AUTOPÍAS, CONCEPTOS

Deletreando resiliencia

Este mes se ha cumplido un año desde que la Organización Mundial de la Salud (OMS) declarara, tras los elevados casos de contagio del COVID-19 que se estaban registrando entonces, que la nueva enfermedad por coronavirus no era un brote circunscrito a determinados países, sino una pandemia de impacto global. Desde entonces, nuestra vida se ha visto expuesta a situaciones más o menos complejas –duelos, convalecencias, confinamientos, restricciones, limitaciones, dificultades para encajar en lo que se ha dado en llamar la nueva normalidad…– que nos han puesto a prueba y nos han obligado a desarrollar eso que llaman resiliencia.

¿Resiliencia? ¿Pero no es esa una cualidad de unos pocos escogidos?

La resiliencia es, efectivamente, el término técnico que se utiliza para referirse a la capacidad de la que dispone una persona para afrontar y superar situaciones traumáticas, adversas o perturbadoras. Lamentablemente, como suele ocurrir con las grandes palabras, su significado se diluye a veces debido a la grandilocuencia y complejidad del término, limitándose su uso para aludir únicamente a gestas extraordinarias o excepcionales. Y no debería ser así: la capacidad de resiliencia es inherente a todos los individuos y se manifiesta también, dentro de las posibilidades de cada uno, en situaciones comunes, ordinarias o generalizadas.

Para facilitar la comprensión de la palabra resiliencia, hoy propongo deletrearla para encontrar, a su vez, otros términos que puedan resultarnos más próximos, cercanos o tangibles para tomar conciencia, si aún no lo la tenemos del todo, de nuestra propia capacidad para afrontar y superar, como personas resilientes, lo que la vida nos ponga por delante. Vamos con ello:

R de… Sin duda, la palabra más asociada a resiliencia es resistencia. Ante una situación sobrevenida, prevalece nuestro deseo e interés por seguir adelante, aun sabiendo que será un camino difícil. Nuestra mente, sin embargo, nos intentará boicotear lanzando masivamente pensamientos negativos y creencias limitantes sobre nuestra capacidad para continuar. Para escapar de ese barullo mental, tenemos a nuestra disposición una herramienta básica que nos permite anclarnos en lo que realmente somos: la respiración. Otras palabras asociadas a resiliencia, con la letra ‘R’, son responsabilidad (la habilidad de responder), reto (toda situación cambiante supone un desafío) y rebote (uno de los significados primigenios que se puede encontrar en el análisis etimológico de resiliencia).

E de… La primera palabra que me viene a la cabeza es esfuerzo: al fin y al cabo, hay que adaptarse a una nueva realidad, y eso conlleva hacer ajustes que trastocan desde nuestras rutinas hasta nuestros comportamientos. Lo mejor, en estos casos, es permitirse estar, tomar conciencia de lo que está pasando y, desde ahí, encontrar el empuje que necesitamos para actuar de forma resiliente aceptando y transformando, en la medida de nuestras posibilidades, nuestra realidad circundante.

S de… Sorpresa y susto, cuando la realidad trastoca nuestros planes o remueve los cimientos de nuestra zona de confort. ‘S’ de silencio cuando, en vez de perder la fuerza por la boca instalándonos permanentemente en la queja y en el victimismo, actuamos de forma proactiva buscando soluciones y salidas. Y, por supuesto, ‘S’ de ser, conectando con las sensaciones que habitan en lo más profundo de nuestro interior.

I de… La letra “I” es, dentro de la palabra resiliencia, una letra infatigable. En esta primera aparición podríamos vincularla con el ejercicio de introspección que nos exige, a todos los niveles, cualquier situación de perturbación o amenaza. No es posible encontrar respuestas si no sabemos antes, con la mayor exactitud posible, qué nos está pasando. Y, aún sabiéndolo (o, al menos, sospechándolo), no siempre habrá respuestas claras: la resiliencia implica desarrollar nuestra intuición, confiar en esa sabiduría propia que escapa a los límites del pensamiento racional.

L de… No hay resiliencia sin lucha. Como ya indiqué antes, hay que hacer un esfuerzo para superar los obstáculos o las dificultades que hayan aparecido en nuestro camino y encontrar nuestro lugar en la nueva realidad derivada de ellos. Luchar exige dar un paso al frente, y eso moviliza nuestro liderazgo interior, es decir, el desarrollo o la búsqueda de recursos y habilidades que residen, latentes o escondidas, en la paleta de colores con la que se da forma al gran lienzo en blanco de nuestro potencial.

I de… La introspección y la intuición de las que hablaba antes abren la puerta a la investigación y a la imaginación. ¿Qué podemos hacer distinto y cómo lo podemos hacer?

E de… Sumemos aquí, al esfuerzo, al estar y al empuje, otras dos cualidades: la esperanza (la confianza en lo que hacemos y en los resultados que esperamos lograr) y la empatía (aunque ser resilientes nos obliga a mirar a nuestro interior, conviene no olvidar que somos seres en relación y que cada persona a nuestro alrededor actúa, en sus procesos de cambio y transformación, de acuerdo a sus propios principios, valores y capacidades).

N de… La primera palabra que me evoca la letra ‘N’, en relación a la resiliencia, es nacimiento. Al fin y al cabo, algo queda atrás y surge espacio para lo nuevo. Sé consciente de tus necesidades a la hora construir la nueva realidad en la que anhelas vivir.

C de… No hay resiliencia si no tomamos conciencia del momento en el que estamos y si no nos abrimos a explorar y desarrollar las capacidades a nuestro alcance para hacer frente a la nueva situación que se ha cruzado en nuestro camino. Conciencia y capacidades acrecentarán nuestra confianza, que a su vez impulsará nuestra creatividad para encontrar una nueva forma de ser y estar en el mundo.

I de… Todo lo anterior, incorporado a nuestra vida, puede servir de inspiración para nosotros mismos, cuando tengamos que afrontar nuevos desafíos en el futuro, y también para otros que, en un momento dado, puedan considerarnos como ejemplo o referente para desarrollar su propia resiliencia.

A de… A modo de resumen, tres palabras que encierran todo el significado de la resiliencia: la aceptación (no podemos avanzar si no aceptamos los cambios que se producen alrededor o dentro de nosotros), la apertura (entendida como la exploración y búsqueda de nuevas formas de encajar e interrelacionar con el mundo que nos rodea) y el autoconocimiento (la mirada interior y la confianza en los recursos propios de los que disponemos).

Estas son las palabras que se me han ocurrido deletreando resiliencia. ¿Qué otras palabras se te ocurren a ti? Si entendemos esas palabras como cualidades, ¿cuáles tienes más desarrolladas? ¿Y cuáles crees que tienes que entrenar o mejorar? Tal vez la resiliencia sea, también, buscar formas de ser aún más resilientes.


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AUTOPÍAS, CONCEPTOS

Tejiendo confianza

En la anterior entrada del blog hablaba sobre la importancia de la autoconfianza o confianza en uno mismo, un concepto que definía como la seguridad, fuerza y convicción que sentimos, en nuestros recursos propios e inherentes, para lograr determinados objetivos y para superar los obstáculos que nos vamos encontrando a lo largo de nuestra vida. Efectivamente, la autoconfianza es uno de los pilares del crecimiento y del desarrollo personal. No obstante, no podemos olvidar que, como seres sociales, vivimos en relación, de modo que es también necesario –en todos los ámbitos de la vida– confiar en los demás y, a la vez, ser merecedores de la confianza de otros.

La confianza en los demás es fundamental para construir y mantener relaciones positivas que contribuyan a nuestro bienestar y a nuestra seguridad emocional. En general, la confianza suele surgir, de forma natural o automática, a partir de la afinidad o conexión que sentimos con otras personas a partir de intereses, valores o puntos de vista comunes. Pese a la naturalidad con la que se produce, se requiere un alineamiento previo entre las expectativas que hemos depositado en la otra persona y la percepción que tenemos de ella. A la vez, es necesario invertir en persistencia, continuidad y permanencia para consolidar el vínculo que refuerza la confianza (ya sea la entrega en la relación de pareja, el apoyo y el compañerismo en las relaciones laborales o la lealtad en las relaciones amistosas). Este esfuerzo debe ser mutuo en todas las partes implicadas en la relación.

La sinceridad es la mejor aliada para dar confianza a los demás o recibir la confianza de otros. No obstante, hay otros elementos sobre los que trabajar para demostrar que somos personas en las que se puede confiar. En este sentido, conviene recordar que la opinión que suscitamos en otros se forma a través de lo que hacemos, de lo que decimos, de la forma en que hablamos y nos comportamos y de la imagen que transmitimos. Por ello, es importante actuar con coherencia y congruencia en todos los ámbitos de la vida. No podremos ganarnos la confianza de los demás si no actuamos con honestidad, integridad y transparencia.

Se dice que la confianza es difícil de ganar, pero fácil de perder. Cuando perdemos la confianza en alguien (o alguien la pierde en nosotros) volvemos a la casilla de salida… y, muchas veces, sin apenas ganas de comenzar la partida de nuevo. Es decir, nos volvemos desconfiados y evitamos implicarnos en nuevas relaciones o proyectos ante la posibilidad (habla el miedo) a una nueva traición o desengaño. En estos casos conviene reivindicar nuestra autoconfianza (la confianza en nuestros propios recursos) y, desde allí, actuar con asertividad y empatía reflexionando sobre lo ocurrido, aceptando nuestras propias imperfecciones (y por extensión, las de los otros) y sanando las heridas que hayamos recibido o causado en la discrepancia o ruptura. Si confías en ti mismo, podrás confiar en los demás.


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AUTOPÍAS, CONCEPTOS, EMOCIONES

¿Emociones negativas?

Distintas clasificaciones (así se recoge en libros, artículos o vídeos) consideran que la tristeza, la ira y el miedo son emociones negativas de las que conviene escapar para tener una vida feliz. Este tipo de afirmaciones, cada vez más repetidas, me dejan contrariado: la felicidad, a mi juicio, no consiste en vivir siempre alegre, ignorando otras emociones, sino en aceptar las cosas que nos pasan (recordando que aceptar no equivale a conformarse o resignarse, de forma pasiva, con lo que nos ocurre). Por otro lado, las emociones, a priori, son solo información que nos proporciona nuestro cuerpo sobre el impacto que nos causa la realidad que nos rodea (o, al menos, de la interpretación que hacemos de ella).

La tristeza, por ejemplo, se define como una respuesta a acontecimientos desfavorables, adversos, no placenteros o dolorosos (discusiones, pérdidas, desilusiones, fracasos). Al pensar en ella, generalmente evocamos sus principales manifestaciones –llanto, abatimiento, desmotivación– sin detenernos en su potencial restaurador: la tristeza nos permite centrar la atención en nosotros mismos, facilita la introspección, el análisis y la comprensión de la situación que nos ha causado daño y promueve la empatía. La tristeza resulta imprescindible, por tanto, para iniciar el proceso de aceptación del factor o de los factores desencadenantes y recuperar así el equilibrio emocional.

La ira, por su parte, es la respuesta que manifestamos ante situaciones que nos producen frustración o aversión tales como sentirse ofendido, creer vulnerados nuestros derechos o encontrar obstáculos que impidan la consecución de las metas que nos hayamos propuesto. Además, se trata de una emoción siempre presente en situaciones de conflicto y, aunque puede darse en distintos niveles de intensidad, suele asociarse con comportamientos agresivos o violentos. Su papel, al igual que el del resto de las emociones es adaptativo: enfadarse es una forma de contactar con uno mismo para identificar lo que nos molesta, ver qué hay de eso que nos molesta en nosotros mismos y, en su caso, poner límites en la interacción con nuestro entorno.

El miedo, finalmente, se activa ante la percepción de un peligro inminente, ya sea real o imaginado. Es una emoción básica para la supervivencia, pues condiciona nuestra reacción ante eventuales amenazas. No obstante, muchas veces nos detenemos únicamente en su efecto paralizador o debilitante olvidando los beneficios que podemos sacar de él en términos de aprendizaje: enfrentar el miedo nos permite identificar y superar las barreras o las dificultades que, en nuestro día a día, nos impiden crecer. El miedo puede ser un aliado si no nos dejamos controlar por él. Como tenía miedo, lo hice con miedo.

Como vemos, las llamadas emociones negativas tienen su utilidad. Por tanto, no podemos desterrarlas o estigmatizarlas, sino todo lo contrario: debemos dar cabida a la tristeza, a la ira y al miedo para extraer la información que nos aportan, indagar sobre lo que nos dicen sobre nosotros y sobre nuestra relación con el mundo que nos rodea y, en la medida de nuestras posibilidades, liberarlas (ya sea en el momento, si es posible, o en diferido, aplicando técnicas de gestión emocional). Lo importante, en mi opinión, es no confundir las emociones con el estado de ánimo: las emociones son vivencias puntuales; el estado de ánimo es el marco que configuramos a partir de esas emociones. De cada uno depende construir un estado anímico saludable basado en la integración y aceptación de lo que nos va sucediendo o un estado anímico victimista en el que las emociones se quedan atascadas.


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AUTOPÍAS, CONCEPTOS, EMOCIONES, HERRAMIENTAS DE COACHING

Otra respuesta es posible

En las sucesivas entradas que he ido publicando en Autopías han ido apareciendo algunas pinceladas sobre emociones básicas del ser humano como el miedo, la alegría o la tristeza. Hoy voy a detenerme en el enfado, la manifestación más habitual de la ira. Algunos piensan que se trata de una emoción negativa. Sin embargo, se trata de una emoción necesaria en nuestra relación con el mundo: nos permite defendernos de amenazas exteriores (o defender personas y causas que nos importan) y nos ayuda a fijar límites en la interacción con los demás. El problema surge cuando no canalizamos y no expresamos de forma correcta el enfado, ya sea por exceso (hostilidad, agresividad) o por defecto (callando, reprimiendo).

Una de las formas más habituales de expresión del enfado en la que todos, más o menos, podemos reconocernos es la que aparece en cómics, historietas y tebeos: un bocadillo relleno de cabezas de cerdo, admiraciones, interrogaciones, berridos, arrobas, almohadillas, guantes de boxeo y yunques voladores hacen indicar que un personaje está enfadado. En estas situaciones, la emoción se representa de forma clara, pero el mensaje sobre la situación concreta que provoca el enfado se diluye en el exabrupto. Si queremos que nuestro interlocutor nos escuche, más allá de la pataleta, y  que atienda nuestras razones, necesitamos otro enfoque más asertivo. Por ejemplo, la Comunicación No Violenta.

El modelo de Comunicación No Violenta (CNV), desarrollado por el psicólogo estadounidense Marshall B. Rosenberg en los años setenta del siglo pasado, se define como un proceso de comunicación que ayuda a las personas a intercambiar la información necesaria para resolver conflictos y diferencias de un modo pacífico. Según el autor, la CNV nos orienta para reestructurar nuestra forma de expresarnos y de escuchar a los demás. En lugar de obedecer a reacciones habituales y automáticas, nuestras palabras se convierten en respuestas conscientes con una base firme en un registro de lo que percibimos, sentimos y deseamos. Y todo ello en cuatro –¿sencillos?– pasos.

En general, ante situaciones de enfado, tendemos a responder descalificando a nuestro interlocutor, impidiendo así una comunicación efectiva entre ambos: Has vuelto a retrasarte. ¡Eres un impresentable! Para evitar esta respuesta, Rosenberg propone: 1) Hacer una descripción lo más objetiva posible, libre de juicios y evaluaciones, de los hechos que han originado el enfado. 2) Expresar los sentimientos (disgusto, malestar, incomodidad) que esa situación nos genera. 3) Verbalizar las necesidades que emanan de esos sentimientos. Y 4) Formular una petición basada en la observación, los sentimientos y las necesidades que hemos identificado en los pasos anteriores. Si volvemos al ejemplo anterior, diríamos: Pasan 30 minutos de la hora a la que nos habíamos citado. Me molesta tener que esperar. Para mí es importante que se valore mi tiempo. Te pido, por tanto, que la próxima vez seas puntual o que al menos me avises si vas a retrasarte.

Reconozco que no siempre soy capaz de responder aplicando las pautas de la Comunicación No Violenta. No obstante, es un modelo que podemos entrenar. ¿Cómo hacerlo? De entrada, revisando las situaciones de enfado en las que no hemos actuado adecuadamente en el pasado y visualizándonos respondiendo de acuerdo a las recomendaciones de la CNV. Así iremos incorporando sus cuatro pasos en nuestro acervo relacional. Y también trabajando nuestra recepción empática: es probable que hayamos enfadado a alguien que quiera ponernos límites de acuerdo a las reglas de la CNV. ¿Estamos abiertos a una comunicación auténtica? Como recuerda Rosenberg, nos conectamos con los demás percibiendo primero lo que ellos observan, sienten y necesitan, y descubriendo después en qué enriquecerá su vida recibir lo que nos piden.


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AUTOPÍAS, CONCEPTOS

Efecto bumerán

Estamos etiquetando constantemente. Nuestra forma de estar en el mundo depende de las definiciones que nos formamos de las personas y de las realidades que nos rodean. No está de más vivir con una perspectiva crítica sobre lo que sucede a nuestro alrededor. No obstante, esta perspectiva se ve contaminada, muchas veces, por estereotipos o prejuicios que tomamos de la sociedad, sin contrastarlos, o que generamos nosotros mismos a partir de experiencias que consideramos fallidas. Por otro lado, solemos confundir el ser con el hacer: ante una situación determinada, juzgamos la personalidad del otro, en su globalidad, sin tener en cuenta las condiciones que motivan su comportamiento. Bienvenidos al fenómeno conocido como proyección.

Se define este fenómeno, también llamado transferencia, como un mecanismo por el que el sujeto atribuye a otros virtudes, defectos e incluso supuestas carencias propias. Al etiquetar al otro, transferimos –en mayor o menor medida– cualidades o deméritos de los que eludimos responsabilizarnos. Colocamos en los demás lo que no nos encaja a nosotros mismos. Del mismo modo, cualquier valoración que recibamos de otros estará impregnada de sus propias proyecciones. De ahí que sea necesario actuar con cautela tanto en la emisión de juicios, opiniones o percepciones hacia el entorno como en la recepción de los mensajes que llegan hasta nosotros.

En mi opinión, la responsabilidad es la clave. Tenemos que responsabilizarnos de las etiquetas que colocamos a quienes nos rodean. Debemos hacer autocrítica y asumir con sinceridad y humildad la parte inherente a nosotros de las valoraciones que hacemos sobre los demás. Tenemos que entrenar nuestra capacidad de empatía y asertividad. Debemos intentar comprender qué hay del otro, de lo más profundo de su ser, en las atribuciones que realiza sobre nosotros. Solo así podremos construir conversaciones (y relaciones) más auténticas. La proyección debe ser un bumerán que, tras lanzarlo, vuelve al punto de partida. ¿Estás preparado para cogerlo?

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AUTOPÍAS, CONCEPTOS, MINDFULNESS

Soltando lastre

¿Has probado a tomar, alguna vez, conciencia de tu postura? Te invito a observarte. ¿Notas tensión en alguna parte de tu cuerpo? ¿Hay rigidez en tu musculatura o en tu constitución corporal? ¿Andas erguido o encogido? ¿Cómo están tus hombros? ¿Y tu cuello? A veces, cuando me observo, me descubro encorvado, con los hombros caídos y doloridos, como si cargara un peso sobre mi espalda. E interpreto esta carga como la suma de preocupaciones, expectativas, requerimientos, demandas o responsabilidades de las que me voy apropiando en el día a día. ¿Has sentido tú alguna vez esa mochila imaginaria? ¿Te has parado a analizar, cosa por cosa, con todo lo que cargas en tu vida?

Es obvio que todos, en nuestra vida personal, familiar, social y laboral, tenemos obligaciones de las que no podemos desvincularnos. Vivir conlleva asumir responsabilidades. ¿Pero somos responsables de todo lo que cargamos? Cuando inicié mi camino de crecimiento personal descubrí que solía cargar con preocupaciones que no me correspondían. No solo asumía mis responsabilidades, sino que también me cargaba con las de otros o con tareas o encomiendas que, en realidad, no quería aceptar. El peso de la carga acababa condicionando, si no sepultando, mis propias ilusiones e iniciativas. Y así, atrapado, dejaba de ser protagonista de mi destino para convertirme en víctima del contexto que me había tocado vivir.

Mira qué llevas en tu mochila imaginaria. Despliega su contenido ante tus ojos. Ahora, diferencia entre aquello que depende de ti de aquello otro que realmente deben afrontar o resolver otros. Y, una vez concretadas tus responsabilidades, mantente alerta para evitar que la mochila vuelva a cargarse de pesos ajenos. Actúa con empatía para evitar desgastarte con los problemas de otras personas. Aprende a poner límites a las demandas de los demás. Si te cuesta decir “no”, evita comprometerte hasta que hayas podido pensar con calma una respuesta. Solo así podrás avanzar en la consecución de tus metas y objetivos vitales. Y ahora, ¿sientes tu cuerpo más ligero?

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