AUTOPÍAS, HERRAMIENTAS DE COACHING

El tiempo que se escapa

Este fin de semana se ha producido, un año más, el cambio oficial de hora. La medida, que se aplica en España –al igual que en otros países– desde hace décadas, tiene como objetivo ahorrar energía, fundamentalmente la que se emplea para iluminación. No obstante, este criterio parece estar en discusión y, de hecho, se han publicado datos contradictorios al respecto. Por otro lado, son muchas las voces –aunque tampoco hay estudios concluyentes– que alertan de las alteraciones que el cambio horario puede suponer para la salud: trastornos del sueño, mayor cansancio y fatiga, cambios de humor, problemas de concentración… El debate está abierto. Pero, al margen de la hora adelantada (en marzo) o retrasada (en octubre), quizá sea bueno reflexionar sobre el uso que damos a nuestro tiempo.

Es probable que, inmersos en la rutina, no tengamos una idea clara (o peor aún, tengamos una idea equivocada) sobre la forma en la que distribuimos las 24 horas del día. Unos más, unos menos, todos tenemos horarios hechos de obligaciones y compromisos. Pero… ¿cuánto tiempo dedicamos a aquello que nos gusta y satisface? ¿Por dónde se escapa el tiempo que nos falta para hacer otras actividades o invertir en nuestro mejor descanso? Te propongo llevar un registro, durante una semana, del tiempo que dedicas a cada una de las acciones que vas completando en tu día a día (aseo, desayuno, desplazamiento al trabajo, horas de trabajo, comida, horas de clase, actividades complementarias, tiempo de ocio, ejercicio físico, cena, horas de sueño…).

Una vez que hayas completado el registro, dibuja en un papel el horario de un día-tipo. Puedes usar colores para diferenciar actividades (sueño, alimentación, trabajo, ocio) y obtener así una mejor representación gráfica de la distribución de tu tiempo. A continuación, coge un papel en blanco para dibujar el horario que realmente te gustaría tener. Comienza visualizando cómo te gustaría distribuir la jornada, qué actividades querrías hacer, cuánto tiempo dedicarías a cada una de ellas… Advierte, también, las sensaciones que se están produciendo en tu cuerpo al visualizar este horario. Con todo ello, y con distintos colores, confecciona tu horario ideal.

Ahora, compara el horario real con el horario ideal. ¿Hay muchas diferencias entre ambos? Si no las hay, todo parece indicar que estás haciendo el uso del tiempo que realmente quieres. Si las hay, te invito a pensar en alternativas que te permitan ir aproximando el horario real al horario ideal. Evidentemente, hay horarios que no se pueden cambiar de la noche a la mañana (el horario de trabajo, el horario escolar…). No obstante, es posible encontrar fórmulas que, inspiradas en nuestro horario ideal, puedan hacer más práctico nuestro horario real. ¿Qué cosas de las que te gustaría hacer podrías ir introduciendo, en pequeñas píldoras, en tu rutina? Quizá puedas dar una utilidad a los atascos cotidianos, a la larga pausa para la comida que dejan las jornadas partidas o a esos minutos vacíos, al final de la tarde, que ahora se te escapan sin hacer nada.

Te invito a corregir, también, las disfuncionalidades que pueda haber ahora mismo en tu horario real: quizá no estés aprovechando las mejores horas para las actividades que realizas. Busca el momento de mayor concentración para afrontar las actividades que requieren un mayor nivel de atención, distribuye las tareas –en la medida de lo posible– para diversificar la jornada, agrupa las tareas que pueden acometerse de una vez… Y, sobre todo, mantente alerta frente a las distracciones recurrentes (por ejemplo, el teléfono móvil). Este domingo, el cambio oficial nos ha robado una hora. Pero… ¿cuánto tiempo perdemos cada día?


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AUTOPÍAS, CONCEPTOS, EMOCIONES, HERRAMIENTAS DE COACHING

Otra respuesta es posible

En las sucesivas entradas que he ido publicando en Autopías han ido apareciendo algunas pinceladas sobre emociones básicas del ser humano como el miedo, la alegría o la tristeza. Hoy voy a detenerme en el enfado, la manifestación más habitual de la ira. Algunos piensan que se trata de una emoción negativa. Sin embargo, se trata de una emoción necesaria en nuestra relación con el mundo: nos permite defendernos de amenazas exteriores (o defender personas y causas que nos importan) y nos ayuda a fijar límites en la interacción con los demás. El problema surge cuando no canalizamos y no expresamos de forma correcta el enfado, ya sea por exceso (hostilidad, agresividad) o por defecto (callando, reprimiendo).

Una de las formas más habituales de expresión del enfado en la que todos, más o menos, podemos reconocernos es la que aparece en cómics, historietas y tebeos: un bocadillo relleno de cabezas de cerdo, admiraciones, interrogaciones, berridos, arrobas, almohadillas, guantes de boxeo y yunques voladores hacen indicar que un personaje está enfadado. En estas situaciones, la emoción se representa de forma clara, pero el mensaje sobre la situación concreta que provoca el enfado se diluye en el exabrupto. Si queremos que nuestro interlocutor nos escuche, más allá de la pataleta, y  que atienda nuestras razones, necesitamos otro enfoque más asertivo. Por ejemplo, la Comunicación No Violenta.

El modelo de Comunicación No Violenta (CNV), desarrollado por el psicólogo estadounidense Marshall B. Rosenberg en los años setenta del siglo pasado, se define como un proceso de comunicación que ayuda a las personas a intercambiar la información necesaria para resolver conflictos y diferencias de un modo pacífico. Según el autor, la CNV nos orienta para reestructurar nuestra forma de expresarnos y de escuchar a los demás. En lugar de obedecer a reacciones habituales y automáticas, nuestras palabras se convierten en respuestas conscientes con una base firme en un registro de lo que percibimos, sentimos y deseamos. Y todo ello en cuatro –¿sencillos?– pasos.

En general, ante situaciones de enfado, tendemos a responder descalificando a nuestro interlocutor, impidiendo así una comunicación efectiva entre ambos: Has vuelto a retrasarte. ¡Eres un impresentable! Para evitar esta respuesta, Rosenberg propone: 1) Hacer una descripción lo más objetiva posible, libre de juicios y evaluaciones, de los hechos que han originado el enfado. 2) Expresar los sentimientos (disgusto, malestar, incomodidad) que esa situación nos genera. 3) Verbalizar las necesidades que emanan de esos sentimientos. Y 4) Formular una petición basada en la observación, los sentimientos y las necesidades que hemos identificado en los pasos anteriores. Si volvemos al ejemplo anterior, diríamos: Pasan 30 minutos de la hora a la que nos habíamos citado. Me molesta tener que esperar. Para mí es importante que se valore mi tiempo. Te pido, por tanto, que la próxima vez seas puntual o que al menos me avises si vas a retrasarte.

Reconozco que no siempre soy capaz de responder aplicando las pautas de la Comunicación No Violenta. No obstante, es un modelo que podemos entrenar. ¿Cómo hacerlo? De entrada, revisando las situaciones de enfado en las que no hemos actuado adecuadamente en el pasado y visualizándonos respondiendo de acuerdo a las recomendaciones de la CNV. Así iremos incorporando sus cuatro pasos en nuestro acervo relacional. Y también trabajando nuestra recepción empática: es probable que hayamos enfadado a alguien que quiera ponernos límites de acuerdo a las reglas de la CNV. ¿Estamos abiertos a una comunicación auténtica? Como recuerda Rosenberg, nos conectamos con los demás percibiendo primero lo que ellos observan, sienten y necesitan, y descubriendo después en qué enriquecerá su vida recibir lo que nos piden.


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