AUTOPÍAS, EMOCIONES

Buenos días, tristeza

Quizá hayáis escuchado, autópicos lectores, que hoy, 20 de enero, es el día más triste del año, una denominación que tiene su origen en una investigación realizada en 2005 por el psicólogo Cliff Arnald, por entonces investigador de la Universidad de Cardiff, capital de Gales (Reino Unido). Esta investigación, contratada en el marco de una campaña publicitaria para una agencia de viajes, se tradujo en una controvertida fórmula matemática –de escasa validez científica– en la que se tenían en cuenta variables como el clima, las deudas contraídas durante las fiestas de Navidad, las previsiones de ingresos en el mes de enero, el tiempo transcurrido desde el primer tropiezo en el cumplimiento de los propósitos de año nuevo, la motivación y la necesidad del individuo de actuar o reaccionar para cambiar algún aspecto de su vida.

Aplicando la fórmula, Arnald concluyó que el tercer lunes de enero era el día más triste del año, de ahí que esta fecha sea también conocida como Lunes Triste o Blue Monday. Efectivamente, en esta época el invierno suele mostrarse en su máximo apogeo (de hecho, buena parte de España sufre hoy los efectos de un temporal de frío y otras inclemencias), hay quién aún no se ha recuperado del impacto económico y emocional de las fiestas navideñas y todos, en mayor o menor medida, nos hemos sentido abrumados, decepcionados o frustrados por las dificultades que conlleva hacer frente a nuestros propósitos de año nuevo o, directamente, por su incumplimiento.

Al margen del valor empírico que se le pueda dar a la fórmula, la experiencia personal de cada uno nos demuestra cómo la alteración de cada una de las variables utilizadas puede hacernos conectar con la tristeza. Y digo conectar porque, por mucho que algunos se empeñen en negarla o disfrazarla, la tristeza es inherente a cada uno de nosotros y, como toda emoción, tiene un mensaje y sentido que integrar en nuestra vida. El mensaje, como sabemos, llega envuelto en una serie de sensaciones que, por lo general, no suelen resultarnos gratas (abatimiento, pesimismo, desesperanza, desazón, desmotivación, desilusión, desamparo…) pero que es necesario reconocer y aceptar para descubrir su significado.

Adentrándonos en esas sensaciones, descubriremos los sentimientos de pérdida, de abandono o de impotencia que podemos albergar dentro de nosotros. Y así, una vez identificados, podremos hacernos preguntas sobre ellos: ¿Para qué nos sirven? ¿Qué queremos hacer con esos sentimientos? Conviene recordar que la tristeza es una invitación a entrar en un estado de repliegue e introspección con vistas a soltar algo que tuvimos (o que imaginamos) para ir abriéndonos poco a poco, cada uno a su ritmo, a las distintas posibilidades que, aquí y ahora, nos ofrece el presente. En esto consiste vivir la emoción, entendiendo siempre que cualquier emoción es siempre transitoria y no permanente.

Puede que hoy, efectivamente, sea un Lunes Triste. Si es así, permítete conectar con la tristeza y dar espacio a las sensaciones asociadas a esta emoción. Explora de qué está hecha y, si lo necesitas, busca acompañamiento y permítete expresarla. Así irán apareciendo nuevas emociones con las que colorear un día que parecía gris. Si no lo consigues hoy, mañana será otro día: en concreto, según la costumbre contemporánea de dedicar un día a cada cosa, mañana será el día internacional del abrazo, un gesto que aporta bienestar y tranquilidad, contagia sensaciones positivas y mejora nuestra salud física, emocional y espiritual. Pero, ¿por qué esperar a mañana? Al margen de fórmulas y consejos de calendario, adéntrate en las emociones que emergen cada día y acepta y vive cada jornada como venga.


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AUTOPÍAS, CONCEPTOS, EMOCIONES

¿Respuesta? Asertividad

En nuestras relaciones e interacciones cotidianas nos encontramos con muchos comportamientos y mensajes –pedradas– que nos resultan inoportunos, invasivos, desagradables e incluso ofensivos. A veces, por inseguridad o por miedo a abrir un conflicto, evitamos poner un límite y aceptamos, de un modo u otro, las demandas, requerimientos, pretensiones y expresiones de nuestro interlocutor: usamos esas pedradas para construir un muro con el que tapiar nuestras necesidades, nuestros valores y, en definitiva, nuestra integridad. Otras veces, encendidos y descontrolados, devolvemos las pedradas, olvidando pasar por el filtro de la conciencia, mostrando así nuestra peor versión. Ambas respuestas se demuestran, en general, ineficaces: no conseguimos lo que queremos y, de un modo u otro, acabamos por sentirnos culpables.

¿Cuál es, entonces, la respuesta más adecuada para hacer frente a esos comportamientos o mensajes que percibimos como una prueba o un ataque? Lo más efectivo es, sin duda, responder con asertividad. O, al menos, tratar de hacerlo, pues la asertividad se puede entrenar. Pero, ¿qué es la asertividad? Podemos decir que la asertividad es una forma de comunicación que nos permite expresar opiniones, defender y reivindicar nuestros derechos y plantear sugerencias sin dejarnos arrastrar por las emociones (el miedo, cuando evitamos poner límites, o el enfado, cuando damos una respuesta descontrolada). La asertividad se sustenta sobre la autoestima (la consideración que cada uno tiene de sí mismo) y sobre la autoconfianza (la seguridad y la convicción con la que hacemos frente a los obstáculos que encontramos en la vida).

La respuesta asertiva, basada en la honestidad, nos permite fijar límites que reafirman nuestra dignidad y el respeto que sentimos hacia nosotros mismos. Desde ahí, la asertividad nos legitima para sostener, de forma natural, nuestra propia voz (respetando que los demás puedan tener opiniones discrepantes), favoreciendo una comunicación clara y directa sobre lo que necesitamos, queremos o demandamos de los otros: la asertividad nos conecta con nuestra autenticidad, con nuestra propia verdad. Cabe señalar que la asertividad no inhibe las emociones (las emociones nos informan de cómo nos afecta lo que nos ocurre), pero evita que estas tomen el control desbordando nuestra capacidad de respuesta.

¿Cómo articular una respuesta asertiva? Aunque no parece fácil, hay algunas claves que pueden ayudarnos. En primer lugar, deja a un lado las emociones, los juicios o los reproches que te suscita la situación a la que quieres dar respuesta y habla solo de los hechos: describe de forma objetiva y concreta lo que ha ocurrido. A continuación, expresa tus sentimientos: habla desde ti, explica cómo te has sentido (sin culpar o atacar a tu interlocutor). Después, describe las consecuencias que pueden darse si esos hechos vuelven a producirse o se mantienen en el tiempo. Y, finalmente, plantea una demanda o petición, desde tus necesidades, con el fin de interpelar al interlocutor para llegar a un compromiso o acuerdo.

Probablemente, leer estas líneas no será suficiente para que, ante una situación crítica, actuemos de forma asertiva. Por eso, te animo a entrenar la asertividad recordando situaciones de tu vida en las que tus respuestas fueran insuficientes (dejando invadir tus límites) o desproporcionadas (dejando el control en manos de emociones desbordadas). ¿Cómo hubieras respondido asertivamente? ¿Qué cambios se habrían producido, no ya tanto en la situación, sino en ti mismo? Hay que tener en cuenta que la asertividad nos ayuda a moldear y templar nuestra respuesta, pero –aunque predispone– no siempre es posible cambiar la respuesta de los demás, que actuarán de acuerdo a sus mapas de creencias y experiencias. Puede que los otros quieran seguir anclados en respuestas ineficaces. Pero, ¿y tú? ¿Quieres seguir ahí?


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AUTOPÍAS, CONCEPTOS, EMOCIONES

¿Emociones negativas?

Distintas clasificaciones (así se recoge en libros, artículos o vídeos) consideran que la tristeza, la ira y el miedo son emociones negativas de las que conviene escapar para tener una vida feliz. Este tipo de afirmaciones, cada vez más repetidas, me dejan contrariado: la felicidad, a mi juicio, no consiste en vivir siempre alegre, ignorando otras emociones, sino en aceptar las cosas que nos pasan (recordando que aceptar no equivale a conformarse o resignarse, de forma pasiva, con lo que nos ocurre). Por otro lado, las emociones, a priori, son solo información que nos proporciona nuestro cuerpo sobre el impacto que nos causa la realidad que nos rodea (o, al menos, de la interpretación que hacemos de ella).

La tristeza, por ejemplo, se define como una respuesta a acontecimientos desfavorables, adversos, no placenteros o dolorosos (discusiones, pérdidas, desilusiones, fracasos). Al pensar en ella, generalmente evocamos sus principales manifestaciones –llanto, abatimiento, desmotivación– sin detenernos en su potencial restaurador: la tristeza nos permite centrar la atención en nosotros mismos, facilita la introspección, el análisis y la comprensión de la situación que nos ha causado daño y promueve la empatía. La tristeza resulta imprescindible, por tanto, para iniciar el proceso de aceptación del factor o de los factores desencadenantes y recuperar así el equilibrio emocional.

La ira, por su parte, es la respuesta que manifestamos ante situaciones que nos producen frustración o aversión tales como sentirse ofendido, creer vulnerados nuestros derechos o encontrar obstáculos que impidan la consecución de las metas que nos hayamos propuesto. Además, se trata de una emoción siempre presente en situaciones de conflicto y, aunque puede darse en distintos niveles de intensidad, suele asociarse con comportamientos agresivos o violentos. Su papel, al igual que el del resto de las emociones es adaptativo: enfadarse es una forma de contactar con uno mismo para identificar lo que nos molesta, ver qué hay de eso que nos molesta en nosotros mismos y, en su caso, poner límites en la interacción con nuestro entorno.

El miedo, finalmente, se activa ante la percepción de un peligro inminente, ya sea real o imaginado. Es una emoción básica para la supervivencia, pues condiciona nuestra reacción ante eventuales amenazas. No obstante, muchas veces nos detenemos únicamente en su efecto paralizador o debilitante olvidando los beneficios que podemos sacar de él en términos de aprendizaje: enfrentar el miedo nos permite identificar y superar las barreras o las dificultades que, en nuestro día a día, nos impiden crecer. El miedo puede ser un aliado si no nos dejamos controlar por él. Como tenía miedo, lo hice con miedo.

Como vemos, las llamadas emociones negativas tienen su utilidad. Por tanto, no podemos desterrarlas o estigmatizarlas, sino todo lo contrario: debemos dar cabida a la tristeza, a la ira y al miedo para extraer la información que nos aportan, indagar sobre lo que nos dicen sobre nosotros y sobre nuestra relación con el mundo que nos rodea y, en la medida de nuestras posibilidades, liberarlas (ya sea en el momento, si es posible, o en diferido, aplicando técnicas de gestión emocional). Lo importante, en mi opinión, es no confundir las emociones con el estado de ánimo: las emociones son vivencias puntuales; el estado de ánimo es el marco que configuramos a partir de esas emociones. De cada uno depende construir un estado anímico saludable basado en la integración y aceptación de lo que nos va sucediendo o un estado anímico victimista en el que las emociones se quedan atascadas.


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AUTOPÍAS, CONCEPTOS, EMOCIONES, HERRAMIENTAS DE COACHING

Otra respuesta es posible

En las sucesivas entradas que he ido publicando en Autopías han ido apareciendo algunas pinceladas sobre emociones básicas del ser humano como el miedo, la alegría o la tristeza. Hoy voy a detenerme en el enfado, la manifestación más habitual de la ira. Algunos piensan que se trata de una emoción negativa. Sin embargo, se trata de una emoción necesaria en nuestra relación con el mundo: nos permite defendernos de amenazas exteriores (o defender personas y causas que nos importan) y nos ayuda a fijar límites en la interacción con los demás. El problema surge cuando no canalizamos y no expresamos de forma correcta el enfado, ya sea por exceso (hostilidad, agresividad) o por defecto (callando, reprimiendo).

Una de las formas más habituales de expresión del enfado en la que todos, más o menos, podemos reconocernos es la que aparece en cómics, historietas y tebeos: un bocadillo relleno de cabezas de cerdo, admiraciones, interrogaciones, berridos, arrobas, almohadillas, guantes de boxeo y yunques voladores hacen indicar que un personaje está enfadado. En estas situaciones, la emoción se representa de forma clara, pero el mensaje sobre la situación concreta que provoca el enfado se diluye en el exabrupto. Si queremos que nuestro interlocutor nos escuche, más allá de la pataleta, y  que atienda nuestras razones, necesitamos otro enfoque más asertivo. Por ejemplo, la Comunicación No Violenta.

El modelo de Comunicación No Violenta (CNV), desarrollado por el psicólogo estadounidense Marshall B. Rosenberg en los años setenta del siglo pasado, se define como un proceso de comunicación que ayuda a las personas a intercambiar la información necesaria para resolver conflictos y diferencias de un modo pacífico. Según el autor, la CNV nos orienta para reestructurar nuestra forma de expresarnos y de escuchar a los demás. En lugar de obedecer a reacciones habituales y automáticas, nuestras palabras se convierten en respuestas conscientes con una base firme en un registro de lo que percibimos, sentimos y deseamos. Y todo ello en cuatro –¿sencillos?– pasos.

En general, ante situaciones de enfado, tendemos a responder descalificando a nuestro interlocutor, impidiendo así una comunicación efectiva entre ambos: Has vuelto a retrasarte. ¡Eres un impresentable! Para evitar esta respuesta, Rosenberg propone: 1) Hacer una descripción lo más objetiva posible, libre de juicios y evaluaciones, de los hechos que han originado el enfado. 2) Expresar los sentimientos (disgusto, malestar, incomodidad) que esa situación nos genera. 3) Verbalizar las necesidades que emanan de esos sentimientos. Y 4) Formular una petición basada en la observación, los sentimientos y las necesidades que hemos identificado en los pasos anteriores. Si volvemos al ejemplo anterior, diríamos: Pasan 30 minutos de la hora a la que nos habíamos citado. Me molesta tener que esperar. Para mí es importante que se valore mi tiempo. Te pido, por tanto, que la próxima vez seas puntual o que al menos me avises si vas a retrasarte.

Reconozco que no siempre soy capaz de responder aplicando las pautas de la Comunicación No Violenta. No obstante, es un modelo que podemos entrenar. ¿Cómo hacerlo? De entrada, revisando las situaciones de enfado en las que no hemos actuado adecuadamente en el pasado y visualizándonos respondiendo de acuerdo a las recomendaciones de la CNV. Así iremos incorporando sus cuatro pasos en nuestro acervo relacional. Y también trabajando nuestra recepción empática: es probable que hayamos enfadado a alguien que quiera ponernos límites de acuerdo a las reglas de la CNV. ¿Estamos abiertos a una comunicación auténtica? Como recuerda Rosenberg, nos conectamos con los demás percibiendo primero lo que ellos observan, sienten y necesitan, y descubriendo después en qué enriquecerá su vida recibir lo que nos piden.


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AUTOPÍAS, EMOCIONES, REFLEXIONES

Un crisol emocional

¿De qué escribir hoy? Podría reflexionar sobre el otoño y sobre lo que esta estación representa para mí: la nostalgia del verano y de los días cálidos que, en pocas horas, hemos dejado atrás; la melancolía que me suscitan los colores amarillentos y ocres característicos de estas fechas; la sensación de fin de ciclo que transmiten las hojas de los árboles al caer sobre aceras, calzadas y parques; la fugacidad del paso del tiempo, acelerada por el cambio de hora y el paulatino acortamiento de los días sobre las noches; el recuerdo cada vez más desgastado, como de postal en tonos sepia, de quienes se fueron, tal vez mimetizados con el ambiente, en esta época del año…

¿De qué escribir hoy? Podría hablar del placer que he encontrado en la lectura de la última novela que ha pasado por mis manos, del interés que ha despertado en mí el reciente descubrimiento de un programa de radio, de la energía que siento y movilizo al escuchar determinadas canciones, de la distracción que supone, en mi tiempo libre, revisitar clásicos del cine o explorar nuevas series de televisión… Podría hablar de la satisfacción de un trabajo bien hecho, de la ilusión por conocer gente nueva, de la plenitud que me inunda si, al acabar el día, siento que lo he aprovechado…

¿De qué escribir hoy? Podría exponer las dudas que asoman en mi horizonte laboral. ¿Lograré las metas que me he propuesto? ¿Sabré remontar las caídas o las barreras a las que, probablemente, tendré que hacer frente al transitar por caminos desconocidos? ¿Qué ocurrirá si no lo consigo? ¿Tengo realmente las capacidades con las que estoy dibujando mi nueva faceta profesional?… Podría disertar sobre la preocupación por la familia o los amigos cuando sobrevienen circunstancias delicadas. En definitiva, podría hablar de lo difícil que resulta a veces gestionar la incertidumbre.

¿De qué escribir hoy? Podría hablar del malestar que me suscitan las desigualdades sociales, la hipocresía y el cinismo de los llamados círculos de poder, el exceso de burocracia… Podría hablar de cómo me remueve la facilidad que tenemos para criticar a los demás antes de revisar nuestros comportamientos y asumir las responsabilidades que nos correspondan… Podría hablar, también, de esos condicionantes que se van acumulando, día a día, hasta colmar el vaso de nuestra paciencia: las rutinas repetidas, los reproches reiterados, la falta de sentido que advertimos en las cosas que hacemos.

En realidad, puedo hablar de todo ello: somos seres dotados de la capacidad de sentir y experimentar emociones que se van sucediendo en un flujo continuo. En este flujo tienen cabida, por separado y a la vez, la tristeza que nace de la melancolía del otoño, la alegría fruto del esparcimiento, el miedo y la inseguridad ante un futuro incierto y el enfado como respuesta a lo que nos molesta, nos desagrada o nos incomoda. A veces, como en este texto, vivimos varias emociones de golpe. Lo importante es acoger, dar cabida y expresar cada una de ellas. Todas las emociones son válidas y dicen algo de nosotros, incluso cuando parecen paradojas.


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Quien espera, desespera

¿Recuerdas alguna situación en la que tus expectativas no hayan quedado satisfechas? ¿Cuáles eran esas expectativas? ¿Cuál fue el resultado final? ¿Y cómo reaccionaste? Quizá sentiste enfado por no haber recibido lo que querías. Tal vez te sentiste frustrado por no haber reivindicado, en caso de haber tenido la oportunidad, aquello que anhelabas. O puede que te dejaras llevar por la tristeza, la decepción o la autocompasión… El enfado, la frustración y la tristeza son estados de ánimo legítimos cuando no conseguimos lo que esperamos, pero… ¿es que realmente había algo que esperar?

La espera ante la posibilidad o esperanza de que algo suceda nos coloca en una actitud pasiva en la que la responsabilidad sobre el resultado ya no depende de nosotros mismos, sino que queda delegada en otros. De esta manera, la no satisfacción de nuestros deseos o necesidades sería responsabilidad directa de los organizadores o responsables de la situación que no ha colmado nuestras expectativas, de otras personas implicadas o partícipes que por acción o inacción determinaron su resultado alejándolo de lo que esperábamos inicialmente o de las propias circunstancias o condicionantes de la situación en sí misma. ¿En quién depositas la realización de tus expectativas?

Hoy apuesto por abandonar la espera pasiva en favor del compromiso y de la proactividad. Te invito a sumarte a mi esfuerzo por asumir y desarrollar la responsabilidad que nos corresponde en cada situación a la que nos enfrentamos y en cada meta por la que luchamos. El compromiso, frente a la expectativa, supone una responsabilidad aceptada. La implicación y la acción, cultivando nuestros recursos propios, nos ayudarán a alcanzar mejores resultados. No siempre conseguiremos lo que deseamos, pero seremos dueños tanto de nuestro esfuerzo como de nuestras expectativas. ¿Qué eliges tú? ¿Te comprometes y actúas o esperas y desesperas?

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¿Quién dijo miedo?

El hombre, desde un punto de vista biológico, dispone de tres posibles respuestas instintivas ante situaciones de peligro o amenaza: la lucha, la huida y la parálisis. Estas respuestas, fruto del miedo, no solo condicionan nuestras reacciones ante episodios que puedan poner en peligro nuestra supervivencia, sino que también marcan nuestra forma de actuar ante los desafíos, más o menos trascendentes, que debemos afrontar en nuestro día a día. Aceptar estos desafíos supone, muchas veces, enfrentarnos a procesos de cambio que nos obligan a salir de nuestra zona de comodidad. Y el temor al cambio nos conduce, a su vez, al abandono, a la postergación o al encasillamiento.

El miedo es, junto a la alegría, la tristeza, la ira, la sorpresa y el asco, una de las emociones básicas del ser humano. Su función consiste en alertarnos y prevenirnos ante peligros reales. No obstante, solemos extender su influencia para ampararnos en él ante amenazas imaginarias que nosotros mismos creamos.  En este caso, su misión se desvirtúa impidiendo nuestro desarrollo personal. Optamos por permanecer estáticos, incluso en situaciones que nos causan sufrimiento, evitando hacer frente a las nuevas oportunidades que se nos presentan. Cercenamos nuestros anhelos y expectativas. Renunciamos al progreso en favor de rutinas, a veces oxidadas, que ya ni siquiera nos sirven. Cortamos las alas de nuestro propio crecimiento.

¿Imaginas que el miedo pueda convertirse en un aliado? Escucharlo puede aportarte información útil para fortalecerte y dar respuesta, con más garantías, a cualquier desafío. Diseccionar tu propio miedo, indagando en su origen y relativizando las escenas temidas a las que te aboca, te ayudará a rebajar su autoridad. Preguntarte por la razón de tus temores puede inspirarte, además, para buscar soluciones, básicas o imaginativas, con las que encarar nuevas realidades que ensancharán tu experiencia del mundo y te dotarán de un mayor potencial. Es mucho lo que puedes conseguir. Ya lo dijo el escritor Christian Friedrich Hebbel: creer posible es hacerlo realidad.

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