AUTOPÍAS, CONCEPTOS, REFLEXIONES

Las fases de la responsabilidad

En las últimas semanas, con gran esfuerzo por parte de todos, nos hemos ido acostumbrando a convivir con la pandemia de enfermedad por coronavirus, primero afrontando las restricciones derivadas del confinamiento en nuestros hogares y después –ahora– en el acceso a “la nueva normalidad” según las distintas fases establecidas en el plan de desescalada elaborado por las autoridades políticas y sanitarias. No obstante, el COVID19 empezó siendo un fenómeno muy lejano…

Tan lejano que, efectivamente, tuvo su origen en Wuhan, una ciudad de china situada a casi 10.000 kilómetros de distancia de Madrid, desde donde escribo estas líneas. Una distancia geográfica que se agranda, además, con las enormes diferencias culturales y de concepción del mundo, en todos sus órdenes, que separan las sociedades occidentales, tal y como las conocemos, del fantástico y opaco gigante asiático. Con toda esa distancia, ¿cómo iba a llegar el coronavirus hasta aquí?

Al fin y al cabo, estamos en el siglo XXI y vivimos en una sociedad avanzada que, pese a las imperfecciones manifiestas en tantos ámbitos, dispone –o debía disponer– de todos los sistemas de control y prevención necesarios y de los tratamientos oportunos. Por otro lado, la sopa de murciélago, de la que se hablaba en enero como brote y causa de propagación del virus, nunca ha formado parte de nuestra dieta. Sin embargo, aunque yo entonces no las viera, las luces de emergencia habían comenzado a encenderse.

Así, se aplazaron o se suspendieron distintos eventos internacionales (foros, cumbres, seminarios) que tendrían que haberse celebrado a lo largo del mes de febrero. ¡Qué exageración! Para muchos seguía siendo impensable que el COVID19 tuviera una letalidad como la que está demostrando. Que el coronavirus llegara a Lombardía (Italia), a 1.600 kilómetros de Madrid, parecía solo una anomalía, una imperfección del sistema en que vivimos, que ocurría todavía lejos de nosotros.

La gravedad de la situación se hace patente a mediados de marzo, cuando la Organización Mundial de la Salud (OMS) califica la enfermedad por coronavirus como una pandemia y el Gobierno de España declara el estado de alarma con las medidas de restricción y confinamiento que todos, con distintos niveles de dificultad, hemos ido aplicando. El impacto del coronavirus se hace evidente –y dramático– en las crecientes estadísticas de contagiados y fallecidos.

La realidad se vuelve aún más dura cuando las cifras de mortalidad –fríos números– incluyen seres queridos o conocidos. Encogidos por el dolor, tratamos de seguir con nuestras rutinas, conciliando como mejor podemos el trabajo, la educación de los niños, el acompañamiento a los familiares a los que no podemos visitar, las tareas domésticas, el tiempo de ocio… La paralización de toda la actividad económica, excepto servicios esenciales, supone un golpe adicional para muchos hogares.

Por fin, la representación gráfica del número de contagios por COVID19 alcanza el esperado pico de la curva y, estimulados por la llegada de la primavera y el desgaste de semanas de confinamiento, nos preparamos para la desescalada. Quien más, quien menos, todos sacamos el analista que llevamos dentro, formado en las más prestigiosas comunidades de vecinos, en eminentes redes sociales y en variopintos grupos de aplicaciones de mensajería, con ideas concluyentes sobre la forma en que –nosotros primero– se ha de proceder. En este contexto, se hacen necesarias las apelaciones a la responsabilidad.

Como he señalado en otros textos, la responsabilidad (responsa-habilidad) es la habilidad de responder, con acciones, a la realidad a la que nos enfrentamos. Desde mi punto de vista, no puede haber auténtica responsabilidad si no integramos, en nuestra respuesta, algunas de las ideas que se desprenden de los párrafos anteriores. Entre ellas, la autocrítica: hemos de asumir y aceptar la posibilidad de haber cometido equivocaciones o errores de diagnóstico en nuestra interpretación inicial de la realidad… y enmendarlos.

Tampoco puede haber responsabilidad, a mi juicio, sin humildad: la realidad que vivimos es compleja y en ella convergen numerosas variables que escapan a nuestro control e incluso a nuestro entendimiento. Está bien –y es más que recomendable– buscar toda la información necesaria para que nuestra respuesta sea lo más ajustada posible, pero cuidado con instalarse en axiomas absolutos. Como hemos visto en las últimas semanas, la situación no es estática: evoluciona.

Por último, aunque la responsabilidad es una respuesta individual, creo que en ella no debe faltar sentido común. Suele decirse que el sentido común es el menos común de todos los sentidos, así que voy a reformularlo de otra manera: sentido de comunidad. En una pandemia como la que estamos afrontando, la seguridad de cada uno depende también de que los demás se sientan seguros. Y esto, a la vez, requiere ser atentos con las personas que, por una razón u otra, afrontan la desescalada con miedo o con una mayor dosis de incertidumbre.

Esperemos que las fases de la desescalada se sucedan sin repuntes significativos en las estadísticas de afectados por el coronavirus y que, poco a poco, todos nos vayamos adentrando y adaptando a la nueva normalidad que marcará nuestra vida, al menos, a corto y medio plazo. Yo voy a hacer todo lo posible por ejercer esa responsabilidad armada de autocrítica, humildad y sentido común. ¿Y tú? ¿Cómo va a ser tu responsabilidad?


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AUTOPÍAS, REFLEXIONES

Escriba aquí su titular

No es fácil encontrar un buen titular para un texto, sea este una noticia, un artículo de opinión o una entrada de un blog. Los manuales de periodismo recomiendan buscar titulares que condensen la idea que se va a transmitir en los párrafos siguientes y que, a la vez, sean atractivos para los potenciales lectores. El titular, bien entendido, debe ser un reclamo que invite a leer la primera frase del texto, frase que a su vez será un reclamo para leer la segunda, y así sucesivamente.

En ese intento por llamar la atención, los titulares –a veces– se desvirtúan para incluir elementos (críticas, sesgos, apelaciones…)  que no aparecen en el texto que se ofrece a continuación, que no tienen nada que ver con él o que contradicen lo que en él se cuenta. Esta distorsión puede ser inocente (cuando el titular escogido da lugar a significados o connotaciones que no calculábamos inicialmente) o deliberada (cuando, siguiendo determinados intereses, prevalece aquello de que la verdad no te estropee un buen titular).

Las fuentes de información, pese a la concentración de medios, se han multiplicado con la explosión de Internet, donde conviven periódicos tradicionales, medios digitales, confidenciales, blogs y otros canales cuyas informaciones o enlaces se replican a través de las redes sociales. Como no tenemos tiempo para leerlo todo, acabamos asumiendo, como verídicos o falsos, titulares de cabeceras en las que confiamos o desconfiamos, de periodistas o articulistas a los que otorgamos credibilidad o a los que menospreciamos o de noticias que nos reenvían personas (afines o no en lo que a interpretación de la realidad se refiere) de nuestros círculos personales o sociales.

Puede que, arrastrados por esa inercia, acabemos construyendo una visión parcial o sesgada del mundo en el que vivimos. Y puede que, asustados inconscientemente por la precariedad superficial de algunos de nuestros argumentarios, nos volvamos aún más beligerantes o radicales en su defensa. Surgen así los grandes desencuentros, las opiniones irreconciliables, las divisiones en bandos, la sociedad polarizada… El mundo en blanco y negro, sin matices: el que no está conmigo, está contra mí.

Hoy te invito a ir más allá del titular. Y no solo en las noticias o en los relatos sobre la actualidad que nos envuelve, sino también en la forma de aproximarnos a quienes nos rodean. Escapa de la superficialidad, profundiza. Escucha lo que el otro tiene que decirte, rescata aquello que pueda resultarte válido. Intenta ser pedagógico al exponer tus argumentos, busca espacios de encuentro en los que, pese a las diferencias, poder construir espacios de entendimiento.

Te invito, también, a revisar los titulares con los que te presentas ante el mundo. Olvida las etiquetas que otros y tú mismo os habéis ido colocando a lo largo de tu vida; busca titulares diferentes y genuinos, que salgan de ti y que representen, en la medida de lo posible, toda la complejidad de la que estamos hechos. Sé consciente de la riqueza que llevas dentro, no limites tu campo de visión. No olvides que todos, en algún momento, pensamos, hacemos y decimos una cosa y su contraria. Que un titular efímero no detenga tu constante evolución.


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AUTOPÍAS, CONCEPTOS, EMOCIONES, REFLEXIONES

Las reacciones del miedo

Se han descrito, tradicionalmente, tres posibles reacciones del ser humano ante amenazas o situaciones de peligro que nos provocan miedo: el ataque, la parálisis o la huida. Estas reacciones tienen su origen en el llamado cerebro reptiliano (la capa más profunda de nuestro cerebro, donde se localizan los instintos primitivos relacionados con la búsqueda de comida, el cortejo, la identificación de rivales y, en general, todos los aspectos relacionados con la supervivencia) y se activan gracias a la amígdala, una estructura con forma de almendra situada en el cerebro límbico (capa del cerebro anterior al neocórtex en la que se regulan nuestras respuestas fisiológicas y emocionales configurando determinados patrones de conducta).

Los riesgos que amenazan la supervivencia del ser humano han cambiado a lo largo de la historia. Ya no tenemos que salir a cazar, enfrentándonos a todo tipo de animales salvajes, para procurarnos el alimento necesario: basta con bajar al supermercado o, directamente, hacer un pedido telefónico u online para que nos traigan la comida a casa.  No obstante, seguimos rodeados de amenazas: el terrorismo, el cambio climático, las infecciones por nuevos microorganismos patógenos… Y hay, además, otras amenazas que, si bien no suponen peligro de muerte, condicionan nuestra supervivencia individual y social en un mundo especialmente competitivo (el miedo al ridículo, la pérdida de un determinado estatus, el temor a ver comprometidos nuestros valores o creencias…). Es curioso ver cómo estas amenazas cotidianas suscitan, de forma irracional, esas mismas reacciones de ataque, parálisis o huida con las que respondemos a estímulos que, verdaderamente, afectan a nuestra supervivencia física.

Ante cualquier amenaza, y especialmente ante los retos o desafíos del día a día, cada uno responde como mejor sabe y puede de acuerdo al contexto y a la experiencia. Pero no siempre esa respuesta es la más eficaz. Pienso, por ejemplo, en el ataque: generalmente, el hecho de enfrentarse a una situación desafiante se interpreta como un signo de valentía, pero… ¿siempre lo es? El ataque solo será eficaz si somos conscientes de nuestras habilidades y de nuestras limitaciones, de las fortalezas y debilidades de nuestro rival (en caso de que se trate de un enfrentamiento interpersonal), de los condicionantes de la situación que nos reta, de nuestra capacidad para desarrollar un plan de acción con objetivos claros y herramientas precisas que, si bien no nos garanticen el éxito, al menos nos predispongan para la victoria. Atacar sin estar preparado no es valentía, es insensatez. Mejor combinar el corazón con la cabeza.

Lo mismo ocurre con la huida. Habitualmente, asociamos la huida con la cobardía, pero… ¿siempre es así? Efectivamente, muchas veces escapamos de cosas que no queremos afrontar, evitamos asumir nuevos retos o desafíos. Desaparecemos, como los mejores ilusionistas, para seguir cómodamente instalados en nuestra zona de confort: sí, sabemos que nos perdemos cosas, ¡pero qué bien se está en nuestro pequeño mundo! Otras veces, por el contrario, no se puede hablar de huida, sino de retirada: no tiene sentido permanecer en lugares donde no nos sentimos escuchados, donde no se respetan nuestros límites, donde nuestra energía se consume impidiendo que podamos dar lo mejor de nosotros mismos en otros proyectos o áreas que puedan resultarnos más interesantes o en las que nos sintamos más realizados.

En la parálisis, tratamos de mimetizarnos con el entorno intentando pasar desapercibidos. Lo normal, en estos casos, es que acabemos actuando, a largo plazo, de forma confluyente o sumisa, todo con tal de no significarnos. Pero pararse puede ser, quizá, la forma más efectiva de responder a corto plazo, sobre todo cuando se trata de amenazas domésticas o cotidianas que no conllevan un riesgo vital: pararse para chequear nuestra fisiología (el miedo, como es sabido, tiene manifestaciones físicas en forma de incremento de los ritmos cardíaco y pulmonar, palidez o enrojecimiento de la piel, repercusiones estomacales e intestinales…), pararse para observar y tomar conciencia de lo que está ocurriendo en nuestro cuerpo y, a partir de ahí, buscar nuevas perspectivas que nos permitan, llegado el momento, dar una respuesta acorde con nuestras necesidades y expectativas.


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AUTOPÍAS, REFLEXIONES

Contando hacia delante

De repente, se enciende una luz: en medio de las ocupaciones diarias, surge una idea sobre la que escribir en la próxima entrada del blog. A veces, esa luz emana de un potente foco que alumbra no solo el tema a tratar, sino también las experiencias o conocimientos de los que puedo tirar para desarrollarlo (intento que todo lo que escribo esté relacionado conmigo), el formato del artículo (más divulgativo o metafórico) o la distribución del contenido en un número concreto de párrafos (una media de cuatro párrafos por cada texto). Otras veces, en cambio, la luz proviene de una débil y desgastada bombilla parpadeante que hay que apretar para que haga mejor contacto con el casquillo y que hay que limpiar para que ofrezca una luz más clara y brillante.

Sea como fuere, esa luz –vamos a llamarla inspiración– ha estado ahí semana a semana y me ha permitido alcanzar la cifra de 100 entradas publicadas que hoy quiero celebrar contigo. Aunque parece que fue ayer, la verdad es que ya hace casi dos años que comencé a escribir estas autopías. Por aquel entonces, dudaba de mi capacidad para encontrar y desarrollar temas con los que mantener la periodicidad semanal de publicación a la que me comprometí desde el principio. Sin embargo, el tiempo (acompañado de implicación, esfuerzo y constancia, así como de comentarios positivos sobre el valor de cada entrada) ha demostrado que esas dudas eran infundadas.

Este recorrido hasta llegar a esta entrada número 100 me deja, como aprendizaje, el descubrimiento de que cada artículo tiene vida propia una vez publicado en el blog. Así, si tomamos como indicador el número de visitantes o lectores, algunas de las entradas que, en mi opinión, iban a tener un mayor impacto se han quedado en registros medios, mientras que entradas que yo consideraba más convencionales, o con menos fondo, han batido récords en lo que a visitas se refiere. Sé que los algoritmos que rigen el mundo digital en el que vivimos son inescrutables. En cualquier caso, desapegarme de cada entrada, una vez publicada, me ayuda a rebajar mis expectativas y mi nivel de autoexigencia en el proceso de escritura.

Hablando de número de visitantes, y aprovechando que estamos en diciembre –mes propicio para los balances–, la entrada más leída este año ha sido Volverse océano, inspirada en la historia de Khalil Gibran sobre el miedo del río a desembocar en el mar. Se trata de una metáfora que todos podemos compartir en un momento dado de nuestra vida y que a mí me resuena con fuerza en el contexto vital en el que me encuentro. ¿Será 2020 mi propio océano? Es una suerte, por tanto, reencontrame con este mensaje de tránsito y evolución cada vez que compruebo las estadísticas de visitantes, lectores y seguidores. El autor arroja la botella al mar, esperando que el papel guardado en su interior llegue a buen puerto, y el oleaje devuelve la botella a su propia orilla.

Confío en que la luz inspiradora de la que hablaba antes me siga acompañando en las próximas semanas. Por si acaso, por si algún día no se enciende, o para hacerla aún más brillante, te invito a hacerme llegar tus sugerencias sobre temas relacionados con el autoconocimiento y el crecimiento personal que creas que puedan tener cabida, o un mayor desarrollo, en este blog. Puedes hacerlo a través del formulario de contacto de mi página web o bien a través de las redes sociales que aparecen enlazadas a pie de página. Si eres lector habitual, gracias por acompañarme, con mayor o menor asiduidad, en estas 100 entradas. Si me has leído hoy por primera vez, ojalá vuelvas para seguir compartiendo autopías. Rumbo al cambio. ¿Te vienes?


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AUTOPÍAS, RECOPILACIONES

Inspira(n)do

Se define la inspiración como el estímulo o la lucidez repentina que siente una persona y que favorece la creatividad, la búsqueda de soluciones a un problema o la concepción de ideas que permiten emprender un nuevo proyecto. Dicho de otro modo, es la chispa que pone en marcha cualquier proceso creativo. Este destello puede brotar espontáneamente, surgido de la nada, o bien puede aparecer como resultado de una serie de influencias que, conectadas, nos llevan a hacer interpretaciones personales, siempre genuinas, sobre la realidad en la que vivimos. En la entrada de hoy voy a repasar algunas de las influencias que me han servido de inspiración para escribir artículos en los que –¡ojalá!– hayas podido encontrar inspiración para ese proceso creativo que también es tu vida.

Mi principal influencia, sin duda, son los libros sobre crecimiento personal, psicología, educación o neurociencia con los que sigo complementando y ampliando mi formación en coaching. El mercado está lleno de títulos y, en ocasiones, los contenidos se repiten. Pero, a veces, encuentro aportaciones que considero novedosas o que me estimulan de forma especial. Es el caso de El elemento, de Ken Robinson, sobre el que versaba la entrada ¿Cuál es tu elemento?, o de Mindset. La actitud del éxito, de Carol Dweck, texto sobre el que hablaba en la entrada Mentalidades contrapuestas. Robinson nos invita a encontrar y a ampliar ese lugar donde podemos desarrollar al máximo todo nuestro potencial. Por su parte, Dweck nos anima a dejar de lado la mentalidad determinista con la que muchas veces afrontamos lo que nos pasa en la vida para actuar con una mentalidad abierta al aprendizaje y al cambio interior.

Otros títulos que me han servido de inspiración para dar discurso a este blog han sido Comunicación no violenta. Un lenguaje de vida, de Marshall B. Rosenberg (véase la entrada Otra respuesta es posible), El extraño orden de las cosas, de Antonio Damasio (Dos caras de una misma moneda) y Fluir, una psicología de la felicidad, de Mihaly Csikszentmihalyi (Imponerse o fluir). Estas obras nos hablan, respectivamente, de un modelo de respuesta alternativo con el que poner límites y manifestar nuestro enfado, del placer y del dolor como sentimientos motores de la evolución humana y de la importancia de fluir, en todo lo que hacemos, como paso previo para alcanzar la felicidad.

En ocasiones, la inspiración llega en forma de crítica. Es lo que me ocurrió tras leer la obra La burbuja terapéutica. Como caí en las trampas del crecimiento personal y las terapias, de Josep Darnés. En la entrada Yo, coach respondo a los argumentos con los que Darnés cuestiona los conceptos sobre los que se fundamenta el coaching y las características de quienes ejercemos esta profesión y defiendo los principios de responsabilidad y honestidad que deben regir un proceso de coaching. Otras veces, son personajes de ficción literaria quienes, en el proceso de inspiración, toman una entrada, como sucedió en Reflexión: el efecto de reflejarse, en la que aparecían –juntos, pero no revueltos– Narciso, Blancanieves o Alicia.

No voy a discutir el axioma de que todo está en los libros, pero la inspiración surge de cualquier tipo de influencias. ¿De la música? Sí, la composición Variations on the Kanon by Pachelbel, de George Winston, me sirvió de inspiración para la entrada Diciembre, dedicada a las sensaciones que me evoca el último mes del año. ¿Del cine o la televisión? Sí, la película El show de Truman y la serie de televisión Friends fueron el punto de partida para las entradas Dentro o fuera de la burbuja, sobre el concepto de zona de confort, y Toma 2: reencuadre, sobre la capacidad que tenemos de reformular lo que pensamos de nuestra vida. ¿Del arte? También, como ocurrió en la entrada Impresión: flujo continuo, en la que reflexionaba sobre la necesidad de dotar de un contexto a lo que nos pasa…

Es tú turno: déjate permear por las cosas que te gustan, fíjate en cualquier cosa que llame tu atención… e inspírate para alcanzar tu autopía.


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AUTOPÍAS, CONCEPTOS

Viaje al interior de la pirámide

Buena parte de las entradas publicadas en este blog se refieren –directa o indirectamente, consciente o inconscientemente– a la importancia de contactar con nuestras propias necesidades. Cada necesidad pone de manifiesto una carencia (una figura que requiere ser completada) y orienta al individuo –mediante un impulso o movimiento– hacia su satisfacción. De esta manera, las necesidades son la base de nuestro sustento y evolución. Algunas pueden satisfacerse fácilmente: si tenemos sed, basta con ir a la cocina a beber un vaso de agua. La satisfacción de otras necesidades, en cambio, resulta más compleja. En estos casos, las necesidades acaban convirtiéndose en deseos o anhelos que, si no se enfocan adecuadamente, hunden al individuo en una sensación de insatisfacción permanente.

El psicólogo Abraham Harold Maslow (1908-1970) es el autor de una de las clasificaciones más conocidas de las necesidades humanas. Su enfoque, conocido como la pirámide de Maslow, defiende una concepción jerarquizada de las necesidades, desde las exigencias biológicas básicas hasta la autorrealización, en la que es necesario satisfacer las necesidades de nivel inferior para poder acceder a las necesidades, de mayor valor, de los niveles superiores. El trabajo de Maslow no es solo una enumeración de las necesidades humanas, sino también una reflexión sobre la línea de desarrollo del ser humano.

Maslow sitúa, en la base de la pirámide, las necesidades primarias o biológicas (alimento, bebida, vestido, vivienda). Sobre ellas se encuentran las necesidades de seguridad (la necesidad de sentirnos seguros en el entorno que nos rodea y ante el futuro que nos espera), que obtenemos mediante sistemas y vínculos de protección y cuidado. A continuación se sitúan las necesidades de pertenencia, grupo en el que se incluyen el afecto, la amistad o el amor. El siguiente nivel lo ocupan las necesidades de autoestima (el prestigio, el reconocimiento y la capacidad de valerse por uno mismo). Finalmente, ya en la cúspide de la pirámide, se hallan las necesidades de autorrealización o trascendencia (el desarrollo pleno de las capacidades propias de cada individuo).

Este modelo es el que se ha tomado como referencia en la sociedad occidental contemporánea. No obstante, los conceptos de seguridad, pertenencia, autoestima y autorrealización se han ido resignificando en cada época de acuerdo a presiones sociales, grupales o familiares, a los intereses de la publicidad o a la evolución de las modas. El camino hacia la autorrealización pasa, según parece, por una serie concreta de exigencias. Los mensajes –pautas– externos acaban por confundir al individuo, que diluye sus necesidades de acuerdo a lo que, en teoría, se espera de él. Prevalecen, por tanto, las necesidades de otros (la familia, el grupo social de referencia, el sistema).

Propongo mirar más allá de los bloques externos que dan forma a la pirámide de Maslow. Imagina que su interior alberga distintas cámaras o dependencias, como ocurría en las pirámides del Antiguo Egipto. Piensa, incluso, en la posible existencia de compartimentos secretos. Es ahí, mirando al interior, donde podrás contactar con tus necesidades más auténticas, aquellas que son realmente tuyas. Dedícate tiempo para embarcarte en esta expedición al interior de la pirámide: mira qué se está moviendo dentro de ti, averigua qué te quiere decir tu sabio interior. Conocer tus necesidades te ayudará a establecer tu propia jerarquía: puede haber grandes necesidades que requieran, como paso previo, la satisfacción de otras necesidades más pequeñas. Contactar con las propias necesidades es ya, en sí mismo, una forma de autorrealización.


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AUTOPÍAS, CONCEPTOS, GESTALT

Cerrar para abrir y continuar

La vida, lo he comentado alguna vez en este blog, es una sucesión de ciclos que se dan de forma continua o simultánea y que vamos completando (o abandonando) según nuestros deseos, capacidades, necesidades o responsabilidades. En todo ciclo vital hay siempre un punto de origen (el día de nuestro nacimiento, el primer día de clase, el día en que formalizamos una relación de pareja, nuestro primer día de trabajo, el día en el que nace nuestro hijo…), un desarrollo que le da forma y, para bien ser, debería haber un cierre en el que asimilar lo que hemos vivido a lo largo del proceso, aunque esto no siempre es posible: algunos ciclos quedan abandonados, a la espera de una conclusión futura; otros se acaban abruptamente, sin apenas darnos tiempo a reaccionar.

Este fin de semana he vivido, en el último taller de la formación en Teoría y Técnicas Gestálticas que estoy cursando, una de esas experiencias de cierre. Aunque la formación continúa (quedan trabajos por hacer y requisitos adicionales por cumplir), se clausura el espacio abierto hace más de tres años en el que, de forma vivencial, y gracias a la implicación de todos los compañeros de promoción, hemos podido experimentar, en carne propia, y también en la relación con los otros, los fundamentos de la Terapia Gestalt. Este último taller, en modo despedida, nos ha servido para valorar nuestro propio crecimiento, reconocer el trabajo y la evolución de los compañeros de este grupo de formación y agradecer el aprendizaje que, unos a otros, por vivencia o resonancia, hemos ido compartiendo.

Y, como en todo cierre, quedan en el aire preguntas que, a su vez, abren la puerta a nuevos ciclos y oportunidades. ¿Cómo mantener la relación frecuente con los compañeros ahora que desaparece nuestro espacio de reunión? ¿Qué otros espacios puedo buscar para seguir profundizando en mi autoconocimiento? ¿Y qué aplicaciones puedo darle a lo aprendido? En este sentido, cabe recordar que la Gestalt, una corriente humanista-fenomenológica de la Psicología creada por Fritz Perls a mediados del siglo XX, es mucho más que una forma de hacer terapia: es también una herramienta aplicable a otras disciplinas (la educación o el coaching, por ejemplo) y es, ante todo, una forma de vida.

Solo el verdadero contacto con uno mismo facilita una relación auténtica con los demás y con lo que nos rodea. Para ello, la Gestalt nos invita a vivir en el aquí y en el ahora. El pasado ya se fue, el futuro aún no ha llegado: solo nos queda el presente como lugar y tiempo en el que vivir nuestra existencia. Las preguntas clave para conectar con el aquí y el ahora son ¿qué me está pasando? y ¿cómo me siento? Si no somos capaces de encontrar una respuesta también podemos preguntarnos ¿qué estoy evitando? Enclavados en el aquí y en el ahora surgirá el darse cuenta entendido como toma de conciencia o capacidad de percatarse de lo que está ocurriendo.

Puede ocurrir que ese darse cuenta nos deje confusos. Por eso, conviene no olvidar otros fundamentos de la Gestalt, como el principio de responsabilidad: somos responsables de nosotros mismos. En general, tenemos por costumbre derivar hacia los otros la responsabilidad de lo que ocurre olvidando que nuestras emociones, pensamientos y comportamientos, aunque sean fruto de unos estímulos exteriores, no dejan de ser una manifestación propia del individuo. No puede haber verdadero contacto, con uno mismo y con el otro, si no nos apropiamos de lo que somos, sentimos, pensamos y hacemos. Debemos admitir, también, que somos un sistema de opuestos o polaridades complementarias (fuerte-débil, tierno-agresivo, dominante-sumiso…): unas veces nos aproximamos más a un polo, otras veces a su contrario. El auténtico contacto solo es posible cuando aceptamos que, como individuos, somos una secuencia interminable de polaridades.

La vivencia del aquí y el ahora, el darse cuenta, el principio de responsabilidad y la integración de las polaridades nos permiten identificar, aceptar y satisfacer nuestras necesidades, anhelos e ilusiones. Puede que, en el proceso, aparezca el miedo y nos quedemos estancados. Si esto ocurre, te invito a preguntarte ¿qué pasa si…? No dudes en experimentar todo aquello que, aunque pueda parecer difícil, pueda reportarte un mayor bienestar. Al fin y al cabo, la vida es una sucesión de ciclos que se cierran, se interrumpen, se abandonan o evolucionan para dar paso a otros ciclos –nuevas puertas o ventanas que se abren– en los que vivir de otra manera. Por ejemplo, de una manera gestáltica.


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AUTOPÍAS, CONCEPTOS, LECTURAS

Dos caras de una misma moneda

El mes pasado, coincidiendo con mi cumpleaños, una amiga me regaló un libro titulado El extraño orden de las cosas (Ediciones Destino), obra del neurólogo y neurocientífico Antonio Damasio. El texto responde a la inquietud del autor por el afecto humano y por la relevancia de los sentimientos como factores de motivación y agentes de control y negociación de las empresas culturales humanas, es decir, del desarrollo de las diferentes civilizaciones y culturas. En su opinión, los sentimientos –entendidos como respuestas anímicas a sensaciones percibidas y vehiculizadas a través del organismo que acaban por convertirse en una forma de experiencias mentales– son responsables del proceso de homeostasis o autorregulación que garantiza la supervivencia y el progreso de la vida.

En sus consideraciones iniciales, Damasio menciona el dolor y el placer como sentimientos motores de la evolución. El dolor, por ejemplo, ha sido un acicate para el ser humano en la búsqueda de soluciones y remedios con los que mitigarlo o erradicarlo. Así se explicaría, por ejemplo, el desarrollo que han experimentado la Ciencia y la Medicina a lo largo de la historia. Sin embargo, no hay soluciones para todo y el sufrimiento sigue siendo (y me atrevo a decir que siempre será) inherente al individuo. Y eso me suscita varias preguntas: ¿qué hacemos con nuestro dolor? ¿Nos adentramos en su interior? ¿Intentamos conocerlo y aceptarlo para así poder transformarlo? ¿O, por el contrario, apartamos la mirada, lo ignoramos y evitamos afrontarlo?

El placer, por su parte, mueve al individuo hacia la satisfacción de sus necesidades físicas, psíquicas, lúdicas, emocionales o intelectuales con el objetivo de alcanzar un estado de bienestar. La Filosofía se ha preocupado ampliamente de la búsqueda del placer y la felicidad por parte del ser humano (ahí están, por ejemplo, los trabajos de Epicuro de Samos o Santo Tomás de Aquino). Hoy en día, el concepto de bienestar se ve corrompido por la sociedad de consumo imperante. La oferta de actividades y propuestas orientadas al placer se ha multiplicado incluyendo opciones que hasta ahora no habíamos imaginado. Pero, ¿cómo entendemos el placer? ¿Es una distracción externa, o una realidad vinculada a una predisposición interior?

Recuerdo que, siendo niño, disfrutaba mucho viendo cómo mis abuelos hacían girar una moneda, puesta de canto, sobre una superficie lisa. La moneda giraba sobre su propio eje y sus dos caras, en movimiento, parecían configurar una esfera. En términos metafóricos, la vida podría ser esa moneda: en el anverso, la motivación hacia el placer; en el reverso, la preocupación por el dolor propio y ajeno. Las dos caras están obligadas a convivir. Y, para ello, no hay otro camino que la integración y la conciliación de sentimientos aparentemente contradictorios. Que no te importe de qué lado cae, finalmente, la moneda. Disfruta de su movimiento mientras gira.


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AUTOPÍAS, CONCEPTOS, GESTALT, REFLEXIONES

Cambiar, ¿hacia dónde?

Ha pasado ya un año desde que publicara la primera entrada de este blog, titulada Apuesta por el cambio. En ella, inspirado por mi propia experiencia de cambio personal (de la que di pinceladas en entradas posteriores, así como en el apartado Sobre mí de esta web), defendía los procesos de cambio como movimientos inherentes a nuestro crecimiento y evolución como personas y como experiencias que amplían nuestro bagaje vital y ensanchan nuestra visión sobre las pequeñas y grandes cosas que mueven el mundo. En los cambios –recordaba– se mide nuestra capacidad de adaptación y resiliencia a las circunstancias, sean grandes acontecimientos o pequeñeces, que alteran nuestro día a día.

Los cambios, en términos generales, se producen como respuesta a una situación de crisis, a sensaciones de inquietud o insatisfacción o, simplemente, a un afán de mejora. No obstante, solemos buscar los cambios mirando hacia fuera: nuevas oportunidades laborales, nuevas actividades en las que embarcarnos, nuevas rutinas que puedan resultarnos más satisfactorias… Nos orientamos principalmente al tener y al hacer. Es fabuloso abrirse a la oportunidad de vivir nuevas experiencias que, a su vez, nos permitan nuevas formas de relacionarnos con el mundo, pero… ¿pueden cuajar esas experiencias si no impulsamos un cambio dentro de nosotros mismos?

Para que el cambio sea eficaz y fructífero se requiere una transformación interior que potencie nuestro ser. Y para lograr esa transformación hay que volver la mirada sobre uno mismo. Solemos andar por la vida sin vernos y sin escucharnos: no nos vemos porque priorizamos (e intentamos salvaguardar a toda costa) la imagen o máscara con la que nos relacionamos con los demás y con la que protegemos nuestra verdadera identidad; y no nos escuchamos porque obviamos o confundimos nuestras propias necesidades para atender los deseos o requerimientos que nuestro entorno nos demanda. ¡Qué grandes diferencias hay, a veces, entre lo que somos y lo que actuamos! Es el momento de mirar hacia dentro, con comprensión y sin juicio, sin miedo a lo que podamos encontrar, y oír lo que nuestro cuerpo, desde su sabiduría interior, nos quiere decir.

La expedición hacia el cambio interior suele ser un camino sin retorno que, salvo revelaciones místicas, nos va a requerir tiempo, esfuerzo y constancia. No es un camino fácil. El proceso se asemeja a la demolición de un edificio para construir algo nuevo en su lugar: se derriba la fachada, cae el entramado de vigas y muros que sustentan la estructura, quedan a la vista los cimientos –que tendrán que ser más o menos reforzados, según lo que se pretenda hacer– y se prepara el solar para su nuevo uso. Este solar es lo que la Terapia Gestalt denomina el vacío fértil, el momento en el que, conectados con todas las posibilidades infinitas que la naturaleza brinda al ser humano, podemos elegir ser quienes queramos ser.

A veces, como ocurre en muchas obras, el lapso de tiempo entre la demolición y la construcción de la nueva obra se dilata más de lo esperado. El cambio, amenazado por las dudas y la incertidumbre, entra  en crisis. En estos casos, el solar adopta la forma de desierto, lodazal o pantano de arenas movedizas en el que resulta muy difícil permanecer. Se sufre por la pérdida de la infraestructura anterior y se teme por la llegada de lo que aún está por construir. Pero ya es demasiado tarde para tirar la toalla: el cambio, imparable, se está gestando y expresando dentro de nosotros mismos. Doy fe de que ese camino al cambio interior, incluso en los momentos de mayor desorientación, merece ser transitado.


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