AUTOPÍAS, METÁFORAS, REFLEXIONES

Disposición al equilibrio

Zen

Pese a sus evidentes beneficios, no siempre es fácil conectar con las técnicas de meditación y relajación que distintas corrientes y enfoques, a lo largo de la historia, han puesto a nuestro alcance. Lo fundamental para que cualquiera de estas técnicas arraigue en nosotros es crear un hábito que nos permita integrarlas poco a poco –día a día– en nuestra vida cotidiana. Pero no es nada fácil crear este hábito: con frecuencia, nos distraemos, nos salimos de la práctica… e incluso acabamos más frustrados e inquietos de lo que estábamos antes de iniciar el ejercicio de meditación o relajación que hayamos elegido.

También puede ocurrir que, estando ya iniciados en este tipo de prácticas, nos veamos afectados o golpeados por situaciones sobrevenidas que, de pronto, parecen llevarnos de nuevo a la casilla de salida, como si nunca antes hubiéramos tratado de meditar o relajarnos con las técnicas que considerábamos integradas. Algo nos deja noqueados y, de repente, se desvanece –o, al menos, así lo sentimos– lo aprendido.

Parece, pues, que el equilibrio al que aspiramos es precario, y se rompe a la mínima.

En un alarde de poca originalidad, ilustro estas líneas con la fotografía de unas piedras apiladas, un símbolo de la filosofía Zen que transmite la idea de equilibrio y armonía. Y, mirando esta imagen, me pregunto: ¿no estaremos poniendo nuestra atención en el resultado final de nuestros intentos de meditación y relajación en vez de fijarnos en el proceso de construcción de ese equilibrio? Apilar piedras, al fin y al cabo, es un arte: hay que escoger las piedras adecuadas y disponerlas en el orden apropiado (respetando las leyes de la física).

¿Hacemos eso en nuestra vida?

Hoy te invito a detenerte en cada una de las piedras que configuran tu existencia: la piedra de tu identidad, la piedra de tus relaciones afectivas, la piedra de tu trabajo o de tus proyectos profesionales, la piedra de tus momentos de ocio, la piedra de tus valores… ¿Cómo son esas piedras? Tal vez sea bueno, antes de jugar a los equilibrios, conocer las características de cada una de estas piedras, identificando su forma y tamaño, reconociendo sus aristas e imperfecciones, apreciando la rugosidad o suavidad de sus cantos… y, en su momento, buscando las formas de encajar unas con otras.

Observar cada piedra por separado es ya en sí mismo un ejercicio de meditación y relajación que, sin prisa pero sin pausa, nos llevará al deseado equilibrio.


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AUTOPÍAS, ENEAGRAMA, HERRAMIENTAS DE COACHING

Múltiples personalidades

Un anti-test de personalidad

Personalidades

Lo confieso: yo soy de aquellos que, de vez en cuando, cae en la tentación de hacer alguno de esos test de personalidad que se incluyen en revistas o que se pueden encontrar en páginas web. Estos test, como cualquier otro material que pueda caer en nuestras manos, pueden darnos pistas para reflexionar y, de alguna manera, intentar suavizar nuestras aristas. No obstante, es frecuente que acabemos utilizando estos test para justificarnos en determinados comportamientos y actitudes sin hacer ningún propósito de cambio.

Para evitar caer en esa autojustificación, hoy te propongo un ejercicio en el que lo importante no es tanto ver en qué tipo de personalidad encajas, sino identificar qué se mueve en ti respecto a esos otros grupos de personalidad que crees que no van contigo, que te resultan indiferentes o de los que directamente reniegas. El ejercicio se basa –generalizando– en las nueve personalidades –eneatipos– que describe el Eneagrama, una herramienta de autoconocimiento de la que ya hablé en la entrada La cuadratura del círculo.

¿Comenzamos? Encontrarás, para cada eneatipo, tres preguntas.

[1] El Reformador. A grandes rasgos, el eneatipo 1 define a personas perfeccionistas, idealistas, ordenadas, metódicas, puntuales, pulcras y detallistas… que, en un momento dado, pueden ser incluso demasiado rígidos, críticos e intransigentes tanto consigo mismo como con los demás. Sintonizan con aquellos que demuestran claridad, sinceridad y excelencia y recelan de aquellos que manifiestan comportamientos cambiantes o transgreden las normas.

  • ¿Qué tienes en común con el eneatipo 1?
  • ¿Qué te distingue de él?
  • ¿Qué te pasa a ti –a nivel emocional y corporal– cuando te encuentras comportamientos que coinciden con las características del eneatipo 1?

[2] El ayudador. El eneatipo 2, en líneas generales, engloba a personas atentas y dedicadas que ponen todo su empeño en agradar a los demás, satisfaciendo todas sus necesidades (reales o imaginadas)… y olvidándose de las suyas propias. A veces, pueden mostrarse demasiado solícitas o intrusivas. Buscan calidez y cercanía en sus relaciones; les desagrada la frialdad o la falta de disponibilidad de los demás.

  • ¿Qué tienes en común con el eneatipo 2?
  • ¿Qué te distingue de él?
  • ¿Qué te pasa a ti –a nivel emocional y corporal– cuando te encuentras comportamientos que coinciden con las características del eneatipo 2?

[3] El triunfador. El eneatipo 3, siguiendo con las definiciones a vuelapluma, se refiere a personas prácticas, eficientes y competitivas preocupadas por alcanzar éxitos y logros con los que mantener una determinada posición o estatus. Un exceso de competitividad las lleva, en ocasiones, a mostrarse frías y camaleónicas. Reniegan de aquellos que manifiestan comportamientos victimistas y, especialmente, de aquellos que muestran indiferencia hacia sus logros.

  • ¿Qué tienes en común con el eneatipo 3?
  • ¿Qué te distingue de él?
  • ¿Qué te pasa a ti –a nivel emocional y corporal– cuando te encuentras comportamientos que coinciden con las características del eneatipo 3?

[4] El individualista. El eneatipo 4 define a personas muy interiorizadoras que se caracterizan por su hipersensibilidad, timidez, introversión y ensimismamiento. Son muy creativas, pero también muy temperamentales. Suelen sentirse diferentes a los demás y esto deriva, en ocasiones, en sentimientos de autocompasión y autoindulgencia. Admiran la sensibilidad y la delicadeza y detestan la superficialidad.

  • ¿Qué tienes en común con el eneatipo 4?
  • ¿Qué te distingue de él?
  • ¿Qué te pasa a ti –a nivel emocional y corporal– cuando te encuentras comportamientos que coinciden con las características del eneatipo 4?

[5] El investigador. Siguiendo con las definiciones de trazo grueso, el eneatipo 5 incluye a personas analíticas e intelectuales, con gran capacidad de observación e interés por cuestiones complejas y/o abstractas. Su pasión por el análisis les hace estar, en ocasiones, más preocupados por sus interpretaciones que por la realidad misma. Se sienten estimulados por la innovación y la curiosidad. Por el contrario, les desagrada la presión y las reacciones emocionales.

  • ¿Qué tienes en común con el eneatipo 5?
  • ¿Qué te distingue de él?
  • ¿Qué te pasa a ti –a nivel emocional y corporal– cuando te encuentras comportamientos que coinciden con las características del eneatipo 5?

[6] El leal. El eneatipo 6 engloba a las personas preocupadas por encontrar ámbitos de seguridad y estabilidad donde puedan manifestar y encontrar fiabilidad, lealtad, apoyo, protección y compromiso. A la vez, son personas ambivalentes, en la medida en que no acaban de confiar del todo en las intenciones de los demás. Detestan la ambigüedad y la arrogancia.

  • ¿Qué tienes en común con el eneatipo 6?
  • ¿Qué te distingue de él?
  • ¿Qué te pasa a ti –a nivel emocional y corporal– cuando te encuentras comportamientos que coinciden con las características del eneatipo 6?

[7] El entusiasta. El eneatipo 7 se refiere a personas que necesitan estar permanente estimuladas para escapar de la rutina y del aburrimiento. Se caracterizan por su optimismo, su espontaneidad y su capacidad de despreocupación. Su hiperactividad conduce, a veces, a un estado de insatisfacción que, a su vez, promueve la búsqueda de nuevos estímulos. Recelan del pesimismo y de la falta de flexibilidad de los demás.

  • ¿Qué tienes en común con el eneatipo 7?
  • ¿Qué te distingue de él?
  • ¿Qué te pasa a ti –a nivel emocional y corporal– cuando te encuentras comportamientos que coinciden con las características del eneatipo 7?

[8] El desafiador. La principal preocupación de las personas incluidas en este eneatipo, según una definición genérica, es ser autosuficientes e independientes. Son personas emprendedoras que buscan nuevos retos con los que poner a prueba su capacidad de seguridad, fortaleza, franqueza y superación personal. En ocasiones pueden manifestarse orgullosos, egocéntricos e incluso agresivos. Detestan la intimidación y el victimismo.

  • ¿Qué tienes en común con el eneatipo 8?
  • ¿Qué te distingue de él?
  • ¿Qué te pasa a ti –a nivel emocional y corporal– cuando te encuentras comportamientos que coinciden con las características del eneatipo 8?

[9] El pacificador. El eneatipo 9, en líneas generales, engloba a personas conciliadoras y complacientes que tienden a fusionarse con las necesidades del otro sin poder reconocer y satisfacer las suyas propias. Temen los conflictos, y por eso se adaptan en exceso a las condiciones que imponen los demás. Huyen, por tanto, de cualquier situación que suponga confrontación o turbulencia.

  • ¿Qué tienes en común con el eneatipo 9?
  • ¿Qué te distingue de él?
  • ¿Qué te pasa a ti –a nivel emocional y corporal– cuando te encuentras comportamientos que coinciden con las características del eneatipo 9?

Hasta aquí el ejercicio. Seguro que has encontrado, en cada eneatipo, cualidades o adjetivos con los que te identificas. Habrá también, sin duda, características que te dejan indiferente. Y, por supuesto, habrá rasgos que te rechinan o te molestan. Es ahí, a mi juicio, donde debes enfocar tu reflexión. El aprendizaje personal consiste, muchas veces, en enfrentarnos a aquello que nos incomoda.


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AUTOPÍAS, CONCEPTOS, GESTALT, METÁFORAS

Luces en la noche

Aquella noche, se sintió desorientado. ¡Qué raro! Conocía bien aquel lugar, lo había recorrido muchas veces. Se sabía prácticamente de memoria el escarpado desfiladero por el que caminaba, e incluso podía adentrarse con los ojos cerrados en el espeso bosque que lo circundaba. Ese desfiladero y ese bosque habían sido, hasta ahora, lugares en los que escapar de la realidad, evitar situaciones aparentemente incómodas y, en definitiva, huir de uno mismo.

Aquella noche, sin embargo, esos espacios ya no servían como refugio. Los estrechos senderos del bosque se habían llenado de maleza que enredaba a nuestro personaje en remordimientos y culpas. Las aristas del desfiladero, por su parte, lo atrapaban en su huida. En vez de escapar, se sentía cada vez más encerrado y oprimido. Se había convertido, de repente, en víctima de su propio victimismo. Desde ahí, la realidad de la que intentaba evadirse no parecía tan hostil o amenazante.

Pero… ¿cómo volver a la realidad después de hacer tantos esfuerzos para evitarla?

Apenas sin darse cuenta, una primera luz se había encendido en su interior: la luz del aquí y el ahora, del presente. Descubrió que se estaba perdiendo un momento único e irrepetible al dejar que su existencia dependiera de los sombríos parajes que imaginaba para el futuro y de los fantasmas del pasado de los que trataba de escapar. Y probó a acentuar la conexión con el presente con la respiración, sin duda la mejor herramienta para anclarse en cada instante.

Reconfortado por su propia respiración, atisbó una segunda luz: la luz del darse cuenta, de la toma de conciencia. En el flujo inhalación-exhalación, se permitió un espacio para, poco a poco, identificar sus sensaciones y emociones. Allí estaban el miedo y la ira, los motores de su carrera cada vez más rápida por el desfiladero. Allí estaban, también, la tristeza y el dolor, compañeros inseparables en el viaje al centro más profundo del bosque. Y allí estaban, inevitablemente, la alegría y la gratitud que supone vivir la experiencia de uno mismo, sean cuales sean las circunstancias.

Los pensamientos, por supuesto, pugnaban por tomar el control. Pero no era momento de pensar, era momento de sentir.

Y, en ese sentir, apareció la tercera luz: la luz de la responsabilidad. Tenía, a su alcance, dos opciones: huir de nuevo, vagando una vez más por automatismos y circunloquios, aun sabiendo de antemano que esta alternativa no va a servir de nada… o afrontar la realidad, aceptándola tal cual es, y tratando de sacar el máximo partido –el mayor aprendizaje– de cada experiencia que nos presenta la vida en su devenir. Sí, puede que esta opción no sea fácil. Sí, puede que esta opción sea la más auténtica.

Las luces del aquí y el ahora, el darse cuenta y la responsabilidad son las claves de la Terapia Gestalt, de la que ya he hablado previamente en este blog, y son, para mí, las bases de una filosofía que intento tener presente en todos los ámbitos de mi vida. Unas veces, estas luces serán tan débiles como la luz de una vela. Otras, por el contrario, nos cegarán como un potente foco. Sea como sea… ¡enciende tus luces!


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AUTOPÍAS, CONCEPTOS, REFLEXIONES

¿Qué es la felicidad?

Reconozco que, a veces, me quedo pillado con algunas palabras.

Es lo que me ha ocurrido en este cambio de año, de 2020 a 2021, con la palabra felicidad. De hecho, he buscado expresiones alternativas para no poner feliz año nuevo en las tarjetas y mensajes que tradicionalmente envío a familiares, amigos y contactos en Nochevieja. ¿Por qué? Bueno, yo tengo mi idea de felicidad, pero no sé si esa idea es compartida por todos aquellos a los que me dirijo. Y tenía la sensación –probablemente errónea– de que, después de un año tan complejo como el que hemos vivido, podía ser inapropiado desear felicidad a quien, inmerso en múltiples dificultades, solo entiende esta palabra en su concepción básica y limitada –pero comúnmente extendida– de celebración, júbilo o fiesta.

En su día, ya hablé en una entrada de este blog (La felicidad, ¿una quimera?) sobre el significado que tiene para mí la felicidad. Para no repetirme, hoy he querido abrir la mirada y buscar otras definiciones de personas con las que me he formado en disciplinas como la Terapia Gestalt, el Coaching, el Eneagrama Cuántico o el Yoga. A todos ellos les he pedido respuestas para dos preguntas:

  • ¿Qué es para ti la felicidad?
  • ¿Con qué símbolo o gesto la representarías?

Domingo de Mingo Buide, psicólogo clínico y psicoterapeuta (gestaltquatro.es), cree que la felicidad es difícil de expresar en palabras. En su opinión, la felicidad simplemente es estar en paz. Añade, además, que la felicidad consiste en no tener que buscarla. En cuanto a la representación gráfica, descarta escoger ninguna al considerar que cualquier símbolo la degrada porque no hace honor a lo que es.

Para David Cru, director del Instituto Europeo de Coaching (IEC), felicidad es sentirte bien y en paz contigo mismo, en relación a cómo estás llevando tu vida, en todos los niveles (trabajo, relaciones…). La felicidad sería, por tanto, una sensación de sentido en tu vida, vivir de acuerdo con tus valores más importantes, una buena dosis de placer y paz interior. Cru completa esta definición con dos ejemplos que ilustran su idea de felicidad: por un lado, levantarte con ganas cada día por las mañanas y acostarte en paz y con la conciencia tranquila cada noche, y por otro lado, seguir teniendo sueños y perseguirlos y disfrutar a la vez de tu presente. El símbolo de la felicidad sería una sonrisa interior y una actitud positiva y optimista cada día.

Carmen de Molina, psicóloga y coach, fundadora de Equipo Hermes y formadora en el IEC, define la felicidad como el estado interior de paz, armonía y coherencia que se genera al aceptar la vida e involucrarse en las circunstancias que nos ocurren y nos envuelven con la actitud de aprender, comprender y crecer internamente. Como símbolo, propone dos imágenes: las manos cruzadas sobre el pecho y la flor del girasol, siempre enfocándose hacia la luz.

Almudena Galán, coach experta en Eneagrama Cuántico (www.almudenagalancoach.com) considera que la felicidad es un estado de aceptación y gratitud con lo que estás viviendo en el momento. Este estado se caracteriza por sentirte lo más en paz posible, lo más tranquilo posible, con lo que estés viviendo en cada instante sin querer cambiarlo y aceptando las emociones que te genera todo lo que está sucediendo sin tratar tampoco de que se vayan o de cambiarlas. Representaciones gráficas de la felicidad, entendida como autenticidad, serían la sonrisa de un niño o cualquier otra actitud sincera que no esté contaminada por el “debería” o “no debería”.

Carlos Daza, profesor de Hatha Yoga, Yoga Nidra y Meditación, afirma que la felicidad es estar contento, ni más ni menos. Recuerda que, de hecho, el estado de felicidad se denomina, en yoga, estado de Santosha, que podría traducirse como estado de contento. Este estado –advierte– depende de tu desarrollo y equilibrio mental, que a su vez implica también equilibrio emocional, sentimental, psíquico o psicológico. Desde su punto de vista, la felicidad es el estado que te proporciona la ausencia de deseos, el no estar deseando algo que no tienes… cuando en realidad tienes todo lo que puedes tener. Las claves para vivir este estado de no deseo serían la vivencia del presente y estar satisfecho y contento con lo que tienes en ese instante. El gesto de la felicidad sería la sonrisa no solo de los labios, sino de todo el rostro, con los ojos iluminados.

Son, como ves, distintos enfoques… con algunas coincidencias.

Basándote en estas definiciones, y en tu propia experiencia de vida, tal vez tú tengas respuestas distintas. ¿Probamos? Recuerda las preguntas:

  • ¿Qué es para ti la felicidad?
  • ¿Con qué símbolo o gesto la representarías?

¡Feliz semana!


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AUTOPÍAS, CONCEPTOS, HERRAMIENTAS DE COACHING

El método Autopías para definir objetivos

En los últimos días he escuchado voces que critican o cuestionan la necesidad de fijarse objetivos para el nuevo año que acaba de comenzar. Unos dicen que es una tontería, otros que no sirve para nada… Aunque no es obligatorio ponerse metas al iniciar el año, yo soy de los que piensan que estas fechas (al igual que los cumpleaños o cualquier otro tipo de aniversarios o circunstancias vitales) son una buena ocasión para pararse a pensar, al menos por un momento, y encontrar metas y propósitos que, de alguna manera, nos ayuden a crecer y mejorar en cualquier ámbito de nuestra vida (desde lo más trivial hasta lo más trascendente).

Pero… ¡cuidado! No se trata de escoger objetivos al tuntún o de dejarse arrastrar por las últimas modas o tendencias o de construir castillos en el aire. No.

Se trata, por el contrario, de indagar y conectar con nuestras necesidades para identificar aquellas cosas (acciones, actividades, intenciones…) que nos gustaría tener como dirección o foco –fuente de motivación, estímulo y apoyo– en las próximas semanas, meses e incluso años. Cosas que, en definitiva, nos ayudarán a ensanchar esa zona de confort en la que vivimos (aunque a veces no sea nada cómoda o confortable) facilitando así nuevos aprendizajes y experiencias y mejores cotas de bienestar.

Estos objetivos, por tanto, deben tener un para qué. Es decir, tienen que ser objetivos con sentido y significado en el momento presente de nuestras vidas.

Identificados esos objetivos (bien porque tengas ya alguna idea rondando por la cabeza, bien porque hayas trabajado en encontrar tus propósitos para el nuevo año según explicaba en la entrada anterior), es necesario formularlos de forma adecuada para que podamos conseguir los resultados que esperamos. Aunque hay muchas fórmulas para definir objetivos –casi todas ellas basadas en acrónimos en inglés (smart, grow, pure, clear…)– yo prefiero usar mi método AUTOPÍAS. ¿En qué consiste? Veamos qué palabras forman mi propio acrónimo para encontrar objetivos bien definidos y perfilados:

A… de actual. Busca objetivos que nazcan de tus necesidades actuales. Desconfía de aquellos propósitos que te has planteado otras veces y que nunca has logrado cumplir. ¿Son esos propósitos los que realmente quieres? Y, si es así, ¿por qué abandonaste? Rescata y reformula, de acuerdo a este método, aquellas metas que aún te ilusiona alcanzar.

U… de único. No te dejes atrapar por modas o tendencias. Sé genuino: solo tú sabes lo que realmente quieres ser, hacer o tener en la vida.

T… de tangible. Enuncia objetivos que estén limitados en el tiempo (fijando un plazo) y que, además, se puedan medir y cuantificar. A la vez, identifica las sensaciones –indicaciones físicas y emocionales– que te indicarán que avanzas correctamente hacia su consecución.

O… de optimista. Formula tus metas en positivo. Sí, puede que tengas más claro lo que no quieres que lo que quieres, pero no puedes quedarte ahí: tienes que darle una vuelta más a tu objetivo para enunciarlo en términos positivos, ya que solo así podrás enfocarte en la dirección deseada.

P… de preciso. Sé concreto y específico. Prueba a resumir tu objetivo en una única frase con sujeto, verbo, objeto directo e indirecto y complementos de lugar, tiempo, modo, instrumento o finalidad.

I… de implicación. Tienes que preguntarte si el objetivo en el que piensas está en tu mano o, por el contrario, depende de otras personas. No sirve de nada plantearse metas en las que no seas el protagonista. Identifica, por tanto, propósitos que dependan de ti, donde las acciones necesarias para conseguirlos estén siempre bajo tu control.

A… de alcanzable. A todos nos gusta soñar y fantasear, pero no pidas cosas imposibles. Se trata de encontrar objetivos realistas y ajustados a tus circunstancias y posibilidades actuales.

S… de saludable. Escoge propósitos que sean realmente adecuados para ti y que sean respetuosos y ecológicos tanto con las personas que te rodean como con los ambientes en los que te desenvuelves.

¿Te sirven estas pistas para definir tus objetivos? Mi experiencia demuestra que, a pesar de estas pautas, no siempre somos capaces de encontrar y concretar nuestros propósitos. Nos falta perspectiva, aparecen el miedo y la indecisión, nos bloqueamos… Si estás en esa situación, no dudes en contactar conmigo: estaré encantado de acompañarte en la búsqueda y formulación de objetivos para el año que ahora comienza.

De nuevo… ¡feliz 2021!


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AUTOPÍAS, REFLEXIONES

Un balance alternativo

El calendario nos habla estos días de transición y cambio. Hoy, 21 de diciembre, se produce la gran conjunción entre Júpiter y Saturno, una ocasión propicia –según los astrólogos–  para dejar atrás nuestras estructuras de pensamiento y comportamiento más anticuadas. Este lunes tendrá lugar, también, el solsticio de invierno, un fenómeno astronómico asociado a la idea de renovación y renacimiento que encuentra su representación social en celebraciones religiosas como la Navidad, evento que viviremos en pocos días. La próxima semana, en Nochevieja, asistiremos al cambio de ciclo que supone dar la bienvenida a un nuevo año. Y finalmente, una vez que hayan pasado los Reyes Magos, trataremos de recuperar la (nueva) normalidad volviendo –¿con ganas?– a nuestras rutinas habituales.

La pandemia que estamos viviendo, con las restricciones asociadas, condicionará las celebraciones y los encuentros previstos para estos días, dando un mayor valor emocional –si cabe– a estas fechas. Las limitaciones nos harán conectar –previsiblemente– con todas las renuncias que hemos tenido que ir haciendo a lo largo del año, especialmente durante los meses de confinamiento. Y es probable que la frustración, el cansancio y el hartazgo acumulados incentiven nuestro deseo de pasar página para entrar en un 2021 en el que recuperar la confianza y la esperanza y retomar nuestra vida (o lo que creíamos como tal) después de un año en blanco.

Pasar página. Borrar 2020 de un plumazo.

Efectivamente, 2020 ha sido un año duro a causa de las afecciones que ha causado la pandemia en todas las dimensiones del ser humano (física, emocional, social, laboral, cultural, económica…). Cada uno sabe las pérdidas y las renuncias a las que ha tenido que hacer frente, y todas ellas estarán muy presentes –casi con exclusividad– a la hora de hacer el balance del año que ahora termina. Sin embargo, estoy seguro de que en este 2020 también te han pasado otras (pequeñas) cosas que conviene rescatar –y poner a salvo– para vivir con garantías ese proceso de transición y cambio que, consciente o inconscientemente, se pone en marcha en esta época del año. He aquí las tres preguntas básicas que debes formularte para hacer el auténtico balance del 2020:

1. ¿Qué? Indudablemente, el qué de 2020 ha sido el coronavirus Covid-19, tanto la enfermedad en sí como sus repercusiones en todos los ámbitos. Toda nuestra vida ha girado este año en torno a la pandemia y sus consecuencias. Pero… ¿y si en vez de centrarnos en el dolor o en la frustración que nos ha causado, miramos más allá? ¿Qué otros qué han marcado este año? Recuerda los logros que has conseguido, los retos que has superado, los desafíos a los que te has enfrentado. No hace falta que sean grandes gestas: basta con pequeños gestos o actos cotidianos en los que te hayas sentido realizado. Tal vez puedas pensar que, con la que está cayendo, estos logros, retos o desafíos quedan en un segundo plano. ¿Vas a minusvalorar aquello que te hace crecer?

2. ¿Cómo? Es evidente que la pandemia nos ha obligado a introducir cambios en nuestra vida cotidiana. Usamos mascarillas, cargamos con botes de gel hidroalcohólico, intentamos mantener una distancia física con las personas con las que interactuamos… y tratamos de encajar, como mejor podemos, en lo que se ha dado en llamar la nueva normalidad (protocolos en los centros de trabajo, recomendaciones para eventos sociales y actos culturales, etc.). ¿Cómo lo hemos hecho? ¿Cómo lo seguimos haciendo? Piensa en todas las estrategias y maneras de hacer que has aplicado en los últimos meses en tu vida personal, social, laboral… ¿Qué recursos propios has descubierto? ¿Cuáles de ellos quieres mantener?

3. ¿Para qué? Continúa el debate sobre las causas o los fundamentos –el por qué– de la expansión masiva del coronavirus y de las medidas que se han ido aplicando para frenar o controlar la transmisión de la enfermedad. No faltan, como todos sabemos, teorías conspiranoicas. Sin menoscabo de que, como ciudadanos, reclamemos seriedad, rigor y transparencia en la información sobre el coronavirus, centrarnos exclusivamente en el por qué puede ser un error de foco. Pensemos, a la hora de hacer balance de 2020, en el para qué. ¿De qué te ha servido todo lo que ha pasado este año? ¿Qué has aprendido de ti? ¿Qué sentido le das? ¿Y qué impacto ha tenido este 2020 en tus valores personales? ¿Han cambiado, se han hecho más fuertes?

Ojalá este año haya ayudado a abrir espacios de reflexión personal inéditos hasta ahora. Felices fechas de transición y cambio. Felices fiestas.


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Eclipse de culpa

Este lunes se ha producido el último eclipse lunar del año y, según los astrólogos, estamos en una fecha propicia para soltar y dejar ir lo que ya no necesitamos y prepararnos así para la llegada de un nuevo año.

Es el momento, por tanto, de revisar los bolsos y las mochilas que cargamos habitualmente. ¿Qué nos pesa? ¿Qué sobra? ¿Qué podemos sacar?

Es probable que, sin rebuscar mucho, encuentres con facilidad pensamientos –repetitivos, recurrentes, reiterados– que ya no te sirven, que se han quedado obsoletos. Ahí están, ocupando espacio, dispuestos a tomar tu mente, en cualquier momento, con los manidos argumentos de siempre.

De entre todos esos pensamientos que arrastramos como un pesado equipaje, hoy quiero poner el foco en aquellos que toman la forma de juicios morales sobre nosotros mismos y que, a fuerza de repetirse, crean un sentimiento de culpa. La culpa por hacer, pensar o decir tal cosa. La culpa por no hacer, no pensar o no decir tal otra cosa.

¿Quién no se siente culpable por algo? O, al menos, ¿quién no se ha sentido culpable alguna vez?

Para evitar que se enquiste (convirtiéndose en un compartimento permanente en nuestro bolso o mochila vital), conviene enfrentarse directamente a este sentimiento de culpa. Y, para ello, lo primero es identificar de dónde viene. ¿Tiene su origen, en términos objetivos, en algún error o fallo por nuestra parte? O, por el contrario, ¿es una respuesta incoherente o desproporcionada, al calor de una fuerte autoexigencia o una falta de autoestima, ante lo que ocurre a nuestro alrededor?

Identificado el origen, lo primero es asumir la responsabilidad sobre lo ocurrido. La culpa es victimismo; por el contrario, la responsabilidad es proactividad. Si, efectivamente, se ha provocado un daño, hay que pedir perdón y reparar, en la medida de lo posible, el perjuicio causado. La responsabilidad implica, además, reconocer que no somos perfectos: los errores forman parte de la experiencia humana y facilitan el aprendizaje.

También es conveniente –sobre todo, cuando la culpa adopta la forma de pensamiento irracional– adentrarse en las emociones que subyacen bajo el sentimiento de culpabilidad. Este sentimiento es, muchas veces, el refugio al que acudimos para resguardarnos de las tres emociones –todas ellas, de las llamadas emociones negativas o desagradables– que, en mi opinión, se esconden detrás de la culpa: la tristeza, la ira y el miedo. En solitario, o combinadas entre sí. ¿Y si, en vez de aferrarnos a la culpa, la miramos de frente, vemos de qué está hecha y la dejamos salir?

Esta semana, bajo el influjo del eclipse, rebusca en tu mochila, voltea tu bolso y, como canta Eira, ¡Quítate la culpa!


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El análisis de la parálisis

Probablemente habrás escuchado alguna vez la expresión parálisis por análisis, un concepto que se suele emplear para aludir a esas situaciones de bloqueo que se producen por la acumulación y reiteración de pensamientos sobre un determinado asunto, proyecto o decisión a adoptar. En estos casos, el exceso de información –infoxicación– y la reflexión obsesiva sobre el tema en cuestión llevan al cerebro a un colapso que impide cualquier movimiento o acción lastrando así nuestra confianza y nuestra motivación.

La parálisis por análisis es más frecuente en aquellas personas que, como yo, funcionamos en un plano mental e intelectual a la hora de entender e interactuar con el mundo que nos rodea. No obstante, es un fenómeno que le puede pasar a cualquiera, incluso a personas más emocionales o viscerales: basta con dar rienda suelta al perfeccionismo y la autoexigencia.

¿Te identificas con esto de lo que estoy hablando?

Se dice que la parálisis por análisis es una forma activa de procrastinación: nos entretenemos en dar vueltas y vueltas a las cosas retrasando indefinidamente la elección, decisión o puesta en marcha del proyecto que queremos emprender. En un primer momento, puede parecer que estamos activos buscando información adicional o complementaria al excedente de información que ya tenemos, y en eso justificaremos nuestro retraso a la hora de actuar. Sin embargo, pronto nos descubriremos atrapados en el círculo de insatisfacción y frustración del miedo al fracaso.

Aquí van unos consejos para afrontar (y evitar) la parálisis por análisis:

1) Contacta con tus valores propios, esos que te definen como persona y orientan tu camino. Recuerda cuál es el para qué de la decisión o proyecto sobre el que tienes que actuar.

2) Reduce el volumen de información que, de forma consciente o inconsciente, hayas ido recopilando: quédate con lo relevante y elimina (o aparta, de momento) lo accesorio. Practica lo que se denomina la ignorancia selectiva: omite todos los detalles que entorpezcan o disfracen las variables principales de la ecuación.

3) A continuación, escoge una opción que te parezca satisfaciente, es decir satisfactoria y suficiente (en inglés, satisficing). No se trata de buscar la solución perfecta, sino una solución práctica y razonable que nos permita salir del bloqueo y pasar de pantalla. Ya habrá tiempo más adelante para moldear esta solución y, en su caso, rectificarla.

4) Ponte en acción. ¿Cuál es el siguiente paso que vas a dar?

Como es lógico, pueden aparecer dificultades en el proceso aquí descrito, sobre todo en lo que se refiere a la identificación de los valores y de la esencia del proyecto o decisión que queremos tomar. En este caso, siempre tienes la opción de buscar personas de tu círculo de confianza que te puedan aconsejar o acudir a un coach profesional.

¿Parálisis o acción? No olvides que el mejor aprendizaje es el que incluye prueba y error.


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La vieja normalidad

¿Qué fue de la nueva normalidad? Escribo estas líneas desde Madrid, ciudad en la que resido y en la que se hace evidente, según todos los indicadores, el empuje de la segunda ola de la pandemia de enfermedad por coronavirus que estamos viviendo. Entre marzo y mayo –los meses más duros de la primera oleada– comprobamos que la COVID-19 había venido para quedarse un tiempo entre nosotros, y esa fue la razón por la que se dictaron medidas de desescalada hacia una nueva normalidad en la que convivir con el virus –a la espera de una vacuna o de tratamientos más eficaces– de forma ordenada y controlada.

Al final, la nueva normalidad se ha reducido al uso cotidiano de mascarilla y gel hidroalcohólico (medidas esenciales, desde luego). Todo lo demás, sin embargo, se sigue haciendo como antes: seguimos en la vieja normalidad. Pensaba en la posibilidad de grandes acuerdos y reformas estructurales, pero la política –ese espectáculo– sigue más preocupada por su imagen y su reflejo en las encuestas de intención de voto que por el impacto real de la crisis sanitaria. Se adoptan medidas, sí (limitaciones de aforos, restricciones a la movilidad)… pero muchas de ellas son improvisadas y, en ocasiones, peregrinas o contradictorias.

Confiaba en un refuerzo de los servicios públicos (sanidad, educación, servicios sociales, dependencia…), pero su situación sigue siendo precaria y su sostenimiento se debe exclusivamente a la vocación y a la entrega de profesionales y centros. Y esperaba una apuesta decisiva por nuevos modelos de crecimiento económico sostenidos en el tiempo. Pero no: la desescalada se precipitó, entre otros motivos, por el empeño de sacar el máximo beneficio en el menor tiempo posible, sin preocuparse por lo que pudiera venir después (incluida una nueva paralización de la actividad económica). Es el mercado, amigos.

Y esperaba que la nueva normalidad nos hiciera mejores personas. ¿Cómo olvidar el esfuerzo de adaptación que hicimos durante el confinamiento para seguir, en la medida de lo posible, con nuestra vida personal, social, laboral, académica o cultural? ¿Cómo olvidar, también, la solidaridad que manifestamos en aquellos meses? ¿En qué ha quedado el aprendizaje –para unos llevadero, para otros traumático– de una experiencia inédita, hasta ahora, para nosotros? Me temo que, al final, han prevalecido los cantos de sirena de la despreocupación y el exceso de confianza.

Pero yo no me resigno, y sigo creyendo –llámame autópico– que la nueva normalidad es posible. Al menos, en lo que se refiere a nuestra forma de ser, sentir y actuar respecto a nosotros mismos y al mundo que nos rodea. ¿Y si nos liberamos de los parches, las mentiras o el maquillaje con los que ocultamos o tratamos de disimular la realidad que nos envuelve? ¿Y si asumimos nuestras responsabilidades, en vez de eludirlas? ¿Y si buscamos propósitos con los que guiar y motivar nuestra vida? ¿Y si, aunque sea por una vez, actuamos con honestidad, humildad y coherencia? Como ves, la nueva normalidad está a nuestro alcance. ¿Quieres llegar allí?


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