AUTOPÍAS, REFLEXIONES

Contando desde cinco

Lunes, 5 de abril. Finalizada la Semana Santa (salvo en algunas regiones, donde hoy también es festivo), y dejando de lado las particularidades de los calendarios escolares, empieza un nuevo mes que es, además, inicio de un nuevo trimestre (al menos, en lo que a días hábiles se refiere).

He aquí la paradoja sobre la que hoy quiero llamar la atención: es día 5 y hay un comienzo.

¿O es que siempre hay que empezar por el número 1?

Se dice que el número 5 representa al ser humano en su totalidad. Efectivamente, cada uno de nosotros estamos dotados de cinco sentidos (vista, oído, tacto, olfato y gusto), tenemos cinco dedos en cada mano y en cada pie y nuestro crecimiento y desarrollo como personas converge y se expande en cinco dimensiones (física, afectiva, racional, social y espiritual). Se dice, también, que el número 5 expresa libertad, aventura y cambio. ¿Acaso no estamos en constante evolución?

Confiemos, pues, en nuestra propia totalidad. Fijémonos en lo que nos dicen nuestros sentidos. ¿Hasta qué punto dejamos contaminar nuestra percepción por fantasías o temores imaginarios? Cultivemos nuestras propias dimensiones. ¿Cuál está más fuerte? ¿Cuál nos parece la más débil? ¿Cómo se interrelacionan entre ellas? Pongamos atención, tomemos conciencia… y escuchemos las respuestas de nuestra intuición y sabiduría interior.

Empezar no implica siempre partir de cero. En nuestro recorrido vital nos seguiremos encontrando primeras veces –¡qué sería de la vida si no nos brindara nuevas alternativas y oportunidades!–, pero las experiencias y los aprendizajes previos suman puntos para afrontar con garantías los retos y los desafíos que irán apareciendo en el camino.

Yo, esta semana, empiezo a contar desde 5. ¿Y tú?


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AUTOPÍAS, CONCEPTOS, ENEAGRAMA, REFLEXIONES

Instintos básicos

No todos tenemos las mismas preocupaciones, ni reaccionamos de la misma manera a los desafíos que nos plantea la vida. Lo estamos viendo de forma clara, por ejemplo, en las inquietudes –cuando no directamente en las acciones– que manifestamos cada uno de nosotros en relación a la pandemia que estamos viviendo. ¿Qué es lo que nos mueve a sentir y a actuar, de acuerdo a un mismo patrón predeterminado, en cualquier circunstancia?

Nuestras respuestas obedecen, en gran medida, a las necesidades básicas, primarias e inconscientes que, en nuestra primera infancia, y en un esfuerzo de adaptación al entorno en el que debíamos dar nuestros primeros pasos, configuraron nuestros instintos, es decir, los patrones de pensamiento, emociones y conductas sobre los que fuimos construyendo nuestra identidad –diferenciándonos de los demás– y sobre los que radica nuestra forma de ser y estar en el mundo.

Según el Eneagrama de la Personalidad, sobre el que ya hablé en la entrada La cuadratura del círculo, en nuestro centro visceral conviven tres instintos primarios: el instinto de conservación, el instinto social y el instinto sexual. Estos tres instintos coexisten de forma jerárquica, de mayor a menor desarrollo, siendo uno de ellos el instinto dominante a costa de los otros dos instintos, que quedan relegados a un segundo y tercer plano. Lo ideal es que en esta jerarquía haya, pese a su propia configuración decreciente, un cierto equilibrio: una acusada descompensación entre los niveles de desarrollo de cada instinto puede ser fuente de problemas. El instinto dominante determina, en cualquier caso, matices y diferencias en cada uno de los tipos de personalidad o eneatipos, de ahí que en cada uno de ellos se hable de subtipos conservación, social o sexual.

Veamos algunas pinceladas de cada uno de los instintos que habitan nuestro centro visceral:

El instinto de conservación (también llamado autoconservación) está directamente relacionado con la necesidad de sentirse seguro y se traduce en preocupaciones y acciones orientadas a la búsqueda de condiciones óptimas que permitan alcanzar una situación de bienestar. Este instinto pone el foco en la salud, el orden, el hogar, el abastecimiento, la economía y, en definitiva, en todo lo que gira alrededor del concepto de supervivencia.

El instinto social (también llamado navegador) impulsa al individuo a una constante interacción social en busca de aceptación y reconocimiento. Una de las características de este instinto es el deseo de establecer vínculos de unión y pertenencia que permitan crear grupos o comunidades que usar como referencia o apoyo. El instinto social se traduce, por tanto, en un afán de estar rodeado (de forma activa, haciendo actividades) con otras personas.

El instinto sexual (también llamado transmisor) se manifiesta en el deseo de intimidad con otra persona y en el propósito de dejar un legado (no solo en un contexto biológico, entendido como descendencia, sino en sentido amplio, como transmisión de valores o ideas). Este instinto se caracteriza por una búsqueda constante e intensa de nuevos estímulos para la que despliega todas sus armas de seducción y cortejo.

Como decía más arriba, en todos nosotros conviven, jerárquicamente, estos tres instintos. ¿Reconoces, en este esbozo, cuál es el instinto dominante que guía tus preocupaciones y acciones cotidianas y define tu respuesta ante cualquier situación sobrevenida?  Y, respecto a los otros dos… ¿te resuenan o son desconocidos para ti?


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AUTOPÍAS, REFLEXIONES

Contando hacia delante

De repente, se enciende una luz: en medio de las ocupaciones diarias, surge una idea sobre la que escribir en la próxima entrada del blog. A veces, esa luz emana de un potente foco que alumbra no solo el tema a tratar, sino también las experiencias o conocimientos de los que puedo tirar para desarrollarlo (intento que todo lo que escribo esté relacionado conmigo), el formato del artículo (más divulgativo o metafórico) o la distribución del contenido en un número concreto de párrafos (una media de cuatro párrafos por cada texto). Otras veces, en cambio, la luz proviene de una débil y desgastada bombilla parpadeante que hay que apretar para que haga mejor contacto con el casquillo y que hay que limpiar para que ofrezca una luz más clara y brillante.

Sea como fuere, esa luz –vamos a llamarla inspiración– ha estado ahí semana a semana y me ha permitido alcanzar la cifra de 100 entradas publicadas que hoy quiero celebrar contigo. Aunque parece que fue ayer, la verdad es que ya hace casi dos años que comencé a escribir estas autopías. Por aquel entonces, dudaba de mi capacidad para encontrar y desarrollar temas con los que mantener la periodicidad semanal de publicación a la que me comprometí desde el principio. Sin embargo, el tiempo (acompañado de implicación, esfuerzo y constancia, así como de comentarios positivos sobre el valor de cada entrada) ha demostrado que esas dudas eran infundadas.

Este recorrido hasta llegar a esta entrada número 100 me deja, como aprendizaje, el descubrimiento de que cada artículo tiene vida propia una vez publicado en el blog. Así, si tomamos como indicador el número de visitantes o lectores, algunas de las entradas que, en mi opinión, iban a tener un mayor impacto se han quedado en registros medios, mientras que entradas que yo consideraba más convencionales, o con menos fondo, han batido récords en lo que a visitas se refiere. Sé que los algoritmos que rigen el mundo digital en el que vivimos son inescrutables. En cualquier caso, desapegarme de cada entrada, una vez publicada, me ayuda a rebajar mis expectativas y mi nivel de autoexigencia en el proceso de escritura.

Hablando de número de visitantes, y aprovechando que estamos en diciembre –mes propicio para los balances–, la entrada más leída este año ha sido Volverse océano, inspirada en la historia de Khalil Gibran sobre el miedo del río a desembocar en el mar. Se trata de una metáfora que todos podemos compartir en un momento dado de nuestra vida y que a mí me resuena con fuerza en el contexto vital en el que me encuentro. ¿Será 2020 mi propio océano? Es una suerte, por tanto, reencontrame con este mensaje de tránsito y evolución cada vez que compruebo las estadísticas de visitantes, lectores y seguidores. El autor arroja la botella al mar, esperando que el papel guardado en su interior llegue a buen puerto, y el oleaje devuelve la botella a su propia orilla.

Confío en que la luz inspiradora de la que hablaba antes me siga acompañando en las próximas semanas. Por si acaso, por si algún día no se enciende, o para hacerla aún más brillante, te invito a hacerme llegar tus sugerencias sobre temas relacionados con el autoconocimiento y el crecimiento personal que creas que puedan tener cabida, o un mayor desarrollo, en este blog. Puedes hacerlo a través del formulario de contacto de mi página web o bien a través de las redes sociales que aparecen enlazadas a pie de página. Si eres lector habitual, gracias por acompañarme, con mayor o menor asiduidad, en estas 100 entradas. Si me has leído hoy por primera vez, ojalá vuelvas para seguir compartiendo autopías. Rumbo al cambio. ¿Te vienes?


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AUTOPÍAS, CONCEPTOS

Beneficios invisibles

¿Cuántas veces has intentado cambiar algo de ti o de tu vida? ¿Cuántas veces lo has conseguido? No siempre es fácil hacerlo. Desde una perspectiva racional, todo parece más sencillo: intuimos qué es lo que no funciona, sabemos qué es lo que no nos conviene, conocemos alternativas a partir de los ejemplos que vemos a nuestro alrededor… Sin embargo, cuando nos ponemos manos a la obra –diseñando gestos y acciones orientados al cambio– surgen resistencias que nos impiden avanzar en nuestro desarrollo personal, profesional o social. Nos resistimos a abandonar determinados hábitos, comportamientos, creencias… ¿Qué hay en ellos para que nos quedemos atascados ahí?

En general, cuando nos proponemos un propósito concreto (la misión, el objetivo que queremos conseguir), tenemos muy claro qué beneficio o beneficios queremos lograr. Lo que no identificamos con tanta facilidad es el beneficio secundario que podemos perder al modificar comportamientos, hábitos o creencias que no nos sirven para alcanzar nuestras metas. Si encontramos resistencias al cambio es porque hay un valor oculto en ellos. De hecho, la importancia del beneficio secundario es tal que preferimos mantener el statu quo –incluso siendo conscientes de que estamos estancados– antes que explorar o luchar por otras opciones.

Encontrar resistencias nos genera frustración, y la frustración nos lleva a buscar explicaciones. Así, nos preguntamos por qué mantenemos comportamientos desacompasados, hábitos anacrónicos, creencias limitantes… Y las respuestas que encontramos no son más que autojustificaciones victimistas que no hacen más que alimentar esa frustración. Mario Benedetti hizo popular la frase cuando teníamos las respuestas, nos cambiaron las preguntas. Y eso es lo que propongo para vencer las resistencias: cambiar la pregunta por qué por para qué. ¿Para qué nos sirve este comportamiento, ese hábito, aquella creencia? ¿Qué ganamos con ellos? ¿Qué tienen para que decidamos mantenerlos incluso en situaciones difíciles, problemáticas o insatisfactorias de nuestra vida?

Recibir atención, ser merecedor de reconocimiento o afecto, ser útil a los demás, llenar nuestro vacío interior… Estos son algunos de los beneficios ocultos por los que nos empeñamos en mantener comportamientos, hábitos y creencias que ya no nos satisfacen o que no encajan con lo que realmente somos. Una vez detectados, conviene centrar la atención en los beneficios que queremos lograr con nuestro objetivo de cambio. ¿Merece la pena renunciar al beneficio oculto? ¿Cómo podemos hacer que el beneficio secundario quede integrado –si no lo está aún– en la meta que queremos alcanzar? Ante las resistencias solo hay dos opciones: aferrarse o avanzar.


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AUTOPÍAS, CONCEPTOS, LECTURAS

Mentalidades contrapuestas

El punto de vista que adoptas para ti mismo afecta profundamente a la forma en que llevas tu vida. Esta es la premisa en la que se basa Mindset. La actitud del éxito, una obra en la que Carol Dweck, profesora de Psicología Social en la Universidad de Stanford, reflexiona –a raíz de experiencias y estudios en el ámbito académico– sobre las mentalidades contrapuestas que estimulan o frenan la motivación, la personalidad y el desarrollo del individuo. Dichas mentalidades contrapuestas son la mentalidad fija y la mentalidad de crecimiento. Esta última, llamada mindset, se define como la capacidad humana de aceptar los defectos, debilidades y otros aspectos negativos del ser humano, y creer que es posible un cambio con la única finalidad de crecer, avanzar y alcanzar el éxito.

La mentalidad fija se articula en base a la creencia de que la inteligencia (y su manifestación en capacidades y habilidades) es estática: las cualidades personales que nos han sido dadas son inamovibles. El individuo que opera bajo este tipo de mentalidad concentra sus recursos en autoafirmarse permanentemente para convencer a los demás –y a sí mismo– de sus talentos. Según Dweck, las personas de mentalidad fija llenan su mente de pensamientos obstaculizadores que los llevan a evitar desafíos, a rendirse ante las dificultades, a minimizar sus esfuerzos, a ignorar cualquier crítica y a percibir los éxitos de los demás como una amenaza para sus propias capacidades. Se trata, por tanto, de una mentalidad determinista: el cambio debe producirse fuera.

La mentalidad de crecimiento, por el contrario, cree posible desarrollar la inteligencia para cambiar y crecer por medio de la dedicación y la experiencia. En palabras de Dweck, el verdadero potencial de una persona es desconocido; es imposible predecir lo que puede conseguirse tras años de pasión, esfuerzo y práctica. La mentalidad de crecimiento, con gran predisposición al aprendizaje, no teme a las dificultades: busca nuevos retos y desafíos, persiste ante los obstáculos, entiende el esfuerzo como un camino hacia el éxito, escucha las críticas para conocer posibles rasgos ocultos de sí mismo e interpreta los éxitos de otros como una fuente de inspiración para su propia superación personal. El mindset, a diferencia de la mentalidad fija, se basa en la creencia en el cambio interior.

¿Qué tipo de mentalidad crees tener? Para comprobarlo, basta con reflexionar sobre la actitud con la que te enfrentas a desafíos, obstáculos, esfuerzos, críticas, comparaciones… Lo bueno es que las mentalidades son creencias que podemos cambiar. ¿Cómo hacerlo? En primer lugar, no dejes que tu mentalidad fija te juzgue: supera sus límites buscando nuevas posibilidades en las que desarrollar necesidades, estrategias o capacidades. En segundo lugar, asume el protagonismo, desde la mentalidad de crecimiento, aceptando riesgos y desafíos –todas las opciones son posibles– hasta implementar el cambio que necesitas. ¿Con qué mentalidad vas a afrontar la semana? Tú decides.


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AUTOPÍAS, COACHING

Coaching, una actividad profesional

La Asociación Española de Coaching (ASESCO), de la que formo parte, celebró en Madrid el pasado sábado, 16 de marzo, una Jornada para la Profesionalización del Coaching y el Desarrollo de Personas y Organizaciones. El acto, encuadrado en la conmemoración del 18º aniversario de la fundación de ASESCO, se articuló en torno a la presentación de El Libro Blanco del Coaching, un texto que –como se indica en su introducción– pretende aportar a esta disciplina una herramienta que le dé valor y que sitúe a la profesión en el lugar que le corresponde.

Si miramos a nuestro alrededor, el coaching parece estar de moda: la radio y la televisión incorporan coaches en sus programas estrella, se multiplica la publicidad de coaching en redes sociales, proliferan anuncios en marquesinas y farolas… Pero… ¿es realmente coaching todo lo que se oferta? Como señala El Libro Blanco del Coaching, la etiqueta coaching se ha extendido a otras actividades alejándose de la propia definición de coaching, de la motivación subyacente que da lugar a los procesos de coaching y de las funciones (e incluso competencias) de los profesionales del coaching.

En este sentido, El Libro Blanco del Coaching define esta disciplina como un proceso de acompañamiento, no directivo y orientado a la acción, en el que un profesional (coach) acompaña a su cliente (coachee) a conseguir objetivos concretos. Es el cliente quien define sus propios objetivos: el coach facilita, con su trabajo, que su cliente se apropie de los recursos internos de los que dispone, o a los que puede acceder, para lograr dichos objetivos. Esa labor facilitadora –o catalizadora– se realiza, con discreción y sencillez, desplegando un repertorio de herramientas –escuchadoras y acompañantes, como sugiere el texto– que permiten al cliente avanzar hacia la consecución de las metas que se ha propuesto.

Todo proceso de coaching incluye dos componentes fundamentales: responsabilidad y compromiso. El cliente se compromete con el proceso participando activamente en la definición de sus objetivos y en la identificación y refuerzo de los recursos que necesita para alcanzar sus metas. Además, se hace responsable de las decisiones que va adoptando durante el proceso. El compromiso y la responsabilidad del coach, por su parte, se manifiestan en competencias profesionales tales como la definición de un acuerdo de coaching (previa verificación de que el coaching es la disciplina más apropiada para las demandas del cliente), la creación de un espacio de confianza mutua, la escucha activa, la formulación de preguntas poderosas, la comunicación directa, la capacidad de estimular y ampliar la conciencia del coachee, la planificación de las metas definidas por el cliente, el diseño de las acciones que conducirán a su consecución y la gestión del proceso de acuerdo a estándares de ética y confidencialidad.

En el contexto actual de falta de regulación es fácil confundir el coaching con otras disciplinas como psicoterapia, asesoría, consultoría, mentoring, formación… (en realidad, el coaching puede considerarse una disciplina técnica complementaria a todas ellas). Conviene tener claro, por tanto, que el coaching persigue fomentar –desde el presente, con orientación a futuro– el crecimiento personal y profesional de sus clientes, centrándose en cuestiones concretas y desarrollando habilidades y capacidades que les permitan conseguir sus metas u objetivos. Esa es la esencia del coaching. Las herramientas concretas que se aplicarán en los procesos dependerán de la formación y creatividad de cada coach, siempre de acuerdo a dicha filosofía. Como afirmaba José Miguel Gil Coto, presidente de ASESCO, durante la presentación, es hora de tomar conciencia de la importancia de nuestro trabajo y hablar de coaching en términos profesionales.


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AUTOPÍAS, CONCEPTOS

Viaje al interior de la pirámide

Buena parte de las entradas publicadas en este blog se refieren –directa o indirectamente, consciente o inconscientemente– a la importancia de contactar con nuestras propias necesidades. Cada necesidad pone de manifiesto una carencia (una figura que requiere ser completada) y orienta al individuo –mediante un impulso o movimiento– hacia su satisfacción. De esta manera, las necesidades son la base de nuestro sustento y evolución. Algunas pueden satisfacerse fácilmente: si tenemos sed, basta con ir a la cocina a beber un vaso de agua. La satisfacción de otras necesidades, en cambio, resulta más compleja. En estos casos, las necesidades acaban convirtiéndose en deseos o anhelos que, si no se enfocan adecuadamente, hunden al individuo en una sensación de insatisfacción permanente.

El psicólogo Abraham Harold Maslow (1908-1970) es el autor de una de las clasificaciones más conocidas de las necesidades humanas. Su enfoque, conocido como la pirámide de Maslow, defiende una concepción jerarquizada de las necesidades, desde las exigencias biológicas básicas hasta la autorrealización, en la que es necesario satisfacer las necesidades de nivel inferior para poder acceder a las necesidades, de mayor valor, de los niveles superiores. El trabajo de Maslow no es solo una enumeración de las necesidades humanas, sino también una reflexión sobre la línea de desarrollo del ser humano.

Maslow sitúa, en la base de la pirámide, las necesidades primarias o biológicas (alimento, bebida, vestido, vivienda). Sobre ellas se encuentran las necesidades de seguridad (la necesidad de sentirnos seguros en el entorno que nos rodea y ante el futuro que nos espera), que obtenemos mediante sistemas y vínculos de protección y cuidado. A continuación se sitúan las necesidades de pertenencia, grupo en el que se incluyen el afecto, la amistad o el amor. El siguiente nivel lo ocupan las necesidades de autoestima (el prestigio, el reconocimiento y la capacidad de valerse por uno mismo). Finalmente, ya en la cúspide de la pirámide, se hallan las necesidades de autorrealización o trascendencia (el desarrollo pleno de las capacidades propias de cada individuo).

Este modelo es el que se ha tomado como referencia en la sociedad occidental contemporánea. No obstante, los conceptos de seguridad, pertenencia, autoestima y autorrealización se han ido resignificando en cada época de acuerdo a presiones sociales, grupales o familiares, a los intereses de la publicidad o a la evolución de las modas. El camino hacia la autorrealización pasa, según parece, por una serie concreta de exigencias. Los mensajes –pautas– externos acaban por confundir al individuo, que diluye sus necesidades de acuerdo a lo que, en teoría, se espera de él. Prevalecen, por tanto, las necesidades de otros (la familia, el grupo social de referencia, el sistema).

Propongo mirar más allá de los bloques externos que dan forma a la pirámide de Maslow. Imagina que su interior alberga distintas cámaras o dependencias, como ocurría en las pirámides del Antiguo Egipto. Piensa, incluso, en la posible existencia de compartimentos secretos. Es ahí, mirando al interior, donde podrás contactar con tus necesidades más auténticas, aquellas que son realmente tuyas. Dedícate tiempo para embarcarte en esta expedición al interior de la pirámide: mira qué se está moviendo dentro de ti, averigua qué te quiere decir tu sabio interior. Conocer tus necesidades te ayudará a establecer tu propia jerarquía: puede haber grandes necesidades que requieran, como paso previo, la satisfacción de otras necesidades más pequeñas. Contactar con las propias necesidades es ya, en sí mismo, una forma de autorrealización.


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AUTOPÍAS, CONCEPTOS, GESTALT

Cerrar para abrir y continuar

La vida, lo he comentado alguna vez en este blog, es una sucesión de ciclos que se dan de forma continua o simultánea y que vamos completando (o abandonando) según nuestros deseos, capacidades, necesidades o responsabilidades. En todo ciclo vital hay siempre un punto de origen (el día de nuestro nacimiento, el primer día de clase, el día en que formalizamos una relación de pareja, nuestro primer día de trabajo, el día en el que nace nuestro hijo…), un desarrollo que le da forma y, para bien ser, debería haber un cierre en el que asimilar lo que hemos vivido a lo largo del proceso, aunque esto no siempre es posible: algunos ciclos quedan abandonados, a la espera de una conclusión futura; otros se acaban abruptamente, sin apenas darnos tiempo a reaccionar.

Este fin de semana he vivido, en el último taller de la formación en Teoría y Técnicas Gestálticas que estoy cursando, una de esas experiencias de cierre. Aunque la formación continúa (quedan trabajos por hacer y requisitos adicionales por cumplir), se clausura el espacio abierto hace más de tres años en el que, de forma vivencial, y gracias a la implicación de todos los compañeros de promoción, hemos podido experimentar, en carne propia, y también en la relación con los otros, los fundamentos de la Terapia Gestalt. Este último taller, en modo despedida, nos ha servido para valorar nuestro propio crecimiento, reconocer el trabajo y la evolución de los compañeros de este grupo de formación y agradecer el aprendizaje que, unos a otros, por vivencia o resonancia, hemos ido compartiendo.

Y, como en todo cierre, quedan en el aire preguntas que, a su vez, abren la puerta a nuevos ciclos y oportunidades. ¿Cómo mantener la relación frecuente con los compañeros ahora que desaparece nuestro espacio de reunión? ¿Qué otros espacios puedo buscar para seguir profundizando en mi autoconocimiento? ¿Y qué aplicaciones puedo darle a lo aprendido? En este sentido, cabe recordar que la Gestalt, una corriente humanista-fenomenológica de la Psicología creada por Fritz Perls a mediados del siglo XX, es mucho más que una forma de hacer terapia: es también una herramienta aplicable a otras disciplinas (la educación o el coaching, por ejemplo) y es, ante todo, una forma de vida.

Solo el verdadero contacto con uno mismo facilita una relación auténtica con los demás y con lo que nos rodea. Para ello, la Gestalt nos invita a vivir en el aquí y en el ahora. El pasado ya se fue, el futuro aún no ha llegado: solo nos queda el presente como lugar y tiempo en el que vivir nuestra existencia. Las preguntas clave para conectar con el aquí y el ahora son ¿qué me está pasando? y ¿cómo me siento? Si no somos capaces de encontrar una respuesta también podemos preguntarnos ¿qué estoy evitando? Enclavados en el aquí y en el ahora surgirá el darse cuenta entendido como toma de conciencia o capacidad de percatarse de lo que está ocurriendo.

Puede ocurrir que ese darse cuenta nos deje confusos. Por eso, conviene no olvidar otros fundamentos de la Gestalt, como el principio de responsabilidad: somos responsables de nosotros mismos. En general, tenemos por costumbre derivar hacia los otros la responsabilidad de lo que ocurre olvidando que nuestras emociones, pensamientos y comportamientos, aunque sean fruto de unos estímulos exteriores, no dejan de ser una manifestación propia del individuo. No puede haber verdadero contacto, con uno mismo y con el otro, si no nos apropiamos de lo que somos, sentimos, pensamos y hacemos. Debemos admitir, también, que somos un sistema de opuestos o polaridades complementarias (fuerte-débil, tierno-agresivo, dominante-sumiso…): unas veces nos aproximamos más a un polo, otras veces a su contrario. El auténtico contacto solo es posible cuando aceptamos que, como individuos, somos una secuencia interminable de polaridades.

La vivencia del aquí y el ahora, el darse cuenta, el principio de responsabilidad y la integración de las polaridades nos permiten identificar, aceptar y satisfacer nuestras necesidades, anhelos e ilusiones. Puede que, en el proceso, aparezca el miedo y nos quedemos estancados. Si esto ocurre, te invito a preguntarte ¿qué pasa si…? No dudes en experimentar todo aquello que, aunque pueda parecer difícil, pueda reportarte un mayor bienestar. Al fin y al cabo, la vida es una sucesión de ciclos que se cierran, se interrumpen, se abandonan o evolucionan para dar paso a otros ciclos –nuevas puertas o ventanas que se abren– en los que vivir de otra manera. Por ejemplo, de una manera gestáltica.


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AUTOPÍAS, CONCEPTOS, LECTURAS

Dos caras de una misma moneda

El mes pasado, coincidiendo con mi cumpleaños, una amiga me regaló un libro titulado El extraño orden de las cosas (Ediciones Destino), obra del neurólogo y neurocientífico Antonio Damasio. El texto responde a la inquietud del autor por el afecto humano y por la relevancia de los sentimientos como factores de motivación y agentes de control y negociación de las empresas culturales humanas, es decir, del desarrollo de las diferentes civilizaciones y culturas. En su opinión, los sentimientos –entendidos como respuestas anímicas a sensaciones percibidas y vehiculizadas a través del organismo que acaban por convertirse en una forma de experiencias mentales– son responsables del proceso de homeostasis o autorregulación que garantiza la supervivencia y el progreso de la vida.

En sus consideraciones iniciales, Damasio menciona el dolor y el placer como sentimientos motores de la evolución. El dolor, por ejemplo, ha sido un acicate para el ser humano en la búsqueda de soluciones y remedios con los que mitigarlo o erradicarlo. Así se explicaría, por ejemplo, el desarrollo que han experimentado la Ciencia y la Medicina a lo largo de la historia. Sin embargo, no hay soluciones para todo y el sufrimiento sigue siendo (y me atrevo a decir que siempre será) inherente al individuo. Y eso me suscita varias preguntas: ¿qué hacemos con nuestro dolor? ¿Nos adentramos en su interior? ¿Intentamos conocerlo y aceptarlo para así poder transformarlo? ¿O, por el contrario, apartamos la mirada, lo ignoramos y evitamos afrontarlo?

El placer, por su parte, mueve al individuo hacia la satisfacción de sus necesidades físicas, psíquicas, lúdicas, emocionales o intelectuales con el objetivo de alcanzar un estado de bienestar. La Filosofía se ha preocupado ampliamente de la búsqueda del placer y la felicidad por parte del ser humano (ahí están, por ejemplo, los trabajos de Epicuro de Samos o Santo Tomás de Aquino). Hoy en día, el concepto de bienestar se ve corrompido por la sociedad de consumo imperante. La oferta de actividades y propuestas orientadas al placer se ha multiplicado incluyendo opciones que hasta ahora no habíamos imaginado. Pero, ¿cómo entendemos el placer? ¿Es una distracción externa, o una realidad vinculada a una predisposición interior?

Recuerdo que, siendo niño, disfrutaba mucho viendo cómo mis abuelos hacían girar una moneda, puesta de canto, sobre una superficie lisa. La moneda giraba sobre su propio eje y sus dos caras, en movimiento, parecían configurar una esfera. En términos metafóricos, la vida podría ser esa moneda: en el anverso, la motivación hacia el placer; en el reverso, la preocupación por el dolor propio y ajeno. Las dos caras están obligadas a convivir. Y, para ello, no hay otro camino que la integración y la conciliación de sentimientos aparentemente contradictorios. Que no te importe de qué lado cae, finalmente, la moneda. Disfruta de su movimiento mientras gira.


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