AUTOPÍAS, METÁFORAS

Un brote de esperanza

La primavera, al igual que el invierno y las estaciones anteriores, había sido bastante seca. Apenas había llovido en la comarca. Y, en el bosque, las condiciones del terreno habían comenzado a deteriorarse: la calidad de los nutrientes de los que se alimentaban los árboles se había empobrecido, el suelo se volvía cada vez más árido, el estrés hídrico amenazaba raíces, troncos y ramas… Pese a todo, los árboles seguían ahí, intentando adaptarse a los factores ambientales –como la Naturaleza lleva haciendo por siglos y milenios–. Unos frenaban su ritmo de crecimiento para acomodarse a los recursos existentes; otros disminuían su producción de frutos o de resina para garantizar su supervivencia.

Pero, en medio de este esfuerzo, prendió la chispa. Las crónicas dicen que, esta vez, el fuego tuvo su origen en un cortocircuito en una torreta eléctrica. Las llamas, ayudadas por el viento, se propagaron rápidamente, aprovechando la sequedad de las copas de los árboles, arrasando lo que iban encontrando a su paso. Las pavesas, caprichosas, abrían nuevos frentes en el incendio. El viento rolaba y, con él, aumentaba el desconcierto. El fuego avanzaba en distintas direcciones, saltaba barrancos y carreteras y, sin encontrar límites a su paso, actuaba totalmente descontrolado. La situación se mantuvo durante varios días de angustia hasta que, por fin, el incendio fue estabilizado y extinguido.

Una vez apagadas las llamas, el desconcierto inicial y la situación de emergencia vivida durante el incendio dieron paso a la desolación. El bosque había quedado arrasado, y eso suponía una enorme pérdida medioambiental, económica e incluso sentimental para vecinos y excursionistas. En medio del desconsuelo, se impulsaron acciones inmediatas para impedir que árboles quemados pudieran caer sobre caminos y sendas causando nuevos daños materiales o personales. Mientras, técnicos y autoridades comenzaron a preparar informes, pliegos de condiciones, licitaciones y demás protocolos burocráticos para recuperar y regenerar la zona afectada.

El bosque, ajeno a todo esto, parecía mantenerse lánguido y moribundo. Sin embargo, en cada árbol permanecía viva la llama de la supervivencia. Así, a las pocas semanas, resilientes, empezaron a mostrar sus primeros brotes. La vida, que nunca se había consumido del todo, comenzaba a abrirse paso en la base de los troncos calcinados. Algunos de estos brotes, meses después, apuntaban maneras de futuros árboles frondosos. Sí, estos nuevos árboles necesitarán ayuda para desprenderse de ramas y troncos quemados –madera inerte que ya no les sirve– y tendrán que hacer frente, de nuevo, a factores ambientales desfavorables. Pero ahí están, reivindicándose.

La experiencia del bosque me suscita varias preguntas. ¿Cuántas veces nosotros, los humanos, agobiados por factores ambientales hostiles, nos hemos sentido secos y estériles? ¿Cuántas veces, en situaciones de estrés, ha faltado solo una chispa para que el fuego prendiera en nosotros, consumiéndonos o arrasando todo aquello que estaba a nuestro alrededor? ¿Cuántas veces nos hemos descontrolado, avanzando y retrocediendo de forma errática, confundiendo a nuestro entorno? ¿Y cuántas veces hemos diseñado planes de recuperación y regeneración ajenos a nuestra sabiduría interior? Seamos resilientes, como el bosque: las respuestas brotarán dentro de nosotros.


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AUTOPÍAS, METÁFORAS, REFLEXIONES

El valor de las ruinas

Érase una vez un monasterio del que ya solo quedan sus ruinas. Fundado a mediados del siglo XII, surgió con la idea de agrupar en un único complejo los distintos eremitorios que se repartían por el entonces llamado Valle de las Iglesias. Desde entonces –convertido en centro de poder de la comarca, gracias a los distintos privilegios reales que le fueron otorgando–, vivió varios siglos de crecimiento y prosperidad, fruto de una intensa actividad económica (cultivos, granjas, canteras…), que se manifestaron en una arquitectura en la que, siguiendo el curso de la historia, se encuentran ejemplos de los estilos románico-mudéjar, románico-cisterciense, gótico isabelino, renacentista y barroco. Se habla, incluso, de la existencia de una capilla mozárabe en su interior.

El esplendor no es un estado permanente y el devenir del monasterio, como todo en la vida, estuvo sujeto a intrigas y azares que condicionaron su desarrollo. Conflictos, pleitos y dificultades económicas se tradujeron en la pérdida de las villas o señoríos anejos al monasterio, que vio menoscabada su capacidad de influencia en el valle. Dos grandes incendios, en los siglos XII y XVIII, afectaron gravemente al recinto. El campanario que se levantaba sobre la capilla mayor de la iglesia se desplomó en el siglo XVII. Las crónicas mencionan también un episodio de saqueo durante la Guerra de la Independencia. Con todo, la peor noticia para el monasterio llegó cumplido el primer tercio del siglo XIX, fecha en la que se aprobó su desamortización.

Con la desamortización, los  monjes que lo habitaban tuvieron que marcharse, los objetos de valor que había en el monasterio fueron incautados (entre ellos varias pinturas, custodiadas actualmente en el Museo del Prado, y la sillería del coro, instalada posteriormente en la catedral de Murcia) y el complejo fue puesto a la venta, pasando a manos privadas. Se inició así una época de rápido declive marcada por el expolio, el deterioro y el abandono progresivo del recinto. La erosión hizo el resto. El monasterio que ya no era tal se convirtió, entrado ya el siglo XX, en una localización pintoresca para rodajes cinematográficos y en escenario de juegos y aventuras para niños y adolescentes de los alrededores.

La historia que aquí narro –someramente– es la del Monasterio de Santa María la Real de Valdeiglesias. Sus ruinas se encuentran actualmente en proceso de consolidación, con la intervención de las administraciones oportunas, gracias al esfuerzo realizado en su día por un arquitecto que, advirtiendo el potencial y el sentido histórico del complejo, compró el monasterio, comenzó a catalogar sus elementos (los que permanecían en pie y los que se habían derruido), impulsó su reconocimiento como Bien de Interés Cultural y, finalmente, cedió su propiedad al pueblo de Pelayos de la Presa (Madrid), a cuyo término municipal pertenece.

Este monasterio, al igual que muchos otros elementos del patrimonio histórico recuperados total o parcialmente en los últimos años, se enfrenta ahora a un importante desafío: ¿Cómo ponerse en valor, una vez perdida la finalidad inicial con la que fue construido? ¿Qué nuevos usos puede albergar? Algo hay, en estas preguntas, que me resuena, pues todos, en mayor o menor medida, contamos con una biografía –una historia– sembrada de pequeñas ruinas: relaciones o puestos de trabajo que dimos (o dieron) por amortizados, incendios de pasión o ira que nos dejaron consumidos, el saqueo sistemático de nuestros recursos por parte de aquellos que quieren aprovecharse de nosotros, el expolio al que sometemos a los demás cuando tratamos de arrebatarles su energía, los momentos de esplendor que ya no volverán (al menos, de la misma forma o con la misma gente), aquellos destellos de inspiración o creatividad que iluminan nuestro pasado… ¿Qué valor das a las ruinas sobre las que se cimenta tu vida? ¿Qué te dicen de tu potencial? ¿Qué quieres hacer con ellas?


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AUTOPÍAS, METÁFORAS, RECOPILACIONES

Recortando metáforas

Este blog alcanza hoy las 80 entradas. Cuando comencé a escribirlo, allá por enero de 2018, estaba muy ilusionado, aunque no confiaba (del todo) en mantener la frecuencia semanal de publicación que me había propuesto. Pero aquí estoy, incansable, un lunes más. Reconozco que, alguna que otra vez, me ha resultado difícil encontrar o desarrollar un tema. No obstante, estoy satisfecho con el resultado y voy disfrutando, cada vez más, de la escritura. Espero que tú, como lector, también estés disfrutando de las publicaciones del blog. Entre los artículos publicados hasta la fecha, siempre relacionados con el crecimiento o el desarrollo personal, hay una variedad de contenidos. Aprovechando el descanso vacacional, es momento de poner orden y dar una estructura a los temas tratados agrupándolos en categorías.

Una de estas categorías o epígrafes podría llamarse metáforas. Empleamos metáforas, haciendo un uso figurado del lenguaje, para expresar una realidad o concepto determinado a través de otras realidades o conceptos que aparentemente no guardan ninguna relación pero que, en realidad, mantienen cierta relación de semejanza. Generalmente, pensamos en las metáforas como figura literaria que poco o nada tienen que ver con nuestra vida. Sin embargo, las metáforas son también herramientas que, aplicadas a nosotros mismos, posibilitan cambios y avances en la planificación de nuestros objetivos vitales, en nuestra visión del mundo y en la relación con el entorno en el que vivimos: las metáforas estimulan nuestra imaginación, activan el hemisferio derecho de nuestro cerebro (el que procesa toda la información no racional) y, desde la creatividad, facilitan el proceso de cambio.

La naturaleza es, para mí, una de las principales fuentes de inspiración para encontrar metáforas. El río, publicada el pasado mes de septiembre, me sirvió para reflexionar sobre las dificultades que surgen en el curso de la vida y sobre la necesidad de mantener un caudal saneado en el que fluir. Avanzando en la misma idea, en Volverse océano, publicada en abril, abogaba por afrontar sin miedo los cambios que se van sucediendo en ese flujo vital, como le ocurre al río al desembocar en el mar. Esta entrada, por cierto, se ha convertido en una de las más leídas del blog, quizá por la referencia al poeta Khalil Gibran. Más recientemente, en julio, utilizaba La playa y el mar como metáfora de nuestras formas de relación y de los límites que es necesario establecer en ellas.

El agua (el río, el mar) es un elemento que se utiliza habitualmente para hablar del flujo de las emociones, pero también es posible construir metáforas con otros elementos de la naturaleza. Por ejemplo, los árboles: en Las enseñanzas del árbol, publicada en marzo, reivindicaba que nuestra vida, como el arbolado, también necesita abono y poda, y en El bosque, fechada en mayo, establecía un paralelismo entre diferentes especies de árboles y distintos comportamientos humanos. Y las piedras: en La vida es un pedregal, publicada en enero, utilizaba las piedras que aparecen en nuestro camino como ejemplo de la actitud que adoptamos ante las dificultades, recurrentes o no, que vamos encontrando en nuestra vida.

Todos tenemos capacidad para construir metáforas. Si dudas de ella, te invito a entrenarla a través de la lectura (la narrativa y, en especial, la poesía son ricas en metáforas) y a través de la escucha (el lenguaje cotidiano de quienes nos rodean está lleno, consciente o inconscientemente, de metáforas). Deja espacio a la inspiración y a la imaginación para crear un relato metafórico de situaciones o experiencias concretas de tu vida en forma de película, imagen, color, palabra, sensación orgánica… Y no olvides implicarte emocionalmente con tus propias metáforas: no hay metáfora sin sentimiento.


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AUTOPÍAS, METÁFORAS

La playa y el mar

¿Nos vamos a la playa? Las altas temperaturas de los últimos días, unidas al deseo de disfrutar de unos días de vacaciones durante el verano, me han traído a la memoria el recuerdo de una playa cuya superficie variaba, como nunca había visto antes, en función de las mareas, un fenómeno vinculado especialmente a la Luna –la fantasía es, muchas veces, el preludio de la ciencia– en el que también intervienen el Sol –aunque algunos lo pongan en duda, la Tierra es redonda y gira alrededor del astro rey– así como la geografía y la meteorología. Las dimensiones de esta playa durante la marea alta, ya respetables, se duplicaban e incluso se triplicaban con marea baja: la frontera entre la arena fina y el agua, que apenas dibujaba una delgada línea durante la pleamar, se convertía en una amplia explanada de arena compactada, con algún que otro charco muy disperso, durante la bajamar.

Las mareas se alternan –fluyen– en función de las fuerzas gravitatorias que emanan de la Luna y del Sol. Precisamente, flujo es el nombre que se le da al lento y continuo proceso de crecimiento o decrecimiento del nivel del agua. De este modo, las mareas no son más que una manifestación de la vida, que es toda fluidez. Y ese flujo de las mareas, unido a la acción del oleaje, deriva en un intercambio de arena, grava, fango, algas y cascajos y en un proceso permanente de erosión del litoral. La playa da, el mar recibe, y viceversa. Pero, ¿cómo se sienten ambos, playa y mar, en esta interacción constante?

Imagina por un momento que eres playa. Eres una acumulación inmensa de finos granos de arena o pequeñas piedras bañadas por la luz del sol. Te dejas mecer por el rumor del agua y disfrutas del roce –a veces pícaro y sensual– de las olas que llegan hasta ti antes de desaparecer de nuevo en el mar. Poco a poco, el ritmo se intensifica. ¿Cómo te sientes cuando el mar, con la marea alta, comienza a invadir y a achicar tu espacio? ¿Y cuál es la sensación que te produce la marea baja, cuando el mar parece retroceder mucho más lejos de tus expectativas? ¿Cómo acoges los regalos que, en forma de conchas, deja el mar en tu regazo? ¿Qué sientes cuando el agua deja sobre ti algas pegajosas? ¿Cómo vives el fuerte oleaje, a veces furioso, que se lleva los sedimentos sobre los que pretendes asentarte?

Imagina ahora que eres el mar. Eres una masa de agua salada extensa, casi infinita. Aparentas ser profundo e inabarcable. En días tranquilos, juegas plácidamente con la playa alimentándola con la suave cadencia de tu oleaje. En días revueltos, mejor no acercarse a ti. De hecho, puede que ni tú mismo te soportes. ¿Qué sientes cuando, desatado, te apropias del espacio de la playa? ¿Qué temores te impiden acercarte a la arena en los momentos de marea baja? ¿Cómo vives el doble poder que tienes para nutrir a la playa de nuevos posos que contribuirán a sostenerla y enriquecerla y, a la vez, para llevarte los sedimentos básicos que garantizan su supervivencia? ¿Qué sensación te invade cuando, a tu pesar, te llevas la basura que bañistas sin escrúpulos arrojaron sobre la arena?

Los seres humanos, como la playa y el mar, estamos sujetos a las fuerzas de la naturaleza. No obstante, cada uno de nosotros tiene sus propias fuerzas gravitatorias que se manifiestan en forma de deseos, necesidades, expectativas, obligaciones o compromisos que acaban definiendo y condicionando nuestro flujo vital. ¿Cómo vives tú estas fuerzas? ¿Cómo la playa, pasiva y resignada ante la acción del oleaje, o como el mar, dotado de un protagonismo capaz de moldear el paisaje con el que se relaciona? ¿Qué tienes de playa o de mar en tu interacción con los demás? Rachel Carson, bióloga marina, decía que en cada promontorio, en cada playa curva y en cada grano de arena está la historia de la Tierra. ¿Dónde está tu historia?


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AUTOPÍAS, METÁFORAS

El bosque

En el bosque de la vida se encuentran representados todo tipo de árboles, pero hay quienes solo ven especies concretas. Una de las que parece suscitar más interés es el árbol de las preocupaciones, un ejemplar de tronco robusto e infinitas ramificaciones que nos permite escapar del presente anticipando, de forma sesgada, lo peor que puede ocurrir en el futuro. Este árbol de las preocupaciones se nutre –de forma constante, de ahí su tamaño– del abono y del riego que toma de preguntas condicionales y pensamientos que nos repetimos y reiteramos sin cesar… sin valorar, generalmente, otras opciones distintas a las que de antemano damos por supuestas. El entramado de sus ramas, unido a su gran tamaño, acaba por atraparnos: las posibles ocupaciones del mañana desvían nuestra atención de las ocupaciones a las que tenemos que hacer frente hoy.

El árbol de las fantasías es otra de las especies del bosque de la vida que más suele llamar la atención. Es ese árbol de apariencia sólida, pero con raíces débiles, en el que nos empeñamos en construir nuestra casita de cuento, un espacio en el que esperar a que nuestras ensoñaciones se hagan realidad… sin tener que trabajar por ellas. Al instalarnos en la casa construida sobre las ramas perdemos el sentido de realidad (vivir requiere pisar suelo firme) y esperamos que las cosas que deseamos nos vengan dadas por sí solas. Subidos al árbol, andando por las ramas, olvidamos que cualquier transformación ha de comenzar por uno mismo. El desgaste en la espera, unido a la fragilidad de las raíces, acaba provocando la caída del árbol, incapaz de sostenerse.

Quienes no sucumben ante el árbol de las preocupaciones o ante el árbol de las fantasías lo hacen ante el árbol de los reproches. Se trata de una especie muy atenta a su propia configuración (raíces, tronco, corteza, copa…) que vive de la permanente comparación con los árboles que la rodean o con los que tiene idealizados en su interior. Sus fuentes principales de alimentación son la autoexigencia, que estimula los reproches hacia sí mismo (por no alcanzar tanta altura o no ser tan florido como otros), y la crítica, que fomenta los reproches hacia otros (por no reunir las características que espera de ellos). A la larga, la savia que circula por sus floemas y xilemas termina por pudrirse dando al árbol un aspecto feo y mustio.

Hay árboles que, efectivamente, no dejan ver el bosque de la vida, que es mucho más que preocupaciones, fantasías o reproches. Allí está también, aunque no siempre lo tengamos presente, el árbol de la confianza, seguro de que la naturaleza le facilitará lo que necesite en cada momento y convencido de su capacidad de adaptación ante un eventual cambio de condiciones en el ecosistema. Junto a él se encuentra el árbol del talento, una especie que puede adoptar infinidad de formas a la que no siempre dejamos crecer como se merece, limitando el desarrollo de nuestras capacidades. Y no olvidemos al árbol de la generosidad, siempre atento a las necesidades del resto de especies que, junto a él, hacen bosque.

¿Qué árboles están representados en el bosque de tu vida? ¿En qué especies estás concentrando tu atención? ¿Cuáles has dejado abandonadas al olvido? Esta semana te invito a pasear por el bosque de tu vida. No tengas miedo en perderte, aunque sea por un momento, en su frondosidad. Probablemente, encontrarás zonas húmedas y sombrías en la que se despertará tu inquietud. No obstante, habrá muchas otras en las que sentirás la caricia del sol que se filtra entre las ramas… e incluso hallarás algún que otro claro en el que todo cobrará sentido.


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Volverse océano

En la vida nos encontramos momentos en los que, según el lenguaje de los videojuegos, toca pasar de pantalla. A veces, esos momentos llegan de forma inesperada y no queda otra opción que adaptarse, a la mayor rapidez posible, a las características del siguiente nivel del juego. Otras veces, sin embargo, somos nosotros mismos quienes retrasamos la llegada de esos momentos: preferimos seguir viviendo en los parámetros que conocemos, dentro de las rutinas habituales, pese al desgaste que nos produce la repetición sistemática de obligaciones, responsabilidades, compromisos, comportamientos, hábitos o tareas que ya no nos satisfacen. En estas situaciones, nuestra vida entra en modo bucle… y nos sentimos estancados.

Días atrás, mientras daba vueltas en la cabeza al concepto pasar de pantalla, me encontré con esta historia del escritor libanés Khalil Gibran (1883-1931): Dicen que antes de entrar en el mar, el río tiembla de miedo: mira para atrás, para ver su recorrido, para ver las cumbres y las montañas, para ver el largo y sinuoso camino que abrió entre selvas y poblados; y ve frente a sí un océano tan extenso que entrar en él solo puede ser desaparecer para siempre. Pero no hay otra manera: el río no puede volver, nadie puede volver, volver atrás es imposible en la existencia. El río precisa arriesgarse y entrar en el océano. Al entrar, el miedo desaparecerá, porque en ese momento sabrá que no se trata de desaparecer en él, sino de volverse océano.

En esta metáfora, el río representa lo que hemos vivido. El océano, por su parte, simboliza todo el potencial que aún no hemos desplegado. El río se siente seguro en su cauce, protegido por sus márgenes, de la misma manera que nosotros nos sentimos seguros en nuestra zona de confort, donde intentamos vivir sin riesgos. Sin embargo, como nos ocurre a nosotros, el río olvida que su cauce no tuvo siempre las características actuales: las fuentes de las que brotó, junto a las aportaciones del deshielo de las cumbres, esculpieron los primeros kilómetros de su recorrido; las condiciones meteorológicas alternaron crecidas y sequías que condicionaron su curso. Los accidentes geográficos que atraviesa a su paso son los avatares que, con mayor o menor conciencia, hemos ido sorteando e incorporando a nuestra existencia. El cauce del río nunca fue tan idílico como, en nuestra aparente comodidad actual, queremos creer ahora.

Pasar de pantalla en esos momentos en los que necesitamos un cambio no implica poner un punto y aparte en nuestro relato vital, sino un punto y seguido. Como hace el río según se acerca a su desembocadura, toca ensanchar nuestro espacio para formar un delta con el que ir desplazando los límites que nos encorsetan. De esta manera, el cauce que hemos dibujado se irá abriendo hacia un horizonte infinito lleno de posibilidades en el que desarrollar talentos o capacidades dormidos, aún sin descubrir, o anestesiados voluntariamente por nosotros mismos. Cuanta mayor sea la apertura, más facilidad tendremos para fundirnos en el océano, ese lugar en el que pululan todos los recursos que necesitamos para desplegar, de forma fluida y armónica, todas las características de nuestro ser. Recuerda: No se trata de desaparecer en él, sino de volverse océano. ¿Nos arriesgamos?


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AUTOPÍAS, METÁFORAS

Las enseñanzas del árbol

Allí estaba, todo florido, en un extremo del jardín. Los últimos meses habían sido duros: primero, en otoño, había perdido todas sus hojas; después, en invierno, fue sometido a una intensa poda. Pero ahora, con la primavera, aquel árbol de tamaño medio volvía a renacer. Los primeros brotes de febrero y marzo se habían convertido, gracias a las suaves temperaturas impropias de la época, en finas ramas sobre las que crecían nuevas hojas y se dibujaban pequeñas flores. Esas nuevas ramas apuntan ya a la dirección que el árbol, en su crecimiento, seguirá en los próximos meses. Todo parece indicar que, salvo que sobrevengan condiciones meteorológicas extremas, su salud y su vistosidad están garantizadas: el letargo en el que le dejaron sumido el otoño y el invierno no fue un período en balde.

Las hojas que comenzaron a caer del árbol desde finales de verano (tímidamente, primero; de golpe, después) se fueron depositando en el suelo, a su alrededor, tejiendo una alfombra protectora encargada de conservar el sustrato y aportarle los nutrientes necesarios para subsistir y alimentar su renacimiento posterior. En el otoño, el árbol parece entrar en un período de decadencia, pero en realidad se intensifica su vida interior: sus esfuerzos se concentran en desarrollar y fortalecer sus raíces. El árbol, en la sabiduría infinita que le ha proporcionado la naturaleza, busca su arraigo: de nada le sirve exhibir un tronco esbelto, unas ramas entrelazadas o unas hojas curiosas si una suave brisa o el peso de un nido de pájaros pueden derribarlo. Alimentando sus raíces, el árbol se garantiza su autoapoyo y, en definitiva, su supervivencia.

Una vez que cayeron las hojas, llegó el momento de la poda. Es un momento duro para el árbol, pero también necesario: debe elegir cuál es la mejor forma para seguir creciendo de acuerdo a sus capacidades y estructura. Sin poda, el árbol seguirá expandiéndose a lo alto y a lo ancho alcanzando unas dimensiones quizá desproporcionadas para la resistencia de sus raíces. Además, las zonas intermedias irán quedando tristes y apagadas, pues la energía –distribuida en forma de savia– se destinará a los extremos. La poda ayuda a equilibrar el árbol, contribuye a airear su copa y las ramas interiores previniendo la aparición de enfermedades, favorece el crecimiento –con fuerza y vigor– de nuevas ramas y, si se trata de árboles frutales, mejora la producción.

Así, con sus raíces enriquecidas y sus ramas saneadas, el árbol llegó a la primavera dispuesto a ofrecer su mejor versión. Pero, ¿qué hay de nosotros? ¿Cómo podemos experimentar el renacimiento al que nos invita la nueva estación? En primer lugar, conviene examinar nuestras raíces: ¿cuáles son los valores sobre los que construimos nuestra identidad? ¿Qué relación hay entre esos valores y las metas vitales que nos fijamos para crecer? ¿Alineamos nuestra forma de pensar, de sentir y de actuar para alcanzar los frutos que anhelamos? Las raíces configuran nuestra capacidad de autocreencia, un concepto que en Coaching se define como la suma de confianza y autoestima. En segundo lugar, debemos mirar si estamos cargando algo de más. ¿De qué queremos librarnos? ¿Qué queremos cortar? Es momento de dejar de andarse por las ramas para neutralizar aquellas que, consumiendo buena parte de nuestros recursos, nos alejan del lugar hacia el que queremos crecer. ¿Estás dispuesto a florecer? Bienvenido seas a tu propia primavera.


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