AUTOPÍAS, CONCEPTOS, GESTALT, METÁFORAS

El vértice de la parábola

Todos los procesos de cambio personal –especialmente aquellos que implican un cierto nivel de profundidad– incluyen un momento de duda en el que, asustados por lo que pueda venir después (una vez que el cambio se materialice), nos planteamos volver a la situación anterior… aun sabiendo que ya no nos aporta nada o no nos satisface.

¿Has estado alguna vez ahí?

Para mí, ese momento de duda es como el vértice de una parábola matemática, el lugar donde las ramas de la figura cambian de dirección.

Pensemos, por un momento, en una parábola con forma de U, que abre sus ramas hacia arriba. El primer tramo de la parábola, decreciente en su camino hacia el vértice, puede equipararse al descenso a las profundidades de uno mismo (una bajada a los infiernos, si se prefiere) que va implícita en cada proceso de cambio personal. Una vez que se llega al vértice, comienza un segundo tramo creciente, igual de pronunciado que el anterior, que a priori nos parece infranqueable por la dificultad que conlleva la ascensión.

Igual ocurre, pero al revés, con la parábola con forma de U invertida, cuyas ramas se abren hacia abajo. El primer tramo, creciente, es una dura escalada que requiere ir soltando equipaje para subir más alto y alcanzar mejores perspectivas. El segundo tramo, decreciente desde el vértice, sugiere la amenaza de caída, la posibilidad de despeñarse, la osadía de un salto.

El vértice de los procesos de cambio es, por tanto, el punto –impasse– en el que elegimos entre volver atrás, regresando a una zona de confort ya nada confortable, o dar un paso hacia delante para adentrarnos en un terreno desconocido, tal vez inhóspito al principio, pero necesario para nuestro crecimiento personal. El impasse es la puerta a lo que la Terapia Gestalt denomina el vacío fértil, la oportunidad de acceder al sinfín de recursos (emociones, capacidades, competencias, comportamientos…) que dan forma a nuestro potencial.

Estos días, precisamente, se cumplen cinco años desde que iniciara mi formación en Teoría y Técnicas Gestálticas. Aunque ya conocía este enfoque desde tiempo atrás, la experiencia –íntegramente vivencial, como no puede ser de otra manera– fue el impulso que necesitaba para llegar a mi impasse y saltar al vacío fértil, un vacío que se fue construyendo con la renuncia a mi anterior trabajo y el aprendizaje de nuevas competencias y herramientas profesionales y que sigo cultivando hoy día, no sin dificultades (la vida está hecha de luces y sombras), en este proyecto llamado Autopías.

Hay quien dice que los procesos de cambio personal nos llevan a la mejor versión de nosotros mismos. Yo no sé si estoy en mi mejor versión, pero me siento en mi versión más auténtica.

¿Cómo te sientes tú? ¿A qué distancia está el vértice de la parábola?


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(Re)sintonizando

Distintos canales de televisión de España recuerdan estos días la necesidad de adaptar las antenas y de sintonizar de nuevo televisores y receptores debido a la culminación del segundo dividendo digital, un proceso de liberación del espacio radioeléctrico –por el que actualmente se transmite la señal de televisión digital terrestre (TDT)– con el que se pretende dejar espacio a las futuras redes de comunicaciones basadas en tecnología 5G.

¿Y si, además de resintonizar nuestros televisores, impulsamos nuestra propia resintonización personal o profesional?

Sintonizar consiste en ajustar la frecuencia de vibración o resonancia de un circuito con una frecuencia determinada que buscamos o encontramos moviéndonos por el dial. En el caso de la TDT, la resintonización es necesaria porque algunos canales van a cambiar de frecuencia de emisión. Otras veces es necesario resintonizar porque el ajuste de frecuencias no es perfecto: hay interferencias que perturban la señal (ruido, niebla, pixelado…), frecuencias que se quedan enganchadas…

En nuestra vida, la resintonización es necesaria –y obligatoria– cuando se desajustan tres frecuencias básicas que manifiestan nuestra condición humana: la frecuencia en la que se mueven nuestros pensamientos, la frecuencia en la que se desarrollan nuestros sentimientos y la frecuencia en la que se suceden los comportamientos con los que damos respuesta (por acción u omisión) a lo que nos ocurre o a lo que pasa a nuestro alrededor.

Pensamientos, sentimientos y comportamientos. ¡Recuerda! Tres frecuencias fundamentales.

Cuando ajustamos estas frecuencias, la palabra sintonizar adquiere un nuevo significado: sintonizar es, entonces, una oportunidad para alinear argumentos, emociones y acciones con el fin de vivir con integridad y coherencia.

¿Y cómo se hace esa resintonización vital? Bueno, como ocurre con los receptores de televisión, tenemos dos alternativas. La primera opción es la “sintonización manual”, una opción especialmente útil en aquellos casos en los que ya tenemos identificada la frecuencia sobre la que queremos actuar (sabemos qué frecuencia queremos afinar o mover por el dial). El problema de la “sintonización manual” es que, de tanto repetirla, podemos abusar de ella disfrazando de sintonización el mero hecho de poner parches para salvar una frecuencia concreta (como cuando hacemos trampas jugando al solitario).

La segunda opción es la llamada “sintonización automática”, que consiste en hacer un reseteado total de las frecuencias almacenadas para buscar, desde cero, todas las frecuencias disponibles. En los receptores de televisión, el reseteado es posible con tan solo apretar un botón. En las personas, no parece ser tan sencillo borrar todas las frecuencias de un plumazo, pero hay un pequeño gesto, repetido desde el momento de nuestro nacimiento, que facilita el resetado: la respiración.

Sí: la respiración abre la puerta a resetearnos y resintonizarnos.

Te animo, por tanto, a detenerte un momento en tu respiración. Observa conscientemente este fenómeno, recréate en él, déjate mecer en el ritmo y la cadencia que marcan cada inhalación y exhalación. Y, poco a poco, presta atención a las frecuencias que vayan apareciendo: las necesidades pendientes de satisfacer, los objetivos a alcanzar, las responsabilidades que quieres asumir, los compromisos que conviene reajustar, los límites que vas a marcar en tus interacciones con los demás…

El dial en el que están todas las frecuencias posibles es tu potencial. Puedes elegir entre explorar todas las opciones a tu alcance (asumiendo un papel proactivo) o quedarte anclado, como víctima, en frecuencias repetidas u obsoletas.

No siempre es sencillo resintonizar. Si la televisión falla, llamamos al antenista o al soporte técnico del televisor. Pero… ¿y si falla esta resintonización vital de la que hablo? En este caso, tienes la opción de llamar a un coach que te acompañe en el proceso de identificación y ajuste de las frecuencias de pensamiento, sentimiento y comportamiento que marcan el devenir de tu vida. ¿Resintonizamos juntos?


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Pinceladas de otoño

Martes, 22 de septiembre, 15:31 horas. En este momento ha dado comienzo en España el otoño astronómico, una estación en la que asistiremos, un año más, a una transformación paulatina en el paisaje, con la entrada de una nueva paleta de colores, y al sucesivo acortamiento de los días, fenómeno que se hará más evidente a finales de octubre con el cambio oficial de hora.

En las siguientes semanas, la luz ambiental adquirirá una tonalidad más cálida (el sol irá perdiendo altura en el horizonte) y la actividad vegetal entrará progresivamente en una fase de ralentización (debido a una inhibición en la fabricación de clorofila) que dará lugar a las coloraciones amarillas, marrones y ocres propias de esta época del año.

Para algunos, la luz suave y la calidez de los colores (a veces tibios y apagados) convierten al otoño en sinónimo de nostalgia. El esplendor de la primavera y del verano queda ya atrás, y la nueva estación se presenta como un fin de ciclo, como una sucesión de imágenes que, inevitablemente, se van desdibujando hasta fundirse en blanco con la inmensidad del invierno.

Las estaciones están interrelacionadas entre sí y, efectivamente, no hay otoño sin primavera, pero tampoco hay primavera sin otoño. Por eso, la estación que hoy comienza puede ser una oportunidad para un nuevo comienzo. ¿Cómo? Por ejemplo, prestando atención a sus colores y, más concretamente, al significado de cada uno de ellos.

El color marrón, quizá el más asociado al otoño, es el color de la madurez, concepto que se define como la suma de aprendizaje y experiencia. ¿Cuáles son tus aprendizajes? ¿Cuáles tus experiencias? El otoño es una época propicia para actualizarse y reconocerse. ¿Cuántas veces seguimos actuando de acuerdo a parámetros pasados que ya no van con nosotros? La nueva estación es una invitación a vivir con responsabilidad y coherencia.

El color ocre es el color de la sabiduría. Hoy en día, el ocre aparece como color normalizado en los catálogos de pintura, pero en realidad no es estrictamente un color único, sino una serie de tonalidades de amarillo, dorado, marrón, beis, naranja e incluso rojo englobadas en una misma definición. Tal vez sea esa la clave de la sabiduría: ver los matices en los que se descompone la realidad de nuestra vida, de nuestro entorno o del contexto en el que vivimos.

El color amarillo, finalmente, es el color de la creatividad. Es un color que llama la atención, y quizá su presencia es la que hace despertar esa fascinación que muchos sentimos por los paisajes del otoño. Pero, al igual que la creatividad, el amarillo no es un color creado exclusivamente para su contemplación: la creatividad no está fuera, sino dentro de nosotros. ¿Qué puedes hacer tú este otoño para ser o mostrarte más creativo?

Por último, aunque sea una metáfora manida, no quiero resistirme a hacer una mención a uno de los fenómenos propios del otoño: la caída de la hoja. Si la naturaleza, en su infinita sabiduría, hace que los árboles se despojen de sus hojas para dar lugar, más adelante, a hojas nuevas, ¿qué nos impide a nosotros soltar y liberarnos de todo aquello a lo que vivimos aferrados? Dejemos que caigan las hojas: unas se las llevará el viento, otras nos servirán de abono para crecer.

Martes, 22 de septiembre, 15:31 horas. Es el momento de atreverse a soltar. Es el momento de abrirse a nuevos colores. ¡Bienvenido sea el otoño!


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El héroe que habita en ti

Este verano he estado leyendo Las mil caras del héroe, un clásico publicado en 1949 en el que Joseph Campbell, basándose en sus profundos conocimientos sobre mitología y religión comparada, reflexiona sobre la figura del héroe y sobre el itinerario que recorre este personaje hasta alcanzar el reconocimiento que le corresponde por sus hazañas, gestas y virtudes. Según Campbell, la aventura del héroe consta de una estructura universal en la que se identifican tres etapas: una separación del mundo, la penetración a alguna fuente de poder y un regreso a la vida para vivirla con más sentido.

Habitualmente, al hablar de héroes, solemos pensar en seres sobrenaturales o dotados de poderes extraordinarios; seres que, en cualquier caso, quedan muy lejos de nosotros. Sin embargo, yo creo que todos encajamos, en algún momento de nuestras vidas, en esa estructura universal que propone Campbell, especialmente en aquellas situaciones en las que, asumiendo el protagonismo y la responsabilidad sobre lo que nos pasa, nos percatamos de la necesidad de emprender un cambio en nuestra forma de ser y en nuestra forma de estar en el mundo que nos rodea.

Así, en estas situaciones corresponde, como primer paso, alejarse del mundo en el que vivimos. Pero no se trata de poner distancia física de por medio (aunque a veces no quede otra), sino de abrir una reflexión interna sobre las contradicciones que se dan entre ese mundo exterior, lleno de modas, tendencias y presiones, y el mundo interior de nuestras inquietudes, deseos y necesidades. Esta reflexión, si es auténtica (y supera los patrones de pensamiento en los que solemos enredarnos), nos llevará a una toma de conciencia que nos permitirá acceder, poco a poco, a nuevos u olvidados recursos propios y nuevas alternativas con las que probar a vivir de otra manera. Finalmente, empoderados con esos recursos, toca volver al mundo para aplicar, con coherencia, el cambio que hemos experimentado en nuestra aventura.

No obstante, algunas aventuras son más fáciles que otras. A veces, la reflexión interna surge de forma espontánea y la toma de conciencia es automática. Otras veces, en cambio, aparecen sombras, dudas o miedos que nos dejan paralizados en un punto del camino (ya sea al principio, a la mitad o en la recta final del recorrido). En estos casos suelen aparecer, en los mitos y leyendas, personajes secundarios (en forma de magos, brujas, hadas, hechiceros…) que asisten al héroe cuando hay dificultades. Hoy en día, ese personaje secundario bien puede ser un coach que, sin dirigir la aventura (cada uno de nosotros es dueño de su propio destino), nos ayuda a resituarnos en ella.

Este mes de septiembre comienza un nuevo curso en el que, sin duda, tendremos que recurrir a nuestro héroe interior para hacer frente a todos los desafíos sanitarios, económicos, educativos, laborales y sociales derivados de la pandemia por enfermedad de coronavirus que estamos viviendo. Ante esta situación, podemos sucumbir a la incertidumbre o, por el contrario, vivir el curso como una aventura –una autopía– en la que explorar todo nuestro potencial. ¿Aceptas el reto? Si necesitas acompañamiento, hasta el 30 de septiembre ofreceré, de nuevo, tres sesiones online gratuitas de coaching, sin compromiso de continuidad, para ayudarte a encontrar nuevas perspectivas. (Sesiones online de 45 minutos de duración. Oferta válida exclusivamente para nuevos clientes). Puedes solicitar tus sesiones gratuitas en el correo electrónico info@autopiascoaching.com o en este formulario de contacto. ¡Es hora de despertar al héroe que habita en ti!


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Despertar en la noche

Cuando se despertó, estaba envuelto en la oscuridad y se sentía inquieto y nervioso. ¿Dónde estaba? ¿Qué hora era? Le llevó un tiempo darse cuenta de que, al final de la tarde, estando sumido en sus pensamientos, se había quedado dormido en la hierba. Notaba algo de fresco ­–la temperatura había bajado sensiblemente­– y sintió un estremecimiento al verse inmerso en la noche cerrada.

Se incorporó ligeramente en un esfuerzo por tomar conciencia del lugar en el que se encontraba. Intentó recabar información con sus cinco sentidos, pero las primeras impresiones que registró no le aportaron muchos datos. Sus ojos parecían inservibles ante una oscuridad tan espesa, sus oídos solo captaban lo que parecía ser un profundo silencio, la piel se erizaba con el frescor de la noche… y la nariz y el paladar habían sido monopolizados por el olor del miedo y el regusto de la desazón.

Ante estas impresiones, su mente empezó a bullir imaginando, sin miramientos, los peores escenarios posibles. Y sus sentidos, condicionados por los paisajes hostiles que la mente iba creando, ampliaron aún más esas sensaciones de oscuridad, silencio, frío, desazón y miedo. «¡Cuidado! ­–se dijo­–. No quiero dejarme llevar por estos pensamientos, no quiero que la mente tome todo el control». Fue entonces cuando recurrió, como había hecho otras veces, al poder de la respiración.

Comenzó a respirar de forma consciente, prestando atención al proceso de inhalación y exhalación y a la cadencia con la que se producía cada uno de esos movimientos. Al principio, no notó nada especial: seguía sintiendo la sombra de la oscuridad, del silencio y del frío. Sin embargo, decidió mantenerse concentrado en la respiración y, poco a poco, algo comenzó a cambiar: el olor del miedo dio paso al olor de la expectación, y el regusto de desazón se transformó en el sabor de la confianza.

Animado por este cambio, se permitió seguir meciéndose al ritmo de su propia respiración. La mente se iba callando mientras su piel se iba sintiendo cómoda con la temperatura exterior. Sutilmente, empezaron a llegar sonidos a sus oídos: eran sonidos difusos y lejanos que, a cada inhalación y exhalación, se hacían más claros, cercanos e identificables. Y, finalmente, se decidió a abrir los ojos, que había cerrado por inercia cuando se propuso mantenerse centrado en su respiración.

La oscuridad seguía envolviendo la noche, pero de otra manera: no era más que un fondo en el que, por puro contraste, encontrar pequeñas luces. Así, identificó el brillo y el destello de estrellas y planetas, la intermitencia de las luces de un avión, los faros de un coche que se adentraba en la calle más cercana… La inquietud y la incomodidad por haberse quedado dormido en una hora y un lugar que juzgaba inapropiados dieron paso al agradecimiento. ¿Qué se hubiera perdido si no hubiera entrado en este pequeño trance?


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La madeja enredada

Cuando se dio cuenta, la madeja de hilo a partir de la que iba construyendo el ovillo de su existencia estaba completamente enmarañada. Ya antes, alguna vez, había encontrado un pequeño nudo o enganche, pero nunca antes se había enfrentado a un enredo semejante. En vez de una madeja, tenía ante sí un nudo gordiano que acogía, en su seno, buena parte de las acepciones de la palabra confusión.

Allí estaban anudados, efectivamente, el abatimiento, el desasosiego, el desconcierto, la perplejidad y tantas otras reacciones que aparecen en nosotros cuando, ante una diversidad de estímulos, acabamos mezclando todo hasta quedarnos sin margen para reconocer de forma autónoma cada uno de ellos, o también cuando, asombrados por determinadas situaciones, nos quedamos –aparentemente– sin capacidad de dar una respuesta.

Su mente analítica, tras una primera valoración de las características del nudo, le recomendó tener paciencia para observar con detalle dónde y cómo se formaba cada enganche, cada pliegue o cada solapamiento del hilo en la madeja con el fin de encontrar soluciones lógicas que le permitieran deshacer el enredo y seguir enrollando el ovillo. Pero este modo de proceder no siempre funcionaba.

No, la observación y el análisis no parecían, en esta ocasión, los instrumentos más adecuados. Por un lado, debía invertir muchísimo tiempo para deshacer pequeños e irrelevantes nudos que apenas contribuían a despejar la madeja. Por otro, descubría que necesitaba los dos extremos de la madeja para desenredarla con mayor eficacia, pero uno de los extremos quedaba escondido en el interior del ovillo, cuyo tamaño hacía difícil maniobrar con él, y el otro estaba aún perdido en la maraña.

Por si esto fuera poco, advertía la existencia, en su madeja, de hilos de otras madejas que escapaban a su control. Si ya era difícil desenredar su propio hilo, ¿cómo ocuparse de desenredar también esos hilos ajenos? Quizá esa fuera la solución, pero ¿tenía capacidad y competencia para ello? No, demasiado complicado. Era necesario buscar otro tipo de soluciones, otro tipo de respuestas.

Se propuso, por tanto, buscar enfoques alternativos para desenredar la madeja. Y así, dejó de indagar sobre el porqué de los nudos que atascaban la construcción del ovillo para centrar su atención en el para qué de cada uno de ellos. ¿De qué me vale este nudo? ¿Para qué me sirve engancharme en este pliegue? ¿Qué intenciones y beneficios –visibles e invisibles– se esconden detrás de cada atadura? ¿Qué evito al dejarme enganchar en cada lazo?

Al calor de esas preguntas, la madeja se fue soltando. Algunos nudos eran, en realidad, efectos ópticos de una visión de una realidad distorsionada. Otros no eran más que un espejismo: de hecho, solo estaban en su mente. Lo importante es que todos ellos se iban deshaciendo, ajenos a los juegos de lógica, de forma natural y espontánea.

Pero, como todos sabemos, incluso haciéndolo así no siempre funciona: hay nudos tenaces, ásperos, bien apretados y persistentes que se resisten a ser desatados. En estos casos, se requieren soluciones drásticas. ¿Y si cortar el hilo fuera la única respuesta posible? ¿Hasta qué punto estamos obligados a dejar intacta la madeja? Tal vez –se dijo– sea el momento de comenzar un nuevo ovillo.


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Perdido en el laberinto

Se encontraba en una sala diáfana, luminosa, haciendo sus quehaceres cotidianos. Sus días transcurrían apacibles dentro de un lugar sobradamente conocido, tal vez algo tedioso en algunos momentos, al que ahora llamamos normalidad pero que antes era solo rutina, más de lo mismo. Sus preocupaciones eran más mundanas que nunca: al fin y al cabo, la maquinaria del día a día estaba perfectamente engrasada, y su funcionamiento solo se veía alterado, muy de vez en cuando, por algún chirrido esporádico. La claridad de la sala se enturbiaba, en ocasiones, debido al paso de alguna nube pasajera. Pero más tarde o más temprano todo acababa volviendo a ser como siempre había sido: cómodo, espacioso, habitable…

Pero un día, de la noche a la mañana –de la mañana a la noche– todo cambió en aquella sala en la que había vivido hasta entonces. Las ventanas se hicieron cada vez más pequeñas hasta que acabaron por cegarse, y las paredes comenzaron a moverse reduciendo el espacio disponible y estrechando los límites de su existencia a unos márgenes que nunca había imaginado. La sala, finalmente, acabó convertida en un pasillo que daba paso, a su vez, a otros pasillos y recovecos, todos ellos sin aparente salida. Aquel amplio espacio en el que habitaba se había transformado en un laberinto estrecho y oscuro: la luz que iluminaba la estancia se había desvanecido, y ahora debía moverse a tientas por donde hasta entonces se había desenvuelto con soltura.

Así, angustiado –e incluso asfixiado, pues el aire se había viciado– comenzó a recorrer, con cierta desesperación, los corredores y los rincones que se iba encontrando, a derecha e izquierda, en su travesía por el laberinto. Sus esfuerzos por buscar una salida fuera no solo no daban fruto, sino que le hacían estar aún más desorientado y confuso. ¿Qué hacer, entonces? Dicen –y es verdad– que siempre hay una luz al final del túnel, pero también existe una poderosa luz dentro de cada uno de nosotros. ¿Y si la salida no está fuera, sino dentro de cada uno? Es el momento de buscar esa luz, es el momento de dejarse alumbrar por ella. Tal vez, iluminados de nosotros mismos, los pasillos del laberinto no sean tan estrechos y enrevesados como creemos.


COACHING PROFESIONAL SOLIDARIO: Os recuerdo que durante la vigencia del estado de alarma decretado por el Gobierno de España para hacer frente al COVID19 seguiré ofreciendo servicios individuales de coaching gratuitos por videollamada o videoconferencia. Las sesiones se realizarán en horario de mañana o tarde (a convenir) y tendrán una duración de 45 minutos, con un máximo de tres sesiones por persona. La solicitud de cita se realizará a través del correo electrónico info@autopiascoaching.com o del formulario de contacto de mi página web indicando nombre y apellidos, edad, profesión, teléfono, preferencia de horario (mañana o tarde) y preguntas o inquietudes que te llevan a solicitar la sesión. Las sesiones se adjudicarán por orden de solicitud, teniendo en cuenta que, por razones de agenda, solo podré realizar un máximo de cuatro sesiones diarias. ¡Ánimo y fuerza!


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Adentrarse en la cueva

El caminante estaba cansado, llevaba mucho tiempo vagando por cañadas y senderos. Generalmente, reponía fuerzas fijándose en pequeños detalles que iba encontrando a su paso: la frondosidad del bosque que avistaba desde el cerro, los campos de cultivo en su punto álgido a la espera de la cosecha, el olor de las flores con las que se iba topando en su travesía, el silbido del viento, la rodadura de los coches que transitaban por las carreteras cercanas, el reflejo de un tren que serpenteaba a lo lejos, las imponentes o humildes construcciones de las ciudades y pueblos que se iba encontrando en el camino… Aquel día, sin embargo, esos estímulos no lo reconfortaban. ¿Qué hacer, entonces, para recuperar la energía perdida?

El caminante, que hasta ese momento cavilaba ensimismado en su desazón, se percató  de que a su espalda había una formación rocosa con una abertura que parecía dar acceso a una cueva. Su cansancio lo animó a buscar refugio allí: antes o después, tenía que parar. La cavidad a la que se accedía por aquella abertura era bastante amplia y estaba muy bien iluminada: varias grietas en la roca facilitaban la entrada de luz exterior. El caminante se acomodó sobre unos montones de paja que había junto a una de las paredes y se echó una pequeña siesta. Al despertar, se sentía ya más descansado. Pensó, incluso, en reanudar el camino. Pero entonces se dio cuenta de que, en la pared opuesta, había un hueco por el que acceder a una cavidad contigua. ¿Qué hacer? ¿Volver a una realidad exterior que un rato antes le había parecido efímera o seguir explorando la cueva?

El caminante encontró que junto a ese hueco –¿casualmente?– se disponían los elementos necesarios para prender una antorcha, así que se animó a iniciar la exploración. El hueco daba paso a un pasillo por el que, a pesar de algunas pequeñas irregularidades que iban apareciendo en el terreno, no resultaba difícil andar. Siguió caminando durante un largo trecho. Entonces, el pasillo comenzó a hacerse cada vez más angosto. El caminante pensó en retroceder, no fuera a quedarse atrapado, pero, de nuevo, prevalecieron las ganas de continuar. Si había llegado hasta allí, ¿por qué no continuar un poco más? Aunque el pasillo era estrecho, bastaba con agacharse un poco para seguir avanzando.

El caminante recorrió el pasillo hasta el final, donde encontró una portezuela que daba a una nueva cavidad. Abrió la portezuela con decisión, pero se quedó sobrecogido: esta dependencia de la cueva estaba llena de afiladas estalactitas y estalagmitas que, además de la amenaza que suponían, proyectaban sombras fantasmagóricas a la luz de la débil antorcha. Un río de lava caliente y pringosa cruzaba el suelo. El caminante sintió deseos de salir corriendo a través del pasillo que acababa de cruzar. No obstante, al fondo de la sala se veía un suave resplandor. Tal vez fuera mejor cruzar esta cavidad de apariencia hostil: quizá hubiera otra salida allí. El caminante advirtió que, para llegar a ese resplandor, no era necesario cruzar la sala sorteando cada uno de esos elementos amenazantes: podía usar el desfiladero que se había formado en una de las paredes.

El caminante, una vez en el desfiladero, comprendió que los espeleotemas, la lava y las sombras son elementos que pueden aparecer con frecuencia en cualquier cueva. ¿Por qué tener miedo de ellos? Bastaba con observarlos, no era necesario medirse con ellos. Y así, siguió avanzando por el desfiladero, camino del resplandor. Un golpe de viento apagó la antorcha, pero no le importó: el resplandor aportaba ya suficiente luz para continuar. Además, el desfiladero se iba ensanchando, y descendía en una ligera pendiente por la que era fácil caminar. Con paso ligero, el caminante llegó a una nueva sala, y se quedó maravillado por lo que vio: ante él se abría un oasis de vegetación a través del cual se abrían caminos de piedras pulidas que conducían hacia un pequeño lago y una pequeña playa.

El caminante avanzó por uno de esos senderos hasta alcanzar el agua. Aprovechó para refrescarse y, reconfortado por la armonía que emanaba de aquel paisaje, se dispuso a meditar. Aunque no se veía ninguna fuente de iluminación, una brillante luz natural daba color y forma al oasis. El caminante se espabiló y se dispuso a partir. Cuando quiso darse cuenta, caminaba ya lejos de la cueva. En su bolsillo guardaba una pequeña piedra pulida, un recordatorio de ese lugar al que volver para encontrarse consigo mismo, para recobrar las fuerzas perdidas, para aceptar con serenidad lo que la vida nos ofrece y para salir después al mundo, tocados por nuestra mirada interna, a compartir nuestra experiencia.


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Un brote de esperanza

La primavera, al igual que el invierno y las estaciones anteriores, había sido bastante seca. Apenas había llovido en la comarca. Y, en el bosque, las condiciones del terreno habían comenzado a deteriorarse: la calidad de los nutrientes de los que se alimentaban los árboles se había empobrecido, el suelo se volvía cada vez más árido, el estrés hídrico amenazaba raíces, troncos y ramas… Pese a todo, los árboles seguían ahí, intentando adaptarse a los factores ambientales –como la Naturaleza lleva haciendo por siglos y milenios–. Unos frenaban su ritmo de crecimiento para acomodarse a los recursos existentes; otros disminuían su producción de frutos o de resina para garantizar su supervivencia.

Pero, en medio de este esfuerzo, prendió la chispa. Las crónicas dicen que, esta vez, el fuego tuvo su origen en un cortocircuito en una torreta eléctrica. Las llamas, ayudadas por el viento, se propagaron rápidamente, aprovechando la sequedad de las copas de los árboles, arrasando lo que iban encontrando a su paso. Las pavesas, caprichosas, abrían nuevos frentes en el incendio. El viento rolaba y, con él, aumentaba el desconcierto. El fuego avanzaba en distintas direcciones, saltaba barrancos y carreteras y, sin encontrar límites a su paso, actuaba totalmente descontrolado. La situación se mantuvo durante varios días de angustia hasta que, por fin, el incendio fue estabilizado y extinguido.

Una vez apagadas las llamas, el desconcierto inicial y la situación de emergencia vivida durante el incendio dieron paso a la desolación. El bosque había quedado arrasado, y eso suponía una enorme pérdida medioambiental, económica e incluso sentimental para vecinos y excursionistas. En medio del desconsuelo, se impulsaron acciones inmediatas para impedir que árboles quemados pudieran caer sobre caminos y sendas causando nuevos daños materiales o personales. Mientras, técnicos y autoridades comenzaron a preparar informes, pliegos de condiciones, licitaciones y demás protocolos burocráticos para recuperar y regenerar la zona afectada.

El bosque, ajeno a todo esto, parecía mantenerse lánguido y moribundo. Sin embargo, en cada árbol permanecía viva la llama de la supervivencia. Así, a las pocas semanas, resilientes, empezaron a mostrar sus primeros brotes. La vida, que nunca se había consumido del todo, comenzaba a abrirse paso en la base de los troncos calcinados. Algunos de estos brotes, meses después, apuntaban maneras de futuros árboles frondosos. Sí, estos nuevos árboles necesitarán ayuda para desprenderse de ramas y troncos quemados –madera inerte que ya no les sirve– y tendrán que hacer frente, de nuevo, a factores ambientales desfavorables. Pero ahí están, reivindicándose.

La experiencia del bosque me suscita varias preguntas. ¿Cuántas veces nosotros, los humanos, agobiados por factores ambientales hostiles, nos hemos sentido secos y estériles? ¿Cuántas veces, en situaciones de estrés, ha faltado solo una chispa para que el fuego prendiera en nosotros, consumiéndonos o arrasando todo aquello que estaba a nuestro alrededor? ¿Cuántas veces nos hemos descontrolado, avanzando y retrocediendo de forma errática, confundiendo a nuestro entorno? ¿Y cuántas veces hemos diseñado planes de recuperación y regeneración ajenos a nuestra sabiduría interior? Seamos resilientes, como el bosque: las respuestas brotarán dentro de nosotros.


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El valor de las ruinas

Érase una vez un monasterio del que ya solo quedan sus ruinas. Fundado a mediados del siglo XII, surgió con la idea de agrupar en un único complejo los distintos eremitorios que se repartían por el entonces llamado Valle de las Iglesias. Desde entonces –convertido en centro de poder de la comarca, gracias a los distintos privilegios reales que le fueron otorgando–, vivió varios siglos de crecimiento y prosperidad, fruto de una intensa actividad económica (cultivos, granjas, canteras…), que se manifestaron en una arquitectura en la que, siguiendo el curso de la historia, se encuentran ejemplos de los estilos románico-mudéjar, románico-cisterciense, gótico isabelino, renacentista y barroco. Se habla, incluso, de la existencia de una capilla mozárabe en su interior.

El esplendor no es un estado permanente y el devenir del monasterio, como todo en la vida, estuvo sujeto a intrigas y azares que condicionaron su desarrollo. Conflictos, pleitos y dificultades económicas se tradujeron en la pérdida de las villas o señoríos anejos al monasterio, que vio menoscabada su capacidad de influencia en el valle. Dos grandes incendios, en los siglos XII y XVIII, afectaron gravemente al recinto. El campanario que se levantaba sobre la capilla mayor de la iglesia se desplomó en el siglo XVII. Las crónicas mencionan también un episodio de saqueo durante la Guerra de la Independencia. Con todo, la peor noticia para el monasterio llegó cumplido el primer tercio del siglo XIX, fecha en la que se aprobó su desamortización.

Con la desamortización, los  monjes que lo habitaban tuvieron que marcharse, los objetos de valor que había en el monasterio fueron incautados (entre ellos varias pinturas, custodiadas actualmente en el Museo del Prado, y la sillería del coro, instalada posteriormente en la catedral de Murcia) y el complejo fue puesto a la venta, pasando a manos privadas. Se inició así una época de rápido declive marcada por el expolio, el deterioro y el abandono progresivo del recinto. La erosión hizo el resto. El monasterio que ya no era tal se convirtió, entrado ya el siglo XX, en una localización pintoresca para rodajes cinematográficos y en escenario de juegos y aventuras para niños y adolescentes de los alrededores.

La historia que aquí narro –someramente– es la del Monasterio de Santa María la Real de Valdeiglesias. Sus ruinas se encuentran actualmente en proceso de consolidación, con la intervención de las administraciones oportunas, gracias al esfuerzo realizado en su día por un arquitecto que, advirtiendo el potencial y el sentido histórico del complejo, compró el monasterio, comenzó a catalogar sus elementos (los que permanecían en pie y los que se habían derruido), impulsó su reconocimiento como Bien de Interés Cultural y, finalmente, cedió su propiedad al pueblo de Pelayos de la Presa (Madrid), a cuyo término municipal pertenece.

Este monasterio, al igual que muchos otros elementos del patrimonio histórico recuperados total o parcialmente en los últimos años, se enfrenta ahora a un importante desafío: ¿Cómo ponerse en valor, una vez perdida la finalidad inicial con la que fue construido? ¿Qué nuevos usos puede albergar? Algo hay, en estas preguntas, que me resuena, pues todos, en mayor o menor medida, contamos con una biografía –una historia– sembrada de pequeñas ruinas: relaciones o puestos de trabajo que dimos (o dieron) por amortizados, incendios de pasión o ira que nos dejaron consumidos, el saqueo sistemático de nuestros recursos por parte de aquellos que quieren aprovecharse de nosotros, el expolio al que sometemos a los demás cuando tratamos de arrebatarles su energía, los momentos de esplendor que ya no volverán (al menos, de la misma forma o con la misma gente), aquellos destellos de inspiración o creatividad que iluminan nuestro pasado… ¿Qué valor das a las ruinas sobre las que se cimenta tu vida? ¿Qué te dicen de tu potencial? ¿Qué quieres hacer con ellas?


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