AUTOPÍAS, CONCEPTOS, REFLEXIONES

El juego de los yoes

Sillas

Supongo que alguna vez habrás jugado al juego de las sillas musicales, también conocido simplemente como el juego de las sillas. Para los despistados, se trata de ese juego en el que se disponen en círculo unas sillas (una silla menos que el número total de jugadores) para que los participantes desfilen en torno a ellas al son de la música, debiendo sentarse rápidamente cuando la música se para. El jugador que se queda sin silla –en la versión competitiva del juego– queda eliminado.

Pensando en este juego, me he dado cuenta de que solemos hacer algo parecido con cuatro yoes que viven en cada uno de nosotros: el yo que somos ahora (la suma de nuestros aprendizajes, experiencias y potencialidades ya descubiertas o aún por descubrir), el yo que fuimos en los primeros años de nuestra vida (el llamado niño interior), el yo del intelecto (nuestra parte racional, con sus pensamientos y creencias) y el yo del cuerpo (nuestra parte corporal, sensorial y emocional). En momentos determinados, uno de estos yoes se queda sin silla.

Por lo general, vivimos muy acompasados con la música que marca el devenir de nuestra vida –ya sea más lenta o dinámica, más alegre o más aburrida– y nuestros yoes, cada uno en su estilo, parecen disfrutar del baile. El problema viene cuando cambia la música, bien porque nos enfrentamos a un nuevo reto o porque debemos hacer frente a una situación sobrevenida. Con el cambio de música, alguno de nuestros yoes puede vacilar, perder el ritmo y, finalmente, cuando llegue el momento decisivo del juego, quedarse sin una silla en la que sentarse.

Así, por ejemplo, el yo que somos ahora puede quedar eliminado por una falta de autoestima o un error de autoconcepto (tener una imagen distorsionada de uno mismo). Por su parte, el yo que fuimos en los primeros años de nuestra vida puede quedarse descolgado si dejamos de lado cualquier atisbo de curiosidad, imaginación e inocencia. El yo del intelecto puede traicionarse a sí mismo por exceso (con un exceso de racionalización que derive en parálisis por análisis) o por defecto (inhibiéndose a favor de respuestas más impulsivas). Y, finalmente, el yo del cuerpo se puede quedar fuera del juego si no se escucha, si no atiende a sus propias necesidades.

La buena noticia es que, como ocurre en el juego de las sillas, no solo hay una versión competitiva del juego trata de ir eliminando participantes, sino también una versión cooperativa y solidaria que busca que, aunque no haya sillas suficientes, todos puedan encontrar un lugar donde sentarse. Basta con observarnos y utilizar los yoes más potentes (aquellos que tenemos más desarrollados) para estimular e integrar a los yoes que, en determinados contextos, y por una razón u otra, puedan quedarse descolgados.


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AUTOPÍAS, CONCEPTOS, REFLEXIONES

Eclipse de culpa

Este lunes se ha producido el último eclipse lunar del año y, según los astrólogos, estamos en una fecha propicia para soltar y dejar ir lo que ya no necesitamos y prepararnos así para la llegada de un nuevo año.

Es el momento, por tanto, de revisar los bolsos y las mochilas que cargamos habitualmente. ¿Qué nos pesa? ¿Qué sobra? ¿Qué podemos sacar?

Es probable que, sin rebuscar mucho, encuentres con facilidad pensamientos –repetitivos, recurrentes, reiterados– que ya no te sirven, que se han quedado obsoletos. Ahí están, ocupando espacio, dispuestos a tomar tu mente, en cualquier momento, con los manidos argumentos de siempre.

De entre todos esos pensamientos que arrastramos como un pesado equipaje, hoy quiero poner el foco en aquellos que toman la forma de juicios morales sobre nosotros mismos y que, a fuerza de repetirse, crean un sentimiento de culpa. La culpa por hacer, pensar o decir tal cosa. La culpa por no hacer, no pensar o no decir tal otra cosa.

¿Quién no se siente culpable por algo? O, al menos, ¿quién no se ha sentido culpable alguna vez?

Para evitar que se enquiste (convirtiéndose en un compartimento permanente en nuestro bolso o mochila vital), conviene enfrentarse directamente a este sentimiento de culpa. Y, para ello, lo primero es identificar de dónde viene. ¿Tiene su origen, en términos objetivos, en algún error o fallo por nuestra parte? O, por el contrario, ¿es una respuesta incoherente o desproporcionada, al calor de una fuerte autoexigencia o una falta de autoestima, ante lo que ocurre a nuestro alrededor?

Identificado el origen, lo primero es asumir la responsabilidad sobre lo ocurrido. La culpa es victimismo; por el contrario, la responsabilidad es proactividad. Si, efectivamente, se ha provocado un daño, hay que pedir perdón y reparar, en la medida de lo posible, el perjuicio causado. La responsabilidad implica, además, reconocer que no somos perfectos: los errores forman parte de la experiencia humana y facilitan el aprendizaje.

También es conveniente –sobre todo, cuando la culpa adopta la forma de pensamiento irracional– adentrarse en las emociones que subyacen bajo el sentimiento de culpabilidad. Este sentimiento es, muchas veces, el refugio al que acudimos para resguardarnos de las tres emociones –todas ellas, de las llamadas emociones negativas o desagradables– que, en mi opinión, se esconden detrás de la culpa: la tristeza, la ira y el miedo. En solitario, o combinadas entre sí. ¿Y si, en vez de aferrarnos a la culpa, la miramos de frente, vemos de qué está hecha y la dejamos salir?

Esta semana, bajo el influjo del eclipse, rebusca en tu mochila, voltea tu bolso y, como canta Eira, ¡Quítate la culpa!


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ACTIVIDADES, AUTOPÍAS, MINDFULNESS

Un toque de atención

El dualismo cartesiano, que entendía cuerpo y mente como entidades separadas, ha sido reemplazado por una nueva visión holística e integradora en la que esas dos entidades, cuerpo y mente, son solo dos aspectos de una misma unidad indisoluble: el ser humano. Distintos estudios y experiencias revelan que escuchar a nuestro cuerpo resulta fundamental para conocer y comprender nuestras necesidades, deseos, sentimientos o pensamientos. A la vez, contactar con el cuerpo –más allá de las dolencias puntuales o crónicas que podamos arrastrar– refuerza nuestro autoconocimiento, favorece la autoaceptación y mejora nuestros niveles de autoestima, seguridad y confianza. Dar espacio al cuerpo potencia, también, nuestras capacidades de atención y concentración y nos ayuda a reducir la ansiedad y el estrés que nos provocan los grandes o pequeños retos a los que nos enfrentamos cada día.

Afortunadamente, hoy en día disponemos de una amplia oferta de propuestas con las que contactar, prestar atención y cuidar de nuestro cuerpo y, de paso, dar un tiempo de descanso a nuestra aturullada mente. Algunos prefieren seguir programas de entrenamiento físico en el gimnasio o en casa o gustan de salir a correr por calles y parques, otros buscan vivir en armonía a través de la práctica del yoga, del taichí, del chi kung o del movimiento expresivo, hay quien prefiere acercarse al cuerpo de forma contemplativa mediante la meditación o el mindfulness o, simplemente, caminando de forma consciente, vigilando la alimentación o respetando los tiempos de descanso que el cuerpo necesita para recuperar sus niveles de energía… Cada uno ha de encontrar la opción que más le convenga atendiendo a su forma física y a las necesidades de cada momento vital.

No siempre es fácil encontrar esa opción, sobre todo cuando uno vive profundamente anclado en ese enfoque cartesiano en el que la mente domina todo relegando al cuerpo a un papel secundario, meramente instrumental. Yo, que viví durante años atrapado en esa preponderancia de lo mental y lo racional sobre lo corporal, superé esa visión dualista gracias al reiki, una terapia energética que, mediante la imposición de manos, permite contactar, activar y equilibrar los chakras (centros de energía del cuerpo humano) y sus áreas de influencia. Gracias al reiki empecé a ser consciente de los latidos, movimientos internos, pequeños espasmos y variaciones de temperatura que se producían en mi cuerpo, dándome cuenta de los desajustes y sincronías que habitaban dentro de mí, y así, poco a poco, fui conectando con la llamada sabiduría corporal. El reiki fue, en definitiva, el toque de atención que necesitaba para contactar con mi cuerpo.

Lamentablemente, en la actualidad circulan definiciones distorsionadas de reiki que desvirtúan el valor de esta técnica como herramienta de contacto, exploración, autoconocimiento y acceso a un estado de armonía y bienestar mediante el equilibrio y la integración de nuestras dimensiones física, emocional y mental. Por ello, el jueves 26 de marzo, a las 19:30 horas, acompañaré a Carmen Molina Cañabate, maestra de reiki, en la charla informativa “Reiki en el día a día: comprender el reiki y aplicarlo en la vida cotidiana”* que tendrá lugar en el Espacio Garibay de Madrid (C/ Garibay, 6, entre las estaciones de metro de Pacífico y Conde de Casal). La entrada es gratuita, pero se requiere inscripción previa en reikieneldiaadia@gmail.com. Si vives en Madrid o estás de visita en la capital ese día, te invito a acompañarnos para adentrarnos juntos en las aplicaciones prácticas del reiki.

[Evento suspendido debido a las restricciones derivadas de la declaración del estado de alarma por la expansión del coronavirus COVID19 en España.]


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AUTOPÍAS, CONCEPTOS, EMOCIONES

¿Respuesta? Asertividad

En nuestras relaciones e interacciones cotidianas nos encontramos con muchos comportamientos y mensajes –pedradas– que nos resultan inoportunos, invasivos, desagradables e incluso ofensivos. A veces, por inseguridad o por miedo a abrir un conflicto, evitamos poner un límite y aceptamos, de un modo u otro, las demandas, requerimientos, pretensiones y expresiones de nuestro interlocutor: usamos esas pedradas para construir un muro con el que tapiar nuestras necesidades, nuestros valores y, en definitiva, nuestra integridad. Otras veces, encendidos y descontrolados, devolvemos las pedradas, olvidando pasar por el filtro de la conciencia, mostrando así nuestra peor versión. Ambas respuestas se demuestran, en general, ineficaces: no conseguimos lo que queremos y, de un modo u otro, acabamos por sentirnos culpables.

¿Cuál es, entonces, la respuesta más adecuada para hacer frente a esos comportamientos o mensajes que percibimos como una prueba o un ataque? Lo más efectivo es, sin duda, responder con asertividad. O, al menos, tratar de hacerlo, pues la asertividad se puede entrenar. Pero, ¿qué es la asertividad? Podemos decir que la asertividad es una forma de comunicación que nos permite expresar opiniones, defender y reivindicar nuestros derechos y plantear sugerencias sin dejarnos arrastrar por las emociones (el miedo, cuando evitamos poner límites, o el enfado, cuando damos una respuesta descontrolada). La asertividad se sustenta sobre la autoestima (la consideración que cada uno tiene de sí mismo) y sobre la autoconfianza (la seguridad y la convicción con la que hacemos frente a los obstáculos que encontramos en la vida).

La respuesta asertiva, basada en la honestidad, nos permite fijar límites que reafirman nuestra dignidad y el respeto que sentimos hacia nosotros mismos. Desde ahí, la asertividad nos legitima para sostener, de forma natural, nuestra propia voz (respetando que los demás puedan tener opiniones discrepantes), favoreciendo una comunicación clara y directa sobre lo que necesitamos, queremos o demandamos de los otros: la asertividad nos conecta con nuestra autenticidad, con nuestra propia verdad. Cabe señalar que la asertividad no inhibe las emociones (las emociones nos informan de cómo nos afecta lo que nos ocurre), pero evita que estas tomen el control desbordando nuestra capacidad de respuesta.

¿Cómo articular una respuesta asertiva? Aunque no parece fácil, hay algunas claves que pueden ayudarnos. En primer lugar, deja a un lado las emociones, los juicios o los reproches que te suscita la situación a la que quieres dar respuesta y habla solo de los hechos: describe de forma objetiva y concreta lo que ha ocurrido. A continuación, expresa tus sentimientos: habla desde ti, explica cómo te has sentido (sin culpar o atacar a tu interlocutor). Después, describe las consecuencias que pueden darse si esos hechos vuelven a producirse o se mantienen en el tiempo. Y, finalmente, plantea una demanda o petición, desde tus necesidades, con el fin de interpelar al interlocutor para llegar a un compromiso o acuerdo.

Probablemente, leer estas líneas no será suficiente para que, ante una situación crítica, actuemos de forma asertiva. Por eso, te animo a entrenar la asertividad recordando situaciones de tu vida en las que tus respuestas fueran insuficientes (dejando invadir tus límites) o desproporcionadas (dejando el control en manos de emociones desbordadas). ¿Cómo hubieras respondido asertivamente? ¿Qué cambios se habrían producido, no ya tanto en la situación, sino en ti mismo? Hay que tener en cuenta que la asertividad nos ayuda a moldear y templar nuestra respuesta, pero –aunque predispone– no siempre es posible cambiar la respuesta de los demás, que actuarán de acuerdo a sus mapas de creencias y experiencias. Puede que los otros quieran seguir anclados en respuestas ineficaces. Pero, ¿y tú? ¿Quieres seguir ahí?


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AUTOPÍAS, COACHING, HERRAMIENTAS DE COACHING

Tres de tres

En este blog he escrito muchas veces sobre la necesidad de planificar objetivos y diseñar acciones que nos permitan cambiar una situación que no nos satisface, nos resulta incómoda o nos mantiene estancados por otra en la que, desplegando nuestro potencial, podamos sentirnos conectados y realizados. Este tránsito entre la situación actual y la situación deseada no se produce de la noche a la mañana, sino que requiere de un proceso. El coaching es, precisamente, ese proceso de entrenamiento personalizado y confidencial, mediante un gran conjunto de herramientas, que ayudan a cubrir el vacío existente entre donde una persona está ahora y donde se desea estar (definición de la Asociación Española de Coaching, ASESCO). Pero, ¿qué elementos entran en juego en cada proceso de coaching?

El primer elemento para que se dé un proceso de coaching, y para que este pueda funcionar, es la motivación al cambio. Si no tienes ilusión y no estás convencido –aunque sea mínimamente– de tus posibilidades, ¿cómo vas a arriesgarte a afrontar nuevos retos? La motivación, por tanto, tiene que ser superior al miedo. ¡Ojo! Esto no quiere decir que, inicialmente, no sigamos teniendo temores: se trata de alzarnos contra el conformismo y el victimismo para explorar nuevas opciones. En este sentido, la motivación se alimenta de la autocreencia o capacidad de creer en uno mismo, una capacidad que se desarrolla confiando en lo que hacemos y dando valor a lo que somos (es decir, cultivando nuestra autoestima).

Un segundo elemento fundamental es la toma de conciencia. Hay que poner conciencia sobre lo que no está funcionando, realmente, en la situación actual; sobre lo que queremos conseguir al alcanzar la situación deseada; y, especialmente, sobre las opciones y alternativas que están a nuestro alcance para pasar de una situación a otra. Se trata de descubrir nuevas perspectivas, abrirse a nuevas posibilidades. Pero… ¡cuidado! Esto no va de que alguien –el coach– te diga lo que tienes que hacer, sino de averiguarlo por ti mismo a través de una serie de herramientas –generalmente, preguntas– que te ayudarán a emprender acciones alineadas con tus capacidades, tus competencias y tus valores.

Así llegamos al tercer elemento clave en todo proceso de coaching: la responsabilidad. Me gusta mucho la definición de este concepto que surge de su división en respons-(h)abilidad: la responsabilidad como habilidad de responder, como capacidad de dar respuesta –libremente, desde lo que somos y lo que necesitamos en cada momento– a los desafíos que nos presenta la vida. Responsabilizarse implica convertirnos en protagonistas de nuestro proceso de cambio decidiendo, de forma activa, las estrategias y las acciones que vamos a poner en marcha para alcanzar nuestras metas. Y la única manifestación real de la responsabilidad es el compromiso.

Todos estamos dotados, de una manera u otra, de la capacidad de motivación, toma de conciencia y responsabilidad. No obstante, esta capacidad se diluye, a veces, en el diálogo con nosotros mismos: la motivación flaquea (la sombra del miedo es alargada), la toma de conciencia se topa contra un muro o se tapa con una venda (somos hábiles para escaparnos de aquello que no queremos ver o de aquello a lo que nos resistimos) y la responsabilidad se escabulle o se diluye (es más fácil colocarla fuera de nosotros mismos que asumirla con todas sus consecuencias). En estos casos, el coaching se presenta como el acompañamiento perfecto para poner rumbo al cambio. ¿Te vienes?


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AUTOPÍAS, CONCEPTOS, RECOPILACIONES

Conceptúa, que algo queda

Repasando las entradas publicadas hasta la fecha en este blog, constato que en la mayoría de ellas hablo de conceptos (felicidad, necesidades, éxito…) que manejamos en nuestra vida cotidiana pero que, desde mi punto de vista, no usamos de una forma acertada. Unas veces, distorsionamos o pervertimos su significado haciendo caso de modas, tendencias o reclamos publicitarios. Otras veces lo engrandecemos incluyendo en él una carga no solo semántica, sino también emocional, que en realidad no le corresponde. Al final, todo acaba siendo más sencillo de lo que parece. Por eso, creo que puede resultar útil, aprovechando las entradas ya publicadas, revisar algunos de esos conceptos.

Seguro que ahora, en vacaciones, te has propuesto desconectar. Es cierto que las actividades cotidianas, académicas o laborales, nos absorben mucho: necesitamos distanciarnos y tomarnos un respiro. ¿Pero es eso realmente desconectar? Si así fuera, viviríamos plenamente conectados en nuestro día a día… y creo poder confirmar que no es así: desplegamos nuestra atención hacia fuera y nos olvidamos de nosotros mismos. En la entrada On/off, publicada coincidiendo con el inicio de las vacaciones de Semana Santa, reflexionaba sobre la cualidad intrínseca del ser humano para conectar permanentemente con su esencia –y en todas las actividades que realiza– a través de la respiración. ¿Aún no sabes cómo? En la entrada Respirar, ser y merecerte encontrarás las claves para conectar contigo, y mantenerte conectado, usando ese mecanismo primario a partir del cual se articula nuestra vida.

Mientras no contactemos con nosotros mismos, allá donde estemos, no será posible identificar cuáles son realmente nuestras necesidades. Frecuentemente, confundimos o condicionamos nuestras necesidades con las demandas o los deseos de otros o con las obligaciones que nos impone nuestra autoexigencia. En la entrada Viaje al interior de la pirámide explicaba uno de los modelos más conocidos de clasificación de necesidades (la Pirámide de Maslow) y abogaba por buscar resquicios para, a partir de él, encontrar nuestras auténticas necesidades. Identificadas nuestras necesidades, más fácil será interactuar con el mundo con esos ¿sencillos? gestos a los que me refería en la entrada Dar y recibir: ¿carencia o abundancia?

En esa interacción con el mundo deberíamos ajustar también nuestra idea sobre el éxito y el fracaso. ¿Qué nos aportan cada uno de ellos? ¿Qué nos sustraen? Quizá te apetezca revisitar la entrada Impostores al acecho para descubrir un significado más ajustado de estos conceptos. De momento, te daré una pista: la clave está en la aceptación de lo que nos sucede, pero no para conformarnos con ello, sino para asumir nuestra responsabilidad e impulsar procesos de cambio. De esto iba la entrada La felicidad, ¿una quimera?, en la que propongo sustituir la búsqueda de la felicidad (esa que vemos fuera de nosotros) por un esfuerzo de aceptación de lo que somos y de lo que nos ocurre.

Y así, en ese estado de aceptación, podemos trabajar con los conceptos fundamentales que nos mueven como individuos: la autoconfianza, la autoestima, la autocreencia y el autoapoyo. Sobre todos ellos reflexionaba en la entrada Una de autos: se trata de profundizar en nuestro autoconocimiento no para dar la mejor versión de nosotros mismos, como se dice por ahí, sino para ser y actuar desde lo que realmente somos, siempre abiertos a aprender y ampliar (y, en su caso, también a corregir) nuestro potencial de capacidades. En definitiva, profundizar en la autopía, ese lugar propio ideal, pero alcanzable, en el que ser uno mismo.


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AUTOPÍAS, CONCEPTOS, GESTALT, HERRAMIENTAS DE COACHING

Una de autos

De nuevo, lunes. La semana se pone en marcha. ¿Cuáles son tus perspectivas? El fin de semana quizá te haya servido para descansar, cambiar de aires, centrarte en otras actividades… Pero ahora toca enfrentarse, una vez más, a los grandes y pequeños retos de la cotidianidad, ya sea en casa, en el trabajo, en los estudios o en nuestras relaciones sociales. ¿Cómo vas de energía? ¿Te sientes fuerte para hacer frente a los automatismos que marcan tu día a día? Hoy te propongo un autochequeo a partir de una serie de conceptos básicos del Coaching.

¿Cuál es tu nivel de autoconfianza? La autoconfianza, o confianza en uno mismo, es la seguridad, fuerza y convicción que sentimos para lograr determinados objetivos y para superar los obstáculos que nos vamos encontrando a lo largo de nuestra vida. Se trata de un concepto ligado a nuestros talentos, capacidades, habilidades y conocimientos: solo es posible cultivar la autoconfianza mediante la puesta en práctica de nuestras cualidades, sean estas constatadas, latentes, potenciales o inciertas. Su mayor enemigo es el miedo, que limita nuestra capacidad para enfrentarnos a nuevas experiencias. ¿Confías en los recursos propios e inherentes de los que dispones?

¿Y cómo vas de autoestima? La autoestima se define como el aprecio, la consideración o la valoración, generalmente positiva, que uno tiene de sí mismo. En otras palabras, es el valor que nos imponemos como seres humanos. La autoestima se construye a partir de la comparación entre lo que creemos que somos, pensamos y hacemos y lo que nos gustaría ser, pensar y sentir. En este sentido, se entiende la autoestima como la distancia existente entre la opinión emocional que tenemos de nuestra personalidad y la personalidad ideal que realmente nos gustaría tener. El perfeccionismo, la autoexigencia, la descalificación constante de nosotros mismos y la eterna comparación con los demás nos roban autoestima. ¿Qué valor te das a ti mismo?

Autoconfianza y autoestima son las dos manifestaciones de la autocreencia, un concepto que se define como la necesidad que tenemos los seres humanos de creer en nosotros mismos para conseguir las metas vitales que nos propongamos. De alguna manera, la autocreencia es el valor que nos damos para movernos en el mundo. La autocreencia otorga al individuo el poder de cambiar y adaptarse a nuevas situaciones. Cultivar la autocreencia nos ayudará a clarificar valores y principios, confiar en nuestros recursos y capacidades, aceptar críticas y errores, aumentar nuestra capacidad de resiliencia y persistir en las acciones orientadas a satisfacer nuestras necesidades u objetivos. ¿Cuál es tu nivel de autocreencia?

En mi opinión, la autocreencia está estrechamente unida al autoapoyo, un término utilizado en las corrientes humanistas de la Psicología, entre ellas la Terapia Gestalt, con el que se alude a la capacidad que tiene uno mismo para cuidarse y expresarse, responsabilizándose de las propias necesidades y desarrollando todo el potencial propio de un ser humano. Tanto el autoapoyo como la autocreencia conllevan un proceso de continua integración y asimilación de la realidad. Y para ello se requiere avanzar en el autoconocimiento, ese proceso de reflexión e introspección que nos permite reconocernos como individuos con características, cualidades, defectos, limitaciones, necesidades, aficiones y temores propios que nos diferencian de los demás. ¿Qué conocimiento tienes de ti mismo? Indaga en ti. Obsérvate, pregúntate, déjate sentir. Descubre tu autopía.


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AUTOPÍAS, METÁFORAS

Las enseñanzas del árbol

Allí estaba, todo florido, en un extremo del jardín. Los últimos meses habían sido duros: primero, en otoño, había perdido todas sus hojas; después, en invierno, fue sometido a una intensa poda. Pero ahora, con la primavera, aquel árbol de tamaño medio volvía a renacer. Los primeros brotes de febrero y marzo se habían convertido, gracias a las suaves temperaturas impropias de la época, en finas ramas sobre las que crecían nuevas hojas y se dibujaban pequeñas flores. Esas nuevas ramas apuntan ya a la dirección que el árbol, en su crecimiento, seguirá en los próximos meses. Todo parece indicar que, salvo que sobrevengan condiciones meteorológicas extremas, su salud y su vistosidad están garantizadas: el letargo en el que le dejaron sumido el otoño y el invierno no fue un período en balde.

Las hojas que comenzaron a caer del árbol desde finales de verano (tímidamente, primero; de golpe, después) se fueron depositando en el suelo, a su alrededor, tejiendo una alfombra protectora encargada de conservar el sustrato y aportarle los nutrientes necesarios para subsistir y alimentar su renacimiento posterior. En el otoño, el árbol parece entrar en un período de decadencia, pero en realidad se intensifica su vida interior: sus esfuerzos se concentran en desarrollar y fortalecer sus raíces. El árbol, en la sabiduría infinita que le ha proporcionado la naturaleza, busca su arraigo: de nada le sirve exhibir un tronco esbelto, unas ramas entrelazadas o unas hojas curiosas si una suave brisa o el peso de un nido de pájaros pueden derribarlo. Alimentando sus raíces, el árbol se garantiza su autoapoyo y, en definitiva, su supervivencia.

Una vez que cayeron las hojas, llegó el momento de la poda. Es un momento duro para el árbol, pero también necesario: debe elegir cuál es la mejor forma para seguir creciendo de acuerdo a sus capacidades y estructura. Sin poda, el árbol seguirá expandiéndose a lo alto y a lo ancho alcanzando unas dimensiones quizá desproporcionadas para la resistencia de sus raíces. Además, las zonas intermedias irán quedando tristes y apagadas, pues la energía –distribuida en forma de savia– se destinará a los extremos. La poda ayuda a equilibrar el árbol, contribuye a airear su copa y las ramas interiores previniendo la aparición de enfermedades, favorece el crecimiento –con fuerza y vigor– de nuevas ramas y, si se trata de árboles frutales, mejora la producción.

Así, con sus raíces enriquecidas y sus ramas saneadas, el árbol llegó a la primavera dispuesto a ofrecer su mejor versión. Pero, ¿qué hay de nosotros? ¿Cómo podemos experimentar el renacimiento al que nos invita la nueva estación? En primer lugar, conviene examinar nuestras raíces: ¿cuáles son los valores sobre los que construimos nuestra identidad? ¿Qué relación hay entre esos valores y las metas vitales que nos fijamos para crecer? ¿Alineamos nuestra forma de pensar, de sentir y de actuar para alcanzar los frutos que anhelamos? Las raíces configuran nuestra capacidad de autocreencia, un concepto que en Coaching se define como la suma de confianza y autoestima. En segundo lugar, debemos mirar si estamos cargando algo de más. ¿De qué queremos librarnos? ¿Qué queremos cortar? Es momento de dejar de andarse por las ramas para neutralizar aquellas que, consumiendo buena parte de nuestros recursos, nos alejan del lugar hacia el que queremos crecer. ¿Estás dispuesto a florecer? Bienvenido seas a tu propia primavera.


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AUTOPÍAS, CONCEPTOS

Viaje al interior de la pirámide

Buena parte de las entradas publicadas en este blog se refieren –directa o indirectamente, consciente o inconscientemente– a la importancia de contactar con nuestras propias necesidades. Cada necesidad pone de manifiesto una carencia (una figura que requiere ser completada) y orienta al individuo –mediante un impulso o movimiento– hacia su satisfacción. De esta manera, las necesidades son la base de nuestro sustento y evolución. Algunas pueden satisfacerse fácilmente: si tenemos sed, basta con ir a la cocina a beber un vaso de agua. La satisfacción de otras necesidades, en cambio, resulta más compleja. En estos casos, las necesidades acaban convirtiéndose en deseos o anhelos que, si no se enfocan adecuadamente, hunden al individuo en una sensación de insatisfacción permanente.

El psicólogo Abraham Harold Maslow (1908-1970) es el autor de una de las clasificaciones más conocidas de las necesidades humanas. Su enfoque, conocido como la pirámide de Maslow, defiende una concepción jerarquizada de las necesidades, desde las exigencias biológicas básicas hasta la autorrealización, en la que es necesario satisfacer las necesidades de nivel inferior para poder acceder a las necesidades, de mayor valor, de los niveles superiores. El trabajo de Maslow no es solo una enumeración de las necesidades humanas, sino también una reflexión sobre la línea de desarrollo del ser humano.

Maslow sitúa, en la base de la pirámide, las necesidades primarias o biológicas (alimento, bebida, vestido, vivienda). Sobre ellas se encuentran las necesidades de seguridad (la necesidad de sentirnos seguros en el entorno que nos rodea y ante el futuro que nos espera), que obtenemos mediante sistemas y vínculos de protección y cuidado. A continuación se sitúan las necesidades de pertenencia, grupo en el que se incluyen el afecto, la amistad o el amor. El siguiente nivel lo ocupan las necesidades de autoestima (el prestigio, el reconocimiento y la capacidad de valerse por uno mismo). Finalmente, ya en la cúspide de la pirámide, se hallan las necesidades de autorrealización o trascendencia (el desarrollo pleno de las capacidades propias de cada individuo).

Este modelo es el que se ha tomado como referencia en la sociedad occidental contemporánea. No obstante, los conceptos de seguridad, pertenencia, autoestima y autorrealización se han ido resignificando en cada época de acuerdo a presiones sociales, grupales o familiares, a los intereses de la publicidad o a la evolución de las modas. El camino hacia la autorrealización pasa, según parece, por una serie concreta de exigencias. Los mensajes –pautas– externos acaban por confundir al individuo, que diluye sus necesidades de acuerdo a lo que, en teoría, se espera de él. Prevalecen, por tanto, las necesidades de otros (la familia, el grupo social de referencia, el sistema).

Propongo mirar más allá de los bloques externos que dan forma a la pirámide de Maslow. Imagina que su interior alberga distintas cámaras o dependencias, como ocurría en las pirámides del Antiguo Egipto. Piensa, incluso, en la posible existencia de compartimentos secretos. Es ahí, mirando al interior, donde podrás contactar con tus necesidades más auténticas, aquellas que son realmente tuyas. Dedícate tiempo para embarcarte en esta expedición al interior de la pirámide: mira qué se está moviendo dentro de ti, averigua qué te quiere decir tu sabio interior. Conocer tus necesidades te ayudará a establecer tu propia jerarquía: puede haber grandes necesidades que requieran, como paso previo, la satisfacción de otras necesidades más pequeñas. Contactar con las propias necesidades es ya, en sí mismo, una forma de autorrealización.


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AUTOPÍAS, CONCEPTOS, HERRAMIENTAS DE COACHING

Parar para seguir girando

El proceso de reflexión sobre uno mismo suele comenzar a partir de una inquietud: sentimos que algo en nuestra vida no funciona correctamente, nos falta energía, nos parece estar atrapados en una rutina que no nos satisface… En ocasiones, tenemos o creemos tener claro qué es, concretamente, lo que está fallando. Otras veces, sin embargo, esa inquietud es imprecisa y no sabemos determinar de dónde procede. Nuestro discurso mental, siempre activo, puede contribuir a la confusión con su reiteración de reproches, críticas y justificaciones. Es el momento de parar y hacer un diagnóstico sobre la situación en la que se encuentran las distintas parcelas que configuran nuestra vida. Podemos usar, para ello, una de las herramientas más conocidas del Coaching: la rueda de la vida.

Esta herramienta ofrece una visión general de la vida de una persona y ayuda a identificar desequilibrios entre diferentes variables, entre ellas la salud, la situación económica, el trabajo, la pareja, la situación familiar, las amistades, el entorno social, el ambiente en el que vivimos, la formación, el ocio, el desarrollo personal, la autoestima… En general, se suelen valorar entre 8 y 12 áreas elegidas por uno mismo. Se pueden usar como referencia las mencionadas anteriormente, ya sea de forma literal o desmenuzándolas (quizá queramos evaluar por separado varios aspectos de una misma variable), o bien añadir otras nuevas que consideremos ligadas a nuestras inquietudes.

¿Te animas a coger papel y lápiz para confeccionar tu propia rueda de la vida? Te invito a dibujar un círculo y a dividirlo en tantas porciones como variables quieras valorar (si escoges un número par de variables, más fácil será la división del círculo). Cada radio de la circunferencia representará una variable. Para poner nombre a cada una de ellas, según lo indicado en el párrafo anterior, piensa en los valores básicos en los que se debe apoyar tu vida para alcanzar un estado de bienestar y satisfacción (en la siguiente ilustración te propongo un ejemplo de rueda de la vida con variables tipo). A continuación, reflexiona sobre cómo está cada una de esas áreas de tu vida en la actualidad con preguntas como ¿estás contento con tu estado físico y mental?, ¿estás satisfecho con el dinero que tienes?, ¿te satisface tu trabajo?, ¿hay armonía en tu vida sentimental?, ¿te sientes realizado?… Puntúa cada variable con una nota de 0 y 10 y traslada esa valoración dibujando un punto en el radio de la circunferencia, siendo el 0 el centro del círculo y el 10 la intersección del radio con el borde de la circunferencia.

Una vez puntuada cada variable, une los puntos de cada radio intentando dibujar una rueda. ¿Cómo es el resultado? Un dibujo amplio, expandido hacia el borde de la circunferencia, indicaría que tu vida parece rodar sin problemas. Por el contrario, un dibujo muy pequeño, cercano al centro de la circunferencia, sugeriría una vida desinflada. De ser así, convendría revisar tus valoraciones: puede que hayas sido demasiado crítico. Lo normal, en cualquier caso, es que el dibujo no sea simétrico: habrá áreas expandidas hacia el extremo de la circunferencia y áreas más próximas al centro del círculo. En esta configuración, la rueda se engancha, no puede girar con normalidad. Conviene tomar conciencia de las secciones de menor puntuación e interpretarlas como áreas de mejora.

La representación gráfica que nos ofrece la rueda de la vida es el punto de partida que, a modo de diagnóstico, nos permitirá, poco a poco, avanzar en nuestro proceso de autoconocimiento, crecimiento personal y cambio. Piensa en qué está fallando, exactamente, en las variables con menor puntuación y explora los recursos con los que cuentas para revertir la situación y lograr el bienestar que anhelas. Estarás listo, entonces, para afrontar las etapas de toma de decisiones, diseño de plan de acción y ejecución de las acciones previstas que completan el proceso.


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