AUTOPÍAS, CONCEPTOS, REFLEXIONES

Otros tiempos

¿Has tenido alguna vez la sensación de que el tiempo se te escapa de las manos? Suele ocurrir cuando no nos da tiempo a hacer todo lo que queremos, cuando no logramos cumplir los plazos que nos fijamos para determinadas tareas, cuando pensamos que estamos dedicando más tiempo del necesario a cuestiones que tendríamos que resolver más rápidamente (o incluso ignorar directamente) o cuando, por el contrario, sentimos que invertimos menos del tiempo del que deberíamos a cuestiones que consideramos más importantes que otras. En estas situaciones, parece que es el tiempo el que nos controla… en vez de gestionarlo nosotros.

Del tiempo he hablado ya varias veces en este blog. En concreto, hay casi una veintena de entradas que incluyen específicamente la palabra tiempo como etiqueta de catalogación y búsqueda, y a esas entradas hay que sumar muchas otras en las que aparece, de forma incansable, esa constante apelación a vivir aquí y ahora, en el presente. Pero el tiempo, como dimensión, es rico en matices, y por eso quiero volver a reflexionar hoy sobre él desde otras aproximaciones.

Primera aproximación: versos y frases proverbiales. ¿Quién no ha leído o escuchado aquello de cualquier tiempo pasado fue mejor? ¿Quién no lo ha pensado? Las respuestas a esta expresión, cuando la planteamos en forma de pregunta, suelen ser generalmente muy categóricas: sí o no. Olvidamos que todo tiempo tiene sus luces y sus sombras: el filtro de nuestra memoria destaca unas y desvanece otras en función de nuestra experiencia. Evocar el pasado solo tiene sentido si trascendemos la nostalgia, la melancolía o el desagrado (según nuestra impresión sobre los tiempos pretéritos) para actualizar, en el presente, aquello que pueda hacer de nuestro contexto actual algo mejor. ¿Con qué te quedas? ¿Qué rescatas? Lo mismo vale para quienes se escapan del presente creando un futuro imaginario… sin sentar las bases para llegar (o intentar llegar) a él. Como dijo otro poeta, te llaman porvenir porque no vienes nunca.

Segunda aproximación: dos conceptos enfrentados. Hay dos términos asociados a la valoración del tiempo que parecen irreconciliables entre sí: de prisa y despacio. Cuando hablamos de ir con prisa, asumimos la idea de que nos falta tiempo para hacer las tareas que nos proponemos o nos encomiendan. Sin embargo, prisa es también hacer las cosas con prontitud y rapidez. De igual modo, ir despacio parece tener connotaciones negativas, pues la parsimonia nunca fue considerada rentable o productiva. En mi opinión, no importa tanto ir de prisa o despacio como el nivel de conciencia que ponemos al vivir ese tiempo de una forma más acelerada o más pausada. ¿Eres consciente de tus ritmos?

Tercera aproximación: un texto bíblico popularizado en canción. Todo tiene su momento, y cada cosa su tiempo bajo el cielo: así reza un pasaje del Libro del Eclesiastés quizá más conocido por la adaptación musical Turn! Turn! Turn! (To everything there is a season) de los años sesenta del siglo pasado. El texto, y la canción, nos hablan de la vida como una sucesión de momentos contrapuestos: un momento para nacer y otro para morir, para llorar y para reír, para buscar y para perder, para callar y para hablar, para odiar y para amar… ¿Hasta qué punto tienes interiorizada esta aparente contraposición? Hay una necesidad para cada tiempo, y un tiempo para cada emoción.

Según estas aproximaciones… ¿Cómo es tu tiempo? ¿En qué tiempo vives? ¡Tómate tu tiempo!


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AUTOPÍAS, REFLEXIONES

Contando desde cinco

Lunes, 5 de abril. Finalizada la Semana Santa (salvo en algunas regiones, donde hoy también es festivo), y dejando de lado las particularidades de los calendarios escolares, empieza un nuevo mes que es, además, inicio de un nuevo trimestre (al menos, en lo que a días hábiles se refiere).

He aquí la paradoja sobre la que hoy quiero llamar la atención: es día 5 y hay un comienzo.

¿O es que siempre hay que empezar por el número 1?

Se dice que el número 5 representa al ser humano en su totalidad. Efectivamente, cada uno de nosotros estamos dotados de cinco sentidos (vista, oído, tacto, olfato y gusto), tenemos cinco dedos en cada mano y en cada pie y nuestro crecimiento y desarrollo como personas converge y se expande en cinco dimensiones (física, afectiva, racional, social y espiritual). Se dice, también, que el número 5 expresa libertad, aventura y cambio. ¿Acaso no estamos en constante evolución?

Confiemos, pues, en nuestra propia totalidad. Fijémonos en lo que nos dicen nuestros sentidos. ¿Hasta qué punto dejamos contaminar nuestra percepción por fantasías o temores imaginarios? Cultivemos nuestras propias dimensiones. ¿Cuál está más fuerte? ¿Cuál nos parece la más débil? ¿Cómo se interrelacionan entre ellas? Pongamos atención, tomemos conciencia… y escuchemos las respuestas de nuestra intuición y sabiduría interior.

Empezar no implica siempre partir de cero. En nuestro recorrido vital nos seguiremos encontrando primeras veces –¡qué sería de la vida si no nos brindara nuevas alternativas y oportunidades!–, pero las experiencias y los aprendizajes previos suman puntos para afrontar con garantías los retos y los desafíos que irán apareciendo en el camino.

Yo, esta semana, empiezo a contar desde 5. ¿Y tú?


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AUTOPÍAS, CONCEPTOS, GESTALT

Dos movimientos, un fluir

Según la Terapia Gestalt, hay dos movimientos esenciales en la interrelación del ser humano con el mundo que le rodea: el contacto y la retirada. El contacto es el movimiento que hacemos para interactuar con el ambiente a nuestro alrededor con el fin de cubrir las necesidades físicas, intelectuales, afectivas, de pertenencia o de realización que no podemos satisfacer por nosotros mismos. La retirada, por su parte, es el movimiento de vuelta a una situación de reposo en la que integrar la experiencia que nos ha aportado el contacto y esperar la aparición de nuevas necesidades o estímulos que nos movilicen hacia un nuevo contacto.

Ambos movimientos, contacto y retirada, deberían fluir de forma sana y saludable. Pero no siempre es así, ¿verdad?

A veces, no damos descanso al contacto. Puede que las necesidades que nos movilizaron se hayan transformado en compromisos u obligaciones que nos dejan enganchados a determinadas situaciones o relaciones. Puede que haya, también, una fuerte necesidad de evitar, a toda costa, la soledad –entendida como vacío– que se asocia a la idea de retirada. Así, de manera consciente o inconsciente, nos llevamos trabajo a casa (bien en forma de tareas concretas, bien como pensamientos recurrentes de revisión o planificación), encadenamos un sinfín de actividades en nuestra agenda (¡cuidado no vayamos a quedarnos sin nada que hacer!) o repetimos comportamientos o patrones de relación de contextos que ya no se corresponden con la situación actual. Todo para no entrar en retirada.

Retirarse exige tomar una cierta distancia respecto al contacto. Es el momento de soltar, de liberarse. Una forma sencilla para tomar conciencia de la separación entre contacto y retirada es verbalizar, internamente, cada una de las acciones que vamos concluyendo (aunque sean tareas que se repiten diariamente) con el fin de prepararnos para atender las nuevas necesidades o impulsos emergentes que puedan surgir: por ahora, he terminado de (acción concreta), acepto la experiencia tal cual ha sido y quedo en disposición de apertura para vivir, en plenitud, lo que pueda venir a continuación. ¿Sirve? Para mí es, al menos, toda una declaración de intenciones.

Hay que tener en cuenta, no obstante, que la retirada también tiene sus riesgos. Por ejemplo, puede convertirse en un refugio permanente para eludir, a toda costa, cualquier interacción con el mundo exterior. Así ocurre, por ejemplo, cuando no somos capaces de identificar nuestras necesidades más auténticas (lo que realmente queremos hacer) o cuando, reconocidas esas necesidades, nos dejamos vencer por el miedo. La retirada es, en estos casos, como estar parado delante de una puerta giratoria, sin saber en qué hueco entrar, o como deambular por una estación de ferrocarril dudando si subir o no a un determinado tren.

Para definir la frontera entre el contacto y la retirada hay que enfocarse, una vez más, en el presente, en el aquí y en el ahora. En este momento concreto de tu vida…

  • ¿Dónde te enganchas?
  • ¿Qué oportunidades estás dejando pasar?

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AUTOPÍAS, CONCEPTOS

Deletreando resiliencia

Este mes se ha cumplido un año desde que la Organización Mundial de la Salud (OMS) declarara, tras los elevados casos de contagio del COVID-19 que se estaban registrando entonces, que la nueva enfermedad por coronavirus no era un brote circunscrito a determinados países, sino una pandemia de impacto global. Desde entonces, nuestra vida se ha visto expuesta a situaciones más o menos complejas –duelos, convalecencias, confinamientos, restricciones, limitaciones, dificultades para encajar en lo que se ha dado en llamar la nueva normalidad…– que nos han puesto a prueba y nos han obligado a desarrollar eso que llaman resiliencia.

¿Resiliencia? ¿Pero no es esa una cualidad de unos pocos escogidos?

La resiliencia es, efectivamente, el término técnico que se utiliza para referirse a la capacidad de la que dispone una persona para afrontar y superar situaciones traumáticas, adversas o perturbadoras. Lamentablemente, como suele ocurrir con las grandes palabras, su significado se diluye a veces debido a la grandilocuencia y complejidad del término, limitándose su uso para aludir únicamente a gestas extraordinarias o excepcionales. Y no debería ser así: la capacidad de resiliencia es inherente a todos los individuos y se manifiesta también, dentro de las posibilidades de cada uno, en situaciones comunes, ordinarias o generalizadas.

Para facilitar la comprensión de la palabra resiliencia, hoy propongo deletrearla para encontrar, a su vez, otros términos que puedan resultarnos más próximos, cercanos o tangibles para tomar conciencia, si aún no lo la tenemos del todo, de nuestra propia capacidad para afrontar y superar, como personas resilientes, lo que la vida nos ponga por delante. Vamos con ello:

R de… Sin duda, la palabra más asociada a resiliencia es resistencia. Ante una situación sobrevenida, prevalece nuestro deseo e interés por seguir adelante, aun sabiendo que será un camino difícil. Nuestra mente, sin embargo, nos intentará boicotear lanzando masivamente pensamientos negativos y creencias limitantes sobre nuestra capacidad para continuar. Para escapar de ese barullo mental, tenemos a nuestra disposición una herramienta básica que nos permite anclarnos en lo que realmente somos: la respiración. Otras palabras asociadas a resiliencia, con la letra ‘R’, son responsabilidad (la habilidad de responder), reto (toda situación cambiante supone un desafío) y rebote (uno de los significados primigenios que se puede encontrar en el análisis etimológico de resiliencia).

E de… La primera palabra que me viene a la cabeza es esfuerzo: al fin y al cabo, hay que adaptarse a una nueva realidad, y eso conlleva hacer ajustes que trastocan desde nuestras rutinas hasta nuestros comportamientos. Lo mejor, en estos casos, es permitirse estar, tomar conciencia de lo que está pasando y, desde ahí, encontrar el empuje que necesitamos para actuar de forma resiliente aceptando y transformando, en la medida de nuestras posibilidades, nuestra realidad circundante.

S de… Sorpresa y susto, cuando la realidad trastoca nuestros planes o remueve los cimientos de nuestra zona de confort. ‘S’ de silencio cuando, en vez de perder la fuerza por la boca instalándonos permanentemente en la queja y en el victimismo, actuamos de forma proactiva buscando soluciones y salidas. Y, por supuesto, ‘S’ de ser, conectando con las sensaciones que habitan en lo más profundo de nuestro interior.

I de… La letra “I” es, dentro de la palabra resiliencia, una letra infatigable. En esta primera aparición podríamos vincularla con el ejercicio de introspección que nos exige, a todos los niveles, cualquier situación de perturbación o amenaza. No es posible encontrar respuestas si no sabemos antes, con la mayor exactitud posible, qué nos está pasando. Y, aún sabiéndolo (o, al menos, sospechándolo), no siempre habrá respuestas claras: la resiliencia implica desarrollar nuestra intuición, confiar en esa sabiduría propia que escapa a los límites del pensamiento racional.

L de… No hay resiliencia sin lucha. Como ya indiqué antes, hay que hacer un esfuerzo para superar los obstáculos o las dificultades que hayan aparecido en nuestro camino y encontrar nuestro lugar en la nueva realidad derivada de ellos. Luchar exige dar un paso al frente, y eso moviliza nuestro liderazgo interior, es decir, el desarrollo o la búsqueda de recursos y habilidades que residen, latentes o escondidas, en la paleta de colores con la que se da forma al gran lienzo en blanco de nuestro potencial.

I de… La introspección y la intuición de las que hablaba antes abren la puerta a la investigación y a la imaginación. ¿Qué podemos hacer distinto y cómo lo podemos hacer?

E de… Sumemos aquí, al esfuerzo, al estar y al empuje, otras dos cualidades: la esperanza (la confianza en lo que hacemos y en los resultados que esperamos lograr) y la empatía (aunque ser resilientes nos obliga a mirar a nuestro interior, conviene no olvidar que somos seres en relación y que cada persona a nuestro alrededor actúa, en sus procesos de cambio y transformación, de acuerdo a sus propios principios, valores y capacidades).

N de… La primera palabra que me evoca la letra ‘N’, en relación a la resiliencia, es nacimiento. Al fin y al cabo, algo queda atrás y surge espacio para lo nuevo. Sé consciente de tus necesidades a la hora construir la nueva realidad en la que anhelas vivir.

C de… No hay resiliencia si no tomamos conciencia del momento en el que estamos y si no nos abrimos a explorar y desarrollar las capacidades a nuestro alcance para hacer frente a la nueva situación que se ha cruzado en nuestro camino. Conciencia y capacidades acrecentarán nuestra confianza, que a su vez impulsará nuestra creatividad para encontrar una nueva forma de ser y estar en el mundo.

I de… Todo lo anterior, incorporado a nuestra vida, puede servir de inspiración para nosotros mismos, cuando tengamos que afrontar nuevos desafíos en el futuro, y también para otros que, en un momento dado, puedan considerarnos como ejemplo o referente para desarrollar su propia resiliencia.

A de… A modo de resumen, tres palabras que encierran todo el significado de la resiliencia: la aceptación (no podemos avanzar si no aceptamos los cambios que se producen alrededor o dentro de nosotros), la apertura (entendida como la exploración y búsqueda de nuevas formas de encajar e interrelacionar con el mundo que nos rodea) y el autoconocimiento (la mirada interior y la confianza en los recursos propios de los que disponemos).

Estas son las palabras que se me han ocurrido deletreando resiliencia. ¿Qué otras palabras se te ocurren a ti? Si entendemos esas palabras como cualidades, ¿cuáles tienes más desarrolladas? ¿Y cuáles crees que tienes que entrenar o mejorar? Tal vez la resiliencia sea, también, buscar formas de ser aún más resilientes.


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Gestos y primaveras

–¿Os habéis fijado en la escena en que…?

Ocurre a menudo cuando comentamos en grupo, con familiares, amigos o conocidos, una serie o película: alguien –tal vez cualquiera de nosotros– destaca una escena, una situación o un gesto que le ha resultado especialmente revelador… y el comentario suscita respuestas dispares, desde la resonancia de quienes también se sintieron reconocidos o identificados con ese pasaje hasta la indiferencia de quienes no le dieron importancia o ni siquiera se fijaron en ese momento concreto. Cada uno observa o evita, de forma consciente o inconsciente, aquello que de una manera u otra despierta sus anhelos, deseos, fantasías, necesidades, temores, frustraciones o contradicciones.

En las series y películas que he visto en los últimos días he encontrado algunos gestos que no solo me han llamado la atención, sino que también han supuesto una punzada emocional: unos amigos se besan y abrazan después de un tiempo sin verse, unos abogados estrechan sus manos tras cerrar un acuerdo en un bufete, unos chavales comparten una bolsa de patatas fritas mientras charlan en un parque… Las series y películas en las que aparecen estas escenas fueron rodadas justo antes del inicio de la pandemia y recogen, por tanto, situaciones contemporáneas… que eran cotidianas antes de que las mascarillas, los geles hidroalcohólicos y la distancia interpersonal se instalaran en nuestras vidas.

¿También a ti te llaman la atención estos gestos? ¿O soy yo, que estoy más sensible?

Las sensaciones que me producen estas escenas son diversas. A veces, me descubro preocupado por los personajes implicados, que –trasladados al contexto actual– podrían quedar expuestos a un contagio o ser sancionados por el incumplimiento de las medidas de prevención y protección frente al coronavirus. En otras ocasiones, siento envidia de no poder participar de ese tipo de gestos, tal vez nostalgia también. La mayor parte de las veces, eso sí, el sentimiento predominante es la esperanza de que, antes o después, será posible ir retornando a esa afectividad gestual, física, que ahora me estremece en series y películas. Es curioso: la ficción es la realidad que añoramos; la realidad que vivimos nos parece, pese al tiempo transcurrido desde el comienzo de la pandemia, un relato de ficción, una pesadilla de la que acabaremos por despertar.

En el horizonte hay algunas señales prometedoras: la tercera ola de la pandemia se da por finalizada, la vacunación de la población se va generalizando, siguen las investigaciones para encontrar nuevos tratamientos… y, con estos destellos al fondo, se lanzan discursos muy optimistas de cara al verano. En este punto, me gustaría hacer una llamada a la responsabilidad individual y colectiva: la experiencia nos ha demostrado una tendencia a desescalar demasiado rápido. La cantante Elena Iturrieta, conocida como ELE, puso música y voz, durante 2020, a una campaña de publicidad que incluía un verso que no se me va de la cabeza: pero, por ver el verano, no pierdas la primavera. La primavera del confinamiento estricto de cuyo inicio se va a cumplir un año; la primavera, aún en pandemia, que está por comenzar.


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Luces en la noche

Aquella noche, se sintió desorientado. ¡Qué raro! Conocía bien aquel lugar, lo había recorrido muchas veces. Se sabía prácticamente de memoria el escarpado desfiladero por el que caminaba, e incluso podía adentrarse con los ojos cerrados en el espeso bosque que lo circundaba. Ese desfiladero y ese bosque habían sido, hasta ahora, lugares en los que escapar de la realidad, evitar situaciones aparentemente incómodas y, en definitiva, huir de uno mismo.

Aquella noche, sin embargo, esos espacios ya no servían como refugio. Los estrechos senderos del bosque se habían llenado de maleza que enredaba a nuestro personaje en remordimientos y culpas. Las aristas del desfiladero, por su parte, lo atrapaban en su huida. En vez de escapar, se sentía cada vez más encerrado y oprimido. Se había convertido, de repente, en víctima de su propio victimismo. Desde ahí, la realidad de la que intentaba evadirse no parecía tan hostil o amenazante.

Pero… ¿cómo volver a la realidad después de hacer tantos esfuerzos para evitarla?

Apenas sin darse cuenta, una primera luz se había encendido en su interior: la luz del aquí y el ahora, del presente. Descubrió que se estaba perdiendo un momento único e irrepetible al dejar que su existencia dependiera de los sombríos parajes que imaginaba para el futuro y de los fantasmas del pasado de los que trataba de escapar. Y probó a acentuar la conexión con el presente con la respiración, sin duda la mejor herramienta para anclarse en cada instante.

Reconfortado por su propia respiración, atisbó una segunda luz: la luz del darse cuenta, de la toma de conciencia. En el flujo inhalación-exhalación, se permitió un espacio para, poco a poco, identificar sus sensaciones y emociones. Allí estaban el miedo y la ira, los motores de su carrera cada vez más rápida por el desfiladero. Allí estaban, también, la tristeza y el dolor, compañeros inseparables en el viaje al centro más profundo del bosque. Y allí estaban, inevitablemente, la alegría y la gratitud que supone vivir la experiencia de uno mismo, sean cuales sean las circunstancias.

Los pensamientos, por supuesto, pugnaban por tomar el control. Pero no era momento de pensar, era momento de sentir.

Y, en ese sentir, apareció la tercera luz: la luz de la responsabilidad. Tenía, a su alcance, dos opciones: huir de nuevo, vagando una vez más por automatismos y circunloquios, aun sabiendo de antemano que esta alternativa no va a servir de nada… o afrontar la realidad, aceptándola tal cual es, y tratando de sacar el máximo partido –el mayor aprendizaje– de cada experiencia que nos presenta la vida en su devenir. Sí, puede que esta opción no sea fácil. Sí, puede que esta opción sea la más auténtica.

Las luces del aquí y el ahora, el darse cuenta y la responsabilidad son las claves de la Terapia Gestalt, de la que ya he hablado previamente en este blog, y son, para mí, las bases de una filosofía que intento tener presente en todos los ámbitos de mi vida. Unas veces, estas luces serán tan débiles como la luz de una vela. Otras, por el contrario, nos cegarán como un potente foco. Sea como sea… ¡enciende tus luces!


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¿Qué es la felicidad?

Reconozco que, a veces, me quedo pillado con algunas palabras.

Es lo que me ha ocurrido en este cambio de año, de 2020 a 2021, con la palabra felicidad. De hecho, he buscado expresiones alternativas para no poner feliz año nuevo en las tarjetas y mensajes que tradicionalmente envío a familiares, amigos y contactos en Nochevieja. ¿Por qué? Bueno, yo tengo mi idea de felicidad, pero no sé si esa idea es compartida por todos aquellos a los que me dirijo. Y tenía la sensación –probablemente errónea– de que, después de un año tan complejo como el que hemos vivido, podía ser inapropiado desear felicidad a quien, inmerso en múltiples dificultades, solo entiende esta palabra en su concepción básica y limitada –pero comúnmente extendida– de celebración, júbilo o fiesta.

En su día, ya hablé en una entrada de este blog (La felicidad, ¿una quimera?) sobre el significado que tiene para mí la felicidad. Para no repetirme, hoy he querido abrir la mirada y buscar otras definiciones de personas con las que me he formado en disciplinas como la Terapia Gestalt, el Coaching, el Eneagrama Cuántico o el Yoga. A todos ellos les he pedido respuestas para dos preguntas:

  • ¿Qué es para ti la felicidad?
  • ¿Con qué símbolo o gesto la representarías?

Domingo de Mingo Buide, psicólogo clínico y psicoterapeuta (gestaltquatro.es), cree que la felicidad es difícil de expresar en palabras. En su opinión, la felicidad simplemente es estar en paz. Añade, además, que la felicidad consiste en no tener que buscarla. En cuanto a la representación gráfica, descarta escoger ninguna al considerar que cualquier símbolo la degrada porque no hace honor a lo que es.

Para David Cru, director del Instituto Europeo de Coaching (IEC), felicidad es sentirte bien y en paz contigo mismo, en relación a cómo estás llevando tu vida, en todos los niveles (trabajo, relaciones…). La felicidad sería, por tanto, una sensación de sentido en tu vida, vivir de acuerdo con tus valores más importantes, una buena dosis de placer y paz interior. Cru completa esta definición con dos ejemplos que ilustran su idea de felicidad: por un lado, levantarte con ganas cada día por las mañanas y acostarte en paz y con la conciencia tranquila cada noche, y por otro lado, seguir teniendo sueños y perseguirlos y disfrutar a la vez de tu presente. El símbolo de la felicidad sería una sonrisa interior y una actitud positiva y optimista cada día.

Carmen de Molina, psicóloga y coach, fundadora de Equipo Hermes y formadora en el IEC, define la felicidad como el estado interior de paz, armonía y coherencia que se genera al aceptar la vida e involucrarse en las circunstancias que nos ocurren y nos envuelven con la actitud de aprender, comprender y crecer internamente. Como símbolo, propone dos imágenes: las manos cruzadas sobre el pecho y la flor del girasol, siempre enfocándose hacia la luz.

Almudena Galán, coach experta en Eneagrama Cuántico (www.almudenagalancoach.com) considera que la felicidad es un estado de aceptación y gratitud con lo que estás viviendo en el momento. Este estado se caracteriza por sentirte lo más en paz posible, lo más tranquilo posible, con lo que estés viviendo en cada instante sin querer cambiarlo y aceptando las emociones que te genera todo lo que está sucediendo sin tratar tampoco de que se vayan o de cambiarlas. Representaciones gráficas de la felicidad, entendida como autenticidad, serían la sonrisa de un niño o cualquier otra actitud sincera que no esté contaminada por el “debería” o “no debería”.

Carlos Daza, profesor de Hatha Yoga, Yoga Nidra y Meditación, afirma que la felicidad es estar contento, ni más ni menos. Recuerda que, de hecho, el estado de felicidad se denomina, en yoga, estado de Santosha, que podría traducirse como estado de contento. Este estado –advierte– depende de tu desarrollo y equilibrio mental, que a su vez implica también equilibrio emocional, sentimental, psíquico o psicológico. Desde su punto de vista, la felicidad es el estado que te proporciona la ausencia de deseos, el no estar deseando algo que no tienes… cuando en realidad tienes todo lo que puedes tener. Las claves para vivir este estado de no deseo serían la vivencia del presente y estar satisfecho y contento con lo que tienes en ese instante. El gesto de la felicidad sería la sonrisa no solo de los labios, sino de todo el rostro, con los ojos iluminados.

Son, como ves, distintos enfoques… con algunas coincidencias.

Basándote en estas definiciones, y en tu propia experiencia de vida, tal vez tú tengas respuestas distintas. ¿Probamos? Recuerda las preguntas:

  • ¿Qué es para ti la felicidad?
  • ¿Con qué símbolo o gesto la representarías?

¡Feliz semana!


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¡Stop!

Todos, seamos conductores o no, conocemos la señal de STOP, una indicación muy diferente a otras señales de tráfico tanto por su forma (no es triangular, cuadrada o redonda, sino octogonal) como por su contenido (a diferencia de otras señales, no incluye un pictograma, sino la instrucción, directa y clara, de parar el vehículo, aunque sea con una palabra en inglés). En efecto, el código de circulación define el STOP como la obligación para todo conductor de detener su vehículo ante la próxima línea de detención o, si no existe, inmediatamente antes de la intersección, y ceder el paso en ella a los vehículos que circulen por la vía a la que se aproxime.

La señal de STOP se ocupa, por tanto, de regular la prioridad de circulación en las intersecciones, y confío en que todos seamos conscientes de su importancia para garantizar la seguridad (la nuestra y la de aquellos con los que nos cruzamos) y prevenir accidentes.

¿Y a cuento de qué viene todo esto?

Pues viene a cuento de que vivir no es lo mismo que conducir. El viaje por carretera está sujeto a una serie de pautas, recomendaciones e indicaciones que vienen definidas por las señales que encontramos a nuestro paso. En el viaje de la vida, sin embargo, no siempre es fácil ver e interpretar las señales que van apareciendo en el camino… o bien las ignoramos deliberadamente.

Pienso en lo que ocurre, por ejemplo, en esas situaciones en las que nos dejamos arrastrar por el piloto automático del estrés, siempre en su huida hacia adelante, o por los patrones de comportamiento inconscientes que se activan en nosotros cuando no nos atrevemos a decir “no” o a actuar de acuerdo a lo que realmente somos (aunque sea atentando contra nuestra propia coherencia). A la larga, los automatismos se traducen en insatisfacción y frustración.

Si no hay señal, hay que inventarla. Y para eso está el método STOP, una técnica de mindfulness para anclarse en el presente, abrir espacio a otras perspectivas, conectar con nuestras necesidades y actuar en consecuencia. No olvidemos que cada STOP da paso a una intersección con alternativas distintas a esa vía rápida por la que solemos circular.

¿Cómo montar esa señal de STOP? La respuesta viene dada por cada una de sus letras:

S de STOP (parar). Para un momento y haz un inventario de lo que está ocurriendo en tu cabeza, corazón y cuerpo. Se trata de identificar los pensamientos, emociones y sensaciones físicas que estás experimentando en ese instante concreto.

T de TOMA UN RESPIRO. A continuación, dirige tu atención a la respiración. Como he comentado otras veces, la respiración es clave para conectar con el presente, recolocar la experiencia y permitir la aparición de nuevas opciones.

O de OBSERVAR. Poco a poco, amplía el campo de percepción, más allá de la respiración, para darte cuenta de las nuevas sensaciones y necesidades que emanan de ti. Abre tu conciencia, también, a lo que está ocurriendo fuera de ti: deja que tus sentidos actúen con curiosidad y apertura, como si descubrieras el mundo por primera vez.

P de PROCEDER. Una vez completadas las fases anteriores, actúa de acuerdo a tus necesidades y sabiduría interior. ¿Es necesario seguir a piñón fijo, como habías hecho hasta ahora, o tienes a tu alcance otras posibilidades, otras respuestas, otros caminos por explorar en esta intersección que te has permitido crear?

Probablemente pensarás que todo esto es muy interesante, pero de difícil aplicación: atrapados por las circunstancias, ¿cómo poner un STOP? Efectivamente, no es sencillo, pero se puede entrenar de dos formas. En primer lugar, recordando episodios pasados en los que te hubiera venido bien disponer de ese STOP: ¿cómo habría cambiado la situación, cómo te habrías sentido? Y, en segundo lugar, anticipando situaciones futuras donde pueda serte útil ese STOP: ¿qué indicadores te pueden servir para activar la señal?

Ahora, después de haber parado, puedes reanudar la marcha. ¡Buen viaje!


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Despertar en la noche

Cuando se despertó, estaba envuelto en la oscuridad y se sentía inquieto y nervioso. ¿Dónde estaba? ¿Qué hora era? Le llevó un tiempo darse cuenta de que, al final de la tarde, estando sumido en sus pensamientos, se había quedado dormido en la hierba. Notaba algo de fresco ­–la temperatura había bajado sensiblemente­– y sintió un estremecimiento al verse inmerso en la noche cerrada.

Se incorporó ligeramente en un esfuerzo por tomar conciencia del lugar en el que se encontraba. Intentó recabar información con sus cinco sentidos, pero las primeras impresiones que registró no le aportaron muchos datos. Sus ojos parecían inservibles ante una oscuridad tan espesa, sus oídos solo captaban lo que parecía ser un profundo silencio, la piel se erizaba con el frescor de la noche… y la nariz y el paladar habían sido monopolizados por el olor del miedo y el regusto de la desazón.

Ante estas impresiones, su mente empezó a bullir imaginando, sin miramientos, los peores escenarios posibles. Y sus sentidos, condicionados por los paisajes hostiles que la mente iba creando, ampliaron aún más esas sensaciones de oscuridad, silencio, frío, desazón y miedo. «¡Cuidado! ­–se dijo­–. No quiero dejarme llevar por estos pensamientos, no quiero que la mente tome todo el control». Fue entonces cuando recurrió, como había hecho otras veces, al poder de la respiración.

Comenzó a respirar de forma consciente, prestando atención al proceso de inhalación y exhalación y a la cadencia con la que se producía cada uno de esos movimientos. Al principio, no notó nada especial: seguía sintiendo la sombra de la oscuridad, del silencio y del frío. Sin embargo, decidió mantenerse concentrado en la respiración y, poco a poco, algo comenzó a cambiar: el olor del miedo dio paso al olor de la expectación, y el regusto de desazón se transformó en el sabor de la confianza.

Animado por este cambio, se permitió seguir meciéndose al ritmo de su propia respiración. La mente se iba callando mientras su piel se iba sintiendo cómoda con la temperatura exterior. Sutilmente, empezaron a llegar sonidos a sus oídos: eran sonidos difusos y lejanos que, a cada inhalación y exhalación, se hacían más claros, cercanos e identificables. Y, finalmente, se decidió a abrir los ojos, que había cerrado por inercia cuando se propuso mantenerse centrado en su respiración.

La oscuridad seguía envolviendo la noche, pero de otra manera: no era más que un fondo en el que, por puro contraste, encontrar pequeñas luces. Así, identificó el brillo y el destello de estrellas y planetas, la intermitencia de las luces de un avión, los faros de un coche que se adentraba en la calle más cercana… La inquietud y la incomodidad por haberse quedado dormido en una hora y un lugar que juzgaba inapropiados dieron paso al agradecimiento. ¿Qué se hubiera perdido si no hubiera entrado en este pequeño trance?


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