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La desescalada interior

Bienvenido a la nueva normalidad. El estado de alarma declarado en España para hacer frente a la pandemia por enfermedad de coronavirus ha llegado a su fin y, aunque aún siguen vigentes restricciones y medidas de seguridad de obligado cumplimiento, el día a día va recuperando su pulso habitual. La desescalada continúa y, aunque la pendiente –según parece– se ha suavizado, el contexto en el que nos encontramos plantea toda una serie de desafíos.

En lo inmediato, hay que hacer frente a la desconfianza que suscita la recuperación de determinadas actividades, sobre todo aquellas en las que puedan producirse concentraciones de personas. Está también el problema de la conciliación de la vida laboral y familiar, con los niños ya de vacaciones, si las empresas van reduciendo paulatinamente el teletrabajo. A esto hay que sumar la preocupación por disfrutar de unas vacaciones de verano seguras, la inquietud por el horizonte que se pueda dibujar en el otoño, el temor a un nuevo confinamiento…

Así pues, la mente bulle, y no hay nada malo en ello: somos seres racionales. No obstante, puede que esa actividad mental nos lleve a engancharnos en una serie de pensamientos que, como un laberinto o un callejón sin salida, nos dejan atrapados en una reiteración de dudas y patrones que, finalmente, acaba por suscitarnos sensaciones de pesimismo, desgaste y agotamiento. Puede que, tal vez, no hayamos completado bien el proceso de desescalada: nos falta la desescalada interior.

Pero… ¿qué es la desescalada interior? Se podría definir como el proceso por el que tratamos de desvincularnos de los pensamientos que genera nuestra mente para bajar al cuerpo. Habitualmente pensamos que todas las respuestas están en nuestra mente, pero esto no es así: hay toda una sabiduría corporal que emana de las sensaciones, percepciones y movimientos internos que se producen a lo largo y ancho de nuestro organismo, de la cabeza a los pies.

Te animo, por tanto, a acceder a esa sabiduría corporal contactando con tu respiración, tomando conciencia de ella y haciéndola cada vez más profunda. Agudiza tus sentidos y afina tu radar interno para identificar cada una de las sensaciones que te llegan del exterior y que emanan de tu interior. ¿Qué ves? ¿Qué escuchas? ¿Qué hueles? ¿Qué saboreas? ¿Qué tocas? ¿Qué sensaciones recibe tu piel? ¿Y qué sientes en tu interior? Sí, puede que la mascarilla te moleste, pero no te distraigas: deja que tu atención se concentre en todos esos estímulos, recréate en ellos.

Los pensamientos (sobre todo aquellos en los que nos gusta tanto enredarnos) intentarán acaparar el protagonismo de nuestra atención. Es inevitable: es muy difícil acallar la mente. Por eso, lo mejor es ser conscientes de que están ahí y, cuando surgen, darles espacio únicamente desde la observación, sin engancharnos en ellos, para retomar enseguida el contacto con nuestra sabiduría corporal. Solo así estaremos anclados en el aquí y el ahora de nuestra existencia. Al fin y al cabo, sea cual sea la situación en la que nos encontremos, el presente es lo único que tenemos.


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AUTOPÍAS, CONCEPTOS, LECTURAS

Imponerse o fluir

Es difícil ponerse retos. A veces, el entusiasmo o el interés por conseguir algo nos hace autoengañarnos y pensar que somos más fuertes de lo que realmente somos. Olvidamos nuestras rutinas y nos convencemos de que podemos dedicar todo nuestro tiempo libre a lograr aquello que anhelamos sin tener en cuenta el desgaste que nos supone –y arrastramos– de nuestras tareas cotidianas. Por ejemplo, si ese reto está relacionado con ampliar nuestros estudios a la vez que trabajamos, no podemos obviar que nuestra capacidad de concentración variará a lo largo del día y, por tanto, el tiempo no nos cundirá como habíamos previsto. Si el reto persigue mejorar nuestra forma física, quizá el horario que tenemos disponible no sea el adecuado. Los retos demasiado complicados conducen al agotamiento.

Otras veces, por el contrario, nos ponemos retos demasiado fáciles o sencillos. Es decir, planificamos metas que sabemos que podemos alcanzar o cumplir con creces porque no nos van a suponer apenas esfuerzo. ¡Apenas nos vamos a enterar de que los estamos haciendo! Estos retos están bien para introducir cambios sutiles y experimentar sus efectos en nuestras rutinas cotidianas. No obstante, son retos que tienden a caer, demasiado pronto, en abandono: el hecho de que no tengamos que esforzarnos hace decaer nuestra motivación (siempre conviene introducir un plus de exigencia controlada en todo reto a emprender). Y la falta de motivación conduce al desinterés.

Si queremos evitar el agotamiento o el desinterés, conviene afrontar los retos desde un estado de flujo. Este concepto, acuñado por el psicólogo Mihaly Csikszentmihalyi, se define como un estado subjetivo que las personas experimentan cuando están completamente involucradas en algo hasta el extremo de olvidarse del tiempo, la fatiga y de todo lo demás, excepto la actividad en sí misma. En este estado de fluidez, los individuos enfocan su energía, implicándose totalmente con la tarea que están desempeñando, y alcanzan un alto nivel de satisfacción. Se produce, por tanto, una sensación de completa absorción en lo que estamos llevando a cabo (perdemos la noción del tiempo, entramos en un estado de conciencia casi automático).

Para llegar a este estado de flujo se requieren una serie de condiciones previas. En primer lugar, debemos centrarnos en una actividad de nuestra elección que estimule nuestra motivación o curiosidad. Además, esta actividad debe incluir objetivos específicos y realizables (los llamados “objetivos inteligentes” ya definidos en entradas anteriores) acordes con nuestras capacidades y habilidades. Por otro lado, conviene identificar los momentos del día en los que será más fácil mantener la atención en dicha actividad, sin distracciones: busca un entorno adecuado para ello. Finalmente, se aconseja centrarse más en el proceso, disfrutando de la actividad que estamos realizando, que en los resultados que podamos obtener.

Según Csikszentmihalyi, el estado de flujo –en definitiva, dejarse fluir– es la clave de la felicidad. ¿Cómo te sentiste con tus retos anteriores? ¿Alcanzaste este estado de flujo? Recuerda cuál era tu grado de motivación. ¿Prevalecía el disfrute o la obligación? Revisa si se daban las circunstancias adecuadas (en cuanto a espacio de trabajo y nivel de concentración) para alcanzar el máximo nivel de fluidez. ¿Qué puedes cambiar para la próxima vez? Verifica si tus objetivos eran inteligentes y si se adecuaban a tus conocimientos y aptitudes. ¿Crees que tus objetivos estaban bien formulados? ¿Tal vez necesites objetivos más concretos? Si quieres descubrirlo, solo déjate fluir.


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