AUTOPÍAS, COACHING, REFLEXIONES

Cuarteles de invierno

Y el tiempo no se pone en mi lugar
VETUSTA MORLA

La semana pasada, en la entrada Las reacciones del miedo, aludía a algunas de las amenazas globales que ponen en peligro la supervivencia del ser humano y mencionaba, entre ellas, las infecciones por nuevos microorganismos patógenos. En aquel momento, no pensaba –o no quería pensar– que el coronavirus COVID19 fuera a convertirse en la potente amenaza que ha resultado ser, de ahí que optara por hablar de las reacciones que nos provocan las amenazas cotidianas o domésticas que, en situaciones de normalidad, solemos encontrar en nuestro día a día. No obstante, como hemos visto y vivido, el escenario en relación al coronavirus fue cambiando rápidamente, pasando del cierre de colegios, institutos y universidades anunciado inicialmente en lugares como Madrid, ciudad en la que vivo, a la declaración del estado de alarma en España.

En situaciones como la que afrontamos, es normal tener sentimientos confusos, incluso contradictorios, que se alternan sin que apenas parezca existir separación entre ellos. Así, hemos ido saltando de la trivialización de lo que estaba ocurriendo –negando incluso la existencia de la amenaza o viviendo como si el coronavirus fuera aún una realidad lejana– al pánico desbordado, rozando la histeria, que se ha manifestado en esas compras, un tanto compulsivas, en los supermercados. Qué difícil encontrar ese punto intermedio de responsabilidad, dentro de una situación de excepcionalidad, en el que, siendo conscientes de las repercusiones de esta crisis (personales, sociales, sanitarias, laborales, académicas…) podamos encontrar, también, espacios de calma y orden que nos permitan continuar, en la medida de lo posible, con nuestros quehaceres cotidianos y/o, a la vez, buscar nuevos espacios de confianza, espera o crecimiento personal. No olvidemos que ‘responsabilidad’ es la habilidad de responder.

La situación actual nos obliga, inevitablemente, a un cambio de hábitos que afecta a todos y, especialmente, a las personas que, bien por poder acceder al teletrabajo o por haber visto interrumpida su actividad laboral a consecuencia de las restricciones dictadas para evitar la expansión del coronavirus, pueden cumplir las recomendaciones de permanecer en sus hogares. Afortunadamente, vivimos en un mundo conectado a través de las nuevas tecnologías, de modo que, aunque no podamos quedar presencialmente, podemos mantener contacto frecuente con nuestros familiares y amigos. Estas nuevas tecnologías se han manifestado también como la mejor alternativa a lo que hasta ahora entendíamos como vida social, favoreciendo el acceso a exposiciones, conferencias, conciertos, cuentacuentos o juegos online que, como hemos visto este fin de semana, nos han ayudado a afrontar nuestro vacío o silencio interior.

Estamos acostumbrados, en general, a vivir hacia afuera, siempre en busca de estímulos y propuestas. Somos seres sociales, y en el encuentro con el otro, o con las experiencias que otros pueden ofrecernos, encontramos vías de crecimiento y desarrollo (unas veces) o de escape (otras veces, quizá demasiadas). Tal vez la situación de confinamiento a la que nos enfrentamos pueda ser una oportunidad para mirar dentro de nosotros y, quizá, empezar a atisbar las respuestas que, hasta ahora, nos empeñábamos en buscar fuera, en el movimiento, en el bullicio. Es tiempo de volver a los cuarteles de invierno: ¿qué tal si buscamos rutinas para escuchar con sosiego lo que nos dice nuestro cuerpo, para observar con cierta distancia los pensamientos con los que nuestra mente nos bombardea en estos tiempos de incertidumbre, para hacer un poco de introspección sobre nuestra identidad, nuestros valores, nuestra forma de ser y estar en el mundo?

Hacerse preguntas sobre uno mismo no es fácil: tendemos a plantearnos preguntas para las que ya tenemos una respuesta concienzudamente preparada y sabida que nos conduce, invariablemente, al victimismo o a la autojustificación. Por eso, con el objetivo de ayudar a encontrar nuevas perspectivas, durante la vigencia del estado de alarma decretado por el Gobierno de España ofreceré servicios individuales de coaching gratuitos por videollamada o videoconferencia. Las sesiones se realizarán en horario de mañana o tarde (a convenir) y tendrán una duración de 45 minutos, con un máximo de tres sesiones por persona. La solicitud de cita se realizará a través del correo electrónico info@autopiascoaching.com o del formulario de contacto de mi página web indicando nombre y apellidos, edad, profesión, teléfono, preferencia de horario (mañana o tarde) y preguntas o inquietudes que te llevan a solicitar la sesión. Las sesiones se adjudicarán por orden de solicitud, teniendo en cuenta que, por razones de agenda, solo podré realizar un máximo de cuatro sesiones diarias. ¡Mucho ánimo! En nuestro interior está la fuerza que necesitamos.


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Confiar y esperar

La sociedad en la que vivimos nos demanda resultados inmediatos. Todo es urgente. Nada puede esperar. En el trabajo, se nos exige celeridad en la realización de las tareas que nos corresponde ejecutar. En nuestras relaciones sociales, gracias a la implantación de nuevas tecnologías que nos permiten estar permanentemente conectados y localizables, se espera que respondamos de forma inmediata. Así nosotros, contagiados por esa exigencia, acabamos impacientándonos cuando no obtenemos una respuesta o cuando no se cumplen nuestros mandatos o nuestras solicitudes en el tiempo que esperábamos. Incluso nos volvemos impacientes cuando nuestras decisiones y aspiraciones vitales (un cambio de trabajo, una reorientación de la carrera profesional o una relación) no dan frutos inmediatos.

Vivir conlleva hacer apuestas en todos los niveles de nuestra existencia, pero los resultados no son siempre visibles en un corto plazo. Debemos ser pacientes y esperar, aunque –urgidos por el deseo, la autoexigencia o la presión social– no resulte fácil hacerlo. En estos tiempos de espera me gusta recordar un cuento zen sobre el cultivo y el crecimiento del bambú japonés. El cuento dice que, una vez plantada la semilla, la planta tarda siete años en brotar del suelo. Esos siete años son el tiempo que la planta necesita para generar el complejo sistema de raíces que soportará –una vez transcurrido ese período– semanas de rápido crecimiento y consolidación. ¡Todo un desafío para impacientes!

¿Cómo aguardar los resultados de las grandes decisiones o apuestas de nuestra vida? Por un lado, con la confianza que dan el esfuerzo, la dedicación y la entrega con los que afrontamos nuestras metas (sobre todo aquellas que surgen de la reflexión sobre uno mismo) y, por otro lado, con la espera paciente, pero no inactiva, de los ansiados frutos (debemos estar vigilantes para garantizar que el terreno donde hemos plantado nuestra semilla mantiene las condiciones adecuadas para que pueda germinar). Como se indica en la novela “El Conde de Montecristo”, de Alexandre Dumas, toda la sabiduría humana se encierra en estas dos palabras: confiar y esperar. Si la apuesta es firme, crecerás.

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