AUTOPÍAS, REFLEXIONES

Gestos y primaveras

–¿Os habéis fijado en la escena en que…?

Ocurre a menudo cuando comentamos en grupo, con familiares, amigos o conocidos, una serie o película: alguien –tal vez cualquiera de nosotros– destaca una escena, una situación o un gesto que le ha resultado especialmente revelador… y el comentario suscita respuestas dispares, desde la resonancia de quienes también se sintieron reconocidos o identificados con ese pasaje hasta la indiferencia de quienes no le dieron importancia o ni siquiera se fijaron en ese momento concreto. Cada uno observa o evita, de forma consciente o inconsciente, aquello que de una manera u otra despierta sus anhelos, deseos, fantasías, necesidades, temores, frustraciones o contradicciones.

En las series y películas que he visto en los últimos días he encontrado algunos gestos que no solo me han llamado la atención, sino que también han supuesto una punzada emocional: unos amigos se besan y abrazan después de un tiempo sin verse, unos abogados estrechan sus manos tras cerrar un acuerdo en un bufete, unos chavales comparten una bolsa de patatas fritas mientras charlan en un parque… Las series y películas en las que aparecen estas escenas fueron rodadas justo antes del inicio de la pandemia y recogen, por tanto, situaciones contemporáneas… que eran cotidianas antes de que las mascarillas, los geles hidroalcohólicos y la distancia interpersonal se instalaran en nuestras vidas.

¿También a ti te llaman la atención estos gestos? ¿O soy yo, que estoy más sensible?

Las sensaciones que me producen estas escenas son diversas. A veces, me descubro preocupado por los personajes implicados, que –trasladados al contexto actual– podrían quedar expuestos a un contagio o ser sancionados por el incumplimiento de las medidas de prevención y protección frente al coronavirus. En otras ocasiones, siento envidia de no poder participar de ese tipo de gestos, tal vez nostalgia también. La mayor parte de las veces, eso sí, el sentimiento predominante es la esperanza de que, antes o después, será posible ir retornando a esa afectividad gestual, física, que ahora me estremece en series y películas. Es curioso: la ficción es la realidad que añoramos; la realidad que vivimos nos parece, pese al tiempo transcurrido desde el comienzo de la pandemia, un relato de ficción, una pesadilla de la que acabaremos por despertar.

En el horizonte hay algunas señales prometedoras: la tercera ola de la pandemia se da por finalizada, la vacunación de la población se va generalizando, siguen las investigaciones para encontrar nuevos tratamientos… y, con estos destellos al fondo, se lanzan discursos muy optimistas de cara al verano. En este punto, me gustaría hacer una llamada a la responsabilidad individual y colectiva: la experiencia nos ha demostrado una tendencia a desescalar demasiado rápido. La cantante Elena Iturrieta, conocida como ELE, puso música y voz, durante 2020, a una campaña de publicidad que incluía un verso que no se me va de la cabeza: pero, por ver el verano, no pierdas la primavera. La primavera del confinamiento estricto de cuyo inicio se va a cumplir un año; la primavera, aún en pandemia, que está por comenzar.


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Impostores al acecho

Nuestro día a día es una sucesión constante de pequeñas gestas y pequeños contratiempos a los que, generalmente, no damos mucha importancia: nos levantamos al ritmo que marca el despertador, buscamos la máxima eficacia o comodidad en las tareas que realizamos, intentamos sacar el máximo partido de nuestras actividades de ocio y tiempo libre… y nos adaptamos –con relativa facilidad, y aunque nos sintamos frustrados– a los obstáculos cotidianos que intentan alterar nuestra rutina (los atascos de tráfico, los requerimientos de última hora o las condiciones meteorológicas que nos obligan a cambiar de planes). Caminamos entre las llamadas vicisitudes de la vida.

No obstante, todos tenemos propósitos vitales que trascienden a ese fluir de avatares y que, sin solución de continuidad, medimos en términos de éxito o fracaso. El éxito, en estos tiempos que corren, parece haberse convertido en un fin en sí mismo: lo importante no es el resultado práctico de las acciones que nos han llevado a conseguir un determinado objetivo, sino el reconocimiento público que obtenemos por ello (el aplauso y la envidia). Olvidamos que el éxito está vinculado a valores como la superación y el esfuerzo, la satisfacción de un trabajo bien hecho (en coherencia con nuestro talento y con los recursos materiales de los que disponemos) y el saber disfrutar de lo que tenemos.

El fracaso, lamentablemente, sigue siendo un estigma: no solo hay que lidiar con la tristeza y la frustración que supone no haber logrado los objetivos que nos habíamos propuesto, sino que también hay que hacer frente a la mirada social que ve como perdedores a quienes no consiguen lo que se proponen. Los reproches propios y ajenos alientan el miedo, limitan nuestro potencial y convierten el fracaso en exclusión: mejor no correr riesgos antes que fallar –¿tal vez triunfar?– otra vez. En este caso, olvidamos que el fracaso es, más que una derrota, una experiencia de aprendizaje con la que gestionar mejor futuras acciones y, sobre todo, una oportunidad para nuestro crecimiento personal.

Al reflexionar sobre el éxito y el fracaso me vienen a la cabeza, inevitablemente, unos versos del poema Si… de Rudyard Kipling: Si tropiezas el triunfo; si llega la derrota; y a los dos impostores los tratas de igual modo… Para mí, el éxito y el fracaso no son un cierre o una conclusión, sino un punto de partida para conseguir nuevas metas: en el éxito, porque la vida se estanca si no buscamos nuevos propósitos o misiones por las que luchar; en el fracaso, porque cualquier aprendizaje es un regalo que nos hace más fuertes. Los impostores ganador y perdedor aparecerán varias veces en nuestro recorrido vital: no te detengas demasiado en ellos, el camino ha de continuar.


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Dime de qué careces y te diré de qué presumir

Me asomo, una semana más, al vacío del folio en blanco. No me faltan temas sobre los que hablar, pero me invade una sensación de carencia. ¿Realmente tengo algo que aportar? Hay una gran cantidad de profesionales y aficionados disertando sobre conceptos de crecimiento y desarrollo personal. Me dejo sorprender por su talento, por sus habilidades, por sus técnicas de intervención, por el gran número de seguidores atentos a sus publicaciones o por su imagen pública (aunque a veces esta imagen pueda ser falsa). Siento envidia de su éxito. Y, cegado por lo que los demás han conseguido, me olvido de lo que puedo ofrecer y conseguir yo.

Reconozco que vivir en la carencia, olvidados de nosotros mismos, solo prestando atención a lo que tienen o muestran los demás, puede ser muy cómodo. Vivir así nos permite permanecer anclados en nuestra estrecha zona de confort eludiendo asumir nuevos retos y limitando nuestra capacidad de aprendizaje. Pero… ¿y si cambiamos la perspectiva? ¿No hay nada único, específico de nosotros mismos, que pueda llamar la atención de los otros? Todos tenemos habilidades y capacidades propias. Algunas de ellas, aunque no seamos conscientes de ello, están a la vista. Otras necesitan desarrollarse o perfeccionarse. Incluso tenemos habilidades ocultas, aún por descubrir, a la espera de experiencias en las que salir a la luz.

Al escribir estas líneas voy recordando –y reivindicando– mis propios talentos. Algunos de ellos, en lo que se refiere a este blog, podrían ser la constancia en la publicación de las entradas, la voluntad de una mirada atenta y de una escucha activa sobre lo que sucede en mí y a mi alrededor y la vivencia de mi propio camino de conocimiento personal (primero con la Terapia Gestalt, después con el Coaching). Tengo mi propia manera de expresar y compartir lo que descubro, lo que vivo. ¿Cuáles son tus talentos? Recuerda experiencias de éxito en tu vida familiar, académica, profesional, social… Los seres humanos estamos programados para ser únicos. ¿Seguirás lamentándote de tus carencias o empezarás a explotar todo tu potencial?

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