AUTOPÍAS, REFLEXIONES

Un mundo extraño

Extraneza

Desde la habitación del hospital se ven unas vistas espectaculares de la ciudad. En primer plano, el Faro de Moncloa, flanqueado por el Cuartel General del Ejército del Aire, el Museo de América y el Rectorado de la Universidad Complutense. Detrás, trazando un semicírculo mientras se extiende la mirada hacia el horizonte, aparecen las cúpulas de las iglesias del centro de Madrid, el Palacio de Vistalegre, el Hospital Central de la Defensa (punto de referencia arquitectónica para quienes alguna vez vivimos en esta zona de la periferia de la ciudad), los altos bloques de pisos de Aluche y Batán, la Ciudad de la Imagen, las antenas de Prado del Rey…

Aunque me dejo atrapar, por un momento, por las vistas que encuadra el ventanal, el cadencioso sonido del dispensador de oxígeno de alto flujo me hace volver, de golpe, a la realidad. Las vistas se convierten en un decorado desvaído, en una inmensidad vacía.

A pie de calle, la ciudad me confunde. Después de meses de confinamientos y restricciones, la llamada nueva normalidad es, de nuevo, un espacio de corrillos y aglomeraciones. El verano, entendido como un oasis, parece propicio para el bullicio y el ajetreo. En el camino de vuelta a casa, vuelve a haber atascos. Las grandes obras del centro de la ciudad apuran unos plazos que ya nada tienen que ver con las previsiones iniciales. Yo, sumergido en mis preocupaciones, no puedo evitar sentirme raro frente a la corriente de hedonismo llevado al límite, trivialidad y postureo que aflora, a poco que se rasque, en muchos comportamientos sociales.

La algarabía y el movimiento de las calles contrasta con la calma y la serenidad que encuentro, días después, en el cementerio. Curiosamente, desde el camposanto también es posible admirar las vistas de la ciudad, aunque con el eje cambiado: lo que antes quedaba a la derecha ahora está a la izquierda. De nuevo, localizo el Rectorado, el Faro y las cúpulas de San Francisco el Grande y la Almudena; se ven también los edificios de la Plaza de España, los campanarios de la Santa Cruz y de la Beata María Ana de Jesús, Torrespaña… Me invade el deseo de permanecer en el silencio, de dedicarme por un tiempo a la observación y a la contemplación de un mundo que, ahora mismo, me cuesta entender.

Tengo, en definitiva, la sensación de vivir en un mundo extraño. Pero también comprendo que, en realidad, el mundo –como la vida– siempre ha sido así, con sus contrastes, sus contradicciones, sus paradojas… El cambio principal es que, a partir de ahora, tendré que explorar este mundo en orfandad, sin la posibilidad de compartir con mi padre las cosas que vayan pasando. ¡Hasta siempre, papá!


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El juego de los yoes

Sillas

Supongo que alguna vez habrás jugado al juego de las sillas musicales, también conocido simplemente como el juego de las sillas. Para los despistados, se trata de ese juego en el que se disponen en círculo unas sillas (una silla menos que el número total de jugadores) para que los participantes desfilen en torno a ellas al son de la música, debiendo sentarse rápidamente cuando la música se para. El jugador que se queda sin silla –en la versión competitiva del juego– queda eliminado.

Pensando en este juego, me he dado cuenta de que solemos hacer algo parecido con cuatro yoes que viven en cada uno de nosotros: el yo que somos ahora (la suma de nuestros aprendizajes, experiencias y potencialidades ya descubiertas o aún por descubrir), el yo que fuimos en los primeros años de nuestra vida (el llamado niño interior), el yo del intelecto (nuestra parte racional, con sus pensamientos y creencias) y el yo del cuerpo (nuestra parte corporal, sensorial y emocional). En momentos determinados, uno de estos yoes se queda sin silla.

Por lo general, vivimos muy acompasados con la música que marca el devenir de nuestra vida –ya sea más lenta o dinámica, más alegre o más aburrida– y nuestros yoes, cada uno en su estilo, parecen disfrutar del baile. El problema viene cuando cambia la música, bien porque nos enfrentamos a un nuevo reto o porque debemos hacer frente a una situación sobrevenida. Con el cambio de música, alguno de nuestros yoes puede vacilar, perder el ritmo y, finalmente, cuando llegue el momento decisivo del juego, quedarse sin una silla en la que sentarse.

Así, por ejemplo, el yo que somos ahora puede quedar eliminado por una falta de autoestima o un error de autoconcepto (tener una imagen distorsionada de uno mismo). Por su parte, el yo que fuimos en los primeros años de nuestra vida puede quedarse descolgado si dejamos de lado cualquier atisbo de curiosidad, imaginación e inocencia. El yo del intelecto puede traicionarse a sí mismo por exceso (con un exceso de racionalización que derive en parálisis por análisis) o por defecto (inhibiéndose a favor de respuestas más impulsivas). Y, finalmente, el yo del cuerpo se puede quedar fuera del juego si no se escucha, si no atiende a sus propias necesidades.

La buena noticia es que, como ocurre en el juego de las sillas, no solo hay una versión competitiva del juego trata de ir eliminando participantes, sino también una versión cooperativa y solidaria que busca que, aunque no haya sillas suficientes, todos puedan encontrar un lugar donde sentarse. Basta con observarnos y utilizar los yoes más potentes (aquellos que tenemos más desarrollados) para estimular e integrar a los yoes que, en determinados contextos, y por una razón u otra, puedan quedarse descolgados.


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Disposición al equilibrio

Zen

Pese a sus evidentes beneficios, no siempre es fácil conectar con las técnicas de meditación y relajación que distintas corrientes y enfoques, a lo largo de la historia, han puesto a nuestro alcance. Lo fundamental para que cualquiera de estas técnicas arraigue en nosotros es crear un hábito que nos permita integrarlas poco a poco –día a día– en nuestra vida cotidiana. Pero no es nada fácil crear este hábito: con frecuencia, nos distraemos, nos salimos de la práctica… e incluso acabamos más frustrados e inquietos de lo que estábamos antes de iniciar el ejercicio de meditación o relajación que hayamos elegido.

También puede ocurrir que, estando ya iniciados en este tipo de prácticas, nos veamos afectados o golpeados por situaciones sobrevenidas que, de pronto, parecen llevarnos de nuevo a la casilla de salida, como si nunca antes hubiéramos tratado de meditar o relajarnos con las técnicas que considerábamos integradas. Algo nos deja noqueados y, de repente, se desvanece –o, al menos, así lo sentimos– lo aprendido.

Parece, pues, que el equilibrio al que aspiramos es precario, y se rompe a la mínima.

En un alarde de poca originalidad, ilustro estas líneas con la fotografía de unas piedras apiladas, un símbolo de la filosofía Zen que transmite la idea de equilibrio y armonía. Y, mirando esta imagen, me pregunto: ¿no estaremos poniendo nuestra atención en el resultado final de nuestros intentos de meditación y relajación en vez de fijarnos en el proceso de construcción de ese equilibrio? Apilar piedras, al fin y al cabo, es un arte: hay que escoger las piedras adecuadas y disponerlas en el orden apropiado (respetando las leyes de la física).

¿Hacemos eso en nuestra vida?

Hoy te invito a detenerte en cada una de las piedras que configuran tu existencia: la piedra de tu identidad, la piedra de tus relaciones afectivas, la piedra de tu trabajo o de tus proyectos profesionales, la piedra de tus momentos de ocio, la piedra de tus valores… ¿Cómo son esas piedras? Tal vez sea bueno, antes de jugar a los equilibrios, conocer las características de cada una de estas piedras, identificando su forma y tamaño, reconociendo sus aristas e imperfecciones, apreciando la rugosidad o suavidad de sus cantos… y, en su momento, buscando las formas de encajar unas con otras.

Observar cada piedra por separado es ya en sí mismo un ejercicio de meditación y relajación que, sin prisa pero sin pausa, nos llevará al deseado equilibrio.


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Un rayo de sol

Solsticio

Siempre me han llamado la atención las construcciones arquitectónicas que, gracias a su estudiado emplazamiento, cobran vida, en determinados momentos del año, con los fenómenos solares.

Una de estas emblemáticas construcciones es el complejo megalítico de Stonehenge, construido al sur de Inglaterra entre el final del Neolítico y el comienzo de la Edad de Bronce (unos 2.500 años a.C.). El conjunto, dispuesto en forma de círculo, consta de piedras de enorme tamaño y altura, distribuidas por pares, sobre las que se disponen otras piedras de forma adintelada. Durante el solsticio de verano –en estos días, precisamente–, el sol asoma por el horizonte atravesando el eje de la construcción, alineándose a la perfección con cada una de las piedras del monumento.

Otra de estas construcciones se encuentra en Nubia, al sur de Egipto, donde se levanta el conjunto de templos de Abu Simbel. El complejo, construido en torno al año 1.200 a.C., fue trasladado a un emplazamiento cercano en la segunda mitad del siglo XX para evitar que sus monumentos quedaran anegados por la construcción de la presa de Asuán. Pese al traslado, el complejo monumental mantiene uno de sus principales atractivos: durante el período comprendido entre los 60 días anteriores y posteriores al solsticio –esta vez, el solsticio de invierno–, los rayos del sol penetran hasta la parte más profunda del gran templo iluminando tres de las cuatro estatuas sedentes allí ubicadas.

Hasta aquí dos ejemplos de arquitectura y astronomía que me sirven para plantearos –y plantearme– la siguiente pregunta:

¿Y nosotros? ¿Nos dejamos tocar por la luz?

A veces, no, porque preferimos vivir agazapados entre las sombras, en un mundo de penumbras insatisfactorias que, pese a todo, acaban por resultarnos cómodas y útiles para escapar de cualquier foco que pueda dejar al descubierto una realidad muy lejos de nuestras expectativas y anhelos.

A veces, tampoco, porque optamos por vivir a la carrera, al amparo de una falsa sensación de movimiento y dinamismo que, como la rueda del hámster, a la larga nos deja aburridos, frustrados y exhaustos… en nuestro intento de buscar fuera lo que ya está dentro de nosotros.

En estos días de solsticio, déjate tocar por la luz de la toma de conciencia, de la aceptación y de la serenidad. Y así, poco a poco, irán ganando espacio los rayos de sol de la autenticidad.


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Inventario

Hoy viene a mi cabeza, pensando en proyectos que acometeré en las próximas semanas, la palabra inventario. Un inventario, como todos sabemos, es una lista ordenada de bienes y demás cosas valorables que pertenecen a una persona, empresa o institución. Hay inventarios con efectos contables, inventarios con fines de localización de mercancías o depósitos (como ocurre en almacenes o bibliotecas) e inventarios domésticos, como aquellos que hacemos, de vez en cuando, con nuestros discos, libros, coleccionables… o con nuestra despensa, cuando planificamos la próxima compra.

El inventario es también, desde mi punto de vista, una pieza clave en todo proceso de desarrollo personal y profesional. En este caso, se trata de identificar y detallar todos los recursos de los que disponemos, entendiendo por recursos las capacidades, habilidades, emociones, creencias, ideas, experiencias, roles e incluso máscaras que hemos utilizado –y que, probablemente, seguimos utilizando– en nuestro recorrido por la vida, para después examinarlos y reordenarlos de acuerdo a nuestra situación actual y a nuestros propósitos futuros. Quizá haya que rescatar patrones antiguos que creíamos olvidados, o quizá sea el momento de potenciar recursos que, aun estando dentro de nosotros, nos parecían invisibles o insuficientes.

Cualquier inventario, ya sea en el crecimiento personal o profesional o en cualquier otro ámbito, no solo refleja lo que tenemos, sino también lo que nos falta: las existencias que tenemos que reponer, los nuevos productos con los que queremos conquistar el mercado… Cuando trabajamos sobre nosotros mismos, no suele ser fácil encontrar esos recursos complementarios que necesitamos para desarrollar al máximo nuestro potencial. De hecho, muchas veces nos esforzamos por buscar y copiar soluciones externas que no van con nosotros… sin darnos cuenta de que los recursos de los que disponemos son la base sobre la que construir nuevos valores, pensamientos y sensaciones.

Curiosamente, la palabra inventario tiene el mismo origen etimológico que el término invento. En concreto, la raíz in-venire, que significa venir hacia dentro. Tal vez una forma de completar nuestro inventario personal sea, por tanto, inventar nuevas opciones y alternativas a partir de los recursos que ya tenemos. Para ello solo hace falta desarrollar nuestra intuición, imaginación y creatividad, recursos con los que todos contamos de serie (aunque no nos consideremos artistas, o minusvaloremos nuestra capacidad creadora). Conviene recordar que, a la hora de buscar nuevos recursos, no se trata tanto de compararse con lo de fuera como de ver qué hacer con lo que tenemos dentro.

Cualquier momento es bueno para hacer un inventario de tus propios recursos… e inventar otros nuevos. ¡A por ello!


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Otros tiempos

¿Has tenido alguna vez la sensación de que el tiempo se te escapa de las manos? Suele ocurrir cuando no nos da tiempo a hacer todo lo que queremos, cuando no logramos cumplir los plazos que nos fijamos para determinadas tareas, cuando pensamos que estamos dedicando más tiempo del necesario a cuestiones que tendríamos que resolver más rápidamente (o incluso ignorar directamente) o cuando, por el contrario, sentimos que invertimos menos del tiempo del que deberíamos a cuestiones que consideramos más importantes que otras. En estas situaciones, parece que es el tiempo el que nos controla… en vez de gestionarlo nosotros.

Del tiempo he hablado ya varias veces en este blog. En concreto, hay casi una veintena de entradas que incluyen específicamente la palabra tiempo como etiqueta de catalogación y búsqueda, y a esas entradas hay que sumar muchas otras en las que aparece, de forma incansable, esa constante apelación a vivir aquí y ahora, en el presente. Pero el tiempo, como dimensión, es rico en matices, y por eso quiero volver a reflexionar hoy sobre él desde otras aproximaciones.

Primera aproximación: versos y frases proverbiales. ¿Quién no ha leído o escuchado aquello de cualquier tiempo pasado fue mejor? ¿Quién no lo ha pensado? Las respuestas a esta expresión, cuando la planteamos en forma de pregunta, suelen ser generalmente muy categóricas: sí o no. Olvidamos que todo tiempo tiene sus luces y sus sombras: el filtro de nuestra memoria destaca unas y desvanece otras en función de nuestra experiencia. Evocar el pasado solo tiene sentido si trascendemos la nostalgia, la melancolía o el desagrado (según nuestra impresión sobre los tiempos pretéritos) para actualizar, en el presente, aquello que pueda hacer de nuestro contexto actual algo mejor. ¿Con qué te quedas? ¿Qué rescatas? Lo mismo vale para quienes se escapan del presente creando un futuro imaginario… sin sentar las bases para llegar (o intentar llegar) a él. Como dijo otro poeta, te llaman porvenir porque no vienes nunca.

Segunda aproximación: dos conceptos enfrentados. Hay dos términos asociados a la valoración del tiempo que parecen irreconciliables entre sí: de prisa y despacio. Cuando hablamos de ir con prisa, asumimos la idea de que nos falta tiempo para hacer las tareas que nos proponemos o nos encomiendan. Sin embargo, prisa es también hacer las cosas con prontitud y rapidez. De igual modo, ir despacio parece tener connotaciones negativas, pues la parsimonia nunca fue considerada rentable o productiva. En mi opinión, no importa tanto ir de prisa o despacio como el nivel de conciencia que ponemos al vivir ese tiempo de una forma más acelerada o más pausada. ¿Eres consciente de tus ritmos?

Tercera aproximación: un texto bíblico popularizado en canción. Todo tiene su momento, y cada cosa su tiempo bajo el cielo: así reza un pasaje del Libro del Eclesiastés quizá más conocido por la adaptación musical Turn! Turn! Turn! (To everything there is a season) de los años sesenta del siglo pasado. El texto, y la canción, nos hablan de la vida como una sucesión de momentos contrapuestos: un momento para nacer y otro para morir, para llorar y para reír, para buscar y para perder, para callar y para hablar, para odiar y para amar… ¿Hasta qué punto tienes interiorizada esta aparente contraposición? Hay una necesidad para cada tiempo, y un tiempo para cada emoción.

Según estas aproximaciones… ¿Cómo es tu tiempo? ¿En qué tiempo vives? ¡Tómate tu tiempo!


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Contando desde cinco

Lunes, 5 de abril. Finalizada la Semana Santa (salvo en algunas regiones, donde hoy también es festivo), y dejando de lado las particularidades de los calendarios escolares, empieza un nuevo mes que es, además, inicio de un nuevo trimestre (al menos, en lo que a días hábiles se refiere).

He aquí la paradoja sobre la que hoy quiero llamar la atención: es día 5 y hay un comienzo.

¿O es que siempre hay que empezar por el número 1?

Se dice que el número 5 representa al ser humano en su totalidad. Efectivamente, cada uno de nosotros estamos dotados de cinco sentidos (vista, oído, tacto, olfato y gusto), tenemos cinco dedos en cada mano y en cada pie y nuestro crecimiento y desarrollo como personas converge y se expande en cinco dimensiones (física, afectiva, racional, social y espiritual). Se dice, también, que el número 5 expresa libertad, aventura y cambio. ¿Acaso no estamos en constante evolución?

Confiemos, pues, en nuestra propia totalidad. Fijémonos en lo que nos dicen nuestros sentidos. ¿Hasta qué punto dejamos contaminar nuestra percepción por fantasías o temores imaginarios? Cultivemos nuestras propias dimensiones. ¿Cuál está más fuerte? ¿Cuál nos parece la más débil? ¿Cómo se interrelacionan entre ellas? Pongamos atención, tomemos conciencia… y escuchemos las respuestas de nuestra intuición y sabiduría interior.

Empezar no implica siempre partir de cero. En nuestro recorrido vital nos seguiremos encontrando primeras veces –¡qué sería de la vida si no nos brindara nuevas alternativas y oportunidades!–, pero las experiencias y los aprendizajes previos suman puntos para afrontar con garantías los retos y los desafíos que irán apareciendo en el camino.

Yo, esta semana, empiezo a contar desde 5. ¿Y tú?


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