AUTOPÍAS, CONCEPTOS, EMOCIONES, REFLEXIONES

Las reacciones del miedo

Se han descrito, tradicionalmente, tres posibles reacciones del ser humano ante amenazas o situaciones de peligro que nos provocan miedo: el ataque, la parálisis o la huida. Estas reacciones tienen su origen en el llamado cerebro reptiliano (la capa más profunda de nuestro cerebro, donde se localizan los instintos primitivos relacionados con la búsqueda de comida, el cortejo, la identificación de rivales y, en general, todos los aspectos relacionados con la supervivencia) y se activan gracias a la amígdala, una estructura con forma de almendra situada en el cerebro límbico (capa del cerebro anterior al neocórtex en la que se regulan nuestras respuestas fisiológicas y emocionales configurando determinados patrones de conducta).

Los riesgos que amenazan la supervivencia del ser humano han cambiado a lo largo de la historia. Ya no tenemos que salir a cazar, enfrentándonos a todo tipo de animales salvajes, para procurarnos el alimento necesario: basta con bajar al supermercado o, directamente, hacer un pedido telefónico u online para que nos traigan la comida a casa.  No obstante, seguimos rodeados de amenazas: el terrorismo, el cambio climático, las infecciones por nuevos microorganismos patógenos… Y hay, además, otras amenazas que, si bien no suponen peligro de muerte, condicionan nuestra supervivencia individual y social en un mundo especialmente competitivo (el miedo al ridículo, la pérdida de un determinado estatus, el temor a ver comprometidos nuestros valores o creencias…). Es curioso ver cómo estas amenazas cotidianas suscitan, de forma irracional, esas mismas reacciones de ataque, parálisis o huida con las que respondemos a estímulos que, verdaderamente, afectan a nuestra supervivencia física.

Ante cualquier amenaza, y especialmente ante los retos o desafíos del día a día, cada uno responde como mejor sabe y puede de acuerdo al contexto y a la experiencia. Pero no siempre esa respuesta es la más eficaz. Pienso, por ejemplo, en el ataque: generalmente, el hecho de enfrentarse a una situación desafiante se interpreta como un signo de valentía, pero… ¿siempre lo es? El ataque solo será eficaz si somos conscientes de nuestras habilidades y de nuestras limitaciones, de las fortalezas y debilidades de nuestro rival (en caso de que se trate de un enfrentamiento interpersonal), de los condicionantes de la situación que nos reta, de nuestra capacidad para desarrollar un plan de acción con objetivos claros y herramientas precisas que, si bien no nos garanticen el éxito, al menos nos predispongan para la victoria. Atacar sin estar preparado no es valentía, es insensatez. Mejor combinar el corazón con la cabeza.

Lo mismo ocurre con la huida. Habitualmente, asociamos la huida con la cobardía, pero… ¿siempre es así? Efectivamente, muchas veces escapamos de cosas que no queremos afrontar, evitamos asumir nuevos retos o desafíos. Desaparecemos, como los mejores ilusionistas, para seguir cómodamente instalados en nuestra zona de confort: sí, sabemos que nos perdemos cosas, ¡pero qué bien se está en nuestro pequeño mundo! Otras veces, por el contrario, no se puede hablar de huida, sino de retirada: no tiene sentido permanecer en lugares donde no nos sentimos escuchados, donde no se respetan nuestros límites, donde nuestra energía se consume impidiendo que podamos dar lo mejor de nosotros mismos en otros proyectos o áreas que puedan resultarnos más interesantes o en las que nos sintamos más realizados.

En la parálisis, tratamos de mimetizarnos con el entorno intentando pasar desapercibidos. Lo normal, en estos casos, es que acabemos actuando, a largo plazo, de forma confluyente o sumisa, todo con tal de no significarnos. Pero pararse puede ser, quizá, la forma más efectiva de responder a corto plazo, sobre todo cuando se trata de amenazas domésticas o cotidianas que no conllevan un riesgo vital: pararse para chequear nuestra fisiología (el miedo, como es sabido, tiene manifestaciones físicas en forma de incremento de los ritmos cardíaco y pulmonar, palidez o enrojecimiento de la piel, repercusiones estomacales e intestinales…), pararse para observar y tomar conciencia de lo que está ocurriendo en nuestro cuerpo y, a partir de ahí, buscar nuevas perspectivas que nos permitan, llegado el momento, dar una respuesta acorde con nuestras necesidades y expectativas.


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ACTIVIDADES, AUTOPÍAS, MINDFULNESS

Un toque de atención

El dualismo cartesiano, que entendía cuerpo y mente como entidades separadas, ha sido reemplazado por una nueva visión holística e integradora en la que esas dos entidades, cuerpo y mente, son solo dos aspectos de una misma unidad indisoluble: el ser humano. Distintos estudios y experiencias revelan que escuchar a nuestro cuerpo resulta fundamental para conocer y comprender nuestras necesidades, deseos, sentimientos o pensamientos. A la vez, contactar con el cuerpo –más allá de las dolencias puntuales o crónicas que podamos arrastrar– refuerza nuestro autoconocimiento, favorece la autoaceptación y mejora nuestros niveles de autoestima, seguridad y confianza. Dar espacio al cuerpo potencia, también, nuestras capacidades de atención y concentración y nos ayuda a reducir la ansiedad y el estrés que nos provocan los grandes o pequeños retos a los que nos enfrentamos cada día.

Afortunadamente, hoy en día disponemos de una amplia oferta de propuestas con las que contactar, prestar atención y cuidar de nuestro cuerpo y, de paso, dar un tiempo de descanso a nuestra aturullada mente. Algunos prefieren seguir programas de entrenamiento físico en el gimnasio o en casa o gustan de salir a correr por calles y parques, otros buscan vivir en armonía a través de la práctica del yoga, del taichí, del chi kung o del movimiento expresivo, hay quien prefiere acercarse al cuerpo de forma contemplativa mediante la meditación o el mindfulness o, simplemente, caminando de forma consciente, vigilando la alimentación o respetando los tiempos de descanso que el cuerpo necesita para recuperar sus niveles de energía… Cada uno ha de encontrar la opción que más le convenga atendiendo a su forma física y a las necesidades de cada momento vital.

No siempre es fácil encontrar esa opción, sobre todo cuando uno vive profundamente anclado en ese enfoque cartesiano en el que la mente domina todo relegando al cuerpo a un papel secundario, meramente instrumental. Yo, que viví durante años atrapado en esa preponderancia de lo mental y lo racional sobre lo corporal, superé esa visión dualista gracias al reiki, una terapia energética que, mediante la imposición de manos, permite contactar, activar y equilibrar los chakras (centros de energía del cuerpo humano) y sus áreas de influencia. Gracias al reiki empecé a ser consciente de los latidos, movimientos internos, pequeños espasmos y variaciones de temperatura que se producían en mi cuerpo, dándome cuenta de los desajustes y sincronías que habitaban dentro de mí, y así, poco a poco, fui conectando con la llamada sabiduría corporal. El reiki fue, en definitiva, el toque de atención que necesitaba para contactar con mi cuerpo.

Lamentablemente, en la actualidad circulan definiciones distorsionadas de reiki que desvirtúan el valor de esta técnica como herramienta de contacto, exploración, autoconocimiento y acceso a un estado de armonía y bienestar mediante el equilibrio y la integración de nuestras dimensiones física, emocional y mental. Por ello, el jueves 26 de marzo, a las 19:30 horas, acompañaré a Carmen Molina Cañabate, maestra de reiki, en la charla informativa “Reiki en el día a día: comprender el reiki y aplicarlo en la vida cotidiana”* que tendrá lugar en el Espacio Garibay de Madrid (C/ Garibay, 6, entre las estaciones de metro de Pacífico y Conde de Casal). La entrada es gratuita, pero se requiere inscripción previa en reikieneldiaadia@gmail.com. Si vives en Madrid o estás de visita en la capital ese día, te invito a acompañarnos para adentrarnos juntos en las aplicaciones prácticas del reiki.

[Evento suspendido debido a las restricciones derivadas de la declaración del estado de alarma por la expansión del coronavirus COVID19 en España.]


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AUTOPÍAS, METÁFORAS, MINDFULNESS

Adentrarse en la cueva

El caminante estaba cansado, llevaba mucho tiempo vagando por cañadas y senderos. Generalmente, reponía fuerzas fijándose en pequeños detalles que iba encontrando a su paso: la frondosidad del bosque que avistaba desde el cerro, los campos de cultivo en su punto álgido a la espera de la cosecha, el olor de las flores con las que se iba topando en su travesía, el silbido del viento, la rodadura de los coches que transitaban por las carreteras cercanas, el reflejo de un tren que serpenteaba a lo lejos, las imponentes o humildes construcciones de las ciudades y pueblos que se iba encontrando en el camino… Aquel día, sin embargo, esos estímulos no lo reconfortaban. ¿Qué hacer, entonces, para recuperar la energía perdida?

El caminante, que hasta ese momento cavilaba ensimismado en su desazón, se percató  de que a su espalda había una formación rocosa con una abertura que parecía dar acceso a una cueva. Su cansancio lo animó a buscar refugio allí: antes o después, tenía que parar. La cavidad a la que se accedía por aquella abertura era bastante amplia y estaba muy bien iluminada: varias grietas en la roca facilitaban la entrada de luz exterior. El caminante se acomodó sobre unos montones de paja que había junto a una de las paredes y se echó una pequeña siesta. Al despertar, se sentía ya más descansado. Pensó, incluso, en reanudar el camino. Pero entonces se dio cuenta de que, en la pared opuesta, había un hueco por el que acceder a una cavidad contigua. ¿Qué hacer? ¿Volver a una realidad exterior que un rato antes le había parecido efímera o seguir explorando la cueva?

El caminante encontró que junto a ese hueco –¿casualmente?– se disponían los elementos necesarios para prender una antorcha, así que se animó a iniciar la exploración. El hueco daba paso a un pasillo por el que, a pesar de algunas pequeñas irregularidades que iban apareciendo en el terreno, no resultaba difícil andar. Siguió caminando durante un largo trecho. Entonces, el pasillo comenzó a hacerse cada vez más angosto. El caminante pensó en retroceder, no fuera a quedarse atrapado, pero, de nuevo, prevalecieron las ganas de continuar. Si había llegado hasta allí, ¿por qué no continuar un poco más? Aunque el pasillo era estrecho, bastaba con agacharse un poco para seguir avanzando.

El caminante recorrió el pasillo hasta el final, donde encontró una portezuela que daba a una nueva cavidad. Abrió la portezuela con decisión, pero se quedó sobrecogido: esta dependencia de la cueva estaba llena de afiladas estalactitas y estalagmitas que, además de la amenaza que suponían, proyectaban sombras fantasmagóricas a la luz de la débil antorcha. Un río de lava caliente y pringosa cruzaba el suelo. El caminante sintió deseos de salir corriendo a través del pasillo que acababa de cruzar. No obstante, al fondo de la sala se veía un suave resplandor. Tal vez fuera mejor cruzar esta cavidad de apariencia hostil: quizá hubiera otra salida allí. El caminante advirtió que, para llegar a ese resplandor, no era necesario cruzar la sala sorteando cada uno de esos elementos amenazantes: podía usar el desfiladero que se había formado en una de las paredes.

El caminante, una vez en el desfiladero, comprendió que los espeleotemas, la lava y las sombras son elementos que pueden aparecer con frecuencia en cualquier cueva. ¿Por qué tener miedo de ellos? Bastaba con observarlos, no era necesario medirse con ellos. Y así, siguió avanzando por el desfiladero, camino del resplandor. Un golpe de viento apagó la antorcha, pero no le importó: el resplandor aportaba ya suficiente luz para continuar. Además, el desfiladero se iba ensanchando, y descendía en una ligera pendiente por la que era fácil caminar. Con paso ligero, el caminante llegó a una nueva sala, y se quedó maravillado por lo que vio: ante él se abría un oasis de vegetación a través del cual se abrían caminos de piedras pulidas que conducían hacia un pequeño lago y una pequeña playa.

El caminante avanzó por uno de esos senderos hasta alcanzar el agua. Aprovechó para refrescarse y, reconfortado por la armonía que emanaba de aquel paisaje, se dispuso a meditar. Aunque no se veía ninguna fuente de iluminación, una brillante luz natural daba color y forma al oasis. El caminante se espabiló y se dispuso a partir. Cuando quiso darse cuenta, caminaba ya lejos de la cueva. En su bolsillo guardaba una pequeña piedra pulida, un recordatorio de ese lugar al que volver para encontrarse consigo mismo, para recobrar las fuerzas perdidas, para aceptar con serenidad lo que la vida nos ofrece y para salir después al mundo, tocados por nuestra mirada interna, a compartir nuestra experiencia.


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AUTOPÍAS, CONCEPTOS, GESTALT

Esto es Gestalt, amigos

En algunas entradas de este blog he hecho alguna mención a la Terapia Gestalt, una corriente englobada en la llamada Psicología Humanista que propone una visión global del individuo en todas sus dimensiones sensoriales, emocionales, afectivas, intelectuales, sociales e incluso espirituales. Este enfoque fue impulsado por Fritz Perls en los años cuarenta del siglo pasado y tuvo su primera expresión teórica en el libro Terapia Gestalt: Excitación y crecimiento de la personalidad humana, publicado en 1951. Entre sus influencias se encuentran el Psicoanálisis, la filosofía oriental, la Fenomenología, el Existencialismo o la Psicología de la Forma, de la que tomó el nombre de gestalt. No obstante, a pesar de esta multiplicidad de influencias, el enfoque gestáltico ha sabido demostrar que el todo es más que la suma de sus partes.

La Terapia Gestalt considera que el individuo no vive aislado, sino que establece una constante interrelación con el ambiente que le rodea para satisfacer sus necesidades. Estas necesidades se van alternando en base a un principio de autorregulación: el organismo sabe lo que necesita para mantener su equilibrio. Así, en cada momento, se crea una gestalt o configuración en la que la necesidad más apremiante se convierte en figura destacada sobre un fondo de necesidades al que volverá una vez que haya sido satisfecha. La relación con el ambiente se da a través de un permanente ciclo de contacto y retirada: el organismo identifica la necesidad emergente, se moviliza, acude al ambiente para satisfacerla y, finalmente, vuelve a un estado de reposo para esperar la aparición de una nueva necesidad.

No obstante, no siempre es posible completar este ciclo. En el camino pueden aparecer una serie de fenómenos, llamados mecanismos de defensa o interrupciones, que impiden que el organismo tome conciencia de sus necesidades, active su energía para satisfacerlas y salga al ambiente para tomar de él lo que necesita. Estos mecanismos se dan en distintas formas: como normas o valores que hemos integrado, sin cuestionarlos, en nuestro sistema de creencias (introyección), como etiquetas que colocamos sobre los demás, sin darnos cuenta de que también dicen mucho de nosotros (proyección), como energía que volcamos contra nosotros mismos para evitar enfrentarnos con el ambiente (retroflexión), o como confusión con el medio que nos rodea, donde, convertidos en seres indiferenciados del resto, nuestra personalidad se desdibuja (confluencia).

Uno de los conceptos básicos de la Terapia Gestalt es el darse cuenta. El enfoque gestáltico anima a tomar conciencia tanto de las necesidades que se van sucediendo en el organismo como de los mecanismos que impiden su satisfacción. Enfrentando las interrupciones, el individuo puede cerrar las gestalts que quedaron inconclusas y restaurar el correcto funcionamiento del sistema de autorregulación. No importa tanto averiguar el porqué: la búsqueda de causas solo conduce a una sucesión interminable de explicaciones, racionalizaciones y justificaciones. Lo que en realidad importa es cómo interrumpimos el ciclo y para qué lo hacemos. Detrás de cada comportamiento no ajustado debidamente a una necesidad concreta suele haber siempre una evitación.

Y el darse cuenta solo puede ocurrir en el momento presente, en el aquí y el ahora. El pasado ya se fue y el futuro aún no ha llegado: solo es posible vivir lo que ocurre o, en todo caso, actualizar recuerdos o anticipar escenas temidas convirtiéndolos en vivencias del presente. Efectivamente, la Gestalt es un enfoque vivencial: descubrimos atravesando nuevas experiencias. Solo en la experimentación podemos definir nuestras necesidades olvidadas, percatarnos de la forma en que nos manipulamos o interferimos sobre el ambiente en contra de nuestro propio equilibrio y, finalmente, integrar en nuestra personalidad total aquellas partes de nosotros que, en algún momento, dejamos enajenadas. Por ejemplo, nuestras contradicciones, un concepto al que la Gestalt se refiere como polaridades.

Para mí, que me he sumergido durante varios años en este enfoque, la Gestalt es mucho más que una terapia: es una filosofía de vida, compatible con otras disciplinas (entre ellas, el Coaching), que, además de conciencia y presencia, implica también responsabilidad (entendida como libertad de ser) y que, desde ahí, conduce al individuo hacia su autoapoyo. El autoconcepto, la imagen que tenemos de nosotros mismos, no dice, en realidad, nada de lo que somos, no es más que una construcción artificial sujeta a modas y expectativas. Lo verdaderamente importante es todo el potencial que podemos desplegar tanto en el conocimiento de nosotros mismos como en la relación que queremos mantener con el mundo. En definitiva, se trata de aceptarnos tal cual somos. ¿Te apuntas?


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AUTOPÍAS, CONCEPTOS, REFLEXIONES

De la misión a la acción

En toda recopilación de frases motivacionales (ya sea en libros, agendas o calendarios) suele aparecer una cita de Edmundo Hoffens que dice la única diferencia entre un sueño y un objetivo es una fecha. Esto es coaching: crear o moldear una visión de futuro (el sueño), concretar nuestras ilusiones o ambiciones en una misión (el objetivo) adaptada a la realidad que vivimos y a nuestras competencias y capacidades y fijar una serie de acciones o pasos para alcanzar dicha misión en un plazo determinado (la fecha). De esta forma, el sueño se hace tangible y se convierte en una meta que, con más o menos esfuerzo, podremos alcanzar.

Tener presente la misión a lo largo de todo el proceso es el motor del cambio. Pensar en los beneficios, mejoras o recompensas que vamos a obtener cuando consigamos la meta incentiva nuestra motivación y moviliza nuestra energía. ¡Todo objetivo tiene que ser siempre estimulante! La misión es la referencia o la pauta que guía nuestras acciones: ya no es una ensoñación o fantasía incoherente, dispersa y aparentemente irrealizable, sino un propósito concreto en nuestro camino de crecimiento y realización personal, relacional, laboral o social.

No obstante, la misión, por muy deseada que sea, puede convertirse en una pesada losa en la que, si nos descuidamos, podemos quedar sepultados o paralizados. Todo objetivo conlleva, en mayor o menor medida, un gran esfuerzo y desgaste, y habrá momentos en los que nos sentiremos abrumados por todo lo que conlleva aquello que pretendemos alcanzar. Nuestras fuerzas flaquearán e incluso, si no reformulamos la situación de forma correcta, asomará en el horizonte la idea de abandonar.

Por eso conviene relativizar, hasta cierto punto, la misión que pretendemos conseguir. En mi opinión, el objetivo es una referencia a la que ir y volver en nuestra vida cotidiana: aunque nos señala la dirección en la que queremos avanzar, debe dejar todo el protagonismo a las acciones (etapas, pasos, herramientas) que hemos planificado para lograr nuestro propósito. ¿Qué pequeños logros estamos alcanzando? ¿Qué cambios sutiles se van produciendo en nuestra vida? ¿Qué estamos aprendiendo? En el día a día, no importa tanto la meta como el camino que recorremos para alcanzarla.


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AUTOPÍAS, HERRAMIENTAS DE COACHING, MINDFULNESS

Autocoaching vacacional

La toalla extendida sobre la arena de la playa, la tumbona junto a la piscina, el confortable sillón del salón del hotel, la terraza de la casa rural, la peña con forma de asiento que aparece al borde del camino durante la excursión, el césped del parque urbano más próximo a nuestro lugar de residencia… El verano, con sus días de vacaciones y de descanso, nos ofrece multitud de espacios en los que descansar, relajarnos y holgazanear. Nos lo merecemos, sin duda: el curso ha sido largo y ha consumido buena parte de nuestra energía. Es el momento de parar, no hacer nada, dejarse simplemente estar. Tomar el sol, buscar refugio en la sombra, esperar la caricia de la brisa sobre la piel…

Quizá nos resulte difícil afrontar ese no hacer nada. Al fin y al cabo, nuestra vida es una sucesión de rutinas y tareas que ocupan prácticamente todo nuestro tiempo. Por eso, llevaremos algún libro que nos apetezca leer, seleccionaremos series, películas o música para ver y escuchar o recurriremos a pasatiempos (analógicos o digitales) con los que dar sentido a ese esperado vacío en nuestra cotidianeidad. Puede ocurrir que estas ocupaciones, repetidas durante varios días, acaben convertidas también en una rutina vacacional. Por eso, te propongo dejar algún espacio para profundizar en tu desarrollo personal con la siguiente propuesta de autocoaching vacacional.

En uno de esos ratos de no hacer nada, observa lo que ocurre a tu alrededor. Si estás en un lugar concurrido, mira y escucha a la gente a tu alrededor. Si estás en un lugar más apartado, detente en el paisaje y en los sonidos de la naturaleza. A continuación, cierra los ojos y concéntrate en las sensaciones que estás experimentando. Simplemente obsérvalas, descubre cómo se manifiesta tu cuerpo ante los estímulos externos. Poco a poco, ve desligándote de lo que ocurre fuera para centrar toda tu atención en la respiración. Siente su ritmo natural, sin modificarlo: no tengas prisa por llegar a ningún estado. Cuando te apetezca, amplía tu respiración para hacerla más profunda. Nota el paso del aire por la clavícula, por el tórax, por el abdomen… Imagina cómo se expande el aire por la cabeza y las extremidades. Y, finalmente, déjate mecer, todo el tiempo que quieras, por el flujo inspiración-espiración.

Aprovechando el estado de serenidad y armonía al que habrás llegado a través de la respiración, y dejando a un lado cualquier tipo de juicio (es bueno que también la autoexigencia coja vacaciones), repasa brevemente cómo es tu vida ahora, en cada uno de sus ámbitos (personal, familiar, social, laboral…). ¿Cómo te sientes? ¿Qué imagen tienes de ti mismo? ¿Cómo son tus relaciones? ¿Qué cosas son las que realmente te importan? ¿Cuáles son tus fortalezas y tus debilidades? ¿Qué hay de tus miedos? ¿Qué logros has alcanzado? ¿Hay algo de lo que te sientas especialmente orgulloso? ¿En qué ocasiones te has sentido frustrado? ¿Cómo has reaccionado ante las dificultades?

Vuelve por un momento a la respiración para integrar las respuestas que te hayan ido surgiendo. Tal vez el ritmo se haya alterado: espera a que la respiración se haga, de nuevo, pausada y profunda para visualizar, a continuación, cómo quieres que sea tu vida en el futuro. Imagina, permítete soñar. ¿Cómo podrías ser más feliz? ¿Qué es lo que realmente te gustaría conseguir? ¿Qué cosas tendrías que cambiar? ¿Qué metas de las que querías alcanzar has ido abandonando o relegando por el camino? ¿Dónde y cómo quieres estar dentro de un año? ¿Y dentro de cinco, o de diez? ¿…? Regresa de nuevo a tu respiración y, lentamente, vuelve a conectar con el mundo exterior que te rodea.

Solo queda, ahora, comparar tu vida actual con la vida que realmente quieres tener. Puede que solo haya sutiles diferencias, o bien un abismo entre ambas. En cualquier caso, siempre es posible dar un primer paso hacia el cambio, grande o pequeño, que queremos lograr. ¿Qué puedes hacer para ponerte en camino hacia donde realmente quieres estar? ¿Qué alternativas tienes? En algunos ámbitos, las respuestas aparecerán con claridad. En otros, tal vez necesites iniciar un proceso de coaching profesional. Aprovecha ese no hacer nada del verano para buscar tu misión vital. Esa será tu motivación para afrontar la vuelta al día a día tras las vacaciones.


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AUTOPÍAS, CONCEPTOS, REFLEXIONES

Distraerse para concentrarse

De repente, se dio cuenta de que había llegado a un lugar que no conocía o, peor aún, a un lugar al que no hubiera querido volver. Desconcertado, se preguntaba: ¿cómo he llegado hasta aquí? Creía tener claro hacia dónde estaba caminando, pero el lugar en el que se encontraba no se parecía a la meta que había soñado, ni tampoco a ninguna de las escalas previas que se había fijado al trazar el mapa. ¿Cómo he llegado hasta aquí?, se repetía. Desorientado, no encontraba una explicación. ¿Qué le había ocurrido? ¿Tal vez se había distraído por el camino? ¿Dónde había sido? ¿Qué estímulo fue el causante? Y, sobre todo, ¿cómo volver allí para reanudar la marcha hacia el destino fijado?

Nuestra vida está llena de distracciones. Vivimos rodeados de fenómenos cotidianos que roban nuestra atención: llamadas, correos electrónicos, notificaciones de aplicaciones de mensajería y redes sociales… Estamos muy pendientes de lo que ocurre fuera, e incluso aparcamos nuestras necesidades o deseos para atender, prioritariamente, y aunque no nos satisfagan, las demandas o exigencias que nos llegan del exterior. Sin embargo, no todas las distracciones son externas o ajenas a nosotros mismos: nuestro discurso interior también puede distraernos desempolvando pensamientos o acciones recurrentes, a veces obsesivos, y cantos de sirena que nos sirven de refugio de la apática realidad en la que, según creemos, vivimos.

Las distracciones son, en la mayoría de los casos, tentaciones que nos sirven para inhibirnos o escapar de situaciones que nos asustan o que nos incomoda enfrentar. Distraídos, perdemos el foco sobre lo que realmente nos importa, y dejamos que nuestra atención y nuestra concentración se dispersen en múltiples estímulos accesorios que no conducen más que a una pérdida de tiempo y energía. El resultado es la desorientación e incluso, si no hemos definido una misión clara para nuestra vida, el vacío. Las distracciones a las que recurrimos para lidiar con el día a día, o para protegernos de él, terminan por dejarnos a la intemperie, desnudos de nosotros mismos.

No obstante, no todas las distracciones son negativas. Ni mucho menos. Hay también distracciones positivas y es fácil identificarlas: son aquellas que nos permiten contactar con nosotros mismos y actuar como realmente somos. ¡Improvisa! Siéntete libre para explorar tus necesidades, tus deseos, tus carencias. Despréndete de las distracciones impuestas y busca tu espacio propio. ¡Concéntrate! Define o redefine la misión que quieres llevar a cabo en tu vida (en el trabajo, en la familia, en tus relaciones sociales) y vuelve al camino del que las otras distracciones te hicieron apartarte. El verano, con las vacaciones, es una época propicia para mirar al interior y redescubrirse. Distráete no para escapar, sino para encontrarte.


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