AUTOPÍAS, CONCEPTOS, HERRAMIENTAS DE COACHING

Peligro: expectativas

Todo propósito de cambio, mejora o desarrollo personal y profesional va acompañado siempre, de forma consciente o inconsciente, de una serie de expectativas sobre lo que queremos lograr. La Real Academia Española define expectativa como la esperanza o la posibilidad razonable de que algo suceda. No obstante, esa esperanza y esa posibilidad no dependen de las acciones concretas que podamos poner en marcha para alcanzar un determinado objetivo, sino de la percepción que tengamos sobre nosotros mismos o de la percepción que los demás tengan de nosotros. Conviene recordar, en este sentido, que la palabra expectativa proviene del latín exspectatum, que significa mirado o visto.

Estas percepciones –creencias– pueden ser un buen punto de partida a la hora de plantearse nuevas metas si nos aportan la motivación necesaria para afrontar el reto. ¡Qué fácil resulta ponerse en marcha cuando uno se siente capaz o validado para alcanzar un propósito concreto! No obstante, las expectativas mal calibradas también pueden boicotear el proceso. Esto puede ocurrir cuando la imagen que tenemos de nosotros mismos –el autoconcepto– no se corresponde con lo que realmente somos ahora (nos empeñamos en mantener patrones de pensamiento y comportamiento que, si bien nos sirvieron en el pasado, no resultan eficaces en el presente) o cuando la imagen que los demás tienen de nosotros aparece desvirtuada (tal vez porque intentan modelarnos de una forma que nos aleja de nuestra esencia).

La brecha entre esas falsas expectativas y los resultados concretos que vamos obteniendo de acuerdo al propósito fijado forma lo que se ha dado en llamar la trampa de las expectativas o la trampa del crecimiento personal, un espacio de frustración e insatisfacción permanente ante el que solo caben dos actitudes: adoptar un rol pasivo y victimista, orbitando perpetuamente alrededor de nuestro fracaso, o asumir un papel activo y protagonista, reformulando las expectativas iniciales con el fin de encontrar las respuestas que necesitamos para fortalecer o reajustar nuestros propósitos vitales y garantizar así su consecución. Es el momento de conectar con nuestras propias necesidades y anhelos para tomar las decisiones que creamos oportunas.

Para reformular expectativas, propongo recurrir a las siete erres de la ecología o de la preservación del medio ambiente. Así, conviene reducir nuestras expectativas, reparando aquellas que no surgen realmente de nuestra autenticidad, reutilizando las que, pese a todo, siguen siendo una fuente de motivación para nosotros y reciclando las que aún puedan ser funcionales desde otras perspectivas. Es aconsejable, también, recuperar expectativas que dejamos olvidadas (porque no encajaban en la imagen que queríamos transmitir o en la imagen que los demás se habían hecho de nosotros), así como renovar y rediseñar nuevas expectativas de acuerdo a lo que somos en este instante de nuestras vidas.

Hecho esto, llega el momento de convertir nuestras expectativas en objetivos inteligentes (del inglés SMART, un acrónimo que proporciona criterios para guiar en el establecimiento de objetivos). Que no todo sea esperar, sino moverse hacia: convierte tus expectativas en objetivos específicos y concretos (enunciados de forma clara y entendible), medibles (ya sea con variables cuantitativas o cualitativas), alcanzables y realistas (de acuerdo a las posibilidades de cada uno), retadores (con un nivel de esfuerzo que te resulte motivante) y limitados en el tiempo (recuerda: la diferencia entre un sueño y un objetivo es una fecha). Ah, y no olvides anotar tus objetivos en un papel: escribir es una forma de comprometerse. ¡Trasciende tus expectativas y ve a por tus metas!


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AUTOPÍAS, CONCEPTOS

¿Qué opciones tienes?

¿Cuántas veces has pensado, a lo largo de tu vida, que no tenías otra opción? Vivir, efectivamente, conlleva una serie de obligaciones, y a veces parece que no tenemos otra alternativa a lo que toca o a lo que se espera de nosotros en cada momento: no hay otras posibilidades y, por tanto, no tenemos capacidad de elegir. En general, esto ocurre cuando adoptamos un papel victimista ante la vida: preferimos pensar que todo nos viene impuesto desde fuera antes que asumir nuestra responsabilidad sobre la forma de responder ante lo que nos ocurre. Así, nos acomodamos a la obligación porque nos permite vivir instalados en el reproche. Puede ser también que la obligación, como única opción posible, sea una respuesta al miedo.

Otras veces, la vida –aparentemente– nos fuerza a escoger entre dos alternativas. En este caso, nos encontramos un dilema. El dilema, según el diccionario, se define como una situación en la que es necesario elegir entre dos opciones igualmente buenas o malas. ¿Qué prefieres, el hambre o la sed? No sabría decirte… ¿Y a quién quieres más, a papá o a mamá? Difícil respuesta, sobre todo si te has sentido querido por tus dos progenitores. Ante un dilema, se aconseja hacer una lista de pros y contras –ventajas e inconvenientes– de cada una de las opciones. Tal vez así seamos capaces de elegir una solución, pero la decisión quedará desdibujada por la pérdida que supone renunciar a una de las opciones (cuando las dos premisas en conflicto son igualmente buenas) o por la angustia que suscita escoger entre dos alternativas igualmente malas.

El dilema, por tanto, es una trampa. Por eso, te recomiendo que cuando tengas que elegir entre dos opciones, elijas la tercera. Siempre es posible crear nuevas opciones, ya sean soluciones intermedias a las premisas en juego en cada dilema o alternativas que rompen la disyuntiva para plantear situaciones nuevas. Cuantas más opciones tengamos, más podremos desarrollar nuestro sentido de libertad y responsabilidad. Y, de esta manera, seremos auténticos protagonistas en los procesos de toma de decisiones que nos vayamos encontrando en los distintos ámbitos de nuestra vida. En un abanico amplio de opciones, siempre es más fácil encontrar la que más nos conviene en un momento determinado.

¿Y esto, cómo se hace? Para convertir el dilema en trilema (tres opciones) o polinema (más de tres opciones) tenemos que romper los discursos internos preestablecidos, ampliar perspectivas e identificar nuevos escenarios que nos permitan acceder a opciones distintas. ¿Qué hay de nuevo u original en cada coyuntura? A veces, no es sencillo encontrar la respuesta a esta pregunta: vivimos atrapados en una serie de justificaciones limitantes que nos impiden ver otras alternativas. Si estás en esta situación, te invito a pensar en el Coaching como opción para generar nuevas opciones y posibilidades.

–¿Qué opciones tengo?
–Tienes tantas opciones como te permitas tener.


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AUTOPÍAS, HERRAMIENTAS DE COACHING, RECOPILACIONES

Una caja de herramientas

La Asociación Española de Coaching (ASESCO), de la que formo parte, define el coaching profesional como un proceso de entrenamiento personalizado y confidencial mediante un gran conjunto de herramientas que ayudan a cubrir el vacío existente entre donde una persona está ahora y donde se desea estar. Este conjunto de herramientas permite al cliente, acompañado por su coach, plantearse objetivos y metas vitales, obtener una fotografía más concreta de la realidad en la que vive, imaginar y valorar nuevas opciones y posibilidades a implementar y desarrollar planes de acción que le permitan alcanzar su máximo potencial en un ámbito determinado (personal, relacional, laboral…).

Dentro de esas herramientas tienen gran protagonismo las llamadas preguntas poderosas (no hay que olvidar que el coaching se define también como el arte de hacer preguntas). Las preguntas poderosas son aquellas que permiten al cliente ampliar su nivel de conciencia sobre el mundo exterior e interior para superar los límites que, ante una situación dada, le imponen sus propios pensamientos, emociones o vivencias. Si eres lector habitual, habrás observado que este blog está lleno de preguntas. ¡Rara es la entrada que no incluye alguna! Poderosas o no, espero que estas preguntas te hayan ayudado a reparar en aspectos de tu vida en los que no te habías fijado hasta ahora e incluso a empezar a valorar desde otra perspectiva determinadas situaciones o circunstancias.

Además de preguntas, la caja de herramientas del coaching incluye visualizaciones, metáforas, asociaciones… y también herramientas específicas ya mencionadas en el blog que ahora, en verano, con más tiempo libre a nuestra disposición, podemos revisar. Así pues, te invito a releer la entrada Parar para seguir girando, que incluye una completa descripción de La rueda de la vida, una de las herramientas más utilizadas tanto en coaching como en otras disciplinas orientadas al crecimiento personal. Esta herramienta nos permite tener una visión gráfica (en forma de rueda de bicicleta, con sus correspondientes radios) de los aspectos más importantes de nuestra vida y del grado de satisfacción o equilibrio que damos a cada uno de ellos. ¿Tienes un rato libre? Coge papel y lápiz… ¡y a por ello!

El coaching dispone también de herramientas concretas para la gestión del tiempo y de prioridades: en El tiempo que se escapa encontrarás consejos para elaborar un registro del tiempo que ocupan tus actividades cotidianas (trabajo, estudio, descanso, tiempo libre) e imaginar otra posible distribución de horarios centrando la atención en tus deseos y necesidades, y en De lo urgente y lo importante hallarás pistas para organizar el trabajo y priorizar tareas siguiendo la llamada matriz de Covey o matriz de Eisenhower. ¿Es realmente tan urgente o tan importante todo lo que tienes que hacer cada día? En vacaciones, distanciados de la rutina, podemos valorar más objetivamente tanto el uso que hacemos del tiempo durante el curso como nuestra escala de prioridades.

También hay, por citar otro ejemplo mencionado en este blog, herramientas que facilitan la toma de decisiones, como el modelo de la encrucijada del que hablaba en la entrada Un cruce, distintos caminos. Este modelo nos atrapa en una rotonda con seis salidas posibles, todas ellas con nombres pintorescos: el camino que hace señas, el camino de los sueños, el camino que parece más sensato, el camino no recorrido, el camino ya recorrido, el camino de vuelta… Quizá estos días de descanso sean un buen momento para sacar el mapa, ver adónde te lleva cada uno de esos caminos y seleccionar las herramientas que necesitarás para llegar, con éxito, a la dirección escogida.


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AUTOPÍAS, MINDFULNESS, REFLEXIONES

Rompiendo inercias

Otro día más ha sonado el despertador y, en una lucha contra el reloj, has decidido retardar la alarma una, dos, quizá tres veces. Después, te has levantado a toda prisa y, arrastrado por la inercia, has comenzado a realizar, una tras otra, probablemente en el mismo orden que todos los días, tus rutinas cotidianas. Algunas de estas rutinas están ya tan interiorizadas que ni siquiera recuerdas cómo se implantaron en tu vida. Otras te fueron impuestas y, aunque podrías revisarlas, prefieres no dudar de su eficacia. Todo en tu vida parece seguir el ritmo de una partitura… y, por eso, afinas el oído esperando una transgresión. Pero, ¿quién ha compuesto la melodía?

En el trabajo, o en las relaciones sociales, te sientes rehén de compromisos y obligaciones que te fueron impuestos o que tú mismo te impones. Te atrapan cadenas de deudas y favores mal entendidos, agradecimientos que ocultan exigencias, demandas que te alejan de tus necesidades o responsabilidades. A pesar de todo, repites comportamientos que ya no van contigo, te sigue costando dar un “no” por respuesta y, así, permites que otros acaben tomando, en tu lugar, decisiones que te alejan de ti mismo, de tu propio centro. En definitiva, actúas como una marioneta en un teatro de títeres… donde los hilos que te manejan terminan por enredarse coartando tu propia expresión. Pero, ¿quién dirige esos hilos?

Si la música que crean tus rutinas te parece repetitiva y te aburre representar siempre la misma función de títeres, quizá sea el momento de revisarlas. Para hacerlo, apelo a tu libertad y a tu creatividad: asume un papel protagonista, baila al son de tu propia partitura y actúa de acuerdo a tu propio guión. Improvisa, experimenta, prueba… Siempre hay otra manera de hacer las cosas, y siempre es posible dar un primer paso, por pequeño que sea, para llegar a donde queramos estar. Sé honesto con el mundo que te rodea, pero sé también honesto contigo mismo. ¿Qué quieres hacer nuevo en tu vida? ¿Qué puedes reciclar de lo que estás haciendo hasta ahora? ¿De qué quieres desprenderte?

No siempre es fácil encontrar respuestas para estas preguntas: hay mucho ruido a nuestro alrededor (consejos, prejuicios, recomendaciones, críticas…). Lo mejor, para empezar, es buscar espacios donde podamos conectar con nosotros mismos. No hay que ir muy lejos: basta con que, al acabar este artículo, te permitas cerrar los ojos para poner atención sobre tu respiración, descubriendo y ampliando su cadencia para, desde ese estado de bienestar, observar, sin engancharte a ellos, los pensamientos que van surgiendo en tu mente, los estímulos que, a través de los sentidos, percibes del exterior y las señales que, con todo ello, se manifiestan en tu cuerpo. Se trata de parar en boxes para volver a arrancar el motor y entrar, con fuerza, en nuestra propia carrera. ¡Nos vemos en la pista!


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AUTOPÍAS, COACHING

Coaching, una actividad profesional

La Asociación Española de Coaching (ASESCO), de la que formo parte, celebró en Madrid el pasado sábado, 16 de marzo, una Jornada para la Profesionalización del Coaching y el Desarrollo de Personas y Organizaciones. El acto, encuadrado en la conmemoración del 18º aniversario de la fundación de ASESCO, se articuló en torno a la presentación de El Libro Blanco del Coaching, un texto que –como se indica en su introducción– pretende aportar a esta disciplina una herramienta que le dé valor y que sitúe a la profesión en el lugar que le corresponde.

Si miramos a nuestro alrededor, el coaching parece estar de moda: la radio y la televisión incorporan coaches en sus programas estrella, se multiplica la publicidad de coaching en redes sociales, proliferan anuncios en marquesinas y farolas… Pero… ¿es realmente coaching todo lo que se oferta? Como señala El Libro Blanco del Coaching, la etiqueta coaching se ha extendido a otras actividades alejándose de la propia definición de coaching, de la motivación subyacente que da lugar a los procesos de coaching y de las funciones (e incluso competencias) de los profesionales del coaching.

En este sentido, El Libro Blanco del Coaching define esta disciplina como un proceso de acompañamiento, no directivo y orientado a la acción, en el que un profesional (coach) acompaña a su cliente (coachee) a conseguir objetivos concretos. Es el cliente quien define sus propios objetivos: el coach facilita, con su trabajo, que su cliente se apropie de los recursos internos de los que dispone, o a los que puede acceder, para lograr dichos objetivos. Esa labor facilitadora –o catalizadora– se realiza, con discreción y sencillez, desplegando un repertorio de herramientas –escuchadoras y acompañantes, como sugiere el texto– que permiten al cliente avanzar hacia la consecución de las metas que se ha propuesto.

Todo proceso de coaching incluye dos componentes fundamentales: responsabilidad y compromiso. El cliente se compromete con el proceso participando activamente en la definición de sus objetivos y en la identificación y refuerzo de los recursos que necesita para alcanzar sus metas. Además, se hace responsable de las decisiones que va adoptando durante el proceso. El compromiso y la responsabilidad del coach, por su parte, se manifiestan en competencias profesionales tales como la definición de un acuerdo de coaching (previa verificación de que el coaching es la disciplina más apropiada para las demandas del cliente), la creación de un espacio de confianza mutua, la escucha activa, la formulación de preguntas poderosas, la comunicación directa, la capacidad de estimular y ampliar la conciencia del coachee, la planificación de las metas definidas por el cliente, el diseño de las acciones que conducirán a su consecución y la gestión del proceso de acuerdo a estándares de ética y confidencialidad.

En el contexto actual de falta de regulación es fácil confundir el coaching con otras disciplinas como psicoterapia, asesoría, consultoría, mentoring, formación… (en realidad, el coaching puede considerarse una disciplina técnica complementaria a todas ellas). Conviene tener claro, por tanto, que el coaching persigue fomentar –desde el presente, con orientación a futuro– el crecimiento personal y profesional de sus clientes, centrándose en cuestiones concretas y desarrollando habilidades y capacidades que les permitan conseguir sus metas u objetivos. Esa es la esencia del coaching. Las herramientas concretas que se aplicarán en los procesos dependerán de la formación y creatividad de cada coach, siempre de acuerdo a dicha filosofía. Como afirmaba José Miguel Gil Coto, presidente de ASESCO, durante la presentación, es hora de tomar conciencia de la importancia de nuestro trabajo y hablar de coaching en términos profesionales.


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AUTOPÍAS, CONCEPTOS, GESTALT, HERRAMIENTAS DE COACHING

Tira y afloja

Dos equipos, una línea pintada en el suelo, una soga en tensión… ¿Jugamos al tira y afloja? En algunas regiones existen clubes de aficionados que organizan competiciones periódicas del también llamado juego de la cuerda, que tuvo la consideración de deporte olímpico durante las dos primeras décadas del siglo XX. En otros lugares, esta competición de fuerza y resistencia es solo un juego dentro de las clases de gimnasia o de los recreos del colegio. Es probable que, como yo, tengas que remontarte a tu infancia o adolescencia para recordar la última vez que jugaste al tira y afloja. No obstante, la realidad es que jugamos constantemente: todos llevamos dentro una cuerda, más o menos tensionada, que nos confronta con nosotros mismos.

Te invito a reflexionar, por un momento, en cómo se desarrolla tu vida actualmente. Si te sientes satisfecho con lo que eres, haces y tienes, ¡enhorabuena! Si no, es probable que estés librando una batalla interna, un tira y afloja, con dos partes enfrentadas. A un lado, una parte resistente al cambio que intenta atarnos corto; al otro lado, la parte que apuesta por deshacer nudos para vivir nuevas oportunidades y experiencias. Una vez identificados los equipos, toca poner nombre a los jugadores. ¿Qué te sujeta? ¿Qué tira de ti? En un bando estarán –probablemente– el miedo, la inseguridad, la duda; en el otro jugarán la motivación, la ambición, la confianza…

En los extremos de esta soga imaginaria con la que jugamos nuestro propio tira y afloja podemos situar también nuestros deseos y nuestras obligaciones. En general, solemos tener muy bien definidas nuestras responsabilidades (horarios, tareas, rutinas, etc.), pero a veces se nos cuela un jugador invisible, conocido como autoexigencia, que tira firmemente de la cuerda rompiendo el equilibrio de fuerzas. Por su parte, en el campo de los deseos pueden jugar fantasías idealizadas, inconcretas o intangibles (ensoñaciones que aún no hemos transformado en aspiraciones, metas o propósitos) que, distraídas, acaban dando la partida a su rival. También pueden surgir deseos impulsivos que, eludiendo todos los filtros, ponen en peligro las obligaciones a las que nos habíamos comprometido.

La cuerda que estoy evocando en estas líneas es también una representación de nuestro autoconcepto, es decir, la estrecha definición que hacemos de nosotros mismos dentro de la multiplicidad de opciones que nos brinda nuestra personalidad: nos definimos como creemos que somos y no como somos. De esta manera, nos quedamos solo con un aspecto de nuestra personalidad, que repetimos como un patrón, a la vez que tratamos de reprimir el resto jugando al tira y afloja con nuestras polaridades. ¿Qué partes de nosotros mismos nos estamos negando? ¿Qué hacemos para que esas partes, si es que ya las hemos identificado, sigan permaneciendo ocultas? Todas nuestras capacidades y recursos, conocidos o desconocidos, negados o no, se distribuyen a lo largo de la cuerda de nuestra personalidad: basta con tirar de ella o aflojarla según como queramos ser o estar en cada circunstancia.

Decía Aristóteles que la virtud está en el término medio. El punto intermedio de la soga imaginaria con la que jugamos se mueve hacia uno u otro lado, con mayor o menor energía o intensidad, en función de la presión con la que tiramos o aflojamos. Unas veces mediremos nuestras posibilidades para vencer por la mínima, otras querremos arrastrar a nuestro campo a todo el equipo rival. Puede que, en algunas situaciones, comprendamos que debemos ceder y esperar a siguientes partidas para ganar. Tendremos que decidir, en cada momento, la fuerza o la resistencia que queremos aplicar.


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Un cruce, distintos caminos

“Próxima parada: Encrucijada”. Así se denomina una de las paradas del autobús de línea que comunica la ciudad en la que vivo con la localidad a la que considero –pese a no haber nacido en ella– mi pueblo. La parada se encuentra, efectivamente, en una de las sucesivas intersecciones que la carretera va encontrando en su recorrido. Pero la palabra encrucijada evoca más que un cruce de caminos de distinta dirección: el vocablo alude también a esas situaciones difíciles o comprometidas en las que, ante distintas posibilidades de actuación, no sabemos cuál escoger. Si esa encrucijada no fuera un cruce en la carretera, sino un punto de inflexión en nuestra trayectoria vital, ¿cuáles serían esas posibilidades o caminos a escoger?

Imagina que esa encrucijada tiene forma de rotonda con seis salidas. La primera de ellas nos lleva a El camino que hace señas, ese lugar en el que nos permitiríamos probar aquello que siempre hemos querido intentar pero que, por una u otra razón, nunca nos hemos atrevido a experimentar. La segunda salida nos conduce a El camino de los sueños, ese espacio en el que podríamos aplicar las alternativas aparentemente inverosímiles que nos ofrece nuestra imaginación y que descartamos habitualmente por parecer irrealizables. La tercera salida nos introduce en El camino que parece más sensato, ese que nos recomendarían las personas cuya opinión valoramos.

La cuarta salida de esa rotonda imaginaria nos invita a explorar El camino no recorrido, una vía en la que podríamos poner en práctica alguna otra alternativa (a priori más sensata que las de El camino de los sueños) que no habíamos considerado con anterioridad. En la quinta salida encontramos El camino ya recorrido, que nos lleva a ese espacio familiar por el que hemos transitado en ocasiones anteriores más o menos similares a nuestra coyuntura actual. Finalmente, la sexta salida de la rotonda nos permite regresar a El camino de vuelta, ese lugar en el que nos sentimos seguros y del que nos resistimos a salir. Optar por esta última salida supone evitar el cambio para permanecer en la zona de confort.

Los seis caminos enumerados anteriormente forman el llamado Modelo de la Encrucijada, una guía basada en la herramienta The Personal Compass de la consultora The Grove, con sede en San Francisco (EE.UU.). Esta herramienta propone cinco esferas de reflexión, a partir de una serie de preguntas, para facilitar la toma de decisiones sobre el camino a seguir. Así, se nos invita a localizar los elementos y factores que nos han permitido convertirnos en quienes somos, a enunciar los valores, las creencias y los principios que guían nuestra forma de estar en el mundo, a identificar a las personas cuyo criterio respetamos, a enumerar los problemas o dificultades que nos impiden desarrollar o alcanzar nuestros objetivos y a pensar en situaciones o circunstancias que nos generan incertidumbre o miedo.

En la encrucijada, nuestro anhelo es una respuesta, pero no hay respuesta posible sin plantearse preguntas. ¿De dónde procedes? ¿Qué te parece realmente importante? ¿Qué personas son importantes para ti? ¿Qué te molesta? ¿De qué tienes miedo? Hay una diversidad de caminos, audaces o conservadores, ante nosotros. Es nuestra responsabilidad tomar uno de ellos, haciéndolo propio, o quedarnos dando vueltas, como un hámster en la noria de su jaula, en esa rotonda imaginaria. No hay potencial futuro sin cambio y crecimiento.


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AUTOPÍAS, RECOPILACIONES

Todo tiene su momento

El verano, sobre todo si tenemos vacaciones, es un buen momento para ponernos al día en aficiones o actividades que el resto del año, quizá por falta de tiempo, dejamos aparcadas. El tiempo es limitado y, en general, la rutina nos absorbe. No obstante, el verano es también una de las mejores épocas para los procrastinadores: ¿por qué afrontar ahora, en estos días de inactividad y descanso, las tareas que llevamos arrastrando, sin darles forma, desde meses atrás? Parar es necesario para continuar con fuerza después. Pero, a la vez, hay que tomar decisiones sobre los asuntos pendientes. ¿Queremos hacerlo o no? En la entrada Yo, procrastinador, publicada en abril, puedes encontrar claves para dejar de postergar.

Podemos pensar que, al hablar de procrastinación, nos referimos únicamente a la postergación de tareas rutinarias o aburridas. No es así: también retrasamos ideas, planes o proyectos diseñados por nosotros mismos. Es probable que, en estos casos, haya algún miedo acechándonos. Si me embarco en nuevas aventuras, ¿seré capaz de alcanzar la meta? ¿Tendré que hacer cambios en mi vida cotidiana para conseguirlo? ¿Qué dirán los demás? Muchas veces, para no afrontar estas preguntas, optamos por quedarnos en la carencia renunciando a explorar o desarrollar nuestros propios talentos. En la entrada Dime de qué careces y te diré de qué presumir, publicada en marzo, aporto una reflexión personal al respecto.

A veces pensamos que el talento es innato. Efectivamente, tenemos habilidades que parecen aflorar de forma natural. Sin embargo, esas habilidades no sirven de nada si no las orientamos hacia un fin concreto, puliéndolas, y si no las combinamos con otras que quizá tengamos que entrenar. Se requiere, por tanto, un esfuerzo. Y este esfuerzo no siempre da resultados inmediatos: la constancia ha de combinarse con la paciencia. La entrada Confiar y esperar, también publicada en marzo, da pistas, metáfora zen incluida, sobre el cultivo y el crecimiento de nuestros talentos. Todo tiene su momento. ¿Preparado para sembrar? ¿Preparado para recoger la cosecha?

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AUTOPÍAS, CONCEPTOS, MINDFULNESS

Confiar y esperar

La sociedad en la que vivimos nos demanda resultados inmediatos. Todo es urgente. Nada puede esperar. En el trabajo, se nos exige celeridad en la realización de las tareas que nos corresponde ejecutar. En nuestras relaciones sociales, gracias a la implantación de nuevas tecnologías que nos permiten estar permanentemente conectados y localizables, se espera que respondamos de forma inmediata. Así nosotros, contagiados por esa exigencia, acabamos impacientándonos cuando no obtenemos una respuesta o cuando no se cumplen nuestros mandatos o nuestras solicitudes en el tiempo que esperábamos. Incluso nos volvemos impacientes cuando nuestras decisiones y aspiraciones vitales (un cambio de trabajo, una reorientación de la carrera profesional o una relación) no dan frutos inmediatos.

Vivir conlleva hacer apuestas en todos los niveles de nuestra existencia, pero los resultados no son siempre visibles en un corto plazo. Debemos ser pacientes y esperar, aunque –urgidos por el deseo, la autoexigencia o la presión social– no resulte fácil hacerlo. En estos tiempos de espera me gusta recordar un cuento zen sobre el cultivo y el crecimiento del bambú japonés. El cuento dice que, una vez plantada la semilla, la planta tarda siete años en brotar del suelo. Esos siete años son el tiempo que la planta necesita para generar el complejo sistema de raíces que soportará –una vez transcurrido ese período– semanas de rápido crecimiento y consolidación. ¡Todo un desafío para impacientes!

¿Cómo aguardar los resultados de las grandes decisiones o apuestas de nuestra vida? Por un lado, con la confianza que dan el esfuerzo, la dedicación y la entrega con los que afrontamos nuestras metas (sobre todo aquellas que surgen de la reflexión sobre uno mismo) y, por otro lado, con la espera paciente, pero no inactiva, de los ansiados frutos (debemos estar vigilantes para garantizar que el terreno donde hemos plantado nuestra semilla mantiene las condiciones adecuadas para que pueda germinar). Como se indica en la novela “El Conde de Montecristo”, de Alexandre Dumas, toda la sabiduría humana se encierra en estas dos palabras: confiar y esperar. Si la apuesta es firme, crecerás.

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