AUTOPÍAS, REFLEXIONES

Fin de curso

Llega el final de junio y es momento de hacer balance de curso. Tal vez, con la llegada de julio, no cambie nada: seguiremos con nuestros quehaceres cotidianos, con nuestro trabajo (salvo que podamos coger ya vacaciones en estos días) y con la reanudación de actividades que, suspendidas durante el confinamiento, podemos retomar ahora en la llamada nueva normalidad. Sin embargo, los tiempos de la actividad académica y escolar siguen muy presentes en nuestra vida (puede que, de alguna forma, añoremos las largas vacaciones que teníamos cuando éramos niños) y, por otro lado, son muchas las empresas que cierran ahora su ejercicio fiscal.

El curso, desde luego, ha sido atípico. La pandemia de enfermedad por coronavirus habrá marcado, probablemente, el camino hacia la consecución de los objetivos que nos propusimos allá por septiembre, cuando ni siquiera imaginábamos que nos iba a tocar vivir una amenaza de esta magnitud, o en enero, coincidiendo con el comienzo de un nuevo año al que, fieles a la tradición, pedíamos salud y tranquilidad. Así, el confinamiento y  las restricciones pueden haber sido un obstáculo material a la hora de lograr lo que nos habíamos propuesto, y no podemos obviar el impacto emocional causado por la crisis sanitaria, laboral, económica y social en la que estamos inmersos.

Por eso, te propongo hacer un balance alternativo que no tenga en cuenta, de haberlos, esos proyectos truncados o esos propósitos forzosamente dilatados en el tiempo a la espera de una mejor ocasión para realizarlos: centra tu análisis, únicamente, en todo lo que has conseguido en este semestre, y especialmente en los meses en los que, forzados por la situación, hemos tenido que trabajar, educar a nuestros hijos, socializar o vivir nuestro ocio de otra manera. ¿Qué sabes hacer de modo diferente? ¿Hay algún aspecto en el que hayas logrado reinventarte? ¿Qué cosas sobre ti o sobre el mundo en el que vives has aprendido en todo este tiempo? ¿Con qué te quedas?

Dicen que las crisis son oportunidades, pero quizá aún no veamos la ocasión o el momento en que las posibles alternativas estén a nuestro alcance. Lo que sí es seguro es que las crisis son siempre aprendizajes. El verano, que es una época en la que, por definición, solemos dedicarnos más tiempo a nosotros mismos, puede ser una buena ocasión para identificar esos aprendizajes y decidir qué queremos hacer en este contexto de incertidumbre (fijando un nuevo propósito por el que trabajar), para qué lo queremos hacer (revisando, si es preciso, nuestra escala de valores) y cómo lo vamos a hacer (diseñando un plan de acciones diversas que dé cabida, en la medida de lo posible, a los imprevistos que podamos encontrar en un escenario tan cambiante como el que estamos viviendo. ¿Te animas? ¡Feliz verano!


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La desescalada interior

Bienvenido a la nueva normalidad. El estado de alarma declarado en España para hacer frente a la pandemia por enfermedad de coronavirus ha llegado a su fin y, aunque aún siguen vigentes restricciones y medidas de seguridad de obligado cumplimiento, el día a día va recuperando su pulso habitual. La desescalada continúa y, aunque la pendiente –según parece– se ha suavizado, el contexto en el que nos encontramos plantea toda una serie de desafíos.

En lo inmediato, hay que hacer frente a la desconfianza que suscita la recuperación de determinadas actividades, sobre todo aquellas en las que puedan producirse concentraciones de personas. Está también el problema de la conciliación de la vida laboral y familiar, con los niños ya de vacaciones, si las empresas van reduciendo paulatinamente el teletrabajo. A esto hay que sumar la preocupación por disfrutar de unas vacaciones de verano seguras, la inquietud por el horizonte que se pueda dibujar en el otoño, el temor a un nuevo confinamiento…

Así pues, la mente bulle, y no hay nada malo en ello: somos seres racionales. No obstante, puede que esa actividad mental nos lleve a engancharnos en una serie de pensamientos que, como un laberinto o un callejón sin salida, nos dejan atrapados en una reiteración de dudas y patrones que, finalmente, acaba por suscitarnos sensaciones de pesimismo, desgaste y agotamiento. Puede que, tal vez, no hayamos completado bien el proceso de desescalada: nos falta la desescalada interior.

Pero… ¿qué es la desescalada interior? Se podría definir como el proceso por el que tratamos de desvincularnos de los pensamientos que genera nuestra mente para bajar al cuerpo. Habitualmente pensamos que todas las respuestas están en nuestra mente, pero esto no es así: hay toda una sabiduría corporal que emana de las sensaciones, percepciones y movimientos internos que se producen a lo largo y ancho de nuestro organismo, de la cabeza a los pies.

Te animo, por tanto, a acceder a esa sabiduría corporal contactando con tu respiración, tomando conciencia de ella y haciéndola cada vez más profunda. Agudiza tus sentidos y afina tu radar interno para identificar cada una de las sensaciones que te llegan del exterior y que emanan de tu interior. ¿Qué ves? ¿Qué escuchas? ¿Qué hueles? ¿Qué saboreas? ¿Qué tocas? ¿Qué sensaciones recibe tu piel? ¿Y qué sientes en tu interior? Sí, puede que la mascarilla te moleste, pero no te distraigas: deja que tu atención se concentre en todos esos estímulos, recréate en ellos.

Los pensamientos (sobre todo aquellos en los que nos gusta tanto enredarnos) intentarán acaparar el protagonismo de nuestra atención. Es inevitable: es muy difícil acallar la mente. Por eso, lo mejor es ser conscientes de que están ahí y, cuando surgen, darles espacio únicamente desde la observación, sin engancharnos en ellos, para retomar enseguida el contacto con nuestra sabiduría corporal. Solo así estaremos anclados en el aquí y el ahora de nuestra existencia. Al fin y al cabo, sea cual sea la situación en la que nos encontremos, el presente es lo único que tenemos.


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¿Desescalada?

Ayer domingo, escuchando la radio, llamó mi atención una intervención del escritor Juan José Millás en la que afirmaba que del confinamiento a la calle no se sale por la puerta de la casa, sino por una puerta del alma. Después de ocho semanas del confinamiento al que nos ha obligado el COVID19 puede que, efectivamente, no nos resulte tan fácil acceder a esa nueva normalidad que, poco a poco, se deja ver en el horizonte. Entrar en esa nueva cotidianidad de mascarillas, distancias sociales y aforos limitados, y desenvolvernos en ella, nos causará –nos está causando ya– sentimientos encontrados.

Las autoridades sanitarias han definido, para llegar a esa nueva normalidad, un proceso en varias fases denominado desescalada. La curva de contagios por coronavirus alcanzó semanas atrás su punto álgido –el llamado pico– y cae poco a poco, con algún que otro repunte, alimentando nuestra esperanza y confianza. El duro ascenso por las restricciones e incomodidades derivadas del confinamiento en nuestras casas da paso ahora a un descenso escalonado en el que ir recuperando hábitos o costumbres interrumpidos a mediados de marzo.

No obstante, conviene no olvidar que el descenso desde cualquier cumbre, al igual que la subida, no está exento de riesgos. El mayor peligro, una vez alcanzada la cima, es el exceso de confianza, que puede hacernos tropezar o resbalar ladera abajo. El descenso, además, es un momento crítico para sufrir lesiones debido al esfuerzo que hacemos para contrarrestar la fuerza de gravedad que tira de nosotros. Y puede que, de tanto bajar, lleguemos finalmente a un sombrío y sinuoso valle, rodeado de grandes montañas, del que solo podamos salir escalando de nuevo.

Por otro lado, habrá quien viva este tiempo no como una desescalada, sino como una auténtica escalada. Pienso, por ejemplo, en las personas que han perdido un ser querido o en aquellas que se han quedado sin trabajo, que tendrán que afrontar esa nueva normalidad –doblemente nueva– sin el apoyo o los recursos de los que disponían hasta ahora. Y pienso, también, en el esfuerzo de conciliación que tendrán que hacer muchas mujeres y hombres para seguir compaginando su empleo (quizá ya sin tantas facilidades para acceder al teletrabajo) con el cuidado de niños, dependientes o mayores mientras colegios y centros de asistencia sigan cerrados.

Al final creo que todos, en mayor o menor medida, iremos alternando entre desescalada (el deseo de recuperar actividades o rutinas que tuvimos que dejar aparcadas) y escalada (la superación de las grandes o pequeñas dificultades que iremos encontrando, indudablemente, en este nuevo contexto que se abre ante nosotros). La figura que tomar como referencia puede ser, más que una montaña que subir o bajar, la gráfica del ritmo cardíaco, que escala y desescala a cada instante. Sigamos, pues, el pulso de la vida, escuchando lo que nos dice en cada momento.


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Las burbujas de la introspección

En las últimas semanas vengo defendiendo que la situación extraordinaria en la que nos encontramos supone una oportunidad para mirar y ahondar en nosotros mismos en busca de propósitos, valores y acciones con los que afrontar la normalidad que, de forma incipiente, y si no hay nuevos sobresaltos, se vislumbra en el horizonte. Es momento de replegarse, es tiempo para la introspección. Conviene retirarse –aunque solo sea por un momento– del mundo que nos rodea para instalarnos en una burbuja en la que podamos encontrar los instrumentos propios (recursos, capacidades, habilidades, talentos) con los que afrontar los retos de la nueva realidad –diferente a la que dejamos atrás hace ya mes y medio– que se avecina.

El problema de esta burbuja es que, como si de una pompa de jabón se tratase, su contorno es permeable… y, dado que somos esquivos o huidizos a la hora de mirar dentro de nosotros, dejamos que la burbuja se llene de perturbaciones –preocupaciones– externas que escapan a nuestro control. Así, la burbuja se llena de aire viciado por pensamientos repetitivos sobre circunstancias, personas o acontecimientos sobre los que, a priori, pensamos que no podemos hacer nada. El contexto nos desborda, sentimos que estamos atrapados y acabamos asumiendo un rol victimista, a veces lleno de malestar y resentimiento, en el que las palabras, los comportamientos, los defectos o las ideas de los demás prevalecen sobre nuestras necesidades intrínsecas.

Para contrarrestar esta burbuja, conviene crear una nueva desde nuestro propio centro en la que, atentos a nuestras necesidades, iremos incluyendo todo aquello sobre lo que realmente tenemos margen de acción. En esta nueva burbuja tendrán cabida las palabras, los comportamientos, las acciones y los esfuerzos sobre los que realmente tenemos control: es decir, todo aquello que nace de nosotros mismos. Desde aquí, sintiéndonos protagonistas, seremos capaces de crear, provocar o influir en lo que ocurre en nuestro entorno. Se trata de ser proactivos, determinar qué nivel de influencia podemos tener en lo que sucede a nuestro alrededor (diseñando o imaginando nuevas vías de actuación, si las que hemos probado hasta la fecha no han funcionado) y actuar en consecuencia.

Las dos burbujas de las que hablo aquí están inspiradas en el círculo de preocupación y el círculo de influencia de los que habla Stephen R. Covey en Los 7 hábitos de la gente altamente efectiva, obra de referencia en muchos ámbitos, entre ellos el coaching. Ambos círculos (o burbujas) están estrechamente relacionados: cuanto más se expande el círculo de influencia, más se contrae el círculo de preocupación… y viceversa. Por tanto, el ejercicio de introspección que mencionaba al principio es, en definitiva, una cuestión de foco. ¿Dónde vas a invertir tu tiempo y tu energía? ¿Qué cuestiones requieren, realmente, tu compromiso mental y emocional? Tú decides cuál de las dos burbujas vas a alimentar.


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Descubre tu autopía

Se cumple un mes desde la entrada en vigor del estado de alarma decretado por el Gobierno de España para hacer frente a la pandemia del coronavirus COVID19. Durante este tiempo, nuestros esfuerzos se han dedicado, principalmente, a gestionar los cambios que se han producido en nuestro día a día a causa de las medidas de confinamiento, entre ellos la reconversión de nuestros hogares en oficinas de trabajo y aulas para nuestros hijos o el rápido aprendizaje y adaptación a nuevas tecnologías con las que acceder a propuestas culturales, deportivas, de formación o de entretenimiento y mantener, de manera virtual, nuestra vida social. A la vez, hemos salido a aplaudir –como seguimos haciendo– a los profesionales que siguen trabajando por la salud, la seguridad, los servicios sociales, el abastecimiento y tantos otros servicios públicos que hasta ahora nos pasaban desapercibidos. Y, por supuesto, hemos seguido con preocupación, incluso con dolor, las terribles estadísticas que el coronavirus está dejando a su paso. Preocupación y dolor que, por supuesto, mantenemos.

Disciplinadamente, nos hemos acostumbrado, con mayor o menor esfuerzo, a una vida totalmente hogareña. Nos hemos habituado también, aunque lo hagamos compungidos, a guardar la distancia social en las colas de los supermercados. Incluso, en algunos momentos, empezamos a advertir rutinas en el silencio que nos llega de las calles. Tal vez sea el momento, una vez adaptados a una provisionalidad por ahora indefinida, de volver la mirada hacia dentro para ver cómo estamos, qué cambios internos –aunque sean sutiles– se han producido en cada uno de nosotros, cuáles son nuestros anhelos para el futuro… Esta nueva prórroga del estado de alarma que ahora comienza puede ser una oportunidad única para buscar, desde la introspección, nuestra propia autopía, es decir, ese espacio propio, ideal y alcanzable, en el que desarrollar una nueva forma de ser y estar en el mundo una vez que, paulatinamente, vayamos recuperando una nueva normalidad indudablemente distinta a la que dejamos semanas atrás.

¿Sientes que es el momento de avanzar hacia allí? Si la respuesta es afirmativa, quizá te interese utilizar la guía “Descubre tu autopía: abriendo caminos en un momento único” en la que he estado trabajando intensamente, y con mucho cariño, en los últimos días. La guía, que puedes descargar gratuitamente, incluye propuestas que, a partir de preguntas y herramientas de coaching, te ayudarán a reflexionar sobre tu contexto vital y sobre los propósitos, los valores y las acciones que necesitas para expresar todo tu potencial. Además de trabajar con la guía, te invito a compartir tus experiencias o tus dudas sobre las propuestas en ella incluidas en la sesión grupal online que celebraré el domingo 26 de abril a las 18:00 horas (hora de Madrid-España). Del mismo modo, mantengo la oferta de tres sesiones individuales de coaching gratuitas, sin compromiso de continuidad, que vengo realizando desde el inicio del estado de alarma (sesiones de 45 minutos, oferta válida hasta el 26 de abril). Puedes apuntarte a la sesión grupal o a las sesiones individuales, así como recabar información adicional, escribiendo al correo electrónico info@autopiascoaching.com o rellenando este formulario indicando nombre y teléfono y el formato de coaching (individual o grupal) de tu interés. ¡Descubre tu autopía!

¿No llegaste a la fecha anterior? ¡No te preocupes! He programado una nueva sesión grupal online para el miércoles 6 de mayo a las 19:30 horas (hora de Madrid-España). Además, la oferta de tres sesiones individuales de coaching gratuitas se amplía hasta el 10 de mayo.

Descarga aquí la guía “Descubre tu autopía: abriendo caminos en un momento único”.


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AUTOPÍAS, CONCEPTOS, EMOCIONES, REFLEXIONES

Las reacciones del miedo

Se han descrito, tradicionalmente, tres posibles reacciones del ser humano ante amenazas o situaciones de peligro que nos provocan miedo: el ataque, la parálisis o la huida. Estas reacciones tienen su origen en el llamado cerebro reptiliano (la capa más profunda de nuestro cerebro, donde se localizan los instintos primitivos relacionados con la búsqueda de comida, el cortejo, la identificación de rivales y, en general, todos los aspectos relacionados con la supervivencia) y se activan gracias a la amígdala, una estructura con forma de almendra situada en el cerebro límbico (capa del cerebro anterior al neocórtex en la que se regulan nuestras respuestas fisiológicas y emocionales configurando determinados patrones de conducta).

Los riesgos que amenazan la supervivencia del ser humano han cambiado a lo largo de la historia. Ya no tenemos que salir a cazar, enfrentándonos a todo tipo de animales salvajes, para procurarnos el alimento necesario: basta con bajar al supermercado o, directamente, hacer un pedido telefónico u online para que nos traigan la comida a casa.  No obstante, seguimos rodeados de amenazas: el terrorismo, el cambio climático, las infecciones por nuevos microorganismos patógenos… Y hay, además, otras amenazas que, si bien no suponen peligro de muerte, condicionan nuestra supervivencia individual y social en un mundo especialmente competitivo (el miedo al ridículo, la pérdida de un determinado estatus, el temor a ver comprometidos nuestros valores o creencias…). Es curioso ver cómo estas amenazas cotidianas suscitan, de forma irracional, esas mismas reacciones de ataque, parálisis o huida con las que respondemos a estímulos que, verdaderamente, afectan a nuestra supervivencia física.

Ante cualquier amenaza, y especialmente ante los retos o desafíos del día a día, cada uno responde como mejor sabe y puede de acuerdo al contexto y a la experiencia. Pero no siempre esa respuesta es la más eficaz. Pienso, por ejemplo, en el ataque: generalmente, el hecho de enfrentarse a una situación desafiante se interpreta como un signo de valentía, pero… ¿siempre lo es? El ataque solo será eficaz si somos conscientes de nuestras habilidades y de nuestras limitaciones, de las fortalezas y debilidades de nuestro rival (en caso de que se trate de un enfrentamiento interpersonal), de los condicionantes de la situación que nos reta, de nuestra capacidad para desarrollar un plan de acción con objetivos claros y herramientas precisas que, si bien no nos garanticen el éxito, al menos nos predispongan para la victoria. Atacar sin estar preparado no es valentía, es insensatez. Mejor combinar el corazón con la cabeza.

Lo mismo ocurre con la huida. Habitualmente, asociamos la huida con la cobardía, pero… ¿siempre es así? Efectivamente, muchas veces escapamos de cosas que no queremos afrontar, evitamos asumir nuevos retos o desafíos. Desaparecemos, como los mejores ilusionistas, para seguir cómodamente instalados en nuestra zona de confort: sí, sabemos que nos perdemos cosas, ¡pero qué bien se está en nuestro pequeño mundo! Otras veces, por el contrario, no se puede hablar de huida, sino de retirada: no tiene sentido permanecer en lugares donde no nos sentimos escuchados, donde no se respetan nuestros límites, donde nuestra energía se consume impidiendo que podamos dar lo mejor de nosotros mismos en otros proyectos o áreas que puedan resultarnos más interesantes o en las que nos sintamos más realizados.

En la parálisis, tratamos de mimetizarnos con el entorno intentando pasar desapercibidos. Lo normal, en estos casos, es que acabemos actuando, a largo plazo, de forma confluyente o sumisa, todo con tal de no significarnos. Pero pararse puede ser, quizá, la forma más efectiva de responder a corto plazo, sobre todo cuando se trata de amenazas domésticas o cotidianas que no conllevan un riesgo vital: pararse para chequear nuestra fisiología (el miedo, como es sabido, tiene manifestaciones físicas en forma de incremento de los ritmos cardíaco y pulmonar, palidez o enrojecimiento de la piel, repercusiones estomacales e intestinales…), pararse para observar y tomar conciencia de lo que está ocurriendo en nuestro cuerpo y, a partir de ahí, buscar nuevas perspectivas que nos permitan, llegado el momento, dar una respuesta acorde con nuestras necesidades y expectativas.


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AUTOPÍAS, RECOPILACIONES

Inspira(n)do

Se define la inspiración como el estímulo o la lucidez repentina que siente una persona y que favorece la creatividad, la búsqueda de soluciones a un problema o la concepción de ideas que permiten emprender un nuevo proyecto. Dicho de otro modo, es la chispa que pone en marcha cualquier proceso creativo. Este destello puede brotar espontáneamente, surgido de la nada, o bien puede aparecer como resultado de una serie de influencias que, conectadas, nos llevan a hacer interpretaciones personales, siempre genuinas, sobre la realidad en la que vivimos. En la entrada de hoy voy a repasar algunas de las influencias que me han servido de inspiración para escribir artículos en los que –¡ojalá!– hayas podido encontrar inspiración para ese proceso creativo que también es tu vida.

Mi principal influencia, sin duda, son los libros sobre crecimiento personal, psicología, educación o neurociencia con los que sigo complementando y ampliando mi formación en coaching. El mercado está lleno de títulos y, en ocasiones, los contenidos se repiten. Pero, a veces, encuentro aportaciones que considero novedosas o que me estimulan de forma especial. Es el caso de El elemento, de Ken Robinson, sobre el que versaba la entrada ¿Cuál es tu elemento?, o de Mindset. La actitud del éxito, de Carol Dweck, texto sobre el que hablaba en la entrada Mentalidades contrapuestas. Robinson nos invita a encontrar y a ampliar ese lugar donde podemos desarrollar al máximo todo nuestro potencial. Por su parte, Dweck nos anima a dejar de lado la mentalidad determinista con la que muchas veces afrontamos lo que nos pasa en la vida para actuar con una mentalidad abierta al aprendizaje y al cambio interior.

Otros títulos que me han servido de inspiración para dar discurso a este blog han sido Comunicación no violenta. Un lenguaje de vida, de Marshall B. Rosenberg (véase la entrada Otra respuesta es posible), El extraño orden de las cosas, de Antonio Damasio (Dos caras de una misma moneda) y Fluir, una psicología de la felicidad, de Mihaly Csikszentmihalyi (Imponerse o fluir). Estas obras nos hablan, respectivamente, de un modelo de respuesta alternativo con el que poner límites y manifestar nuestro enfado, del placer y del dolor como sentimientos motores de la evolución humana y de la importancia de fluir, en todo lo que hacemos, como paso previo para alcanzar la felicidad.

En ocasiones, la inspiración llega en forma de crítica. Es lo que me ocurrió tras leer la obra La burbuja terapéutica. Como caí en las trampas del crecimiento personal y las terapias, de Josep Darnés. En la entrada Yo, coach respondo a los argumentos con los que Darnés cuestiona los conceptos sobre los que se fundamenta el coaching y las características de quienes ejercemos esta profesión y defiendo los principios de responsabilidad y honestidad que deben regir un proceso de coaching. Otras veces, son personajes de ficción literaria quienes, en el proceso de inspiración, toman una entrada, como sucedió en Reflexión: el efecto de reflejarse, en la que aparecían –juntos, pero no revueltos– Narciso, Blancanieves o Alicia.

No voy a discutir el axioma de que todo está en los libros, pero la inspiración surge de cualquier tipo de influencias. ¿De la música? Sí, la composición Variations on the Kanon by Pachelbel, de George Winston, me sirvió de inspiración para la entrada Diciembre, dedicada a las sensaciones que me evoca el último mes del año. ¿Del cine o la televisión? Sí, la película El show de Truman y la serie de televisión Friends fueron el punto de partida para las entradas Dentro o fuera de la burbuja, sobre el concepto de zona de confort, y Toma 2: reencuadre, sobre la capacidad que tenemos de reformular lo que pensamos de nuestra vida. ¿Del arte? También, como ocurrió en la entrada Impresión: flujo continuo, en la que reflexionaba sobre la necesidad de dotar de un contexto a lo que nos pasa…

Es tú turno: déjate permear por las cosas que te gustan, fíjate en cualquier cosa que llame tu atención… e inspírate para alcanzar tu autopía.


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AUTOPÍAS, CONCEPTOS

La felicidad, ¿una quimera?

La búsqueda de la felicidad se ha convertido en una de las obsesiones de las llamadas sociedades del bienestar. Pero, ¿qué es la felicidad? Probablemente, existen tantas definiciones como personas, aunque parecen predominantes aquellas que vinculan la felicidad con las emociones positivas. Si tomamos como punto de partida las acepciones recogidas en el diccionario, felicidad sería estado de grata satisfacción espiritual y física y ausencia de inconvenientes o tropiezos. Ahora bien, ¿hablamos de un estado puntual o permanente? ¿Cómo sería vivir en una situación de felicidad constante? ¿Reconoceríamos la felicidad si no viviéramos también momentos de infelicidad o desdicha?

Es importante vivir enfocados hacia deseos y metas que puedan proporcionarnos felicidad y bienestar. No obstante, los problemas surgen cuando esa promesa de felicidad futura no tiene su traducción en el presente: el día a día está lleno de obstáculos que superar, no todo es tan bonito como lo pintan (o como lo dibujamos nosotros mismos). La realidad nos obligará a hacer renuncias y sacrificios, aparecerán situaciones sobrevenidas –tal vez dolorosas– que afrontar… Si no gestionamos y encuadramos adecuadamente estas dificultades aparecerán, probablemente, sentimientos de frustración que, a su vez, nos alejarán aún más de nuestra felicidad soñada.

Para no sentirse frustrado (o infeliz) conviene buscar la felicidad por el camino de la aceptación. Empecemos por aceptar que el mundo se mueve por resortes que escapan a nuestro control, que cada uno se comporta como mejor sabe, puede o quiere. Aceptemos que es humano cometer errores o reaccionar por impulsos. Asumamos que nuestras emociones y nuestros comportamientos se mueven en ejes de polaridades tendiendo a uno u otro extremo según la situación o el contexto en el que nos encontremos. La aceptación conlleva indagar sobre uno mismo, conocerse y valorarse, tanto en sus fortalezas como en sus debilidades, y es un elemento esencial para comprender la realidad que nos rodea.

Pero ¡cuidado con confundir la aceptación con la resignación o el conformismo! La aceptación requiere responsabilidad y acción: nos hacemos responsables de nuestra capacidad para revertir, en la medida de nuestras posibilidades, las dificultades con las que nos encontramos o, al menos, las respuestas que nos generan. La resignación supone una rendición, una derrota anticipada: nos dejamos atrapar por el victimismo, colocamos la responsabilidad fuera de nosotros. Por tanto, en la búsqueda de uno mismo caben dos caminos: el camino a la felicidad, a través de la aceptación, y el camino a la frustración, a través del conformismo. ¿Cuál eliges?


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AUTOPÍAS, CONCEPTOS, REFLEXIONES

Impresión: flujo continuo

París, abril de 1874. Artistas encuadrados en la denominada Sociedad anónima de pintores, escultores y grabadores abren al público la primera exposición impresionista. La muestra, organizada al margen del Salón Oficial de la Academia de Bellas Artes, reunía más de 150 obras de una treintena de artistas. Los participantes, entre ellos Cézanne, Degas, Monet, Pissarro y Renoir, compartían el deseo de encontrar vías alternativas de exponer sus obras fuera de los cauces oficiales. En aquella época, intentar exponer en el Salón Oficial implicaba someterse al veredicto de un jurado que solía rechazar cualquier propuesta artística no academicista. Entre las obras expuestas se encontraba Impresión: sol naciente, de Claude Monet.

Fue el periodista Louis Leroy quien, al calificar despectivamente la obra de Monet en uno de sus artículos, acuñó el término Impresionismo para referirse al grupo de pintores participantes en la exposición. Se puede decir que su primera y definitiva impresión sobre el nuevo movimiento artístico no fue satisfactoria. Además de ser crítico de arte, Leroy también fue pintor y grabador. Quizá sus convicciones estéticas y artísticas –tal vez también las sociopolíticas– eran demasiado rígidas y no quiso, o no pudo, entender los postulados de los pintores impresionistas. Yo mismo me lo decía: puesto que estoy impresionado, debe de haber impresión ahí dentro…

Entre las principales características de la pintura impresionista destacan la subordinación de la forma a la iluminación del momento concreto que se pretende captar (prevalece el aquí y el ahora de la creación artística sobre el objeto de la representación) y el uso de lo que se ha dado en llamar la pincelada gestáltica: el artista crea su obra a partir de pinceladas breves, a partir de colores puros, vibrantes y saturados, sin preocuparse de que su forma y color no coincidan exactamente con el modelo o paisaje a representar. Perceptivamente, dichas pinceladas adquieren la unidad necesaria para ser interpretadas como un todo definido. Las pinceladas sugieren una figura y nuestro cerebro, gracias a las leyes de la percepción, la completa.

Ahora bien, cuando no hablamos de pintura, sino de situaciones o comportamientos, ¿podemos jugar la baza de nuestra opinión a partir de un único instante? Determinadas actuaciones o conductas provocan en nosotros una primera impresión construida a base de prejuicios y estereotipos fruto de experiencias personales o tomadas de otros. Rematamos las pinceladas con los brochazos de nuestros juicios, creencias y conocimientos. Incluso, si estamos a la defensiva, completamos la figura antes de que esta se haya configurado. Al fin y al cabo, parece que una de las cualidades más valoradas en este mundo en que vivimos es ir siempre un paso por delante.

La vida es una sucesión de instantes en un flujo continuo y cambiante. En cada instante, como en los cuadros impresionistas, podemos recuperar, descubrir y experimentar nuevas sensaciones. Podemos dejar sorprendernos por el detalle (o la falta de detalle) de cada nueva pincelada. Pero no conviene olvidar que cada instante, con la impresión que nos suscita, está enmarcado en dos contextos: el contexto de nuestra experiencia y el contexto que envuelve a la persona, situación o actuación que enjuiciamos con nuestras valoraciones, aseveraciones u opiniones. Abriendo la mirada hacia esos contextos, una impresión será solo una hipótesis por verificar, contrastar y confirmar.


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