creado exclusivamente para su contemplación: la creatividad no está fuera, sino dentro de nosotros. ¿Qué puedes hacer tú este otoño para ser o mostrarte más creativo?

Por último, aunque sea una metáfora manida, no quiero resistirme a hacer una mención a uno de los fenómenos propios del otoño: la caída de la hoja. Si la naturaleza, en su infinita sabiduría, hace que los árboles se despojen de sus hojas para dar lugar, más adelante, a hojas nuevas, ¿qué nos impide a nosotros soltar y liberarnos de todo aquello a lo que vivimos aferrados? Dejemos que caigan las hojas: unas se las llevará el viento, otras nos servirán de abono para crecer.

Martes, 22 de septiembre, 15:31 horas. Es el momento de atreverse a soltar. Es el momento de abrirse a nuevos colores. ¡Bienvenido sea el otoño!


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