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En (el) blanco

Imagina: se presenta ante ti una situación desafiante. No hace falta que el desafío sea algo extraordinario o novedoso, también valen tareas, actividades o situaciones que, repetidas en tu vida, evitas habitualmente. Crees que no cuentas con los recursos necesarios para afrontar el reto. Piensas que te falta seguridad, fortaleza, tranquilidad, paciencia o cualquier otra sensación necesaria para superar la prueba con éxito. El miedo cobra fuerza. Pensamientos limitantes y temores te paralizan. Te quedas en blanco.

¿Te suena?

Si la situación lo permite, las respuestas más comunes son postergar cualquier acción de respuesta o, directamente, escapar –¿una vez más?– del desafío. Pero… ¿qué pasa si el reto, además de asustarnos, nos atrae? En ese caso, puede que intentemos generar nuevos pensamientos con los que desmontar las limitaciones y los temores que nos inhiben a la hora de actuar. Esta estrategia es loable pero, lamentablemente, no suele funcionar por sí sola: nuestra mente está llena de trampas.

Una de las trampas en las que solemos caer consiste en justificar nuestros pensamientos. Lejos de encontrar soluciones o alternativas, solidificamos nuestro argumentario. Los pensamientos limitantes y los temores (así como los estados de ánimo asociados a ellos) se enquistan.

Entonces, además de trabajar sobre la mente, ¿qué más hace falta?

El componente adicional que facilita el cambio de mentalidad es la fisiología, la toma de contacto y la actuación sobre las respuestas que ofrece, a nivel físico y biológico, nuestro cuerpo.

Esta es una de las premisas de la Programación Neurolingüística (PNL) y, en concreto, del llamado Código Nuevo, una evolución de los postulados iniciales de esta técnica de observación, codificación y modelado de patrones de lenguaje y comportamiento orientada a la mejora de competencias y a la consecución de resultados concretos. Según el Código Nuevo, la fisiología actúa como una palanca de cambio a la hora de inducir estados de alto desempeño con los que generar respuestas apropiadas y adaptadas a un desafío determinado.

Hoy quiero proponerte una herramienta del Código Nuevo llamada “El Santuario”. ¿Nos adentramos en él?

Antes de nada, conviene aclarar que esta herramienta tiene una parte de juego o escenificación, de modo que hay que buscar un espacio físico adecuado en el que ponerla en práctica. Te recomiendo usar un pasillo o una habitación en la que puedas ir de pared en pared sin obstáculos por medio.

En un extremo del pasillo, o en una de las paredes, coloca el dibujo de una diana (sí, la diana que se usa para el lanzamiento de dardos o el tiro con arco). Dentro de la diana escribe el nombre del reto o de la situación desafiante a la que te quieres enfrentar. El otro extremo del pasillo, o la otra pared, será tu santuario, un espacio de protección y seguridad similar a la casa o refugio de los juegos infantiles, intocable para cualquier rival o enemigo exterior.

Una vez definidas ambas zonas, colócate en tu santuario. En este lugar vas a proveerte de todo lo que necesitas –tanto sensaciones como objetos– para afrontar el desafío que se presenta ante ti. ¿Necesitas calma, fuerza, decisión, confianza…? Evoca y conecta con situaciones de tu vida en las que pudiste acceder a todos esos recursos. Presta atención a las sensaciones físicas que experimenta tu cuerpo a medida que vas recordando y llenándote de cada uno de esos elementos o estados. No dudes en coger o visualizar cualquier objeto que pueda ayudarte a reforzar tus sensaciones.

Cuando creas que estás preparado, avanza hacia la diana. ¿Hasta dónde puedes llegar? ¿Se mantienen tus sensaciones, o aparecen perturbaciones asociadas a los pensamientos limitantes y a los miedos asociados a la situación desafiante? Es probable que las limitaciones y los temores, aunque aplacados, sigan allí. Si es así, no importa: regresa a tu santuario.

De nuevo a salvo en tu refugio, reconecta de nuevo con las sensaciones que necesitas para afrontar el reto y vuelve otra vez a la diana. Fíjate, de nuevo, en el comportamiento fisiológico de tu cuerpo. ¿Qué te aporta la extensión y contracción de tus músculos? ¿Qué te dicen tus gestos, tu movimiento?

El proceso de avance y retirada desde el santuario a la diana se repite cuantas veces sea necesario –mínimo 3 veces– hasta que las nuevas sensaciones que queremos generar prevalecen sobre las sensaciones limitantes que nos impedían afrontar el reto.

Como ves, el ejercicio requiere movimiento. Si por alguna razón no puedes escenificarlo, siempre puedes visualizarlo. No es tan efectivo, pero te puede servir. Eso sí: procura hacer un esfuerzo adicional para impregnarte de todas las sensaciones fisiológicas que esta herramienta pretende movilizar.

El objetivo de esta propuesta es potenciar recursos que creemos inexistentes o insuficientes a la hora de hacer frente a un desafío determinado. Por tanto, el trabajo ha de centrarse en la construcción del santuario y en la identificación de las sensaciones fisiológicas que nos permiten luchar por ese desafío. En ningún caso hay que tocar la diana colocada en la otra pared o en el extremo del pasillo. Se trata –¡solo!– de empoderarse para actuar, directamente, ya fuera de la escenificación, sobre la situación retante.

Esa es la idea: dejar de estar en blanco… para dar en el blanco.


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Un círculo de potencial

¿Te imaginas poder acceder, de forma fácil y rápida, a las sensaciones de seguridad, confianza, fortaleza, tranquilidad o bienestar que necesitas para afrontar los desafíos que se te van presentando a lo largo de tu vida? Quien más, quien menos, todos hemos dejado pasar oportunidades o nos hemos dejado atrapar en círculos viciosos por no haber sabido movilizar esas sensaciones, dejando prevalecer el miedo o las limitaciones y deméritos que creemos tener. Pero hay una buena noticia: es posible entrenar un estado de plenitud de recursos en el que encontrar, al instante, esas sensaciones con las que habitualmente nos cuesta conectar.

El estado de plenitud de recursos es, según la Programación Neurolingüística (PNL), el estado emocional en el que integramos las experiencias en las que nos hemos sentido llenos, felices o, al menos, satisfechos con nosotros mismos con vistas a su recuperación posterior en momentos en los que nos sentimos faltos de motivación o energía para hacer frente a determinados retos o circunstancias.

Pero… ¿qué es la PNL?

La Programación Neurolingüística, de la que ya he hablado alguna vez en este blog, es una técnica creada por John Grinder y Richard Bandler en los años setenta del siglo pasado a partir de la observación y el estudio de patrones de comportamiento de personas que obtenían destacados resultados en sus respectivos ámbitos de actuación. Desde ahí, la PNL ha dado lugar a todo un conjunto de modelos, habilidades y técnicas para pensar y actuar de forma efectiva en el mundo (definición de Joseph O’Connor y John Seymour).

Entre esas técnicas está el círculo de la excelencia, que es la puerta de entrada a ese estado de plenitud de recursos. ¿Cómo se crea ese círculo? Te lo explico en 5 pasos:

1) Busca un lugar tranquilo, sin distracciones, en el que recordar un momento de tu vida en el que te hayas sentido pleno y satisfecho. Respira profundamente. Ahora, concéntrate en ese recuerdo y tráelo al presente, aquí y ahora, para recuperar, actualizar e integrar esa experiencia. No te fijes solo en el logro o la situación en sí, sino también –y especialmente– en todos los detalles que acompañan al recuerdo. ¿Qué ves? ¿Qué oyes? ¿Qué sientes? Déjate impregnar por todos esos detalles.

2) Una vez evocado el recuerdo e identificado sus detalles, imagina que tienes ante ti un círculo dibujado en el suelo. Recréate en la visualización de ese círculo, definiendo todas sus características (tamaño, color, textura, temperatura, etc.). ¿Lo tienes?

3) Vuelve a esa experiencia de excelencia que has evocado antes. Profundiza en ella afianzando al máximo sus detalles. A continuación, piensa en un código o clave con el que recuperar esa sensación cuando la necesites. Este código –que funciona como anclaje o vínculo– puede ser una palabra, una imagen mental o un gesto corporal (por ejemplo, dibujarte con el dedo un pequeño círculo detrás de la oreja). En cuanto tengas el código, da un paso al frente y adéntrate en tu círculo de experiencia. Aunque se puede hacer en modo visualización, movilizar la fisiología para entrar en el círculo ayuda a imprimir sensaciones en la llamada sabiduría corporal. Dentro del círculo, expande y amplifica tu experiencia.

4) ¿Y ahora? Cambia de tercio y sigue con tus actividades cotidianas: siempre hay cosas por hacer.

5) Cuando vuelvas a hacer una pausa en tus quehaceres, o dispongas de tiempo libre, activa tu círculo con la clave o el código que elegiste. ¿Recuperas las sensaciones que pretendías obtener? Para verificarlo, puedes probar a traer al presente alguna situación futura en la que puedas necesitar ese estado de plenitud de recursos. ¿Cómo cambia esa situación futura si tienes tu estado de excelencia plenamente disponible?

Ojalá hayas alcanzado esa plenitud de recursos. Desde ahora, cuando la necesites, solo tendrás que activarla y, gracias a este trabajo de integración y vinculación que has realizado, encontrarás con mayor facilidad las sensaciones que buscas.

¿Ha funcionado?

Es probable que el círculo no alcance su máxima eficacia a la primera. Las sensaciones obtenidas pueden ser débiles y será necesario reforzarlas repitiendo de nuevo los pasos que he descrito (bien en solitario o, en situaciones de estancamiento, buscando acompañamiento profesional). Y, aunque funcione, conviene cultivar este círculo de excelencia como si fuera una planta que necesita cuidados no solo para crecer, sino también para mantenerse viva. Entrenar y actualizar: esas son las claves para llegar a la plenitud de recursos que se esconde en tu potencial.


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Un viaje en el tiempo

La historia de la literatura, el cine, la televisión e incluso la música recoge distintos ejemplos del interés del ser humano por viajar a través del tiempo. Los fines de este interés son diversos, y van desde la mera exploración curiosa de lo que fue o de lo que será, el deseo de vivir como protagonista grandes episodios históricos o el intento de cambiar el devenir de la historia pasada o futura… A veces, ese interés nace de una preocupación o vocación social por la humanidad en su conjunto. Otras veces, la motivación es individual: nuestra vida incluye, inevitablemente, apuntes biográficos pasados que, vistos con perspectiva, nos hubiera gustado haber vivido de otra manera, y la toma de decisiones para el futuro sería más fácil si pudiéramos trasladarnos a él para comprobar de primera mano los resultados de cada una de las opciones que se nos presentan.

La realidad es que, dejando de lado teorías conspiratorias, aún no se ha inventado una máquina del tiempo que nos permita deambular, hacia delante o hacia atrás, por el curso de la historia. Y, sin embargo, eso es lo que hacemos la mayor parte del tiempo: movernos constantemente a lo largo y ancho de nuestra propia biografía aferrándonos a recuerdos de situaciones que ya quedan atrás, alejadas de nuestra realidad actual, y anticipando preocupaciones y expectativas de situaciones futuras incluso antes de que estas se esbocen o manifiesten. Esta práctica condiciona nuestros estados de ánimo y nos aleja, irremediablemente, de la única realidad temporal que realmente existe: el presente.

Si solo existe el presente, los recuerdos del pasado y las expectativas no pueden ser considerados, en sí mismos, como realidades, sino como abstracciones o construcciones que nos acompañan y que condicionan, para bien o para mal, cada instante que vivimos. Este es uno de los fundamentos de la Terapia Gestalt, que aboga por actualizar (mental y emocionalmente) esas construcciones en el presente, convirtiéndolas en una realidad palpable, con el fin de explorar opciones con las que, siempre en el presente, completar una nueva experiencia que nos permita cerrar ese círculo vicioso de situaciones inconclusas, asuntos pendientes y escenas temidas que arrastramos y que nos impiden ver y acceder a nuestro auténtico potencial.

Para la Gestalt, no tiene sentido buscar las causas de lo que ocurre o de lo que esperamos. Lo relevante es transitar por esas actualizaciones presentes del pasado y del futuro con vistas a obtener un nuevo marco de referencia en el que, ante determinadas situaciones, podamos responder de otra manera. De este modo, el presente se configura a la vez como punto y línea de tiempo, algo que ocurre también en disciplinas como el Coaching o la Programación Neurolingüística (PNL), donde el presente es el punto de partida y de llegada de los viajes que hacemos al pasado y al futuro en busca de experiencias en las que, en su día, nos sentimos realizados y de proyecciones, ensoñaciones o visualizaciones del futuro que queremos empezar a construir desde ahora.

Mirar hacia el pasado o el futuro no es bueno o malo per se. Lo importante es hacerlo siempre anclados en el aquí y en el ahora, en las motivaciones del presente que vivimos. El pasado ya se fue y el futuro aún no ha llegado: son solo construcciones que nos impiden avanzar (y vivir lo que se nos ofrece en cada momento) o abstracciones a las que acudir cuando, desde el presente, necesitamos recuperar experiencias o encontrar la motivación necesaria para satisfacer nuestras necesidades vitales y afrontar los retos que se nos presentan en todos los recodos de este camino que llamamos vida. Dicho esto, ¿crees que merece la pena construir una máquina del tiempo?


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Viaje al fondo de uno mismo

Es probable que, con las altas temperaturas que suelen caracterizar el verano, te apetezca remojarte. Quizá puedas hacerlo en la piscina, quizá en la playa. En ambos casos, presumiblemente, querrás que el agua esté lo más clara y limpia posible para poder ver el fondo e incluso bucear por las profundidades: nos gusta ver por dónde pisamos, explorar allí donde ya no hacemos pie. El viaje hacia al autoconocimiento se asemeja a una inmersión en el agua: el ser humano, como un iceberg, solo muestra una pequeña parte, consciente, de sí mismo; el resto permanece oculto, inconsciente, bajo la superficie. El agua no suele estar tan clara para que podamos verlo.

En la punta del iceberg se encuentran, visibles, nuestros comportamientos, es decir, las conductas, acciones o reacciones que manifestamos en cada entorno concreto en el que nos desenvolvemos. En el primer nivel por debajo de la superficie se ubican, queriendo asomar, nuestras capacidades o habilidades. En un nivel más profundo e inconsciente se hallan los pensamientos y las opiniones con los que hemos construido nuestro sistema de creencias. A continuación aparecen, en nuestro viaje hacia las profundidades, los valores e ideales que rigen nuestra vida. El viaje finaliza en la revelación de nuestra propia identidad, nuestro concepto del ser, y de la misión transpersonal, trascendente o espiritual que cada uno de nosotros pueda tener.

No es fácil sumergirse en uno mismo, pero hay algunas preguntas que pueden ayudarnos. Para identificar el entorno, basta con mirar a nuestro alrededor: ¿dónde estamos?, ¿en qué momento?, ¿quién nos acompaña? La pregunta ¿qué estamos haciendo? nos ayudará a tomar conciencia de nuestro comportamiento. Para descubrir capacidades, prueba a preguntarte ¿cómo podría hacerlo de otra manera? Si quieres identificar creencias y valores, la pregunta clave es ¿por qué? El recorrido por estas preguntas te facilitará las dos últimas: ¿quién soy? (identidad) y ¿para qué? o ¿para quién? (misión transpersonal). Para la Programación Neurolingüística (PNL), este iceberg representa nuestro mapa de niveles lógicos. ¿Preparado para la inmersión?

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