AUTOPÍAS, CONCEPTOS, HERRAMIENTAS DE COACHING, LECTURAS

Seis sombreros para una autopía

Blanco, rojo, negro, amarillo, verde y azul. Estos son los colores que se emplean en la dinámica Seis sombreros para pensar, una práctica desarrollada por Edward de Bono en el libro del mismo título en la que, mediante el uso –real o imaginado– de sombreros de esos seis colores, se estimulan diferentes áreas de pensamiento (información, lógica, emociones, optimismo, creatividad…). Porque, según de Bono, es un error limitar el pensamiento a la argumentación y a la dialéctica: el pensamiento requiere perspectiva y creatividad para generar nuevas ideas con las que superar la confusión –el ruido mental– con la que vivimos habitualmente.

La dinámica de los seis sombreros para pensar constituye, pues, un método para dirigir la atención sobre áreas específicas del pensamiento con el fin de obtener una panorámica global de afirmaciones, respuestas o consideraciones sobre asuntos concretos sobre los que tenemos que tomar decisiones. Cada uno de los sombreros representa un rol determinado que de Bono nos anima a interpretar con la mayor implicación posible. El hecho de que cada sombrero sea un juego o una representación ayuda a sortear las dificultades o barreras que suele poner nuestro ego, construido a base de gruesas capas de razonamiento dialéctico.

Estas son las áreas de pensamiento que se nos invita a explorar al ponernos cada uno de los sombreros:

El sombrero blanco activa un área de pensamiento para el que solo cuentan los hechos, los datos y las cifras, sin realizar ningún tipo de valoración sobre ellos. Se trata de recopilar la información que tenemos sobre el asunto que nos ocupa. Es el sombrero de la neutralidad y la objetividad.

El sombrero rojo da cabida a las emociones, a los sentimientos y, como dice de Bono, a los aspectos no racionales del pensar. Se incluyen aquí las intuiciones o presentimientos que tenemos sobre el asunto en cuestión. El sombrero rojo facilita que se puedan exponer estos elementos sin necesidad de justificarlos.

El sombrero negro recoge los juicios negativos ante una determinada situación o circunstancia. Se lo conoce también como el sombrero de la crítica, porque estimula la verbalización de errores, incorrecciones, imperfecciones, riesgos o peligros. De Bono equipara este sombrero con la figura del abogado del diablo.

El sombrero amarillo promueve el pensamiento positivo. Se trata de buscar el valor y los beneficios de la situación sobre la que estamos trabajando. Para ello, de Bono nos anima a ser constructivos y optimistas. Se admite la especulación siempre y cuando esté encaminada a encontrar nuevas oportunidades.

El sombrero verde exige un esfuerzo deliberado y concentrado para la articulación de ideas nuevas o mejores. Es, por tanto, una oportunidad para el desarrollo del pensamiento lateral o creativo. El objetivo es encontrar alternativas que vayan más allá de lo conocido, lo obvio y lo satisfactorio. Se permite la provocación cuando su uso pueda facilitar nuevos conceptos o percepciones.

El sombrero azul, finalmente, es el que dirige todo el proceso. Por un lado, da paso a los distintos sombreros, según sea necesario, en el análisis de la situación a estudio. Por otro lado, define el foco de la discusión, sintetiza las intervenciones del resto de sombreros y establece las conclusiones. En palabras de Edward de Bono, el pensador del sombrero azul organiza el pensamiento mismo.

Quizá tengas actualmente en tu vida algún asunto pendiente en el que esta dinámica pueda ayudarte a encontrar nuevas perspectivas. De momento, te invito a utilizar esta herramienta para expresar, desde las diferentes áreas del pensamiento, tus opiniones e impresiones acerca de este blog. Para ello he elaborado el cuestionario “Seis sombreros para una autopía”, cuyas respuestas me resultarán muy útiles, estas vacaciones, para preparar la próxima temporada. ¡Gracias, de antemano, por tu participación!

Enlace al cuestionario “Seis sombreros para una autopía”.


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AUTOPÍAS, CONCEPTOS, REFLEXIONES

Las fases de la responsabilidad

En las últimas semanas, con gran esfuerzo por parte de todos, nos hemos ido acostumbrando a convivir con la pandemia de enfermedad por coronavirus, primero afrontando las restricciones derivadas del confinamiento en nuestros hogares y después –ahora– en el acceso a “la nueva normalidad” según las distintas fases establecidas en el plan de desescalada elaborado por las autoridades políticas y sanitarias. No obstante, el COVID19 empezó siendo un fenómeno muy lejano…

Tan lejano que, efectivamente, tuvo su origen en Wuhan, una ciudad de china situada a casi 10.000 kilómetros de distancia de Madrid, desde donde escribo estas líneas. Una distancia geográfica que se agranda, además, con las enormes diferencias culturales y de concepción del mundo, en todos sus órdenes, que separan las sociedades occidentales, tal y como las conocemos, del fantástico y opaco gigante asiático. Con toda esa distancia, ¿cómo iba a llegar el coronavirus hasta aquí?

Al fin y al cabo, estamos en el siglo XXI y vivimos en una sociedad avanzada que, pese a las imperfecciones manifiestas en tantos ámbitos, dispone –o debía disponer– de todos los sistemas de control y prevención necesarios y de los tratamientos oportunos. Por otro lado, la sopa de murciélago, de la que se hablaba en enero como brote y causa de propagación del virus, nunca ha formado parte de nuestra dieta. Sin embargo, aunque yo entonces no las viera, las luces de emergencia habían comenzado a encenderse.

Así, se aplazaron o se suspendieron distintos eventos internacionales (foros, cumbres, seminarios) que tendrían que haberse celebrado a lo largo del mes de febrero. ¡Qué exageración! Para muchos seguía siendo impensable que el COVID19 tuviera una letalidad como la que está demostrando. Que el coronavirus llegara a Lombardía (Italia), a 1.600 kilómetros de Madrid, parecía solo una anomalía, una imperfección del sistema en que vivimos, que ocurría todavía lejos de nosotros.

La gravedad de la situación se hace patente a mediados de marzo, cuando la Organización Mundial de la Salud (OMS) califica la enfermedad por coronavirus como una pandemia y el Gobierno de España declara el estado de alarma con las medidas de restricción y confinamiento que todos, con distintos niveles de dificultad, hemos ido aplicando. El impacto del coronavirus se hace evidente –y dramático– en las crecientes estadísticas de contagiados y fallecidos.

La realidad se vuelve aún más dura cuando las cifras de mortalidad –fríos números– incluyen seres queridos o conocidos. Encogidos por el dolor, tratamos de seguir con nuestras rutinas, conciliando como mejor podemos el trabajo, la educación de los niños, el acompañamiento a los familiares a los que no podemos visitar, las tareas domésticas, el tiempo de ocio… La paralización de toda la actividad económica, excepto servicios esenciales, supone un golpe adicional para muchos hogares.

Por fin, la representación gráfica del número de contagios por COVID19 alcanza el esperado pico de la curva y, estimulados por la llegada de la primavera y el desgaste de semanas de confinamiento, nos preparamos para la desescalada. Quien más, quien menos, todos sacamos el analista que llevamos dentro, formado en las más prestigiosas comunidades de vecinos, en eminentes redes sociales y en variopintos grupos de aplicaciones de mensajería, con ideas concluyentes sobre la forma en que –nosotros primero– se ha de proceder. En este contexto, se hacen necesarias las apelaciones a la responsabilidad.

Como he señalado en otros textos, la responsabilidad (responsa-habilidad) es la habilidad de responder, con acciones, a la realidad a la que nos enfrentamos. Desde mi punto de vista, no puede haber auténtica responsabilidad si no integramos, en nuestra respuesta, algunas de las ideas que se desprenden de los párrafos anteriores. Entre ellas, la autocrítica: hemos de asumir y aceptar la posibilidad de haber cometido equivocaciones o errores de diagnóstico en nuestra interpretación inicial de la realidad… y enmendarlos.

Tampoco puede haber responsabilidad, a mi juicio, sin humildad: la realidad que vivimos es compleja y en ella convergen numerosas variables que escapan a nuestro control e incluso a nuestro entendimiento. Está bien –y es más que recomendable– buscar toda la información necesaria para que nuestra respuesta sea lo más ajustada posible, pero cuidado con instalarse en axiomas absolutos. Como hemos visto en las últimas semanas, la situación no es estática: evoluciona.

Por último, aunque la responsabilidad es una respuesta individual, creo que en ella no debe faltar sentido común. Suele decirse que el sentido común es el menos común de todos los sentidos, así que voy a reformularlo de otra manera: sentido de comunidad. En una pandemia como la que estamos afrontando, la seguridad de cada uno depende también de que los demás se sientan seguros. Y esto, a la vez, requiere ser atentos con las personas que, por una razón u otra, afrontan la desescalada con miedo o con una mayor dosis de incertidumbre.

Esperemos que las fases de la desescalada se sucedan sin repuntes significativos en las estadísticas de afectados por el coronavirus y que, poco a poco, todos nos vayamos adentrando y adaptando a la nueva normalidad que marcará nuestra vida, al menos, a corto y medio plazo. Yo voy a hacer todo lo posible por ejercer esa responsabilidad armada de autocrítica, humildad y sentido común. ¿Y tú? ¿Cómo va a ser tu responsabilidad?


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AUTOPÍAS, REFLEXIONES

Escriba aquí su titular

No es fácil encontrar un buen titular para un texto, sea este una noticia, un artículo de opinión o una entrada de un blog. Los manuales de periodismo recomiendan buscar titulares que condensen la idea que se va a transmitir en los párrafos siguientes y que, a la vez, sean atractivos para los potenciales lectores. El titular, bien entendido, debe ser un reclamo que invite a leer la primera frase del texto, frase que a su vez será un reclamo para leer la segunda, y así sucesivamente.

En ese intento por llamar la atención, los titulares –a veces– se desvirtúan para incluir elementos (críticas, sesgos, apelaciones…)  que no aparecen en el texto que se ofrece a continuación, que no tienen nada que ver con él o que contradicen lo que en él se cuenta. Esta distorsión puede ser inocente (cuando el titular escogido da lugar a significados o connotaciones que no calculábamos inicialmente) o deliberada (cuando, siguiendo determinados intereses, prevalece aquello de que la verdad no te estropee un buen titular).

Las fuentes de información, pese a la concentración de medios, se han multiplicado con la explosión de Internet, donde conviven periódicos tradicionales, medios digitales, confidenciales, blogs y otros canales cuyas informaciones o enlaces se replican a través de las redes sociales. Como no tenemos tiempo para leerlo todo, acabamos asumiendo, como verídicos o falsos, titulares de cabeceras en las que confiamos o desconfiamos, de periodistas o articulistas a los que otorgamos credibilidad o a los que menospreciamos o de noticias que nos reenvían personas (afines o no en lo que a interpretación de la realidad se refiere) de nuestros círculos personales o sociales.

Puede que, arrastrados por esa inercia, acabemos construyendo una visión parcial o sesgada del mundo en el que vivimos. Y puede que, asustados inconscientemente por la precariedad superficial de algunos de nuestros argumentarios, nos volvamos aún más beligerantes o radicales en su defensa. Surgen así los grandes desencuentros, las opiniones irreconciliables, las divisiones en bandos, la sociedad polarizada… El mundo en blanco y negro, sin matices: el que no está conmigo, está contra mí.

Hoy te invito a ir más allá del titular. Y no solo en las noticias o en los relatos sobre la actualidad que nos envuelve, sino también en la forma de aproximarnos a quienes nos rodean. Escapa de la superficialidad, profundiza. Escucha lo que el otro tiene que decirte, rescata aquello que pueda resultarte válido. Intenta ser pedagógico al exponer tus argumentos, busca espacios de encuentro en los que, pese a las diferencias, poder construir espacios de entendimiento.

Te invito, también, a revisar los titulares con los que te presentas ante el mundo. Olvida las etiquetas que otros y tú mismo os habéis ido colocando a lo largo de tu vida; busca titulares diferentes y genuinos, que salgan de ti y que representen, en la medida de lo posible, toda la complejidad de la que estamos hechos. Sé consciente de la riqueza que llevas dentro, no limites tu campo de visión. No olvides que todos, en algún momento, pensamos, hacemos y decimos una cosa y su contraria. Que un titular efímero no detenga tu constante evolución.


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AUTOPÍAS, CONCEPTOS, ENEAGRAMA

La cuadratura del círculo

Lunes, día 9. ¡Cuántas sorpresas esconde este número! En aritmética, son varias las curiosidades asociadas al 9. Así, la suma de todos los dígitos que componen el número natural 123.456.789 nos da como resultado 45, y la suma de los dos dígitos que forman esta cifra es igual a 9. Del mismo modo, la suma de los dígitos de cada resultado de la tabla de multiplicar del 9 nos lleva siempre a este mismo número. Se dice, también, que el 9 es el número del saber supremo y del misticismo. A la vez, se le llama número del ser humano porque es la cifra que define el período de gestación (9 meses). Y son incontables los símbolos y enigmas vinculados al 9 que dan origen, sustentan o desarrollan la mitología, el cristianismo o la masonería, entre otros.

Entre los símbolos asociados al 9 se encuentra la figura de 9 puntas conocida como eneagrama (del griego ennea, nueve, y grammos, figura) con la que se representan las nueve personalidades básicas de los seres humanos y las complejas interacciones que se establecen entre ellas. Su origen, aunque no está documentado, se sitúa en Babilonia alrededor del año 2.500 a.C. La mística sufí, que lo consideraba un modelo de interpretación del mundo y de conocimiento del hombre, lo mantuvo vivo, de manera secreta u oculta, a lo largo de los siglos. Su introducción en Occidente, en la primera mitad del siglo XX, se atribuye al carismático y a la vez misterioso George I. Gurdjieff. Su divulgación y popularización posterior se debe a Óscar Ichazo (años 50), que introdujo la correlación de las nueve puntas con los nueve tipos de personalidad básica, y especialmente, a Claudio Naranjo (años 70) y Don Riso y Russ Hudson (años 80).

Para Naranjo, los nueve tipos de personalidad básica incluidos en el eneagrama (a los que llamamos eneatipos o egotipos, pues no dejan de ser manifestaciones del ego) constituyen un conjunto organizado de estructuras de carácter, entre las cuales se observan relaciones específicas de contigüidad, contraste, polari­dad, etc. Cada personalidad o estructura, como recuerdan Riso y Hudson, utiliza las capacidades del temperamento innato para desarrollar defensas y compensaciones para las heridas recibidas en la infancia, de modo que, de forma inconsciente, nos especializamos en un repertorio limitado de estrategias, imágenes propias y comportamientos que nos permitieron salir adelante y sobrevivir en el entorno de esos primeros años.

La denominación de los diferentes eneatipos varía en función del autor, de las traducciones y de los desarrollos posteriores que se han ido haciendo del eneagrama. Según la nomenclatura de Riso y Hudson, el eneatipo 1 es el reformador, un tipo idealista de sólidos principios; el eneatipo 2 es el ayudador, un tipo preocupado, orientado a los demás; el eneatipo 3 es el triunfador, un tipo adaptable y orientado al éxito; el eneatipo 4 es el individualista, un tipo romántico e introspectivo; el eneatipo 5 es el investigador, un tipo vehemente y cerebral; el eneatipo 6 es el leal, un tipo comprometido, orientado a la seguridad; el eneatipo 7 es el entusiasta, un tipo productivo y ajetreado; el eneatipo 8 es el desafiador, un tipo poderoso y dominante; el eneatipo 9, finalmente, es el pacificador, un tipo acomodadizo y humilde. Las denominaciones son solo eso, denominaciones: es difícil encontrar un concepto único para cada eneatipo, pues sus características generales (pasiones, cualidades esenciales, miedos, deseos básicos…) se ven siempre matizadas por los llamados instintos (que configuran 3 subtipos distintos dentro de cada egotipo) y por las influencias y relaciones que recibe o mantiene con el resto de eneatipos (lo que se conoce como flechas y alas).

Por tanto, el eneagrama no es un fin en sí mismo, sino el inicio de un camino de autoconocimiento y crecimiento que nos permite avanzar en la aceptación y el reconocimiento de la responsabilidad que tenemos sobre nuestros comportamientos, comprender mejor –desde el respeto– los patrones de funcionamiento de las personas que nos rodean y, desde ahí, crear lazos más fuertes y comprometidos, sobre las bases de una comunicación más efectiva, con el mundo en el que nos desenvolvemos. El eneagrama es, a la vez, una fuente de información muy útil en procesos de acompañamiento como el coaching (ayuda a definir herramientas más específicas para impulsar las necesidades y motivaciones de los clientes) y se emplea también (a veces con enfoques muy reduccionistas) en la gestión de grupos o en los procesos de selección que realizan los departamentos de recursos humanos de las empresas.

Todas estas funcionalidades del eneagrama dejan de tener sentido si lo utilizamos únicamente como herramienta de encasillamiento en una sociedad que vive, cada vez más, a golpe de etiquetas. Según vayamos conociendo los eneatipos, efectivamente, nos iremos identificando, en mayor o menor medida, con uno u otro. Pero no debemos olvidar que el eneagrama no es una herramienta para justificarnos (Yo soy rebelde porque el mundo me ha hecho así, como cantaba Jeanette), sino para superar las máscaras tras las que nos parapetamos y desarrollar al máximo nuestro potencial. Esa es la esencia del eneagrama: un círculo en el que todo cabe que fluye constante a través del espacio y del tiempo. ¿Por qué quedarse en un número, pudiendo aspirar al infinito?


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AUTOPÍAS, COACHING, REFLEXIONES

A vueltas con el Coaching

El comienzo de un nuevo curso es, junto al inicio de un nuevo año, uno de los momentos que consideramos más adecuados para proponernos nuevos objetivos y metas vitales. Todos tenemos, en mayor o menor medida, recursos suficientes para afrontar cambios y desafíos. No obstante, no siempre nos resulta fácil emprender nuevos propósitos o aventuras. ¿Quién no se ha sentido alguna vez atascado, desorientado o desmotivado? ¿Quién no ha tenido, ante situaciones concretas, dudas sobre el alcance de su propio potencial? Por eso existe, entre muchas otras, la figura del coach, ese profesional que te acompaña, apoyado en tu responsabilidad y en tu compromiso, desde donde estás ahora hasta donde realmente quieres estar (según la definición de coaching de la Asociación Española de Coaching, ASESCO).

El coaching, lamentablemente, sigue siendo una disciplina cuestionada, especialmente por parte de algunos profesionales (afortunadamente, no todos) de la psicología, la psiquiatría o la medicina. Se nos acusa de ser vendehúmos o vendedores de milagros; se nos critica por ser una formación no reglada, dependiente de asociaciones o escuelas privadas (como ocurre en muchos otros sectores profesionales), olvidando que los másteres de coaching más reconocidos y valorados se ofertan, precisamente, en universidades públicas; y nos denuncian, también, por nuestra supuesta intervención o injerencia, como pseudociencia, en el ámbito sanitario. No niego que haya casos de mala praxis, pero para mí la frontera está clara: el coaching no es, ni pretende ser, una psicoterapia (de hecho, son disciplinas que, en un momento dado, pueden ser complementarias).

Efectivamente, hay situaciones, respuestas y comportamientos diagnosticados como patologías que requieren una intervención desde el ámbito clínico con profesionales específicamente formados para ello. Pero hay también muchos otros problemas, vitales o sociales, que se manifiestan de forma puntual y que distan mucho de ser problemas psicológicos. Aquí entran, en el día a día, las dificultades para conciliar nuestras necesidades o expectativas con las obligaciones y compromisos que arrastramos en nuestra vida cotidiana, el malestar que nos produce la falta de eficacia en la gestión de nuestro tiempo, las dudas ante eventuales procesos de toma de decisiones, las resistencias que nos impiden planificar correctamente nuestros objetivos, la incertidumbre ante un cambio de hábitos…

En mi opinión, hay espacio para todos los profesionales que creemos y apostamos por el crecimiento y el desarrollo personal… siempre que lo hagamos con honestidad y aportando al cliente la información necesaria sobre nuestra manera de trabajar. En coaching lo hacemos, según el Libro Blanco que regula nuestra profesión, acompañando a nuestros clientes en la definición de objetivos, a través de un proceso estructurado en el que se irán generando nuevas posibilidades, habilidades y escenarios de aprendizaje, con el fin de producir cambios estables y duraderos alineados con su entorno, sus valores y sus creencias. Si quieres avanzar, acompañado, en tu autoconocimiento, busca el profesional que mejor se adapte a ti, infórmate sobre su acreditación y metodología de trabajo y adéntrate, sin miedo, en el camino.


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AUTOPÍAS, CONCEPTOS, EMOCIONES

¿Emociones negativas?

Distintas clasificaciones (así se recoge en libros, artículos o vídeos) consideran que la tristeza, la ira y el miedo son emociones negativas de las que conviene escapar para tener una vida feliz. Este tipo de afirmaciones, cada vez más repetidas, me dejan contrariado: la felicidad, a mi juicio, no consiste en vivir siempre alegre, ignorando otras emociones, sino en aceptar las cosas que nos pasan (recordando que aceptar no equivale a conformarse o resignarse, de forma pasiva, con lo que nos ocurre). Por otro lado, las emociones, a priori, son solo información que nos proporciona nuestro cuerpo sobre el impacto que nos causa la realidad que nos rodea (o, al menos, de la interpretación que hacemos de ella).

La tristeza, por ejemplo, se define como una respuesta a acontecimientos desfavorables, adversos, no placenteros o dolorosos (discusiones, pérdidas, desilusiones, fracasos). Al pensar en ella, generalmente evocamos sus principales manifestaciones –llanto, abatimiento, desmotivación– sin detenernos en su potencial restaurador: la tristeza nos permite centrar la atención en nosotros mismos, facilita la introspección, el análisis y la comprensión de la situación que nos ha causado daño y promueve la empatía. La tristeza resulta imprescindible, por tanto, para iniciar el proceso de aceptación del factor o de los factores desencadenantes y recuperar así el equilibrio emocional.

La ira, por su parte, es la respuesta que manifestamos ante situaciones que nos producen frustración o aversión tales como sentirse ofendido, creer vulnerados nuestros derechos o encontrar obstáculos que impidan la consecución de las metas que nos hayamos propuesto. Además, se trata de una emoción siempre presente en situaciones de conflicto y, aunque puede darse en distintos niveles de intensidad, suele asociarse con comportamientos agresivos o violentos. Su papel, al igual que el del resto de las emociones es adaptativo: enfadarse es una forma de contactar con uno mismo para identificar lo que nos molesta, ver qué hay de eso que nos molesta en nosotros mismos y, en su caso, poner límites en la interacción con nuestro entorno.

El miedo, finalmente, se activa ante la percepción de un peligro inminente, ya sea real o imaginado. Es una emoción básica para la supervivencia, pues condiciona nuestra reacción ante eventuales amenazas. No obstante, muchas veces nos detenemos únicamente en su efecto paralizador o debilitante olvidando los beneficios que podemos sacar de él en términos de aprendizaje: enfrentar el miedo nos permite identificar y superar las barreras o las dificultades que, en nuestro día a día, nos impiden crecer. El miedo puede ser un aliado si no nos dejamos controlar por él. Como tenía miedo, lo hice con miedo.

Como vemos, las llamadas emociones negativas tienen su utilidad. Por tanto, no podemos desterrarlas o estigmatizarlas, sino todo lo contrario: debemos dar cabida a la tristeza, a la ira y al miedo para extraer la información que nos aportan, indagar sobre lo que nos dicen sobre nosotros y sobre nuestra relación con el mundo que nos rodea y, en la medida de nuestras posibilidades, liberarlas (ya sea en el momento, si es posible, o en diferido, aplicando técnicas de gestión emocional). Lo importante, en mi opinión, es no confundir las emociones con el estado de ánimo: las emociones son vivencias puntuales; el estado de ánimo es el marco que configuramos a partir de esas emociones. De cada uno depende construir un estado anímico saludable basado en la integración y aceptación de lo que nos va sucediendo o un estado anímico victimista en el que las emociones se quedan atascadas.


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AUTOPÍAS, CONCEPTOS, LECTURAS

¿Cuál es tu elemento?

El filólogo alemán Theodor Benfey definía la Tabla Periódica de los Elementos como el corazón de la química. En ella se encuentran, distribuidos en familias o grupos, en bloques y en períodos, los elementos químicos conocidos hasta la fecha, con su correspondiente símbolo, ordenados por número atómico, configuración de electrones y propiedades. Además, la tabla incluye información, a través del color asignado a cada número atómico y a cada recuadro, sobre la categoría a la que pertenece (metales, metaloides, no metales) y sobre su estado (sólido, líquido, gaseoso o desconocido). Desde la creación del primer boceto de tabla periódica, en la segunda mitad del siglo XIX, hasta la fecha se han identificado 118 elementos. De hecho, los últimos fueron agregados hace apenas 3 años. Siguen las investigaciones para encontrar nuevos elementos.

La sistematización y organización lógica y racional de la información, como se hace en la tabla periódica, tiene un valor indiscutible para la ciencia y el progreso. No obstante, me preocupa la preponderancia que tendemos a otorgar a las mediciones cuantitativas sobre otros criterios de valoración. Así ocurre, por ejemplo, en los estudios sobre las sociedades y sobre los individuos que las habitan, donde los datos demográficos (edad, sexo, nacionalidad, educación, situación laboral, nivel de ingresos, etc.) prevalecen sobre otras consideraciones, e incluso en el sistema escolar, en el que el rendimiento de los alumnos se mide en función de unas competencias básicas, puntuadas según baremos y protocolos, en detrimento de otras capacidades a valorar. Todos estos criterios cuantitativos dejan fuera la esencia de cada individuo. O lo que es lo mismo, su Elemento.

Ken Robinson, autor de El Elemento, define este concepto como el punto de encuentro entre las aptitudes naturales (las cosas que se nos dan especialmente bien) y las inclinaciones personales (las cosas que nos gusta hacer). En otras palabras, el Elemento es el lugar donde se desarrolla al máximo todo nuestro potencial. Las clasificaciones, las generalizaciones y los protocolos suelen alejarnos de este lugar a través de lo que el autor ha denominado círculos de restricción personales, sociales y culturales: buscar y reivindicar un camino propio, unas capacidades exclusivas, conlleva enfrentarse al miedo a ser uno mismo, a la desaprobación de los demás y a la presión para adaptarnos a las obligaciones y expectativas que nos impone el ambiente en el que nos desenvolvemos.

No es posible encontrar el Elemento si no somos conscientes de nuestras propias capacidades, habilidades y pasiones. Para ello, Robinson aboga por estimular nuestra inteligencia, imaginación y creatividad. Según el autor, es necesario superar la definición de inteligencia basada en la realización de razonamientos verbales y matemáticos (medibles en un coeficiente intelectual) para dar paso a una concepción sostenida sobre los rasgos de heterogeneidad (hay diferentes tipos de inteligencia), dinamismo (la inteligencia aumenta en la medida en que se favorecen nuevas conexiones neuronales) y singular (existen tantos perfiles de habilidades como personas). La imaginación, una capacidad que damos por supuesta pero que relegamos a un segundo plano según vamos cumpliendo años, nos da el poder de evocar. La creatividad, entendida como imaginación aplicada, nos pone en camino hacia la acción.

El Elemento, en resumen, es ese punto de equilibrio y satisfacción en el que integramos holísticamente nuestras capacidades permitiendo que nuestro ser se exprese tal cual es. Esta integración no será posible mientras no tomemos conciencia de nuestro potencial para crecer, cambiar y vivir nuevas experiencias. Algunos ya han encontrado su Elemento, otros estamos en el camino del descubrimiento y la reivindicación de nuestras habilidades y talentos… y hay quienes siguen estancados en la casilla que les han asignado y que han asumido, sin cuestionarla, como propia. De ti depende poner en valor lo que realmente define lo que eres o quedar sepultado bajo etiquetas ajenas.


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