AUTOPÍAS, REFLEXIONES

Dar la campanada

Se acerca, una vez más, ese momento mágico del cambio de año que muchos seguirán, como marca la tradición, desde el viejo reloj de la Puerta del Sol de Madrid. Las ilusiones, la esperanza, las expectativas, los recuerdos y los propósitos que hemos ido rememorando y fraguando estos días estarán ahí, ya sea de forma consciente o inconsciente, cuando, a falta de pocos segundos para que acabe el año, la bola situada en la parte superior de la torre en la que se ubica el reloj llame nuestra atención mientras baja con su característico sonido de carrillón. Después, mientras alargamos el brazo para coger el recipiente en el que tenemos preparadas las uvas de la suerte, escucharemos los cuatro cuartos. Y, finalmente, sonarán –y nos resonarán– las doce campanadas. Pero, ¿de qué está hecha esa resonancia?

Unas campanadas resonarán, quizá, a las nuevas oportunidades que se presentan. Oportunidades en forma de nuevos proyectos, ya sean deseos o realidades incipientes, a los que habrá que dar forma, ideando y trabajando, en las próximas semanas y meses. Oportunidades, también, para hacer las cosas de otra manera, viendo lo que no ha funcionado este año y poniendo en práctica lo poco o mucho que hayamos aprendido en los últimos 365 días. Otras campanadas, a su vez, nos servirán para dar por concluidos los retos a los que nos enfrentamos y superamos en el año que ahora termina. O, al menos, para dejar atrás aquellos proyectos que, por alguna u otra razón, hayan resultado fallidos.

Habrá también, entre las doce campanadas, alguna que resuene a cambio. A los cambios, más o menos sutiles, que hemos experimentado nosotros mismos, sea cual sea el nivel de esfuerzo que nos hayan supuesto. A los cambios que han enriquecido, e incluso transformado, la vida de quienes nos rodean. Y a los cambios sobrevenidos, incluso inesperados, que han golpeado a los que tenemos cerca: cambios que –ojalá– nos hayan dejado ver su espíritu de superación y su capacidad de resiliencia. Y quizá, en contraposición, haya también campanadas que nos muevan contra lo estático, contra lo que nos oprime, contra lo que nos retiene, contra todo aquello que nos impide desarrollar al máximo nuestro potencial. Esas asignaturas pendientes que, tal vez, podamos aprobar, por fin, en el nuevo año.

Y, por supuesto, habrá campanadas con nombres y apellidos. Campanadas que nos recuerden a los seres queridos que murieron; a las personas con las que el trato se ha distanciado o diluido con el paso del tiempo; incluso a aquellas otras personas a las que tuvimos que poner límites porque nos resultaban tóxicas o dañinas. Y también campanadas que suenan vibrantes como la algarabía de los niños que crecen a nuestro alrededor, como la melodía conocida de aquellos en quienes nos apoyamos o como las notas improvisadas de las nuevas relaciones que se han ido forjando o consolidando a lo largo del año. Y, cómo no, campanadas que nos conectan con aquellas pequeñas cosas en las que encontramos disfrute y bienestar.

Todas esas campanadas configuran eso que llamamos vida: ilusión, experiencia, aprendizaje, éxito, fracaso, oportunidades, desafíos, frustración, cambio, pellizcos de suerte, circunstancias adversas, esfuerzo, trabajo, ocio, descanso, miedos, dudas, inseguridades, incertidumbre, curiosidad, recelos, duelos, rupturas, compañerismo, amistad, amor… En el nuevo año, al igual que en los anteriores, viviremos un poco más de todo esto. Por eso, no sé si resulta útil pedir que 2020 nos traiga algo concreto. Si acaso, que nos ayude a encontrar un poco más de predisposición para dejarnos fluir en ese maravilloso viaje que es la vida. Solo así podremos, realmente, dar la campanada. ¡Feliz 2020!


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AUTOPÍAS, REFLEXIONES

Como de año en año

Y así, casi sin darnos cuenta, hemos llegado al 31 de diciembre, uno de los días más simbólicos del año. Si, como yo, eres de los que aún usas calendarios o agendas en papel, encontrarás páginas ajadas o arrugadas, tal vez con alguna esquina doblada. Si te fijas, la cubierta –como también el año que ahora acaba– tendrá algunas rozaduras y las hojas, de un blanco deslumbrante hace 365 días, se habrán vuelto grisáceas. Si te animas a revisar algunas de las anotaciones iniciales de la agenda puede que te asombre, como a mí, descubrir que ya ha pasado un año desde que las escribiste. El tiempo parece pasar deprisa, pero los meses, las semanas y los días, así como las estaciones climáticas (en teoría, al menos), se han sucedido de la forma habitual.

Las agendas y los calendarios desgastados desembocan en una Nochevieja que aquí en España celebraremos, como de año en año, tomando las llamadas uvas de la suerte al son de las campanadas –o de los cuartos, que hay quien se sigue confundiendo– del centenario reloj de la Real Casa de Correos de la Puerta del Sol de Madrid. Las uvas son una apelación a la prosperidad para los doce meses del nuevo año. Por su parte, la Puerta del Sol, escenario de manifestaciones, proclamaciones y revoluciones diversas y objeto de discutidas reformas urbanísticas, es para mí un paradigma de cambio, el lugar donde todo comienza y continúa. Allí se encuentra el kilómetro cero de la red radial de carreteras de España. Al margen de connotaciones centralistas, ¡qué mejor lugar que aquel que te permite dirigirte a donde quieras!

Dado que la Puerta del Sol tiene un aforo limitado, lo más habitual es celebrar la Nochevieja en casa, bien en la propia o visitando a familiares y amigos, siguiendo las campanadas por televisión o, en su defecto, por radio o Internet. No obstante, no faltan quienes se buscan sus propios planes simbólicos para despedir el año: cenas en restaurantes, funciones especiales de teatro, viajes organizados… Habrá quien, de forma voluntaria o por imposición contractual, reciba el nuevo año trabajando. Unos sustituirán las uvas por gominolas, gajos de mandarina o ciruelas pasas, otros se olvidarán de las campanadas y escenificarán la llegada de 2019 con una cuenta atrás en los 10 últimos segundos del año que acaba. Quizá ninguno de ellos, siguiendo otra tradición, se olvide de ponerse ropa interior roja para atraer la felicidad y el amor.

En algunos hogares, la simbología de la Nochevieja se completa con la invocación a la “Magia de los Deseos”. Esta práctica consiste en anotar o dibujar nuestros deseos para el nuevo año (un papel para cada deseo, quizá hojas sueltas de la agenda que acabamos de completar) para después quemarlos con una vela roja (en estas fechas, no podría ser de otro color). Según los entendidos, la “Magia de los Deseos” solo funciona cuando pedimos cosas que realmente necesitamos y cuando las describimos con la mayor concreción posible. El fuego, representado por la vela, actuaría como elemento purificador. El controvertido Alejandro Jodorowsky, autor de Psicomagia, recuerda que alinearnos con nuestros deseos no es más que poner de acuerdo las cuatro energías –intelectual, emocional, sexual y corporal– para que persigan la misma meta en el camino.

El ambiente propio de la Nochevieja, y los símbolos que la acompañan, pueden ayudarnos a identificar y focalizar nuestros deseos para 2019. Sin embargo, es probable que, al comenzar el nuevo año, nuestros propósitos queden relegados a un segundo plano. Primero nos justificaremos en la resaca de la fiesta posterior a las campanadas, después alegaremos sentirnos atrapados en la misma rutina que intentamos dejar atrás. Por eso, conviene recordar que cada año tiene 365 días, que cada uno de ellos es una nueva oportunidad y que, si necesitamos símbolos que nos estimulen, podemos aprovechar otras fechas emblemáticas de celebración colectiva o, mejor aún, los podemos crear y hacer girar alrededor de nosotros mismos (a partir de un cumpleaños, un viaje, un cambio laboral…). No esperes que 2019 te traiga lo que deseas. ¡Ve tú a por ello! Feliz año nuevo.


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AUTOPÍAS, METÁFORAS

Reflexión: el efecto de reflejarse

Según la mitología, Narciso era un joven hermoso y apuesto que acabó sus días atrapado en la contemplación absorta de su imagen reflejada en el agua. Embelesado con su apariencia, enamorado de sí mismo, obviaba e incluso despreciaba a las doncellas que se acercaban a él atraídas por su belleza. Unos dicen que murió ahogado al acercarse más y más a las aguas que le servían de espejo. Otros dicen que murió de sed, incapaz de beber ante el temor a que la alteración de la quietud del agua hiciera desvanecer su imagen. Tal vez Narciso fuera incapaz de amar a otros, tal vez fuera preso de una maldición.

En el cuento de Blancanieves, la malvada reina-madrastra utilizaba su espejo mágico como buscador y comparador de belleza, pureza y hermosura. Cuando el espejo no devolvía su propia imagen, la madrastra no dudaba en manipular el entorno con el fin de mantener su sórdido reinado de vanidad. Así ocurrió cuando el espejo comenzó a destacar la belleza de Blancanieves: la plenitud física de la joven causó en la madrastra, cada vez más envejecida, sentimientos de inseguridad sobre su propia imagen que la llevaron a encargar, primero, la muerte de su hijastra y a asesinarla después, al no haber sido atendido su requerimiento inicial, con una manzana envenenada.

Alicia, tras visitar El País de las Maravillas, probó a adentrarse A través del espejo. Sus pensamientos la llevaron a preguntarse qué se escondería tras el espejo que había en la vieja casa y, aventurándose, cruzó a través de él. Al hacerlo, se convierte en protagonista de una partida de ajedrez en la que cada movimiento es un descubrimiento, una aventura o un desafío. Detrás del espejo se esconde lo inconsciente, lo onírico, lo que la realidad se esfuerza en ocultar. Un espacio de imaginación desbordada que personajes como Alicia se permitieron explorar.

Existen otros personajes anónimos que no solo no se atreven a traspasar el espejo, sino que ni siquiera son capaces de enfrentarse a su propio reflejo. Son aquellos que escapan de cualquier superficie en la que su imagen pueda verse reflejada, aquellos que se resisten a que su imagen quede fotografiada o grabada para el recuerdo. Otras personas, descontentas con su reflejo, no dudan en romper el espejo desafiando la superstición que augura siete años de mala suerte. Y están también aquellos que se encuentran con su reflejo y pasan de largo, sin detenerse, porque no se reconocen.

¿En qué espejo te miras tú? ¿En qué pueden inspirarte los personajes aquí citados? Quizá necesites seducirte a ti mismo, emulando a Narciso, para sentirte bien con la imagen que te devuelve el reflejo. Tal vez, en contra de lo que hizo la madrastra de Blancanieves, debas trabajar la aceptación para vivir tranquilo y en calma en un mundo cada vez más competitivo y comparativo. Puede que, como Alicia, tengas que cruzar al otro lado del espejo para comprobar que somos mucho más que una imagen reflejada. En cualquier caso, vigila siempre qué superficie utilizas para buscar tu reflejo. Recuerda que, como ocurría en el Callejón del Gato de Madrid, citado en la obra Luces de Bohemia, hay espejos cóncavos y convexos que distorsionan la realidad.


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