AUTOPÍAS, METÁFORAS, MINDFULNESS

Adentrarse en la cueva

El caminante estaba cansado, llevaba mucho tiempo vagando por cañadas y senderos. Generalmente, reponía fuerzas fijándose en pequeños detalles que iba encontrando a su paso: la frondosidad del bosque que avistaba desde el cerro, los campos de cultivo en su punto álgido a la espera de la cosecha, el olor de las flores con las que se iba topando en su travesía, el silbido del viento, la rodadura de los coches que transitaban por las carreteras cercanas, el reflejo de un tren que serpenteaba a lo lejos, las imponentes o humildes construcciones de las ciudades y pueblos que se iba encontrando en el camino… Aquel día, sin embargo, esos estímulos no lo reconfortaban. ¿Qué hacer, entonces, para recuperar la energía perdida?

El caminante, que hasta ese momento cavilaba ensimismado en su desazón, se percató  de que a su espalda había una formación rocosa con una abertura que parecía dar acceso a una cueva. Su cansancio lo animó a buscar refugio allí: antes o después, tenía que parar. La cavidad a la que se accedía por aquella abertura era bastante amplia y estaba muy bien iluminada: varias grietas en la roca facilitaban la entrada de luz exterior. El caminante se acomodó sobre unos montones de paja que había junto a una de las paredes y se echó una pequeña siesta. Al despertar, se sentía ya más descansado. Pensó, incluso, en reanudar el camino. Pero entonces se dio cuenta de que, en la pared opuesta, había un hueco por el que acceder a una cavidad contigua. ¿Qué hacer? ¿Volver a una realidad exterior que un rato antes le había parecido efímera o seguir explorando la cueva?

El caminante encontró que junto a ese hueco –¿casualmente?– se disponían los elementos necesarios para prender una antorcha, así que se animó a iniciar la exploración. El hueco daba paso a un pasillo por el que, a pesar de algunas pequeñas irregularidades que iban apareciendo en el terreno, no resultaba difícil andar. Siguió caminando durante un largo trecho. Entonces, el pasillo comenzó a hacerse cada vez más angosto. El caminante pensó en retroceder, no fuera a quedarse atrapado, pero, de nuevo, prevalecieron las ganas de continuar. Si había llegado hasta allí, ¿por qué no continuar un poco más? Aunque el pasillo era estrecho, bastaba con agacharse un poco para seguir avanzando.

El caminante recorrió el pasillo hasta el final, donde encontró una portezuela que daba a una nueva cavidad. Abrió la portezuela con decisión, pero se quedó sobrecogido: esta dependencia de la cueva estaba llena de afiladas estalactitas y estalagmitas que, además de la amenaza que suponían, proyectaban sombras fantasmagóricas a la luz de la débil antorcha. Un río de lava caliente y pringosa cruzaba el suelo. El caminante sintió deseos de salir corriendo a través del pasillo que acababa de cruzar. No obstante, al fondo de la sala se veía un suave resplandor. Tal vez fuera mejor cruzar esta cavidad de apariencia hostil: quizá hubiera otra salida allí. El caminante advirtió que, para llegar a ese resplandor, no era necesario cruzar la sala sorteando cada uno de esos elementos amenazantes: podía usar el desfiladero que se había formado en una de las paredes.

El caminante, una vez en el desfiladero, comprendió que los espeleotemas, la lava y las sombras son elementos que pueden aparecer con frecuencia en cualquier cueva. ¿Por qué tener miedo de ellos? Bastaba con observarlos, no era necesario medirse con ellos. Y así, siguió avanzando por el desfiladero, camino del resplandor. Un golpe de viento apagó la antorcha, pero no le importó: el resplandor aportaba ya suficiente luz para continuar. Además, el desfiladero se iba ensanchando, y descendía en una ligera pendiente por la que era fácil caminar. Con paso ligero, el caminante llegó a una nueva sala, y se quedó maravillado por lo que vio: ante él se abría un oasis de vegetación a través del cual se abrían caminos de piedras pulidas que conducían hacia un pequeño lago y una pequeña playa.

El caminante avanzó por uno de esos senderos hasta alcanzar el agua. Aprovechó para refrescarse y, reconfortado por la armonía que emanaba de aquel paisaje, se dispuso a meditar. Aunque no se veía ninguna fuente de iluminación, una brillante luz natural daba color y forma al oasis. El caminante se espabiló y se dispuso a partir. Cuando quiso darse cuenta, caminaba ya lejos de la cueva. En su bolsillo guardaba una pequeña piedra pulida, un recordatorio de ese lugar al que volver para encontrarse consigo mismo, para recobrar las fuerzas perdidas, para aceptar con serenidad lo que la vida nos ofrece y para salir después al mundo, tocados por nuestra mirada interna, a compartir nuestra experiencia.


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AUTOPÍAS, CONCEPTOS, GESTALT

Cerrar para abrir y continuar

La vida, lo he comentado alguna vez en este blog, es una sucesión de ciclos que se dan de forma continua o simultánea y que vamos completando (o abandonando) según nuestros deseos, capacidades, necesidades o responsabilidades. En todo ciclo vital hay siempre un punto de origen (el día de nuestro nacimiento, el primer día de clase, el día en que formalizamos una relación de pareja, nuestro primer día de trabajo, el día en el que nace nuestro hijo…), un desarrollo que le da forma y, para bien ser, debería haber un cierre en el que asimilar lo que hemos vivido a lo largo del proceso, aunque esto no siempre es posible: algunos ciclos quedan abandonados, a la espera de una conclusión futura; otros se acaban abruptamente, sin apenas darnos tiempo a reaccionar.

Este fin de semana he vivido, en el último taller de la formación en Teoría y Técnicas Gestálticas que estoy cursando, una de esas experiencias de cierre. Aunque la formación continúa (quedan trabajos por hacer y requisitos adicionales por cumplir), se clausura el espacio abierto hace más de tres años en el que, de forma vivencial, y gracias a la implicación de todos los compañeros de promoción, hemos podido experimentar, en carne propia, y también en la relación con los otros, los fundamentos de la Terapia Gestalt. Este último taller, en modo despedida, nos ha servido para valorar nuestro propio crecimiento, reconocer el trabajo y la evolución de los compañeros de este grupo de formación y agradecer el aprendizaje que, unos a otros, por vivencia o resonancia, hemos ido compartiendo.

Y, como en todo cierre, quedan en el aire preguntas que, a su vez, abren la puerta a nuevos ciclos y oportunidades. ¿Cómo mantener la relación frecuente con los compañeros ahora que desaparece nuestro espacio de reunión? ¿Qué otros espacios puedo buscar para seguir profundizando en mi autoconocimiento? ¿Y qué aplicaciones puedo darle a lo aprendido? En este sentido, cabe recordar que la Gestalt, una corriente humanista-fenomenológica de la Psicología creada por Fritz Perls a mediados del siglo XX, es mucho más que una forma de hacer terapia: es también una herramienta aplicable a otras disciplinas (la educación o el coaching, por ejemplo) y es, ante todo, una forma de vida.

Solo el verdadero contacto con uno mismo facilita una relación auténtica con los demás y con lo que nos rodea. Para ello, la Gestalt nos invita a vivir en el aquí y en el ahora. El pasado ya se fue, el futuro aún no ha llegado: solo nos queda el presente como lugar y tiempo en el que vivir nuestra existencia. Las preguntas clave para conectar con el aquí y el ahora son ¿qué me está pasando? y ¿cómo me siento? Si no somos capaces de encontrar una respuesta también podemos preguntarnos ¿qué estoy evitando? Enclavados en el aquí y en el ahora surgirá el darse cuenta entendido como toma de conciencia o capacidad de percatarse de lo que está ocurriendo.

Puede ocurrir que ese darse cuenta nos deje confusos. Por eso, conviene no olvidar otros fundamentos de la Gestalt, como el principio de responsabilidad: somos responsables de nosotros mismos. En general, tenemos por costumbre derivar hacia los otros la responsabilidad de lo que ocurre olvidando que nuestras emociones, pensamientos y comportamientos, aunque sean fruto de unos estímulos exteriores, no dejan de ser una manifestación propia del individuo. No puede haber verdadero contacto, con uno mismo y con el otro, si no nos apropiamos de lo que somos, sentimos, pensamos y hacemos. Debemos admitir, también, que somos un sistema de opuestos o polaridades complementarias (fuerte-débil, tierno-agresivo, dominante-sumiso…): unas veces nos aproximamos más a un polo, otras veces a su contrario. El auténtico contacto solo es posible cuando aceptamos que, como individuos, somos una secuencia interminable de polaridades.

La vivencia del aquí y el ahora, el darse cuenta, el principio de responsabilidad y la integración de las polaridades nos permiten identificar, aceptar y satisfacer nuestras necesidades, anhelos e ilusiones. Puede que, en el proceso, aparezca el miedo y nos quedemos estancados. Si esto ocurre, te invito a preguntarte ¿qué pasa si…? No dudes en experimentar todo aquello que, aunque pueda parecer difícil, pueda reportarte un mayor bienestar. Al fin y al cabo, la vida es una sucesión de ciclos que se cierran, se interrumpen, se abandonan o evolucionan para dar paso a otros ciclos –nuevas puertas o ventanas que se abren– en los que vivir de otra manera. Por ejemplo, de una manera gestáltica.


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AUTOPÍAS, MINDFULNESS

Respirar, ser y merecerte

Hemos pasado la cuesta de enero. Poco a poco, con más o menos dificultades, nos hemos ido adaptando la rutina, bien a la que teníamos antes del parón de las fiestas navideñas o bien a los nuevos hábitos que, como buenos propósitos, implantamos en nuestra vida al comienzo del año. Sin embargo, puede que aparezca ya cierta sensación de cansancio: las vacaciones aún quedan lejos (aunque ahora resulte más fácil distribuirlas a lo largo del año) y, ante la perspectiva de meses de repeticiones continuadas, conviene ir buscando otras vías de escape. Entre las opciones disponibles hay una de coste cero que, además, solo ocupa unos pocos minutos al día: experimentar de forma consciente nuestra propia respiración, ese proceso tan necesario para la vida al que –precisamente por ser tan natural– apenas prestamos atención.

Te invito a buscar, una vez que acabes de leer estas líneas, una posición cómoda para indagar sobre tu respiración y fluir con ella. Puedes hacerlo aislado en una habitación en silencio y en penumbra o en entornos más bulliciosos: la respiración nos acompaña –y nos mueve– dispuesta a ser escuchada en cualquier lugar. Puedes tumbarte o sentarte en la postura del loto, si conoces las claves de esta posición, pero también vale hacerlo sentado en una silla convencional. En todos los casos, y en especial en este último, escanea tu cuerpo para encontrar y relajar cualquier posible tensión (especialmente en los hombros o el cuello). Si estás sentado en una silla, coloca tus manos sobre los muslos y apoya en el suelo las plantas de los pies.

Una vez en la postura elegida, cierra los ojos suavemente (apretar los párpados no garantiza, en absoluto, una mayor concentración). Evoca, a continuación, la importancia de la respiración para la vida. Al fin y al cabo, se trata de un proceso esencial para nuestra supervivencia. De hecho, algunos lo ven como un milagro, un acto sagrado, un gesto trascendente. Danilo Hernández, autor de Claves del yoga. Teoría y práctica (Editorial La Liebre de Marzo), recuerda que el ser humano inicia su existencia con una primera inspiración y la termina con una última exhalación. Desde su punto de vista, puede afirmarse que según sea la calidad de nuestra respiración así será la calidad de nuestra vida.

Observa, ahora, tu respiración –inspirando y espirando por la nariz– sin tratar de modificarla. ¿Cómo es? Defínela con la mayor objetividad posible, sin dar entrada al juicio. Fíjate en la rapidez o en la lentitud con la que entra y sale el aire de tus pulmones, pero no te dejes condicionar por ello. Solo observa y acepta lo que se está produciendo: así es tu respiración en este instante. Comprueba dónde se concentra el trabajo respiratorio. ¿Solo en la clavícula? ¿Tal vez en el abdomen? ¿En el tórax? Advierte los pequeños cambios que, de forma inconsciente, se vayan produciendo a raíz de este ejercicio de observación.

A continuación, amplia tu respiración, conscientemente, para intentar que sea lo más completa posible. Para ello, en cada inhalación, conduce poco a poco el aire hacia el abdomen para, una vez lleno y expandido, seguir inspirando para llenar la caja torácica (notando el movimiento de los músculos intercostales) y, finalmente, inspirar un poco más para elevar la clavícula y las costillas superiores. Una vez finalizada la inspiración, realiza la espiración en orden inverso. Repite el proceso unas cuantas veces hasta que tu cuerpo, sobre todo si no está acostumbrado, se habitúe a la respiración completa.

Una vez que hayas conseguido una respiración lo más completa posible, recréate en todo el potencial que te ofrece. Siente el sutil movimiento de las aletas de la nariz cuando tomas y devuelves el aire al exterior. Detente en el gesto que supone dar y recibir de la naturaleza. Prueba, también, a expandir el aire por el interior de tu organismo, llevándolo desde el canal respiratorio hacia las piernas, los pies, los brazos, las manos, la coronilla… Trata, ahora, de poner el foco en el lugar desde el que aparece y en el que desaparece la respiración, ese espacio en el que surgen cada inspiración y espiración. Conecta con ese vacío del que salen y proceden todas las cosas. Quédate ahí por un instante, descubre la esencia de ser.

Finalmente, deja que la respiración vuelva a fluir a su ritmo natural y centra tu atención en las sensaciones que vayan apareciendo. ¿Ha cambiado algo respecto al inicio del ejercicio? Observa, de nuevo sin juicio, esos cambios. A continuación, abre los ojos y toma contacto con el entorno. La realidad en la que vives –previsiblemente– no se ha modificado: allí siguen nuestros deberes, compromisos, responsabilidades… Pero, aunque sea sutilmente, habrá cambiado tu percepción, actitud y disposición ante el mundo que te rodea. ¿Te animas a probarlo y compartirlo?


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