AUTOPÍAS, METÁFORAS, REFLEXIONES

Disposición al equilibrio

Zen

Pese a sus evidentes beneficios, no siempre es fácil conectar con las técnicas de meditación y relajación que distintas corrientes y enfoques, a lo largo de la historia, han puesto a nuestro alcance. Lo fundamental para que cualquiera de estas técnicas arraigue en nosotros es crear un hábito que nos permita integrarlas poco a poco –día a día– en nuestra vida cotidiana. Pero no es nada fácil crear este hábito: con frecuencia, nos distraemos, nos salimos de la práctica… e incluso acabamos más frustrados e inquietos de lo que estábamos antes de iniciar el ejercicio de meditación o relajación que hayamos elegido.

También puede ocurrir que, estando ya iniciados en este tipo de prácticas, nos veamos afectados o golpeados por situaciones sobrevenidas que, de pronto, parecen llevarnos de nuevo a la casilla de salida, como si nunca antes hubiéramos tratado de meditar o relajarnos con las técnicas que considerábamos integradas. Algo nos deja noqueados y, de repente, se desvanece –o, al menos, así lo sentimos– lo aprendido.

Parece, pues, que el equilibrio al que aspiramos es precario, y se rompe a la mínima.

En un alarde de poca originalidad, ilustro estas líneas con la fotografía de unas piedras apiladas, un símbolo de la filosofía Zen que transmite la idea de equilibrio y armonía. Y, mirando esta imagen, me pregunto: ¿no estaremos poniendo nuestra atención en el resultado final de nuestros intentos de meditación y relajación en vez de fijarnos en el proceso de construcción de ese equilibrio? Apilar piedras, al fin y al cabo, es un arte: hay que escoger las piedras adecuadas y disponerlas en el orden apropiado (respetando las leyes de la física).

¿Hacemos eso en nuestra vida?

Hoy te invito a detenerte en cada una de las piedras que configuran tu existencia: la piedra de tu identidad, la piedra de tus relaciones afectivas, la piedra de tu trabajo o de tus proyectos profesionales, la piedra de tus momentos de ocio, la piedra de tus valores… ¿Cómo son esas piedras? Tal vez sea bueno, antes de jugar a los equilibrios, conocer las características de cada una de estas piedras, identificando su forma y tamaño, reconociendo sus aristas e imperfecciones, apreciando la rugosidad o suavidad de sus cantos… y, en su momento, buscando las formas de encajar unas con otras.

Observar cada piedra por separado es ya en sí mismo un ejercicio de meditación y relajación que, sin prisa pero sin pausa, nos llevará al deseado equilibrio.


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AUTOPÍAS, CONCEPTOS, REFLEXIONES

Las fases de la responsabilidad

En las últimas semanas, con gran esfuerzo por parte de todos, nos hemos ido acostumbrando a convivir con la pandemia de enfermedad por coronavirus, primero afrontando las restricciones derivadas del confinamiento en nuestros hogares y después –ahora– en el acceso a “la nueva normalidad” según las distintas fases establecidas en el plan de desescalada elaborado por las autoridades políticas y sanitarias. No obstante, el COVID19 empezó siendo un fenómeno muy lejano…

Tan lejano que, efectivamente, tuvo su origen en Wuhan, una ciudad de china situada a casi 10.000 kilómetros de distancia de Madrid, desde donde escribo estas líneas. Una distancia geográfica que se agranda, además, con las enormes diferencias culturales y de concepción del mundo, en todos sus órdenes, que separan las sociedades occidentales, tal y como las conocemos, del fantástico y opaco gigante asiático. Con toda esa distancia, ¿cómo iba a llegar el coronavirus hasta aquí?

Al fin y al cabo, estamos en el siglo XXI y vivimos en una sociedad avanzada que, pese a las imperfecciones manifiestas en tantos ámbitos, dispone –o debía disponer– de todos los sistemas de control y prevención necesarios y de los tratamientos oportunos. Por otro lado, la sopa de murciélago, de la que se hablaba en enero como brote y causa de propagación del virus, nunca ha formado parte de nuestra dieta. Sin embargo, aunque yo entonces no las viera, las luces de emergencia habían comenzado a encenderse.

Así, se aplazaron o se suspendieron distintos eventos internacionales (foros, cumbres, seminarios) que tendrían que haberse celebrado a lo largo del mes de febrero. ¡Qué exageración! Para muchos seguía siendo impensable que el COVID19 tuviera una letalidad como la que está demostrando. Que el coronavirus llegara a Lombardía (Italia), a 1.600 kilómetros de Madrid, parecía solo una anomalía, una imperfección del sistema en que vivimos, que ocurría todavía lejos de nosotros.

La gravedad de la situación se hace patente a mediados de marzo, cuando la Organización Mundial de la Salud (OMS) califica la enfermedad por coronavirus como una pandemia y el Gobierno de España declara el estado de alarma con las medidas de restricción y confinamiento que todos, con distintos niveles de dificultad, hemos ido aplicando. El impacto del coronavirus se hace evidente –y dramático– en las crecientes estadísticas de contagiados y fallecidos.

La realidad se vuelve aún más dura cuando las cifras de mortalidad –fríos números– incluyen seres queridos o conocidos. Encogidos por el dolor, tratamos de seguir con nuestras rutinas, conciliando como mejor podemos el trabajo, la educación de los niños, el acompañamiento a los familiares a los que no podemos visitar, las tareas domésticas, el tiempo de ocio… La paralización de toda la actividad económica, excepto servicios esenciales, supone un golpe adicional para muchos hogares.

Por fin, la representación gráfica del número de contagios por COVID19 alcanza el esperado pico de la curva y, estimulados por la llegada de la primavera y el desgaste de semanas de confinamiento, nos preparamos para la desescalada. Quien más, quien menos, todos sacamos el analista que llevamos dentro, formado en las más prestigiosas comunidades de vecinos, en eminentes redes sociales y en variopintos grupos de aplicaciones de mensajería, con ideas concluyentes sobre la forma en que –nosotros primero– se ha de proceder. En este contexto, se hacen necesarias las apelaciones a la responsabilidad.

Como he señalado en otros textos, la responsabilidad (responsa-habilidad) es la habilidad de responder, con acciones, a la realidad a la que nos enfrentamos. Desde mi punto de vista, no puede haber auténtica responsabilidad si no integramos, en nuestra respuesta, algunas de las ideas que se desprenden de los párrafos anteriores. Entre ellas, la autocrítica: hemos de asumir y aceptar la posibilidad de haber cometido equivocaciones o errores de diagnóstico en nuestra interpretación inicial de la realidad… y enmendarlos.

Tampoco puede haber responsabilidad, a mi juicio, sin humildad: la realidad que vivimos es compleja y en ella convergen numerosas variables que escapan a nuestro control e incluso a nuestro entendimiento. Está bien –y es más que recomendable– buscar toda la información necesaria para que nuestra respuesta sea lo más ajustada posible, pero cuidado con instalarse en axiomas absolutos. Como hemos visto en las últimas semanas, la situación no es estática: evoluciona.

Por último, aunque la responsabilidad es una respuesta individual, creo que en ella no debe faltar sentido común. Suele decirse que el sentido común es el menos común de todos los sentidos, así que voy a reformularlo de otra manera: sentido de comunidad. En una pandemia como la que estamos afrontando, la seguridad de cada uno depende también de que los demás se sientan seguros. Y esto, a la vez, requiere ser atentos con las personas que, por una razón u otra, afrontan la desescalada con miedo o con una mayor dosis de incertidumbre.

Esperemos que las fases de la desescalada se sucedan sin repuntes significativos en las estadísticas de afectados por el coronavirus y que, poco a poco, todos nos vayamos adentrando y adaptando a la nueva normalidad que marcará nuestra vida, al menos, a corto y medio plazo. Yo voy a hacer todo lo posible por ejercer esa responsabilidad armada de autocrítica, humildad y sentido común. ¿Y tú? ¿Cómo va a ser tu responsabilidad?


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AUTOPÍAS, CONCEPTOS

Tejiendo confianza

En la anterior entrada del blog hablaba sobre la importancia de la autoconfianza o confianza en uno mismo, un concepto que definía como la seguridad, fuerza y convicción que sentimos, en nuestros recursos propios e inherentes, para lograr determinados objetivos y para superar los obstáculos que nos vamos encontrando a lo largo de nuestra vida. Efectivamente, la autoconfianza es uno de los pilares del crecimiento y del desarrollo personal. No obstante, no podemos olvidar que, como seres sociales, vivimos en relación, de modo que es también necesario –en todos los ámbitos de la vida– confiar en los demás y, a la vez, ser merecedores de la confianza de otros.

La confianza en los demás es fundamental para construir y mantener relaciones positivas que contribuyan a nuestro bienestar y a nuestra seguridad emocional. En general, la confianza suele surgir, de forma natural o automática, a partir de la afinidad o conexión que sentimos con otras personas a partir de intereses, valores o puntos de vista comunes. Pese a la naturalidad con la que se produce, se requiere un alineamiento previo entre las expectativas que hemos depositado en la otra persona y la percepción que tenemos de ella. A la vez, es necesario invertir en persistencia, continuidad y permanencia para consolidar el vínculo que refuerza la confianza (ya sea la entrega en la relación de pareja, el apoyo y el compañerismo en las relaciones laborales o la lealtad en las relaciones amistosas). Este esfuerzo debe ser mutuo en todas las partes implicadas en la relación.

La sinceridad es la mejor aliada para dar confianza a los demás o recibir la confianza de otros. No obstante, hay otros elementos sobre los que trabajar para demostrar que somos personas en las que se puede confiar. En este sentido, conviene recordar que la opinión que suscitamos en otros se forma a través de lo que hacemos, de lo que decimos, de la forma en que hablamos y nos comportamos y de la imagen que transmitimos. Por ello, es importante actuar con coherencia y congruencia en todos los ámbitos de la vida. No podremos ganarnos la confianza de los demás si no actuamos con honestidad, integridad y transparencia.

Se dice que la confianza es difícil de ganar, pero fácil de perder. Cuando perdemos la confianza en alguien (o alguien la pierde en nosotros) volvemos a la casilla de salida… y, muchas veces, sin apenas ganas de comenzar la partida de nuevo. Es decir, nos volvemos desconfiados y evitamos implicarnos en nuevas relaciones o proyectos ante la posibilidad (habla el miedo) a una nueva traición o desengaño. En estos casos conviene reivindicar nuestra autoconfianza (la confianza en nuestros propios recursos) y, desde allí, actuar con asertividad y empatía reflexionando sobre lo ocurrido, aceptando nuestras propias imperfecciones (y por extensión, las de los otros) y sanando las heridas que hayamos recibido o causado en la discrepancia o ruptura. Si confías en ti mismo, podrás confiar en los demás.


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