AUTOPÍAS, CONCEPTOS, REFLEXIONES

De la misión a la acción

En toda recopilación de frases motivacionales (ya sea en libros, agendas o calendarios) suele aparecer una cita de Edmundo Hoffens que dice la única diferencia entre un sueño y un objetivo es una fecha. Esto es coaching: crear o moldear una visión de futuro (el sueño), concretar nuestras ilusiones o ambiciones en una misión (el objetivo) adaptada a la realidad que vivimos y a nuestras competencias y capacidades y fijar una serie de acciones o pasos para alcanzar dicha misión en un plazo determinado (la fecha). De esta forma, el sueño se hace tangible y se convierte en una meta que, con más o menos esfuerzo, podremos alcanzar.

Tener presente la misión a lo largo de todo el proceso es el motor del cambio. Pensar en los beneficios, mejoras o recompensas que vamos a obtener cuando consigamos la meta incentiva nuestra motivación y moviliza nuestra energía. ¡Todo objetivo tiene que ser siempre estimulante! La misión es la referencia o la pauta que guía nuestras acciones: ya no es una ensoñación o fantasía incoherente, dispersa y aparentemente irrealizable, sino un propósito concreto en nuestro camino de crecimiento y realización personal, relacional, laboral o social.

No obstante, la misión, por muy deseada que sea, puede convertirse en una pesada losa en la que, si nos descuidamos, podemos quedar sepultados o paralizados. Todo objetivo conlleva, en mayor o menor medida, un gran esfuerzo y desgaste, y habrá momentos en los que nos sentiremos abrumados por todo lo que conlleva aquello que pretendemos alcanzar. Nuestras fuerzas flaquearán e incluso, si no reformulamos la situación de forma correcta, asomará en el horizonte la idea de abandonar.

Por eso conviene relativizar, hasta cierto punto, la misión que pretendemos conseguir. En mi opinión, el objetivo es una referencia a la que ir y volver en nuestra vida cotidiana: aunque nos señala la dirección en la que queremos avanzar, debe dejar todo el protagonismo a las acciones (etapas, pasos, herramientas) que hemos planificado para lograr nuestro propósito. ¿Qué pequeños logros estamos alcanzando? ¿Qué cambios sutiles se van produciendo en nuestra vida? ¿Qué estamos aprendiendo? En el día a día, no importa tanto la meta como el camino que recorremos para alcanzarla.


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AUTOPÍAS, CONCEPTOS, HERRAMIENTAS DE COACHING

Tres palabras, un método

Comienza un nuevo curso. ¿Qué planes tienes? Quizá tengas por delante nuevos retos a los que enfrentarte (nuevo trabajo, nuevos estudios, nuevos proyectos…), quizá no haya nada novedoso en perspectiva y solo aspires a no caer en los mismos errores o frustraciones que marcaron el curso anterior. En cualquier caso, conviene identificar y enfocar prioridades para cultivar y mantener la ilusión y alcanzar, con mayores probabilidades de éxito, los objetivos que nos propongamos. En concreto, quiero sugerirte un método en tres claves –visión, misión y acción– para que, sean cuales sean las perspectivas del nuevo curso, tengas claro cuál es tu camino a seguir.

VISIÓN. Conviértete, por un momento, en un visionario. Imagina cómo quieres que sea tu vida en el nuevo curso que comienza. ¿Qué es lo que vas a hacer? ¿Hacia dónde vas a dirigir tus esfuerzos? ¿En qué quieres convertirte? Deja volar la imaginación y la fantasía, conecta con las sensaciones que te despiertan las cosas que te gustan, te motivan o te estimulan. ¿Cómo sería tu vida si pudieras dar entrada o dedicar más espacio a otras motivaciones? Ahora, visualízate en junio, en el final del curso que ahora comienza, e identifica las emociones que van surgiendo en esta ensoñación. ¿Te gusta el camino que se abre ante ti? ¿Te ves transitándolo? ¿Te imaginas alcanzando las metas que te has propuesto?

MISIÓN. ¿Ya tienes tu visión del futuro? ¡Perfecto! El siguiente paso es transformar esa visión en una misión con instrucciones claras y concretas que te permitan llegar a la meta. Para ello, lo más útil es responder, de forma concisa, a los honestos sirvientes de los que hablaba Rudyard Kipling: sus nombres son qué, quién, cómo, cuándo, dónde y por qué. ¿Qué es lo que quieres conseguir exactamente? ¿Con quién o quiénes lo vas a hacer? ¿Cómo lo vas a lograr? ¿En qué fechas y en qué lugares? El por qué, a mi juicio, no es relevante: lo importante es para qué. ¿Para qué quieres alcanzar esa meta que te has propuesto? ¿Qué te va a aportar en tu crecimiento personal o en tus relaciones sociales? Es muy importante ajustarse a un principio de realidad: debemos definir un propósito realista, ajustado a nuestras capacidades y competencias, que dé coherencia a nuestra misión.

ACCIÓN. Definida la misión, es el momento de pasar a la acción. Elaborar un plan de acción es muy sencillo: tomando como referencia las respuestas a las preguntas que nos planteábamos en el epígrafe anterior, diseñaremos un calendario con los gestos, las acciones, los recursos o las herramientas que vamos a emplear para alcanzar el propósito que nos hemos fijado. Conviene valorar, en este punto, los posibles costes de nuestra misión: la apuesta por una meta concreta puede implicar sacrificios o renuncias (personales, relacionales o económicos) a tener en cuenta. Del mismo modo, sería aconsejable revisar la validez de herramientas o recursos aplicados, con fortuna o sin ella, en misiones precedentes. En definitiva, se trata de encontrar las opciones más adecuadas, en el momento actual, para lograr nuestras metas.

Visión, misión y acción. ¿Parece fácil, verdad? No obstante, no siempre es sencillo identificar o encontrar el modo de poner en práctica lo que realmente queremos hacer. A veces, fagocitados por un mundo de compleja apariencia, somos incapaces de ver lo obvio… y nos enredamos en respuestas que poco o nada tienen que ver con las preguntas. Si estás en esta situación, y necesitas un cambio de perspectiva, no dudes en iniciar un proceso de coaching: aquí encontrarás el acompañamiento necesario para implementar estas tres claves –visión, misión y acción– en tu vida.


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AUTOPÍAS, REFLEXIONES

Carta de despedida

Queridas vacaciones:

¿Dónde os habéis metido? El mes de agosto avanza imparable y septiembre está a la vuelta de la esquina (al menos, a vuelta de calendario). Algunas señales anticipan ya la llegada del otoño: los días se hacen más cortos (las noches reivindican la duración que tuvieron antes del solsticio con el que dio comienzo el verano) y los árboles comienzan a perder, de forma incipiente, sus hojas. ¿Qué ha sido de los grandes proyectos que íbamos a hacer juntos? ¿Qué fue de los viajes y de las escapadas que habíamos planificado? ¿Qué fue de las quedadas y reencuentros que habíamos previsto? ¿Y de las lecturas escogidas para este tiempo de asueto? ¿Y de todo lo que queríamos preparar o adelantar para el nuevo curso? ¡Apenas hemos hecho una parte de lo que habíamos pensado!

Efectivamente, apreciadas vacaciones, se nos han quedado muchas cosas por hacer. Las rutinas cotidianas acechan e, inevitablemente, tomarán el relevo. Las responsabilidades, las obligaciones y los compromisos de la vida ordinaria –por llamarla de alguna manera– nos atraparán sin que apenas nos demos cuenta. Y vosotras, vacaciones, seréis solo un sueño o una fantasía que alimentar hasta una próxima oportunidad: tal vez podamos reencontrarnos en un puente festivo; tal vez tengamos que esperar hasta la Navidad, cuando ya sea invierno… ¿Podremos resistir hasta entonces? ¿Tendremos fuerzas, un año más, para vivir por un tiempo separados?

Es inevitable, añoradas vacaciones, sentir nostalgia –o tal vez frustración– en el momento de la despedida. Para aligerar la carga de tristeza, conviene enfocar la atención en lo que sí hemos podido hacer juntos. ¡Cuántas nuevas experiencias hemos vivido! Yo prefiero priorizar, en el recuerdo, los lugares que he visitado, la gente a la que he conocido o con la que me he reencontrado, los libros, series o películas que me ha dado tiempo a disfrutar en este tiempo de descanso… Y, especialmente, los momentos en los que, gracias a vosotras, me he permitido improvisar y, libre de presiones, fluir con lo que sucedía a mi alrededor. Quizá ese abrirse a la vida, con todo lo que tiene para ofrecernos, sea la clave para que, en el día a día, la espera de nuestro próximo reencuentro nos resulte llevadera.

¡Hasta pronto!

N.


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AUTOPÍAS, METÁFORAS

El bosque

En el bosque de la vida se encuentran representados todo tipo de árboles, pero hay quienes solo ven especies concretas. Una de las que parece suscitar más interés es el árbol de las preocupaciones, un ejemplar de tronco robusto e infinitas ramificaciones que nos permite escapar del presente anticipando, de forma sesgada, lo peor que puede ocurrir en el futuro. Este árbol de las preocupaciones se nutre –de forma constante, de ahí su tamaño– del abono y del riego que toma de preguntas condicionales y pensamientos que nos repetimos y reiteramos sin cesar… sin valorar, generalmente, otras opciones distintas a las que de antemano damos por supuestas. El entramado de sus ramas, unido a su gran tamaño, acaba por atraparnos: las posibles ocupaciones del mañana desvían nuestra atención de las ocupaciones a las que tenemos que hacer frente hoy.

El árbol de las fantasías es otra de las especies del bosque de la vida que más suele llamar la atención. Es ese árbol de apariencia sólida, pero con raíces débiles, en el que nos empeñamos en construir nuestra casita de cuento, un espacio en el que esperar a que nuestras ensoñaciones se hagan realidad… sin tener que trabajar por ellas. Al instalarnos en la casa construida sobre las ramas perdemos el sentido de realidad (vivir requiere pisar suelo firme) y esperamos que las cosas que deseamos nos vengan dadas por sí solas. Subidos al árbol, andando por las ramas, olvidamos que cualquier transformación ha de comenzar por uno mismo. El desgaste en la espera, unido a la fragilidad de las raíces, acaba provocando la caída del árbol, incapaz de sostenerse.

Quienes no sucumben ante el árbol de las preocupaciones o ante el árbol de las fantasías lo hacen ante el árbol de los reproches. Se trata de una especie muy atenta a su propia configuración (raíces, tronco, corteza, copa…) que vive de la permanente comparación con los árboles que la rodean o con los que tiene idealizados en su interior. Sus fuentes principales de alimentación son la autoexigencia, que estimula los reproches hacia sí mismo (por no alcanzar tanta altura o no ser tan florido como otros), y la crítica, que fomenta los reproches hacia otros (por no reunir las características que espera de ellos). A la larga, la savia que circula por sus floemas y xilemas termina por pudrirse dando al árbol un aspecto feo y mustio.

Hay árboles que, efectivamente, no dejan ver el bosque de la vida, que es mucho más que preocupaciones, fantasías o reproches. Allí está también, aunque no siempre lo tengamos presente, el árbol de la confianza, seguro de que la naturaleza le facilitará lo que necesite en cada momento y convencido de su capacidad de adaptación ante un eventual cambio de condiciones en el ecosistema. Junto a él se encuentra el árbol del talento, una especie que puede adoptar infinidad de formas a la que no siempre dejamos crecer como se merece, limitando el desarrollo de nuestras capacidades. Y no olvidemos al árbol de la generosidad, siempre atento a las necesidades del resto de especies que, junto a él, hacen bosque.

¿Qué árboles están representados en el bosque de tu vida? ¿En qué especies estás concentrando tu atención? ¿Cuáles has dejado abandonadas al olvido? Esta semana te invito a pasear por el bosque de tu vida. No tengas miedo en perderte, aunque sea por un momento, en su frondosidad. Probablemente, encontrarás zonas húmedas y sombrías en la que se despertará tu inquietud. No obstante, habrá muchas otras en las que sentirás la caricia del sol que se filtra entre las ramas… e incluso hallarás algún que otro claro en el que todo cobrará sentido.


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AUTOPÍAS, CONCEPTOS, GESTALT, HERRAMIENTAS DE COACHING

Tira y afloja

Dos equipos, una línea pintada en el suelo, una soga en tensión… ¿Jugamos al tira y afloja? En algunas regiones existen clubes de aficionados que organizan competiciones periódicas del también llamado juego de la cuerda, que tuvo la consideración de deporte olímpico durante las dos primeras décadas del siglo XX. En otros lugares, esta competición de fuerza y resistencia es solo un juego dentro de las clases de gimnasia o de los recreos del colegio. Es probable que, como yo, tengas que remontarte a tu infancia o adolescencia para recordar la última vez que jugaste al tira y afloja. No obstante, la realidad es que jugamos constantemente: todos llevamos dentro una cuerda, más o menos tensionada, que nos confronta con nosotros mismos.

Te invito a reflexionar, por un momento, en cómo se desarrolla tu vida actualmente. Si te sientes satisfecho con lo que eres, haces y tienes, ¡enhorabuena! Si no, es probable que estés librando una batalla interna, un tira y afloja, con dos partes enfrentadas. A un lado, una parte resistente al cambio que intenta atarnos corto; al otro lado, la parte que apuesta por deshacer nudos para vivir nuevas oportunidades y experiencias. Una vez identificados los equipos, toca poner nombre a los jugadores. ¿Qué te sujeta? ¿Qué tira de ti? En un bando estarán –probablemente– el miedo, la inseguridad, la duda; en el otro jugarán la motivación, la ambición, la confianza…

En los extremos de esta soga imaginaria con la que jugamos nuestro propio tira y afloja podemos situar también nuestros deseos y nuestras obligaciones. En general, solemos tener muy bien definidas nuestras responsabilidades (horarios, tareas, rutinas, etc.), pero a veces se nos cuela un jugador invisible, conocido como autoexigencia, que tira firmemente de la cuerda rompiendo el equilibrio de fuerzas. Por su parte, en el campo de los deseos pueden jugar fantasías idealizadas, inconcretas o intangibles (ensoñaciones que aún no hemos transformado en aspiraciones, metas o propósitos) que, distraídas, acaban dando la partida a su rival. También pueden surgir deseos impulsivos que, eludiendo todos los filtros, ponen en peligro las obligaciones a las que nos habíamos comprometido.

La cuerda que estoy evocando en estas líneas es también una representación de nuestro autoconcepto, es decir, la estrecha definición que hacemos de nosotros mismos dentro de la multiplicidad de opciones que nos brinda nuestra personalidad: nos definimos como creemos que somos y no como somos. De esta manera, nos quedamos solo con un aspecto de nuestra personalidad, que repetimos como un patrón, a la vez que tratamos de reprimir el resto jugando al tira y afloja con nuestras polaridades. ¿Qué partes de nosotros mismos nos estamos negando? ¿Qué hacemos para que esas partes, si es que ya las hemos identificado, sigan permaneciendo ocultas? Todas nuestras capacidades y recursos, conocidos o desconocidos, negados o no, se distribuyen a lo largo de la cuerda de nuestra personalidad: basta con tirar de ella o aflojarla según como queramos ser o estar en cada circunstancia.

Decía Aristóteles que la virtud está en el término medio. El punto intermedio de la soga imaginaria con la que jugamos se mueve hacia uno u otro lado, con mayor o menor energía o intensidad, en función de la presión con la que tiramos o aflojamos. Unas veces mediremos nuestras posibilidades para vencer por la mínima, otras querremos arrastrar a nuestro campo a todo el equipo rival. Puede que, en algunas situaciones, comprendamos que debemos ceder y esperar a siguientes partidas para ganar. Tendremos que decidir, en cada momento, la fuerza o la resistencia que queremos aplicar.


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Escribiendo futuro

El comienzo de un nuevo año es, como ocurre con el inicio del curso académico, una oportunidad para proponernos nuevos objetivos que nos permitan conocernos, seguir creciendo como personas o sobrellevar mejor nuestro día a día. El regreso a la rutina, una vez finalizadas las fiestas navideñas, supone una prueba de fuego para comprobar la solidez de nuestras metas: la vorágine en la que vivimos inmersos y la inmediatez que nuestra sociedad parece exigirnos pueden hacernos sucumbir al primer intento. Para que esto no ocurra, es importante definir correctamente nuestros propósitos, intenciones y anhelos: así incrementaremos nuestras posibilidades de éxito.

Probablemente, la llegada de 2019 nos ha hecho pensar en cosas que nos gustaría ser, tener o hacer en el nuevo año. Este ejercicio mental, en el que damos cabida a sueños y fantasías, nos sirve como herramienta, a modo de tormenta de ideas, para identificar las motivaciones hacia las que orientar nuestros pasos. No obstante, resulta conveniente poner esas motivaciones, una vez identificadas, por escrito. Escribir nuestras aspiraciones nos ayudará a fijarlas en nuestra mente, focalizándola hacia las metas que pretendemos conseguir (la memoria, cuando no hay soporte documental, puede traicionarnos). Además, tener una lista de objetivos nos permitirá volver a ellos cuantas veces queramos para recuperar la motivación, si en algún momento flaqueamos, o para reajustarlos si las circunstancias así lo requieren: los objetivos, una vez plasmados por escrito, se vuelven tangibles, permitiéndonos trabajar sobre ellos.

Pero… ¡cuidado! Hacer una lista de objetivos no es como hacer la lista de la compra. En la lista de la compra anotamos huevos, leche, tomates… y esas indicaciones nos resultan suficientes, porque –si tenemos el hábito de hacer compras periódicas– solemos comprar las mismas cantidades o adquirir productos de los mismos proveedores. En la lista de objetivos, por el contrario, hay que concretar todos los datos posibles. Para ello, hay que bombardear a nuestras metas con todas las preguntas posibles. La primera, el objetivo en sí, responde a la pregunta qué. A continuación hay que preguntarse cuándo, dónde, cómo, para qué, con quién… ¿Recuerdas las clases de Lengua Española? Formular objetivos es expresarlos en una frase con sujeto (en primera persona, pues somos responsables de las metas que perseguimos), verbo y toda clase de atributos o complementos (directo, indirecto y circunstanciales, en todas sus variantes).

Responder a todas las preguntas posibles nos ayudará a construir objetivos inteligentes o SMARTER. Estos objetivos cumplen las siguientes características: son específicos (están formulados de forma clara), medibles (disponemos de unidades de medida o datos que nos permitan hacer un seguimiento sobre su grado de cumplimiento), alcanzables (sabemos que, a priori, somos capaces de lograrlos, bien porque hicimos algo similar en el pasado o porque otras personas lo hicieron), retadores (requieren un esfuerzo que nos resulta atrayente), limitados en el tiempo (deben realizarse dentro de unos plazos), ecológicos (valoran los cambios o las consecuencias que su consecución puede tener tanto en nosotros como en nuestro entorno) y orientados a una recompensa (nos proporcionarán un beneficio atractivo por el que no nos importará luchar).

Es el momento de sentarse, si no lo has hecho ya, ante el folio en blanco o el cursor parpadeante del dispositivo sobre el que vayas a escribir. Coge lápiz o bolígrafo. Acaricia suavemente el teclado o la pantalla táctil. Respira profundamente. Y ponte a escribir. Da forma a tus sueños convirtiéndolos en objetivos inteligentes. Concreta lo que quieres conseguir, pero siempre ajustándolo a tus circunstancias y responsabilidades actuales. Comprométete con tus objetivos. Valora opciones para recolocar las piezas que configuran el puzle de tu rutina diaria con el fin de obtener resultados más eficaces. Revisa periódicamente tu lista de objetivos para afinarlos si aparecen dificultades u obstáculos con los que no habías contado. Como dice H. Jackson Brown Jr., que la perseverancia sea tu motor y la esperanza tu gasolina.


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Reflexión: el efecto de reflejarse

Según la mitología, Narciso era un joven hermoso y apuesto que acabó sus días atrapado en la contemplación absorta de su imagen reflejada en el agua. Embelesado con su apariencia, enamorado de sí mismo, obviaba e incluso despreciaba a las doncellas que se acercaban a él atraídas por su belleza. Unos dicen que murió ahogado al acercarse más y más a las aguas que le servían de espejo. Otros dicen que murió de sed, incapaz de beber ante el temor a que la alteración de la quietud del agua hiciera desvanecer su imagen. Tal vez Narciso fuera incapaz de amar a otros, tal vez fuera preso de una maldición.

En el cuento de Blancanieves, la malvada reina-madrastra utilizaba su espejo mágico como buscador y comparador de belleza, pureza y hermosura. Cuando el espejo no devolvía su propia imagen, la madrastra no dudaba en manipular el entorno con el fin de mantener su sórdido reinado de vanidad. Así ocurrió cuando el espejo comenzó a destacar la belleza de Blancanieves: la plenitud física de la joven causó en la madrastra, cada vez más envejecida, sentimientos de inseguridad sobre su propia imagen que la llevaron a encargar, primero, la muerte de su hijastra y a asesinarla después, al no haber sido atendido su requerimiento inicial, con una manzana envenenada.

Alicia, tras visitar El País de las Maravillas, probó a adentrarse A través del espejo. Sus pensamientos la llevaron a preguntarse qué se escondería tras el espejo que había en la vieja casa y, aventurándose, cruzó a través de él. Al hacerlo, se convierte en protagonista de una partida de ajedrez en la que cada movimiento es un descubrimiento, una aventura o un desafío. Detrás del espejo se esconde lo inconsciente, lo onírico, lo que la realidad se esfuerza en ocultar. Un espacio de imaginación desbordada que personajes como Alicia se permitieron explorar.

Existen otros personajes anónimos que no solo no se atreven a traspasar el espejo, sino que ni siquiera son capaces de enfrentarse a su propio reflejo. Son aquellos que escapan de cualquier superficie en la que su imagen pueda verse reflejada, aquellos que se resisten a que su imagen quede fotografiada o grabada para el recuerdo. Otras personas, descontentas con su reflejo, no dudan en romper el espejo desafiando la superstición que augura siete años de mala suerte. Y están también aquellos que se encuentran con su reflejo y pasan de largo, sin detenerse, porque no se reconocen.

¿En qué espejo te miras tú? ¿En qué pueden inspirarte los personajes aquí citados? Quizá necesites seducirte a ti mismo, emulando a Narciso, para sentirte bien con la imagen que te devuelve el reflejo. Tal vez, en contra de lo que hizo la madrastra de Blancanieves, debas trabajar la aceptación para vivir tranquilo y en calma en un mundo cada vez más competitivo y comparativo. Puede que, como Alicia, tengas que cruzar al otro lado del espejo para comprobar que somos mucho más que una imagen reflejada. En cualquier caso, vigila siempre qué superficie utilizas para buscar tu reflejo. Recuerda que, como ocurría en el Callejón del Gato de Madrid, citado en la obra Luces de Bohemia, hay espejos cóncavos y convexos que distorsionan la realidad.


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¿Y ahora qué?

El curso (académico, escolar, quizá también profesional) ha llegado a su fin. Como decía en la entrada anterior, es momento de hacer balance. Pero también es momento de comenzar a planificar el próximo curso. ¿Tienes ya una idea de lo que quieres hacer? ¿Hacia dónde vas a encaminar tus pasos? Conecta con lo que sientes, piensa en lo que necesitas y, a partir de ahí, permítete soñar y fantasear, deja volar tu imaginación. ¿Y si todo fuera posible? Sin duda, soñar nos abre un montón de posibilidades, pero nuestras aspiraciones pueden quedarse en nada si no las construimos desde nuestra realidad presente.

Si quieres que tus aspiraciones no se queden en meras ensoñaciones, anótalas. De esta manera, tus objetivos vitales (personales o profesionales) se harán tangibles y podrás trabajar sobre ellos. Pregúntate que es lo que pretendes conseguir y cómo vas a hacerlo, así podrás construir objetivos específicos y concretos. Piensa en los indicadores que vas a tener en cuenta para valorar el grado de cumplimiento de los objetivos que te has propuesto. Apuesta por metas ambiciosas que sean a la vez realistas y alcanzables en función de tus circunstancias o condicionantes. Y no olvides fijar un plazo de tiempo para alcanzar cada uno de los objetivos que hayas anotado.

Te invito a proponerte objetivos inspiradores, creíbles y orientados a la acción: es más fácil alcanzar aquello que te entusiasma. Es probable que durante el camino surjan dificultades, pero no te desanimes: puedes revisar, modificar y adaptar tus objetivos en cada momento. Además, tienes la posibilidad de buscar aliados (desde un amigo a un coach) que puedan acompañarte en la consecución de tus metas. No olvides que el proceso para alcanzar cualquier objetivo, por muy ambicioso que sea, comienza siempre con un pequeño primer paso. ¿Sabes ya cuál va a ser?

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