AUTOPÍAS, CONCEPTOS, REFLEXIONES

Las fases de la responsabilidad

En las últimas semanas, con gran esfuerzo por parte de todos, nos hemos ido acostumbrando a convivir con la pandemia de enfermedad por coronavirus, primero afrontando las restricciones derivadas del confinamiento en nuestros hogares y después –ahora– en el acceso a “la nueva normalidad” según las distintas fases establecidas en el plan de desescalada elaborado por las autoridades políticas y sanitarias. No obstante, el COVID19 empezó siendo un fenómeno muy lejano…

Tan lejano que, efectivamente, tuvo su origen en Wuhan, una ciudad de china situada a casi 10.000 kilómetros de distancia de Madrid, desde donde escribo estas líneas. Una distancia geográfica que se agranda, además, con las enormes diferencias culturales y de concepción del mundo, en todos sus órdenes, que separan las sociedades occidentales, tal y como las conocemos, del fantástico y opaco gigante asiático. Con toda esa distancia, ¿cómo iba a llegar el coronavirus hasta aquí?

Al fin y al cabo, estamos en el siglo XXI y vivimos en una sociedad avanzada que, pese a las imperfecciones manifiestas en tantos ámbitos, dispone –o debía disponer– de todos los sistemas de control y prevención necesarios y de los tratamientos oportunos. Por otro lado, la sopa de murciélago, de la que se hablaba en enero como brote y causa de propagación del virus, nunca ha formado parte de nuestra dieta. Sin embargo, aunque yo entonces no las viera, las luces de emergencia habían comenzado a encenderse.

Así, se aplazaron o se suspendieron distintos eventos internacionales (foros, cumbres, seminarios) que tendrían que haberse celebrado a lo largo del mes de febrero. ¡Qué exageración! Para muchos seguía siendo impensable que el COVID19 tuviera una letalidad como la que está demostrando. Que el coronavirus llegara a Lombardía (Italia), a 1.600 kilómetros de Madrid, parecía solo una anomalía, una imperfección del sistema en que vivimos, que ocurría todavía lejos de nosotros.

La gravedad de la situación se hace patente a mediados de marzo, cuando la Organización Mundial de la Salud (OMS) califica la enfermedad por coronavirus como una pandemia y el Gobierno de España declara el estado de alarma con las medidas de restricción y confinamiento que todos, con distintos niveles de dificultad, hemos ido aplicando. El impacto del coronavirus se hace evidente –y dramático– en las crecientes estadísticas de contagiados y fallecidos.

La realidad se vuelve aún más dura cuando las cifras de mortalidad –fríos números– incluyen seres queridos o conocidos. Encogidos por el dolor, tratamos de seguir con nuestras rutinas, conciliando como mejor podemos el trabajo, la educación de los niños, el acompañamiento a los familiares a los que no podemos visitar, las tareas domésticas, el tiempo de ocio… La paralización de toda la actividad económica, excepto servicios esenciales, supone un golpe adicional para muchos hogares.

Por fin, la representación gráfica del número de contagios por COVID19 alcanza el esperado pico de la curva y, estimulados por la llegada de la primavera y el desgaste de semanas de confinamiento, nos preparamos para la desescalada. Quien más, quien menos, todos sacamos el analista que llevamos dentro, formado en las más prestigiosas comunidades de vecinos, en eminentes redes sociales y en variopintos grupos de aplicaciones de mensajería, con ideas concluyentes sobre la forma en que –nosotros primero– se ha de proceder. En este contexto, se hacen necesarias las apelaciones a la responsabilidad.

Como he señalado en otros textos, la responsabilidad (responsa-habilidad) es la habilidad de responder, con acciones, a la realidad a la que nos enfrentamos. Desde mi punto de vista, no puede haber auténtica responsabilidad si no integramos, en nuestra respuesta, algunas de las ideas que se desprenden de los párrafos anteriores. Entre ellas, la autocrítica: hemos de asumir y aceptar la posibilidad de haber cometido equivocaciones o errores de diagnóstico en nuestra interpretación inicial de la realidad… y enmendarlos.

Tampoco puede haber responsabilidad, a mi juicio, sin humildad: la realidad que vivimos es compleja y en ella convergen numerosas variables que escapan a nuestro control e incluso a nuestro entendimiento. Está bien –y es más que recomendable– buscar toda la información necesaria para que nuestra respuesta sea lo más ajustada posible, pero cuidado con instalarse en axiomas absolutos. Como hemos visto en las últimas semanas, la situación no es estática: evoluciona.

Por último, aunque la responsabilidad es una respuesta individual, creo que en ella no debe faltar sentido común. Suele decirse que el sentido común es el menos común de todos los sentidos, así que voy a reformularlo de otra manera: sentido de comunidad. En una pandemia como la que estamos afrontando, la seguridad de cada uno depende también de que los demás se sientan seguros. Y esto, a la vez, requiere ser atentos con las personas que, por una razón u otra, afrontan la desescalada con miedo o con una mayor dosis de incertidumbre.

Esperemos que las fases de la desescalada se sucedan sin repuntes significativos en las estadísticas de afectados por el coronavirus y que, poco a poco, todos nos vayamos adentrando y adaptando a la nueva normalidad que marcará nuestra vida, al menos, a corto y medio plazo. Yo voy a hacer todo lo posible por ejercer esa responsabilidad armada de autocrítica, humildad y sentido común. ¿Y tú? ¿Cómo va a ser tu responsabilidad?


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AUTOPÍAS, COACHING, LECTURAS

Yo, coach

Días atrás, mientras visitaba una librería de estrechos pasillos, tropecé con un libro cuyo título llamó inmediatamente mi atención. Se trata de La burbuja terapéutica, una obra de reciente edición en la que el ingeniero Josep Darnés, que se define como una persona hiperterapiada, relata su experiencia como adicto a la autoayuda, el autoconocimiento y las terapias, una vivencia cuyo sentido se apunta ya en el subtítulo del libro: Como caí en las trampas del crecimiento personal y las terapias. A la vez, el texto plantea una reflexión sobre la paulatina psicologización de la sociedad y sobre las garantías de las que adolecen, entre otros, los libros de autoayuda, la filosofía del pensamiento positivo, los talleres de sanación, el mindfulness… o el coaching.

Considero acertadas algunas de las observaciones de Darnés, entre ellas su preocupación por la proliferación de vendehumos y la evidente mercantilización de las diferentes corrientes que tratan de asistir al individuo en la búsqueda de su conocimiento y crecimiento personal. Coincido también en la inquietud –que yo percibo latente en todo el libro– por la predisposición de los consumidores de autoayuda a dejarse arrastrar por las modas sin discernir o discriminar las disciplinas o las formas de intervención más adecuadas para hacer frente a sus conflictos, problemas, dudas o deseos. No obstante, no comparto las críticas que el autor dirige al coaching al hablar de los conceptos de responsabilidad y zona de confort y de las características de los coaches en el ejercicio de su profesión.

Me gustaría concretar, antes de profundizar en dichas críticas, la definición de coaching. Para mí, el coaching es un proceso de aprendizaje y conocimiento en el que el cliente, desde su compromiso con el coach, descubre y alimenta sus propias capacidades y competencias con el fin de afrontar objetivos concretos. Lamentablemente, la traducción literal de coach por entrenador y el uso análogo de conceptos como coach, mentor, asesor o consultor han contaminado el alcance y los fundamentos de esta disciplina: no puede haber proceso de coaching si no hay motivación para el cambio, toma de conciencia, refuerzo de la confianza y la autoestima, responsabilidad y compromiso y plan de acción.

Josep Darnés considera que las apelaciones a la responsabilidad del cliente en su proceso de cambio son contraproducentes ya que no solo no contribuyen a empujar a la persona hacia sus objetivos, sino que la frustran porque piensa que todo es por su culpa, que es idiota o simplemente perezosa. Desde mi punto de vista, se debe diferenciar entre la responsabilidad que tenemos en lo que sucede (evidentemente, no tenemos control sobre todos los factores que condicionan nuestra existencia) y la responsabilidad con la que hacemos frente a lo que sucede. ¿Queremos ser víctimas o protagonistas? El buen coach comprobará, al iniciar el proceso, el grado de implicación que está dispuesto a asumir el cliente. Si no hay compromiso, no debe haber proceso de coaching.

Por otro lado, el autor de La burbuja terapéutica sostiene que el coach, en su ceguera por el crecimiento, no acepta que uno pueda desear “ir tirando” o seguir viviendo en la “zona de confort” que le hace feliz. Según la Asociación Española de Coaching (ASESCO), el proceso de coaching pretende cubrir el vacío existente entre donde una persona está ahora y donde desea estar. De este modo, hay una insatisfacción a la que el cliente necesita dar respuesta: será él mismo quien decida hasta qué punto se mantiene en su comodidad actual y hasta qué punto se arriesga para ensanchar su experiencia del mundo. Quizá convenga sustituir lo de “salir de la zona de confort” –yo también he incurrido en esta expresión– por “extender la zona de confort” a través de la vivencia y del aprendizaje de nuevas creencias, comportamientos o emociones.

Finalmente, Darnés ironiza sobre el esfuerzo que requiere ser coach, un profesional que se tiene que presentar siempre delante de los demás como una especie de superhumano invulnerable, un modelo a seguir que se ha transformado a sí mismo, repleto de virtudes, perfecto y con un gran autoconcepto. En mi caso, nada más lejos de la realidad: me siguen asaltando las dudas, no soy inmune a la inseguridad y al desánimo, no tengo todas las respuestas (de hecho, dicen que el coaching es el arte de hacer preguntas) y aún me queda mucho que aprender de la vida. Creo que la honestidad es una cualidad fundamental para establecer una relación de igual a igual con los clientes y facilitar la consecución de sus objetivos. Y así, con humildad, te invito a dirigirte a mí para aclarar tus dudas sobre el coaching y, si lo necesitas, para iniciar un proceso conmigo. Puedes hacerlo a través del apartado Contacto de este blog.


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