AUTOPÍAS, REFLEXIONES

Contando desde cinco

Lunes, 5 de abril. Finalizada la Semana Santa (salvo en algunas regiones, donde hoy también es festivo), y dejando de lado las particularidades de los calendarios escolares, empieza un nuevo mes que es, además, inicio de un nuevo trimestre (al menos, en lo que a días hábiles se refiere).

He aquí la paradoja sobre la que hoy quiero llamar la atención: es día 5 y hay un comienzo.

¿O es que siempre hay que empezar por el número 1?

Se dice que el número 5 representa al ser humano en su totalidad. Efectivamente, cada uno de nosotros estamos dotados de cinco sentidos (vista, oído, tacto, olfato y gusto), tenemos cinco dedos en cada mano y en cada pie y nuestro crecimiento y desarrollo como personas converge y se expande en cinco dimensiones (física, afectiva, racional, social y espiritual). Se dice, también, que el número 5 expresa libertad, aventura y cambio. ¿Acaso no estamos en constante evolución?

Confiemos, pues, en nuestra propia totalidad. Fijémonos en lo que nos dicen nuestros sentidos. ¿Hasta qué punto dejamos contaminar nuestra percepción por fantasías o temores imaginarios? Cultivemos nuestras propias dimensiones. ¿Cuál está más fuerte? ¿Cuál nos parece la más débil? ¿Cómo se interrelacionan entre ellas? Pongamos atención, tomemos conciencia… y escuchemos las respuestas de nuestra intuición y sabiduría interior.

Empezar no implica siempre partir de cero. En nuestro recorrido vital nos seguiremos encontrando primeras veces –¡qué sería de la vida si no nos brindara nuevas alternativas y oportunidades!–, pero las experiencias y los aprendizajes previos suman puntos para afrontar con garantías los retos y los desafíos que irán apareciendo en el camino.

Yo, esta semana, empiezo a contar desde 5. ¿Y tú?


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AUTOPÍAS, CONCEPTOS

Deletreando resiliencia

Este mes se ha cumplido un año desde que la Organización Mundial de la Salud (OMS) declarara, tras los elevados casos de contagio del COVID-19 que se estaban registrando entonces, que la nueva enfermedad por coronavirus no era un brote circunscrito a determinados países, sino una pandemia de impacto global. Desde entonces, nuestra vida se ha visto expuesta a situaciones más o menos complejas –duelos, convalecencias, confinamientos, restricciones, limitaciones, dificultades para encajar en lo que se ha dado en llamar la nueva normalidad…– que nos han puesto a prueba y nos han obligado a desarrollar eso que llaman resiliencia.

¿Resiliencia? ¿Pero no es esa una cualidad de unos pocos escogidos?

La resiliencia es, efectivamente, el término técnico que se utiliza para referirse a la capacidad de la que dispone una persona para afrontar y superar situaciones traumáticas, adversas o perturbadoras. Lamentablemente, como suele ocurrir con las grandes palabras, su significado se diluye a veces debido a la grandilocuencia y complejidad del término, limitándose su uso para aludir únicamente a gestas extraordinarias o excepcionales. Y no debería ser así: la capacidad de resiliencia es inherente a todos los individuos y se manifiesta también, dentro de las posibilidades de cada uno, en situaciones comunes, ordinarias o generalizadas.

Para facilitar la comprensión de la palabra resiliencia, hoy propongo deletrearla para encontrar, a su vez, otros términos que puedan resultarnos más próximos, cercanos o tangibles para tomar conciencia, si aún no lo la tenemos del todo, de nuestra propia capacidad para afrontar y superar, como personas resilientes, lo que la vida nos ponga por delante. Vamos con ello:

R de… Sin duda, la palabra más asociada a resiliencia es resistencia. Ante una situación sobrevenida, prevalece nuestro deseo e interés por seguir adelante, aun sabiendo que será un camino difícil. Nuestra mente, sin embargo, nos intentará boicotear lanzando masivamente pensamientos negativos y creencias limitantes sobre nuestra capacidad para continuar. Para escapar de ese barullo mental, tenemos a nuestra disposición una herramienta básica que nos permite anclarnos en lo que realmente somos: la respiración. Otras palabras asociadas a resiliencia, con la letra ‘R’, son responsabilidad (la habilidad de responder), reto (toda situación cambiante supone un desafío) y rebote (uno de los significados primigenios que se puede encontrar en el análisis etimológico de resiliencia).

E de… La primera palabra que me viene a la cabeza es esfuerzo: al fin y al cabo, hay que adaptarse a una nueva realidad, y eso conlleva hacer ajustes que trastocan desde nuestras rutinas hasta nuestros comportamientos. Lo mejor, en estos casos, es permitirse estar, tomar conciencia de lo que está pasando y, desde ahí, encontrar el empuje que necesitamos para actuar de forma resiliente aceptando y transformando, en la medida de nuestras posibilidades, nuestra realidad circundante.

S de… Sorpresa y susto, cuando la realidad trastoca nuestros planes o remueve los cimientos de nuestra zona de confort. ‘S’ de silencio cuando, en vez de perder la fuerza por la boca instalándonos permanentemente en la queja y en el victimismo, actuamos de forma proactiva buscando soluciones y salidas. Y, por supuesto, ‘S’ de ser, conectando con las sensaciones que habitan en lo más profundo de nuestro interior.

I de… La letra “I” es, dentro de la palabra resiliencia, una letra infatigable. En esta primera aparición podríamos vincularla con el ejercicio de introspección que nos exige, a todos los niveles, cualquier situación de perturbación o amenaza. No es posible encontrar respuestas si no sabemos antes, con la mayor exactitud posible, qué nos está pasando. Y, aún sabiéndolo (o, al menos, sospechándolo), no siempre habrá respuestas claras: la resiliencia implica desarrollar nuestra intuición, confiar en esa sabiduría propia que escapa a los límites del pensamiento racional.

L de… No hay resiliencia sin lucha. Como ya indiqué antes, hay que hacer un esfuerzo para superar los obstáculos o las dificultades que hayan aparecido en nuestro camino y encontrar nuestro lugar en la nueva realidad derivada de ellos. Luchar exige dar un paso al frente, y eso moviliza nuestro liderazgo interior, es decir, el desarrollo o la búsqueda de recursos y habilidades que residen, latentes o escondidas, en la paleta de colores con la que se da forma al gran lienzo en blanco de nuestro potencial.

I de… La introspección y la intuición de las que hablaba antes abren la puerta a la investigación y a la imaginación. ¿Qué podemos hacer distinto y cómo lo podemos hacer?

E de… Sumemos aquí, al esfuerzo, al estar y al empuje, otras dos cualidades: la esperanza (la confianza en lo que hacemos y en los resultados que esperamos lograr) y la empatía (aunque ser resilientes nos obliga a mirar a nuestro interior, conviene no olvidar que somos seres en relación y que cada persona a nuestro alrededor actúa, en sus procesos de cambio y transformación, de acuerdo a sus propios principios, valores y capacidades).

N de… La primera palabra que me evoca la letra ‘N’, en relación a la resiliencia, es nacimiento. Al fin y al cabo, algo queda atrás y surge espacio para lo nuevo. Sé consciente de tus necesidades a la hora construir la nueva realidad en la que anhelas vivir.

C de… No hay resiliencia si no tomamos conciencia del momento en el que estamos y si no nos abrimos a explorar y desarrollar las capacidades a nuestro alcance para hacer frente a la nueva situación que se ha cruzado en nuestro camino. Conciencia y capacidades acrecentarán nuestra confianza, que a su vez impulsará nuestra creatividad para encontrar una nueva forma de ser y estar en el mundo.

I de… Todo lo anterior, incorporado a nuestra vida, puede servir de inspiración para nosotros mismos, cuando tengamos que afrontar nuevos desafíos en el futuro, y también para otros que, en un momento dado, puedan considerarnos como ejemplo o referente para desarrollar su propia resiliencia.

A de… A modo de resumen, tres palabras que encierran todo el significado de la resiliencia: la aceptación (no podemos avanzar si no aceptamos los cambios que se producen alrededor o dentro de nosotros), la apertura (entendida como la exploración y búsqueda de nuevas formas de encajar e interrelacionar con el mundo que nos rodea) y el autoconocimiento (la mirada interior y la confianza en los recursos propios de los que disponemos).

Estas son las palabras que se me han ocurrido deletreando resiliencia. ¿Qué otras palabras se te ocurren a ti? Si entendemos esas palabras como cualidades, ¿cuáles tienes más desarrolladas? ¿Y cuáles crees que tienes que entrenar o mejorar? Tal vez la resiliencia sea, también, buscar formas de ser aún más resilientes.


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Luces en la noche

Aquella noche, se sintió desorientado. ¡Qué raro! Conocía bien aquel lugar, lo había recorrido muchas veces. Se sabía prácticamente de memoria el escarpado desfiladero por el que caminaba, e incluso podía adentrarse con los ojos cerrados en el espeso bosque que lo circundaba. Ese desfiladero y ese bosque habían sido, hasta ahora, lugares en los que escapar de la realidad, evitar situaciones aparentemente incómodas y, en definitiva, huir de uno mismo.

Aquella noche, sin embargo, esos espacios ya no servían como refugio. Los estrechos senderos del bosque se habían llenado de maleza que enredaba a nuestro personaje en remordimientos y culpas. Las aristas del desfiladero, por su parte, lo atrapaban en su huida. En vez de escapar, se sentía cada vez más encerrado y oprimido. Se había convertido, de repente, en víctima de su propio victimismo. Desde ahí, la realidad de la que intentaba evadirse no parecía tan hostil o amenazante.

Pero… ¿cómo volver a la realidad después de hacer tantos esfuerzos para evitarla?

Apenas sin darse cuenta, una primera luz se había encendido en su interior: la luz del aquí y el ahora, del presente. Descubrió que se estaba perdiendo un momento único e irrepetible al dejar que su existencia dependiera de los sombríos parajes que imaginaba para el futuro y de los fantasmas del pasado de los que trataba de escapar. Y probó a acentuar la conexión con el presente con la respiración, sin duda la mejor herramienta para anclarse en cada instante.

Reconfortado por su propia respiración, atisbó una segunda luz: la luz del darse cuenta, de la toma de conciencia. En el flujo inhalación-exhalación, se permitió un espacio para, poco a poco, identificar sus sensaciones y emociones. Allí estaban el miedo y la ira, los motores de su carrera cada vez más rápida por el desfiladero. Allí estaban, también, la tristeza y el dolor, compañeros inseparables en el viaje al centro más profundo del bosque. Y allí estaban, inevitablemente, la alegría y la gratitud que supone vivir la experiencia de uno mismo, sean cuales sean las circunstancias.

Los pensamientos, por supuesto, pugnaban por tomar el control. Pero no era momento de pensar, era momento de sentir.

Y, en ese sentir, apareció la tercera luz: la luz de la responsabilidad. Tenía, a su alcance, dos opciones: huir de nuevo, vagando una vez más por automatismos y circunloquios, aun sabiendo de antemano que esta alternativa no va a servir de nada… o afrontar la realidad, aceptándola tal cual es, y tratando de sacar el máximo partido –el mayor aprendizaje– de cada experiencia que nos presenta la vida en su devenir. Sí, puede que esta opción no sea fácil. Sí, puede que esta opción sea la más auténtica.

Las luces del aquí y el ahora, el darse cuenta y la responsabilidad son las claves de la Terapia Gestalt, de la que ya he hablado previamente en este blog, y son, para mí, las bases de una filosofía que intento tener presente en todos los ámbitos de mi vida. Unas veces, estas luces serán tan débiles como la luz de una vela. Otras, por el contrario, nos cegarán como un potente foco. Sea como sea… ¡enciende tus luces!


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En busca de un propósito

Faltan poco más de 3 días para que acabe 2020 y quien más, quien menos, se está planteando ya sus propósitos para 2021. Los deseos que más se escuchan estos días son, sin duda, que el nuevo año sea mejor que el que dejamos atrás y que la pandemia que nos afecta sea solo un recuerdo del pasado. Ambos son pensamientos loables, por supuesto, pero, como ocurre habitualmente con los grandes anhelos propios de estas fechas –la salud, la paz–, parecen más peticiones que propósitos. No tendremos suficiente motivación para afrontar el 2021 si no buscamos intenciones más concretas… que dependan de nosotros mismos.

Algunas veces, los propósitos surgen de forma espontánea o, al menos, sin que tengamos que hacer un gran esfuerzo para encontrarlos. Otras veces, en cambio, nos sentimos paralizados, confusos, desorientados… y no sabemos muy bien hacia dónde encaminar nuestros pasos (sobre todo después de un año como el que hemos vivido). Si estás en esta situación, no te preocupes: hoy, aprovechando estas fechas de transición y búsqueda, quiero compartir contigo una estrategia para ayudarte a encontrar tus propósitos para el nuevo año. ¿Comenzamos?

Coge papel y bolígrafo para anotar 12 cosas que te gustaría ser, hacer o tener en 2021. Para inspirarte, puedes pensar en las cosas que te gusta hacer (ya sea de forma habitual o esporádica), en aquello que es importante para ti, en los ambientes en los que te gusta estar o desenvolverte, en las personas con las que te interesa relacionarte o en las habilidades que sabes que tienes o que los demás reconocen en ti. No te preocupes si se te ocurre algo fantasioso o estrambótico: estas 12 cosas son solo un punto de partida para encontrar tu propósito. ¿Ya has cogido suficientes ideas? Es el momento de anotarlas …

… Pero no de cualquier forma, sino con una estructura concreta: escribe frases breves y claras, y comienza cada una de ellas, hasta completar las 12, con una de las siguientes fórmulas:

  • En 2021 quiero ser…
  • En 2021 quiero tener…
  • En 2021 quiero hacer…

¿No has llegado a las 12 frases? ¿Tienes frases de más? No importa. Elegimos el 12 por el valor simbólico que tiene este número (los 12 meses del año, las 12 campanadas…). No obstante, puedes hacer este ejercicio siempre que tengas anotados entre 9 y 15 deseos.

Una vez que tengas escritas las frases, tienes que seleccionar la que tenga más valor para ti. Quizá ya te hayas dado cuenta, al escribirlas, de cuál de esas intenciones es más importante. Si no, no te preocupes: hay una fórmula para encontrarla. Veamos cuál:

  • Lee en voz alta la primera y la segunda frase de tu listado. ¿Cuál te suena mejor? ¿Cuál de las dos es más importante para ti? Subraya o recuadra la que te resulte más valiosa y tacha la otra.
  • Lee en voz alta la tercera frase del listado y la frase que hayas escogido en la criba anterior. ¿Cuál prefieres? Si te gusta más la frase escogida previamente, tacha la tercera frase. Si, por el contrario, te resuena más la tercera frase, recuádrala y tacha la frase que seleccionaste en el paso anterior.
  • Lee en voz alta la cuarta frase del listado y la frase ganadora en la selección anterior. Escoge una de ellas …
  • … Y así hasta llegar a la última frase del listado.

Completado el proceso, tendrás un único deseo o intención que usar como propósito para el nuevo año. Quizá no sea realista, quizá sea demasiado ambicioso, quizá sea muy abstracto… Por eso, queda un último movimiento por hacer: hay que perfilarlo. ¿Cómo? De momento, planteándote dos preguntas:

  • ¿Qué me va a aportar ese propósito? (Buscar un significado, un sentido o un beneficio a ese propósito en cuestión).
  • ¿Qué primer paso puedo dar para moverme en esa dirección? (Buscar acciones concretas que te permitan materializar ese propósito).

Puede que tu propósito sea, en sí mismo, un objetivo por el que luchar. O puede que, más que un objetivo, tengas solo una idea de hacia dónde moverte para salir de la parálisis y el desconcierto y encontrar, más adelante, un camino que de verdad te llene. En ambos casos, tener un propósito (de acción o movimiento) te ayudará a vivir con más coherencia, entusiasmo, fortaleza, efectividad y satisfacción.

Sea cual sea tu propósito, ¡feliz 2021!


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¡Stop!

Todos, seamos conductores o no, conocemos la señal de STOP, una indicación muy diferente a otras señales de tráfico tanto por su forma (no es triangular, cuadrada o redonda, sino octogonal) como por su contenido (a diferencia de otras señales, no incluye un pictograma, sino la instrucción, directa y clara, de parar el vehículo, aunque sea con una palabra en inglés). En efecto, el código de circulación define el STOP como la obligación para todo conductor de detener su vehículo ante la próxima línea de detención o, si no existe, inmediatamente antes de la intersección, y ceder el paso en ella a los vehículos que circulen por la vía a la que se aproxime.

La señal de STOP se ocupa, por tanto, de regular la prioridad de circulación en las intersecciones, y confío en que todos seamos conscientes de su importancia para garantizar la seguridad (la nuestra y la de aquellos con los que nos cruzamos) y prevenir accidentes.

¿Y a cuento de qué viene todo esto?

Pues viene a cuento de que vivir no es lo mismo que conducir. El viaje por carretera está sujeto a una serie de pautas, recomendaciones e indicaciones que vienen definidas por las señales que encontramos a nuestro paso. En el viaje de la vida, sin embargo, no siempre es fácil ver e interpretar las señales que van apareciendo en el camino… o bien las ignoramos deliberadamente.

Pienso en lo que ocurre, por ejemplo, en esas situaciones en las que nos dejamos arrastrar por el piloto automático del estrés, siempre en su huida hacia adelante, o por los patrones de comportamiento inconscientes que se activan en nosotros cuando no nos atrevemos a decir “no” o a actuar de acuerdo a lo que realmente somos (aunque sea atentando contra nuestra propia coherencia). A la larga, los automatismos se traducen en insatisfacción y frustración.

Si no hay señal, hay que inventarla. Y para eso está el método STOP, una técnica de mindfulness para anclarse en el presente, abrir espacio a otras perspectivas, conectar con nuestras necesidades y actuar en consecuencia. No olvidemos que cada STOP da paso a una intersección con alternativas distintas a esa vía rápida por la que solemos circular.

¿Cómo montar esa señal de STOP? La respuesta viene dada por cada una de sus letras:

S de STOP (parar). Para un momento y haz un inventario de lo que está ocurriendo en tu cabeza, corazón y cuerpo. Se trata de identificar los pensamientos, emociones y sensaciones físicas que estás experimentando en ese instante concreto.

T de TOMA UN RESPIRO. A continuación, dirige tu atención a la respiración. Como he comentado otras veces, la respiración es clave para conectar con el presente, recolocar la experiencia y permitir la aparición de nuevas opciones.

O de OBSERVAR. Poco a poco, amplía el campo de percepción, más allá de la respiración, para darte cuenta de las nuevas sensaciones y necesidades que emanan de ti. Abre tu conciencia, también, a lo que está ocurriendo fuera de ti: deja que tus sentidos actúen con curiosidad y apertura, como si descubrieras el mundo por primera vez.

P de PROCEDER. Una vez completadas las fases anteriores, actúa de acuerdo a tus necesidades y sabiduría interior. ¿Es necesario seguir a piñón fijo, como habías hecho hasta ahora, o tienes a tu alcance otras posibilidades, otras respuestas, otros caminos por explorar en esta intersección que te has permitido crear?

Probablemente pensarás que todo esto es muy interesante, pero de difícil aplicación: atrapados por las circunstancias, ¿cómo poner un STOP? Efectivamente, no es sencillo, pero se puede entrenar de dos formas. En primer lugar, recordando episodios pasados en los que te hubiera venido bien disponer de ese STOP: ¿cómo habría cambiado la situación, cómo te habrías sentido? Y, en segundo lugar, anticipando situaciones futuras donde pueda serte útil ese STOP: ¿qué indicadores te pueden servir para activar la señal?

Ahora, después de haber parado, puedes reanudar la marcha. ¡Buen viaje!


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Descubre tu autopía

Se cumple un mes desde la entrada en vigor del estado de alarma decretado por el Gobierno de España para hacer frente a la pandemia del coronavirus COVID19. Durante este tiempo, nuestros esfuerzos se han dedicado, principalmente, a gestionar los cambios que se han producido en nuestro día a día a causa de las medidas de confinamiento, entre ellos la reconversión de nuestros hogares en oficinas de trabajo y aulas para nuestros hijos o el rápido aprendizaje y adaptación a nuevas tecnologías con las que acceder a propuestas culturales, deportivas, de formación o de entretenimiento y mantener, de manera virtual, nuestra vida social. A la vez, hemos salido a aplaudir –como seguimos haciendo– a los profesionales que siguen trabajando por la salud, la seguridad, los servicios sociales, el abastecimiento y tantos otros servicios públicos que hasta ahora nos pasaban desapercibidos. Y, por supuesto, hemos seguido con preocupación, incluso con dolor, las terribles estadísticas que el coronavirus está dejando a su paso. Preocupación y dolor que, por supuesto, mantenemos.

Disciplinadamente, nos hemos acostumbrado, con mayor o menor esfuerzo, a una vida totalmente hogareña. Nos hemos habituado también, aunque lo hagamos compungidos, a guardar la distancia social en las colas de los supermercados. Incluso, en algunos momentos, empezamos a advertir rutinas en el silencio que nos llega de las calles. Tal vez sea el momento, una vez adaptados a una provisionalidad por ahora indefinida, de volver la mirada hacia dentro para ver cómo estamos, qué cambios internos –aunque sean sutiles– se han producido en cada uno de nosotros, cuáles son nuestros anhelos para el futuro… Esta nueva prórroga del estado de alarma que ahora comienza puede ser una oportunidad única para buscar, desde la introspección, nuestra propia autopía, es decir, ese espacio propio, ideal y alcanzable, en el que desarrollar una nueva forma de ser y estar en el mundo una vez que, paulatinamente, vayamos recuperando una nueva normalidad indudablemente distinta a la que dejamos semanas atrás.

¿Sientes que es el momento de avanzar hacia allí? Si la respuesta es afirmativa, quizá te interese utilizar la guía “Descubre tu autopía: abriendo caminos en un momento único” en la que he estado trabajando intensamente, y con mucho cariño, en los últimos días. La guía, que puedes descargar gratuitamente, incluye propuestas que, a partir de preguntas y herramientas de coaching, te ayudarán a reflexionar sobre tu contexto vital y sobre los propósitos, los valores y las acciones que necesitas para expresar todo tu potencial. Además de trabajar con la guía, te invito a compartir tus experiencias o tus dudas sobre las propuestas en ella incluidas en la sesión grupal online que celebraré el domingo 26 de abril a las 18:00 horas (hora de Madrid-España). Del mismo modo, mantengo la oferta de tres sesiones individuales de coaching gratuitas, sin compromiso de continuidad, que vengo realizando desde el inicio del estado de alarma (sesiones de 45 minutos, oferta válida hasta el 26 de abril). Puedes apuntarte a la sesión grupal o a las sesiones individuales, así como recabar información adicional, escribiendo al correo electrónico info@autopiascoaching.com o rellenando este formulario indicando nombre y teléfono y el formato de coaching (individual o grupal) de tu interés. ¡Descubre tu autopía!

¿No llegaste a la fecha anterior? ¡No te preocupes! He programado una nueva sesión grupal online para el miércoles 6 de mayo a las 19:30 horas (hora de Madrid-España). Además, la oferta de tres sesiones individuales de coaching gratuitas se amplía hasta el 10 de mayo.

Descarga aquí la guía “Descubre tu autopía: abriendo caminos en un momento único”.


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Adentrarse en la cueva

El caminante estaba cansado, llevaba mucho tiempo vagando por cañadas y senderos. Generalmente, reponía fuerzas fijándose en pequeños detalles que iba encontrando a su paso: la frondosidad del bosque que avistaba desde el cerro, los campos de cultivo en su punto álgido a la espera de la cosecha, el olor de las flores con las que se iba topando en su travesía, el silbido del viento, la rodadura de los coches que transitaban por las carreteras cercanas, el reflejo de un tren que serpenteaba a lo lejos, las imponentes o humildes construcciones de las ciudades y pueblos que se iba encontrando en el camino… Aquel día, sin embargo, esos estímulos no lo reconfortaban. ¿Qué hacer, entonces, para recuperar la energía perdida?

El caminante, que hasta ese momento cavilaba ensimismado en su desazón, se percató  de que a su espalda había una formación rocosa con una abertura que parecía dar acceso a una cueva. Su cansancio lo animó a buscar refugio allí: antes o después, tenía que parar. La cavidad a la que se accedía por aquella abertura era bastante amplia y estaba muy bien iluminada: varias grietas en la roca facilitaban la entrada de luz exterior. El caminante se acomodó sobre unos montones de paja que había junto a una de las paredes y se echó una pequeña siesta. Al despertar, se sentía ya más descansado. Pensó, incluso, en reanudar el camino. Pero entonces se dio cuenta de que, en la pared opuesta, había un hueco por el que acceder a una cavidad contigua. ¿Qué hacer? ¿Volver a una realidad exterior que un rato antes le había parecido efímera o seguir explorando la cueva?

El caminante encontró que junto a ese hueco –¿casualmente?– se disponían los elementos necesarios para prender una antorcha, así que se animó a iniciar la exploración. El hueco daba paso a un pasillo por el que, a pesar de algunas pequeñas irregularidades que iban apareciendo en el terreno, no resultaba difícil andar. Siguió caminando durante un largo trecho. Entonces, el pasillo comenzó a hacerse cada vez más angosto. El caminante pensó en retroceder, no fuera a quedarse atrapado, pero, de nuevo, prevalecieron las ganas de continuar. Si había llegado hasta allí, ¿por qué no continuar un poco más? Aunque el pasillo era estrecho, bastaba con agacharse un poco para seguir avanzando.

El caminante recorrió el pasillo hasta el final, donde encontró una portezuela que daba a una nueva cavidad. Abrió la portezuela con decisión, pero se quedó sobrecogido: esta dependencia de la cueva estaba llena de afiladas estalactitas y estalagmitas que, además de la amenaza que suponían, proyectaban sombras fantasmagóricas a la luz de la débil antorcha. Un río de lava caliente y pringosa cruzaba el suelo. El caminante sintió deseos de salir corriendo a través del pasillo que acababa de cruzar. No obstante, al fondo de la sala se veía un suave resplandor. Tal vez fuera mejor cruzar esta cavidad de apariencia hostil: quizá hubiera otra salida allí. El caminante advirtió que, para llegar a ese resplandor, no era necesario cruzar la sala sorteando cada uno de esos elementos amenazantes: podía usar el desfiladero que se había formado en una de las paredes.

El caminante, una vez en el desfiladero, comprendió que los espeleotemas, la lava y las sombras son elementos que pueden aparecer con frecuencia en cualquier cueva. ¿Por qué tener miedo de ellos? Bastaba con observarlos, no era necesario medirse con ellos. Y así, siguió avanzando por el desfiladero, camino del resplandor. Un golpe de viento apagó la antorcha, pero no le importó: el resplandor aportaba ya suficiente luz para continuar. Además, el desfiladero se iba ensanchando, y descendía en una ligera pendiente por la que era fácil caminar. Con paso ligero, el caminante llegó a una nueva sala, y se quedó maravillado por lo que vio: ante él se abría un oasis de vegetación a través del cual se abrían caminos de piedras pulidas que conducían hacia un pequeño lago y una pequeña playa.

El caminante avanzó por uno de esos senderos hasta alcanzar el agua. Aprovechó para refrescarse y, reconfortado por la armonía que emanaba de aquel paisaje, se dispuso a meditar. Aunque no se veía ninguna fuente de iluminación, una brillante luz natural daba color y forma al oasis. El caminante se espabiló y se dispuso a partir. Cuando quiso darse cuenta, caminaba ya lejos de la cueva. En su bolsillo guardaba una pequeña piedra pulida, un recordatorio de ese lugar al que volver para encontrarse consigo mismo, para recobrar las fuerzas perdidas, para aceptar con serenidad lo que la vida nos ofrece y para salir después al mundo, tocados por nuestra mirada interna, a compartir nuestra experiencia.


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De la oscuridad a la luz

La vida, en su infinita sabiduría, nos invita o nos aboca permanentemente al cambio. Nos invita al cambio cuando, cansados de afrontar cada día las mismas rutinas, decidimos buscar nuevos horizontes (más o menos cercanos o accesibles) en los que realizarnos. Y nos aboca al cambio cuando, de repente, cambian las condiciones o las reglas de juego en las que nos desenvolvíamos con relativa normalidad (pérdidas inesperadas, circunstancias sobrevenidas…). En ambos casos, y aunque las situaciones no sean comparables, es inevitable que aparezca junto a nosotros un compañero de viaje que, si bien puede servirnos de protección, también puede paralizarnos. Su nombre es, como todos sabemos, el miedo.

En los últimos meses, coincidiendo con mi propio proceso de cambio y crecimiento personal y profesional, he tenido muy presente un poema titulado Nuestro miedo más profundo. Aunque se atribuye su autoría a Nelson Mandela (el poema fue parte de su discurso de toma de posesión como Presidente de Sudáfrica en 1994), en realidad se trata de una composición de la escritora Marianne Williamson, nacida en Houston (EE.UU.) en 1952. Los primeros versos del poema rezan así: Nuestro miedo más profundo no es el de ser inadecuados. / Nuestro miedo más profundo es el de ser poderosos más allá de toda medida. / Es nuestra luz, no nuestra oscuridad, lo que nos asusta

En general, solemos vincular el miedo con la oscuridad, con la penumbra, porque nos conecta con sensaciones que nos incomodan y que rompen nuestro equilibrio cotidiano: dudas, inseguridad, incertidumbre… El miedo es el paraíso de los fantasmas que arrastramos del pasado y de las escenas temidas del futuro que aún no conocemos. Pero… ¿qué pasa si, inspirándonos en las palabras de Williamson, consideramos el miedo como una puerta hacia la luz? Al fin y al cabo, esas zonas de sombra son también una parte de nosotros, pues no somos más que una suma de polaridades: no es posible encontrar seguridad o certezas si no reconocemos previamente su reverso, y esos fantasmas no son más que el reflejo de nosotros mismos en espejos distorsionados.

Ante esta consideración –y siguiendo con el poema de Williamson– surge una pregunta: ¿Quién soy yo para ser brillante, hermoso, talentoso, extraordinario? No merece la pena detenerse ni siquiera un instante en buscar una respuesta. De hecho, la autora aboga por reformular la pregunta: ¿Quién eres tú para no serlo? Ahí es nada… En conclusión: ¿vas a dejar que el miedo sea un freno o un estímulo en tu desarrollo personal o profesional? Acércate con curiosidad a los procesos de cambio que quieras introducir en tu vida o que vengan dados por el entorno en el que te mueves, conecta con tus necesidades intrínsecas para avanzar hacia donde realmente quieras estar y recorre con confianza el camino que une la oscuridad con la luz.


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Un viaje en el tiempo

La historia de la literatura, el cine, la televisión e incluso la música recoge distintos ejemplos del interés del ser humano por viajar a través del tiempo. Los fines de este interés son diversos, y van desde la mera exploración curiosa de lo que fue o de lo que será, el deseo de vivir como protagonista grandes episodios históricos o el intento de cambiar el devenir de la historia pasada o futura… A veces, ese interés nace de una preocupación o vocación social por la humanidad en su conjunto. Otras veces, la motivación es individual: nuestra vida incluye, inevitablemente, apuntes biográficos pasados que, vistos con perspectiva, nos hubiera gustado haber vivido de otra manera, y la toma de decisiones para el futuro sería más fácil si pudiéramos trasladarnos a él para comprobar de primera mano los resultados de cada una de las opciones que se nos presentan.

La realidad es que, dejando de lado teorías conspiratorias, aún no se ha inventado una máquina del tiempo que nos permita deambular, hacia delante o hacia atrás, por el curso de la historia. Y, sin embargo, eso es lo que hacemos la mayor parte del tiempo: movernos constantemente a lo largo y ancho de nuestra propia biografía aferrándonos a recuerdos de situaciones que ya quedan atrás, alejadas de nuestra realidad actual, y anticipando preocupaciones y expectativas de situaciones futuras incluso antes de que estas se esbocen o manifiesten. Esta práctica condiciona nuestros estados de ánimo y nos aleja, irremediablemente, de la única realidad temporal que realmente existe: el presente.

Si solo existe el presente, los recuerdos del pasado y las expectativas no pueden ser considerados, en sí mismos, como realidades, sino como abstracciones o construcciones que nos acompañan y que condicionan, para bien o para mal, cada instante que vivimos. Este es uno de los fundamentos de la Terapia Gestalt, que aboga por actualizar (mental y emocionalmente) esas construcciones en el presente, convirtiéndolas en una realidad palpable, con el fin de explorar opciones con las que, siempre en el presente, completar una nueva experiencia que nos permita cerrar ese círculo vicioso de situaciones inconclusas, asuntos pendientes y escenas temidas que arrastramos y que nos impiden ver y acceder a nuestro auténtico potencial.

Para la Gestalt, no tiene sentido buscar las causas de lo que ocurre o de lo que esperamos. Lo relevante es transitar por esas actualizaciones presentes del pasado y del futuro con vistas a obtener un nuevo marco de referencia en el que, ante determinadas situaciones, podamos responder de otra manera. De este modo, el presente se configura a la vez como punto y línea de tiempo, algo que ocurre también en disciplinas como el Coaching o la Programación Neurolingüística (PNL), donde el presente es el punto de partida y de llegada de los viajes que hacemos al pasado y al futuro en busca de experiencias en las que, en su día, nos sentimos realizados y de proyecciones, ensoñaciones o visualizaciones del futuro que queremos empezar a construir desde ahora.

Mirar hacia el pasado o el futuro no es bueno o malo per se. Lo importante es hacerlo siempre anclados en el aquí y en el ahora, en las motivaciones del presente que vivimos. El pasado ya se fue y el futuro aún no ha llegado: son solo construcciones que nos impiden avanzar (y vivir lo que se nos ofrece en cada momento) o abstracciones a las que acudir cuando, desde el presente, necesitamos recuperar experiencias o encontrar la motivación necesaria para satisfacer nuestras necesidades vitales y afrontar los retos que se nos presentan en todos los recodos de este camino que llamamos vida. Dicho esto, ¿crees que merece la pena construir una máquina del tiempo?


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AUTOPÍAS, CONCEPTOS, ENEAGRAMA

La cuadratura del círculo

Lunes, día 9. ¡Cuántas sorpresas esconde este número! En aritmética, son varias las curiosidades asociadas al 9. Así, la suma de todos los dígitos que componen el número natural 123.456.789 nos da como resultado 45, y la suma de los dos dígitos que forman esta cifra es igual a 9. Del mismo modo, la suma de los dígitos de cada resultado de la tabla de multiplicar del 9 nos lleva siempre a este mismo número. Se dice, también, que el 9 es el número del saber supremo y del misticismo. A la vez, se le llama número del ser humano porque es la cifra que define el período de gestación (9 meses). Y son incontables los símbolos y enigmas vinculados al 9 que dan origen, sustentan o desarrollan la mitología, el cristianismo o la masonería, entre otros.

Entre los símbolos asociados al 9 se encuentra la figura de 9 puntas conocida como eneagrama (del griego ennea, nueve, y grammos, figura) con la que se representan las nueve personalidades básicas de los seres humanos y las complejas interacciones que se establecen entre ellas. Su origen, aunque no está documentado, se sitúa en Babilonia alrededor del año 2.500 a.C. La mística sufí, que lo consideraba un modelo de interpretación del mundo y de conocimiento del hombre, lo mantuvo vivo, de manera secreta u oculta, a lo largo de los siglos. Su introducción en Occidente, en la primera mitad del siglo XX, se atribuye al carismático y a la vez misterioso George I. Gurdjieff. Su divulgación y popularización posterior se debe a Óscar Ichazo (años 50), que introdujo la correlación de las nueve puntas con los nueve tipos de personalidad básica, y especialmente, a Claudio Naranjo (años 70) y Don Riso y Russ Hudson (años 80).

Para Naranjo, los nueve tipos de personalidad básica incluidos en el eneagrama (a los que llamamos eneatipos o egotipos, pues no dejan de ser manifestaciones del ego) constituyen un conjunto organizado de estructuras de carácter, entre las cuales se observan relaciones específicas de contigüidad, contraste, polari­dad, etc. Cada personalidad o estructura, como recuerdan Riso y Hudson, utiliza las capacidades del temperamento innato para desarrollar defensas y compensaciones para las heridas recibidas en la infancia, de modo que, de forma inconsciente, nos especializamos en un repertorio limitado de estrategias, imágenes propias y comportamientos que nos permitieron salir adelante y sobrevivir en el entorno de esos primeros años.

La denominación de los diferentes eneatipos varía en función del autor, de las traducciones y de los desarrollos posteriores que se han ido haciendo del eneagrama. Según la nomenclatura de Riso y Hudson, el eneatipo 1 es el reformador, un tipo idealista de sólidos principios; el eneatipo 2 es el ayudador, un tipo preocupado, orientado a los demás; el eneatipo 3 es el triunfador, un tipo adaptable y orientado al éxito; el eneatipo 4 es el individualista, un tipo romántico e introspectivo; el eneatipo 5 es el investigador, un tipo vehemente y cerebral; el eneatipo 6 es el leal, un tipo comprometido, orientado a la seguridad; el eneatipo 7 es el entusiasta, un tipo productivo y ajetreado; el eneatipo 8 es el desafiador, un tipo poderoso y dominante; el eneatipo 9, finalmente, es el pacificador, un tipo acomodadizo y humilde. Las denominaciones son solo eso, denominaciones: es difícil encontrar un concepto único para cada eneatipo, pues sus características generales (pasiones, cualidades esenciales, miedos, deseos básicos…) se ven siempre matizadas por los llamados instintos (que configuran 3 subtipos distintos dentro de cada egotipo) y por las influencias y relaciones que recibe o mantiene con el resto de eneatipos (lo que se conoce como flechas y alas).

Por tanto, el eneagrama no es un fin en sí mismo, sino el inicio de un camino de autoconocimiento y crecimiento que nos permite avanzar en la aceptación y el reconocimiento de la responsabilidad que tenemos sobre nuestros comportamientos, comprender mejor –desde el respeto– los patrones de funcionamiento de las personas que nos rodean y, desde ahí, crear lazos más fuertes y comprometidos, sobre las bases de una comunicación más efectiva, con el mundo en el que nos desenvolvemos. El eneagrama es, a la vez, una fuente de información muy útil en procesos de acompañamiento como el coaching (ayuda a definir herramientas más específicas para impulsar las necesidades y motivaciones de los clientes) y se emplea también (a veces con enfoques muy reduccionistas) en la gestión de grupos o en los procesos de selección que realizan los departamentos de recursos humanos de las empresas.

Todas estas funcionalidades del eneagrama dejan de tener sentido si lo utilizamos únicamente como herramienta de encasillamiento en una sociedad que vive, cada vez más, a golpe de etiquetas. Según vayamos conociendo los eneatipos, efectivamente, nos iremos identificando, en mayor o menor medida, con uno u otro. Pero no debemos olvidar que el eneagrama no es una herramienta para justificarnos (Yo soy rebelde porque el mundo me ha hecho así, como cantaba Jeanette), sino para superar las máscaras tras las que nos parapetamos y desarrollar al máximo nuestro potencial. Esa es la esencia del eneagrama: un círculo en el que todo cabe que fluye constante a través del espacio y del tiempo. ¿Por qué quedarse en un número, pudiendo aspirar al infinito?


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