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Corto, medio, largo

¿Sabes cuál es la diferencia entre el corto, el medio y el largo plazo? Cada uno tiene sus propias consideraciones sobre el tiempo y sus dimensiones. Sin embargo, hay algunos estándares que pueden servirnos como referencia. Así, el corto plazo se refiere a un período de tiempo de unos pocos meses, como máximo un año. El medio plazo, por su parte, abarca un período de entre dos y diez años. El largo plazo, finalmente, sería ese período a más de 10 años vista desde la fecha en la que nos encontramos.

¿Cuáles son tus metas a largo plazo?  La extraordinaria situación que hemos vivido –y seguimos viviendo– a causa de la pandemia por enfermedad de coronavirus parece haber abierto un paréntesis a la hora de fijar nuevos sueños o metas que alcanzar. Nos movemos en un escenario imprevisible: los rebrotes y la posibilidad de una segunda oleada de contagios en el otoño hacen presagiar nuevas restricciones y, en el peor de los casos, un nuevo confinamiento. Y esto puede hacer que cualquier propósito de futuro quede en suspenso hasta nuevo aviso.

Y entonces… ¿cuáles son tus intenciones a corto plazo? Observo, con preocupación, que cada vez somos más hedonistas y exigentes: todo lo queremos para ya. Nuestras miras se han reducido, y el corto plazo se ha acortado: nos medimos, a lo sumo, por las cosas que queremos hacer en los próximos días, en las siguientes semanas, en un par de meses. ¿Para qué ir más allá, si no sabemos lo que va a pasar? Por otro lado, tenemos pendientes muchos planes y actividades que quedaron en suspenso durante el confinamiento y la desescalada y que, según parece, nos urge llevar a cabo.

Hoy, en este corto plazo en el que vivimos, te invito a aprovechar los días de descanso de las vacaciones para pensar en el largo plazo. ¿Qué quieres ser, hacer y tener dentro de diez años? Deja volar tu imaginación: ¿cómo te ves, qué sientes, dónde estás, qué hay a tu alrededor, quién te acompaña…? Recréate en tus sensaciones. Después, piensa en el medio plazo. ¿Qué tendría que ocurrir, a medio plazo, para poder alcanzar lo imaginado en el largo plazo? ¿Qué hitos tendrían que producirse, en el intervalo de dos a diez años, para conseguir lo soñado?

Y, finalmente, piensa en el corto plazo. ¿Cuál es el primer paso que quieres y puedes dar para avanzar hacia lo que anhelas ser, hacer y tener a medio y largo plazo? La vida da muchas vueltas y puede que, efectivamente, tengamos que modificar o cambiar algunas de las acciones que planificamos y ponemos en marcha para llegar a donde queremos llegar. No hay problema: lo importante es que cada paso que demos en el corto plazo esté orientado a un propósito vital determinado. ¿Cuál es el tuyo?


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Fin de curso

Llega el final de junio y es momento de hacer balance de curso. Tal vez, con la llegada de julio, no cambie nada: seguiremos con nuestros quehaceres cotidianos, con nuestro trabajo (salvo que podamos coger ya vacaciones en estos días) y con la reanudación de actividades que, suspendidas durante el confinamiento, podemos retomar ahora en la llamada nueva normalidad. Sin embargo, los tiempos de la actividad académica y escolar siguen muy presentes en nuestra vida (puede que, de alguna forma, añoremos las largas vacaciones que teníamos cuando éramos niños) y, por otro lado, son muchas las empresas que cierran ahora su ejercicio fiscal.

El curso, desde luego, ha sido atípico. La pandemia de enfermedad por coronavirus habrá marcado, probablemente, el camino hacia la consecución de los objetivos que nos propusimos allá por septiembre, cuando ni siquiera imaginábamos que nos iba a tocar vivir una amenaza de esta magnitud, o en enero, coincidiendo con el comienzo de un nuevo año al que, fieles a la tradición, pedíamos salud y tranquilidad. Así, el confinamiento y  las restricciones pueden haber sido un obstáculo material a la hora de lograr lo que nos habíamos propuesto, y no podemos obviar el impacto emocional causado por la crisis sanitaria, laboral, económica y social en la que estamos inmersos.

Por eso, te propongo hacer un balance alternativo que no tenga en cuenta, de haberlos, esos proyectos truncados o esos propósitos forzosamente dilatados en el tiempo a la espera de una mejor ocasión para realizarlos: centra tu análisis, únicamente, en todo lo que has conseguido en este semestre, y especialmente en los meses en los que, forzados por la situación, hemos tenido que trabajar, educar a nuestros hijos, socializar o vivir nuestro ocio de otra manera. ¿Qué sabes hacer de modo diferente? ¿Hay algún aspecto en el que hayas logrado reinventarte? ¿Qué cosas sobre ti o sobre el mundo en el que vives has aprendido en todo este tiempo? ¿Con qué te quedas?

Dicen que las crisis son oportunidades, pero quizá aún no veamos la ocasión o el momento en que las posibles alternativas estén a nuestro alcance. Lo que sí es seguro es que las crisis son siempre aprendizajes. El verano, que es una época en la que, por definición, solemos dedicarnos más tiempo a nosotros mismos, puede ser una buena ocasión para identificar esos aprendizajes y decidir qué queremos hacer en este contexto de incertidumbre (fijando un nuevo propósito por el que trabajar), para qué lo queremos hacer (revisando, si es preciso, nuestra escala de valores) y cómo lo vamos a hacer (diseñando un plan de acciones diversas que dé cabida, en la medida de lo posible, a los imprevistos que podamos encontrar en un escenario tan cambiante como el que estamos viviendo. ¿Te animas? ¡Feliz verano!


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De otra manera

La crisis del coronavirus nos ha obligado a vivir –de forma más o menos drástica, según fuera la vida cotidiana de cada uno de nosotros antes de la irrupción de la pandemia– de otra manera. Las restricciones derivadas del confinamiento conllevaron renuncias que fuimos supliendo como mejor supimos con los medios que teníamos a nuestro alcance. Ahora, la desescalada avanza con protocolos más o menos estrictos –según la fase y la región en la que nos encontremos– que siguen condicionando nuestras rutinas ordinarias.

En todo este tiempo, las transformaciones en nuestro día a día han sido más que evidentes. Nuestras casas se convirtieron en improvisadas oficinas y colegios, las quedadas presenciales con familiares y amigos fueron sustituidas por videollamadas y encuentros telemáticos, las conexiones online nos permitieron seguir accediendo a una variada oferta de propuestas de ocio y cultura… A la vez, hemos aprendido a usar mascarillas de protección, a mantener una distancia física con las personas con las que interactuamos, a respetar los aforos máximos en los transportes o en las tiendas, establecimientos u oficinas que visitamos. En definitiva, hacemos las cosas de otra manera.

Puede que todas esas transformaciones –ese hacer de otra manera– nos hayan suscitado, a su vez, inquietudes en nuestra concepción de la realidad en la que vivimos. ¿Cómo entendemos el trabajo, las relaciones familiares, el tiempo de ocio, la educación de nuestros hijos, el cuidado de nuestros mayores? ¿Cómo conciliamos todas las dimensiones que nos conforman como seres humanos? ¿Cómo asumir que, pese a estar en un mundo cada vez más desarrollado, vivimos rodeados de grietas de inseguridad e incertidumbre? Para contestar a estas preguntas, y a las cuestiones más específicas que cada uno pueda formularse, tal vez sea necesario pensar de otra manera.

Pero pensar de otra manera no es fácil, pues estamos acostumbrados a seguir patrones de pensamiento de corto recorrido que limitan nuestra visión del mundo y estrechan nuestra capacidad de respuesta. Es necesario encontrar planteamientos alternativos, creativos e innovadores. ¿Dónde encontrar la inspiración? Buscando en nosotros mismos, contactando con lo que realmente somos, aceptando nuestras contradicciones, alineando lo que pensamos con lo que hacemos (y viceversa), asumiendo nuestra responsabilidad individual y colectiva en este tiempo de cambio. Es el momento de ser de otra manera. O, mejor dicho, de mostrar nuestro ser de otra manera.


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Las fases de la responsabilidad

En las últimas semanas, con gran esfuerzo por parte de todos, nos hemos ido acostumbrando a convivir con la pandemia de enfermedad por coronavirus, primero afrontando las restricciones derivadas del confinamiento en nuestros hogares y después –ahora– en el acceso a “la nueva normalidad” según las distintas fases establecidas en el plan de desescalada elaborado por las autoridades políticas y sanitarias. No obstante, el COVID19 empezó siendo un fenómeno muy lejano…

Tan lejano que, efectivamente, tuvo su origen en Wuhan, una ciudad de china situada a casi 10.000 kilómetros de distancia de Madrid, desde donde escribo estas líneas. Una distancia geográfica que se agranda, además, con las enormes diferencias culturales y de concepción del mundo, en todos sus órdenes, que separan las sociedades occidentales, tal y como las conocemos, del fantástico y opaco gigante asiático. Con toda esa distancia, ¿cómo iba a llegar el coronavirus hasta aquí?

Al fin y al cabo, estamos en el siglo XXI y vivimos en una sociedad avanzada que, pese a las imperfecciones manifiestas en tantos ámbitos, dispone –o debía disponer– de todos los sistemas de control y prevención necesarios y de los tratamientos oportunos. Por otro lado, la sopa de murciélago, de la que se hablaba en enero como brote y causa de propagación del virus, nunca ha formado parte de nuestra dieta. Sin embargo, aunque yo entonces no las viera, las luces de emergencia habían comenzado a encenderse.

Así, se aplazaron o se suspendieron distintos eventos internacionales (foros, cumbres, seminarios) que tendrían que haberse celebrado a lo largo del mes de febrero. ¡Qué exageración! Para muchos seguía siendo impensable que el COVID19 tuviera una letalidad como la que está demostrando. Que el coronavirus llegara a Lombardía (Italia), a 1.600 kilómetros de Madrid, parecía solo una anomalía, una imperfección del sistema en que vivimos, que ocurría todavía lejos de nosotros.

La gravedad de la situación se hace patente a mediados de marzo, cuando la Organización Mundial de la Salud (OMS) califica la enfermedad por coronavirus como una pandemia y el Gobierno de España declara el estado de alarma con las medidas de restricción y confinamiento que todos, con distintos niveles de dificultad, hemos ido aplicando. El impacto del coronavirus se hace evidente –y dramático– en las crecientes estadísticas de contagiados y fallecidos.

La realidad se vuelve aún más dura cuando las cifras de mortalidad –fríos números– incluyen seres queridos o conocidos. Encogidos por el dolor, tratamos de seguir con nuestras rutinas, conciliando como mejor podemos el trabajo, la educación de los niños, el acompañamiento a los familiares a los que no podemos visitar, las tareas domésticas, el tiempo de ocio… La paralización de toda la actividad económica, excepto servicios esenciales, supone un golpe adicional para muchos hogares.

Por fin, la representación gráfica del número de contagios por COVID19 alcanza el esperado pico de la curva y, estimulados por la llegada de la primavera y el desgaste de semanas de confinamiento, nos preparamos para la desescalada. Quien más, quien menos, todos sacamos el analista que llevamos dentro, formado en las más prestigiosas comunidades de vecinos, en eminentes redes sociales y en variopintos grupos de aplicaciones de mensajería, con ideas concluyentes sobre la forma en que –nosotros primero– se ha de proceder. En este contexto, se hacen necesarias las apelaciones a la responsabilidad.

Como he señalado en otros textos, la responsabilidad (responsa-habilidad) es la habilidad de responder, con acciones, a la realidad a la que nos enfrentamos. Desde mi punto de vista, no puede haber auténtica responsabilidad si no integramos, en nuestra respuesta, algunas de las ideas que se desprenden de los párrafos anteriores. Entre ellas, la autocrítica: hemos de asumir y aceptar la posibilidad de haber cometido equivocaciones o errores de diagnóstico en nuestra interpretación inicial de la realidad… y enmendarlos.

Tampoco puede haber responsabilidad, a mi juicio, sin humildad: la realidad que vivimos es compleja y en ella convergen numerosas variables que escapan a nuestro control e incluso a nuestro entendimiento. Está bien –y es más que recomendable– buscar toda la información necesaria para que nuestra respuesta sea lo más ajustada posible, pero cuidado con instalarse en axiomas absolutos. Como hemos visto en las últimas semanas, la situación no es estática: evoluciona.

Por último, aunque la responsabilidad es una respuesta individual, creo que en ella no debe faltar sentido común. Suele decirse que el sentido común es el menos común de todos los sentidos, así que voy a reformularlo de otra manera: sentido de comunidad. En una pandemia como la que estamos afrontando, la seguridad de cada uno depende también de que los demás se sientan seguros. Y esto, a la vez, requiere ser atentos con las personas que, por una razón u otra, afrontan la desescalada con miedo o con una mayor dosis de incertidumbre.

Esperemos que las fases de la desescalada se sucedan sin repuntes significativos en las estadísticas de afectados por el coronavirus y que, poco a poco, todos nos vayamos adentrando y adaptando a la nueva normalidad que marcará nuestra vida, al menos, a corto y medio plazo. Yo voy a hacer todo lo posible por ejercer esa responsabilidad armada de autocrítica, humildad y sentido común. ¿Y tú? ¿Cómo va a ser tu responsabilidad?


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¿Desescalada?

Ayer domingo, escuchando la radio, llamó mi atención una intervención del escritor Juan José Millás en la que afirmaba que del confinamiento a la calle no se sale por la puerta de la casa, sino por una puerta del alma. Después de ocho semanas del confinamiento al que nos ha obligado el COVID19 puede que, efectivamente, no nos resulte tan fácil acceder a esa nueva normalidad que, poco a poco, se deja ver en el horizonte. Entrar en esa nueva cotidianidad de mascarillas, distancias sociales y aforos limitados, y desenvolvernos en ella, nos causará –nos está causando ya– sentimientos encontrados.

Las autoridades sanitarias han definido, para llegar a esa nueva normalidad, un proceso en varias fases denominado desescalada. La curva de contagios por coronavirus alcanzó semanas atrás su punto álgido –el llamado pico– y cae poco a poco, con algún que otro repunte, alimentando nuestra esperanza y confianza. El duro ascenso por las restricciones e incomodidades derivadas del confinamiento en nuestras casas da paso ahora a un descenso escalonado en el que ir recuperando hábitos o costumbres interrumpidos a mediados de marzo.

No obstante, conviene no olvidar que el descenso desde cualquier cumbre, al igual que la subida, no está exento de riesgos. El mayor peligro, una vez alcanzada la cima, es el exceso de confianza, que puede hacernos tropezar o resbalar ladera abajo. El descenso, además, es un momento crítico para sufrir lesiones debido al esfuerzo que hacemos para contrarrestar la fuerza de gravedad que tira de nosotros. Y puede que, de tanto bajar, lleguemos finalmente a un sombrío y sinuoso valle, rodeado de grandes montañas, del que solo podamos salir escalando de nuevo.

Por otro lado, habrá quien viva este tiempo no como una desescalada, sino como una auténtica escalada. Pienso, por ejemplo, en las personas que han perdido un ser querido o en aquellas que se han quedado sin trabajo, que tendrán que afrontar esa nueva normalidad –doblemente nueva– sin el apoyo o los recursos de los que disponían hasta ahora. Y pienso, también, en el esfuerzo de conciliación que tendrán que hacer muchas mujeres y hombres para seguir compaginando su empleo (quizá ya sin tantas facilidades para acceder al teletrabajo) con el cuidado de niños, dependientes o mayores mientras colegios y centros de asistencia sigan cerrados.

Al final creo que todos, en mayor o menor medida, iremos alternando entre desescalada (el deseo de recuperar actividades o rutinas que tuvimos que dejar aparcadas) y escalada (la superación de las grandes o pequeñas dificultades que iremos encontrando, indudablemente, en este nuevo contexto que se abre ante nosotros). La figura que tomar como referencia puede ser, más que una montaña que subir o bajar, la gráfica del ritmo cardíaco, que escala y desescala a cada instante. Sigamos, pues, el pulso de la vida, escuchando lo que nos dice en cada momento.


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Cuestión de perspectiva

Durante la vigencia del estado de alarma, y especialmente en estos días de relajación paulatina de las medidas de confinamiento de la población, se han difundido en medios de comunicación y redes sociales imágenes que cuestionaban el cumplimiento de la llamada distancia social o distancia física que debemos mantener para evitar el contagio por el coronavirus COVID19. Estas imágenes que ilustraban la supuesta concentración de personas, tomadas en su mayoría con teleobjetivos, contrastaban con otras imágenes, registradas en los mismos lugares y a las mismas horas, y captadas con objetivos convencionales, en las que se demostraba el cumplimiento mayoritario de la separación entre personas tanto en las colas de acceso a tiendas de alimentación y farmacias como en los paseos de niños y adultos en las franjas horarias establecidas. La realidad se transforma según la lente o la perspectiva que utilizamos para verla e interpretarla.

A la luz de esta evidencia, puede que también estemos utilizando lentes equivocadas para tratar de enfocar esa nueva normalidad que se avecina. Hay quien, en su imaginación, usa teleobjetivos para buscar, tal vez en el verano o en el otoño, escenas que recuerden a la cotidianidad que conocíamos hasta principios de marzo. El teleobjetivo, efectivamente, nos permite aumentar la distancia focal, pero a costa de reducir el ángulo de visión… lo que implica dejar fuera de la foto elementos (tales como etapas o vivencias) que son necesarios para construir la escena final en su totalidad. Otros, por el contrario, querrán que la fotografía de ese horizonte incluya todos los elementos posibles, como si de una panorámica se tratase, y para ello utilizarán un objetivo gran angular, que alcanza un ángulo de visión mayor al de la visión humana. El problema de estos objetivos es que distorsionan los bordes de la imagen, que adquiere una apariencia esférica (muy acusada si se utiliza el gran angular conocido como ojo de pez). Ya sea con teleobjetivo o gran angular, obtenemos una visión de futuro distorsionada.

Echar la vista atrás, ahora mismo, tampoco parece servir de mucho: las escenas previas al coronavirus que recordamos en nuestra mente parecen viejas fotografías descoloridas esperando a ser restauradas. Lamentablemente, aún no tenemos un software que nos permita recuperar el contraste, la saturación y el brillo original de esas imágenes. Por eso, detenerse en el presente es, desde mi punto de vista, la única alternativa frente a la distorsión que supone mirar a un futuro incierto y el riesgo de quedarse atrapado en la nostalgia que conlleva detenerse en exceso en el pasado. Ahora bien: ¿desde qué perspectiva debemos contemplar el presente? Si el presente tuviera forma de botella, unos dirían que está medio llena y otros que está medio vacía. Yo te invito a observar los matices (color, textura, ondulaciones) del juego que se establece entre la botella y su contenido. E incluso –¿por qué no?– a probar un pequeño sorbo de realidad.


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De cambio a cambio

¿Resistencia al cambio? Impensable. Las autoridades sanitarias decretaron que el confinamiento era la mejor medida de protección contra la extensión del coronavirus COVID19 y todos, con contadas excepciones, estamos cumpliendo las directrices que nos obligan a permanecer, en la medida de lo posible, en nuestros hogares. Nuestra capacidad de adaptación (y de resiliencia, en muchos casos) ha quedado sobradamente demostrada en la respuesta a los retos personales, familiares, sociales, laborales o educativos y a las dificultades sobrevenidas que la crisis ha ido dejando a su paso. Es cierto que no lo hemos hecho solos: el confinamiento es una medida que afecta al conjunto de la población y ha despertado una gran oleada de solidaridad en todos los ámbitos que nos ha ayudado a instalarnos en la normalidad anómala en la que nos encontramos al cumplirse ya cinco semanas desde que el Gobierno de España decretara el estado de alarma. Hay que señalar, también, que vivimos una situación que entendemos como provisional, si bien nadie sabe cuándo y en qué forma podremos volver, si acaso, a una cotidianidad parecida a la que vivíamos hasta principios de marzo.

Sea como fuere, nuestro día a día ha cambiado. Y paradójicamente, pese a quedarnos en casa (un espacio que solemos considerar cálido, agradable y reconfortante), nos hemos visto obligados a salir de nuestra zona de confort, ese estado mental en el que, mediante la repetición de una serie de rutinas y parámetros, nos sentimos seguros. Así, hemos tenido que renunciar a la seguridad que encontrábamos en los desplazamientos, las salidas, las quedadas, los paseos o las escapadas para, poco a poco, ir aprendiendo a encontrar una nueva seguridad en casa, un espacio de descanso y tareas domésticas que ahora cumple también las funciones de oficina, colegio, academia de actividades extraescolares, centro de mayores, gimnasio, etcétera. Aunque habitualmente se habla de salir de la zona de confort, yo prefiero hablar de expandir la zona de confort: se trata, en definitiva, de aprender e integrar nuevos recursos con los que ampliar las bases de nuestro autoapoyo, ese lugar desde el que podemos desplegar todo nuestro potencial.

Todo cambio, como vemos, conlleva renuncias y aprendizajes. Tal vez los procesos de cambio individuales, orientados al desarrollo o al crecimiento personal, sean más complicados debido a la falta de apoyo social (algunos cambios implican ir contracorriente) o al deseo –y al temor– de llegar a cambios permanentes o definitivos. Pero, si hemos sido capaces de sumarnos a las transformaciones derivadas de la crisis del coronavirus, ¿cómo no vamos a ser capaces, también, de hacer frente a los cambios, más o menos sutiles, que necesitamos hacer en cada uno de nosotros para crecer, avanzar, progresar y encontrar nuestro lugar en el mundo? Puede que este momento excepcional que estamos viviendo, en el que ya están cayendo las paredes de nuestra zona de comodidad, sea una invitación y una oportunidad para construir algo nuevo desde lo que realmente somos, desde lo más genuino que hay en cada uno de nosotros. Rumbo al cambio. ¿Te vienes?


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Descubre tu autopía

Se cumple un mes desde la entrada en vigor del estado de alarma decretado por el Gobierno de España para hacer frente a la pandemia del coronavirus COVID19. Durante este tiempo, nuestros esfuerzos se han dedicado, principalmente, a gestionar los cambios que se han producido en nuestro día a día a causa de las medidas de confinamiento, entre ellos la reconversión de nuestros hogares en oficinas de trabajo y aulas para nuestros hijos o el rápido aprendizaje y adaptación a nuevas tecnologías con las que acceder a propuestas culturales, deportivas, de formación o de entretenimiento y mantener, de manera virtual, nuestra vida social. A la vez, hemos salido a aplaudir –como seguimos haciendo– a los profesionales que siguen trabajando por la salud, la seguridad, los servicios sociales, el abastecimiento y tantos otros servicios públicos que hasta ahora nos pasaban desapercibidos. Y, por supuesto, hemos seguido con preocupación, incluso con dolor, las terribles estadísticas que el coronavirus está dejando a su paso. Preocupación y dolor que, por supuesto, mantenemos.

Disciplinadamente, nos hemos acostumbrado, con mayor o menor esfuerzo, a una vida totalmente hogareña. Nos hemos habituado también, aunque lo hagamos compungidos, a guardar la distancia social en las colas de los supermercados. Incluso, en algunos momentos, empezamos a advertir rutinas en el silencio que nos llega de las calles. Tal vez sea el momento, una vez adaptados a una provisionalidad por ahora indefinida, de volver la mirada hacia dentro para ver cómo estamos, qué cambios internos –aunque sean sutiles– se han producido en cada uno de nosotros, cuáles son nuestros anhelos para el futuro… Esta nueva prórroga del estado de alarma que ahora comienza puede ser una oportunidad única para buscar, desde la introspección, nuestra propia autopía, es decir, ese espacio propio, ideal y alcanzable, en el que desarrollar una nueva forma de ser y estar en el mundo una vez que, paulatinamente, vayamos recuperando una nueva normalidad indudablemente distinta a la que dejamos semanas atrás.

¿Sientes que es el momento de avanzar hacia allí? Si la respuesta es afirmativa, quizá te interese utilizar la guía “Descubre tu autopía: abriendo caminos en un momento único” en la que he estado trabajando intensamente, y con mucho cariño, en los últimos días. La guía, que puedes descargar gratuitamente, incluye propuestas que, a partir de preguntas y herramientas de coaching, te ayudarán a reflexionar sobre tu contexto vital y sobre los propósitos, los valores y las acciones que necesitas para expresar todo tu potencial. Además de trabajar con la guía, te invito a compartir tus experiencias o tus dudas sobre las propuestas en ella incluidas en la sesión grupal online que celebraré el domingo 26 de abril a las 18:00 horas (hora de Madrid-España). Del mismo modo, mantengo la oferta de tres sesiones individuales de coaching gratuitas, sin compromiso de continuidad, que vengo realizando desde el inicio del estado de alarma (sesiones de 45 minutos, oferta válida hasta el 26 de abril). Puedes apuntarte a la sesión grupal o a las sesiones individuales, así como recabar información adicional, escribiendo al correo electrónico info@autopiascoaching.com o rellenando este formulario indicando nombre y teléfono y el formato de coaching (individual o grupal) de tu interés. ¡Descubre tu autopía!

¿No llegaste a la fecha anterior? ¡No te preocupes! He programado una nueva sesión grupal online para el miércoles 6 de mayo a las 19:30 horas (hora de Madrid-España). Además, la oferta de tres sesiones individuales de coaching gratuitas se amplía hasta el 10 de mayo.

Descarga aquí la guía “Descubre tu autopía: abriendo caminos en un momento único”.


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