AUTOPÍAS, ENEAGRAMA, HERRAMIENTAS DE COACHING

Múltiples personalidades

Un anti-test de personalidad

Personalidades

Lo confieso: yo soy de aquellos que, de vez en cuando, cae en la tentación de hacer alguno de esos test de personalidad que se incluyen en revistas o que se pueden encontrar en páginas web. Estos test, como cualquier otro material que pueda caer en nuestras manos, pueden darnos pistas para reflexionar y, de alguna manera, intentar suavizar nuestras aristas. No obstante, es frecuente que acabemos utilizando estos test para justificarnos en determinados comportamientos y actitudes sin hacer ningún propósito de cambio.

Para evitar caer en esa autojustificación, hoy te propongo un ejercicio en el que lo importante no es tanto ver en qué tipo de personalidad encajas, sino identificar qué se mueve en ti respecto a esos otros grupos de personalidad que crees que no van contigo, que te resultan indiferentes o de los que directamente reniegas. El ejercicio se basa –generalizando– en las nueve personalidades –eneatipos– que describe el Eneagrama, una herramienta de autoconocimiento de la que ya hablé en la entrada La cuadratura del círculo.

¿Comenzamos? Encontrarás, para cada eneatipo, tres preguntas.

[1] El Reformador. A grandes rasgos, el eneatipo 1 define a personas perfeccionistas, idealistas, ordenadas, metódicas, puntuales, pulcras y detallistas… que, en un momento dado, pueden ser incluso demasiado rígidos, críticos e intransigentes tanto consigo mismo como con los demás. Sintonizan con aquellos que demuestran claridad, sinceridad y excelencia y recelan de aquellos que manifiestan comportamientos cambiantes o transgreden las normas.

  • ¿Qué tienes en común con el eneatipo 1?
  • ¿Qué te distingue de él?
  • ¿Qué te pasa a ti –a nivel emocional y corporal– cuando te encuentras comportamientos que coinciden con las características del eneatipo 1?

[2] El ayudador. El eneatipo 2, en líneas generales, engloba a personas atentas y dedicadas que ponen todo su empeño en agradar a los demás, satisfaciendo todas sus necesidades (reales o imaginadas)… y olvidándose de las suyas propias. A veces, pueden mostrarse demasiado solícitas o intrusivas. Buscan calidez y cercanía en sus relaciones; les desagrada la frialdad o la falta de disponibilidad de los demás.

  • ¿Qué tienes en común con el eneatipo 2?
  • ¿Qué te distingue de él?
  • ¿Qué te pasa a ti –a nivel emocional y corporal– cuando te encuentras comportamientos que coinciden con las características del eneatipo 2?

[3] El triunfador. El eneatipo 3, siguiendo con las definiciones a vuelapluma, se refiere a personas prácticas, eficientes y competitivas preocupadas por alcanzar éxitos y logros con los que mantener una determinada posición o estatus. Un exceso de competitividad las lleva, en ocasiones, a mostrarse frías y camaleónicas. Reniegan de aquellos que manifiestan comportamientos victimistas y, especialmente, de aquellos que muestran indiferencia hacia sus logros.

  • ¿Qué tienes en común con el eneatipo 3?
  • ¿Qué te distingue de él?
  • ¿Qué te pasa a ti –a nivel emocional y corporal– cuando te encuentras comportamientos que coinciden con las características del eneatipo 3?

[4] El individualista. El eneatipo 4 define a personas muy interiorizadoras que se caracterizan por su hipersensibilidad, timidez, introversión y ensimismamiento. Son muy creativas, pero también muy temperamentales. Suelen sentirse diferentes a los demás y esto deriva, en ocasiones, en sentimientos de autocompasión y autoindulgencia. Admiran la sensibilidad y la delicadeza y detestan la superficialidad.

  • ¿Qué tienes en común con el eneatipo 4?
  • ¿Qué te distingue de él?
  • ¿Qué te pasa a ti –a nivel emocional y corporal– cuando te encuentras comportamientos que coinciden con las características del eneatipo 4?

[5] El investigador. Siguiendo con las definiciones de trazo grueso, el eneatipo 5 incluye a personas analíticas e intelectuales, con gran capacidad de observación e interés por cuestiones complejas y/o abstractas. Su pasión por el análisis les hace estar, en ocasiones, más preocupados por sus interpretaciones que por la realidad misma. Se sienten estimulados por la innovación y la curiosidad. Por el contrario, les desagrada la presión y las reacciones emocionales.

  • ¿Qué tienes en común con el eneatipo 5?
  • ¿Qué te distingue de él?
  • ¿Qué te pasa a ti –a nivel emocional y corporal– cuando te encuentras comportamientos que coinciden con las características del eneatipo 5?

[6] El leal. El eneatipo 6 engloba a las personas preocupadas por encontrar ámbitos de seguridad y estabilidad donde puedan manifestar y encontrar fiabilidad, lealtad, apoyo, protección y compromiso. A la vez, son personas ambivalentes, en la medida en que no acaban de confiar del todo en las intenciones de los demás. Detestan la ambigüedad y la arrogancia.

  • ¿Qué tienes en común con el eneatipo 6?
  • ¿Qué te distingue de él?
  • ¿Qué te pasa a ti –a nivel emocional y corporal– cuando te encuentras comportamientos que coinciden con las características del eneatipo 6?

[7] El entusiasta. El eneatipo 7 se refiere a personas que necesitan estar permanente estimuladas para escapar de la rutina y del aburrimiento. Se caracterizan por su optimismo, su espontaneidad y su capacidad de despreocupación. Su hiperactividad conduce, a veces, a un estado de insatisfacción que, a su vez, promueve la búsqueda de nuevos estímulos. Recelan del pesimismo y de la falta de flexibilidad de los demás.

  • ¿Qué tienes en común con el eneatipo 7?
  • ¿Qué te distingue de él?
  • ¿Qué te pasa a ti –a nivel emocional y corporal– cuando te encuentras comportamientos que coinciden con las características del eneatipo 7?

[8] El desafiador. La principal preocupación de las personas incluidas en este eneatipo, según una definición genérica, es ser autosuficientes e independientes. Son personas emprendedoras que buscan nuevos retos con los que poner a prueba su capacidad de seguridad, fortaleza, franqueza y superación personal. En ocasiones pueden manifestarse orgullosos, egocéntricos e incluso agresivos. Detestan la intimidación y el victimismo.

  • ¿Qué tienes en común con el eneatipo 8?
  • ¿Qué te distingue de él?
  • ¿Qué te pasa a ti –a nivel emocional y corporal– cuando te encuentras comportamientos que coinciden con las características del eneatipo 8?

[9] El pacificador. El eneatipo 9, en líneas generales, engloba a personas conciliadoras y complacientes que tienden a fusionarse con las necesidades del otro sin poder reconocer y satisfacer las suyas propias. Temen los conflictos, y por eso se adaptan en exceso a las condiciones que imponen los demás. Huyen, por tanto, de cualquier situación que suponga confrontación o turbulencia.

  • ¿Qué tienes en común con el eneatipo 9?
  • ¿Qué te distingue de él?
  • ¿Qué te pasa a ti –a nivel emocional y corporal– cuando te encuentras comportamientos que coinciden con las características del eneatipo 9?

Hasta aquí el ejercicio. Seguro que has encontrado, en cada eneatipo, cualidades o adjetivos con los que te identificas. Habrá también, sin duda, características que te dejan indiferente. Y, por supuesto, habrá rasgos que te rechinan o te molestan. Es ahí, a mi juicio, donde debes enfocar tu reflexión. El aprendizaje personal consiste, muchas veces, en enfrentarnos a aquello que nos incomoda.


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AUTOPÍAS, CONCEPTOS, PNL

Buscando modelos

…Y encontrando un modelo en ti

Magia

En varias ocasiones he hablado en este blog de la Programación Neurolingüística (PNL), un área de estudio sobre la comunicación y los patrones de comportamiento del ser humano que basa sus fundamentos en el tipo de lenguaje que empleamos, en las experiencias que acumulamos y en los procesos neurológicos que sustentan cada una de nuestras acciones. Pero… ¿cuál fue el origen de este enfoque?

Para situar el nacimiento de la PNL tenemos que remontarnos hasta los años setenta del pasado siglo, un período efervescente en el ámbito de la Psicología con la explosión y auge de distintas corrientes humanistas. Richard Bandler y John Grinder, los padres de la PNL, descubrieron que algunos psicoterapeutas de estas corrientes tenían, en sus intervenciones con pacientes, un porcentaje de éxito mucho mayor del que alcanzaban otros colegas. ¿Quiénes eran estos exitosos terapeutas?

Bandler y Grinder centraron sus estudios iniciales en tres figuras muy relevantes de aquella época cuya estela sigue brillando a día de hoy: Fritz Perls, el impulsor de la Terapia Gestalt; Virginia Satir, artífice de la implantación de la Terapia Sistémica en el ámbito familiar; y Milton Erickson, el creador de lo que se ha dado en llamar la Hipnosis Ericksoniana. Sería largo profundizar ahora en las características de estas corrientes, pero podemos acercarnos al sentir y al hacer de estos terapeutas a partir de algunas de las reflexiones que nos han legado:

  • Sé como tú eres, de manera que puedas ver quién eres y cómo eres. Deja por unos momentos lo que debes hacer y descubre lo que realmente haces (F. Perls).
  • La vida no es lo que se supone que debe ser. Es lo que es. La forma de lidiar con ella es lo que hace la diferencia (V. Satir).
  • Confía en tu inconsciente; sabe más que tú (M. Erickson).

Según explican Bandler y Grinder en La estructura de la magia, estas personas realizan la tarea de la psicología clínica con la facilidad prodigiosa de un mago terapéutico. Llegan hasta el sufrimiento, el dolor y la falta de vitalidad de los demás, transformando su desesperanza en alegría, vida y esperanzas recobradas. A pesar de que los diversos métodos que emplean son variados y tan diferentes como el día de la noche, todos parecen compartir una capacidad portentosa además de un poder único y peculiar. ¿Cómo descubrir esa estructura que se esconde tras la magia?

Los creadores de la PNL creen que es posible acceder a esa estructura mediante una herramienta fundamental: el modelado, es decir, el proceso que permite discernir la secuencia de ideas y de comportamientos que hace que una persona pueda tener éxito o alcanzar la excelencia en una determinada tarea o ámbito. En este proceso de discernimiento hay que tener en cuenta, además de los pensamientos y las actitudes, las emociones y las reacciones fisiológicas que se producen entre unos y otras.

Los comportamientos de las personas que queramos tomar como modelos y sus reacciones fisiológicas (al menos, aquellas que se exteriorizan de algún modo) son plenamente accesibles mediante la observación. Los pensamientos, por su parte, se manifiestan en el uso que hacen del lenguaje. Así, observando e identificando usos de lenguaje, reacciones fisiológicas y comportamientos es posible acceder a modelos o estructuras que nos permitan hacer algo nuevo, hacer algo mejor o hacer algo de forma diferente. ¿Sencillo, no? Pues no siempre.

Una de las razones por las que solemos fracasar a la hora de buscar modelos en los que inspirarnos es que tendemos a olvidar nuestra originalidad… y nos esforzamos únicamente en ser una copia lo más fiel posible de aquel al que tomamos como referencia. Otra razón es que, habitualmente, nos quedamos en las capas más superficiales del modelado, prestando más atención a lo accesorio que a esa estructura mágica que puede propiciar un auténtico cambio. ¿De dónde viene nuestra dificultad para alcanzar los niveles más profundos y eficaces del modelado?

Tal vez la causa sea nuestra aparente incapacidad o nuestra resistencia para conectar con la estructura profunda que habita en cada uno de nosotros. ¿Te has parado alguna vez a observar cuál es esa secuencia en la que se desarrollan tus propios pensamientos, reacciones fisiológicas y comportamientos? ¿Te has fijado en el tipo de lenguaje que empleas en cada uno de los ámbitos en los que te desenvuelves? ¿Cuáles son tus emociones y reacciones fisiológicas asociadas a tus pensamientos? ¿Cómo son tus estrategias y comportamientos?

Las técnicas del modelado de la PNL sirven tanto para buscar nuevos modelos como para identificar los modelos propios con los que ya actuamos cada uno de nosotros. Conociendo nuestros patrones tendremos mucha más información sobre lo que funciona y lo que conviene revisar en nuestra vida y sobre los modelos que podemos buscar fuera para enriquecer lo que ya tenemos dentro. Y, mejor aún, conoceremos nuestros modelos intrínsecos de éxito y excelencia, que también los tenemos. ¿O acaso lo dudas?


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AUTOPÍAS, CONCEPTOS, GESTALT

Dos movimientos, un fluir

Según la Terapia Gestalt, hay dos movimientos esenciales en la interrelación del ser humano con el mundo que le rodea: el contacto y la retirada. El contacto es el movimiento que hacemos para interactuar con el ambiente a nuestro alrededor con el fin de cubrir las necesidades físicas, intelectuales, afectivas, de pertenencia o de realización que no podemos satisfacer por nosotros mismos. La retirada, por su parte, es el movimiento de vuelta a una situación de reposo en la que integrar la experiencia que nos ha aportado el contacto y esperar la aparición de nuevas necesidades o estímulos que nos movilicen hacia un nuevo contacto.

Ambos movimientos, contacto y retirada, deberían fluir de forma sana y saludable. Pero no siempre es así, ¿verdad?

A veces, no damos descanso al contacto. Puede que las necesidades que nos movilizaron se hayan transformado en compromisos u obligaciones que nos dejan enganchados a determinadas situaciones o relaciones. Puede que haya, también, una fuerte necesidad de evitar, a toda costa, la soledad –entendida como vacío– que se asocia a la idea de retirada. Así, de manera consciente o inconsciente, nos llevamos trabajo a casa (bien en forma de tareas concretas, bien como pensamientos recurrentes de revisión o planificación), encadenamos un sinfín de actividades en nuestra agenda (¡cuidado no vayamos a quedarnos sin nada que hacer!) o repetimos comportamientos o patrones de relación de contextos que ya no se corresponden con la situación actual. Todo para no entrar en retirada.

Retirarse exige tomar una cierta distancia respecto al contacto. Es el momento de soltar, de liberarse. Una forma sencilla para tomar conciencia de la separación entre contacto y retirada es verbalizar, internamente, cada una de las acciones que vamos concluyendo (aunque sean tareas que se repiten diariamente) con el fin de prepararnos para atender las nuevas necesidades o impulsos emergentes que puedan surgir: por ahora, he terminado de (acción concreta), acepto la experiencia tal cual ha sido y quedo en disposición de apertura para vivir, en plenitud, lo que pueda venir a continuación. ¿Sirve? Para mí es, al menos, toda una declaración de intenciones.

Hay que tener en cuenta, no obstante, que la retirada también tiene sus riesgos. Por ejemplo, puede convertirse en un refugio permanente para eludir, a toda costa, cualquier interacción con el mundo exterior. Así ocurre, por ejemplo, cuando no somos capaces de identificar nuestras necesidades más auténticas (lo que realmente queremos hacer) o cuando, reconocidas esas necesidades, nos dejamos vencer por el miedo. La retirada es, en estos casos, como estar parado delante de una puerta giratoria, sin saber en qué hueco entrar, o como deambular por una estación de ferrocarril dudando si subir o no a un determinado tren.

Para definir la frontera entre el contacto y la retirada hay que enfocarse, una vez más, en el presente, en el aquí y en el ahora. En este momento concreto de tu vida…

  • ¿Dónde te enganchas?
  • ¿Qué oportunidades estás dejando pasar?

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AUTOPÍAS, CONCEPTOS

Deletreando resiliencia

Este mes se ha cumplido un año desde que la Organización Mundial de la Salud (OMS) declarara, tras los elevados casos de contagio del COVID-19 que se estaban registrando entonces, que la nueva enfermedad por coronavirus no era un brote circunscrito a determinados países, sino una pandemia de impacto global. Desde entonces, nuestra vida se ha visto expuesta a situaciones más o menos complejas –duelos, convalecencias, confinamientos, restricciones, limitaciones, dificultades para encajar en lo que se ha dado en llamar la nueva normalidad…– que nos han puesto a prueba y nos han obligado a desarrollar eso que llaman resiliencia.

¿Resiliencia? ¿Pero no es esa una cualidad de unos pocos escogidos?

La resiliencia es, efectivamente, el término técnico que se utiliza para referirse a la capacidad de la que dispone una persona para afrontar y superar situaciones traumáticas, adversas o perturbadoras. Lamentablemente, como suele ocurrir con las grandes palabras, su significado se diluye a veces debido a la grandilocuencia y complejidad del término, limitándose su uso para aludir únicamente a gestas extraordinarias o excepcionales. Y no debería ser así: la capacidad de resiliencia es inherente a todos los individuos y se manifiesta también, dentro de las posibilidades de cada uno, en situaciones comunes, ordinarias o generalizadas.

Para facilitar la comprensión de la palabra resiliencia, hoy propongo deletrearla para encontrar, a su vez, otros términos que puedan resultarnos más próximos, cercanos o tangibles para tomar conciencia, si aún no lo la tenemos del todo, de nuestra propia capacidad para afrontar y superar, como personas resilientes, lo que la vida nos ponga por delante. Vamos con ello:

R de… Sin duda, la palabra más asociada a resiliencia es resistencia. Ante una situación sobrevenida, prevalece nuestro deseo e interés por seguir adelante, aun sabiendo que será un camino difícil. Nuestra mente, sin embargo, nos intentará boicotear lanzando masivamente pensamientos negativos y creencias limitantes sobre nuestra capacidad para continuar. Para escapar de ese barullo mental, tenemos a nuestra disposición una herramienta básica que nos permite anclarnos en lo que realmente somos: la respiración. Otras palabras asociadas a resiliencia, con la letra ‘R’, son responsabilidad (la habilidad de responder), reto (toda situación cambiante supone un desafío) y rebote (uno de los significados primigenios que se puede encontrar en el análisis etimológico de resiliencia).

E de… La primera palabra que me viene a la cabeza es esfuerzo: al fin y al cabo, hay que adaptarse a una nueva realidad, y eso conlleva hacer ajustes que trastocan desde nuestras rutinas hasta nuestros comportamientos. Lo mejor, en estos casos, es permitirse estar, tomar conciencia de lo que está pasando y, desde ahí, encontrar el empuje que necesitamos para actuar de forma resiliente aceptando y transformando, en la medida de nuestras posibilidades, nuestra realidad circundante.

S de… Sorpresa y susto, cuando la realidad trastoca nuestros planes o remueve los cimientos de nuestra zona de confort. ‘S’ de silencio cuando, en vez de perder la fuerza por la boca instalándonos permanentemente en la queja y en el victimismo, actuamos de forma proactiva buscando soluciones y salidas. Y, por supuesto, ‘S’ de ser, conectando con las sensaciones que habitan en lo más profundo de nuestro interior.

I de… La letra “I” es, dentro de la palabra resiliencia, una letra infatigable. En esta primera aparición podríamos vincularla con el ejercicio de introspección que nos exige, a todos los niveles, cualquier situación de perturbación o amenaza. No es posible encontrar respuestas si no sabemos antes, con la mayor exactitud posible, qué nos está pasando. Y, aún sabiéndolo (o, al menos, sospechándolo), no siempre habrá respuestas claras: la resiliencia implica desarrollar nuestra intuición, confiar en esa sabiduría propia que escapa a los límites del pensamiento racional.

L de… No hay resiliencia sin lucha. Como ya indiqué antes, hay que hacer un esfuerzo para superar los obstáculos o las dificultades que hayan aparecido en nuestro camino y encontrar nuestro lugar en la nueva realidad derivada de ellos. Luchar exige dar un paso al frente, y eso moviliza nuestro liderazgo interior, es decir, el desarrollo o la búsqueda de recursos y habilidades que residen, latentes o escondidas, en la paleta de colores con la que se da forma al gran lienzo en blanco de nuestro potencial.

I de… La introspección y la intuición de las que hablaba antes abren la puerta a la investigación y a la imaginación. ¿Qué podemos hacer distinto y cómo lo podemos hacer?

E de… Sumemos aquí, al esfuerzo, al estar y al empuje, otras dos cualidades: la esperanza (la confianza en lo que hacemos y en los resultados que esperamos lograr) y la empatía (aunque ser resilientes nos obliga a mirar a nuestro interior, conviene no olvidar que somos seres en relación y que cada persona a nuestro alrededor actúa, en sus procesos de cambio y transformación, de acuerdo a sus propios principios, valores y capacidades).

N de… La primera palabra que me evoca la letra ‘N’, en relación a la resiliencia, es nacimiento. Al fin y al cabo, algo queda atrás y surge espacio para lo nuevo. Sé consciente de tus necesidades a la hora construir la nueva realidad en la que anhelas vivir.

C de… No hay resiliencia si no tomamos conciencia del momento en el que estamos y si no nos abrimos a explorar y desarrollar las capacidades a nuestro alcance para hacer frente a la nueva situación que se ha cruzado en nuestro camino. Conciencia y capacidades acrecentarán nuestra confianza, que a su vez impulsará nuestra creatividad para encontrar una nueva forma de ser y estar en el mundo.

I de… Todo lo anterior, incorporado a nuestra vida, puede servir de inspiración para nosotros mismos, cuando tengamos que afrontar nuevos desafíos en el futuro, y también para otros que, en un momento dado, puedan considerarnos como ejemplo o referente para desarrollar su propia resiliencia.

A de… A modo de resumen, tres palabras que encierran todo el significado de la resiliencia: la aceptación (no podemos avanzar si no aceptamos los cambios que se producen alrededor o dentro de nosotros), la apertura (entendida como la exploración y búsqueda de nuevas formas de encajar e interrelacionar con el mundo que nos rodea) y el autoconocimiento (la mirada interior y la confianza en los recursos propios de los que disponemos).

Estas son las palabras que se me han ocurrido deletreando resiliencia. ¿Qué otras palabras se te ocurren a ti? Si entendemos esas palabras como cualidades, ¿cuáles tienes más desarrolladas? ¿Y cuáles crees que tienes que entrenar o mejorar? Tal vez la resiliencia sea, también, buscar formas de ser aún más resilientes.


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AUTOPÍAS, REFLEXIONES

Un balance alternativo

El calendario nos habla estos días de transición y cambio. Hoy, 21 de diciembre, se produce la gran conjunción entre Júpiter y Saturno, una ocasión propicia –según los astrólogos–  para dejar atrás nuestras estructuras de pensamiento y comportamiento más anticuadas. Este lunes tendrá lugar, también, el solsticio de invierno, un fenómeno astronómico asociado a la idea de renovación y renacimiento que encuentra su representación social en celebraciones religiosas como la Navidad, evento que viviremos en pocos días. La próxima semana, en Nochevieja, asistiremos al cambio de ciclo que supone dar la bienvenida a un nuevo año. Y finalmente, una vez que hayan pasado los Reyes Magos, trataremos de recuperar la (nueva) normalidad volviendo –¿con ganas?– a nuestras rutinas habituales.

La pandemia que estamos viviendo, con las restricciones asociadas, condicionará las celebraciones y los encuentros previstos para estos días, dando un mayor valor emocional –si cabe– a estas fechas. Las limitaciones nos harán conectar –previsiblemente– con todas las renuncias que hemos tenido que ir haciendo a lo largo del año, especialmente durante los meses de confinamiento. Y es probable que la frustración, el cansancio y el hartazgo acumulados incentiven nuestro deseo de pasar página para entrar en un 2021 en el que recuperar la confianza y la esperanza y retomar nuestra vida (o lo que creíamos como tal) después de un año en blanco.

Pasar página. Borrar 2020 de un plumazo.

Efectivamente, 2020 ha sido un año duro a causa de las afecciones que ha causado la pandemia en todas las dimensiones del ser humano (física, emocional, social, laboral, cultural, económica…). Cada uno sabe las pérdidas y las renuncias a las que ha tenido que hacer frente, y todas ellas estarán muy presentes –casi con exclusividad– a la hora de hacer el balance del año que ahora termina. Sin embargo, estoy seguro de que en este 2020 también te han pasado otras (pequeñas) cosas que conviene rescatar –y poner a salvo– para vivir con garantías ese proceso de transición y cambio que, consciente o inconscientemente, se pone en marcha en esta época del año. He aquí las tres preguntas básicas que debes formularte para hacer el auténtico balance del 2020:

1. ¿Qué? Indudablemente, el qué de 2020 ha sido el coronavirus Covid-19, tanto la enfermedad en sí como sus repercusiones en todos los ámbitos. Toda nuestra vida ha girado este año en torno a la pandemia y sus consecuencias. Pero… ¿y si en vez de centrarnos en el dolor o en la frustración que nos ha causado, miramos más allá? ¿Qué otros qué han marcado este año? Recuerda los logros que has conseguido, los retos que has superado, los desafíos a los que te has enfrentado. No hace falta que sean grandes gestas: basta con pequeños gestos o actos cotidianos en los que te hayas sentido realizado. Tal vez puedas pensar que, con la que está cayendo, estos logros, retos o desafíos quedan en un segundo plano. ¿Vas a minusvalorar aquello que te hace crecer?

2. ¿Cómo? Es evidente que la pandemia nos ha obligado a introducir cambios en nuestra vida cotidiana. Usamos mascarillas, cargamos con botes de gel hidroalcohólico, intentamos mantener una distancia física con las personas con las que interactuamos… y tratamos de encajar, como mejor podemos, en lo que se ha dado en llamar la nueva normalidad (protocolos en los centros de trabajo, recomendaciones para eventos sociales y actos culturales, etc.). ¿Cómo lo hemos hecho? ¿Cómo lo seguimos haciendo? Piensa en todas las estrategias y maneras de hacer que has aplicado en los últimos meses en tu vida personal, social, laboral… ¿Qué recursos propios has descubierto? ¿Cuáles de ellos quieres mantener?

3. ¿Para qué? Continúa el debate sobre las causas o los fundamentos –el por qué– de la expansión masiva del coronavirus y de las medidas que se han ido aplicando para frenar o controlar la transmisión de la enfermedad. No faltan, como todos sabemos, teorías conspiranoicas. Sin menoscabo de que, como ciudadanos, reclamemos seriedad, rigor y transparencia en la información sobre el coronavirus, centrarnos exclusivamente en el por qué puede ser un error de foco. Pensemos, a la hora de hacer balance de 2020, en el para qué. ¿De qué te ha servido todo lo que ha pasado este año? ¿Qué has aprendido de ti? ¿Qué sentido le das? ¿Y qué impacto ha tenido este 2020 en tus valores personales? ¿Han cambiado, se han hecho más fuertes?

Ojalá este año haya ayudado a abrir espacios de reflexión personal inéditos hasta ahora. Felices fechas de transición y cambio. Felices fiestas.


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AUTOPÍAS, HERRAMIENTAS DE COACHING, PNL

En (el) blanco

Imagina: se presenta ante ti una situación desafiante. No hace falta que el desafío sea algo extraordinario o novedoso, también valen tareas, actividades o situaciones que, repetidas en tu vida, evitas habitualmente. Crees que no cuentas con los recursos necesarios para afrontar el reto. Piensas que te falta seguridad, fortaleza, tranquilidad, paciencia o cualquier otra sensación necesaria para superar la prueba con éxito. El miedo cobra fuerza. Pensamientos limitantes y temores te paralizan. Te quedas en blanco.

¿Te suena?

Si la situación lo permite, las respuestas más comunes son postergar cualquier acción de respuesta o, directamente, escapar –¿una vez más?– del desafío. Pero… ¿qué pasa si el reto, además de asustarnos, nos atrae? En ese caso, puede que intentemos generar nuevos pensamientos con los que desmontar las limitaciones y los temores que nos inhiben a la hora de actuar. Esta estrategia es loable pero, lamentablemente, no suele funcionar por sí sola: nuestra mente está llena de trampas.

Una de las trampas en las que solemos caer consiste en justificar nuestros pensamientos. Lejos de encontrar soluciones o alternativas, solidificamos nuestro argumentario. Los pensamientos limitantes y los temores (así como los estados de ánimo asociados a ellos) se enquistan.

Entonces, además de trabajar sobre la mente, ¿qué más hace falta?

El componente adicional que facilita el cambio de mentalidad es la fisiología, la toma de contacto y la actuación sobre las respuestas que ofrece, a nivel físico y biológico, nuestro cuerpo.

Esta es una de las premisas de la Programación Neurolingüística (PNL) y, en concreto, del llamado Código Nuevo, una evolución de los postulados iniciales de esta técnica de observación, codificación y modelado de patrones de lenguaje y comportamiento orientada a la mejora de competencias y a la consecución de resultados concretos. Según el Código Nuevo, la fisiología actúa como una palanca de cambio a la hora de inducir estados de alto desempeño con los que generar respuestas apropiadas y adaptadas a un desafío determinado.

Hoy quiero proponerte una herramienta del Código Nuevo llamada “El Santuario”. ¿Nos adentramos en él?

Antes de nada, conviene aclarar que esta herramienta tiene una parte de juego o escenificación, de modo que hay que buscar un espacio físico adecuado en el que ponerla en práctica. Te recomiendo usar un pasillo o una habitación en la que puedas ir de pared en pared sin obstáculos por medio.

En un extremo del pasillo, o en una de las paredes, coloca el dibujo de una diana (sí, la diana que se usa para el lanzamiento de dardos o el tiro con arco). Dentro de la diana escribe el nombre del reto o de la situación desafiante a la que te quieres enfrentar. El otro extremo del pasillo, o la otra pared, será tu santuario, un espacio de protección y seguridad similar a la casa o refugio de los juegos infantiles, intocable para cualquier rival o enemigo exterior.

Una vez definidas ambas zonas, colócate en tu santuario. En este lugar vas a proveerte de todo lo que necesitas –tanto sensaciones como objetos– para afrontar el desafío que se presenta ante ti. ¿Necesitas calma, fuerza, decisión, confianza…? Evoca y conecta con situaciones de tu vida en las que pudiste acceder a todos esos recursos. Presta atención a las sensaciones físicas que experimenta tu cuerpo a medida que vas recordando y llenándote de cada uno de esos elementos o estados. No dudes en coger o visualizar cualquier objeto que pueda ayudarte a reforzar tus sensaciones.

Cuando creas que estás preparado, avanza hacia la diana. ¿Hasta dónde puedes llegar? ¿Se mantienen tus sensaciones, o aparecen perturbaciones asociadas a los pensamientos limitantes y a los miedos asociados a la situación desafiante? Es probable que las limitaciones y los temores, aunque aplacados, sigan allí. Si es así, no importa: regresa a tu santuario.

De nuevo a salvo en tu refugio, reconecta de nuevo con las sensaciones que necesitas para afrontar el reto y vuelve otra vez a la diana. Fíjate, de nuevo, en el comportamiento fisiológico de tu cuerpo. ¿Qué te aporta la extensión y contracción de tus músculos? ¿Qué te dicen tus gestos, tu movimiento?

El proceso de avance y retirada desde el santuario a la diana se repite cuantas veces sea necesario –mínimo 3 veces– hasta que las nuevas sensaciones que queremos generar prevalecen sobre las sensaciones limitantes que nos impedían afrontar el reto.

Como ves, el ejercicio requiere movimiento. Si por alguna razón no puedes escenificarlo, siempre puedes visualizarlo. No es tan efectivo, pero te puede servir. Eso sí: procura hacer un esfuerzo adicional para impregnarte de todas las sensaciones fisiológicas que esta herramienta pretende movilizar.

El objetivo de esta propuesta es potenciar recursos que creemos inexistentes o insuficientes a la hora de hacer frente a un desafío determinado. Por tanto, el trabajo ha de centrarse en la construcción del santuario y en la identificación de las sensaciones fisiológicas que nos permiten luchar por ese desafío. En ningún caso hay que tocar la diana colocada en la otra pared o en el extremo del pasillo. Se trata –¡solo!– de empoderarse para actuar, directamente, ya fuera de la escenificación, sobre la situación retante.

Esa es la idea: dejar de estar en blanco… para dar en el blanco.


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AUTOPÍAS, CONCEPTOS, HERRAMIENTAS DE COACHING, MINDFULNESS

¡Stop!

Todos, seamos conductores o no, conocemos la señal de STOP, una indicación muy diferente a otras señales de tráfico tanto por su forma (no es triangular, cuadrada o redonda, sino octogonal) como por su contenido (a diferencia de otras señales, no incluye un pictograma, sino la instrucción, directa y clara, de parar el vehículo, aunque sea con una palabra en inglés). En efecto, el código de circulación define el STOP como la obligación para todo conductor de detener su vehículo ante la próxima línea de detención o, si no existe, inmediatamente antes de la intersección, y ceder el paso en ella a los vehículos que circulen por la vía a la que se aproxime.

La señal de STOP se ocupa, por tanto, de regular la prioridad de circulación en las intersecciones, y confío en que todos seamos conscientes de su importancia para garantizar la seguridad (la nuestra y la de aquellos con los que nos cruzamos) y prevenir accidentes.

¿Y a cuento de qué viene todo esto?

Pues viene a cuento de que vivir no es lo mismo que conducir. El viaje por carretera está sujeto a una serie de pautas, recomendaciones e indicaciones que vienen definidas por las señales que encontramos a nuestro paso. En el viaje de la vida, sin embargo, no siempre es fácil ver e interpretar las señales que van apareciendo en el camino… o bien las ignoramos deliberadamente.

Pienso en lo que ocurre, por ejemplo, en esas situaciones en las que nos dejamos arrastrar por el piloto automático del estrés, siempre en su huida hacia adelante, o por los patrones de comportamiento inconscientes que se activan en nosotros cuando no nos atrevemos a decir “no” o a actuar de acuerdo a lo que realmente somos (aunque sea atentando contra nuestra propia coherencia). A la larga, los automatismos se traducen en insatisfacción y frustración.

Si no hay señal, hay que inventarla. Y para eso está el método STOP, una técnica de mindfulness para anclarse en el presente, abrir espacio a otras perspectivas, conectar con nuestras necesidades y actuar en consecuencia. No olvidemos que cada STOP da paso a una intersección con alternativas distintas a esa vía rápida por la que solemos circular.

¿Cómo montar esa señal de STOP? La respuesta viene dada por cada una de sus letras:

S de STOP (parar). Para un momento y haz un inventario de lo que está ocurriendo en tu cabeza, corazón y cuerpo. Se trata de identificar los pensamientos, emociones y sensaciones físicas que estás experimentando en ese instante concreto.

T de TOMA UN RESPIRO. A continuación, dirige tu atención a la respiración. Como he comentado otras veces, la respiración es clave para conectar con el presente, recolocar la experiencia y permitir la aparición de nuevas opciones.

O de OBSERVAR. Poco a poco, amplía el campo de percepción, más allá de la respiración, para darte cuenta de las nuevas sensaciones y necesidades que emanan de ti. Abre tu conciencia, también, a lo que está ocurriendo fuera de ti: deja que tus sentidos actúen con curiosidad y apertura, como si descubrieras el mundo por primera vez.

P de PROCEDER. Una vez completadas las fases anteriores, actúa de acuerdo a tus necesidades y sabiduría interior. ¿Es necesario seguir a piñón fijo, como habías hecho hasta ahora, o tienes a tu alcance otras posibilidades, otras respuestas, otros caminos por explorar en esta intersección que te has permitido crear?

Probablemente pensarás que todo esto es muy interesante, pero de difícil aplicación: atrapados por las circunstancias, ¿cómo poner un STOP? Efectivamente, no es sencillo, pero se puede entrenar de dos formas. En primer lugar, recordando episodios pasados en los que te hubiera venido bien disponer de ese STOP: ¿cómo habría cambiado la situación, cómo te habrías sentido? Y, en segundo lugar, anticipando situaciones futuras donde pueda serte útil ese STOP: ¿qué indicadores te pueden servir para activar la señal?

Ahora, después de haber parado, puedes reanudar la marcha. ¡Buen viaje!


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AUTOPÍAS, CONCEPTOS, HERRAMIENTAS DE COACHING, PNL

Un círculo de potencial

¿Te imaginas poder acceder, de forma fácil y rápida, a las sensaciones de seguridad, confianza, fortaleza, tranquilidad o bienestar que necesitas para afrontar los desafíos que se te van presentando a lo largo de tu vida? Quien más, quien menos, todos hemos dejado pasar oportunidades o nos hemos dejado atrapar en círculos viciosos por no haber sabido movilizar esas sensaciones, dejando prevalecer el miedo o las limitaciones y deméritos que creemos tener. Pero hay una buena noticia: es posible entrenar un estado de plenitud de recursos en el que encontrar, al instante, esas sensaciones con las que habitualmente nos cuesta conectar.

El estado de plenitud de recursos es, según la Programación Neurolingüística (PNL), el estado emocional en el que integramos las experiencias en las que nos hemos sentido llenos, felices o, al menos, satisfechos con nosotros mismos con vistas a su recuperación posterior en momentos en los que nos sentimos faltos de motivación o energía para hacer frente a determinados retos o circunstancias.

Pero… ¿qué es la PNL?

La Programación Neurolingüística, de la que ya he hablado alguna vez en este blog, es una técnica creada por John Grinder y Richard Bandler en los años setenta del siglo pasado a partir de la observación y el estudio de patrones de comportamiento de personas que obtenían destacados resultados en sus respectivos ámbitos de actuación. Desde ahí, la PNL ha dado lugar a todo un conjunto de modelos, habilidades y técnicas para pensar y actuar de forma efectiva en el mundo (definición de Joseph O’Connor y John Seymour).

Entre esas técnicas está el círculo de la excelencia, que es la puerta de entrada a ese estado de plenitud de recursos. ¿Cómo se crea ese círculo? Te lo explico en 5 pasos:

1) Busca un lugar tranquilo, sin distracciones, en el que recordar un momento de tu vida en el que te hayas sentido pleno y satisfecho. Respira profundamente. Ahora, concéntrate en ese recuerdo y tráelo al presente, aquí y ahora, para recuperar, actualizar e integrar esa experiencia. No te fijes solo en el logro o la situación en sí, sino también –y especialmente– en todos los detalles que acompañan al recuerdo. ¿Qué ves? ¿Qué oyes? ¿Qué sientes? Déjate impregnar por todos esos detalles.

2) Una vez evocado el recuerdo e identificado sus detalles, imagina que tienes ante ti un círculo dibujado en el suelo. Recréate en la visualización de ese círculo, definiendo todas sus características (tamaño, color, textura, temperatura, etc.). ¿Lo tienes?

3) Vuelve a esa experiencia de excelencia que has evocado antes. Profundiza en ella afianzando al máximo sus detalles. A continuación, piensa en un código o clave con el que recuperar esa sensación cuando la necesites. Este código –que funciona como anclaje o vínculo– puede ser una palabra, una imagen mental o un gesto corporal (por ejemplo, dibujarte con el dedo un pequeño círculo detrás de la oreja). En cuanto tengas el código, da un paso al frente y adéntrate en tu círculo de experiencia. Aunque se puede hacer en modo visualización, movilizar la fisiología para entrar en el círculo ayuda a imprimir sensaciones en la llamada sabiduría corporal. Dentro del círculo, expande y amplifica tu experiencia.

4) ¿Y ahora? Cambia de tercio y sigue con tus actividades cotidianas: siempre hay cosas por hacer.

5) Cuando vuelvas a hacer una pausa en tus quehaceres, o dispongas de tiempo libre, activa tu círculo con la clave o el código que elegiste. ¿Recuperas las sensaciones que pretendías obtener? Para verificarlo, puedes probar a traer al presente alguna situación futura en la que puedas necesitar ese estado de plenitud de recursos. ¿Cómo cambia esa situación futura si tienes tu estado de excelencia plenamente disponible?

Ojalá hayas alcanzado esa plenitud de recursos. Desde ahora, cuando la necesites, solo tendrás que activarla y, gracias a este trabajo de integración y vinculación que has realizado, encontrarás con mayor facilidad las sensaciones que buscas.

¿Ha funcionado?

Es probable que el círculo no alcance su máxima eficacia a la primera. Las sensaciones obtenidas pueden ser débiles y será necesario reforzarlas repitiendo de nuevo los pasos que he descrito (bien en solitario o, en situaciones de estancamiento, buscando acompañamiento profesional). Y, aunque funcione, conviene cultivar este círculo de excelencia como si fuera una planta que necesita cuidados no solo para crecer, sino también para mantenerse viva. Entrenar y actualizar: esas son las claves para llegar a la plenitud de recursos que se esconde en tu potencial.


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