AUTOPÍAS, CONCEPTOS, REFLEXIONES

El juego de los yoes

Sillas

Supongo que alguna vez habrás jugado al juego de las sillas musicales, también conocido simplemente como el juego de las sillas. Para los despistados, se trata de ese juego en el que se disponen en círculo unas sillas (una silla menos que el número total de jugadores) para que los participantes desfilen en torno a ellas al son de la música, debiendo sentarse rápidamente cuando la música se para. El jugador que se queda sin silla –en la versión competitiva del juego– queda eliminado.

Pensando en este juego, me he dado cuenta de que solemos hacer algo parecido con cuatro yoes que viven en cada uno de nosotros: el yo que somos ahora (la suma de nuestros aprendizajes, experiencias y potencialidades ya descubiertas o aún por descubrir), el yo que fuimos en los primeros años de nuestra vida (el llamado niño interior), el yo del intelecto (nuestra parte racional, con sus pensamientos y creencias) y el yo del cuerpo (nuestra parte corporal, sensorial y emocional). En momentos determinados, uno de estos yoes se queda sin silla.

Por lo general, vivimos muy acompasados con la música que marca el devenir de nuestra vida –ya sea más lenta o dinámica, más alegre o más aburrida– y nuestros yoes, cada uno en su estilo, parecen disfrutar del baile. El problema viene cuando cambia la música, bien porque nos enfrentamos a un nuevo reto o porque debemos hacer frente a una situación sobrevenida. Con el cambio de música, alguno de nuestros yoes puede vacilar, perder el ritmo y, finalmente, cuando llegue el momento decisivo del juego, quedarse sin una silla en la que sentarse.

Así, por ejemplo, el yo que somos ahora puede quedar eliminado por una falta de autoestima o un error de autoconcepto (tener una imagen distorsionada de uno mismo). Por su parte, el yo que fuimos en los primeros años de nuestra vida puede quedarse descolgado si dejamos de lado cualquier atisbo de curiosidad, imaginación e inocencia. El yo del intelecto puede traicionarse a sí mismo por exceso (con un exceso de racionalización que derive en parálisis por análisis) o por defecto (inhibiéndose a favor de respuestas más impulsivas). Y, finalmente, el yo del cuerpo se puede quedar fuera del juego si no se escucha, si no atiende a sus propias necesidades.

La buena noticia es que, como ocurre en el juego de las sillas, no solo hay una versión competitiva del juego trata de ir eliminando participantes, sino también una versión cooperativa y solidaria que busca que, aunque no haya sillas suficientes, todos puedan encontrar un lugar donde sentarse. Basta con observarnos y utilizar los yoes más potentes (aquellos que tenemos más desarrollados) para estimular e integrar a los yoes que, en determinados contextos, y por una razón u otra, puedan quedarse descolgados.


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AUTOPÍAS, CONCEPTOS, PNL

Buscando modelos

…Y encontrando un modelo en ti

Magia

En varias ocasiones he hablado en este blog de la Programación Neurolingüística (PNL), un área de estudio sobre la comunicación y los patrones de comportamiento del ser humano que basa sus fundamentos en el tipo de lenguaje que empleamos, en las experiencias que acumulamos y en los procesos neurológicos que sustentan cada una de nuestras acciones. Pero… ¿cuál fue el origen de este enfoque?

Para situar el nacimiento de la PNL tenemos que remontarnos hasta los años setenta del pasado siglo, un período efervescente en el ámbito de la Psicología con la explosión y auge de distintas corrientes humanistas. Richard Bandler y John Grinder, los padres de la PNL, descubrieron que algunos psicoterapeutas de estas corrientes tenían, en sus intervenciones con pacientes, un porcentaje de éxito mucho mayor del que alcanzaban otros colegas. ¿Quiénes eran estos exitosos terapeutas?

Bandler y Grinder centraron sus estudios iniciales en tres figuras muy relevantes de aquella época cuya estela sigue brillando a día de hoy: Fritz Perls, el impulsor de la Terapia Gestalt; Virginia Satir, artífice de la implantación de la Terapia Sistémica en el ámbito familiar; y Milton Erickson, el creador de lo que se ha dado en llamar la Hipnosis Ericksoniana. Sería largo profundizar ahora en las características de estas corrientes, pero podemos acercarnos al sentir y al hacer de estos terapeutas a partir de algunas de las reflexiones que nos han legado:

  • Sé como tú eres, de manera que puedas ver quién eres y cómo eres. Deja por unos momentos lo que debes hacer y descubre lo que realmente haces (F. Perls).
  • La vida no es lo que se supone que debe ser. Es lo que es. La forma de lidiar con ella es lo que hace la diferencia (V. Satir).
  • Confía en tu inconsciente; sabe más que tú (M. Erickson).

Según explican Bandler y Grinder en La estructura de la magia, estas personas realizan la tarea de la psicología clínica con la facilidad prodigiosa de un mago terapéutico. Llegan hasta el sufrimiento, el dolor y la falta de vitalidad de los demás, transformando su desesperanza en alegría, vida y esperanzas recobradas. A pesar de que los diversos métodos que emplean son variados y tan diferentes como el día de la noche, todos parecen compartir una capacidad portentosa además de un poder único y peculiar. ¿Cómo descubrir esa estructura que se esconde tras la magia?

Los creadores de la PNL creen que es posible acceder a esa estructura mediante una herramienta fundamental: el modelado, es decir, el proceso que permite discernir la secuencia de ideas y de comportamientos que hace que una persona pueda tener éxito o alcanzar la excelencia en una determinada tarea o ámbito. En este proceso de discernimiento hay que tener en cuenta, además de los pensamientos y las actitudes, las emociones y las reacciones fisiológicas que se producen entre unos y otras.

Los comportamientos de las personas que queramos tomar como modelos y sus reacciones fisiológicas (al menos, aquellas que se exteriorizan de algún modo) son plenamente accesibles mediante la observación. Los pensamientos, por su parte, se manifiestan en el uso que hacen del lenguaje. Así, observando e identificando usos de lenguaje, reacciones fisiológicas y comportamientos es posible acceder a modelos o estructuras que nos permitan hacer algo nuevo, hacer algo mejor o hacer algo de forma diferente. ¿Sencillo, no? Pues no siempre.

Una de las razones por las que solemos fracasar a la hora de buscar modelos en los que inspirarnos es que tendemos a olvidar nuestra originalidad… y nos esforzamos únicamente en ser una copia lo más fiel posible de aquel al que tomamos como referencia. Otra razón es que, habitualmente, nos quedamos en las capas más superficiales del modelado, prestando más atención a lo accesorio que a esa estructura mágica que puede propiciar un auténtico cambio. ¿De dónde viene nuestra dificultad para alcanzar los niveles más profundos y eficaces del modelado?

Tal vez la causa sea nuestra aparente incapacidad o nuestra resistencia para conectar con la estructura profunda que habita en cada uno de nosotros. ¿Te has parado alguna vez a observar cuál es esa secuencia en la que se desarrollan tus propios pensamientos, reacciones fisiológicas y comportamientos? ¿Te has fijado en el tipo de lenguaje que empleas en cada uno de los ámbitos en los que te desenvuelves? ¿Cuáles son tus emociones y reacciones fisiológicas asociadas a tus pensamientos? ¿Cómo son tus estrategias y comportamientos?

Las técnicas del modelado de la PNL sirven tanto para buscar nuevos modelos como para identificar los modelos propios con los que ya actuamos cada uno de nosotros. Conociendo nuestros patrones tendremos mucha más información sobre lo que funciona y lo que conviene revisar en nuestra vida y sobre los modelos que podemos buscar fuera para enriquecer lo que ya tenemos dentro. Y, mejor aún, conoceremos nuestros modelos intrínsecos de éxito y excelencia, que también los tenemos. ¿O acaso lo dudas?


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AUTOPÍAS, CONCEPTOS, REFLEXIONES

Inventario

Hoy viene a mi cabeza, pensando en proyectos que acometeré en las próximas semanas, la palabra inventario. Un inventario, como todos sabemos, es una lista ordenada de bienes y demás cosas valorables que pertenecen a una persona, empresa o institución. Hay inventarios con efectos contables, inventarios con fines de localización de mercancías o depósitos (como ocurre en almacenes o bibliotecas) e inventarios domésticos, como aquellos que hacemos, de vez en cuando, con nuestros discos, libros, coleccionables… o con nuestra despensa, cuando planificamos la próxima compra.

El inventario es también, desde mi punto de vista, una pieza clave en todo proceso de desarrollo personal y profesional. En este caso, se trata de identificar y detallar todos los recursos de los que disponemos, entendiendo por recursos las capacidades, habilidades, emociones, creencias, ideas, experiencias, roles e incluso máscaras que hemos utilizado –y que, probablemente, seguimos utilizando– en nuestro recorrido por la vida, para después examinarlos y reordenarlos de acuerdo a nuestra situación actual y a nuestros propósitos futuros. Quizá haya que rescatar patrones antiguos que creíamos olvidados, o quizá sea el momento de potenciar recursos que, aun estando dentro de nosotros, nos parecían invisibles o insuficientes.

Cualquier inventario, ya sea en el crecimiento personal o profesional o en cualquier otro ámbito, no solo refleja lo que tenemos, sino también lo que nos falta: las existencias que tenemos que reponer, los nuevos productos con los que queremos conquistar el mercado… Cuando trabajamos sobre nosotros mismos, no suele ser fácil encontrar esos recursos complementarios que necesitamos para desarrollar al máximo nuestro potencial. De hecho, muchas veces nos esforzamos por buscar y copiar soluciones externas que no van con nosotros… sin darnos cuenta de que los recursos de los que disponemos son la base sobre la que construir nuevos valores, pensamientos y sensaciones.

Curiosamente, la palabra inventario tiene el mismo origen etimológico que el término invento. En concreto, la raíz in-venire, que significa venir hacia dentro. Tal vez una forma de completar nuestro inventario personal sea, por tanto, inventar nuevas opciones y alternativas a partir de los recursos que ya tenemos. Para ello solo hace falta desarrollar nuestra intuición, imaginación y creatividad, recursos con los que todos contamos de serie (aunque no nos consideremos artistas, o minusvaloremos nuestra capacidad creadora). Conviene recordar que, a la hora de buscar nuevos recursos, no se trata tanto de compararse con lo de fuera como de ver qué hacer con lo que tenemos dentro.

Cualquier momento es bueno para hacer un inventario de tus propios recursos… e inventar otros nuevos. ¡A por ello!


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AUTOPÍAS, CONCEPTOS, REFLEXIONES

Otros tiempos

¿Has tenido alguna vez la sensación de que el tiempo se te escapa de las manos? Suele ocurrir cuando no nos da tiempo a hacer todo lo que queremos, cuando no logramos cumplir los plazos que nos fijamos para determinadas tareas, cuando pensamos que estamos dedicando más tiempo del necesario a cuestiones que tendríamos que resolver más rápidamente (o incluso ignorar directamente) o cuando, por el contrario, sentimos que invertimos menos del tiempo del que deberíamos a cuestiones que consideramos más importantes que otras. En estas situaciones, parece que es el tiempo el que nos controla… en vez de gestionarlo nosotros.

Del tiempo he hablado ya varias veces en este blog. En concreto, hay casi una veintena de entradas que incluyen específicamente la palabra tiempo como etiqueta de catalogación y búsqueda, y a esas entradas hay que sumar muchas otras en las que aparece, de forma incansable, esa constante apelación a vivir aquí y ahora, en el presente. Pero el tiempo, como dimensión, es rico en matices, y por eso quiero volver a reflexionar hoy sobre él desde otras aproximaciones.

Primera aproximación: versos y frases proverbiales. ¿Quién no ha leído o escuchado aquello de cualquier tiempo pasado fue mejor? ¿Quién no lo ha pensado? Las respuestas a esta expresión, cuando la planteamos en forma de pregunta, suelen ser generalmente muy categóricas: sí o no. Olvidamos que todo tiempo tiene sus luces y sus sombras: el filtro de nuestra memoria destaca unas y desvanece otras en función de nuestra experiencia. Evocar el pasado solo tiene sentido si trascendemos la nostalgia, la melancolía o el desagrado (según nuestra impresión sobre los tiempos pretéritos) para actualizar, en el presente, aquello que pueda hacer de nuestro contexto actual algo mejor. ¿Con qué te quedas? ¿Qué rescatas? Lo mismo vale para quienes se escapan del presente creando un futuro imaginario… sin sentar las bases para llegar (o intentar llegar) a él. Como dijo otro poeta, te llaman porvenir porque no vienes nunca.

Segunda aproximación: dos conceptos enfrentados. Hay dos términos asociados a la valoración del tiempo que parecen irreconciliables entre sí: de prisa y despacio. Cuando hablamos de ir con prisa, asumimos la idea de que nos falta tiempo para hacer las tareas que nos proponemos o nos encomiendan. Sin embargo, prisa es también hacer las cosas con prontitud y rapidez. De igual modo, ir despacio parece tener connotaciones negativas, pues la parsimonia nunca fue considerada rentable o productiva. En mi opinión, no importa tanto ir de prisa o despacio como el nivel de conciencia que ponemos al vivir ese tiempo de una forma más acelerada o más pausada. ¿Eres consciente de tus ritmos?

Tercera aproximación: un texto bíblico popularizado en canción. Todo tiene su momento, y cada cosa su tiempo bajo el cielo: así reza un pasaje del Libro del Eclesiastés quizá más conocido por la adaptación musical Turn! Turn! Turn! (To everything there is a season) de los años sesenta del siglo pasado. El texto, y la canción, nos hablan de la vida como una sucesión de momentos contrapuestos: un momento para nacer y otro para morir, para llorar y para reír, para buscar y para perder, para callar y para hablar, para odiar y para amar… ¿Hasta qué punto tienes interiorizada esta aparente contraposición? Hay una necesidad para cada tiempo, y un tiempo para cada emoción.

Según estas aproximaciones… ¿Cómo es tu tiempo? ¿En qué tiempo vives? ¡Tómate tu tiempo!


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AUTOPÍAS, REFLEXIONES

Gestos y primaveras

–¿Os habéis fijado en la escena en que…?

Ocurre a menudo cuando comentamos en grupo, con familiares, amigos o conocidos, una serie o película: alguien –tal vez cualquiera de nosotros– destaca una escena, una situación o un gesto que le ha resultado especialmente revelador… y el comentario suscita respuestas dispares, desde la resonancia de quienes también se sintieron reconocidos o identificados con ese pasaje hasta la indiferencia de quienes no le dieron importancia o ni siquiera se fijaron en ese momento concreto. Cada uno observa o evita, de forma consciente o inconsciente, aquello que de una manera u otra despierta sus anhelos, deseos, fantasías, necesidades, temores, frustraciones o contradicciones.

En las series y películas que he visto en los últimos días he encontrado algunos gestos que no solo me han llamado la atención, sino que también han supuesto una punzada emocional: unos amigos se besan y abrazan después de un tiempo sin verse, unos abogados estrechan sus manos tras cerrar un acuerdo en un bufete, unos chavales comparten una bolsa de patatas fritas mientras charlan en un parque… Las series y películas en las que aparecen estas escenas fueron rodadas justo antes del inicio de la pandemia y recogen, por tanto, situaciones contemporáneas… que eran cotidianas antes de que las mascarillas, los geles hidroalcohólicos y la distancia interpersonal se instalaran en nuestras vidas.

¿También a ti te llaman la atención estos gestos? ¿O soy yo, que estoy más sensible?

Las sensaciones que me producen estas escenas son diversas. A veces, me descubro preocupado por los personajes implicados, que –trasladados al contexto actual– podrían quedar expuestos a un contagio o ser sancionados por el incumplimiento de las medidas de prevención y protección frente al coronavirus. En otras ocasiones, siento envidia de no poder participar de ese tipo de gestos, tal vez nostalgia también. La mayor parte de las veces, eso sí, el sentimiento predominante es la esperanza de que, antes o después, será posible ir retornando a esa afectividad gestual, física, que ahora me estremece en series y películas. Es curioso: la ficción es la realidad que añoramos; la realidad que vivimos nos parece, pese al tiempo transcurrido desde el comienzo de la pandemia, un relato de ficción, una pesadilla de la que acabaremos por despertar.

En el horizonte hay algunas señales prometedoras: la tercera ola de la pandemia se da por finalizada, la vacunación de la población se va generalizando, siguen las investigaciones para encontrar nuevos tratamientos… y, con estos destellos al fondo, se lanzan discursos muy optimistas de cara al verano. En este punto, me gustaría hacer una llamada a la responsabilidad individual y colectiva: la experiencia nos ha demostrado una tendencia a desescalar demasiado rápido. La cantante Elena Iturrieta, conocida como ELE, puso música y voz, durante 2020, a una campaña de publicidad que incluía un verso que no se me va de la cabeza: pero, por ver el verano, no pierdas la primavera. La primavera del confinamiento estricto de cuyo inicio se va a cumplir un año; la primavera, aún en pandemia, que está por comenzar.


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AUTOPÍAS, CONCEPTOS, GESTALT, METÁFORAS

Luces en la noche

Aquella noche, se sintió desorientado. ¡Qué raro! Conocía bien aquel lugar, lo había recorrido muchas veces. Se sabía prácticamente de memoria el escarpado desfiladero por el que caminaba, e incluso podía adentrarse con los ojos cerrados en el espeso bosque que lo circundaba. Ese desfiladero y ese bosque habían sido, hasta ahora, lugares en los que escapar de la realidad, evitar situaciones aparentemente incómodas y, en definitiva, huir de uno mismo.

Aquella noche, sin embargo, esos espacios ya no servían como refugio. Los estrechos senderos del bosque se habían llenado de maleza que enredaba a nuestro personaje en remordimientos y culpas. Las aristas del desfiladero, por su parte, lo atrapaban en su huida. En vez de escapar, se sentía cada vez más encerrado y oprimido. Se había convertido, de repente, en víctima de su propio victimismo. Desde ahí, la realidad de la que intentaba evadirse no parecía tan hostil o amenazante.

Pero… ¿cómo volver a la realidad después de hacer tantos esfuerzos para evitarla?

Apenas sin darse cuenta, una primera luz se había encendido en su interior: la luz del aquí y el ahora, del presente. Descubrió que se estaba perdiendo un momento único e irrepetible al dejar que su existencia dependiera de los sombríos parajes que imaginaba para el futuro y de los fantasmas del pasado de los que trataba de escapar. Y probó a acentuar la conexión con el presente con la respiración, sin duda la mejor herramienta para anclarse en cada instante.

Reconfortado por su propia respiración, atisbó una segunda luz: la luz del darse cuenta, de la toma de conciencia. En el flujo inhalación-exhalación, se permitió un espacio para, poco a poco, identificar sus sensaciones y emociones. Allí estaban el miedo y la ira, los motores de su carrera cada vez más rápida por el desfiladero. Allí estaban, también, la tristeza y el dolor, compañeros inseparables en el viaje al centro más profundo del bosque. Y allí estaban, inevitablemente, la alegría y la gratitud que supone vivir la experiencia de uno mismo, sean cuales sean las circunstancias.

Los pensamientos, por supuesto, pugnaban por tomar el control. Pero no era momento de pensar, era momento de sentir.

Y, en ese sentir, apareció la tercera luz: la luz de la responsabilidad. Tenía, a su alcance, dos opciones: huir de nuevo, vagando una vez más por automatismos y circunloquios, aun sabiendo de antemano que esta alternativa no va a servir de nada… o afrontar la realidad, aceptándola tal cual es, y tratando de sacar el máximo partido –el mayor aprendizaje– de cada experiencia que nos presenta la vida en su devenir. Sí, puede que esta opción no sea fácil. Sí, puede que esta opción sea la más auténtica.

Las luces del aquí y el ahora, el darse cuenta y la responsabilidad son las claves de la Terapia Gestalt, de la que ya he hablado previamente en este blog, y son, para mí, las bases de una filosofía que intento tener presente en todos los ámbitos de mi vida. Unas veces, estas luces serán tan débiles como la luz de una vela. Otras, por el contrario, nos cegarán como un potente foco. Sea como sea… ¡enciende tus luces!


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AUTOPÍAS, CONCEPTOS, ENEAGRAMA, REFLEXIONES

Instintos básicos

No todos tenemos las mismas preocupaciones, ni reaccionamos de la misma manera a los desafíos que nos plantea la vida. Lo estamos viendo de forma clara, por ejemplo, en las inquietudes –cuando no directamente en las acciones– que manifestamos cada uno de nosotros en relación a la pandemia que estamos viviendo. ¿Qué es lo que nos mueve a sentir y a actuar, de acuerdo a un mismo patrón predeterminado, en cualquier circunstancia?

Nuestras respuestas obedecen, en gran medida, a las necesidades básicas, primarias e inconscientes que, en nuestra primera infancia, y en un esfuerzo de adaptación al entorno en el que debíamos dar nuestros primeros pasos, configuraron nuestros instintos, es decir, los patrones de pensamiento, emociones y conductas sobre los que fuimos construyendo nuestra identidad –diferenciándonos de los demás– y sobre los que radica nuestra forma de ser y estar en el mundo.

Según el Eneagrama de la Personalidad, sobre el que ya hablé en la entrada La cuadratura del círculo, en nuestro centro visceral conviven tres instintos primarios: el instinto de conservación, el instinto social y el instinto sexual. Estos tres instintos coexisten de forma jerárquica, de mayor a menor desarrollo, siendo uno de ellos el instinto dominante a costa de los otros dos instintos, que quedan relegados a un segundo y tercer plano. Lo ideal es que en esta jerarquía haya, pese a su propia configuración decreciente, un cierto equilibrio: una acusada descompensación entre los niveles de desarrollo de cada instinto puede ser fuente de problemas. El instinto dominante determina, en cualquier caso, matices y diferencias en cada uno de los tipos de personalidad o eneatipos, de ahí que en cada uno de ellos se hable de subtipos conservación, social o sexual.

Veamos algunas pinceladas de cada uno de los instintos que habitan nuestro centro visceral:

El instinto de conservación (también llamado autoconservación) está directamente relacionado con la necesidad de sentirse seguro y se traduce en preocupaciones y acciones orientadas a la búsqueda de condiciones óptimas que permitan alcanzar una situación de bienestar. Este instinto pone el foco en la salud, el orden, el hogar, el abastecimiento, la economía y, en definitiva, en todo lo que gira alrededor del concepto de supervivencia.

El instinto social (también llamado navegador) impulsa al individuo a una constante interacción social en busca de aceptación y reconocimiento. Una de las características de este instinto es el deseo de establecer vínculos de unión y pertenencia que permitan crear grupos o comunidades que usar como referencia o apoyo. El instinto social se traduce, por tanto, en un afán de estar rodeado (de forma activa, haciendo actividades) con otras personas.

El instinto sexual (también llamado transmisor) se manifiesta en el deseo de intimidad con otra persona y en el propósito de dejar un legado (no solo en un contexto biológico, entendido como descendencia, sino en sentido amplio, como transmisión de valores o ideas). Este instinto se caracteriza por una búsqueda constante e intensa de nuevos estímulos para la que despliega todas sus armas de seducción y cortejo.

Como decía más arriba, en todos nosotros conviven, jerárquicamente, estos tres instintos. ¿Reconoces, en este esbozo, cuál es el instinto dominante que guía tus preocupaciones y acciones cotidianas y define tu respuesta ante cualquier situación sobrevenida?  Y, respecto a los otros dos… ¿te resuenan o son desconocidos para ti?


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AUTOPÍAS, CONCEPTOS, REFLEXIONES

¿Qué es la felicidad?

Reconozco que, a veces, me quedo pillado con algunas palabras.

Es lo que me ha ocurrido en este cambio de año, de 2020 a 2021, con la palabra felicidad. De hecho, he buscado expresiones alternativas para no poner feliz año nuevo en las tarjetas y mensajes que tradicionalmente envío a familiares, amigos y contactos en Nochevieja. ¿Por qué? Bueno, yo tengo mi idea de felicidad, pero no sé si esa idea es compartida por todos aquellos a los que me dirijo. Y tenía la sensación –probablemente errónea– de que, después de un año tan complejo como el que hemos vivido, podía ser inapropiado desear felicidad a quien, inmerso en múltiples dificultades, solo entiende esta palabra en su concepción básica y limitada –pero comúnmente extendida– de celebración, júbilo o fiesta.

En su día, ya hablé en una entrada de este blog (La felicidad, ¿una quimera?) sobre el significado que tiene para mí la felicidad. Para no repetirme, hoy he querido abrir la mirada y buscar otras definiciones de personas con las que me he formado en disciplinas como la Terapia Gestalt, el Coaching, el Eneagrama Cuántico o el Yoga. A todos ellos les he pedido respuestas para dos preguntas:

  • ¿Qué es para ti la felicidad?
  • ¿Con qué símbolo o gesto la representarías?

Domingo de Mingo Buide, psicólogo clínico y psicoterapeuta (gestaltquatro.es), cree que la felicidad es difícil de expresar en palabras. En su opinión, la felicidad simplemente es estar en paz. Añade, además, que la felicidad consiste en no tener que buscarla. En cuanto a la representación gráfica, descarta escoger ninguna al considerar que cualquier símbolo la degrada porque no hace honor a lo que es.

Para David Cru, director del Instituto Europeo de Coaching (IEC), felicidad es sentirte bien y en paz contigo mismo, en relación a cómo estás llevando tu vida, en todos los niveles (trabajo, relaciones…). La felicidad sería, por tanto, una sensación de sentido en tu vida, vivir de acuerdo con tus valores más importantes, una buena dosis de placer y paz interior. Cru completa esta definición con dos ejemplos que ilustran su idea de felicidad: por un lado, levantarte con ganas cada día por las mañanas y acostarte en paz y con la conciencia tranquila cada noche, y por otro lado, seguir teniendo sueños y perseguirlos y disfrutar a la vez de tu presente. El símbolo de la felicidad sería una sonrisa interior y una actitud positiva y optimista cada día.

Carmen de Molina, psicóloga y coach, fundadora de Equipo Hermes y formadora en el IEC, define la felicidad como el estado interior de paz, armonía y coherencia que se genera al aceptar la vida e involucrarse en las circunstancias que nos ocurren y nos envuelven con la actitud de aprender, comprender y crecer internamente. Como símbolo, propone dos imágenes: las manos cruzadas sobre el pecho y la flor del girasol, siempre enfocándose hacia la luz.

Almudena Galán, coach experta en Eneagrama Cuántico (www.almudenagalancoach.com) considera que la felicidad es un estado de aceptación y gratitud con lo que estás viviendo en el momento. Este estado se caracteriza por sentirte lo más en paz posible, lo más tranquilo posible, con lo que estés viviendo en cada instante sin querer cambiarlo y aceptando las emociones que te genera todo lo que está sucediendo sin tratar tampoco de que se vayan o de cambiarlas. Representaciones gráficas de la felicidad, entendida como autenticidad, serían la sonrisa de un niño o cualquier otra actitud sincera que no esté contaminada por el “debería” o “no debería”.

Carlos Daza, profesor de Hatha Yoga, Yoga Nidra y Meditación, afirma que la felicidad es estar contento, ni más ni menos. Recuerda que, de hecho, el estado de felicidad se denomina, en yoga, estado de Santosha, que podría traducirse como estado de contento. Este estado –advierte– depende de tu desarrollo y equilibrio mental, que a su vez implica también equilibrio emocional, sentimental, psíquico o psicológico. Desde su punto de vista, la felicidad es el estado que te proporciona la ausencia de deseos, el no estar deseando algo que no tienes… cuando en realidad tienes todo lo que puedes tener. Las claves para vivir este estado de no deseo serían la vivencia del presente y estar satisfecho y contento con lo que tienes en ese instante. El gesto de la felicidad sería la sonrisa no solo de los labios, sino de todo el rostro, con los ojos iluminados.

Son, como ves, distintos enfoques… con algunas coincidencias.

Basándote en estas definiciones, y en tu propia experiencia de vida, tal vez tú tengas respuestas distintas. ¿Probamos? Recuerda las preguntas:

  • ¿Qué es para ti la felicidad?
  • ¿Con qué símbolo o gesto la representarías?

¡Feliz semana!


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