AUTOPÍAS, COACHING, GESTALT, HERRAMIENTAS DE COACHING, PNL, REFLEXIONES

Un viaje en el tiempo

La historia de la literatura, el cine, la televisión e incluso la música recoge distintos ejemplos del interés del ser humano por viajar a través del tiempo. Los fines de este interés son diversos, y van desde la mera exploración curiosa de lo que fue o de lo que será, el deseo de vivir como protagonista grandes episodios históricos o el intento de cambiar el devenir de la historia pasada o futura… A veces, ese interés nace de una preocupación o vocación social por la humanidad en su conjunto. Otras veces, la motivación es individual: nuestra vida incluye, inevitablemente, apuntes biográficos pasados que, vistos con perspectiva, nos hubiera gustado haber vivido de otra manera, y la toma de decisiones para el futuro sería más fácil si pudiéramos trasladarnos a él para comprobar de primera mano los resultados de cada una de las opciones que se nos presentan.

La realidad es que, dejando de lado teorías conspiratorias, aún no se ha inventado una máquina del tiempo que nos permita deambular, hacia delante o hacia atrás, por el curso de la historia. Y, sin embargo, eso es lo que hacemos la mayor parte del tiempo: movernos constantemente a lo largo y ancho de nuestra propia biografía aferrándonos a recuerdos de situaciones que ya quedan atrás, alejadas de nuestra realidad actual, y anticipando preocupaciones y expectativas de situaciones futuras incluso antes de que estas se esbocen o manifiesten. Esta práctica condiciona nuestros estados de ánimo y nos aleja, irremediablemente, de la única realidad temporal que realmente existe: el presente.

Si solo existe el presente, los recuerdos del pasado y las expectativas no pueden ser considerados, en sí mismos, como realidades, sino como abstracciones o construcciones que nos acompañan y que condicionan, para bien o para mal, cada instante que vivimos. Este es uno de los fundamentos de la Terapia Gestalt, que aboga por actualizar (mental y emocionalmente) esas construcciones en el presente, convirtiéndolas en una realidad palpable, con el fin de explorar opciones con las que, siempre en el presente, completar una nueva experiencia que nos permita cerrar ese círculo vicioso de situaciones inconclusas, asuntos pendientes y escenas temidas que arrastramos y que nos impiden ver y acceder a nuestro auténtico potencial.

Para la Gestalt, no tiene sentido buscar las causas de lo que ocurre o de lo que esperamos. Lo relevante es transitar por esas actualizaciones presentes del pasado y del futuro con vistas a obtener un nuevo marco de referencia en el que, ante determinadas situaciones, podamos responder de otra manera. De este modo, el presente se configura a la vez como punto y línea de tiempo, algo que ocurre también en disciplinas como el Coaching o la Programación Neurolingüística (PNL), donde el presente es el punto de partida y de llegada de los viajes que hacemos al pasado y al futuro en busca de experiencias en las que, en su día, nos sentimos realizados y de proyecciones, ensoñaciones o visualizaciones del futuro que queremos empezar a construir desde ahora.

Mirar hacia el pasado o el futuro no es bueno o malo per se. Lo importante es hacerlo siempre anclados en el aquí y en el ahora, en las motivaciones del presente que vivimos. El pasado ya se fue y el futuro aún no ha llegado: son solo construcciones que nos impiden avanzar (y vivir lo que se nos ofrece en cada momento) o abstracciones a las que acudir cuando, desde el presente, necesitamos recuperar experiencias o encontrar la motivación necesaria para satisfacer nuestras necesidades vitales y afrontar los retos que se nos presentan en todos los recodos de este camino que llamamos vida. Dicho esto, ¿crees que merece la pena construir una máquina del tiempo?


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Tres de tres

En este blog he escrito muchas veces sobre la necesidad de planificar objetivos y diseñar acciones que nos permitan cambiar una situación que no nos satisface, nos resulta incómoda o nos mantiene estancados por otra en la que, desplegando nuestro potencial, podamos sentirnos conectados y realizados. Este tránsito entre la situación actual y la situación deseada no se produce de la noche a la mañana, sino que requiere de un proceso. El coaching es, precisamente, ese proceso de entrenamiento personalizado y confidencial, mediante un gran conjunto de herramientas, que ayudan a cubrir el vacío existente entre donde una persona está ahora y donde se desea estar (definición de la Asociación Española de Coaching, ASESCO). Pero, ¿qué elementos entran en juego en cada proceso de coaching?

El primer elemento para que se dé un proceso de coaching, y para que este pueda funcionar, es la motivación al cambio. Si no tienes ilusión y no estás convencido –aunque sea mínimamente– de tus posibilidades, ¿cómo vas a arriesgarte a afrontar nuevos retos? La motivación, por tanto, tiene que ser superior al miedo. ¡Ojo! Esto no quiere decir que, inicialmente, no sigamos teniendo temores: se trata de alzarnos contra el conformismo y el victimismo para explorar nuevas opciones. En este sentido, la motivación se alimenta de la autocreencia o capacidad de creer en uno mismo, una capacidad que se desarrolla confiando en lo que hacemos y dando valor a lo que somos (es decir, cultivando nuestra autoestima).

Un segundo elemento fundamental es la toma de conciencia. Hay que poner conciencia sobre lo que no está funcionando, realmente, en la situación actual; sobre lo que queremos conseguir al alcanzar la situación deseada; y, especialmente, sobre las opciones y alternativas que están a nuestro alcance para pasar de una situación a otra. Se trata de descubrir nuevas perspectivas, abrirse a nuevas posibilidades. Pero… ¡cuidado! Esto no va de que alguien –el coach– te diga lo que tienes que hacer, sino de averiguarlo por ti mismo a través de una serie de herramientas –generalmente, preguntas– que te ayudarán a emprender acciones alineadas con tus capacidades, tus competencias y tus valores.

Así llegamos al tercer elemento clave en todo proceso de coaching: la responsabilidad. Me gusta mucho la definición de este concepto que surge de su división en respons-(h)abilidad: la responsabilidad como habilidad de responder, como capacidad de dar respuesta –libremente, desde lo que somos y lo que necesitamos en cada momento– a los desafíos que nos presenta la vida. Responsabilizarse implica convertirnos en protagonistas de nuestro proceso de cambio decidiendo, de forma activa, las estrategias y las acciones que vamos a poner en marcha para alcanzar nuestras metas. Y la única manifestación real de la responsabilidad es el compromiso.

Todos estamos dotados, de una manera u otra, de la capacidad de motivación, toma de conciencia y responsabilidad. No obstante, esta capacidad se diluye, a veces, en el diálogo con nosotros mismos: la motivación flaquea (la sombra del miedo es alargada), la toma de conciencia se topa contra un muro o se tapa con una venda (somos hábiles para escaparnos de aquello que no queremos ver o de aquello a lo que nos resistimos) y la responsabilidad se escabulle o se diluye (es más fácil colocarla fuera de nosotros mismos que asumirla con todas sus consecuencias). En estos casos, el coaching se presenta como el acompañamiento perfecto para poner rumbo al cambio. ¿Te vienes?


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A vueltas con el Coaching

El comienzo de un nuevo curso es, junto al inicio de un nuevo año, uno de los momentos que consideramos más adecuados para proponernos nuevos objetivos y metas vitales. Todos tenemos, en mayor o menor medida, recursos suficientes para afrontar cambios y desafíos. No obstante, no siempre nos resulta fácil emprender nuevos propósitos o aventuras. ¿Quién no se ha sentido alguna vez atascado, desorientado o desmotivado? ¿Quién no ha tenido, ante situaciones concretas, dudas sobre el alcance de su propio potencial? Por eso existe, entre muchas otras, la figura del coach, ese profesional que te acompaña, apoyado en tu responsabilidad y en tu compromiso, desde donde estás ahora hasta donde realmente quieres estar (según la definición de coaching de la Asociación Española de Coaching, ASESCO).

El coaching, lamentablemente, sigue siendo una disciplina cuestionada, especialmente por parte de algunos profesionales (afortunadamente, no todos) de la psicología, la psiquiatría o la medicina. Se nos acusa de ser vendehúmos o vendedores de milagros; se nos critica por ser una formación no reglada, dependiente de asociaciones o escuelas privadas (como ocurre en muchos otros sectores profesionales), olvidando que los másteres de coaching más reconocidos y valorados se ofertan, precisamente, en universidades públicas; y nos denuncian, también, por nuestra supuesta intervención o injerencia, como pseudociencia, en el ámbito sanitario. No niego que haya casos de mala praxis, pero para mí la frontera está clara: el coaching no es, ni pretende ser, una psicoterapia (de hecho, son disciplinas que, en un momento dado, pueden ser complementarias).

Efectivamente, hay situaciones, respuestas y comportamientos diagnosticados como patologías que requieren una intervención desde el ámbito clínico con profesionales específicamente formados para ello. Pero hay también muchos otros problemas, vitales o sociales, que se manifiestan de forma puntual y que distan mucho de ser problemas psicológicos. Aquí entran, en el día a día, las dificultades para conciliar nuestras necesidades o expectativas con las obligaciones y compromisos que arrastramos en nuestra vida cotidiana, el malestar que nos produce la falta de eficacia en la gestión de nuestro tiempo, las dudas ante eventuales procesos de toma de decisiones, las resistencias que nos impiden planificar correctamente nuestros objetivos, la incertidumbre ante un cambio de hábitos…

En mi opinión, hay espacio para todos los profesionales que creemos y apostamos por el crecimiento y el desarrollo personal… siempre que lo hagamos con honestidad y aportando al cliente la información necesaria sobre nuestra manera de trabajar. En coaching lo hacemos, según el Libro Blanco que regula nuestra profesión, acompañando a nuestros clientes en la definición de objetivos, a través de un proceso estructurado en el que se irán generando nuevas posibilidades, habilidades y escenarios de aprendizaje, con el fin de producir cambios estables y duraderos alineados con su entorno, sus valores y sus creencias. Si quieres avanzar, acompañado, en tu autoconocimiento, busca el profesional que mejor se adapte a ti, infórmate sobre su acreditación y metodología de trabajo y adéntrate, sin miedo, en el camino.


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AUTOPÍAS, COACHING

Coaching, una actividad profesional

La Asociación Española de Coaching (ASESCO), de la que formo parte, celebró en Madrid el pasado sábado, 16 de marzo, una Jornada para la Profesionalización del Coaching y el Desarrollo de Personas y Organizaciones. El acto, encuadrado en la conmemoración del 18º aniversario de la fundación de ASESCO, se articuló en torno a la presentación de El Libro Blanco del Coaching, un texto que –como se indica en su introducción– pretende aportar a esta disciplina una herramienta que le dé valor y que sitúe a la profesión en el lugar que le corresponde.

Si miramos a nuestro alrededor, el coaching parece estar de moda: la radio y la televisión incorporan coaches en sus programas estrella, se multiplica la publicidad de coaching en redes sociales, proliferan anuncios en marquesinas y farolas… Pero… ¿es realmente coaching todo lo que se oferta? Como señala El Libro Blanco del Coaching, la etiqueta coaching se ha extendido a otras actividades alejándose de la propia definición de coaching, de la motivación subyacente que da lugar a los procesos de coaching y de las funciones (e incluso competencias) de los profesionales del coaching.

En este sentido, El Libro Blanco del Coaching define esta disciplina como un proceso de acompañamiento, no directivo y orientado a la acción, en el que un profesional (coach) acompaña a su cliente (coachee) a conseguir objetivos concretos. Es el cliente quien define sus propios objetivos: el coach facilita, con su trabajo, que su cliente se apropie de los recursos internos de los que dispone, o a los que puede acceder, para lograr dichos objetivos. Esa labor facilitadora –o catalizadora– se realiza, con discreción y sencillez, desplegando un repertorio de herramientas –escuchadoras y acompañantes, como sugiere el texto– que permiten al cliente avanzar hacia la consecución de las metas que se ha propuesto.

Todo proceso de coaching incluye dos componentes fundamentales: responsabilidad y compromiso. El cliente se compromete con el proceso participando activamente en la definición de sus objetivos y en la identificación y refuerzo de los recursos que necesita para alcanzar sus metas. Además, se hace responsable de las decisiones que va adoptando durante el proceso. El compromiso y la responsabilidad del coach, por su parte, se manifiestan en competencias profesionales tales como la definición de un acuerdo de coaching (previa verificación de que el coaching es la disciplina más apropiada para las demandas del cliente), la creación de un espacio de confianza mutua, la escucha activa, la formulación de preguntas poderosas, la comunicación directa, la capacidad de estimular y ampliar la conciencia del coachee, la planificación de las metas definidas por el cliente, el diseño de las acciones que conducirán a su consecución y la gestión del proceso de acuerdo a estándares de ética y confidencialidad.

En el contexto actual de falta de regulación es fácil confundir el coaching con otras disciplinas como psicoterapia, asesoría, consultoría, mentoring, formación… (en realidad, el coaching puede considerarse una disciplina técnica complementaria a todas ellas). Conviene tener claro, por tanto, que el coaching persigue fomentar –desde el presente, con orientación a futuro– el crecimiento personal y profesional de sus clientes, centrándose en cuestiones concretas y desarrollando habilidades y capacidades que les permitan conseguir sus metas u objetivos. Esa es la esencia del coaching. Las herramientas concretas que se aplicarán en los procesos dependerán de la formación y creatividad de cada coach, siempre de acuerdo a dicha filosofía. Como afirmaba José Miguel Gil Coto, presidente de ASESCO, durante la presentación, es hora de tomar conciencia de la importancia de nuestro trabajo y hablar de coaching en términos profesionales.


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AUTOPÍAS, COACHING, LECTURAS

Yo, coach

Días atrás, mientras visitaba una librería de estrechos pasillos, tropecé con un libro cuyo título llamó inmediatamente mi atención. Se trata de La burbuja terapéutica, una obra de reciente edición en la que el ingeniero Josep Darnés, que se define como una persona hiperterapiada, relata su experiencia como adicto a la autoayuda, el autoconocimiento y las terapias, una vivencia cuyo sentido se apunta ya en el subtítulo del libro: Como caí en las trampas del crecimiento personal y las terapias. A la vez, el texto plantea una reflexión sobre la paulatina psicologización de la sociedad y sobre las garantías de las que adolecen, entre otros, los libros de autoayuda, la filosofía del pensamiento positivo, los talleres de sanación, el mindfulness… o el coaching.

Considero acertadas algunas de las observaciones de Darnés, entre ellas su preocupación por la proliferación de vendehumos y la evidente mercantilización de las diferentes corrientes que tratan de asistir al individuo en la búsqueda de su conocimiento y crecimiento personal. Coincido también en la inquietud –que yo percibo latente en todo el libro– por la predisposición de los consumidores de autoayuda a dejarse arrastrar por las modas sin discernir o discriminar las disciplinas o las formas de intervención más adecuadas para hacer frente a sus conflictos, problemas, dudas o deseos. No obstante, no comparto las críticas que el autor dirige al coaching al hablar de los conceptos de responsabilidad y zona de confort y de las características de los coaches en el ejercicio de su profesión.

Me gustaría concretar, antes de profundizar en dichas críticas, la definición de coaching. Para mí, el coaching es un proceso de aprendizaje y conocimiento en el que el cliente, desde su compromiso con el coach, descubre y alimenta sus propias capacidades y competencias con el fin de afrontar objetivos concretos. Lamentablemente, la traducción literal de coach por entrenador y el uso análogo de conceptos como coach, mentor, asesor o consultor han contaminado el alcance y los fundamentos de esta disciplina: no puede haber proceso de coaching si no hay motivación para el cambio, toma de conciencia, refuerzo de la confianza y la autoestima, responsabilidad y compromiso y plan de acción.

Josep Darnés considera que las apelaciones a la responsabilidad del cliente en su proceso de cambio son contraproducentes ya que no solo no contribuyen a empujar a la persona hacia sus objetivos, sino que la frustran porque piensa que todo es por su culpa, que es idiota o simplemente perezosa. Desde mi punto de vista, se debe diferenciar entre la responsabilidad que tenemos en lo que sucede (evidentemente, no tenemos control sobre todos los factores que condicionan nuestra existencia) y la responsabilidad con la que hacemos frente a lo que sucede. ¿Queremos ser víctimas o protagonistas? El buen coach comprobará, al iniciar el proceso, el grado de implicación que está dispuesto a asumir el cliente. Si no hay compromiso, no debe haber proceso de coaching.

Por otro lado, el autor de La burbuja terapéutica sostiene que el coach, en su ceguera por el crecimiento, no acepta que uno pueda desear “ir tirando” o seguir viviendo en la “zona de confort” que le hace feliz. Según la Asociación Española de Coaching (ASESCO), el proceso de coaching pretende cubrir el vacío existente entre donde una persona está ahora y donde desea estar. De este modo, hay una insatisfacción a la que el cliente necesita dar respuesta: será él mismo quien decida hasta qué punto se mantiene en su comodidad actual y hasta qué punto se arriesga para ensanchar su experiencia del mundo. Quizá convenga sustituir lo de “salir de la zona de confort” –yo también he incurrido en esta expresión– por “extender la zona de confort” a través de la vivencia y del aprendizaje de nuevas creencias, comportamientos o emociones.

Finalmente, Darnés ironiza sobre el esfuerzo que requiere ser coach, un profesional que se tiene que presentar siempre delante de los demás como una especie de superhumano invulnerable, un modelo a seguir que se ha transformado a sí mismo, repleto de virtudes, perfecto y con un gran autoconcepto. En mi caso, nada más lejos de la realidad: me siguen asaltando las dudas, no soy inmune a la inseguridad y al desánimo, no tengo todas las respuestas (de hecho, dicen que el coaching es el arte de hacer preguntas) y aún me queda mucho que aprender de la vida. Creo que la honestidad es una cualidad fundamental para establecer una relación de igual a igual con los clientes y facilitar la consecución de sus objetivos. Y así, con humildad, te invito a dirigirte a mí para aclarar tus dudas sobre el coaching y, si lo necesitas, para iniciar un proceso conmigo. Puedes hacerlo a través del apartado Contacto de este blog.


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Dime de qué careces y te diré de qué presumir

Me asomo, una semana más, al vacío del folio en blanco. No me faltan temas sobre los que hablar, pero me invade una sensación de carencia. ¿Realmente tengo algo que aportar? Hay una gran cantidad de profesionales y aficionados disertando sobre conceptos de crecimiento y desarrollo personal. Me dejo sorprender por su talento, por sus habilidades, por sus técnicas de intervención, por el gran número de seguidores atentos a sus publicaciones o por su imagen pública (aunque a veces esta imagen pueda ser falsa). Siento envidia de su éxito. Y, cegado por lo que los demás han conseguido, me olvido de lo que puedo ofrecer y conseguir yo.

Reconozco que vivir en la carencia, olvidados de nosotros mismos, solo prestando atención a lo que tienen o muestran los demás, puede ser muy cómodo. Vivir así nos permite permanecer anclados en nuestra estrecha zona de confort eludiendo asumir nuevos retos y limitando nuestra capacidad de aprendizaje. Pero… ¿y si cambiamos la perspectiva? ¿No hay nada único, específico de nosotros mismos, que pueda llamar la atención de los otros? Todos tenemos habilidades y capacidades propias. Algunas de ellas, aunque no seamos conscientes de ello, están a la vista. Otras necesitan desarrollarse o perfeccionarse. Incluso tenemos habilidades ocultas, aún por descubrir, a la espera de experiencias en las que salir a la luz.

Al escribir estas líneas voy recordando –y reivindicando– mis propios talentos. Algunos de ellos, en lo que se refiere a este blog, podrían ser la constancia en la publicación de las entradas, la voluntad de una mirada atenta y de una escucha activa sobre lo que sucede en mí y a mi alrededor y la vivencia de mi propio camino de conocimiento personal (primero con la Terapia Gestalt, después con el Coaching). Tengo mi propia manera de expresar y compartir lo que descubro, lo que vivo. ¿Cuáles son tus talentos? Recuerda experiencias de éxito en tu vida familiar, académica, profesional, social… Los seres humanos estamos programados para ser únicos. ¿Seguirás lamentándote de tus carencias o empezarás a explotar todo tu potencial?

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