AUTOPÍAS, COACHING

Aplicaciones del coaching personal

Cuando, en este contexto de popularización –y a veces, indefinición– del coaching, me preguntan en qué consiste mi trabajo como coach, suelo responder que mi misión es acompañar a personas, empresas, organizaciones y colectivos interesados en impulsar procesos de planificación de objetivos, toma de decisiones, mejora de habilidades de comunicación interna y externa, gestión de tiempo o cualquier otro proceso de cambio y transformación que crean necesitar. Pero… ¿de qué objetivos, decisiones, habilidades o procesos estamos hablando? En este artículo me gustaría hacer un repaso de algunas de las situaciones o circunstancias que se pueden trabajar, específicamente, desde el coaching personal.

Veamos, por ejemplo, algunas de las situaciones problemáticas –y a la vez desafiantes– que nos podemos encontrar en el ámbito laboral: falta de entendimiento con nuestro jefe, relaciones tóxicas o envenenadas con nuestros compañeros de trabajo, protocolos o procedimientos que consideramos absurdos o ineficaces, ausencia de directrices precisas sobre lo que se espera de nosotros… Puede que, de tanto repetir las mismas tareas, hayamos perdido la confianza en el resto de competencias profesionales de las que disponemos para optar a nuevas oportunidades de empleo dentro o fuera de la empresa. Incluso podemos sentir la necesidad de reinventarnos profesionalmente y no saber cómo hacerlo. ¿Qué hacer con todo esto? Podemos adoptar una posición victimista o, por el contrario, tratar de ser proactivos en la búsqueda de cambios que nos permitan construir una nueva realidad en la que estar, al menos, algo más cómodos y confiados.

En el ámbito de la educación también hay situaciones que pueden ser abordadas desde el coaching. Pienso, por ejemplo, en los problemas que suelen encontrar los estudiantes en la planificación y organización del tiempo de preparación y estudio que van a dedicar a cada asignatura o en la selección de las materias o titulaciones con las que complementar su formación académica. Pienso, a la vez, en las dificultades que afrontan universitarios y doctorandos en la preparación de sus trabajos finales de grado o máster o de sus tesis doctorales: si bien cuentan con una dirección que les da soporte en cuanto a contenidos, tal vez necesiten asistencia para la coordinación de los esfuerzos de documentación, redacción e investigación que requieren este tipo de trabajos, así como para su lectura o presentación pública. Esto vale también para profesores estancados en la preparación de sus clases o en la publicación de artículos académicos con los que reforzar su posición.

Repasemos, además, las aplicaciones del coaching en el ámbito del ocio, el tiempo libre y las relaciones. ¿Quién no ha encontrado resistencias al tratar de implantar en su vida nuevos hábitos y rutinas con los que alcanzar loables propósitos saludables o relacionales? Tal vez tengamos dificultades para encontrar propuestas de ocio que no sean una huída o evasión de la realidad, sino una auténtica forma de autorrealización y conexión con nosotros mismos que nos permita, a la vez, explorar nuevos talentos y habilidades hasta ahora ocultos o ignorados. O puede que queramos explorar alternativas con las que mejorar la comunicación y el entendimiento –fomentando el autocontrol, poniendo los límites que sean necesarios– con nuestra pareja, familia, amigos o, en general, grupos de personas con los que interactuamos habitualmente.

Estos son solo algunos ejemplos de situaciones que se pueden afrontar con el coaching, pero hay muchas más: hay tantas circunstancias como personas. El coaching, en cualquier caso, es una invitación a un proceso de autoconocimiento que, mediante preguntas y herramientas, promueve –en un clima de confianza y colaboración mutua– la apertura de nuevas perspectivas y la creación de escenarios de cambio en los que cada persona, en función de sus posibilidades, pueda identificar sus necesidades, encontrar sus propias respuestas y desarrollar al máximo su potencial. ¿Necesitas coaching?


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AUTOPÍAS, CONCEPTOS

Beneficios invisibles

¿Cuántas veces has intentado cambiar algo de ti o de tu vida? ¿Cuántas veces lo has conseguido? No siempre es fácil hacerlo. Desde una perspectiva racional, todo parece más sencillo: intuimos qué es lo que no funciona, sabemos qué es lo que no nos conviene, conocemos alternativas a partir de los ejemplos que vemos a nuestro alrededor… Sin embargo, cuando nos ponemos manos a la obra –diseñando gestos y acciones orientados al cambio– surgen resistencias que nos impiden avanzar en nuestro desarrollo personal, profesional o social. Nos resistimos a abandonar determinados hábitos, comportamientos, creencias… ¿Qué hay en ellos para que nos quedemos atascados ahí?

En general, cuando nos proponemos un propósito concreto (la misión, el objetivo que queremos conseguir), tenemos muy claro qué beneficio o beneficios queremos lograr. Lo que no identificamos con tanta facilidad es el beneficio secundario que podemos perder al modificar comportamientos, hábitos o creencias que no nos sirven para alcanzar nuestras metas. Si encontramos resistencias al cambio es porque hay un valor oculto en ellos. De hecho, la importancia del beneficio secundario es tal que preferimos mantener el statu quo –incluso siendo conscientes de que estamos estancados– antes que explorar o luchar por otras opciones.

Encontrar resistencias nos genera frustración, y la frustración nos lleva a buscar explicaciones. Así, nos preguntamos por qué mantenemos comportamientos desacompasados, hábitos anacrónicos, creencias limitantes… Y las respuestas que encontramos no son más que autojustificaciones victimistas que no hacen más que alimentar esa frustración. Mario Benedetti hizo popular la frase cuando teníamos las respuestas, nos cambiaron las preguntas. Y eso es lo que propongo para vencer las resistencias: cambiar la pregunta por qué por para qué. ¿Para qué nos sirve este comportamiento, ese hábito, aquella creencia? ¿Qué ganamos con ellos? ¿Qué tienen para que decidamos mantenerlos incluso en situaciones difíciles, problemáticas o insatisfactorias de nuestra vida?

Recibir atención, ser merecedor de reconocimiento o afecto, ser útil a los demás, llenar nuestro vacío interior… Estos son algunos de los beneficios ocultos por los que nos empeñamos en mantener comportamientos, hábitos y creencias que ya no nos satisfacen o que no encajan con lo que realmente somos. Una vez detectados, conviene centrar la atención en los beneficios que queremos lograr con nuestro objetivo de cambio. ¿Merece la pena renunciar al beneficio oculto? ¿Cómo podemos hacer que el beneficio secundario quede integrado –si no lo está aún– en la meta que queremos alcanzar? Ante las resistencias solo hay dos opciones: aferrarse o avanzar.


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AUTOPÍAS, COACHING, REFLEXIONES

A vueltas con el Coaching

El comienzo de un nuevo curso es, junto al inicio de un nuevo año, uno de los momentos que consideramos más adecuados para proponernos nuevos objetivos y metas vitales. Todos tenemos, en mayor o menor medida, recursos suficientes para afrontar cambios y desafíos. No obstante, no siempre nos resulta fácil emprender nuevos propósitos o aventuras. ¿Quién no se ha sentido alguna vez atascado, desorientado o desmotivado? ¿Quién no ha tenido, ante situaciones concretas, dudas sobre el alcance de su propio potencial? Por eso existe, entre muchas otras, la figura del coach, ese profesional que te acompaña, apoyado en tu responsabilidad y en tu compromiso, desde donde estás ahora hasta donde realmente quieres estar (según la definición de coaching de la Asociación Española de Coaching, ASESCO).

El coaching, lamentablemente, sigue siendo una disciplina cuestionada, especialmente por parte de algunos profesionales (afortunadamente, no todos) de la psicología, la psiquiatría o la medicina. Se nos acusa de ser vendehúmos o vendedores de milagros; se nos critica por ser una formación no reglada, dependiente de asociaciones o escuelas privadas (como ocurre en muchos otros sectores profesionales), olvidando que los másteres de coaching más reconocidos y valorados se ofertan, precisamente, en universidades públicas; y nos denuncian, también, por nuestra supuesta intervención o injerencia, como pseudociencia, en el ámbito sanitario. No niego que haya casos de mala praxis, pero para mí la frontera está clara: el coaching no es, ni pretende ser, una psicoterapia (de hecho, son disciplinas que, en un momento dado, pueden ser complementarias).

Efectivamente, hay situaciones, respuestas y comportamientos diagnosticados como patologías que requieren una intervención desde el ámbito clínico con profesionales específicamente formados para ello. Pero hay también muchos otros problemas, vitales o sociales, que se manifiestan de forma puntual y que distan mucho de ser problemas psicológicos. Aquí entran, en el día a día, las dificultades para conciliar nuestras necesidades o expectativas con las obligaciones y compromisos que arrastramos en nuestra vida cotidiana, el malestar que nos produce la falta de eficacia en la gestión de nuestro tiempo, las dudas ante eventuales procesos de toma de decisiones, las resistencias que nos impiden planificar correctamente nuestros objetivos, la incertidumbre ante un cambio de hábitos…

En mi opinión, hay espacio para todos los profesionales que creemos y apostamos por el crecimiento y el desarrollo personal… siempre que lo hagamos con honestidad y aportando al cliente la información necesaria sobre nuestra manera de trabajar. En coaching lo hacemos, según el Libro Blanco que regula nuestra profesión, acompañando a nuestros clientes en la definición de objetivos, a través de un proceso estructurado en el que se irán generando nuevas posibilidades, habilidades y escenarios de aprendizaje, con el fin de producir cambios estables y duraderos alineados con su entorno, sus valores y sus creencias. Si quieres avanzar, acompañado, en tu autoconocimiento, busca el profesional que mejor se adapte a ti, infórmate sobre su acreditación y metodología de trabajo y adéntrate, sin miedo, en el camino.


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AUTOPÍAS, CONCEPTOS, HERRAMIENTAS DE COACHING

De lo urgente y lo importante

Últimamente estoy embarcado en muchas tareas. Por un lado, continúo implicado con la actualización semanal de mi blog (gracias por tu lectura atenta) y con la publicación diaria de contenidos para la reflexión en mis perfiles en redes sociales (recuerda que puedes seguirme en Facebook, Twitter e Instagram). ¡Incluso estoy desarrollando nuevos contenidos para este espacio web! A la vez, sigo atendiendo puntualmente las sesiones con mis clientes y he comenzado a recopilar información de cara a la preparación de próximos talleres. Por otro lado, estoy embarcado en la redacción de trabajos y memorias finales de las últimas formaciones que he cursado. Y, por si fuera poco, me he sumado a un grupo de trabajo, con gente de distintas edades y perfiles, en el que desarrollar mi compromiso social. A veces, todas estas actividades parecen concentrarse en un momento dado, tengo prisa por acabarlo todo… y me siento desbordado.

Seguro que, en algún momento, tú también has tenido esta sensación, ya sea con actividades que tú mismo has escogido o con obligaciones o responsabilidades que te imponen desde fuera. En estos casos, nos sentimos presionados, bien por las expectativas que han depositado en nosotros o bien por nuestra propia autoexigencia. Por ello, es conveniente aprender a organizar el trabajo y a priorizar tareas. ¿Cómo hacerlo? Primero, elaborando una lista de las tareas que tenemos asignadas o que de forma voluntaria nos hemos propuesto. Después, sometiendo esas tareas al escrutinio de la Matriz de Covey (también llamada Matriz de Eisenhower), una herramienta popularizada por Stephen Covey tras incluirla en su libro Los siete hábitos de las personas altamente efectivas.

Esta matriz se confecciona dibujando cuatro cuadrantes en los que distribuiremos las tareas en función de su urgencia (tareas urgentes y tareas no urgentes, eje horizontal) y de su importancia (tareas importantes y tareas no importantes, eje vertical). Las tareas urgentes son aquellas que requieren una atención inmediata. En palabras de Covey, son tareas que nos presionan, reclaman acción. Por su parte, la importancia está relacionada con los resultados. La distribución de tareas en la matriz nos ayudará a determinar qué tareas tenemos que hacer inmediatamente, qué tareas debemos planificar, qué tareas conviene delegar y qué tareas ignorar completamente.

En el primer cuadrante (arriba, a la izquierda) se recogen las tareas importantes e urgentes. Aquí se incluyen todas las actividades que consideramos de gran relevancia y que no pueden ser pospuestas por más tiempo (atender crisis, gestionar problemas apremiantes, concluir proyectos en fase de vencimiento). Debe tenerse en cuenta que la concentración de tareas en este cuadrante puede causarnos problemas de estrés, cansancio o fatiga. En el segundo cuadrante (arriba, a la derecha) se incluyen las tareas importantes pero no urgentes, es decir, aquellas acciones relevantes que, sin embargo, no requieren una respuesta inmediata, sino que deberán resolverse a medio o largo plazo. Son tareas que, por tanto, podremos planificar de acuerdo a los objetivos que nos hayamos fijado. Según Covey, este cuadrante es el corazón de la administración personal efectiva.

En el tercer cuadrante (abajo, a la izquierda) se sitúan las tareas no importantes pero urgentes. Se ubican aquí las tareas superfluas que se realizan por hábito o por azar (interrupciones, llamadas imprevistas, etc.) y que no aportan ningún valor a nuestros objetivos. Covey afirma que, en general, la urgencia de esas cuestiones se basa a menudo en las prioridades y expectativas de los otros. Finalmente, en el cuarto cuadrante (abajo, a la derecha) se colocan las tareas no importantes y no urgentes. Se trata de actividades que realizamos por inercia pese a no ser necesarias o apremiantes (por ejemplo, ceder ante distracciones o trivialidades).

¿Dónde has situado cada una de las tareas que tienes encomendadas o que te has propuesto en tu día a día? ¿Hay tal vez una concentración de tareas en el primer o en el tercer cuadrante? ¿Hay tareas que podrías delegar o, directamente, eliminar de tu lista de ocupaciones? ¿Qué puedes hacer para reforzar el segundo cuadrante de la matriz? Planificar tareas importantes pero no urgentes es la base de una gestión eficaz del tiempo. Te corresponde a ti elegir entre una gestión proactiva, enfocada en soluciones, en la que puedas mantener el control sobre tus tareas, y una gestión reactiva en la que acabas convertido en títere de multitud de problemas emergentes.


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AUTOPÍAS, METÁFORAS, REFLEXIONES

Volverse océano

En la vida nos encontramos momentos en los que, según el lenguaje de los videojuegos, toca pasar de pantalla. A veces, esos momentos llegan de forma inesperada y no queda otra opción que adaptarse, a la mayor rapidez posible, a las características del siguiente nivel del juego. Otras veces, sin embargo, somos nosotros mismos quienes retrasamos la llegada de esos momentos: preferimos seguir viviendo en los parámetros que conocemos, dentro de las rutinas habituales, pese al desgaste que nos produce la repetición sistemática de obligaciones, responsabilidades, compromisos, comportamientos, hábitos o tareas que ya no nos satisfacen. En estas situaciones, nuestra vida entra en modo bucle… y nos sentimos estancados.

Días atrás, mientras daba vueltas en la cabeza al concepto pasar de pantalla, me encontré con esta historia del escritor libanés Khalil Gibran (1883-1931): Dicen que antes de entrar en el mar, el río tiembla de miedo: mira para atrás, para ver su recorrido, para ver las cumbres y las montañas, para ver el largo y sinuoso camino que abrió entre selvas y poblados; y ve frente a sí un océano tan extenso que entrar en él solo puede ser desaparecer para siempre. Pero no hay otra manera: el río no puede volver, nadie puede volver, volver atrás es imposible en la existencia. El río precisa arriesgarse y entrar en el océano. Al entrar, el miedo desaparecerá, porque en ese momento sabrá que no se trata de desaparecer en él, sino de volverse océano.

En esta metáfora, el río representa lo que hemos vivido. El océano, por su parte, simboliza todo el potencial que aún no hemos desplegado. El río se siente seguro en su cauce, protegido por sus márgenes, de la misma manera que nosotros nos sentimos seguros en nuestra zona de confort, donde intentamos vivir sin riesgos. Sin embargo, como nos ocurre a nosotros, el río olvida que su cauce no tuvo siempre las características actuales: las fuentes de las que brotó, junto a las aportaciones del deshielo de las cumbres, esculpieron los primeros kilómetros de su recorrido; las condiciones meteorológicas alternaron crecidas y sequías que condicionaron su curso. Los accidentes geográficos que atraviesa a su paso son los avatares que, con mayor o menor conciencia, hemos ido sorteando e incorporando a nuestra existencia. El cauce del río nunca fue tan idílico como, en nuestra aparente comodidad actual, queremos creer ahora.

Pasar de pantalla en esos momentos en los que necesitamos un cambio no implica poner un punto y aparte en nuestro relato vital, sino un punto y seguido. Como hace el río según se acerca a su desembocadura, toca ensanchar nuestro espacio para formar un delta con el que ir desplazando los límites que nos encorsetan. De esta manera, el cauce que hemos dibujado se irá abriendo hacia un horizonte infinito lleno de posibilidades en el que desarrollar talentos o capacidades dormidos, aún sin descubrir, o anestesiados voluntariamente por nosotros mismos. Cuanta mayor sea la apertura, más facilidad tendremos para fundirnos en el océano, ese lugar en el que pululan todos los recursos que necesitamos para desplegar, de forma fluida y armónica, todas las características de nuestro ser. Recuerda: No se trata de desaparecer en él, sino de volverse océano. ¿Nos arriesgamos?


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AUTOPÍAS, CONCEPTOS, MINDFULNESS

On/off

En estas fechas, con los días centrales de la Semana Santa a la vuelta de la esquina, son muchas las personas que manifiestan su deseo de tener unas vacaciones para desconectar. El cansancio hace mella después de un duro trimestre de trabajo: necesitamos un respiro en nuestras tareas cotidianas para olvidarnos o, al menos, dejar en un segundo plano responsabilidades, obligaciones o compromisos diarios. No obstante, no creo que las vacaciones (y lo que conllevan en términos de descanso, ocio, actividades, viajes o reencuentros) sean realmente una desconexión, sino más bien una oportunidad para una auténtica conexión con nosotros mismos. Porque… ¿estamos realmente conectados en nuestra vida de automatismos rutinarios?

Las vacaciones, efectivamente, son un momento propicio para favorecer y desarrollar la conexión con uno mismo. Generalmente, en este tiempo estamos más atentos a nuestras necesidades y, al tener tiempo libre, podemos dar espacio a actividades o prácticas que por falta de tiempo, cansancio o apatía no solemos hacer en nuestra vida cotidiana. De alguna manera, podemos permitirnos ser más libres a la hora de identificar en qué queremos invertir nuestra energía. Además, nuestra conciencia se expande al experimentar nuevos planes, visitar otros lugares o tomar contacto con el paisaje que nos rodea. Estoy seguro de que alguna vez has comprobado que el cansancio provocado por las actividades que te gustan –ese cansancio que te hace sentir vivo– no tiene nada ver con el cansancio plomizo y agarrotado de tus obligaciones diarias.

Pero, además de aprovechar las vacaciones como banco de pruebas de nuevos hábitos, intereses y experiencias, hay otras fórmulas para vivir conectados durante todo el año sin necesidad de esperar a días de asueto o puentes festivos. La principal, a mi juicio, consiste en vivir enfocado en el presente, en lo que está ocurriendo aquí y ahora: conectarse con el presente es conectarse con uno mismo. Por tanto, te animo a activar, por ti mismo, el botón on/off con el que vienes equipado para observar tu respiración, tu estructura corporal, tus sensaciones, tus emociones, tus pensamientos… ¿Qué está pasando? ¿Qué información obtienes sobre ti? Una vez vayas descubriendo las respuestas, acepta lo que hay: la aceptación de la realidad en la que vivimos es el primer paso para incluirla en nuestra vida o, en su caso, para transformar aquellos elementos que amenazan nuestro equilibrio.

Las fechas que marcan el devenir de nuestra cotidianidad (jornada laboral, período lectivo, vacaciones), aunque puedan ayudarnos, no determinan por sí mismas que uno esté conectado o desconectado de sí mismo: cada uno de nosotros tiene el poder de conectarse. Si optamos por vivir desconectados, nuestra existencia consistirá en dejarse arrastrar por los requerimientos de otros (modas, presiones, imposiciones, obligaciones…). Por el contrario, vivir conectados nos permitirá identificar nuestro propósito vital –aquello que da un auténtico sentido a nuestra vida– y desarrollar todo nuestro potencial para alcanzarlo. El interruptor on/off está al alcance de tu mano. ¿A qué esperas para accionarlo?


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AUTOPÍAS, MINDFULNESS

Respirar, ser y merecerte

Hemos pasado la cuesta de enero. Poco a poco, con más o menos dificultades, nos hemos ido adaptando la rutina, bien a la que teníamos antes del parón de las fiestas navideñas o bien a los nuevos hábitos que, como buenos propósitos, implantamos en nuestra vida al comienzo del año. Sin embargo, puede que aparezca ya cierta sensación de cansancio: las vacaciones aún quedan lejos (aunque ahora resulte más fácil distribuirlas a lo largo del año) y, ante la perspectiva de meses de repeticiones continuadas, conviene ir buscando otras vías de escape. Entre las opciones disponibles hay una de coste cero que, además, solo ocupa unos pocos minutos al día: experimentar de forma consciente nuestra propia respiración, ese proceso tan necesario para la vida al que –precisamente por ser tan natural– apenas prestamos atención.

Te invito a buscar, una vez que acabes de leer estas líneas, una posición cómoda para indagar sobre tu respiración y fluir con ella. Puedes hacerlo aislado en una habitación en silencio y en penumbra o en entornos más bulliciosos: la respiración nos acompaña –y nos mueve– dispuesta a ser escuchada en cualquier lugar. Puedes tumbarte o sentarte en la postura del loto, si conoces las claves de esta posición, pero también vale hacerlo sentado en una silla convencional. En todos los casos, y en especial en este último, escanea tu cuerpo para encontrar y relajar cualquier posible tensión (especialmente en los hombros o el cuello). Si estás sentado en una silla, coloca tus manos sobre los muslos y apoya en el suelo las plantas de los pies.

Una vez en la postura elegida, cierra los ojos suavemente (apretar los párpados no garantiza, en absoluto, una mayor concentración). Evoca, a continuación, la importancia de la respiración para la vida. Al fin y al cabo, se trata de un proceso esencial para nuestra supervivencia. De hecho, algunos lo ven como un milagro, un acto sagrado, un gesto trascendente. Danilo Hernández, autor de Claves del yoga. Teoría y práctica (Editorial La Liebre de Marzo), recuerda que el ser humano inicia su existencia con una primera inspiración y la termina con una última exhalación. Desde su punto de vista, puede afirmarse que según sea la calidad de nuestra respiración así será la calidad de nuestra vida.

Observa, ahora, tu respiración –inspirando y espirando por la nariz– sin tratar de modificarla. ¿Cómo es? Defínela con la mayor objetividad posible, sin dar entrada al juicio. Fíjate en la rapidez o en la lentitud con la que entra y sale el aire de tus pulmones, pero no te dejes condicionar por ello. Solo observa y acepta lo que se está produciendo: así es tu respiración en este instante. Comprueba dónde se concentra el trabajo respiratorio. ¿Solo en la clavícula? ¿Tal vez en el abdomen? ¿En el tórax? Advierte los pequeños cambios que, de forma inconsciente, se vayan produciendo a raíz de este ejercicio de observación.

A continuación, amplia tu respiración, conscientemente, para intentar que sea lo más completa posible. Para ello, en cada inhalación, conduce poco a poco el aire hacia el abdomen para, una vez lleno y expandido, seguir inspirando para llenar la caja torácica (notando el movimiento de los músculos intercostales) y, finalmente, inspirar un poco más para elevar la clavícula y las costillas superiores. Una vez finalizada la inspiración, realiza la espiración en orden inverso. Repite el proceso unas cuantas veces hasta que tu cuerpo, sobre todo si no está acostumbrado, se habitúe a la respiración completa.

Una vez que hayas conseguido una respiración lo más completa posible, recréate en todo el potencial que te ofrece. Siente el sutil movimiento de las aletas de la nariz cuando tomas y devuelves el aire al exterior. Detente en el gesto que supone dar y recibir de la naturaleza. Prueba, también, a expandir el aire por el interior de tu organismo, llevándolo desde el canal respiratorio hacia las piernas, los pies, los brazos, las manos, la coronilla… Trata, ahora, de poner el foco en el lugar desde el que aparece y en el que desaparece la respiración, ese espacio en el que surgen cada inspiración y espiración. Conecta con ese vacío del que salen y proceden todas las cosas. Quédate ahí por un instante, descubre la esencia de ser.

Finalmente, deja que la respiración vuelva a fluir a su ritmo natural y centra tu atención en las sensaciones que vayan apareciendo. ¿Ha cambiado algo respecto al inicio del ejercicio? Observa, de nuevo sin juicio, esos cambios. A continuación, abre los ojos y toma contacto con el entorno. La realidad en la que vives –previsiblemente– no se ha modificado: allí siguen nuestros deberes, compromisos, responsabilidades… Pero, aunque sea sutilmente, habrá cambiado tu percepción, actitud y disposición ante el mundo que te rodea. ¿Te animas a probarlo y compartirlo?


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