AUTOPÍAS, COACHING, REFLEXIONES

A vueltas con el Coaching

El comienzo de un nuevo curso es, junto al inicio de un nuevo año, uno de los momentos que consideramos más adecuados para proponernos nuevos objetivos y metas vitales. Todos tenemos, en mayor o menor medida, recursos suficientes para afrontar cambios y desafíos. No obstante, no siempre nos resulta fácil emprender nuevos propósitos o aventuras. ¿Quién no se ha sentido alguna vez atascado, desorientado o desmotivado? ¿Quién no ha tenido, ante situaciones concretas, dudas sobre el alcance de su propio potencial? Por eso existe, entre muchas otras, la figura del coach, ese profesional que te acompaña, apoyado en tu responsabilidad y en tu compromiso, desde donde estás ahora hasta donde realmente quieres estar (según la definición de coaching de la Asociación Española de Coaching, ASESCO).

El coaching, lamentablemente, sigue siendo una disciplina cuestionada, especialmente por parte de algunos profesionales (afortunadamente, no todos) de la psicología, la psiquiatría o la medicina. Se nos acusa de ser vendehúmos o vendedores de milagros; se nos critica por ser una formación no reglada, dependiente de asociaciones o escuelas privadas (como ocurre en muchos otros sectores profesionales), olvidando que los másteres de coaching más reconocidos y valorados se ofertan, precisamente, en universidades públicas; y nos denuncian, también, por nuestra supuesta intervención o injerencia, como pseudociencia, en el ámbito sanitario. No niego que haya casos de mala praxis, pero para mí la frontera está clara: el coaching no es, ni pretende ser, una psicoterapia (de hecho, son disciplinas que, en un momento dado, pueden ser complementarias).

Efectivamente, hay situaciones, respuestas y comportamientos diagnosticados como patologías que requieren una intervención desde el ámbito clínico con profesionales específicamente formados para ello. Pero hay también muchos otros problemas, vitales o sociales, que se manifiestan de forma puntual y que distan mucho de ser problemas psicológicos. Aquí entran, en el día a día, las dificultades para conciliar nuestras necesidades o expectativas con las obligaciones y compromisos que arrastramos en nuestra vida cotidiana, el malestar que nos produce la falta de eficacia en la gestión de nuestro tiempo, las dudas ante eventuales procesos de toma de decisiones, las resistencias que nos impiden planificar correctamente nuestros objetivos, la incertidumbre ante un cambio de hábitos…

En mi opinión, hay espacio para todos los profesionales que creemos y apostamos por el crecimiento y el desarrollo personal… siempre que lo hagamos con honestidad y aportando al cliente la información necesaria sobre nuestra manera de trabajar. En coaching lo hacemos, según el Libro Blanco que regula nuestra profesión, acompañando a nuestros clientes en la definición de objetivos, a través de un proceso estructurado en el que se irán generando nuevas posibilidades, habilidades y escenarios de aprendizaje, con el fin de producir cambios estables y duraderos alineados con su entorno, sus valores y sus creencias. Si quieres avanzar, acompañado, en tu autoconocimiento, busca el profesional que mejor se adapte a ti, infórmate sobre su acreditación y metodología de trabajo y adéntrate, sin miedo, en el camino.


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AUTOPÍAS, CONCEPTOS

¿Imponderables o imprevistos?

En la entrada anterior de este blog te proponía un método en 3 palabras con el que enfocar tus intereses y esfuerzos para el curso que acaba de comenzar. Este método consiste en crear una visión de lo que realmente queremos ser, hacer o tener en el nuevo curso, diseñar una misión o propósito que articule nuestro empeño y establecer un plan de acción para conseguir la meta o el objetivo que nos hayamos propuesto. ¿Has puesto en marcha este método? ¿Ha funcionado? Si la respuesta es afirmativa, ¡enhorabuena! Si no lo es… ¡tranquilidad! Y, sobre todo… ¡no tires la toalla! No pasa nada por reajustar la visión, la misión o las acciones cuantas veces sea necesario.

A veces, la frustración nos puede y preferimos quedarnos enganchados en el victimismo o en el pesimismo. Nos dejamos invadir por pensamientos negativos y nos creemos, literalmente, que la meta por la que queríamos luchar no está a nuestro alcance. Sin embargo, hay una salida aún más fácil: revisar qué es lo que ha fallado. Tal vez la misión que habíamos definido era demasiado ambiciosa y no se ajustaba al principio de realidad necesario para poder llevarla a buen término. O quizá falló el plan de acción, incapaz de hacer frente a situaciones sobrevenidas o a distracciones que no habíamos tenido en cuenta. ¿Fue así?

Cuando estudiaba Comunicación Audiovisual, mi profesor de Producción, José G. Jacoste Quesada, hacía especial hincapié –a la hora de planificar un rodaje– en la diferenciación entre imprevistos e imponderables. Los imprevistos suceden, como indica la palabra, por falta de previsión. Los imponderables, por su parte, se refieren a cuestiones que exceden a toda ponderación humana: son cosas que ocurren de manera inesperada e inevitable y que tienen consecuencias que, a diferencia de los imprevistos, no se pueden conocer o precisar. En el rodaje de nuestra vida cotidiana, serían imprevistos aquellos eventos o compromisos que no hemos tenido en cuenta a la hora de diseñar nuestro plan de acción. El imponderable sería, por ejemplo, el resfriado que nos obliga a guardar reposo durante unas horas.

Conocida esta diferencia, ¿qué fue lo que falló al diseñar la misión y el plan de acción para el nuevo curso? Si fueron imponderables, y la situación se ha normalizado, basta con retomar las acciones que habíamos previsto reajustando, si fuera preciso, los plazos que manejábamos para conseguir nuestro objetivo. Si fueron imprevistos, tendremos que rediseñar nuestra estrategia… y será más eficaz, pues incluiremos en ella factores que hasta ahora –hasta tropezar con ellos– habíamos pasado por alto. Sea como fuere, cualquier momento es bueno para reanudar la marcha y cumplir la misión que nosotros mismos, desde nuestras motivaciones y necesidades, nos hemos encomendado.


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AUTOPÍAS, REFLEXIONES

Carta de despedida

Queridas vacaciones:

¿Dónde os habéis metido? El mes de agosto avanza imparable y septiembre está a la vuelta de la esquina (al menos, a vuelta de calendario). Algunas señales anticipan ya la llegada del otoño: los días se hacen más cortos (las noches reivindican la duración que tuvieron antes del solsticio con el que dio comienzo el verano) y los árboles comienzan a perder, de forma incipiente, sus hojas. ¿Qué ha sido de los grandes proyectos que íbamos a hacer juntos? ¿Qué fue de los viajes y de las escapadas que habíamos planificado? ¿Qué fue de las quedadas y reencuentros que habíamos previsto? ¿Y de las lecturas escogidas para este tiempo de asueto? ¿Y de todo lo que queríamos preparar o adelantar para el nuevo curso? ¡Apenas hemos hecho una parte de lo que habíamos pensado!

Efectivamente, apreciadas vacaciones, se nos han quedado muchas cosas por hacer. Las rutinas cotidianas acechan e, inevitablemente, tomarán el relevo. Las responsabilidades, las obligaciones y los compromisos de la vida ordinaria –por llamarla de alguna manera– nos atraparán sin que apenas nos demos cuenta. Y vosotras, vacaciones, seréis solo un sueño o una fantasía que alimentar hasta una próxima oportunidad: tal vez podamos reencontrarnos en un puente festivo; tal vez tengamos que esperar hasta la Navidad, cuando ya sea invierno… ¿Podremos resistir hasta entonces? ¿Tendremos fuerzas, un año más, para vivir por un tiempo separados?

Es inevitable, añoradas vacaciones, sentir nostalgia –o tal vez frustración– en el momento de la despedida. Para aligerar la carga de tristeza, conviene enfocar la atención en lo que sí hemos podido hacer juntos. ¡Cuántas nuevas experiencias hemos vivido! Yo prefiero priorizar, en el recuerdo, los lugares que he visitado, la gente a la que he conocido o con la que me he reencontrado, los libros, series o películas que me ha dado tiempo a disfrutar en este tiempo de descanso… Y, especialmente, los momentos en los que, gracias a vosotras, me he permitido improvisar y, libre de presiones, fluir con lo que sucedía a mi alrededor. Quizá ese abrirse a la vida, con todo lo que tiene para ofrecernos, sea la clave para que, en el día a día, la espera de nuestro próximo reencuentro nos resulte llevadera.

¡Hasta pronto!

N.


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AUTOPÍAS, METÁFORAS

La playa y el mar

¿Nos vamos a la playa? Las altas temperaturas de los últimos días, unidas al deseo de disfrutar de unos días de vacaciones durante el verano, me han traído a la memoria el recuerdo de una playa cuya superficie variaba, como nunca había visto antes, en función de las mareas, un fenómeno vinculado especialmente a la Luna –la fantasía es, muchas veces, el preludio de la ciencia– en el que también intervienen el Sol –aunque algunos lo pongan en duda, la Tierra es redonda y gira alrededor del astro rey– así como la geografía y la meteorología. Las dimensiones de esta playa durante la marea alta, ya respetables, se duplicaban e incluso se triplicaban con marea baja: la frontera entre la arena fina y el agua, que apenas dibujaba una delgada línea durante la pleamar, se convertía en una amplia explanada de arena compactada, con algún que otro charco muy disperso, durante la bajamar.

Las mareas se alternan –fluyen– en función de las fuerzas gravitatorias que emanan de la Luna y del Sol. Precisamente, flujo es el nombre que se le da al lento y continuo proceso de crecimiento o decrecimiento del nivel del agua. De este modo, las mareas no son más que una manifestación de la vida, que es toda fluidez. Y ese flujo de las mareas, unido a la acción del oleaje, deriva en un intercambio de arena, grava, fango, algas y cascajos y en un proceso permanente de erosión del litoral. La playa da, el mar recibe, y viceversa. Pero, ¿cómo se sienten ambos, playa y mar, en esta interacción constante?

Imagina por un momento que eres playa. Eres una acumulación inmensa de finos granos de arena o pequeñas piedras bañadas por la luz del sol. Te dejas mecer por el rumor del agua y disfrutas del roce –a veces pícaro y sensual– de las olas que llegan hasta ti antes de desaparecer de nuevo en el mar. Poco a poco, el ritmo se intensifica. ¿Cómo te sientes cuando el mar, con la marea alta, comienza a invadir y a achicar tu espacio? ¿Y cuál es la sensación que te produce la marea baja, cuando el mar parece retroceder mucho más lejos de tus expectativas? ¿Cómo acoges los regalos que, en forma de conchas, deja el mar en tu regazo? ¿Qué sientes cuando el agua deja sobre ti algas pegajosas? ¿Cómo vives el fuerte oleaje, a veces furioso, que se lleva los sedimentos sobre los que pretendes asentarte?

Imagina ahora que eres el mar. Eres una masa de agua salada extensa, casi infinita. Aparentas ser profundo e inabarcable. En días tranquilos, juegas plácidamente con la playa alimentándola con la suave cadencia de tu oleaje. En días revueltos, mejor no acercarse a ti. De hecho, puede que ni tú mismo te soportes. ¿Qué sientes cuando, desatado, te apropias del espacio de la playa? ¿Qué temores te impiden acercarte a la arena en los momentos de marea baja? ¿Cómo vives el doble poder que tienes para nutrir a la playa de nuevos posos que contribuirán a sostenerla y enriquecerla y, a la vez, para llevarte los sedimentos básicos que garantizan su supervivencia? ¿Qué sensación te invade cuando, a tu pesar, te llevas la basura que bañistas sin escrúpulos arrojaron sobre la arena?

Los seres humanos, como la playa y el mar, estamos sujetos a las fuerzas de la naturaleza. No obstante, cada uno de nosotros tiene sus propias fuerzas gravitatorias que se manifiestan en forma de deseos, necesidades, expectativas, obligaciones o compromisos que acaban definiendo y condicionando nuestro flujo vital. ¿Cómo vives tú estas fuerzas? ¿Cómo la playa, pasiva y resignada ante la acción del oleaje, o como el mar, dotado de un protagonismo capaz de moldear el paisaje con el que se relaciona? ¿Qué tienes de playa o de mar en tu interacción con los demás? Rachel Carson, bióloga marina, decía que en cada promontorio, en cada playa curva y en cada grano de arena está la historia de la Tierra. ¿Dónde está tu historia?


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AUTOPÍAS, MINDFULNESS, REFLEXIONES

Rompiendo inercias

Otro día más ha sonado el despertador y, en una lucha contra el reloj, has decidido retardar la alarma una, dos, quizá tres veces. Después, te has levantado a toda prisa y, arrastrado por la inercia, has comenzado a realizar, una tras otra, probablemente en el mismo orden que todos los días, tus rutinas cotidianas. Algunas de estas rutinas están ya tan interiorizadas que ni siquiera recuerdas cómo se implantaron en tu vida. Otras te fueron impuestas y, aunque podrías revisarlas, prefieres no dudar de su eficacia. Todo en tu vida parece seguir el ritmo de una partitura… y, por eso, afinas el oído esperando una transgresión. Pero, ¿quién ha compuesto la melodía?

En el trabajo, o en las relaciones sociales, te sientes rehén de compromisos y obligaciones que te fueron impuestos o que tú mismo te impones. Te atrapan cadenas de deudas y favores mal entendidos, agradecimientos que ocultan exigencias, demandas que te alejan de tus necesidades o responsabilidades. A pesar de todo, repites comportamientos que ya no van contigo, te sigue costando dar un “no” por respuesta y, así, permites que otros acaben tomando, en tu lugar, decisiones que te alejan de ti mismo, de tu propio centro. En definitiva, actúas como una marioneta en un teatro de títeres… donde los hilos que te manejan terminan por enredarse coartando tu propia expresión. Pero, ¿quién dirige esos hilos?

Si la música que crean tus rutinas te parece repetitiva y te aburre representar siempre la misma función de títeres, quizá sea el momento de revisarlas. Para hacerlo, apelo a tu libertad y a tu creatividad: asume un papel protagonista, baila al son de tu propia partitura y actúa de acuerdo a tu propio guión. Improvisa, experimenta, prueba… Siempre hay otra manera de hacer las cosas, y siempre es posible dar un primer paso, por pequeño que sea, para llegar a donde queramos estar. Sé honesto con el mundo que te rodea, pero sé también honesto contigo mismo. ¿Qué quieres hacer nuevo en tu vida? ¿Qué puedes reciclar de lo que estás haciendo hasta ahora? ¿De qué quieres desprenderte?

No siempre es fácil encontrar respuestas para estas preguntas: hay mucho ruido a nuestro alrededor (consejos, prejuicios, recomendaciones, críticas…). Lo mejor, para empezar, es buscar espacios donde podamos conectar con nosotros mismos. No hay que ir muy lejos: basta con que, al acabar este artículo, te permitas cerrar los ojos para poner atención sobre tu respiración, descubriendo y ampliando su cadencia para, desde ese estado de bienestar, observar, sin engancharte a ellos, los pensamientos que van surgiendo en tu mente, los estímulos que, a través de los sentidos, percibes del exterior y las señales que, con todo ello, se manifiestan en tu cuerpo. Se trata de parar en boxes para volver a arrancar el motor y entrar, con fuerza, en nuestra propia carrera. ¡Nos vemos en la pista!


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Volverse océano

En la vida nos encontramos momentos en los que, según el lenguaje de los videojuegos, toca pasar de pantalla. A veces, esos momentos llegan de forma inesperada y no queda otra opción que adaptarse, a la mayor rapidez posible, a las características del siguiente nivel del juego. Otras veces, sin embargo, somos nosotros mismos quienes retrasamos la llegada de esos momentos: preferimos seguir viviendo en los parámetros que conocemos, dentro de las rutinas habituales, pese al desgaste que nos produce la repetición sistemática de obligaciones, responsabilidades, compromisos, comportamientos, hábitos o tareas que ya no nos satisfacen. En estas situaciones, nuestra vida entra en modo bucle… y nos sentimos estancados.

Días atrás, mientras daba vueltas en la cabeza al concepto pasar de pantalla, me encontré con esta historia del escritor libanés Khalil Gibran (1883-1931): Dicen que antes de entrar en el mar, el río tiembla de miedo: mira para atrás, para ver su recorrido, para ver las cumbres y las montañas, para ver el largo y sinuoso camino que abrió entre selvas y poblados; y ve frente a sí un océano tan extenso que entrar en él solo puede ser desaparecer para siempre. Pero no hay otra manera: el río no puede volver, nadie puede volver, volver atrás es imposible en la existencia. El río precisa arriesgarse y entrar en el océano. Al entrar, el miedo desaparecerá, porque en ese momento sabrá que no se trata de desaparecer en él, sino de volverse océano.

En esta metáfora, el río representa lo que hemos vivido. El océano, por su parte, simboliza todo el potencial que aún no hemos desplegado. El río se siente seguro en su cauce, protegido por sus márgenes, de la misma manera que nosotros nos sentimos seguros en nuestra zona de confort, donde intentamos vivir sin riesgos. Sin embargo, como nos ocurre a nosotros, el río olvida que su cauce no tuvo siempre las características actuales: las fuentes de las que brotó, junto a las aportaciones del deshielo de las cumbres, esculpieron los primeros kilómetros de su recorrido; las condiciones meteorológicas alternaron crecidas y sequías que condicionaron su curso. Los accidentes geográficos que atraviesa a su paso son los avatares que, con mayor o menor conciencia, hemos ido sorteando e incorporando a nuestra existencia. El cauce del río nunca fue tan idílico como, en nuestra aparente comodidad actual, queremos creer ahora.

Pasar de pantalla en esos momentos en los que necesitamos un cambio no implica poner un punto y aparte en nuestro relato vital, sino un punto y seguido. Como hace el río según se acerca a su desembocadura, toca ensanchar nuestro espacio para formar un delta con el que ir desplazando los límites que nos encorsetan. De esta manera, el cauce que hemos dibujado se irá abriendo hacia un horizonte infinito lleno de posibilidades en el que desarrollar talentos o capacidades dormidos, aún sin descubrir, o anestesiados voluntariamente por nosotros mismos. Cuanta mayor sea la apertura, más facilidad tendremos para fundirnos en el océano, ese lugar en el que pululan todos los recursos que necesitamos para desplegar, de forma fluida y armónica, todas las características de nuestro ser. Recuerda: No se trata de desaparecer en él, sino de volverse océano. ¿Nos arriesgamos?


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AUTOPÍAS, CONCEPTOS, MINDFULNESS

On/off

En estas fechas, con los días centrales de la Semana Santa a la vuelta de la esquina, son muchas las personas que manifiestan su deseo de tener unas vacaciones para desconectar. El cansancio hace mella después de un duro trimestre de trabajo: necesitamos un respiro en nuestras tareas cotidianas para olvidarnos o, al menos, dejar en un segundo plano responsabilidades, obligaciones o compromisos diarios. No obstante, no creo que las vacaciones (y lo que conllevan en términos de descanso, ocio, actividades, viajes o reencuentros) sean realmente una desconexión, sino más bien una oportunidad para una auténtica conexión con nosotros mismos. Porque… ¿estamos realmente conectados en nuestra vida de automatismos rutinarios?

Las vacaciones, efectivamente, son un momento propicio para favorecer y desarrollar la conexión con uno mismo. Generalmente, en este tiempo estamos más atentos a nuestras necesidades y, al tener tiempo libre, podemos dar espacio a actividades o prácticas que por falta de tiempo, cansancio o apatía no solemos hacer en nuestra vida cotidiana. De alguna manera, podemos permitirnos ser más libres a la hora de identificar en qué queremos invertir nuestra energía. Además, nuestra conciencia se expande al experimentar nuevos planes, visitar otros lugares o tomar contacto con el paisaje que nos rodea. Estoy seguro de que alguna vez has comprobado que el cansancio provocado por las actividades que te gustan –ese cansancio que te hace sentir vivo– no tiene nada ver con el cansancio plomizo y agarrotado de tus obligaciones diarias.

Pero, además de aprovechar las vacaciones como banco de pruebas de nuevos hábitos, intereses y experiencias, hay otras fórmulas para vivir conectados durante todo el año sin necesidad de esperar a días de asueto o puentes festivos. La principal, a mi juicio, consiste en vivir enfocado en el presente, en lo que está ocurriendo aquí y ahora: conectarse con el presente es conectarse con uno mismo. Por tanto, te animo a activar, por ti mismo, el botón on/off con el que vienes equipado para observar tu respiración, tu estructura corporal, tus sensaciones, tus emociones, tus pensamientos… ¿Qué está pasando? ¿Qué información obtienes sobre ti? Una vez vayas descubriendo las respuestas, acepta lo que hay: la aceptación de la realidad en la que vivimos es el primer paso para incluirla en nuestra vida o, en su caso, para transformar aquellos elementos que amenazan nuestro equilibrio.

Las fechas que marcan el devenir de nuestra cotidianidad (jornada laboral, período lectivo, vacaciones), aunque puedan ayudarnos, no determinan por sí mismas que uno esté conectado o desconectado de sí mismo: cada uno de nosotros tiene el poder de conectarse. Si optamos por vivir desconectados, nuestra existencia consistirá en dejarse arrastrar por los requerimientos de otros (modas, presiones, imposiciones, obligaciones…). Por el contrario, vivir conectados nos permitirá identificar nuestro propósito vital –aquello que da un auténtico sentido a nuestra vida– y desarrollar todo nuestro potencial para alcanzarlo. El interruptor on/off está al alcance de tu mano. ¿A qué esperas para accionarlo?


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AUTOPÍAS, HERRAMIENTAS DE COACHING

El tiempo que se escapa

Este fin de semana se ha producido, un año más, el cambio oficial de hora. La medida, que se aplica en España –al igual que en otros países– desde hace décadas, tiene como objetivo ahorrar energía, fundamentalmente la que se emplea para iluminación. No obstante, este criterio parece estar en discusión y, de hecho, se han publicado datos contradictorios al respecto. Por otro lado, son muchas las voces –aunque tampoco hay estudios concluyentes– que alertan de las alteraciones que el cambio horario puede suponer para la salud: trastornos del sueño, mayor cansancio y fatiga, cambios de humor, problemas de concentración… El debate está abierto. Pero, al margen de la hora adelantada (en marzo) o retrasada (en octubre), quizá sea bueno reflexionar sobre el uso que damos a nuestro tiempo.

Es probable que, inmersos en la rutina, no tengamos una idea clara (o peor aún, tengamos una idea equivocada) sobre la forma en la que distribuimos las 24 horas del día. Unos más, unos menos, todos tenemos horarios hechos de obligaciones y compromisos. Pero… ¿cuánto tiempo dedicamos a aquello que nos gusta y satisface? ¿Por dónde se escapa el tiempo que nos falta para hacer otras actividades o invertir en nuestro mejor descanso? Te propongo llevar un registro, durante una semana, del tiempo que dedicas a cada una de las acciones que vas completando en tu día a día (aseo, desayuno, desplazamiento al trabajo, horas de trabajo, comida, horas de clase, actividades complementarias, tiempo de ocio, ejercicio físico, cena, horas de sueño…).

Una vez que hayas completado el registro, dibuja en un papel el horario de un día-tipo. Puedes usar colores para diferenciar actividades (sueño, alimentación, trabajo, ocio) y obtener así una mejor representación gráfica de la distribución de tu tiempo. A continuación, coge un papel en blanco para dibujar el horario que realmente te gustaría tener. Comienza visualizando cómo te gustaría distribuir la jornada, qué actividades querrías hacer, cuánto tiempo dedicarías a cada una de ellas… Advierte, también, las sensaciones que se están produciendo en tu cuerpo al visualizar este horario. Con todo ello, y con distintos colores, confecciona tu horario ideal.

Ahora, compara el horario real con el horario ideal. ¿Hay muchas diferencias entre ambos? Si no las hay, todo parece indicar que estás haciendo el uso del tiempo que realmente quieres. Si las hay, te invito a pensar en alternativas que te permitan ir aproximando el horario real al horario ideal. Evidentemente, hay horarios que no se pueden cambiar de la noche a la mañana (el horario de trabajo, el horario escolar…). No obstante, es posible encontrar fórmulas que, inspiradas en nuestro horario ideal, puedan hacer más práctico nuestro horario real. ¿Qué cosas de las que te gustaría hacer podrías ir introduciendo, en pequeñas píldoras, en tu rutina? Quizá puedas dar una utilidad a los atascos cotidianos, a la larga pausa para la comida que dejan las jornadas partidas o a esos minutos vacíos, al final de la tarde, que ahora se te escapan sin hacer nada.

Te invito a corregir, también, las disfuncionalidades que pueda haber ahora mismo en tu horario real: quizá no estés aprovechando las mejores horas para las actividades que realizas. Busca el momento de mayor concentración para afrontar las actividades que requieren un mayor nivel de atención, distribuye las tareas –en la medida de lo posible– para diversificar la jornada, agrupa las tareas que pueden acometerse de una vez… Y, sobre todo, mantente alerta frente a las distracciones recurrentes (por ejemplo, el teléfono móvil). Este domingo, el cambio oficial nos ha robado una hora. Pero… ¿cuánto tiempo perdemos cada día?


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AUTOPÍAS, MINDFULNESS

Respirar, ser y merecerte

Hemos pasado la cuesta de enero. Poco a poco, con más o menos dificultades, nos hemos ido adaptando la rutina, bien a la que teníamos antes del parón de las fiestas navideñas o bien a los nuevos hábitos que, como buenos propósitos, implantamos en nuestra vida al comienzo del año. Sin embargo, puede que aparezca ya cierta sensación de cansancio: las vacaciones aún quedan lejos (aunque ahora resulte más fácil distribuirlas a lo largo del año) y, ante la perspectiva de meses de repeticiones continuadas, conviene ir buscando otras vías de escape. Entre las opciones disponibles hay una de coste cero que, además, solo ocupa unos pocos minutos al día: experimentar de forma consciente nuestra propia respiración, ese proceso tan necesario para la vida al que –precisamente por ser tan natural– apenas prestamos atención.

Te invito a buscar, una vez que acabes de leer estas líneas, una posición cómoda para indagar sobre tu respiración y fluir con ella. Puedes hacerlo aislado en una habitación en silencio y en penumbra o en entornos más bulliciosos: la respiración nos acompaña –y nos mueve– dispuesta a ser escuchada en cualquier lugar. Puedes tumbarte o sentarte en la postura del loto, si conoces las claves de esta posición, pero también vale hacerlo sentado en una silla convencional. En todos los casos, y en especial en este último, escanea tu cuerpo para encontrar y relajar cualquier posible tensión (especialmente en los hombros o el cuello). Si estás sentado en una silla, coloca tus manos sobre los muslos y apoya en el suelo las plantas de los pies.

Una vez en la postura elegida, cierra los ojos suavemente (apretar los párpados no garantiza, en absoluto, una mayor concentración). Evoca, a continuación, la importancia de la respiración para la vida. Al fin y al cabo, se trata de un proceso esencial para nuestra supervivencia. De hecho, algunos lo ven como un milagro, un acto sagrado, un gesto trascendente. Danilo Hernández, autor de Claves del yoga. Teoría y práctica (Editorial La Liebre de Marzo), recuerda que el ser humano inicia su existencia con una primera inspiración y la termina con una última exhalación. Desde su punto de vista, puede afirmarse que según sea la calidad de nuestra respiración así será la calidad de nuestra vida.

Observa, ahora, tu respiración –inspirando y espirando por la nariz– sin tratar de modificarla. ¿Cómo es? Defínela con la mayor objetividad posible, sin dar entrada al juicio. Fíjate en la rapidez o en la lentitud con la que entra y sale el aire de tus pulmones, pero no te dejes condicionar por ello. Solo observa y acepta lo que se está produciendo: así es tu respiración en este instante. Comprueba dónde se concentra el trabajo respiratorio. ¿Solo en la clavícula? ¿Tal vez en el abdomen? ¿En el tórax? Advierte los pequeños cambios que, de forma inconsciente, se vayan produciendo a raíz de este ejercicio de observación.

A continuación, amplia tu respiración, conscientemente, para intentar que sea lo más completa posible. Para ello, en cada inhalación, conduce poco a poco el aire hacia el abdomen para, una vez lleno y expandido, seguir inspirando para llenar la caja torácica (notando el movimiento de los músculos intercostales) y, finalmente, inspirar un poco más para elevar la clavícula y las costillas superiores. Una vez finalizada la inspiración, realiza la espiración en orden inverso. Repite el proceso unas cuantas veces hasta que tu cuerpo, sobre todo si no está acostumbrado, se habitúe a la respiración completa.

Una vez que hayas conseguido una respiración lo más completa posible, recréate en todo el potencial que te ofrece. Siente el sutil movimiento de las aletas de la nariz cuando tomas y devuelves el aire al exterior. Detente en el gesto que supone dar y recibir de la naturaleza. Prueba, también, a expandir el aire por el interior de tu organismo, llevándolo desde el canal respiratorio hacia las piernas, los pies, los brazos, las manos, la coronilla… Trata, ahora, de poner el foco en el lugar desde el que aparece y en el que desaparece la respiración, ese espacio en el que surgen cada inspiración y espiración. Conecta con ese vacío del que salen y proceden todas las cosas. Quédate ahí por un instante, descubre la esencia de ser.

Finalmente, deja que la respiración vuelva a fluir a su ritmo natural y centra tu atención en las sensaciones que vayan apareciendo. ¿Ha cambiado algo respecto al inicio del ejercicio? Observa, de nuevo sin juicio, esos cambios. A continuación, abre los ojos y toma contacto con el entorno. La realidad en la que vives –previsiblemente– no se ha modificado: allí siguen nuestros deberes, compromisos, responsabilidades… Pero, aunque sea sutilmente, habrá cambiado tu percepción, actitud y disposición ante el mundo que te rodea. ¿Te animas a probarlo y compartirlo?


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AUTOPÍAS, CONCEPTOS

Yo, procrastinador

Deja para mañana lo que puedas hacer hoy. ¿Te reconoces en la antítesis del conocido refrán? Si la respuesta es afirmativa, sé bienvenido al club de los procrastinadores del que formamos parte los que, por una razón u otra, en contextos determinados, diferimos o aplazamos iniciativas propias, tareas encomendadas o compromisos adoptados ante otros. Los miembros de este club vivimos en un bucle en el que se repiten tres fases: el sentimiento de culpa que produce no cumplir con las tareas previstas, la carga de obligación que supone mantener en nuestra agenda tareas sin ejecutar y, finalmente, la impotencia derivada del esfuerzo que, llegados a este punto, deberemos aplicar para realizar las tareas aplazadas. Es lo que se conoce como el círculo de la postergación.

Una de las características de los procrastinadores es que, atrapados en ese bucle, nos sentimos víctimas: olvidamos que la responsabilidad de romper ese círculo recae sobre nosotros mismos. Afortunadamente, estamos dotados de cualidades que podemos desarrollar para superar ese rol victimista y asumir un papel protagonista. Entre ellas figura la proactividad, definida como la capacidad de tomar activamente el control anticipándose a los acontecimientos. Ser proactivo requiere trabajar sobre los ejes de la motivación y de la planificación. ¿Aceptas el reto?

En mi caso, he optado por trabajar la motivación intentando reducir la carga de obligación que pesaba sobre iniciativas y compromisos postergados. Te sugiero cambiar el tengo que con el que solemos encabezar nuestra lista de tareas pendientes por un elijo o quiero: así reafirmarás tu responsabilidad sobre la tarea en cuestión. A continuación, prueba a sustituir ese elijo o quiero por un puedo. ¿Te sientes empoderado? Seguro que aumenta tu fuerza interior. En cuanto a la planificación, he aprendido a dividir las tareas postergadas para que sean más abordables y asumibles. Te invito, también, a fijarte objetivos acordes con los recursos de los que dispongas. Así será más fácil avanzar. ¿Nos ponemos en marcha?

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