AUTOPÍAS, REFLEXIONES

Contando desde cinco

Lunes, 5 de abril. Finalizada la Semana Santa (salvo en algunas regiones, donde hoy también es festivo), y dejando de lado las particularidades de los calendarios escolares, empieza un nuevo mes que es, además, inicio de un nuevo trimestre (al menos, en lo que a días hábiles se refiere).

He aquí la paradoja sobre la que hoy quiero llamar la atención: es día 5 y hay un comienzo.

¿O es que siempre hay que empezar por el número 1?

Se dice que el número 5 representa al ser humano en su totalidad. Efectivamente, cada uno de nosotros estamos dotados de cinco sentidos (vista, oído, tacto, olfato y gusto), tenemos cinco dedos en cada mano y en cada pie y nuestro crecimiento y desarrollo como personas converge y se expande en cinco dimensiones (física, afectiva, racional, social y espiritual). Se dice, también, que el número 5 expresa libertad, aventura y cambio. ¿Acaso no estamos en constante evolución?

Confiemos, pues, en nuestra propia totalidad. Fijémonos en lo que nos dicen nuestros sentidos. ¿Hasta qué punto dejamos contaminar nuestra percepción por fantasías o temores imaginarios? Cultivemos nuestras propias dimensiones. ¿Cuál está más fuerte? ¿Cuál nos parece la más débil? ¿Cómo se interrelacionan entre ellas? Pongamos atención, tomemos conciencia… y escuchemos las respuestas de nuestra intuición y sabiduría interior.

Empezar no implica siempre partir de cero. En nuestro recorrido vital nos seguiremos encontrando primeras veces –¡qué sería de la vida si no nos brindara nuevas alternativas y oportunidades!–, pero las experiencias y los aprendizajes previos suman puntos para afrontar con garantías los retos y los desafíos que irán apareciendo en el camino.

Yo, esta semana, empiezo a contar desde 5. ¿Y tú?


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AUTOPÍAS, REFLEXIONES

Volver a ti

En los relatos sobre viajes iniciáticos o de autodescubrimiento suele haber un personaje que trata de disuadir al héroe con frases del tipo No intentes conocerte a ti mismo, no te traerá nada bueno. El objetivo de este personaje no es otro que persuadir al héroe, aún en proyecto, para que se mantenga en su zona de confort, en los límites actuales en los que se desarrolla su existencia, y preservar, a la vez, el statu quo de la comunidad, cuyos principios y valores podrían quedar cuestionados si el héroe completa su viaje.

La advertencia sobre los riesgos del autoconocimiento no está solo en los relatos de ficción, sino también en esto que llamamos realidad. A nuestro alrededor –más lejos o más cerca, según los casos– hay determinados contextos sociales muy reticentes a cualquier proceso de cambio, bien por un instinto de protección mal entendido o bien por un burdo interés por mantener relaciones de control o dependencia. Por otro lado, muchas veces somos nosotros mismos los que autocensuramos caminos de exploración y reconocimiento por el dolor y el sufrimiento que supone, en ocasiones, confrontar nuestros intereses, contradicciones o anhelos.

Atendiendo a estas advertencias, presiones o exigencias, aparcamos nuestro autodescubrimiento y lo sustituimos por un permanente esfuerzo de camuflaje con los disfraces y las caretas que más se ajustan a la imagen que los demás esperan de nosotros o a la imagen que nos exigimos nosotros mismos. Con el tiempo, disfraces y caretas se convierten en armaduras y máscaras rígidas que, más que ayudar a su propósito inicial de mejorar nuestro encaje en el mundo, acaban por sumergirnos en un profundo mar de limitaciones. Aun así, no concebimos nuestra vida sin disfraz y, antes que vernos desnudos, preferimos ocupar nuestro tiempo en confeccionar parches y remiendos.

De esta manera, el viaje de la vida se convierte en una huida hacia adelante que nos aleja, cada vez más, de lo que realmente somos. A la carrera, como el hámster en la rueda, es muy difícil parar, y la imposibilidad de detenernos nos empuja a correr todavía más. Con más rutinas, con más compromisos, con más distracciones. Parar, eso queremos, pero frenar en seco nos causaría, efectivamente, mucho dolor. ¿Cómo actuar entonces?

Hoy te propongo entrenar la observación y la reflexión con los pequeños detalles que envuelven tu vida. Escoge, al final de la jornada, algún gesto que hayas realizado durante el día y analízalo. ¿De qué te ha servido? ¿Qué te ha aportado? ¿Qué necesidad has cubierto? ¿Qué has evitado al hacer este gesto y no otro? La rueda seguirá girando pero, poco a poco, irás dejando espacio para el autoconocimiento y el autodescubrimiento… e irás volviendo hacia ti.


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AUTOPÍAS, REFLEXIONES

Gestos y primaveras

–¿Os habéis fijado en la escena en que…?

Ocurre a menudo cuando comentamos en grupo, con familiares, amigos o conocidos, una serie o película: alguien –tal vez cualquiera de nosotros– destaca una escena, una situación o un gesto que le ha resultado especialmente revelador… y el comentario suscita respuestas dispares, desde la resonancia de quienes también se sintieron reconocidos o identificados con ese pasaje hasta la indiferencia de quienes no le dieron importancia o ni siquiera se fijaron en ese momento concreto. Cada uno observa o evita, de forma consciente o inconsciente, aquello que de una manera u otra despierta sus anhelos, deseos, fantasías, necesidades, temores, frustraciones o contradicciones.

En las series y películas que he visto en los últimos días he encontrado algunos gestos que no solo me han llamado la atención, sino que también han supuesto una punzada emocional: unos amigos se besan y abrazan después de un tiempo sin verse, unos abogados estrechan sus manos tras cerrar un acuerdo en un bufete, unos chavales comparten una bolsa de patatas fritas mientras charlan en un parque… Las series y películas en las que aparecen estas escenas fueron rodadas justo antes del inicio de la pandemia y recogen, por tanto, situaciones contemporáneas… que eran cotidianas antes de que las mascarillas, los geles hidroalcohólicos y la distancia interpersonal se instalaran en nuestras vidas.

¿También a ti te llaman la atención estos gestos? ¿O soy yo, que estoy más sensible?

Las sensaciones que me producen estas escenas son diversas. A veces, me descubro preocupado por los personajes implicados, que –trasladados al contexto actual– podrían quedar expuestos a un contagio o ser sancionados por el incumplimiento de las medidas de prevención y protección frente al coronavirus. En otras ocasiones, siento envidia de no poder participar de ese tipo de gestos, tal vez nostalgia también. La mayor parte de las veces, eso sí, el sentimiento predominante es la esperanza de que, antes o después, será posible ir retornando a esa afectividad gestual, física, que ahora me estremece en series y películas. Es curioso: la ficción es la realidad que añoramos; la realidad que vivimos nos parece, pese al tiempo transcurrido desde el comienzo de la pandemia, un relato de ficción, una pesadilla de la que acabaremos por despertar.

En el horizonte hay algunas señales prometedoras: la tercera ola de la pandemia se da por finalizada, la vacunación de la población se va generalizando, siguen las investigaciones para encontrar nuevos tratamientos… y, con estos destellos al fondo, se lanzan discursos muy optimistas de cara al verano. En este punto, me gustaría hacer una llamada a la responsabilidad individual y colectiva: la experiencia nos ha demostrado una tendencia a desescalar demasiado rápido. La cantante Elena Iturrieta, conocida como ELE, puso música y voz, durante 2020, a una campaña de publicidad que incluía un verso que no se me va de la cabeza: pero, por ver el verano, no pierdas la primavera. La primavera del confinamiento estricto de cuyo inicio se va a cumplir un año; la primavera, aún en pandemia, que está por comenzar.


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AUTOPÍAS, METÁFORAS, REFLEXIONES

Pasar por el aro

¿Quién no ha pasado alguna vez por el aro?

Todos nos hemos tenido que enfrentar, y nos seguimos enfrentando, a situaciones en las que, contra nuestra voluntad, nos vemos obligados a ceder o a someternos a las demandas o pretensiones de otras personas. Bien sea mediante la persuasión, o directamente bajo la coacción, acabamos actuando como animales de circo –fieras con gran potencial interior– que, fustigados por un domador, se ven obligados a saltar a través de un aro envuelto en llamas.

O peor aún, y más difícil todavía, pasamos por los aros que impone nuestra propia voluntad. ¿Cuántas veces no somos nosotros mismos los que nos empeñamos en pasar por los aros de los muchos tengo que con los que nos cargamos cada día? Tal vez esos aros, más cotidianos, sean tan vistosos como un aro en llamas, pero son igualmente difíciles de atravesar. Puede que sean aros estrechos como el ojo de una aguja, difícil de enhebrar, o aros más holgados como tuberías o conducciones subterráneas que nos sumergen en un mundo de sombras y oscuridad.

De una u otra forma, seguimos pasando aros… e incluso buscamos nuevos aros que atravesar, como si no hubiera otra forma de transitar por el mundo.

Y así, entretenidos en la pista central, pasando de un aro a otro, nos olvidamos de que el circo de nuestra vida pone a nuestra disposición otras opciones, otras alternativas. Están, por ejemplo, las pistas auxiliares, aquellas a las que podemos recurrir para desviar el foco de tanto aro y centrar la atención en otros estímulos, en otros emergentes. Y están también, fuera de la carpa, las caravanas y los carromatos a los que podemos retirarnos para tomar un descanso, reflexionar y preparar nuestro próximo número, quizá menos vistoso y para un público tan amplio y reducido a la vez como nosotros mismos.

Siempre que pienso en el circo, y en su riqueza metafórica, me acuerdo de un cuento de Jorge Bucay titulado El elefante encadenado. En esta historia, el autor se pregunta por qué un elefante de gran porte y tamaño se deja amarrar, antes y después de la función, a una pequeña estaca que podría derribar, sin duda, con el empuje de su peso. La respuesta que encuentra es que el elefante, siendo una cría, no tuvo fuerza suficiente para soltarse y, después de repetidos esfuerzos, dejó de intentarlo.

Puede que muchos de esos aros que, según creemos, tenemos que atravesar, sean –en este momento de nuestra vida– como esa insignificante estaca que sujeta al elefante. ¿Por cuántos aros nos empeñamos en pasar sin mirar si quiera si hay otra salida?


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AUTOPÍAS, METÁFORAS, REFLEXIONES

De tejado a tejado

Todo proceso de construcción de una casa –o de cualquier otro proyecto– se inicia con la elaboración de unos planos que servirán como guía para que el resultado final sea tal y como lo esperamos. El diseño de estos planos será, probablemente, la etapa sujeta a un mayor número de revisiones en las que iremos modificando, añadiendo o quitando elementos en función de nuestras necesidades, de nuestros deseos… y de nuestro presupuesto.

Una vez completados los planos, hay que levantar el proyecto. Y, para ello, hay que trabajar detenidamente en sentar los cimientos que sostendrán toda la estructura. La excavación de los cimientos suele ser, en general, uno de los momentos más incómodos de toda obra: las máquinas perforadoras provocan ruidos y vibraciones en el terreno, y el vallado del perímetro donde se realiza la obra no permite ver los avances que se están produciendo… hasta que, por fin, aparecen los primeros pilares.

Después, el proceso de construcción parece avanzar más rápidamente. Una vez instalados todos los pilares, las vigas y los forjados, se levantan los tabiques y, sucesivamente, se van introduciendo las conducciones de los servicios necesarios (electricidad, saneamiento…) hasta que, finalmente, se colocan los revestimientos para dar al conjunto una imagen –presuntamente– similar a la de las infografías y las fotografías que acompañaban los primeros planos.

Y, en medio de todo este proceso, se da forma también al tejado. Las opciones son variadas: cubierta plana, aterrazada, a un agua, a dos aguas, a cuatro aguas, a la holandesa, a la mansarda… Sea cual sea la opción elegida, tiene que ser impermeable, resistente al viento y capaz de soportar eventuales cargas, por ejemplo el peso de una nevada. Algunos tejados son de fácil acceso y se aprovechan como terrazas o tendederos. Otros –la gran mayoría– no lo son.

¿Y a cuento de qué viene todo esto? ¿Qué tiene esto que ver con los temas de los que hablo habitualmente en el blog?

En todo proceso de crecimiento personal, damos mucha importancia a la necesidad de revisar y reforzar los cimientos –los valores– sobre los que construimos nuestra vida. Sin embargo, muchas veces descuidamos el tejado que nos cubre y, por muy firmes que sean esos valores sobre los que asentamos nuestra identidad personal, corremos el riesgo de quedarnos a la intemperie.

Hoy, por tanto, te invito a inspeccionar tu propio tejado:

  • Tu tejado… ¿está bien impermeabilizado, para que puedas conducir correctamente –por canalones y bajantes– la fina lluvia de esas pequeñas cosas que te molestan cada día y los chubascos y aguaceros que, en forma de crítica o enfado, descargan a veces sobre ti?
  • Tu tejado… ¿está bien anclado a la estructura, para afrontar con garantías el vendaval de cualquier situación sobrevenida que, en un momento dado, pueda intentar dejarte al descubierto?
  • Tu tejado… ¿está bien insonorizado, para protegerte de murmullos y distracciones que puedan alejarte de tu idea de ser y estar en el mundo, del hogar que formas con tu propia existencia?
  • Tu tejado… ¿tiene la consistencia suficiente para resistir el peso de las nevadas de preocupaciones –en forma de pequeños copos o de grandes bloques de hielo– que dejamos caer en tiempos de borrasca? ¿Puede aguantar las piedras que alguien –tal vez tú mismo– pueda arrojar contra él?

Por un día, contraviniendo el dicho, permítete empezar por el tejado.


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AUTOPÍAS, CONCEPTOS, ENEAGRAMA, REFLEXIONES

Instintos básicos

No todos tenemos las mismas preocupaciones, ni reaccionamos de la misma manera a los desafíos que nos plantea la vida. Lo estamos viendo de forma clara, por ejemplo, en las inquietudes –cuando no directamente en las acciones– que manifestamos cada uno de nosotros en relación a la pandemia que estamos viviendo. ¿Qué es lo que nos mueve a sentir y a actuar, de acuerdo a un mismo patrón predeterminado, en cualquier circunstancia?

Nuestras respuestas obedecen, en gran medida, a las necesidades básicas, primarias e inconscientes que, en nuestra primera infancia, y en un esfuerzo de adaptación al entorno en el que debíamos dar nuestros primeros pasos, configuraron nuestros instintos, es decir, los patrones de pensamiento, emociones y conductas sobre los que fuimos construyendo nuestra identidad –diferenciándonos de los demás– y sobre los que radica nuestra forma de ser y estar en el mundo.

Según el Eneagrama de la Personalidad, sobre el que ya hablé en la entrada La cuadratura del círculo, en nuestro centro visceral conviven tres instintos primarios: el instinto de conservación, el instinto social y el instinto sexual. Estos tres instintos coexisten de forma jerárquica, de mayor a menor desarrollo, siendo uno de ellos el instinto dominante a costa de los otros dos instintos, que quedan relegados a un segundo y tercer plano. Lo ideal es que en esta jerarquía haya, pese a su propia configuración decreciente, un cierto equilibrio: una acusada descompensación entre los niveles de desarrollo de cada instinto puede ser fuente de problemas. El instinto dominante determina, en cualquier caso, matices y diferencias en cada uno de los tipos de personalidad o eneatipos, de ahí que en cada uno de ellos se hable de subtipos conservación, social o sexual.

Veamos algunas pinceladas de cada uno de los instintos que habitan nuestro centro visceral:

El instinto de conservación (también llamado autoconservación) está directamente relacionado con la necesidad de sentirse seguro y se traduce en preocupaciones y acciones orientadas a la búsqueda de condiciones óptimas que permitan alcanzar una situación de bienestar. Este instinto pone el foco en la salud, el orden, el hogar, el abastecimiento, la economía y, en definitiva, en todo lo que gira alrededor del concepto de supervivencia.

El instinto social (también llamado navegador) impulsa al individuo a una constante interacción social en busca de aceptación y reconocimiento. Una de las características de este instinto es el deseo de establecer vínculos de unión y pertenencia que permitan crear grupos o comunidades que usar como referencia o apoyo. El instinto social se traduce, por tanto, en un afán de estar rodeado (de forma activa, haciendo actividades) con otras personas.

El instinto sexual (también llamado transmisor) se manifiesta en el deseo de intimidad con otra persona y en el propósito de dejar un legado (no solo en un contexto biológico, entendido como descendencia, sino en sentido amplio, como transmisión de valores o ideas). Este instinto se caracteriza por una búsqueda constante e intensa de nuevos estímulos para la que despliega todas sus armas de seducción y cortejo.

Como decía más arriba, en todos nosotros conviven, jerárquicamente, estos tres instintos. ¿Reconoces, en este esbozo, cuál es el instinto dominante que guía tus preocupaciones y acciones cotidianas y define tu respuesta ante cualquier situación sobrevenida?  Y, respecto a los otros dos… ¿te resuenan o son desconocidos para ti?


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AUTOPÍAS, CONCEPTOS, REFLEXIONES

¿Qué es la felicidad?

Reconozco que, a veces, me quedo pillado con algunas palabras.

Es lo que me ha ocurrido en este cambio de año, de 2020 a 2021, con la palabra felicidad. De hecho, he buscado expresiones alternativas para no poner feliz año nuevo en las tarjetas y mensajes que tradicionalmente envío a familiares, amigos y contactos en Nochevieja. ¿Por qué? Bueno, yo tengo mi idea de felicidad, pero no sé si esa idea es compartida por todos aquellos a los que me dirijo. Y tenía la sensación –probablemente errónea– de que, después de un año tan complejo como el que hemos vivido, podía ser inapropiado desear felicidad a quien, inmerso en múltiples dificultades, solo entiende esta palabra en su concepción básica y limitada –pero comúnmente extendida– de celebración, júbilo o fiesta.

En su día, ya hablé en una entrada de este blog (La felicidad, ¿una quimera?) sobre el significado que tiene para mí la felicidad. Para no repetirme, hoy he querido abrir la mirada y buscar otras definiciones de personas con las que me he formado en disciplinas como la Terapia Gestalt, el Coaching, el Eneagrama Cuántico o el Yoga. A todos ellos les he pedido respuestas para dos preguntas:

  • ¿Qué es para ti la felicidad?
  • ¿Con qué símbolo o gesto la representarías?

Domingo de Mingo Buide, psicólogo clínico y psicoterapeuta (gestaltquatro.es), cree que la felicidad es difícil de expresar en palabras. En su opinión, la felicidad simplemente es estar en paz. Añade, además, que la felicidad consiste en no tener que buscarla. En cuanto a la representación gráfica, descarta escoger ninguna al considerar que cualquier símbolo la degrada porque no hace honor a lo que es.

Para David Cru, director del Instituto Europeo de Coaching (IEC), felicidad es sentirte bien y en paz contigo mismo, en relación a cómo estás llevando tu vida, en todos los niveles (trabajo, relaciones…). La felicidad sería, por tanto, una sensación de sentido en tu vida, vivir de acuerdo con tus valores más importantes, una buena dosis de placer y paz interior. Cru completa esta definición con dos ejemplos que ilustran su idea de felicidad: por un lado, levantarte con ganas cada día por las mañanas y acostarte en paz y con la conciencia tranquila cada noche, y por otro lado, seguir teniendo sueños y perseguirlos y disfrutar a la vez de tu presente. El símbolo de la felicidad sería una sonrisa interior y una actitud positiva y optimista cada día.

Carmen de Molina, psicóloga y coach, fundadora de Equipo Hermes y formadora en el IEC, define la felicidad como el estado interior de paz, armonía y coherencia que se genera al aceptar la vida e involucrarse en las circunstancias que nos ocurren y nos envuelven con la actitud de aprender, comprender y crecer internamente. Como símbolo, propone dos imágenes: las manos cruzadas sobre el pecho y la flor del girasol, siempre enfocándose hacia la luz.

Almudena Galán, coach experta en Eneagrama Cuántico (www.almudenagalancoach.com) considera que la felicidad es un estado de aceptación y gratitud con lo que estás viviendo en el momento. Este estado se caracteriza por sentirte lo más en paz posible, lo más tranquilo posible, con lo que estés viviendo en cada instante sin querer cambiarlo y aceptando las emociones que te genera todo lo que está sucediendo sin tratar tampoco de que se vayan o de cambiarlas. Representaciones gráficas de la felicidad, entendida como autenticidad, serían la sonrisa de un niño o cualquier otra actitud sincera que no esté contaminada por el “debería” o “no debería”.

Carlos Daza, profesor de Hatha Yoga, Yoga Nidra y Meditación, afirma que la felicidad es estar contento, ni más ni menos. Recuerda que, de hecho, el estado de felicidad se denomina, en yoga, estado de Santosha, que podría traducirse como estado de contento. Este estado –advierte– depende de tu desarrollo y equilibrio mental, que a su vez implica también equilibrio emocional, sentimental, psíquico o psicológico. Desde su punto de vista, la felicidad es el estado que te proporciona la ausencia de deseos, el no estar deseando algo que no tienes… cuando en realidad tienes todo lo que puedes tener. Las claves para vivir este estado de no deseo serían la vivencia del presente y estar satisfecho y contento con lo que tienes en ese instante. El gesto de la felicidad sería la sonrisa no solo de los labios, sino de todo el rostro, con los ojos iluminados.

Son, como ves, distintos enfoques… con algunas coincidencias.

Basándote en estas definiciones, y en tu propia experiencia de vida, tal vez tú tengas respuestas distintas. ¿Probamos? Recuerda las preguntas:

  • ¿Qué es para ti la felicidad?
  • ¿Con qué símbolo o gesto la representarías?

¡Feliz semana!


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AUTOPÍAS, REFLEXIONES

Un balance alternativo

El calendario nos habla estos días de transición y cambio. Hoy, 21 de diciembre, se produce la gran conjunción entre Júpiter y Saturno, una ocasión propicia –según los astrólogos–  para dejar atrás nuestras estructuras de pensamiento y comportamiento más anticuadas. Este lunes tendrá lugar, también, el solsticio de invierno, un fenómeno astronómico asociado a la idea de renovación y renacimiento que encuentra su representación social en celebraciones religiosas como la Navidad, evento que viviremos en pocos días. La próxima semana, en Nochevieja, asistiremos al cambio de ciclo que supone dar la bienvenida a un nuevo año. Y finalmente, una vez que hayan pasado los Reyes Magos, trataremos de recuperar la (nueva) normalidad volviendo –¿con ganas?– a nuestras rutinas habituales.

La pandemia que estamos viviendo, con las restricciones asociadas, condicionará las celebraciones y los encuentros previstos para estos días, dando un mayor valor emocional –si cabe– a estas fechas. Las limitaciones nos harán conectar –previsiblemente– con todas las renuncias que hemos tenido que ir haciendo a lo largo del año, especialmente durante los meses de confinamiento. Y es probable que la frustración, el cansancio y el hartazgo acumulados incentiven nuestro deseo de pasar página para entrar en un 2021 en el que recuperar la confianza y la esperanza y retomar nuestra vida (o lo que creíamos como tal) después de un año en blanco.

Pasar página. Borrar 2020 de un plumazo.

Efectivamente, 2020 ha sido un año duro a causa de las afecciones que ha causado la pandemia en todas las dimensiones del ser humano (física, emocional, social, laboral, cultural, económica…). Cada uno sabe las pérdidas y las renuncias a las que ha tenido que hacer frente, y todas ellas estarán muy presentes –casi con exclusividad– a la hora de hacer el balance del año que ahora termina. Sin embargo, estoy seguro de que en este 2020 también te han pasado otras (pequeñas) cosas que conviene rescatar –y poner a salvo– para vivir con garantías ese proceso de transición y cambio que, consciente o inconscientemente, se pone en marcha en esta época del año. He aquí las tres preguntas básicas que debes formularte para hacer el auténtico balance del 2020:

1. ¿Qué? Indudablemente, el qué de 2020 ha sido el coronavirus Covid-19, tanto la enfermedad en sí como sus repercusiones en todos los ámbitos. Toda nuestra vida ha girado este año en torno a la pandemia y sus consecuencias. Pero… ¿y si en vez de centrarnos en el dolor o en la frustración que nos ha causado, miramos más allá? ¿Qué otros qué han marcado este año? Recuerda los logros que has conseguido, los retos que has superado, los desafíos a los que te has enfrentado. No hace falta que sean grandes gestas: basta con pequeños gestos o actos cotidianos en los que te hayas sentido realizado. Tal vez puedas pensar que, con la que está cayendo, estos logros, retos o desafíos quedan en un segundo plano. ¿Vas a minusvalorar aquello que te hace crecer?

2. ¿Cómo? Es evidente que la pandemia nos ha obligado a introducir cambios en nuestra vida cotidiana. Usamos mascarillas, cargamos con botes de gel hidroalcohólico, intentamos mantener una distancia física con las personas con las que interactuamos… y tratamos de encajar, como mejor podemos, en lo que se ha dado en llamar la nueva normalidad (protocolos en los centros de trabajo, recomendaciones para eventos sociales y actos culturales, etc.). ¿Cómo lo hemos hecho? ¿Cómo lo seguimos haciendo? Piensa en todas las estrategias y maneras de hacer que has aplicado en los últimos meses en tu vida personal, social, laboral… ¿Qué recursos propios has descubierto? ¿Cuáles de ellos quieres mantener?

3. ¿Para qué? Continúa el debate sobre las causas o los fundamentos –el por qué– de la expansión masiva del coronavirus y de las medidas que se han ido aplicando para frenar o controlar la transmisión de la enfermedad. No faltan, como todos sabemos, teorías conspiranoicas. Sin menoscabo de que, como ciudadanos, reclamemos seriedad, rigor y transparencia en la información sobre el coronavirus, centrarnos exclusivamente en el por qué puede ser un error de foco. Pensemos, a la hora de hacer balance de 2020, en el para qué. ¿De qué te ha servido todo lo que ha pasado este año? ¿Qué has aprendido de ti? ¿Qué sentido le das? ¿Y qué impacto ha tenido este 2020 en tus valores personales? ¿Han cambiado, se han hecho más fuertes?

Ojalá este año haya ayudado a abrir espacios de reflexión personal inéditos hasta ahora. Felices fechas de transición y cambio. Felices fiestas.


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AUTOPÍAS, REFLEXIONES

Entre paréntesis

El 7 de diciembre es, en España, un día extraño. Ubicado entre dos festivos (el Día de la Constitución y la fiesta de la Inmaculada Concepción), alterna entre ser día laborable y día de asueto, según los años y las circunstancias. Cuando es día laborable, todo parece funcionar a medio gas: se da por hecho que mucha gente se tomará el día libre y el ambiente laboral cambia considerablemente. Cuando es día de asueto, unido a los festivos anterior y posterior y al fin de semana más cercano, equivale a toda unas vacaciones.

Su posición intermedia entre dos festivos y las características asociadas al llamado puente de diciembre me hacen pensar en el 7-D como un día entre paréntesis, una oportunidad para hacer un inciso en nuestra vida cotidiana. Un resquicio para lo ordinario y lo extraordinario.

Así, este puente de diciembre ha sido tradicionalmente una ocasión propicia para los últimos viajes o escapadas antes de las celebraciones de Navidad (donde cualquier desplazamiento se ve condicionado, generalmente, por los compromisos familiares y sociales asociados a esas fechas). Y también es, para muchos, el momento perfecto para acercarse al centro de pueblos y ciudades, y a los centros comerciales, para ver el alumbrado navideño, visitar belenes y adelantar compras antes de que nos veamos atrapados por la vorágine de la Navidad.

Hay quien vivirá este puente, efectivamente, como un paréntesis con un principio y un final, con actividades que comienzan y acaban en estos días. Para otros, en cambio, este puente será la apertura de un largo paréntesis que no acabará hasta el 8 de enero. Así, las próximas semanas serán, para muchos, una escenificación constante del espíritu navideño con multitud de planes y celebraciones, agudizando el ingenio para superar –legalmente, espero– las restricciones vigentes. Otros, por su parte, buscarán refugio a la espera de recuperar, una vez apagadas las luces, sus rutinas habituales. Probablemente, alguno de estos tendrá su momento Ebenezer Scrooge en unas navidades inéditas y excepcionales.

Porque, conviene no olvidarlo, vivimos una pandemia.

En concreto, estamos en medio del paréntesis que la pandemia ha puesto en nuestras vidas, un paréntesis que se abrió el pasado mes de marzo y que aún no se ha cerrado. Un período en el que, pese a habernos acostumbrado a vivir con las recomendaciones y las restricciones que se han ido dictando, seguimos teniendo cierta sensación de vivir en suspenso a la espera de tiempos mejores. Un paréntesis de renuncias y esfuerzos –individuales y colectivos– en una situación de incertidumbre. Pero… ¿está siendo también un paréntesis con ganancias?

En las clases de Lengua Española se explica que los paréntesis, como signos ortográficos, sirven para incluir información adicional, accesoria o complementaria y que el significado de la oración en la que se incluyen no varía si se suprime el contenido señalizado entre paréntesis. Por tanto, cuidado con esos momentos que ponemos entre paréntesis. ¡No hay etapas prescindibles! Es cierto que la vida, por la inercia de las fechas o por situaciones sobrevenidas, abre espacios que parecen sacarnos de nuestro discurso vital. El reto está en dar un sentido a lo que ocurre, integrarlo como experiencia y continuar. Siempre continuar. Siempre vivir.

No olvidemos que, como escribió Mario Benedetti, la vida es lo que ocurre entre el nacimiento y la muerte. La vida ese paréntesis.


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Eclipse de culpa

Este lunes se ha producido el último eclipse lunar del año y, según los astrólogos, estamos en una fecha propicia para soltar y dejar ir lo que ya no necesitamos y prepararnos así para la llegada de un nuevo año.

Es el momento, por tanto, de revisar los bolsos y las mochilas que cargamos habitualmente. ¿Qué nos pesa? ¿Qué sobra? ¿Qué podemos sacar?

Es probable que, sin rebuscar mucho, encuentres con facilidad pensamientos –repetitivos, recurrentes, reiterados– que ya no te sirven, que se han quedado obsoletos. Ahí están, ocupando espacio, dispuestos a tomar tu mente, en cualquier momento, con los manidos argumentos de siempre.

De entre todos esos pensamientos que arrastramos como un pesado equipaje, hoy quiero poner el foco en aquellos que toman la forma de juicios morales sobre nosotros mismos y que, a fuerza de repetirse, crean un sentimiento de culpa. La culpa por hacer, pensar o decir tal cosa. La culpa por no hacer, no pensar o no decir tal otra cosa.

¿Quién no se siente culpable por algo? O, al menos, ¿quién no se ha sentido culpable alguna vez?

Para evitar que se enquiste (convirtiéndose en un compartimento permanente en nuestro bolso o mochila vital), conviene enfrentarse directamente a este sentimiento de culpa. Y, para ello, lo primero es identificar de dónde viene. ¿Tiene su origen, en términos objetivos, en algún error o fallo por nuestra parte? O, por el contrario, ¿es una respuesta incoherente o desproporcionada, al calor de una fuerte autoexigencia o una falta de autoestima, ante lo que ocurre a nuestro alrededor?

Identificado el origen, lo primero es asumir la responsabilidad sobre lo ocurrido. La culpa es victimismo; por el contrario, la responsabilidad es proactividad. Si, efectivamente, se ha provocado un daño, hay que pedir perdón y reparar, en la medida de lo posible, el perjuicio causado. La responsabilidad implica, además, reconocer que no somos perfectos: los errores forman parte de la experiencia humana y facilitan el aprendizaje.

También es conveniente –sobre todo, cuando la culpa adopta la forma de pensamiento irracional– adentrarse en las emociones que subyacen bajo el sentimiento de culpabilidad. Este sentimiento es, muchas veces, el refugio al que acudimos para resguardarnos de las tres emociones –todas ellas, de las llamadas emociones negativas o desagradables– que, en mi opinión, se esconden detrás de la culpa: la tristeza, la ira y el miedo. En solitario, o combinadas entre sí. ¿Y si, en vez de aferrarnos a la culpa, la miramos de frente, vemos de qué está hecha y la dejamos salir?

Esta semana, bajo el influjo del eclipse, rebusca en tu mochila, voltea tu bolso y, como canta Eira, ¡Quítate la culpa!


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