AUTOPÍAS, CONCEPTOS, REFLEXIONES

¿Planificar o improvisar?

La pandemia de enfermedad por coronavirus que estamos viviendo ha obligado a introducir en nuestras vidas una serie de protocolos (lavado frecuente de manos, uso de mascarilla, distancia física en las relaciones interpersonales) con el objetivo de preservar nuestra salud y la de quienes nos rodean. Paralelamente, se han dictado medidas adicionales con el fin de facilitar una “nueva normalidad” en nuestras actividades cotidianas (control de aforo en comercios y espectáculos, disposiciones para la vuelta al colegio, reglamentos de las empresas sobre el uso de las oficinas o el acceso al teletrabajo…).

Algunas de esas medidas –supuestamente planificadas– han sido criticadas por improvisadas. Y aquí surge la pregunta: ¿Son planificar e improvisar estrategias igualmente válidas para hacer frente a una determinada situación? Al hablar de situación no me refiero solo a las circunstancias extraordinarias que estamos viviendo, sino a todos los contextos (familiares, sociales, laborales, económicos o culturales) en los que se desarrolla nuestra vida. Efectivamente, hay personas a las que les resulta más fácil articular sus actividades y proyectos de acuerdo a una planificación previa, y hay personas que son más dadas a la improvisación. Ambas opciones, en cualquier caso, presentan ventajas e inconvenientes.

Planificar nos permite definir una serie de pasos o acciones con los que ir avanzando cada día, manteniéndonos centrados en los objetivos o intereses que pretendemos conseguir. No obstante, una estricta o exigente planificación puede volverse en nuestra contra, sobre todo si no medimos bien el esfuerzo o el impacto que va a suponer cada una de esas acciones. Por otro lado, la planificación, a veces, no es más que un disfraz con el que pretendemos mantenernos ocupados, saltando de unas tareas a otras de acuerdo a lo que dicta la agenda, eludiendo una reflexión profunda sobre lo que de verdad queremos o necesitamos hacer.

Improvisar, por su parte, estimula nuestra creatividad en busca de soluciones, respuestas o propuestas alternativas: la improvisación, bien entendida, es la suma de intuición e imaginación. Sin embargo, improvisar también conlleva riesgos como actuar siempre a salto de mata, escogiendo opciones cortoplacistas que se olvidan de cualquier perspectiva de futuro y que ignoran el efecto que puede tener una respuesta improvisada, en términos de coherencia, en el resto de actividades sobre las que articulamos nuestra existencia (no olvidemos que las dimensiones del ser humano –física, mental, emocional…– están estrechamente interrelacionadas).

Planificar e improvisar fallan estrepitosamente cuando no se ha conjugado previamente otro verbo: planear. Planear no es solo hacer planes: es diseñar proyectos y objetivos que nos ayuden a dar sentido a lo que somos y a lo que hacemos. Sin un propósito, cualquier planificación o improvisación estará abocada al fracaso. Hoy te animo a identificar, si aún no lo tienes, el propósito con el que guiar tus pasos en el curso que ahora comienza. Sondea tus necesidades, explora tus inquietudes y ponte manos a la obra. ¿Cuál es tu plan?


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AUTOPÍAS, CONCEPTOS, REFLEXIONES

Corto, medio, largo

¿Sabes cuál es la diferencia entre el corto, el medio y el largo plazo? Cada uno tiene sus propias consideraciones sobre el tiempo y sus dimensiones. Sin embargo, hay algunos estándares que pueden servirnos como referencia. Así, el corto plazo se refiere a un período de tiempo de unos pocos meses, como máximo un año. El medio plazo, por su parte, abarca un período de entre dos y diez años. El largo plazo, finalmente, sería ese período a más de 10 años vista desde la fecha en la que nos encontramos.

¿Cuáles son tus metas a largo plazo?  La extraordinaria situación que hemos vivido –y seguimos viviendo– a causa de la pandemia por enfermedad de coronavirus parece haber abierto un paréntesis a la hora de fijar nuevos sueños o metas que alcanzar. Nos movemos en un escenario imprevisible: los rebrotes y la posibilidad de una segunda oleada de contagios en el otoño hacen presagiar nuevas restricciones y, en el peor de los casos, un nuevo confinamiento. Y esto puede hacer que cualquier propósito de futuro quede en suspenso hasta nuevo aviso.

Y entonces… ¿cuáles son tus intenciones a corto plazo? Observo, con preocupación, que cada vez somos más hedonistas y exigentes: todo lo queremos para ya. Nuestras miras se han reducido, y el corto plazo se ha acortado: nos medimos, a lo sumo, por las cosas que queremos hacer en los próximos días, en las siguientes semanas, en un par de meses. ¿Para qué ir más allá, si no sabemos lo que va a pasar? Por otro lado, tenemos pendientes muchos planes y actividades que quedaron en suspenso durante el confinamiento y la desescalada y que, según parece, nos urge llevar a cabo.

Hoy, en este corto plazo en el que vivimos, te invito a aprovechar los días de descanso de las vacaciones para pensar en el largo plazo. ¿Qué quieres ser, hacer y tener dentro de diez años? Deja volar tu imaginación: ¿cómo te ves, qué sientes, dónde estás, qué hay a tu alrededor, quién te acompaña…? Recréate en tus sensaciones. Después, piensa en el medio plazo. ¿Qué tendría que ocurrir, a medio plazo, para poder alcanzar lo imaginado en el largo plazo? ¿Qué hitos tendrían que producirse, en el intervalo de dos a diez años, para conseguir lo soñado?

Y, finalmente, piensa en el corto plazo. ¿Cuál es el primer paso que quieres y puedes dar para avanzar hacia lo que anhelas ser, hacer y tener a medio y largo plazo? La vida da muchas vueltas y puede que, efectivamente, tengamos que modificar o cambiar algunas de las acciones que planificamos y ponemos en marcha para llegar a donde queremos llegar. No hay problema: lo importante es que cada paso que demos en el corto plazo esté orientado a un propósito vital determinado. ¿Cuál es el tuyo?


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AUTOPÍAS, REFLEXIONES

Fin de curso

Llega el final de junio y es momento de hacer balance de curso. Tal vez, con la llegada de julio, no cambie nada: seguiremos con nuestros quehaceres cotidianos, con nuestro trabajo (salvo que podamos coger ya vacaciones en estos días) y con la reanudación de actividades que, suspendidas durante el confinamiento, podemos retomar ahora en la llamada nueva normalidad. Sin embargo, los tiempos de la actividad académica y escolar siguen muy presentes en nuestra vida (puede que, de alguna forma, añoremos las largas vacaciones que teníamos cuando éramos niños) y, por otro lado, son muchas las empresas que cierran ahora su ejercicio fiscal.

El curso, desde luego, ha sido atípico. La pandemia de enfermedad por coronavirus habrá marcado, probablemente, el camino hacia la consecución de los objetivos que nos propusimos allá por septiembre, cuando ni siquiera imaginábamos que nos iba a tocar vivir una amenaza de esta magnitud, o en enero, coincidiendo con el comienzo de un nuevo año al que, fieles a la tradición, pedíamos salud y tranquilidad. Así, el confinamiento y  las restricciones pueden haber sido un obstáculo material a la hora de lograr lo que nos habíamos propuesto, y no podemos obviar el impacto emocional causado por la crisis sanitaria, laboral, económica y social en la que estamos inmersos.

Por eso, te propongo hacer un balance alternativo que no tenga en cuenta, de haberlos, esos proyectos truncados o esos propósitos forzosamente dilatados en el tiempo a la espera de una mejor ocasión para realizarlos: centra tu análisis, únicamente, en todo lo que has conseguido en este semestre, y especialmente en los meses en los que, forzados por la situación, hemos tenido que trabajar, educar a nuestros hijos, socializar o vivir nuestro ocio de otra manera. ¿Qué sabes hacer de modo diferente? ¿Hay algún aspecto en el que hayas logrado reinventarte? ¿Qué cosas sobre ti o sobre el mundo en el que vives has aprendido en todo este tiempo? ¿Con qué te quedas?

Dicen que las crisis son oportunidades, pero quizá aún no veamos la ocasión o el momento en que las posibles alternativas estén a nuestro alcance. Lo que sí es seguro es que las crisis son siempre aprendizajes. El verano, que es una época en la que, por definición, solemos dedicarnos más tiempo a nosotros mismos, puede ser una buena ocasión para identificar esos aprendizajes y decidir qué queremos hacer en este contexto de incertidumbre (fijando un nuevo propósito por el que trabajar), para qué lo queremos hacer (revisando, si es preciso, nuestra escala de valores) y cómo lo vamos a hacer (diseñando un plan de acciones diversas que dé cabida, en la medida de lo posible, a los imprevistos que podamos encontrar en un escenario tan cambiante como el que estamos viviendo. ¿Te animas? ¡Feliz verano!


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AUTOPÍAS, CONCEPTOS, MINDFULNESS

La desescalada interior

Bienvenido a la nueva normalidad. El estado de alarma declarado en España para hacer frente a la pandemia por enfermedad de coronavirus ha llegado a su fin y, aunque aún siguen vigentes restricciones y medidas de seguridad de obligado cumplimiento, el día a día va recuperando su pulso habitual. La desescalada continúa y, aunque la pendiente –según parece– se ha suavizado, el contexto en el que nos encontramos plantea toda una serie de desafíos.

En lo inmediato, hay que hacer frente a la desconfianza que suscita la recuperación de determinadas actividades, sobre todo aquellas en las que puedan producirse concentraciones de personas. Está también el problema de la conciliación de la vida laboral y familiar, con los niños ya de vacaciones, si las empresas van reduciendo paulatinamente el teletrabajo. A esto hay que sumar la preocupación por disfrutar de unas vacaciones de verano seguras, la inquietud por el horizonte que se pueda dibujar en el otoño, el temor a un nuevo confinamiento…

Así pues, la mente bulle, y no hay nada malo en ello: somos seres racionales. No obstante, puede que esa actividad mental nos lleve a engancharnos en una serie de pensamientos que, como un laberinto o un callejón sin salida, nos dejan atrapados en una reiteración de dudas y patrones que, finalmente, acaba por suscitarnos sensaciones de pesimismo, desgaste y agotamiento. Puede que, tal vez, no hayamos completado bien el proceso de desescalada: nos falta la desescalada interior.

Pero… ¿qué es la desescalada interior? Se podría definir como el proceso por el que tratamos de desvincularnos de los pensamientos que genera nuestra mente para bajar al cuerpo. Habitualmente pensamos que todas las respuestas están en nuestra mente, pero esto no es así: hay toda una sabiduría corporal que emana de las sensaciones, percepciones y movimientos internos que se producen a lo largo y ancho de nuestro organismo, de la cabeza a los pies.

Te animo, por tanto, a acceder a esa sabiduría corporal contactando con tu respiración, tomando conciencia de ella y haciéndola cada vez más profunda. Agudiza tus sentidos y afina tu radar interno para identificar cada una de las sensaciones que te llegan del exterior y que emanan de tu interior. ¿Qué ves? ¿Qué escuchas? ¿Qué hueles? ¿Qué saboreas? ¿Qué tocas? ¿Qué sensaciones recibe tu piel? ¿Y qué sientes en tu interior? Sí, puede que la mascarilla te moleste, pero no te distraigas: deja que tu atención se concentre en todos esos estímulos, recréate en ellos.

Los pensamientos (sobre todo aquellos en los que nos gusta tanto enredarnos) intentarán acaparar el protagonismo de nuestra atención. Es inevitable: es muy difícil acallar la mente. Por eso, lo mejor es ser conscientes de que están ahí y, cuando surgen, darles espacio únicamente desde la observación, sin engancharnos en ellos, para retomar enseguida el contacto con nuestra sabiduría corporal. Solo así estaremos anclados en el aquí y el ahora de nuestra existencia. Al fin y al cabo, sea cual sea la situación en la que nos encontremos, el presente es lo único que tenemos.


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ACTIVIDADES, AUTOPÍAS, MINDFULNESS

Un toque de atención

El dualismo cartesiano, que entendía cuerpo y mente como entidades separadas, ha sido reemplazado por una nueva visión holística e integradora en la que esas dos entidades, cuerpo y mente, son solo dos aspectos de una misma unidad indisoluble: el ser humano. Distintos estudios y experiencias revelan que escuchar a nuestro cuerpo resulta fundamental para conocer y comprender nuestras necesidades, deseos, sentimientos o pensamientos. A la vez, contactar con el cuerpo –más allá de las dolencias puntuales o crónicas que podamos arrastrar– refuerza nuestro autoconocimiento, favorece la autoaceptación y mejora nuestros niveles de autoestima, seguridad y confianza. Dar espacio al cuerpo potencia, también, nuestras capacidades de atención y concentración y nos ayuda a reducir la ansiedad y el estrés que nos provocan los grandes o pequeños retos a los que nos enfrentamos cada día.

Afortunadamente, hoy en día disponemos de una amplia oferta de propuestas con las que contactar, prestar atención y cuidar de nuestro cuerpo y, de paso, dar un tiempo de descanso a nuestra aturullada mente. Algunos prefieren seguir programas de entrenamiento físico en el gimnasio o en casa o gustan de salir a correr por calles y parques, otros buscan vivir en armonía a través de la práctica del yoga, del taichí, del chi kung o del movimiento expresivo, hay quien prefiere acercarse al cuerpo de forma contemplativa mediante la meditación o el mindfulness o, simplemente, caminando de forma consciente, vigilando la alimentación o respetando los tiempos de descanso que el cuerpo necesita para recuperar sus niveles de energía… Cada uno ha de encontrar la opción que más le convenga atendiendo a su forma física y a las necesidades de cada momento vital.

No siempre es fácil encontrar esa opción, sobre todo cuando uno vive profundamente anclado en ese enfoque cartesiano en el que la mente domina todo relegando al cuerpo a un papel secundario, meramente instrumental. Yo, que viví durante años atrapado en esa preponderancia de lo mental y lo racional sobre lo corporal, superé esa visión dualista gracias al reiki, una terapia energética que, mediante la imposición de manos, permite contactar, activar y equilibrar los chakras (centros de energía del cuerpo humano) y sus áreas de influencia. Gracias al reiki empecé a ser consciente de los latidos, movimientos internos, pequeños espasmos y variaciones de temperatura que se producían en mi cuerpo, dándome cuenta de los desajustes y sincronías que habitaban dentro de mí, y así, poco a poco, fui conectando con la llamada sabiduría corporal. El reiki fue, en definitiva, el toque de atención que necesitaba para contactar con mi cuerpo.

Lamentablemente, en la actualidad circulan definiciones distorsionadas de reiki que desvirtúan el valor de esta técnica como herramienta de contacto, exploración, autoconocimiento y acceso a un estado de armonía y bienestar mediante el equilibrio y la integración de nuestras dimensiones física, emocional y mental. Por ello, el jueves 26 de marzo, a las 19:30 horas, acompañaré a Carmen Molina Cañabate, maestra de reiki, en la charla informativa “Reiki en el día a día: comprender el reiki y aplicarlo en la vida cotidiana”* que tendrá lugar en el Espacio Garibay de Madrid (C/ Garibay, 6, entre las estaciones de metro de Pacífico y Conde de Casal). La entrada es gratuita, pero se requiere inscripción previa en reikieneldiaadia@gmail.com. Si vives en Madrid o estás de visita en la capital ese día, te invito a acompañarnos para adentrarnos juntos en las aplicaciones prácticas del reiki.

[Evento suspendido debido a las restricciones derivadas de la declaración del estado de alarma por la expansión del coronavirus COVID19 en España.]


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AUTOPÍAS, HERRAMIENTAS DE COACHING

Un propósito, tres preguntas

Escribo estas líneas cuando los Reyes Magos de Oriente viajan, con su séquito, de regreso a sus regiones de origen. Con ellos se llevan al menos una quincena llena de encuentros, reencuentros, felicitaciones, regalos… Algunos de vosotros habréis sentido nostalgia al pensar en su partida: ¡se van justo ahora que habíamos empezado a imbuirnos del espíritu navideño! Otros, por el contrario, sentiréis un gran descanso por dejar atrás días de visitas, compras, comilonas o celebraciones. Para unos y para otros, se impone la rutina: hay que afrontar la cuesta de enero. Y es en esa cuesta donde nos toca implementar los propósitos que, con más o menos euforia (incluso embriaguez), nos planteamos para este nuevo año.

Para no despeñarnos cuesta abajo con nuestros propósitos, conviene someterlos a un proceso de filtrado que pasa por responder –nada más fácil y complicado a la vez– a tres preguntas. La primera de ellas es qué. Muchas veces, nuestro propósito no es más que una idea vaga y genérica que, así enunciada, no nos lleva a ninguna parte: preocuparme más por mi salud, estar en forma, organizar mejor mi tiempo o estudiar más son propósitos loables, pero… ¿qué iniciativas o comportamientos tienes que poner en práctica para lograrlos? ¿Tal vez quieras cambiar tu alimentación, hacer una tabla de ejercicios diaria, comprarte –y usar– una agenda, reservarte un tiempo mínimo de estudio al día…? Identifica qué quieres hacer y defínelo con la mayor concreción posible.

La siguiente pregunta con la que filtrar nuestro propósito es para qué. ¡Ojo!, no por qué, sino para qué. No nos interesa tanto conocer las reflexiones o las causas que se esconden detrás de tus propósitos como determinar cuál es la motivación que se esconde detrás de cada uno de ellos. ¿Qué te va aportar cambiar tu alimentación, hacer esa tabla de ejercicios, anotar tus tareas en una agenda, reservarte ese tiempo para el estudio…? Con la pregunta para qué buscamos encontrar sensaciones (bienestar, armonía, tranquilidad, seguridad…) que, a su vez, tendremos que confrontar con nuestro sistema de valores y con nuestras necesidades vitales: ningún propósito es eficaz sin un sentido propio que lo guíe y lo envuelva. Cuidado con imposiciones, modas y tendencias: quizá no vayan con nosotros.

El filtrado concluye con la pregunta cómo. ¿Cómo vas a hacer aquello que te has propuesto? ¿Cómo lo vas a encajar en tu día a día? ¿Qué tareas o actividades concretas requiere cada propósito? ¿Qué renuncias conlleva? Para ganar bienestar, ¿cómo va a ser la dieta que necesito para cuidar mi alimentación? ¿Qué tipo de alimentos voy a ingerir? ¿Con cuánta periodicidad? Para mantener mi armonía, ¿cómo va a ser esa tabla de ejercicios? ¿En el gimnasio o en casa? ¿CrossFit o yoga? Para estar más tranquilo, ¿cómo puedo usar la agenda de una forma eficaz? ¿Qué tipo de anotaciones he de hacer? Para sentirme seguro en los estudios, ¿cómo va a ser ese espacio mínimo que voy a dedicar cada día a esta parcela? ¿Y, dentro de ese espacio, cómo voy a distribuir el tiempo? Una vez definido el qué, el para qué y el cómo, será más fácil ponerse manos a la obra. Y así la cuesta de enero no parecerá tan empinada.


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¿Vida ordinaria o vida extraordinaria?

La vida es una sucesión de pequeños acontecimientos. Nos despertamos, nos aseamos, nos vestimos, desayunamos, afrontamos el habitual atasco o las aglomeraciones en el transporte público para llegar a nuestro lugar de trabajo, nos sumergimos (con más o menos ganas) en nuestras tareas cotidianas, hacemos una pausa para comer, seguimos trabajando, nos ocupamos de las responsabilidades que nos corresponden (los niños, la compra, la casa), intentamos disfrutar del mucho o poco tiempo libre que nos queda al final del día, cenamos, nos preparamos para el día siguiente… Y así sucesivamente.

Algunas de esas actividades requieren concentración. No obstante, la mayoría de ellas se han convertido en rutinas que desarrollamos de forma automática, como si fueran programas inconscientes que no necesitan de nuestra atención. Nos dejamos arrastrar por estos automatismos, los resolvemos con mayor o menor eficacia… Pero, ¿estamos presentes? ¿Somos conscientes de lo que hacemos? Probablemente no: la mente, ajena al momento presente, navega por situaciones pasadas o expectativas futuras que nos impiden conectar con lo que estamos haciendo y vivirlo de forma plena. Olvidamos que la atención es la única herramienta para transformar lo ordinario en extraordinario. Y solo allí, en la atención plena, podemos encontrarnos… y generar recuerdos auténticos.

¿Qué cosa quedará de mí, del tránsito terrenal?, se preguntaba Franco Battiato en una de sus canciones. Quizá Rabindranath Tagore anticipara la respuesta: Mientras hacemos camino (…) las cosas nos parecen simplemente útiles, demasiado inmediatas para el recuerdo. Cuando el viajero ya no las necesita y ha llegado a su destino es cuando empiezan a surgir de nuevo. Todas las ciudades, praderas, ríos y colinas que atravesó en la mañana de su vida desfilan por su mente cuando se relaja al anochecer. ¿Qué imágenes quieres tener tú al final del día? ¿De qué quieres ser consciente? Te invito a pensar en las impresiones que te gustaría grabar en cada una de las actividades que haces para, acabada la jornada, poder afirmar –como Tagore– miré con serenidad hacia atrás y quedé absorto con lo que vi.


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De lo urgente y lo importante

Últimamente estoy embarcado en muchas tareas. Por un lado, continúo implicado con la actualización semanal de mi blog (gracias por tu lectura atenta) y con la publicación diaria de contenidos para la reflexión en mis perfiles en redes sociales (recuerda que puedes seguirme en Facebook, Twitter e Instagram). ¡Incluso estoy desarrollando nuevos contenidos para este espacio web! A la vez, sigo atendiendo puntualmente las sesiones con mis clientes y he comenzado a recopilar información de cara a la preparación de próximos talleres. Por otro lado, estoy embarcado en la redacción de trabajos y memorias finales de las últimas formaciones que he cursado. Y, por si fuera poco, me he sumado a un grupo de trabajo, con gente de distintas edades y perfiles, en el que desarrollar mi compromiso social. A veces, todas estas actividades parecen concentrarse en un momento dado, tengo prisa por acabarlo todo… y me siento desbordado.

Seguro que, en algún momento, tú también has tenido esta sensación, ya sea con actividades que tú mismo has escogido o con obligaciones o responsabilidades que te imponen desde fuera. En estos casos, nos sentimos presionados, bien por las expectativas que han depositado en nosotros o bien por nuestra propia autoexigencia. Por ello, es conveniente aprender a organizar el trabajo y a priorizar tareas. ¿Cómo hacerlo? Primero, elaborando una lista de las tareas que tenemos asignadas o que de forma voluntaria nos hemos propuesto. Después, sometiendo esas tareas al escrutinio de la Matriz de Covey (también llamada Matriz de Eisenhower), una herramienta popularizada por Stephen Covey tras incluirla en su libro Los siete hábitos de las personas altamente efectivas.

Esta matriz se confecciona dibujando cuatro cuadrantes en los que distribuiremos las tareas en función de su urgencia (tareas urgentes y tareas no urgentes, eje horizontal) y de su importancia (tareas importantes y tareas no importantes, eje vertical). Las tareas urgentes son aquellas que requieren una atención inmediata. En palabras de Covey, son tareas que nos presionan, reclaman acción. Por su parte, la importancia está relacionada con los resultados. La distribución de tareas en la matriz nos ayudará a determinar qué tareas tenemos que hacer inmediatamente, qué tareas debemos planificar, qué tareas conviene delegar y qué tareas ignorar completamente.

En el primer cuadrante (arriba, a la izquierda) se recogen las tareas importantes e urgentes. Aquí se incluyen todas las actividades que consideramos de gran relevancia y que no pueden ser pospuestas por más tiempo (atender crisis, gestionar problemas apremiantes, concluir proyectos en fase de vencimiento). Debe tenerse en cuenta que la concentración de tareas en este cuadrante puede causarnos problemas de estrés, cansancio o fatiga. En el segundo cuadrante (arriba, a la derecha) se incluyen las tareas importantes pero no urgentes, es decir, aquellas acciones relevantes que, sin embargo, no requieren una respuesta inmediata, sino que deberán resolverse a medio o largo plazo. Son tareas que, por tanto, podremos planificar de acuerdo a los objetivos que nos hayamos fijado. Según Covey, este cuadrante es el corazón de la administración personal efectiva.

En el tercer cuadrante (abajo, a la izquierda) se sitúan las tareas no importantes pero urgentes. Se ubican aquí las tareas superfluas que se realizan por hábito o por azar (interrupciones, llamadas imprevistas, etc.) y que no aportan ningún valor a nuestros objetivos. Covey afirma que, en general, la urgencia de esas cuestiones se basa a menudo en las prioridades y expectativas de los otros. Finalmente, en el cuarto cuadrante (abajo, a la derecha) se colocan las tareas no importantes y no urgentes. Se trata de actividades que realizamos por inercia pese a no ser necesarias o apremiantes (por ejemplo, ceder ante distracciones o trivialidades).

¿Dónde has situado cada una de las tareas que tienes encomendadas o que te has propuesto en tu día a día? ¿Hay tal vez una concentración de tareas en el primer o en el tercer cuadrante? ¿Hay tareas que podrías delegar o, directamente, eliminar de tu lista de ocupaciones? ¿Qué puedes hacer para reforzar el segundo cuadrante de la matriz? Planificar tareas importantes pero no urgentes es la base de una gestión eficaz del tiempo. Te corresponde a ti elegir entre una gestión proactiva, enfocada en soluciones, en la que puedas mantener el control sobre tus tareas, y una gestión reactiva en la que acabas convertido en títere de multitud de problemas emergentes.


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On/off

En estas fechas, con los días centrales de la Semana Santa a la vuelta de la esquina, son muchas las personas que manifiestan su deseo de tener unas vacaciones para desconectar. El cansancio hace mella después de un duro trimestre de trabajo: necesitamos un respiro en nuestras tareas cotidianas para olvidarnos o, al menos, dejar en un segundo plano responsabilidades, obligaciones o compromisos diarios. No obstante, no creo que las vacaciones (y lo que conllevan en términos de descanso, ocio, actividades, viajes o reencuentros) sean realmente una desconexión, sino más bien una oportunidad para una auténtica conexión con nosotros mismos. Porque… ¿estamos realmente conectados en nuestra vida de automatismos rutinarios?

Las vacaciones, efectivamente, son un momento propicio para favorecer y desarrollar la conexión con uno mismo. Generalmente, en este tiempo estamos más atentos a nuestras necesidades y, al tener tiempo libre, podemos dar espacio a actividades o prácticas que por falta de tiempo, cansancio o apatía no solemos hacer en nuestra vida cotidiana. De alguna manera, podemos permitirnos ser más libres a la hora de identificar en qué queremos invertir nuestra energía. Además, nuestra conciencia se expande al experimentar nuevos planes, visitar otros lugares o tomar contacto con el paisaje que nos rodea. Estoy seguro de que alguna vez has comprobado que el cansancio provocado por las actividades que te gustan –ese cansancio que te hace sentir vivo– no tiene nada ver con el cansancio plomizo y agarrotado de tus obligaciones diarias.

Pero, además de aprovechar las vacaciones como banco de pruebas de nuevos hábitos, intereses y experiencias, hay otras fórmulas para vivir conectados durante todo el año sin necesidad de esperar a días de asueto o puentes festivos. La principal, a mi juicio, consiste en vivir enfocado en el presente, en lo que está ocurriendo aquí y ahora: conectarse con el presente es conectarse con uno mismo. Por tanto, te animo a activar, por ti mismo, el botón on/off con el que vienes equipado para observar tu respiración, tu estructura corporal, tus sensaciones, tus emociones, tus pensamientos… ¿Qué está pasando? ¿Qué información obtienes sobre ti? Una vez vayas descubriendo las respuestas, acepta lo que hay: la aceptación de la realidad en la que vivimos es el primer paso para incluirla en nuestra vida o, en su caso, para transformar aquellos elementos que amenazan nuestro equilibrio.

Las fechas que marcan el devenir de nuestra cotidianidad (jornada laboral, período lectivo, vacaciones), aunque puedan ayudarnos, no determinan por sí mismas que uno esté conectado o desconectado de sí mismo: cada uno de nosotros tiene el poder de conectarse. Si optamos por vivir desconectados, nuestra existencia consistirá en dejarse arrastrar por los requerimientos de otros (modas, presiones, imposiciones, obligaciones…). Por el contrario, vivir conectados nos permitirá identificar nuestro propósito vital –aquello que da un auténtico sentido a nuestra vida– y desarrollar todo nuestro potencial para alcanzarlo. El interruptor on/off está al alcance de tu mano. ¿A qué esperas para accionarlo?


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El tiempo que se escapa

Este fin de semana se ha producido, un año más, el cambio oficial de hora. La medida, que se aplica en España –al igual que en otros países– desde hace décadas, tiene como objetivo ahorrar energía, fundamentalmente la que se emplea para iluminación. No obstante, este criterio parece estar en discusión y, de hecho, se han publicado datos contradictorios al respecto. Por otro lado, son muchas las voces –aunque tampoco hay estudios concluyentes– que alertan de las alteraciones que el cambio horario puede suponer para la salud: trastornos del sueño, mayor cansancio y fatiga, cambios de humor, problemas de concentración… El debate está abierto. Pero, al margen de la hora adelantada (en marzo) o retrasada (en octubre), quizá sea bueno reflexionar sobre el uso que damos a nuestro tiempo.

Es probable que, inmersos en la rutina, no tengamos una idea clara (o peor aún, tengamos una idea equivocada) sobre la forma en la que distribuimos las 24 horas del día. Unos más, unos menos, todos tenemos horarios hechos de obligaciones y compromisos. Pero… ¿cuánto tiempo dedicamos a aquello que nos gusta y satisface? ¿Por dónde se escapa el tiempo que nos falta para hacer otras actividades o invertir en nuestro mejor descanso? Te propongo llevar un registro, durante una semana, del tiempo que dedicas a cada una de las acciones que vas completando en tu día a día (aseo, desayuno, desplazamiento al trabajo, horas de trabajo, comida, horas de clase, actividades complementarias, tiempo de ocio, ejercicio físico, cena, horas de sueño…).

Una vez que hayas completado el registro, dibuja en un papel el horario de un día-tipo. Puedes usar colores para diferenciar actividades (sueño, alimentación, trabajo, ocio) y obtener así una mejor representación gráfica de la distribución de tu tiempo. A continuación, coge un papel en blanco para dibujar el horario que realmente te gustaría tener. Comienza visualizando cómo te gustaría distribuir la jornada, qué actividades querrías hacer, cuánto tiempo dedicarías a cada una de ellas… Advierte, también, las sensaciones que se están produciendo en tu cuerpo al visualizar este horario. Con todo ello, y con distintos colores, confecciona tu horario ideal.

Ahora, compara el horario real con el horario ideal. ¿Hay muchas diferencias entre ambos? Si no las hay, todo parece indicar que estás haciendo el uso del tiempo que realmente quieres. Si las hay, te invito a pensar en alternativas que te permitan ir aproximando el horario real al horario ideal. Evidentemente, hay horarios que no se pueden cambiar de la noche a la mañana (el horario de trabajo, el horario escolar…). No obstante, es posible encontrar fórmulas que, inspiradas en nuestro horario ideal, puedan hacer más práctico nuestro horario real. ¿Qué cosas de las que te gustaría hacer podrías ir introduciendo, en pequeñas píldoras, en tu rutina? Quizá puedas dar una utilidad a los atascos cotidianos, a la larga pausa para la comida que dejan las jornadas partidas o a esos minutos vacíos, al final de la tarde, que ahora se te escapan sin hacer nada.

Te invito a corregir, también, las disfuncionalidades que pueda haber ahora mismo en tu horario real: quizá no estés aprovechando las mejores horas para las actividades que realizas. Busca el momento de mayor concentración para afrontar las actividades que requieren un mayor nivel de atención, distribuye las tareas –en la medida de lo posible– para diversificar la jornada, agrupa las tareas que pueden acometerse de una vez… Y, sobre todo, mantente alerta frente a las distracciones recurrentes (por ejemplo, el teléfono móvil). Este domingo, el cambio oficial nos ha robado una hora. Pero… ¿cuánto tiempo perdemos cada día?


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