AUTOPÍAS, CONCEPTOS, HERRAMIENTAS DE COACHING

Peligro: expectativas

Todo propósito de cambio, mejora o desarrollo personal y profesional va acompañado siempre, de forma consciente o inconsciente, de una serie de expectativas sobre lo que queremos lograr. La Real Academia Española define expectativa como la esperanza o la posibilidad razonable de que algo suceda. No obstante, esa esperanza y esa posibilidad no dependen de las acciones concretas que podamos poner en marcha para alcanzar un determinado objetivo, sino de la percepción que tengamos sobre nosotros mismos o de la percepción que los demás tengan de nosotros. Conviene recordar, en este sentido, que la palabra expectativa proviene del latín exspectatum, que significa mirado o visto.

Estas percepciones –creencias– pueden ser un buen punto de partida a la hora de plantearse nuevas metas si nos aportan la motivación necesaria para afrontar el reto. ¡Qué fácil resulta ponerse en marcha cuando uno se siente capaz o validado para alcanzar un propósito concreto! No obstante, las expectativas mal calibradas también pueden boicotear el proceso. Esto puede ocurrir cuando la imagen que tenemos de nosotros mismos –el autoconcepto– no se corresponde con lo que realmente somos ahora (nos empeñamos en mantener patrones de pensamiento y comportamiento que, si bien nos sirvieron en el pasado, no resultan eficaces en el presente) o cuando la imagen que los demás tienen de nosotros aparece desvirtuada (tal vez porque intentan modelarnos de una forma que nos aleja de nuestra esencia).

La brecha entre esas falsas expectativas y los resultados concretos que vamos obteniendo de acuerdo al propósito fijado forma lo que se ha dado en llamar la trampa de las expectativas o la trampa del crecimiento personal, un espacio de frustración e insatisfacción permanente ante el que solo caben dos actitudes: adoptar un rol pasivo y victimista, orbitando perpetuamente alrededor de nuestro fracaso, o asumir un papel activo y protagonista, reformulando las expectativas iniciales con el fin de encontrar las respuestas que necesitamos para fortalecer o reajustar nuestros propósitos vitales y garantizar así su consecución. Es el momento de conectar con nuestras propias necesidades y anhelos para tomar las decisiones que creamos oportunas.

Para reformular expectativas, propongo recurrir a las siete erres de la ecología o de la preservación del medio ambiente. Así, conviene reducir nuestras expectativas, reparando aquellas que no surgen realmente de nuestra autenticidad, reutilizando las que, pese a todo, siguen siendo una fuente de motivación para nosotros y reciclando las que aún puedan ser funcionales desde otras perspectivas. Es aconsejable, también, recuperar expectativas que dejamos olvidadas (porque no encajaban en la imagen que queríamos transmitir o en la imagen que los demás se habían hecho de nosotros), así como renovar y rediseñar nuevas expectativas de acuerdo a lo que somos en este instante de nuestras vidas.

Hecho esto, llega el momento de convertir nuestras expectativas en objetivos inteligentes (del inglés SMART, un acrónimo que proporciona criterios para guiar en el establecimiento de objetivos). Que no todo sea esperar, sino moverse hacia: convierte tus expectativas en objetivos específicos y concretos (enunciados de forma clara y entendible), medibles (ya sea con variables cuantitativas o cualitativas), alcanzables y realistas (de acuerdo a las posibilidades de cada uno), retadores (con un nivel de esfuerzo que te resulte motivante) y limitados en el tiempo (recuerda: la diferencia entre un sueño y un objetivo es una fecha). Ah, y no olvides anotar tus objetivos en un papel: escribir es una forma de comprometerse. ¡Trasciende tus expectativas y ve a por tus metas!


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AUTOPÍAS, EMOCIONES

Buenos días, tristeza

Quizá hayáis escuchado, autópicos lectores, que hoy, 20 de enero, es el día más triste del año, una denominación que tiene su origen en una investigación realizada en 2005 por el psicólogo Cliff Arnald, por entonces investigador de la Universidad de Cardiff, capital de Gales (Reino Unido). Esta investigación, contratada en el marco de una campaña publicitaria para una agencia de viajes, se tradujo en una controvertida fórmula matemática –de escasa validez científica– en la que se tenían en cuenta variables como el clima, las deudas contraídas durante las fiestas de Navidad, las previsiones de ingresos en el mes de enero, el tiempo transcurrido desde el primer tropiezo en el cumplimiento de los propósitos de año nuevo, la motivación y la necesidad del individuo de actuar o reaccionar para cambiar algún aspecto de su vida.

Aplicando la fórmula, Arnald concluyó que el tercer lunes de enero era el día más triste del año, de ahí que esta fecha sea también conocida como Lunes Triste o Blue Monday. Efectivamente, en esta época el invierno suele mostrarse en su máximo apogeo (de hecho, buena parte de España sufre hoy los efectos de un temporal de frío y otras inclemencias), hay quién aún no se ha recuperado del impacto económico y emocional de las fiestas navideñas y todos, en mayor o menor medida, nos hemos sentido abrumados, decepcionados o frustrados por las dificultades que conlleva hacer frente a nuestros propósitos de año nuevo o, directamente, por su incumplimiento.

Al margen del valor empírico que se le pueda dar a la fórmula, la experiencia personal de cada uno nos demuestra cómo la alteración de cada una de las variables utilizadas puede hacernos conectar con la tristeza. Y digo conectar porque, por mucho que algunos se empeñen en negarla o disfrazarla, la tristeza es inherente a cada uno de nosotros y, como toda emoción, tiene un mensaje y sentido que integrar en nuestra vida. El mensaje, como sabemos, llega envuelto en una serie de sensaciones que, por lo general, no suelen resultarnos gratas (abatimiento, pesimismo, desesperanza, desazón, desmotivación, desilusión, desamparo…) pero que es necesario reconocer y aceptar para descubrir su significado.

Adentrándonos en esas sensaciones, descubriremos los sentimientos de pérdida, de abandono o de impotencia que podemos albergar dentro de nosotros. Y así, una vez identificados, podremos hacernos preguntas sobre ellos: ¿Para qué nos sirven? ¿Qué queremos hacer con esos sentimientos? Conviene recordar que la tristeza es una invitación a entrar en un estado de repliegue e introspección con vistas a soltar algo que tuvimos (o que imaginamos) para ir abriéndonos poco a poco, cada uno a su ritmo, a las distintas posibilidades que, aquí y ahora, nos ofrece el presente. En esto consiste vivir la emoción, entendiendo siempre que cualquier emoción es siempre transitoria y no permanente.

Puede que hoy, efectivamente, sea un Lunes Triste. Si es así, permítete conectar con la tristeza y dar espacio a las sensaciones asociadas a esta emoción. Explora de qué está hecha y, si lo necesitas, busca acompañamiento y permítete expresarla. Así irán apareciendo nuevas emociones con las que colorear un día que parecía gris. Si no lo consigues hoy, mañana será otro día: en concreto, según la costumbre contemporánea de dedicar un día a cada cosa, mañana será el día internacional del abrazo, un gesto que aporta bienestar y tranquilidad, contagia sensaciones positivas y mejora nuestra salud física, emocional y espiritual. Pero, ¿por qué esperar a mañana? Al margen de fórmulas y consejos de calendario, adéntrate en las emociones que emergen cada día y acepta y vive cada jornada como venga.


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AUTOPÍAS, REFLEXIONES

Dar la campanada

Se acerca, una vez más, ese momento mágico del cambio de año que muchos seguirán, como marca la tradición, desde el viejo reloj de la Puerta del Sol de Madrid. Las ilusiones, la esperanza, las expectativas, los recuerdos y los propósitos que hemos ido rememorando y fraguando estos días estarán ahí, ya sea de forma consciente o inconsciente, cuando, a falta de pocos segundos para que acabe el año, la bola situada en la parte superior de la torre en la que se ubica el reloj llame nuestra atención mientras baja con su característico sonido de carrillón. Después, mientras alargamos el brazo para coger el recipiente en el que tenemos preparadas las uvas de la suerte, escucharemos los cuatro cuartos. Y, finalmente, sonarán –y nos resonarán– las doce campanadas. Pero, ¿de qué está hecha esa resonancia?

Unas campanadas resonarán, quizá, a las nuevas oportunidades que se presentan. Oportunidades en forma de nuevos proyectos, ya sean deseos o realidades incipientes, a los que habrá que dar forma, ideando y trabajando, en las próximas semanas y meses. Oportunidades, también, para hacer las cosas de otra manera, viendo lo que no ha funcionado este año y poniendo en práctica lo poco o mucho que hayamos aprendido en los últimos 365 días. Otras campanadas, a su vez, nos servirán para dar por concluidos los retos a los que nos enfrentamos y superamos en el año que ahora termina. O, al menos, para dejar atrás aquellos proyectos que, por alguna u otra razón, hayan resultado fallidos.

Habrá también, entre las doce campanadas, alguna que resuene a cambio. A los cambios, más o menos sutiles, que hemos experimentado nosotros mismos, sea cual sea el nivel de esfuerzo que nos hayan supuesto. A los cambios que han enriquecido, e incluso transformado, la vida de quienes nos rodean. Y a los cambios sobrevenidos, incluso inesperados, que han golpeado a los que tenemos cerca: cambios que –ojalá– nos hayan dejado ver su espíritu de superación y su capacidad de resiliencia. Y quizá, en contraposición, haya también campanadas que nos muevan contra lo estático, contra lo que nos oprime, contra lo que nos retiene, contra todo aquello que nos impide desarrollar al máximo nuestro potencial. Esas asignaturas pendientes que, tal vez, podamos aprobar, por fin, en el nuevo año.

Y, por supuesto, habrá campanadas con nombres y apellidos. Campanadas que nos recuerden a los seres queridos que murieron; a las personas con las que el trato se ha distanciado o diluido con el paso del tiempo; incluso a aquellas otras personas a las que tuvimos que poner límites porque nos resultaban tóxicas o dañinas. Y también campanadas que suenan vibrantes como la algarabía de los niños que crecen a nuestro alrededor, como la melodía conocida de aquellos en quienes nos apoyamos o como las notas improvisadas de las nuevas relaciones que se han ido forjando o consolidando a lo largo del año. Y, cómo no, campanadas que nos conectan con aquellas pequeñas cosas en las que encontramos disfrute y bienestar.

Todas esas campanadas configuran eso que llamamos vida: ilusión, experiencia, aprendizaje, éxito, fracaso, oportunidades, desafíos, frustración, cambio, pellizcos de suerte, circunstancias adversas, esfuerzo, trabajo, ocio, descanso, miedos, dudas, inseguridades, incertidumbre, curiosidad, recelos, duelos, rupturas, compañerismo, amistad, amor… En el nuevo año, al igual que en los anteriores, viviremos un poco más de todo esto. Por eso, no sé si resulta útil pedir que 2020 nos traiga algo concreto. Si acaso, que nos ayude a encontrar un poco más de predisposición para dejarnos fluir en ese maravilloso viaje que es la vida. Solo así podremos, realmente, dar la campanada. ¡Feliz 2020!


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AUTOPÍAS, CONCEPTOS

Beneficios invisibles

¿Cuántas veces has intentado cambiar algo de ti o de tu vida? ¿Cuántas veces lo has conseguido? No siempre es fácil hacerlo. Desde una perspectiva racional, todo parece más sencillo: intuimos qué es lo que no funciona, sabemos qué es lo que no nos conviene, conocemos alternativas a partir de los ejemplos que vemos a nuestro alrededor… Sin embargo, cuando nos ponemos manos a la obra –diseñando gestos y acciones orientados al cambio– surgen resistencias que nos impiden avanzar en nuestro desarrollo personal, profesional o social. Nos resistimos a abandonar determinados hábitos, comportamientos, creencias… ¿Qué hay en ellos para que nos quedemos atascados ahí?

En general, cuando nos proponemos un propósito concreto (la misión, el objetivo que queremos conseguir), tenemos muy claro qué beneficio o beneficios queremos lograr. Lo que no identificamos con tanta facilidad es el beneficio secundario que podemos perder al modificar comportamientos, hábitos o creencias que no nos sirven para alcanzar nuestras metas. Si encontramos resistencias al cambio es porque hay un valor oculto en ellos. De hecho, la importancia del beneficio secundario es tal que preferimos mantener el statu quo –incluso siendo conscientes de que estamos estancados– antes que explorar o luchar por otras opciones.

Encontrar resistencias nos genera frustración, y la frustración nos lleva a buscar explicaciones. Así, nos preguntamos por qué mantenemos comportamientos desacompasados, hábitos anacrónicos, creencias limitantes… Y las respuestas que encontramos no son más que autojustificaciones victimistas que no hacen más que alimentar esa frustración. Mario Benedetti hizo popular la frase cuando teníamos las respuestas, nos cambiaron las preguntas. Y eso es lo que propongo para vencer las resistencias: cambiar la pregunta por qué por para qué. ¿Para qué nos sirve este comportamiento, ese hábito, aquella creencia? ¿Qué ganamos con ellos? ¿Qué tienen para que decidamos mantenerlos incluso en situaciones difíciles, problemáticas o insatisfactorias de nuestra vida?

Recibir atención, ser merecedor de reconocimiento o afecto, ser útil a los demás, llenar nuestro vacío interior… Estos son algunos de los beneficios ocultos por los que nos empeñamos en mantener comportamientos, hábitos y creencias que ya no nos satisfacen o que no encajan con lo que realmente somos. Una vez detectados, conviene centrar la atención en los beneficios que queremos lograr con nuestro objetivo de cambio. ¿Merece la pena renunciar al beneficio oculto? ¿Cómo podemos hacer que el beneficio secundario quede integrado –si no lo está aún– en la meta que queremos alcanzar? Ante las resistencias solo hay dos opciones: aferrarse o avanzar.


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AUTOPÍAS, CONCEPTOS

¿Imponderables o imprevistos?

En la entrada anterior de este blog te proponía un método en 3 palabras con el que enfocar tus intereses y esfuerzos para el curso que acaba de comenzar. Este método consiste en crear una visión de lo que realmente queremos ser, hacer o tener en el nuevo curso, diseñar una misión o propósito que articule nuestro empeño y establecer un plan de acción para conseguir la meta o el objetivo que nos hayamos propuesto. ¿Has puesto en marcha este método? ¿Ha funcionado? Si la respuesta es afirmativa, ¡enhorabuena! Si no lo es… ¡tranquilidad! Y, sobre todo… ¡no tires la toalla! No pasa nada por reajustar la visión, la misión o las acciones cuantas veces sea necesario.

A veces, la frustración nos puede y preferimos quedarnos enganchados en el victimismo o en el pesimismo. Nos dejamos invadir por pensamientos negativos y nos creemos, literalmente, que la meta por la que queríamos luchar no está a nuestro alcance. Sin embargo, hay una salida aún más fácil: revisar qué es lo que ha fallado. Tal vez la misión que habíamos definido era demasiado ambiciosa y no se ajustaba al principio de realidad necesario para poder llevarla a buen término. O quizá falló el plan de acción, incapaz de hacer frente a situaciones sobrevenidas o a distracciones que no habíamos tenido en cuenta. ¿Fue así?

Cuando estudiaba Comunicación Audiovisual, mi profesor de Producción, José G. Jacoste Quesada, hacía especial hincapié –a la hora de planificar un rodaje– en la diferenciación entre imprevistos e imponderables. Los imprevistos suceden, como indica la palabra, por falta de previsión. Los imponderables, por su parte, se refieren a cuestiones que exceden a toda ponderación humana: son cosas que ocurren de manera inesperada e inevitable y que tienen consecuencias que, a diferencia de los imprevistos, no se pueden conocer o precisar. En el rodaje de nuestra vida cotidiana, serían imprevistos aquellos eventos o compromisos que no hemos tenido en cuenta a la hora de diseñar nuestro plan de acción. El imponderable sería, por ejemplo, el resfriado que nos obliga a guardar reposo durante unas horas.

Conocida esta diferencia, ¿qué fue lo que falló al diseñar la misión y el plan de acción para el nuevo curso? Si fueron imponderables, y la situación se ha normalizado, basta con retomar las acciones que habíamos previsto reajustando, si fuera preciso, los plazos que manejábamos para conseguir nuestro objetivo. Si fueron imprevistos, tendremos que rediseñar nuestra estrategia… y será más eficaz, pues incluiremos en ella factores que hasta ahora –hasta tropezar con ellos– habíamos pasado por alto. Sea como fuere, cualquier momento es bueno para reanudar la marcha y cumplir la misión que nosotros mismos, desde nuestras motivaciones y necesidades, nos hemos encomendado.


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AUTOPÍAS, REFLEXIONES

Carta de despedida

Queridas vacaciones:

¿Dónde os habéis metido? El mes de agosto avanza imparable y septiembre está a la vuelta de la esquina (al menos, a vuelta de calendario). Algunas señales anticipan ya la llegada del otoño: los días se hacen más cortos (las noches reivindican la duración que tuvieron antes del solsticio con el que dio comienzo el verano) y los árboles comienzan a perder, de forma incipiente, sus hojas. ¿Qué ha sido de los grandes proyectos que íbamos a hacer juntos? ¿Qué fue de los viajes y de las escapadas que habíamos planificado? ¿Qué fue de las quedadas y reencuentros que habíamos previsto? ¿Y de las lecturas escogidas para este tiempo de asueto? ¿Y de todo lo que queríamos preparar o adelantar para el nuevo curso? ¡Apenas hemos hecho una parte de lo que habíamos pensado!

Efectivamente, apreciadas vacaciones, se nos han quedado muchas cosas por hacer. Las rutinas cotidianas acechan e, inevitablemente, tomarán el relevo. Las responsabilidades, las obligaciones y los compromisos de la vida ordinaria –por llamarla de alguna manera– nos atraparán sin que apenas nos demos cuenta. Y vosotras, vacaciones, seréis solo un sueño o una fantasía que alimentar hasta una próxima oportunidad: tal vez podamos reencontrarnos en un puente festivo; tal vez tengamos que esperar hasta la Navidad, cuando ya sea invierno… ¿Podremos resistir hasta entonces? ¿Tendremos fuerzas, un año más, para vivir por un tiempo separados?

Es inevitable, añoradas vacaciones, sentir nostalgia –o tal vez frustración– en el momento de la despedida. Para aligerar la carga de tristeza, conviene enfocar la atención en lo que sí hemos podido hacer juntos. ¡Cuántas nuevas experiencias hemos vivido! Yo prefiero priorizar, en el recuerdo, los lugares que he visitado, la gente a la que he conocido o con la que me he reencontrado, los libros, series o películas que me ha dado tiempo a disfrutar en este tiempo de descanso… Y, especialmente, los momentos en los que, gracias a vosotras, me he permitido improvisar y, libre de presiones, fluir con lo que sucedía a mi alrededor. Quizá ese abrirse a la vida, con todo lo que tiene para ofrecernos, sea la clave para que, en el día a día, la espera de nuestro próximo reencuentro nos resulte llevadera.

¡Hasta pronto!

N.


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AUTOPÍAS, CONCEPTOS, REFLEXIONES

Impostores al acecho

Nuestro día a día es una sucesión constante de pequeñas gestas y pequeños contratiempos a los que, generalmente, no damos mucha importancia: nos levantamos al ritmo que marca el despertador, buscamos la máxima eficacia o comodidad en las tareas que realizamos, intentamos sacar el máximo partido de nuestras actividades de ocio y tiempo libre… y nos adaptamos –con relativa facilidad, y aunque nos sintamos frustrados– a los obstáculos cotidianos que intentan alterar nuestra rutina (los atascos de tráfico, los requerimientos de última hora o las condiciones meteorológicas que nos obligan a cambiar de planes). Caminamos entre las llamadas vicisitudes de la vida.

No obstante, todos tenemos propósitos vitales que trascienden a ese fluir de avatares y que, sin solución de continuidad, medimos en términos de éxito o fracaso. El éxito, en estos tiempos que corren, parece haberse convertido en un fin en sí mismo: lo importante no es el resultado práctico de las acciones que nos han llevado a conseguir un determinado objetivo, sino el reconocimiento público que obtenemos por ello (el aplauso y la envidia). Olvidamos que el éxito está vinculado a valores como la superación y el esfuerzo, la satisfacción de un trabajo bien hecho (en coherencia con nuestro talento y con los recursos materiales de los que disponemos) y el saber disfrutar de lo que tenemos.

El fracaso, lamentablemente, sigue siendo un estigma: no solo hay que lidiar con la tristeza y la frustración que supone no haber logrado los objetivos que nos habíamos propuesto, sino que también hay que hacer frente a la mirada social que ve como perdedores a quienes no consiguen lo que se proponen. Los reproches propios y ajenos alientan el miedo, limitan nuestro potencial y convierten el fracaso en exclusión: mejor no correr riesgos antes que fallar –¿tal vez triunfar?– otra vez. En este caso, olvidamos que el fracaso es, más que una derrota, una experiencia de aprendizaje con la que gestionar mejor futuras acciones y, sobre todo, una oportunidad para nuestro crecimiento personal.

Al reflexionar sobre el éxito y el fracaso me vienen a la cabeza, inevitablemente, unos versos del poema Si… de Rudyard Kipling: Si tropiezas el triunfo; si llega la derrota; y a los dos impostores los tratas de igual modo… Para mí, el éxito y el fracaso no son un cierre o una conclusión, sino un punto de partida para conseguir nuevas metas: en el éxito, porque la vida se estanca si no buscamos nuevos propósitos o misiones por las que luchar; en el fracaso, porque cualquier aprendizaje es un regalo que nos hace más fuertes. Los impostores ganador y perdedor aparecerán varias veces en nuestro recorrido vital: no te detengas demasiado en ellos, el camino ha de continuar.


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AUTOPÍAS, CONCEPTOS, EMOCIONES

¿Emociones negativas?

Distintas clasificaciones (así se recoge en libros, artículos o vídeos) consideran que la tristeza, la ira y el miedo son emociones negativas de las que conviene escapar para tener una vida feliz. Este tipo de afirmaciones, cada vez más repetidas, me dejan contrariado: la felicidad, a mi juicio, no consiste en vivir siempre alegre, ignorando otras emociones, sino en aceptar las cosas que nos pasan (recordando que aceptar no equivale a conformarse o resignarse, de forma pasiva, con lo que nos ocurre). Por otro lado, las emociones, a priori, son solo información que nos proporciona nuestro cuerpo sobre el impacto que nos causa la realidad que nos rodea (o, al menos, de la interpretación que hacemos de ella).

La tristeza, por ejemplo, se define como una respuesta a acontecimientos desfavorables, adversos, no placenteros o dolorosos (discusiones, pérdidas, desilusiones, fracasos). Al pensar en ella, generalmente evocamos sus principales manifestaciones –llanto, abatimiento, desmotivación– sin detenernos en su potencial restaurador: la tristeza nos permite centrar la atención en nosotros mismos, facilita la introspección, el análisis y la comprensión de la situación que nos ha causado daño y promueve la empatía. La tristeza resulta imprescindible, por tanto, para iniciar el proceso de aceptación del factor o de los factores desencadenantes y recuperar así el equilibrio emocional.

La ira, por su parte, es la respuesta que manifestamos ante situaciones que nos producen frustración o aversión tales como sentirse ofendido, creer vulnerados nuestros derechos o encontrar obstáculos que impidan la consecución de las metas que nos hayamos propuesto. Además, se trata de una emoción siempre presente en situaciones de conflicto y, aunque puede darse en distintos niveles de intensidad, suele asociarse con comportamientos agresivos o violentos. Su papel, al igual que el del resto de las emociones es adaptativo: enfadarse es una forma de contactar con uno mismo para identificar lo que nos molesta, ver qué hay de eso que nos molesta en nosotros mismos y, en su caso, poner límites en la interacción con nuestro entorno.

El miedo, finalmente, se activa ante la percepción de un peligro inminente, ya sea real o imaginado. Es una emoción básica para la supervivencia, pues condiciona nuestra reacción ante eventuales amenazas. No obstante, muchas veces nos detenemos únicamente en su efecto paralizador o debilitante olvidando los beneficios que podemos sacar de él en términos de aprendizaje: enfrentar el miedo nos permite identificar y superar las barreras o las dificultades que, en nuestro día a día, nos impiden crecer. El miedo puede ser un aliado si no nos dejamos controlar por él. Como tenía miedo, lo hice con miedo.

Como vemos, las llamadas emociones negativas tienen su utilidad. Por tanto, no podemos desterrarlas o estigmatizarlas, sino todo lo contrario: debemos dar cabida a la tristeza, a la ira y al miedo para extraer la información que nos aportan, indagar sobre lo que nos dicen sobre nosotros y sobre nuestra relación con el mundo que nos rodea y, en la medida de nuestras posibilidades, liberarlas (ya sea en el momento, si es posible, o en diferido, aplicando técnicas de gestión emocional). Lo importante, en mi opinión, es no confundir las emociones con el estado de ánimo: las emociones son vivencias puntuales; el estado de ánimo es el marco que configuramos a partir de esas emociones. De cada uno depende construir un estado anímico saludable basado en la integración y aceptación de lo que nos va sucediendo o un estado anímico victimista en el que las emociones se quedan atascadas.


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AUTOPÍAS, CONCEPTOS

La felicidad, ¿una quimera?

La búsqueda de la felicidad se ha convertido en una de las obsesiones de las llamadas sociedades del bienestar. Pero, ¿qué es la felicidad? Probablemente, existen tantas definiciones como personas, aunque parecen predominantes aquellas que vinculan la felicidad con las emociones positivas. Si tomamos como punto de partida las acepciones recogidas en el diccionario, felicidad sería estado de grata satisfacción espiritual y física y ausencia de inconvenientes o tropiezos. Ahora bien, ¿hablamos de un estado puntual o permanente? ¿Cómo sería vivir en una situación de felicidad constante? ¿Reconoceríamos la felicidad si no viviéramos también momentos de infelicidad o desdicha?

Es importante vivir enfocados hacia deseos y metas que puedan proporcionarnos felicidad y bienestar. No obstante, los problemas surgen cuando esa promesa de felicidad futura no tiene su traducción en el presente: el día a día está lleno de obstáculos que superar, no todo es tan bonito como lo pintan (o como lo dibujamos nosotros mismos). La realidad nos obligará a hacer renuncias y sacrificios, aparecerán situaciones sobrevenidas –tal vez dolorosas– que afrontar… Si no gestionamos y encuadramos adecuadamente estas dificultades aparecerán, probablemente, sentimientos de frustración que, a su vez, nos alejarán aún más de nuestra felicidad soñada.

Para no sentirse frustrado (o infeliz) conviene buscar la felicidad por el camino de la aceptación. Empecemos por aceptar que el mundo se mueve por resortes que escapan a nuestro control, que cada uno se comporta como mejor sabe, puede o quiere. Aceptemos que es humano cometer errores o reaccionar por impulsos. Asumamos que nuestras emociones y nuestros comportamientos se mueven en ejes de polaridades tendiendo a uno u otro extremo según la situación o el contexto en el que nos encontremos. La aceptación conlleva indagar sobre uno mismo, conocerse y valorarse, tanto en sus fortalezas como en sus debilidades, y es un elemento esencial para comprender la realidad que nos rodea.

Pero ¡cuidado con confundir la aceptación con la resignación o el conformismo! La aceptación requiere responsabilidad y acción: nos hacemos responsables de nuestra capacidad para revertir, en la medida de nuestras posibilidades, las dificultades con las que nos encontramos o, al menos, las respuestas que nos generan. La resignación supone una rendición, una derrota anticipada: nos dejamos atrapar por el victimismo, colocamos la responsabilidad fuera de nosotros. Por tanto, en la búsqueda de uno mismo caben dos caminos: el camino a la felicidad, a través de la aceptación, y el camino a la frustración, a través del conformismo. ¿Cuál eliges?


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AUTOPÍAS, CONCEPTOS, EMOCIONES

Quien espera, desespera

¿Recuerdas alguna situación en la que tus expectativas no hayan quedado satisfechas? ¿Cuáles eran esas expectativas? ¿Cuál fue el resultado final? ¿Y cómo reaccionaste? Quizá sentiste enfado por no haber recibido lo que querías. Tal vez te sentiste frustrado por no haber reivindicado, en caso de haber tenido la oportunidad, aquello que anhelabas. O puede que te dejaras llevar por la tristeza, la decepción o la autocompasión… El enfado, la frustración y la tristeza son estados de ánimo legítimos cuando no conseguimos lo que esperamos, pero… ¿es que realmente había algo que esperar?

La espera ante la posibilidad o esperanza de que algo suceda nos coloca en una actitud pasiva en la que la responsabilidad sobre el resultado ya no depende de nosotros mismos, sino que queda delegada en otros. De esta manera, la no satisfacción de nuestros deseos o necesidades sería responsabilidad directa de los organizadores o responsables de la situación que no ha colmado nuestras expectativas, de otras personas implicadas o partícipes que por acción o inacción determinaron su resultado alejándolo de lo que esperábamos inicialmente o de las propias circunstancias o condicionantes de la situación en sí misma. ¿En quién depositas la realización de tus expectativas?

Hoy apuesto por abandonar la espera pasiva en favor del compromiso y de la proactividad. Te invito a sumarte a mi esfuerzo por asumir y desarrollar la responsabilidad que nos corresponde en cada situación a la que nos enfrentamos y en cada meta por la que luchamos. El compromiso, frente a la expectativa, supone una responsabilidad aceptada. La implicación y la acción, cultivando nuestros recursos propios, nos ayudarán a alcanzar mejores resultados. No siempre conseguiremos lo que deseamos, pero seremos dueños tanto de nuestro esfuerzo como de nuestras expectativas. ¿Qué eliges tú? ¿Te comprometes y actúas o esperas y desesperas?

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