AUTOPÍAS, COACHING, HERRAMIENTAS DE COACHING

Tres de tres

En este blog he escrito muchas veces sobre la necesidad de planificar objetivos y diseñar acciones que nos permitan cambiar una situación que no nos satisface, nos resulta incómoda o nos mantiene estancados por otra en la que, desplegando nuestro potencial, podamos sentirnos conectados y realizados. Este tránsito entre la situación actual y la situación deseada no se produce de la noche a la mañana, sino que requiere de un proceso. El coaching es, precisamente, ese proceso de entrenamiento personalizado y confidencial, mediante un gran conjunto de herramientas, que ayudan a cubrir el vacío existente entre donde una persona está ahora y donde se desea estar (definición de la Asociación Española de Coaching, ASESCO). Pero, ¿qué elementos entran en juego en cada proceso de coaching?

El primer elemento para que se dé un proceso de coaching, y para que este pueda funcionar, es la motivación al cambio. Si no tienes ilusión y no estás convencido –aunque sea mínimamente– de tus posibilidades, ¿cómo vas a arriesgarte a afrontar nuevos retos? La motivación, por tanto, tiene que ser superior al miedo. ¡Ojo! Esto no quiere decir que, inicialmente, no sigamos teniendo temores: se trata de alzarnos contra el conformismo y el victimismo para explorar nuevas opciones. En este sentido, la motivación se alimenta de la autocreencia o capacidad de creer en uno mismo, una capacidad que se desarrolla confiando en lo que hacemos y dando valor a lo que somos (es decir, cultivando nuestra autoestima).

Un segundo elemento fundamental es la toma de conciencia. Hay que poner conciencia sobre lo que no está funcionando, realmente, en la situación actual; sobre lo que queremos conseguir al alcanzar la situación deseada; y, especialmente, sobre las opciones y alternativas que están a nuestro alcance para pasar de una situación a otra. Se trata de descubrir nuevas perspectivas, abrirse a nuevas posibilidades. Pero… ¡cuidado! Esto no va de que alguien –el coach– te diga lo que tienes que hacer, sino de averiguarlo por ti mismo a través de una serie de herramientas –generalmente, preguntas– que te ayudarán a emprender acciones alineadas con tus capacidades, tus competencias y tus valores.

Así llegamos al tercer elemento clave en todo proceso de coaching: la responsabilidad. Me gusta mucho la definición de este concepto que surge de su división en respons-(h)abilidad: la responsabilidad como habilidad de responder, como capacidad de dar respuesta –libremente, desde lo que somos y lo que necesitamos en cada momento– a los desafíos que nos presenta la vida. Responsabilizarse implica convertirnos en protagonistas de nuestro proceso de cambio decidiendo, de forma activa, las estrategias y las acciones que vamos a poner en marcha para alcanzar nuestras metas. Y la única manifestación real de la responsabilidad es el compromiso.

Todos estamos dotados, de una manera u otra, de la capacidad de motivación, toma de conciencia y responsabilidad. No obstante, esta capacidad se diluye, a veces, en el diálogo con nosotros mismos: la motivación flaquea (la sombra del miedo es alargada), la toma de conciencia se topa contra un muro o se tapa con una venda (somos hábiles para escaparnos de aquello que no queremos ver o de aquello a lo que nos resistimos) y la responsabilidad se escabulle o se diluye (es más fácil colocarla fuera de nosotros mismos que asumirla con todas sus consecuencias). En estos casos, el coaching se presenta como el acompañamiento perfecto para poner rumbo al cambio. ¿Te vienes?


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AUTOPÍAS, CONCEPTOS, REFLEXIONES

Diálogo interior: críticos contra aliados

Se acerca el momento de publicar una nueva entrada en el blog. El proceso no debería resultar difícil, ya que dispongo de una selección de temas sobre los que me gustaría escribir. Solo tengo que escoger uno de ellos, desarrollarlo y colocarlo aquí. Sin embargo, a pesar de contar con apuntes iniciales sobre cada tema, el cursor parpadea sobre el fondo blanco de la pantalla sin saber qué escribir. Varias preguntas emergen en mi mente. ¿Es realmente útil y oportuno lo que quiero contar? ¿Encontraré las palabras adecuadas para elaborar un texto claro y conciso que pueda aportarte algo? ¿Seré capaz de superar o, al menos, de mantener el nivel de las entradas anteriores? El proceso creativo se interrumpe con la aparición del perfeccionismo y de la autoexigencia.

Ambos condicionantes, perfeccionismo y autoexigencia, son el resultado de un diálogo con nuestro crítico interior. Detrás de ellos suele estar el miedo a no alcanzar las expectativas que nos hemos fijado nosotros mismos o que creemos que los demás han depositado en nosotros, el miedo a salir de nuestra zona de comodidad o el miedo a exponerse al juicio de los demás. Llevados al extremo, perfeccionismo y autoexigencia producen estrés, ansiedad y frustración y nos abocan a la parálisis o al abandono de nuestros proyectos. ¡Qué difícil avanzar cuando somos nosotros mismos quienes nos limitamos!

El crítico interior se centra en aspectos que consideramos negativos de nosotros mismos: carencias, defectos… Pero, ¿qué ocurre si cambiamos el foco? Te propongo apostar por un diálogo interno constructivo que refuerce tus habilidades, actitudes y aptitudes. Racionaliza los mensajes que te diriges a ti mismo y modifica tus patrones de pensamiento. Recuerda experiencias de éxito pasadas: ¿realmente fueron tan perfectas? Convierte tu crítico interior en tu aliado interno. Así me he enfrentado yo a la redacción de este artículo: rememorando el proceso de creación de las entradas precedentes, conectando con lo que sentí cuando estuvieron publicadas y siendo consciente de que, con mayor o menor acierto, he dado lo mejor de mí.

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