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Un rayo de sol

Solsticio

Siempre me han llamado la atención las construcciones arquitectónicas que, gracias a su estudiado emplazamiento, cobran vida, en determinados momentos del año, con los fenómenos solares.

Una de estas emblemáticas construcciones es el complejo megalítico de Stonehenge, construido al sur de Inglaterra entre el final del Neolítico y el comienzo de la Edad de Bronce (unos 2.500 años a.C.). El conjunto, dispuesto en forma de círculo, consta de piedras de enorme tamaño y altura, distribuidas por pares, sobre las que se disponen otras piedras de forma adintelada. Durante el solsticio de verano –en estos días, precisamente–, el sol asoma por el horizonte atravesando el eje de la construcción, alineándose a la perfección con cada una de las piedras del monumento.

Otra de estas construcciones se encuentra en Nubia, al sur de Egipto, donde se levanta el conjunto de templos de Abu Simbel. El complejo, construido en torno al año 1.200 a.C., fue trasladado a un emplazamiento cercano en la segunda mitad del siglo XX para evitar que sus monumentos quedaran anegados por la construcción de la presa de Asuán. Pese al traslado, el complejo monumental mantiene uno de sus principales atractivos: durante el período comprendido entre los 60 días anteriores y posteriores al solsticio –esta vez, el solsticio de invierno–, los rayos del sol penetran hasta la parte más profunda del gran templo iluminando tres de las cuatro estatuas sedentes allí ubicadas.

Hasta aquí dos ejemplos de arquitectura y astronomía que me sirven para plantearos –y plantearme– la siguiente pregunta:

¿Y nosotros? ¿Nos dejamos tocar por la luz?

A veces, no, porque preferimos vivir agazapados entre las sombras, en un mundo de penumbras insatisfactorias que, pese a todo, acaban por resultarnos cómodas y útiles para escapar de cualquier foco que pueda dejar al descubierto una realidad muy lejos de nuestras expectativas y anhelos.

A veces, tampoco, porque optamos por vivir a la carrera, al amparo de una falsa sensación de movimiento y dinamismo que, como la rueda del hámster, a la larga nos deja aburridos, frustrados y exhaustos… en nuestro intento de buscar fuera lo que ya está dentro de nosotros.

En estos días de solsticio, déjate tocar por la luz de la toma de conciencia, de la aceptación y de la serenidad. Y así, poco a poco, irán ganando espacio los rayos de sol de la autenticidad.


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Un viaje en el tiempo

La historia de la literatura, el cine, la televisión e incluso la música recoge distintos ejemplos del interés del ser humano por viajar a través del tiempo. Los fines de este interés son diversos, y van desde la mera exploración curiosa de lo que fue o de lo que será, el deseo de vivir como protagonista grandes episodios históricos o el intento de cambiar el devenir de la historia pasada o futura… A veces, ese interés nace de una preocupación o vocación social por la humanidad en su conjunto. Otras veces, la motivación es individual: nuestra vida incluye, inevitablemente, apuntes biográficos pasados que, vistos con perspectiva, nos hubiera gustado haber vivido de otra manera, y la toma de decisiones para el futuro sería más fácil si pudiéramos trasladarnos a él para comprobar de primera mano los resultados de cada una de las opciones que se nos presentan.

La realidad es que, dejando de lado teorías conspiratorias, aún no se ha inventado una máquina del tiempo que nos permita deambular, hacia delante o hacia atrás, por el curso de la historia. Y, sin embargo, eso es lo que hacemos la mayor parte del tiempo: movernos constantemente a lo largo y ancho de nuestra propia biografía aferrándonos a recuerdos de situaciones que ya quedan atrás, alejadas de nuestra realidad actual, y anticipando preocupaciones y expectativas de situaciones futuras incluso antes de que estas se esbocen o manifiesten. Esta práctica condiciona nuestros estados de ánimo y nos aleja, irremediablemente, de la única realidad temporal que realmente existe: el presente.

Si solo existe el presente, los recuerdos del pasado y las expectativas no pueden ser considerados, en sí mismos, como realidades, sino como abstracciones o construcciones que nos acompañan y que condicionan, para bien o para mal, cada instante que vivimos. Este es uno de los fundamentos de la Terapia Gestalt, que aboga por actualizar (mental y emocionalmente) esas construcciones en el presente, convirtiéndolas en una realidad palpable, con el fin de explorar opciones con las que, siempre en el presente, completar una nueva experiencia que nos permita cerrar ese círculo vicioso de situaciones inconclusas, asuntos pendientes y escenas temidas que arrastramos y que nos impiden ver y acceder a nuestro auténtico potencial.

Para la Gestalt, no tiene sentido buscar las causas de lo que ocurre o de lo que esperamos. Lo relevante es transitar por esas actualizaciones presentes del pasado y del futuro con vistas a obtener un nuevo marco de referencia en el que, ante determinadas situaciones, podamos responder de otra manera. De este modo, el presente se configura a la vez como punto y línea de tiempo, algo que ocurre también en disciplinas como el Coaching o la Programación Neurolingüística (PNL), donde el presente es el punto de partida y de llegada de los viajes que hacemos al pasado y al futuro en busca de experiencias en las que, en su día, nos sentimos realizados y de proyecciones, ensoñaciones o visualizaciones del futuro que queremos empezar a construir desde ahora.

Mirar hacia el pasado o el futuro no es bueno o malo per se. Lo importante es hacerlo siempre anclados en el aquí y en el ahora, en las motivaciones del presente que vivimos. El pasado ya se fue y el futuro aún no ha llegado: son solo construcciones que nos impiden avanzar (y vivir lo que se nos ofrece en cada momento) o abstracciones a las que acudir cuando, desde el presente, necesitamos recuperar experiencias o encontrar la motivación necesaria para satisfacer nuestras necesidades vitales y afrontar los retos que se nos presentan en todos los recodos de este camino que llamamos vida. Dicho esto, ¿crees que merece la pena construir una máquina del tiempo?


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