AUTOPÍAS, REFLEXIONES

Un balance alternativo

El calendario nos habla estos días de transición y cambio. Hoy, 21 de diciembre, se produce la gran conjunción entre Júpiter y Saturno, una ocasión propicia –según los astrólogos–  para dejar atrás nuestras estructuras de pensamiento y comportamiento más anticuadas. Este lunes tendrá lugar, también, el solsticio de invierno, un fenómeno astronómico asociado a la idea de renovación y renacimiento que encuentra su representación social en celebraciones religiosas como la Navidad, evento que viviremos en pocos días. La próxima semana, en Nochevieja, asistiremos al cambio de ciclo que supone dar la bienvenida a un nuevo año. Y finalmente, una vez que hayan pasado los Reyes Magos, trataremos de recuperar la (nueva) normalidad volviendo –¿con ganas?– a nuestras rutinas habituales.

La pandemia que estamos viviendo, con las restricciones asociadas, condicionará las celebraciones y los encuentros previstos para estos días, dando un mayor valor emocional –si cabe– a estas fechas. Las limitaciones nos harán conectar –previsiblemente– con todas las renuncias que hemos tenido que ir haciendo a lo largo del año, especialmente durante los meses de confinamiento. Y es probable que la frustración, el cansancio y el hartazgo acumulados incentiven nuestro deseo de pasar página para entrar en un 2021 en el que recuperar la confianza y la esperanza y retomar nuestra vida (o lo que creíamos como tal) después de un año en blanco.

Pasar página. Borrar 2020 de un plumazo.

Efectivamente, 2020 ha sido un año duro a causa de las afecciones que ha causado la pandemia en todas las dimensiones del ser humano (física, emocional, social, laboral, cultural, económica…). Cada uno sabe las pérdidas y las renuncias a las que ha tenido que hacer frente, y todas ellas estarán muy presentes –casi con exclusividad– a la hora de hacer el balance del año que ahora termina. Sin embargo, estoy seguro de que en este 2020 también te han pasado otras (pequeñas) cosas que conviene rescatar –y poner a salvo– para vivir con garantías ese proceso de transición y cambio que, consciente o inconscientemente, se pone en marcha en esta época del año. He aquí las tres preguntas básicas que debes formularte para hacer el auténtico balance del 2020:

1. ¿Qué? Indudablemente, el qué de 2020 ha sido el coronavirus Covid-19, tanto la enfermedad en sí como sus repercusiones en todos los ámbitos. Toda nuestra vida ha girado este año en torno a la pandemia y sus consecuencias. Pero… ¿y si en vez de centrarnos en el dolor o en la frustración que nos ha causado, miramos más allá? ¿Qué otros qué han marcado este año? Recuerda los logros que has conseguido, los retos que has superado, los desafíos a los que te has enfrentado. No hace falta que sean grandes gestas: basta con pequeños gestos o actos cotidianos en los que te hayas sentido realizado. Tal vez puedas pensar que, con la que está cayendo, estos logros, retos o desafíos quedan en un segundo plano. ¿Vas a minusvalorar aquello que te hace crecer?

2. ¿Cómo? Es evidente que la pandemia nos ha obligado a introducir cambios en nuestra vida cotidiana. Usamos mascarillas, cargamos con botes de gel hidroalcohólico, intentamos mantener una distancia física con las personas con las que interactuamos… y tratamos de encajar, como mejor podemos, en lo que se ha dado en llamar la nueva normalidad (protocolos en los centros de trabajo, recomendaciones para eventos sociales y actos culturales, etc.). ¿Cómo lo hemos hecho? ¿Cómo lo seguimos haciendo? Piensa en todas las estrategias y maneras de hacer que has aplicado en los últimos meses en tu vida personal, social, laboral… ¿Qué recursos propios has descubierto? ¿Cuáles de ellos quieres mantener?

3. ¿Para qué? Continúa el debate sobre las causas o los fundamentos –el por qué– de la expansión masiva del coronavirus y de las medidas que se han ido aplicando para frenar o controlar la transmisión de la enfermedad. No faltan, como todos sabemos, teorías conspiranoicas. Sin menoscabo de que, como ciudadanos, reclamemos seriedad, rigor y transparencia en la información sobre el coronavirus, centrarnos exclusivamente en el por qué puede ser un error de foco. Pensemos, a la hora de hacer balance de 2020, en el para qué. ¿De qué te ha servido todo lo que ha pasado este año? ¿Qué has aprendido de ti? ¿Qué sentido le das? ¿Y qué impacto ha tenido este 2020 en tus valores personales? ¿Han cambiado, se han hecho más fuertes?

Ojalá este año haya ayudado a abrir espacios de reflexión personal inéditos hasta ahora. Felices fechas de transición y cambio. Felices fiestas.


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AUTOPÍAS, HERRAMIENTAS DE COACHING, PNL

En (el) blanco

Imagina: se presenta ante ti una situación desafiante. No hace falta que el desafío sea algo extraordinario o novedoso, también valen tareas, actividades o situaciones que, repetidas en tu vida, evitas habitualmente. Crees que no cuentas con los recursos necesarios para afrontar el reto. Piensas que te falta seguridad, fortaleza, tranquilidad, paciencia o cualquier otra sensación necesaria para superar la prueba con éxito. El miedo cobra fuerza. Pensamientos limitantes y temores te paralizan. Te quedas en blanco.

¿Te suena?

Si la situación lo permite, las respuestas más comunes son postergar cualquier acción de respuesta o, directamente, escapar –¿una vez más?– del desafío. Pero… ¿qué pasa si el reto, además de asustarnos, nos atrae? En ese caso, puede que intentemos generar nuevos pensamientos con los que desmontar las limitaciones y los temores que nos inhiben a la hora de actuar. Esta estrategia es loable pero, lamentablemente, no suele funcionar por sí sola: nuestra mente está llena de trampas.

Una de las trampas en las que solemos caer consiste en justificar nuestros pensamientos. Lejos de encontrar soluciones o alternativas, solidificamos nuestro argumentario. Los pensamientos limitantes y los temores (así como los estados de ánimo asociados a ellos) se enquistan.

Entonces, además de trabajar sobre la mente, ¿qué más hace falta?

El componente adicional que facilita el cambio de mentalidad es la fisiología, la toma de contacto y la actuación sobre las respuestas que ofrece, a nivel físico y biológico, nuestro cuerpo.

Esta es una de las premisas de la Programación Neurolingüística (PNL) y, en concreto, del llamado Código Nuevo, una evolución de los postulados iniciales de esta técnica de observación, codificación y modelado de patrones de lenguaje y comportamiento orientada a la mejora de competencias y a la consecución de resultados concretos. Según el Código Nuevo, la fisiología actúa como una palanca de cambio a la hora de inducir estados de alto desempeño con los que generar respuestas apropiadas y adaptadas a un desafío determinado.

Hoy quiero proponerte una herramienta del Código Nuevo llamada “El Santuario”. ¿Nos adentramos en él?

Antes de nada, conviene aclarar que esta herramienta tiene una parte de juego o escenificación, de modo que hay que buscar un espacio físico adecuado en el que ponerla en práctica. Te recomiendo usar un pasillo o una habitación en la que puedas ir de pared en pared sin obstáculos por medio.

En un extremo del pasillo, o en una de las paredes, coloca el dibujo de una diana (sí, la diana que se usa para el lanzamiento de dardos o el tiro con arco). Dentro de la diana escribe el nombre del reto o de la situación desafiante a la que te quieres enfrentar. El otro extremo del pasillo, o la otra pared, será tu santuario, un espacio de protección y seguridad similar a la casa o refugio de los juegos infantiles, intocable para cualquier rival o enemigo exterior.

Una vez definidas ambas zonas, colócate en tu santuario. En este lugar vas a proveerte de todo lo que necesitas –tanto sensaciones como objetos– para afrontar el desafío que se presenta ante ti. ¿Necesitas calma, fuerza, decisión, confianza…? Evoca y conecta con situaciones de tu vida en las que pudiste acceder a todos esos recursos. Presta atención a las sensaciones físicas que experimenta tu cuerpo a medida que vas recordando y llenándote de cada uno de esos elementos o estados. No dudes en coger o visualizar cualquier objeto que pueda ayudarte a reforzar tus sensaciones.

Cuando creas que estás preparado, avanza hacia la diana. ¿Hasta dónde puedes llegar? ¿Se mantienen tus sensaciones, o aparecen perturbaciones asociadas a los pensamientos limitantes y a los miedos asociados a la situación desafiante? Es probable que las limitaciones y los temores, aunque aplacados, sigan allí. Si es así, no importa: regresa a tu santuario.

De nuevo a salvo en tu refugio, reconecta de nuevo con las sensaciones que necesitas para afrontar el reto y vuelve otra vez a la diana. Fíjate, de nuevo, en el comportamiento fisiológico de tu cuerpo. ¿Qué te aporta la extensión y contracción de tus músculos? ¿Qué te dicen tus gestos, tu movimiento?

El proceso de avance y retirada desde el santuario a la diana se repite cuantas veces sea necesario –mínimo 3 veces– hasta que las nuevas sensaciones que queremos generar prevalecen sobre las sensaciones limitantes que nos impedían afrontar el reto.

Como ves, el ejercicio requiere movimiento. Si por alguna razón no puedes escenificarlo, siempre puedes visualizarlo. No es tan efectivo, pero te puede servir. Eso sí: procura hacer un esfuerzo adicional para impregnarte de todas las sensaciones fisiológicas que esta herramienta pretende movilizar.

El objetivo de esta propuesta es potenciar recursos que creemos inexistentes o insuficientes a la hora de hacer frente a un desafío determinado. Por tanto, el trabajo ha de centrarse en la construcción del santuario y en la identificación de las sensaciones fisiológicas que nos permiten luchar por ese desafío. En ningún caso hay que tocar la diana colocada en la otra pared o en el extremo del pasillo. Se trata –¡solo!– de empoderarse para actuar, directamente, ya fuera de la escenificación, sobre la situación retante.

Esa es la idea: dejar de estar en blanco… para dar en el blanco.


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AUTOPÍAS, CONCEPTOS, HERRAMIENTAS DE COACHING, MINDFULNESS

¡Stop!

Todos, seamos conductores o no, conocemos la señal de STOP, una indicación muy diferente a otras señales de tráfico tanto por su forma (no es triangular, cuadrada o redonda, sino octogonal) como por su contenido (a diferencia de otras señales, no incluye un pictograma, sino la instrucción, directa y clara, de parar el vehículo, aunque sea con una palabra en inglés). En efecto, el código de circulación define el STOP como la obligación para todo conductor de detener su vehículo ante la próxima línea de detención o, si no existe, inmediatamente antes de la intersección, y ceder el paso en ella a los vehículos que circulen por la vía a la que se aproxime.

La señal de STOP se ocupa, por tanto, de regular la prioridad de circulación en las intersecciones, y confío en que todos seamos conscientes de su importancia para garantizar la seguridad (la nuestra y la de aquellos con los que nos cruzamos) y prevenir accidentes.

¿Y a cuento de qué viene todo esto?

Pues viene a cuento de que vivir no es lo mismo que conducir. El viaje por carretera está sujeto a una serie de pautas, recomendaciones e indicaciones que vienen definidas por las señales que encontramos a nuestro paso. En el viaje de la vida, sin embargo, no siempre es fácil ver e interpretar las señales que van apareciendo en el camino… o bien las ignoramos deliberadamente.

Pienso en lo que ocurre, por ejemplo, en esas situaciones en las que nos dejamos arrastrar por el piloto automático del estrés, siempre en su huida hacia adelante, o por los patrones de comportamiento inconscientes que se activan en nosotros cuando no nos atrevemos a decir “no” o a actuar de acuerdo a lo que realmente somos (aunque sea atentando contra nuestra propia coherencia). A la larga, los automatismos se traducen en insatisfacción y frustración.

Si no hay señal, hay que inventarla. Y para eso está el método STOP, una técnica de mindfulness para anclarse en el presente, abrir espacio a otras perspectivas, conectar con nuestras necesidades y actuar en consecuencia. No olvidemos que cada STOP da paso a una intersección con alternativas distintas a esa vía rápida por la que solemos circular.

¿Cómo montar esa señal de STOP? La respuesta viene dada por cada una de sus letras:

S de STOP (parar). Para un momento y haz un inventario de lo que está ocurriendo en tu cabeza, corazón y cuerpo. Se trata de identificar los pensamientos, emociones y sensaciones físicas que estás experimentando en ese instante concreto.

T de TOMA UN RESPIRO. A continuación, dirige tu atención a la respiración. Como he comentado otras veces, la respiración es clave para conectar con el presente, recolocar la experiencia y permitir la aparición de nuevas opciones.

O de OBSERVAR. Poco a poco, amplía el campo de percepción, más allá de la respiración, para darte cuenta de las nuevas sensaciones y necesidades que emanan de ti. Abre tu conciencia, también, a lo que está ocurriendo fuera de ti: deja que tus sentidos actúen con curiosidad y apertura, como si descubrieras el mundo por primera vez.

P de PROCEDER. Una vez completadas las fases anteriores, actúa de acuerdo a tus necesidades y sabiduría interior. ¿Es necesario seguir a piñón fijo, como habías hecho hasta ahora, o tienes a tu alcance otras posibilidades, otras respuestas, otros caminos por explorar en esta intersección que te has permitido crear?

Probablemente pensarás que todo esto es muy interesante, pero de difícil aplicación: atrapados por las circunstancias, ¿cómo poner un STOP? Efectivamente, no es sencillo, pero se puede entrenar de dos formas. En primer lugar, recordando episodios pasados en los que te hubiera venido bien disponer de ese STOP: ¿cómo habría cambiado la situación, cómo te habrías sentido? Y, en segundo lugar, anticipando situaciones futuras donde pueda serte útil ese STOP: ¿qué indicadores te pueden servir para activar la señal?

Ahora, después de haber parado, puedes reanudar la marcha. ¡Buen viaje!


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AUTOPÍAS, CONCEPTOS, HERRAMIENTAS DE COACHING, PNL

Un círculo de potencial

¿Te imaginas poder acceder, de forma fácil y rápida, a las sensaciones de seguridad, confianza, fortaleza, tranquilidad o bienestar que necesitas para afrontar los desafíos que se te van presentando a lo largo de tu vida? Quien más, quien menos, todos hemos dejado pasar oportunidades o nos hemos dejado atrapar en círculos viciosos por no haber sabido movilizar esas sensaciones, dejando prevalecer el miedo o las limitaciones y deméritos que creemos tener. Pero hay una buena noticia: es posible entrenar un estado de plenitud de recursos en el que encontrar, al instante, esas sensaciones con las que habitualmente nos cuesta conectar.

El estado de plenitud de recursos es, según la Programación Neurolingüística (PNL), el estado emocional en el que integramos las experiencias en las que nos hemos sentido llenos, felices o, al menos, satisfechos con nosotros mismos con vistas a su recuperación posterior en momentos en los que nos sentimos faltos de motivación o energía para hacer frente a determinados retos o circunstancias.

Pero… ¿qué es la PNL?

La Programación Neurolingüística, de la que ya he hablado alguna vez en este blog, es una técnica creada por John Grinder y Richard Bandler en los años setenta del siglo pasado a partir de la observación y el estudio de patrones de comportamiento de personas que obtenían destacados resultados en sus respectivos ámbitos de actuación. Desde ahí, la PNL ha dado lugar a todo un conjunto de modelos, habilidades y técnicas para pensar y actuar de forma efectiva en el mundo (definición de Joseph O’Connor y John Seymour).

Entre esas técnicas está el círculo de la excelencia, que es la puerta de entrada a ese estado de plenitud de recursos. ¿Cómo se crea ese círculo? Te lo explico en 5 pasos:

1) Busca un lugar tranquilo, sin distracciones, en el que recordar un momento de tu vida en el que te hayas sentido pleno y satisfecho. Respira profundamente. Ahora, concéntrate en ese recuerdo y tráelo al presente, aquí y ahora, para recuperar, actualizar e integrar esa experiencia. No te fijes solo en el logro o la situación en sí, sino también –y especialmente– en todos los detalles que acompañan al recuerdo. ¿Qué ves? ¿Qué oyes? ¿Qué sientes? Déjate impregnar por todos esos detalles.

2) Una vez evocado el recuerdo e identificado sus detalles, imagina que tienes ante ti un círculo dibujado en el suelo. Recréate en la visualización de ese círculo, definiendo todas sus características (tamaño, color, textura, temperatura, etc.). ¿Lo tienes?

3) Vuelve a esa experiencia de excelencia que has evocado antes. Profundiza en ella afianzando al máximo sus detalles. A continuación, piensa en un código o clave con el que recuperar esa sensación cuando la necesites. Este código –que funciona como anclaje o vínculo– puede ser una palabra, una imagen mental o un gesto corporal (por ejemplo, dibujarte con el dedo un pequeño círculo detrás de la oreja). En cuanto tengas el código, da un paso al frente y adéntrate en tu círculo de experiencia. Aunque se puede hacer en modo visualización, movilizar la fisiología para entrar en el círculo ayuda a imprimir sensaciones en la llamada sabiduría corporal. Dentro del círculo, expande y amplifica tu experiencia.

4) ¿Y ahora? Cambia de tercio y sigue con tus actividades cotidianas: siempre hay cosas por hacer.

5) Cuando vuelvas a hacer una pausa en tus quehaceres, o dispongas de tiempo libre, activa tu círculo con la clave o el código que elegiste. ¿Recuperas las sensaciones que pretendías obtener? Para verificarlo, puedes probar a traer al presente alguna situación futura en la que puedas necesitar ese estado de plenitud de recursos. ¿Cómo cambia esa situación futura si tienes tu estado de excelencia plenamente disponible?

Ojalá hayas alcanzado esa plenitud de recursos. Desde ahora, cuando la necesites, solo tendrás que activarla y, gracias a este trabajo de integración y vinculación que has realizado, encontrarás con mayor facilidad las sensaciones que buscas.

¿Ha funcionado?

Es probable que el círculo no alcance su máxima eficacia a la primera. Las sensaciones obtenidas pueden ser débiles y será necesario reforzarlas repitiendo de nuevo los pasos que he descrito (bien en solitario o, en situaciones de estancamiento, buscando acompañamiento profesional). Y, aunque funcione, conviene cultivar este círculo de excelencia como si fuera una planta que necesita cuidados no solo para crecer, sino también para mantenerse viva. Entrenar y actualizar: esas son las claves para llegar a la plenitud de recursos que se esconde en tu potencial.


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AUTOPÍAS, CONCEPTOS, METÁFORAS

(Re)sintonizando

Distintos canales de televisión de España recuerdan estos días la necesidad de adaptar las antenas y de sintonizar de nuevo televisores y receptores debido a la culminación del segundo dividendo digital, un proceso de liberación del espacio radioeléctrico –por el que actualmente se transmite la señal de televisión digital terrestre (TDT)– con el que se pretende dejar espacio a las futuras redes de comunicaciones basadas en tecnología 5G.

¿Y si, además de resintonizar nuestros televisores, impulsamos nuestra propia resintonización personal o profesional?

Sintonizar consiste en ajustar la frecuencia de vibración o resonancia de un circuito con una frecuencia determinada que buscamos o encontramos moviéndonos por el dial. En el caso de la TDT, la resintonización es necesaria porque algunos canales van a cambiar de frecuencia de emisión. Otras veces es necesario resintonizar porque el ajuste de frecuencias no es perfecto: hay interferencias que perturban la señal (ruido, niebla, pixelado…), frecuencias que se quedan enganchadas…

En nuestra vida, la resintonización es necesaria –y obligatoria– cuando se desajustan tres frecuencias básicas que manifiestan nuestra condición humana: la frecuencia en la que se mueven nuestros pensamientos, la frecuencia en la que se desarrollan nuestros sentimientos y la frecuencia en la que se suceden los comportamientos con los que damos respuesta (por acción u omisión) a lo que nos ocurre o a lo que pasa a nuestro alrededor.

Pensamientos, sentimientos y comportamientos. ¡Recuerda! Tres frecuencias fundamentales.

Cuando ajustamos estas frecuencias, la palabra sintonizar adquiere un nuevo significado: sintonizar es, entonces, una oportunidad para alinear argumentos, emociones y acciones con el fin de vivir con integridad y coherencia.

¿Y cómo se hace esa resintonización vital? Bueno, como ocurre con los receptores de televisión, tenemos dos alternativas. La primera opción es la “sintonización manual”, una opción especialmente útil en aquellos casos en los que ya tenemos identificada la frecuencia sobre la que queremos actuar (sabemos qué frecuencia queremos afinar o mover por el dial). El problema de la “sintonización manual” es que, de tanto repetirla, podemos abusar de ella disfrazando de sintonización el mero hecho de poner parches para salvar una frecuencia concreta (como cuando hacemos trampas jugando al solitario).

La segunda opción es la llamada “sintonización automática”, que consiste en hacer un reseteado total de las frecuencias almacenadas para buscar, desde cero, todas las frecuencias disponibles. En los receptores de televisión, el reseteado es posible con tan solo apretar un botón. En las personas, no parece ser tan sencillo borrar todas las frecuencias de un plumazo, pero hay un pequeño gesto, repetido desde el momento de nuestro nacimiento, que facilita el resetado: la respiración.

Sí: la respiración abre la puerta a resetearnos y resintonizarnos.

Te animo, por tanto, a detenerte un momento en tu respiración. Observa conscientemente este fenómeno, recréate en él, déjate mecer en el ritmo y la cadencia que marcan cada inhalación y exhalación. Y, poco a poco, presta atención a las frecuencias que vayan apareciendo: las necesidades pendientes de satisfacer, los objetivos a alcanzar, las responsabilidades que quieres asumir, los compromisos que conviene reajustar, los límites que vas a marcar en tus interacciones con los demás…

El dial en el que están todas las frecuencias posibles es tu potencial. Puedes elegir entre explorar todas las opciones a tu alcance (asumiendo un papel proactivo) o quedarte anclado, como víctima, en frecuencias repetidas u obsoletas.

No siempre es sencillo resintonizar. Si la televisión falla, llamamos al antenista o al soporte técnico del televisor. Pero… ¿y si falla esta resintonización vital de la que hablo? En este caso, tienes la opción de llamar a un coach que te acompañe en el proceso de identificación y ajuste de las frecuencias de pensamiento, sentimiento y comportamiento que marcan el devenir de tu vida. ¿Resintonizamos juntos?


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Peligro: expectativas

Todo propósito de cambio, mejora o desarrollo personal y profesional va acompañado siempre, de forma consciente o inconsciente, de una serie de expectativas sobre lo que queremos lograr. La Real Academia Española define expectativa como la esperanza o la posibilidad razonable de que algo suceda. No obstante, esa esperanza y esa posibilidad no dependen de las acciones concretas que podamos poner en marcha para alcanzar un determinado objetivo, sino de la percepción que tengamos sobre nosotros mismos o de la percepción que los demás tengan de nosotros. Conviene recordar, en este sentido, que la palabra expectativa proviene del latín exspectatum, que significa mirado o visto.

Estas percepciones –creencias– pueden ser un buen punto de partida a la hora de plantearse nuevas metas si nos aportan la motivación necesaria para afrontar el reto. ¡Qué fácil resulta ponerse en marcha cuando uno se siente capaz o validado para alcanzar un propósito concreto! No obstante, las expectativas mal calibradas también pueden boicotear el proceso. Esto puede ocurrir cuando la imagen que tenemos de nosotros mismos –el autoconcepto– no se corresponde con lo que realmente somos ahora (nos empeñamos en mantener patrones de pensamiento y comportamiento que, si bien nos sirvieron en el pasado, no resultan eficaces en el presente) o cuando la imagen que los demás tienen de nosotros aparece desvirtuada (tal vez porque intentan modelarnos de una forma que nos aleja de nuestra esencia).

La brecha entre esas falsas expectativas y los resultados concretos que vamos obteniendo de acuerdo al propósito fijado forma lo que se ha dado en llamar la trampa de las expectativas o la trampa del crecimiento personal, un espacio de frustración e insatisfacción permanente ante el que solo caben dos actitudes: adoptar un rol pasivo y victimista, orbitando perpetuamente alrededor de nuestro fracaso, o asumir un papel activo y protagonista, reformulando las expectativas iniciales con el fin de encontrar las respuestas que necesitamos para fortalecer o reajustar nuestros propósitos vitales y garantizar así su consecución. Es el momento de conectar con nuestras propias necesidades y anhelos para tomar las decisiones que creamos oportunas.

Para reformular expectativas, propongo recurrir a las siete erres de la ecología o de la preservación del medio ambiente. Así, conviene reducir nuestras expectativas, reparando aquellas que no surgen realmente de nuestra autenticidad, reutilizando las que, pese a todo, siguen siendo una fuente de motivación para nosotros y reciclando las que aún puedan ser funcionales desde otras perspectivas. Es aconsejable, también, recuperar expectativas que dejamos olvidadas (porque no encajaban en la imagen que queríamos transmitir o en la imagen que los demás se habían hecho de nosotros), así como renovar y rediseñar nuevas expectativas de acuerdo a lo que somos en este instante de nuestras vidas.

Hecho esto, llega el momento de convertir nuestras expectativas en objetivos inteligentes (del inglés SMART, un acrónimo que proporciona criterios para guiar en el establecimiento de objetivos). Que no todo sea esperar, sino moverse hacia: convierte tus expectativas en objetivos específicos y concretos (enunciados de forma clara y entendible), medibles (ya sea con variables cuantitativas o cualitativas), alcanzables y realistas (de acuerdo a las posibilidades de cada uno), retadores (con un nivel de esfuerzo que te resulte motivante) y limitados en el tiempo (recuerda: la diferencia entre un sueño y un objetivo es una fecha). Ah, y no olvides anotar tus objetivos en un papel: escribir es una forma de comprometerse. ¡Trasciende tus expectativas y ve a por tus metas!


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Las cinco dimensiones

Pese a lo que pueda parecer viendo algunos de nuestros comportamientos o inercias, los humanos no somos seres planos, sino que nuestra existencia se sustenta en cinco dimensiones interrelacionadas entre sí. Esta es la idea que se recoge, dentro de los diversos estudios sobre el ser humano realizados a lo largo de la historia, en la representación del hombre en forma de pentagrama estrellado o estrella de cinco puntas, una figura de larga tradición (y significaciones místicas) desarrollada en la antigua Grecia (en tiempos de Pitágoras), luego recuperada en el Renacimiento (con los trabajos de Leonardo da Vinci para El hombre de Vitruvio) y actualizada en el siglo XX con aportaciones de otros autores, entre ellos el psicoterapeuta Serge Ginger, autor de La Gestalt: una Terapia de Contacto.

Cada punta de la estrella, según esta representación, está vinculada con cada una de las dimensiones del ser humano. En la punta superior, a modo de cabeza, se sitúa nuestra dimensión mental o racional, donde se encuentra el pensamiento (consciente o inconsciente). Las siguientes puntas, como si fueran los brazos, se refieren a nuestra dimensión relacional, aquella con la que buscamos contacto e interacción con los demás, ya sea a un nivel más afectivo o social (una de las puntas representa los apegos, la familia o la pareja; en la otra se incluyen el resto de relaciones sociales que mantenemos a lo largo de nuestra existencia). Finalmente, las puntas inferiores, a modo de piernas, representan aquello que nos sostiene: por un lado, nuestro cuerpo físico; por otro, nuestra dimensión transpersonal o espiritual.

En el centro de la estrella, según la escuela o el autor que haya investigado sobre este sistema de representación, se sitúan el corazón, el sexo, las emociones o cualquier otro elemento o proceso que permita al hombre cargar o regular sus niveles de energía. Este centro es, desde mi punto de vista, un buen lugar para la observación de cada una de las dimensiones del ser humano y de la relación que se establece entre cada una de ellas. Por eso, hoy te propongo que, durante unos minutos, te sitúes en el centro de tu propia estrella para investigar, agudizando tus sentidos, qué es lo que ocurre en cada punta, es decir, en cada una de esas dimensiones que, pese a ser comunes para todos, te convierten, gracias a tus singularidades, en un ser excepcional.

Detente primero en tu dimensión racional. ¿Cómo son tus pensamientos? ¿Son positivos o negativos? ¿Te dejas controlar por ellos? Obsérvalos, pero evita engancharte en ellos. ¿Qué sensaciones aparecen? La observación es solo eso, ver lo que está pasando, así que no hay razón para la crítica, el juicio o la autoexigencia. ¿Y cómo son tus sueños? ¿Cuándo fue la última vez que dejaste volar tu imaginación? Sigue, a continuación, por las dimensiones del afecto y de las interacciones sociales. ¿Cómo son tus relaciones? ¿Satisfacen tus necesidades actuales? ¿Dónde te sientes de más y dónde te sientes de menos? Te pido, de nuevo, que solo observes: no se trata de hacer un análisis, se trata de identificar sensaciones para, al menos por un momento, bucear por nuestra profundidad lejos de esas aguas superficiales, más o menos turbias, por las que discurre nuestra vida cotidiana.

Prosigue ahora por la dimensión física. En las paradas anteriores, a través de las sensaciones que han ido apareciendo, ya habrás tomado contacto con tu cuerpo. Recréate ahora un poco más: ¿Cómo es tu respiración? ¿Hay tensiones, palpitaciones o movimientos en alguna zona? ¿Qué partes están más relajadas? Finalmente, deja paso a la dimensión espiritual. Para mí, la espiritualidad no tiene que ver con la práctica de una religión concreta (aunque no es incompatible), sino con la identificación de una misión con la que dar coherencia a lo que somos y a lo que hacemos en la vida. ¿Cuál es tu misión? ¿Crees que tus comportamientos y acciones están alineados con lo que realmente eres? ¿Qué legado quieres dejar en este mundo? Tal vez, de todas las dimensiones, esta sea la más difusa. Lo importante no es encontrar respuestas de forma inmediata, sino dejar que las preguntas vayan calando hasta que las respuestas, de forma natural, se manifiesten por sí solas. Tu estrella te está esperando. ¡Buen viaje!


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Las burbujas de la introspección

En las últimas semanas vengo defendiendo que la situación extraordinaria en la que nos encontramos supone una oportunidad para mirar y ahondar en nosotros mismos en busca de propósitos, valores y acciones con los que afrontar la normalidad que, de forma incipiente, y si no hay nuevos sobresaltos, se vislumbra en el horizonte. Es momento de replegarse, es tiempo para la introspección. Conviene retirarse –aunque solo sea por un momento– del mundo que nos rodea para instalarnos en una burbuja en la que podamos encontrar los instrumentos propios (recursos, capacidades, habilidades, talentos) con los que afrontar los retos de la nueva realidad –diferente a la que dejamos atrás hace ya mes y medio– que se avecina.

El problema de esta burbuja es que, como si de una pompa de jabón se tratase, su contorno es permeable… y, dado que somos esquivos o huidizos a la hora de mirar dentro de nosotros, dejamos que la burbuja se llene de perturbaciones –preocupaciones– externas que escapan a nuestro control. Así, la burbuja se llena de aire viciado por pensamientos repetitivos sobre circunstancias, personas o acontecimientos sobre los que, a priori, pensamos que no podemos hacer nada. El contexto nos desborda, sentimos que estamos atrapados y acabamos asumiendo un rol victimista, a veces lleno de malestar y resentimiento, en el que las palabras, los comportamientos, los defectos o las ideas de los demás prevalecen sobre nuestras necesidades intrínsecas.

Para contrarrestar esta burbuja, conviene crear una nueva desde nuestro propio centro en la que, atentos a nuestras necesidades, iremos incluyendo todo aquello sobre lo que realmente tenemos margen de acción. En esta nueva burbuja tendrán cabida las palabras, los comportamientos, las acciones y los esfuerzos sobre los que realmente tenemos control: es decir, todo aquello que nace de nosotros mismos. Desde aquí, sintiéndonos protagonistas, seremos capaces de crear, provocar o influir en lo que ocurre en nuestro entorno. Se trata de ser proactivos, determinar qué nivel de influencia podemos tener en lo que sucede a nuestro alrededor (diseñando o imaginando nuevas vías de actuación, si las que hemos probado hasta la fecha no han funcionado) y actuar en consecuencia.

Las dos burbujas de las que hablo aquí están inspiradas en el círculo de preocupación y el círculo de influencia de los que habla Stephen R. Covey en Los 7 hábitos de la gente altamente efectiva, obra de referencia en muchos ámbitos, entre ellos el coaching. Ambos círculos (o burbujas) están estrechamente relacionados: cuanto más se expande el círculo de influencia, más se contrae el círculo de preocupación… y viceversa. Por tanto, el ejercicio de introspección que mencionaba al principio es, en definitiva, una cuestión de foco. ¿Dónde vas a invertir tu tiempo y tu energía? ¿Qué cuestiones requieren, realmente, tu compromiso mental y emocional? Tú decides cuál de las dos burbujas vas a alimentar.


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Un propósito, tres preguntas

Escribo estas líneas cuando los Reyes Magos de Oriente viajan, con su séquito, de regreso a sus regiones de origen. Con ellos se llevan al menos una quincena llena de encuentros, reencuentros, felicitaciones, regalos… Algunos de vosotros habréis sentido nostalgia al pensar en su partida: ¡se van justo ahora que habíamos empezado a imbuirnos del espíritu navideño! Otros, por el contrario, sentiréis un gran descanso por dejar atrás días de visitas, compras, comilonas o celebraciones. Para unos y para otros, se impone la rutina: hay que afrontar la cuesta de enero. Y es en esa cuesta donde nos toca implementar los propósitos que, con más o menos euforia (incluso embriaguez), nos planteamos para este nuevo año.

Para no despeñarnos cuesta abajo con nuestros propósitos, conviene someterlos a un proceso de filtrado que pasa por responder –nada más fácil y complicado a la vez– a tres preguntas. La primera de ellas es qué. Muchas veces, nuestro propósito no es más que una idea vaga y genérica que, así enunciada, no nos lleva a ninguna parte: preocuparme más por mi salud, estar en forma, organizar mejor mi tiempo o estudiar más son propósitos loables, pero… ¿qué iniciativas o comportamientos tienes que poner en práctica para lograrlos? ¿Tal vez quieras cambiar tu alimentación, hacer una tabla de ejercicios diaria, comprarte –y usar– una agenda, reservarte un tiempo mínimo de estudio al día…? Identifica qué quieres hacer y defínelo con la mayor concreción posible.

La siguiente pregunta con la que filtrar nuestro propósito es para qué. ¡Ojo!, no por qué, sino para qué. No nos interesa tanto conocer las reflexiones o las causas que se esconden detrás de tus propósitos como determinar cuál es la motivación que se esconde detrás de cada uno de ellos. ¿Qué te va aportar cambiar tu alimentación, hacer esa tabla de ejercicios, anotar tus tareas en una agenda, reservarte ese tiempo para el estudio…? Con la pregunta para qué buscamos encontrar sensaciones (bienestar, armonía, tranquilidad, seguridad…) que, a su vez, tendremos que confrontar con nuestro sistema de valores y con nuestras necesidades vitales: ningún propósito es eficaz sin un sentido propio que lo guíe y lo envuelva. Cuidado con imposiciones, modas y tendencias: quizá no vayan con nosotros.

El filtrado concluye con la pregunta cómo. ¿Cómo vas a hacer aquello que te has propuesto? ¿Cómo lo vas a encajar en tu día a día? ¿Qué tareas o actividades concretas requiere cada propósito? ¿Qué renuncias conlleva? Para ganar bienestar, ¿cómo va a ser la dieta que necesito para cuidar mi alimentación? ¿Qué tipo de alimentos voy a ingerir? ¿Con cuánta periodicidad? Para mantener mi armonía, ¿cómo va a ser esa tabla de ejercicios? ¿En el gimnasio o en casa? ¿CrossFit o yoga? Para estar más tranquilo, ¿cómo puedo usar la agenda de una forma eficaz? ¿Qué tipo de anotaciones he de hacer? Para sentirme seguro en los estudios, ¿cómo va a ser ese espacio mínimo que voy a dedicar cada día a esta parcela? ¿Y, dentro de ese espacio, cómo voy a distribuir el tiempo? Una vez definido el qué, el para qué y el cómo, será más fácil ponerse manos a la obra. Y así la cuesta de enero no parecerá tan empinada.


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AUTOPÍAS, CONCEPTOS, ENEAGRAMA

La cuadratura del círculo

Lunes, día 9. ¡Cuántas sorpresas esconde este número! En aritmética, son varias las curiosidades asociadas al 9. Así, la suma de todos los dígitos que componen el número natural 123.456.789 nos da como resultado 45, y la suma de los dos dígitos que forman esta cifra es igual a 9. Del mismo modo, la suma de los dígitos de cada resultado de la tabla de multiplicar del 9 nos lleva siempre a este mismo número. Se dice, también, que el 9 es el número del saber supremo y del misticismo. A la vez, se le llama número del ser humano porque es la cifra que define el período de gestación (9 meses). Y son incontables los símbolos y enigmas vinculados al 9 que dan origen, sustentan o desarrollan la mitología, el cristianismo o la masonería, entre otros.

Entre los símbolos asociados al 9 se encuentra la figura de 9 puntas conocida como eneagrama (del griego ennea, nueve, y grammos, figura) con la que se representan las nueve personalidades básicas de los seres humanos y las complejas interacciones que se establecen entre ellas. Su origen, aunque no está documentado, se sitúa en Babilonia alrededor del año 2.500 a.C. La mística sufí, que lo consideraba un modelo de interpretación del mundo y de conocimiento del hombre, lo mantuvo vivo, de manera secreta u oculta, a lo largo de los siglos. Su introducción en Occidente, en la primera mitad del siglo XX, se atribuye al carismático y a la vez misterioso George I. Gurdjieff. Su divulgación y popularización posterior se debe a Óscar Ichazo (años 50), que introdujo la correlación de las nueve puntas con los nueve tipos de personalidad básica, y especialmente, a Claudio Naranjo (años 70) y Don Riso y Russ Hudson (años 80).

Para Naranjo, los nueve tipos de personalidad básica incluidos en el eneagrama (a los que llamamos eneatipos o egotipos, pues no dejan de ser manifestaciones del ego) constituyen un conjunto organizado de estructuras de carácter, entre las cuales se observan relaciones específicas de contigüidad, contraste, polari­dad, etc. Cada personalidad o estructura, como recuerdan Riso y Hudson, utiliza las capacidades del temperamento innato para desarrollar defensas y compensaciones para las heridas recibidas en la infancia, de modo que, de forma inconsciente, nos especializamos en un repertorio limitado de estrategias, imágenes propias y comportamientos que nos permitieron salir adelante y sobrevivir en el entorno de esos primeros años.

La denominación de los diferentes eneatipos varía en función del autor, de las traducciones y de los desarrollos posteriores que se han ido haciendo del eneagrama. Según la nomenclatura de Riso y Hudson, el eneatipo 1 es el reformador, un tipo idealista de sólidos principios; el eneatipo 2 es el ayudador, un tipo preocupado, orientado a los demás; el eneatipo 3 es el triunfador, un tipo adaptable y orientado al éxito; el eneatipo 4 es el individualista, un tipo romántico e introspectivo; el eneatipo 5 es el investigador, un tipo vehemente y cerebral; el eneatipo 6 es el leal, un tipo comprometido, orientado a la seguridad; el eneatipo 7 es el entusiasta, un tipo productivo y ajetreado; el eneatipo 8 es el desafiador, un tipo poderoso y dominante; el eneatipo 9, finalmente, es el pacificador, un tipo acomodadizo y humilde. Las denominaciones son solo eso, denominaciones: es difícil encontrar un concepto único para cada eneatipo, pues sus características generales (pasiones, cualidades esenciales, miedos, deseos básicos…) se ven siempre matizadas por los llamados instintos (que configuran 3 subtipos distintos dentro de cada egotipo) y por las influencias y relaciones que recibe o mantiene con el resto de eneatipos (lo que se conoce como flechas y alas).

Por tanto, el eneagrama no es un fin en sí mismo, sino el inicio de un camino de autoconocimiento y crecimiento que nos permite avanzar en la aceptación y el reconocimiento de la responsabilidad que tenemos sobre nuestros comportamientos, comprender mejor –desde el respeto– los patrones de funcionamiento de las personas que nos rodean y, desde ahí, crear lazos más fuertes y comprometidos, sobre las bases de una comunicación más efectiva, con el mundo en el que nos desenvolvemos. El eneagrama es, a la vez, una fuente de información muy útil en procesos de acompañamiento como el coaching (ayuda a definir herramientas más específicas para impulsar las necesidades y motivaciones de los clientes) y se emplea también (a veces con enfoques muy reduccionistas) en la gestión de grupos o en los procesos de selección que realizan los departamentos de recursos humanos de las empresas.

Todas estas funcionalidades del eneagrama dejan de tener sentido si lo utilizamos únicamente como herramienta de encasillamiento en una sociedad que vive, cada vez más, a golpe de etiquetas. Según vayamos conociendo los eneatipos, efectivamente, nos iremos identificando, en mayor o menor medida, con uno u otro. Pero no debemos olvidar que el eneagrama no es una herramienta para justificarnos (Yo soy rebelde porque el mundo me ha hecho así, como cantaba Jeanette), sino para superar las máscaras tras las que nos parapetamos y desarrollar al máximo nuestro potencial. Esa es la esencia del eneagrama: un círculo en el que todo cabe que fluye constante a través del espacio y del tiempo. ¿Por qué quedarse en un número, pudiendo aspirar al infinito?


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