AUTOPÍAS, CONCEPTOS, REFLEXIONES

El juego de los yoes

Sillas

Supongo que alguna vez habrás jugado al juego de las sillas musicales, también conocido simplemente como el juego de las sillas. Para los despistados, se trata de ese juego en el que se disponen en círculo unas sillas (una silla menos que el número total de jugadores) para que los participantes desfilen en torno a ellas al son de la música, debiendo sentarse rápidamente cuando la música se para. El jugador que se queda sin silla –en la versión competitiva del juego– queda eliminado.

Pensando en este juego, me he dado cuenta de que solemos hacer algo parecido con cuatro yoes que viven en cada uno de nosotros: el yo que somos ahora (la suma de nuestros aprendizajes, experiencias y potencialidades ya descubiertas o aún por descubrir), el yo que fuimos en los primeros años de nuestra vida (el llamado niño interior), el yo del intelecto (nuestra parte racional, con sus pensamientos y creencias) y el yo del cuerpo (nuestra parte corporal, sensorial y emocional). En momentos determinados, uno de estos yoes se queda sin silla.

Por lo general, vivimos muy acompasados con la música que marca el devenir de nuestra vida –ya sea más lenta o dinámica, más alegre o más aburrida– y nuestros yoes, cada uno en su estilo, parecen disfrutar del baile. El problema viene cuando cambia la música, bien porque nos enfrentamos a un nuevo reto o porque debemos hacer frente a una situación sobrevenida. Con el cambio de música, alguno de nuestros yoes puede vacilar, perder el ritmo y, finalmente, cuando llegue el momento decisivo del juego, quedarse sin una silla en la que sentarse.

Así, por ejemplo, el yo que somos ahora puede quedar eliminado por una falta de autoestima o un error de autoconcepto (tener una imagen distorsionada de uno mismo). Por su parte, el yo que fuimos en los primeros años de nuestra vida puede quedarse descolgado si dejamos de lado cualquier atisbo de curiosidad, imaginación e inocencia. El yo del intelecto puede traicionarse a sí mismo por exceso (con un exceso de racionalización que derive en parálisis por análisis) o por defecto (inhibiéndose a favor de respuestas más impulsivas). Y, finalmente, el yo del cuerpo se puede quedar fuera del juego si no se escucha, si no atiende a sus propias necesidades.

La buena noticia es que, como ocurre en el juego de las sillas, no solo hay una versión competitiva del juego trata de ir eliminando participantes, sino también una versión cooperativa y solidaria que busca que, aunque no haya sillas suficientes, todos puedan encontrar un lugar donde sentarse. Basta con observarnos y utilizar los yoes más potentes (aquellos que tenemos más desarrollados) para estimular e integrar a los yoes que, en determinados contextos, y por una razón u otra, puedan quedarse descolgados.


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Tira y afloja

Dos equipos, una línea pintada en el suelo, una soga en tensión… ¿Jugamos al tira y afloja? En algunas regiones existen clubes de aficionados que organizan competiciones periódicas del también llamado juego de la cuerda, que tuvo la consideración de deporte olímpico durante las dos primeras décadas del siglo XX. En otros lugares, esta competición de fuerza y resistencia es solo un juego dentro de las clases de gimnasia o de los recreos del colegio. Es probable que, como yo, tengas que remontarte a tu infancia o adolescencia para recordar la última vez que jugaste al tira y afloja. No obstante, la realidad es que jugamos constantemente: todos llevamos dentro una cuerda, más o menos tensionada, que nos confronta con nosotros mismos.

Te invito a reflexionar, por un momento, en cómo se desarrolla tu vida actualmente. Si te sientes satisfecho con lo que eres, haces y tienes, ¡enhorabuena! Si no, es probable que estés librando una batalla interna, un tira y afloja, con dos partes enfrentadas. A un lado, una parte resistente al cambio que intenta atarnos corto; al otro lado, la parte que apuesta por deshacer nudos para vivir nuevas oportunidades y experiencias. Una vez identificados los equipos, toca poner nombre a los jugadores. ¿Qué te sujeta? ¿Qué tira de ti? En un bando estarán –probablemente– el miedo, la inseguridad, la duda; en el otro jugarán la motivación, la ambición, la confianza…

En los extremos de esta soga imaginaria con la que jugamos nuestro propio tira y afloja podemos situar también nuestros deseos y nuestras obligaciones. En general, solemos tener muy bien definidas nuestras responsabilidades (horarios, tareas, rutinas, etc.), pero a veces se nos cuela un jugador invisible, conocido como autoexigencia, que tira firmemente de la cuerda rompiendo el equilibrio de fuerzas. Por su parte, en el campo de los deseos pueden jugar fantasías idealizadas, inconcretas o intangibles (ensoñaciones que aún no hemos transformado en aspiraciones, metas o propósitos) que, distraídas, acaban dando la partida a su rival. También pueden surgir deseos impulsivos que, eludiendo todos los filtros, ponen en peligro las obligaciones a las que nos habíamos comprometido.

La cuerda que estoy evocando en estas líneas es también una representación de nuestro autoconcepto, es decir, la estrecha definición que hacemos de nosotros mismos dentro de la multiplicidad de opciones que nos brinda nuestra personalidad: nos definimos como creemos que somos y no como somos. De esta manera, nos quedamos solo con un aspecto de nuestra personalidad, que repetimos como un patrón, a la vez que tratamos de reprimir el resto jugando al tira y afloja con nuestras polaridades. ¿Qué partes de nosotros mismos nos estamos negando? ¿Qué hacemos para que esas partes, si es que ya las hemos identificado, sigan permaneciendo ocultas? Todas nuestras capacidades y recursos, conocidos o desconocidos, negados o no, se distribuyen a lo largo de la cuerda de nuestra personalidad: basta con tirar de ella o aflojarla según como queramos ser o estar en cada circunstancia.

Decía Aristóteles que la virtud está en el término medio. El punto intermedio de la soga imaginaria con la que jugamos se mueve hacia uno u otro lado, con mayor o menor energía o intensidad, en función de la presión con la que tiramos o aflojamos. Unas veces mediremos nuestras posibilidades para vencer por la mínima, otras querremos arrastrar a nuestro campo a todo el equipo rival. Puede que, en algunas situaciones, comprendamos que debemos ceder y esperar a siguientes partidas para ganar. Tendremos que decidir, en cada momento, la fuerza o la resistencia que queremos aplicar.


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Reflexión: el efecto de reflejarse

Según la mitología, Narciso era un joven hermoso y apuesto que acabó sus días atrapado en la contemplación absorta de su imagen reflejada en el agua. Embelesado con su apariencia, enamorado de sí mismo, obviaba e incluso despreciaba a las doncellas que se acercaban a él atraídas por su belleza. Unos dicen que murió ahogado al acercarse más y más a las aguas que le servían de espejo. Otros dicen que murió de sed, incapaz de beber ante el temor a que la alteración de la quietud del agua hiciera desvanecer su imagen. Tal vez Narciso fuera incapaz de amar a otros, tal vez fuera preso de una maldición.

En el cuento de Blancanieves, la malvada reina-madrastra utilizaba su espejo mágico como buscador y comparador de belleza, pureza y hermosura. Cuando el espejo no devolvía su propia imagen, la madrastra no dudaba en manipular el entorno con el fin de mantener su sórdido reinado de vanidad. Así ocurrió cuando el espejo comenzó a destacar la belleza de Blancanieves: la plenitud física de la joven causó en la madrastra, cada vez más envejecida, sentimientos de inseguridad sobre su propia imagen que la llevaron a encargar, primero, la muerte de su hijastra y a asesinarla después, al no haber sido atendido su requerimiento inicial, con una manzana envenenada.

Alicia, tras visitar El País de las Maravillas, probó a adentrarse A través del espejo. Sus pensamientos la llevaron a preguntarse qué se escondería tras el espejo que había en la vieja casa y, aventurándose, cruzó a través de él. Al hacerlo, se convierte en protagonista de una partida de ajedrez en la que cada movimiento es un descubrimiento, una aventura o un desafío. Detrás del espejo se esconde lo inconsciente, lo onírico, lo que la realidad se esfuerza en ocultar. Un espacio de imaginación desbordada que personajes como Alicia se permitieron explorar.

Existen otros personajes anónimos que no solo no se atreven a traspasar el espejo, sino que ni siquiera son capaces de enfrentarse a su propio reflejo. Son aquellos que escapan de cualquier superficie en la que su imagen pueda verse reflejada, aquellos que se resisten a que su imagen quede fotografiada o grabada para el recuerdo. Otras personas, descontentas con su reflejo, no dudan en romper el espejo desafiando la superstición que augura siete años de mala suerte. Y están también aquellos que se encuentran con su reflejo y pasan de largo, sin detenerse, porque no se reconocen.

¿En qué espejo te miras tú? ¿En qué pueden inspirarte los personajes aquí citados? Quizá necesites seducirte a ti mismo, emulando a Narciso, para sentirte bien con la imagen que te devuelve el reflejo. Tal vez, en contra de lo que hizo la madrastra de Blancanieves, debas trabajar la aceptación para vivir tranquilo y en calma en un mundo cada vez más competitivo y comparativo. Puede que, como Alicia, tengas que cruzar al otro lado del espejo para comprobar que somos mucho más que una imagen reflejada. En cualquier caso, vigila siempre qué superficie utilizas para buscar tu reflejo. Recuerda que, como ocurría en el Callejón del Gato de Madrid, citado en la obra Luces de Bohemia, hay espejos cóncavos y convexos que distorsionan la realidad.


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