AUTOPÍAS, CONCEPTOS, HERRAMIENTAS DE COACHING

Una lista muy lista

El mercado nos ofrece actualmente una gran variedad de soluciones, desde agendas y cuadernos hasta aplicaciones sincronizadas en ordenadores y dispositivos móviles, para que podamos organizar nuestras tareas. Y todas ellas, en mayor o menor medida, incluyen apartados –e incluso sofisticados sistemas– para enumerar, en forma de lista, las tareas que tenemos pendientes o las acciones que nos gustaría poner en marcha en un plazo determinado.

Las listas de tareas, efectivamente, pueden ser grandes aliadas para gestionar nuestro tiempo, ya que nos ayudan a ordenar, organizar y estructurar nuestra respuesta a las demandas del día a día, en todos sus frentes. Además, las listas también nos permiten abrir espacio para las inquietudes personales (ocio, autocuidado o desarrollo personal) que queremos incorporar a nuestra vida cotidiana.

El problema es que, muchas veces, olvidamos que las listas son solo un instrumento, y no un fin en sí mismo. Dedicamos un gran esfuerzo a buscar el mejor sistema de organización (con colores, con subdivisiones, con flechas…), pero los resultados no acaban de llegar, y las tareas se quedan sin hacer. Hay cierta obsesión por tenerlo todo previsto y anotado… y una gran frustración cuando, al comprobar la lista al término del día o un tiempo después, vemos que aún quedan muchas cosas por tachar.

Para que esto no ocurra, conviene tener en cuenta una serie de consejos o tips para hacer una buena lista. En concreto, para elaborar una lista con acciones a realizar en el día:

  • Dedica un momento fijo al comenzar el día, o al final del día anterior, para hacer tu lista de tareas de la jornada.
  • Enumera el menor número posible de elementos. Muchas listas no funcionan como sistema eficaz de organización porque son demasiado extensas. Aunque la agenda o aplicación que uses tenga espacio para anotar hasta 25 acciones, limítate a poner las imprescindibles para ti. Si son diez, escribe diez. Si son tres, escribe tres. Recuerda que no todos tenemos las mismas necesidades u ocupaciones.
  • Incluye solo tareas que no sean automáticas o rutinarias. No necesitas escribir en la lista las tareas que haces repetidamente todos los días (el aseo, las tres comidas del día, comprar el pan…). Probablemente harás estas tareas, salvo despiste, tanto si lo pone en la lista como si no.
  • Ten en cuenta el tiempo efectivo del que dispones cada día. En nuestra dimensión, el tiempo es limitado, por mucho que queramos estirarlo. No olvides considerar, también, tu estado anímico (después de un estresante día de trabajo, aunque te quede tiempo, quizá no estés en condiciones de realizar tareas que requieran una gran concentración o esfuerzo intelectual).
  • Escribe tus tareas de la forma más concreta posible. Si se trata de proyectos grandes o ambiciosos, divídelos en objetivos más pequeños que te permitan identificar tareas más específicas. De esta manera, el proyecto te parecerá más asumible y podrás hacer un mejor seguimiento.
  • Una vez escritas tus tareas, ordénalas según su importancia, colocando las prioritarias en los primeros lugares de la lista.
  • Durante el día, sé flexible y adáptate a los cambios que se puedan producir. Recuerda que las listas, una vez ejecutadas las tareas prioritarias, son solo una orientación.
  • Al terminar el día, o al comenzar el día siguiente, revisa el grado de cumplimiento de las tareas que habías anotado. Procura poner el foco en lo que has conseguido y no en lo que has dejado por hacer. Si lo ves oportuno, puedes anotar aquello que ha quedado pendiente como tarea para el nuevo día.
  • Si ves que, después de varios días, alguna tarea se te resiste, puede que no sea por falta de tiempo, sino por falta de voluntad. Reflexiona sobre la necesidad de esa tarea y sobre lo que te aportaría si finalmente la realizaras. Si estás convencido de que quieres hacerla, reformúlala de modo que te sea más fácil ejecutarla. Si no lo estás, apárcala para otro momento o, directamente, olvídala.

Una vez que tienes claro para qué quieres hacer una lista, y en qué medida puede ayudarte en tu día a día, es cuando puedes empezar a buscar el formato que más se ajusta al volumen de tus tareas y a tus circunstancias. A unos les valdrá con un simple post-it. Otros, por el contrario, necesitarán un complejo software. Sea como sea, no solo se trata de planificar, sino de facilitar el hacer. Porque… ¿cuál es tu objetivo: rellenar listas sin fin o hacer realidad lo que te propones en cada tarea?


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AUTOPÍAS, CONCEPTOS, ENEAGRAMA, REFLEXIONES

Instintos básicos

No todos tenemos las mismas preocupaciones, ni reaccionamos de la misma manera a los desafíos que nos plantea la vida. Lo estamos viendo de forma clara, por ejemplo, en las inquietudes –cuando no directamente en las acciones– que manifestamos cada uno de nosotros en relación a la pandemia que estamos viviendo. ¿Qué es lo que nos mueve a sentir y a actuar, de acuerdo a un mismo patrón predeterminado, en cualquier circunstancia?

Nuestras respuestas obedecen, en gran medida, a las necesidades básicas, primarias e inconscientes que, en nuestra primera infancia, y en un esfuerzo de adaptación al entorno en el que debíamos dar nuestros primeros pasos, configuraron nuestros instintos, es decir, los patrones de pensamiento, emociones y conductas sobre los que fuimos construyendo nuestra identidad –diferenciándonos de los demás– y sobre los que radica nuestra forma de ser y estar en el mundo.

Según el Eneagrama de la Personalidad, sobre el que ya hablé en la entrada La cuadratura del círculo, en nuestro centro visceral conviven tres instintos primarios: el instinto de conservación, el instinto social y el instinto sexual. Estos tres instintos coexisten de forma jerárquica, de mayor a menor desarrollo, siendo uno de ellos el instinto dominante a costa de los otros dos instintos, que quedan relegados a un segundo y tercer plano. Lo ideal es que en esta jerarquía haya, pese a su propia configuración decreciente, un cierto equilibrio: una acusada descompensación entre los niveles de desarrollo de cada instinto puede ser fuente de problemas. El instinto dominante determina, en cualquier caso, matices y diferencias en cada uno de los tipos de personalidad o eneatipos, de ahí que en cada uno de ellos se hable de subtipos conservación, social o sexual.

Veamos algunas pinceladas de cada uno de los instintos que habitan nuestro centro visceral:

El instinto de conservación (también llamado autoconservación) está directamente relacionado con la necesidad de sentirse seguro y se traduce en preocupaciones y acciones orientadas a la búsqueda de condiciones óptimas que permitan alcanzar una situación de bienestar. Este instinto pone el foco en la salud, el orden, el hogar, el abastecimiento, la economía y, en definitiva, en todo lo que gira alrededor del concepto de supervivencia.

El instinto social (también llamado navegador) impulsa al individuo a una constante interacción social en busca de aceptación y reconocimiento. Una de las características de este instinto es el deseo de establecer vínculos de unión y pertenencia que permitan crear grupos o comunidades que usar como referencia o apoyo. El instinto social se traduce, por tanto, en un afán de estar rodeado (de forma activa, haciendo actividades) con otras personas.

El instinto sexual (también llamado transmisor) se manifiesta en el deseo de intimidad con otra persona y en el propósito de dejar un legado (no solo en un contexto biológico, entendido como descendencia, sino en sentido amplio, como transmisión de valores o ideas). Este instinto se caracteriza por una búsqueda constante e intensa de nuevos estímulos para la que despliega todas sus armas de seducción y cortejo.

Como decía más arriba, en todos nosotros conviven, jerárquicamente, estos tres instintos. ¿Reconoces, en este esbozo, cuál es el instinto dominante que guía tus preocupaciones y acciones cotidianas y define tu respuesta ante cualquier situación sobrevenida?  Y, respecto a los otros dos… ¿te resuenan o son desconocidos para ti?


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AUTOPÍAS, CONCEPTOS, REFLEXIONES

¿Planificar o improvisar?

La pandemia de enfermedad por coronavirus que estamos viviendo ha obligado a introducir en nuestras vidas una serie de protocolos (lavado frecuente de manos, uso de mascarilla, distancia física en las relaciones interpersonales) con el objetivo de preservar nuestra salud y la de quienes nos rodean. Paralelamente, se han dictado medidas adicionales con el fin de facilitar una “nueva normalidad” en nuestras actividades cotidianas (control de aforo en comercios y espectáculos, disposiciones para la vuelta al colegio, reglamentos de las empresas sobre el uso de las oficinas o el acceso al teletrabajo…).

Algunas de esas medidas –supuestamente planificadas– han sido criticadas por improvisadas. Y aquí surge la pregunta: ¿Son planificar e improvisar estrategias igualmente válidas para hacer frente a una determinada situación? Al hablar de situación no me refiero solo a las circunstancias extraordinarias que estamos viviendo, sino a todos los contextos (familiares, sociales, laborales, económicos o culturales) en los que se desarrolla nuestra vida. Efectivamente, hay personas a las que les resulta más fácil articular sus actividades y proyectos de acuerdo a una planificación previa, y hay personas que son más dadas a la improvisación. Ambas opciones, en cualquier caso, presentan ventajas e inconvenientes.

Planificar nos permite definir una serie de pasos o acciones con los que ir avanzando cada día, manteniéndonos centrados en los objetivos o intereses que pretendemos conseguir. No obstante, una estricta o exigente planificación puede volverse en nuestra contra, sobre todo si no medimos bien el esfuerzo o el impacto que va a suponer cada una de esas acciones. Por otro lado, la planificación, a veces, no es más que un disfraz con el que pretendemos mantenernos ocupados, saltando de unas tareas a otras de acuerdo a lo que dicta la agenda, eludiendo una reflexión profunda sobre lo que de verdad queremos o necesitamos hacer.

Improvisar, por su parte, estimula nuestra creatividad en busca de soluciones, respuestas o propuestas alternativas: la improvisación, bien entendida, es la suma de intuición e imaginación. Sin embargo, improvisar también conlleva riesgos como actuar siempre a salto de mata, escogiendo opciones cortoplacistas que se olvidan de cualquier perspectiva de futuro y que ignoran el efecto que puede tener una respuesta improvisada, en términos de coherencia, en el resto de actividades sobre las que articulamos nuestra existencia (no olvidemos que las dimensiones del ser humano –física, mental, emocional…– están estrechamente interrelacionadas).

Planificar e improvisar fallan estrepitosamente cuando no se ha conjugado previamente otro verbo: planear. Planear no es solo hacer planes: es diseñar proyectos y objetivos que nos ayuden a dar sentido a lo que somos y a lo que hacemos. Sin un propósito, cualquier planificación o improvisación estará abocada al fracaso. Hoy te animo a identificar, si aún no lo tienes, el propósito con el que guiar tus pasos en el curso que ahora comienza. Sondea tus necesidades, explora tus inquietudes y ponte manos a la obra. ¿Cuál es tu plan?


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AUTOPÍAS, COACHING, METÁFORAS, REFLEXIONES

El héroe que habita en ti

Este verano he estado leyendo Las mil caras del héroe, un clásico publicado en 1949 en el que Joseph Campbell, basándose en sus profundos conocimientos sobre mitología y religión comparada, reflexiona sobre la figura del héroe y sobre el itinerario que recorre este personaje hasta alcanzar el reconocimiento que le corresponde por sus hazañas, gestas y virtudes. Según Campbell, la aventura del héroe consta de una estructura universal en la que se identifican tres etapas: una separación del mundo, la penetración a alguna fuente de poder y un regreso a la vida para vivirla con más sentido.

Habitualmente, al hablar de héroes, solemos pensar en seres sobrenaturales o dotados de poderes extraordinarios; seres que, en cualquier caso, quedan muy lejos de nosotros. Sin embargo, yo creo que todos encajamos, en algún momento de nuestras vidas, en esa estructura universal que propone Campbell, especialmente en aquellas situaciones en las que, asumiendo el protagonismo y la responsabilidad sobre lo que nos pasa, nos percatamos de la necesidad de emprender un cambio en nuestra forma de ser y en nuestra forma de estar en el mundo que nos rodea.

Así, en estas situaciones corresponde, como primer paso, alejarse del mundo en el que vivimos. Pero no se trata de poner distancia física de por medio (aunque a veces no quede otra), sino de abrir una reflexión interna sobre las contradicciones que se dan entre ese mundo exterior, lleno de modas, tendencias y presiones, y el mundo interior de nuestras inquietudes, deseos y necesidades. Esta reflexión, si es auténtica (y supera los patrones de pensamiento en los que solemos enredarnos), nos llevará a una toma de conciencia que nos permitirá acceder, poco a poco, a nuevos u olvidados recursos propios y nuevas alternativas con las que probar a vivir de otra manera. Finalmente, empoderados con esos recursos, toca volver al mundo para aplicar, con coherencia, el cambio que hemos experimentado en nuestra aventura.

No obstante, algunas aventuras son más fáciles que otras. A veces, la reflexión interna surge de forma espontánea y la toma de conciencia es automática. Otras veces, en cambio, aparecen sombras, dudas o miedos que nos dejan paralizados en un punto del camino (ya sea al principio, a la mitad o en la recta final del recorrido). En estos casos suelen aparecer, en los mitos y leyendas, personajes secundarios (en forma de magos, brujas, hadas, hechiceros…) que asisten al héroe cuando hay dificultades. Hoy en día, ese personaje secundario bien puede ser un coach que, sin dirigir la aventura (cada uno de nosotros es dueño de su propio destino), nos ayuda a resituarnos en ella.

Este mes de septiembre comienza un nuevo curso en el que, sin duda, tendremos que recurrir a nuestro héroe interior para hacer frente a todos los desafíos sanitarios, económicos, educativos, laborales y sociales derivados de la pandemia por enfermedad de coronavirus que estamos viviendo. Ante esta situación, podemos sucumbir a la incertidumbre o, por el contrario, vivir el curso como una aventura –una autopía– en la que explorar todo nuestro potencial. ¿Aceptas el reto? Si necesitas acompañamiento, hasta el 30 de septiembre ofreceré, de nuevo, tres sesiones online gratuitas de coaching, sin compromiso de continuidad, para ayudarte a encontrar nuevas perspectivas. (Sesiones online de 45 minutos de duración. Oferta válida exclusivamente para nuevos clientes). Puedes solicitar tus sesiones gratuitas en el correo electrónico info@autopiascoaching.com o en este formulario de contacto. ¡Es hora de despertar al héroe que habita en ti!


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AUTOPÍAS, CONCEPTOS, MINDFULNESS

La desescalada interior

Bienvenido a la nueva normalidad. El estado de alarma declarado en España para hacer frente a la pandemia por enfermedad de coronavirus ha llegado a su fin y, aunque aún siguen vigentes restricciones y medidas de seguridad de obligado cumplimiento, el día a día va recuperando su pulso habitual. La desescalada continúa y, aunque la pendiente –según parece– se ha suavizado, el contexto en el que nos encontramos plantea toda una serie de desafíos.

En lo inmediato, hay que hacer frente a la desconfianza que suscita la recuperación de determinadas actividades, sobre todo aquellas en las que puedan producirse concentraciones de personas. Está también el problema de la conciliación de la vida laboral y familiar, con los niños ya de vacaciones, si las empresas van reduciendo paulatinamente el teletrabajo. A esto hay que sumar la preocupación por disfrutar de unas vacaciones de verano seguras, la inquietud por el horizonte que se pueda dibujar en el otoño, el temor a un nuevo confinamiento…

Así pues, la mente bulle, y no hay nada malo en ello: somos seres racionales. No obstante, puede que esa actividad mental nos lleve a engancharnos en una serie de pensamientos que, como un laberinto o un callejón sin salida, nos dejan atrapados en una reiteración de dudas y patrones que, finalmente, acaba por suscitarnos sensaciones de pesimismo, desgaste y agotamiento. Puede que, tal vez, no hayamos completado bien el proceso de desescalada: nos falta la desescalada interior.

Pero… ¿qué es la desescalada interior? Se podría definir como el proceso por el que tratamos de desvincularnos de los pensamientos que genera nuestra mente para bajar al cuerpo. Habitualmente pensamos que todas las respuestas están en nuestra mente, pero esto no es así: hay toda una sabiduría corporal que emana de las sensaciones, percepciones y movimientos internos que se producen a lo largo y ancho de nuestro organismo, de la cabeza a los pies.

Te animo, por tanto, a acceder a esa sabiduría corporal contactando con tu respiración, tomando conciencia de ella y haciéndola cada vez más profunda. Agudiza tus sentidos y afina tu radar interno para identificar cada una de las sensaciones que te llegan del exterior y que emanan de tu interior. ¿Qué ves? ¿Qué escuchas? ¿Qué hueles? ¿Qué saboreas? ¿Qué tocas? ¿Qué sensaciones recibe tu piel? ¿Y qué sientes en tu interior? Sí, puede que la mascarilla te moleste, pero no te distraigas: deja que tu atención se concentre en todos esos estímulos, recréate en ellos.

Los pensamientos (sobre todo aquellos en los que nos gusta tanto enredarnos) intentarán acaparar el protagonismo de nuestra atención. Es inevitable: es muy difícil acallar la mente. Por eso, lo mejor es ser conscientes de que están ahí y, cuando surgen, darles espacio únicamente desde la observación, sin engancharnos en ellos, para retomar enseguida el contacto con nuestra sabiduría corporal. Solo así estaremos anclados en el aquí y el ahora de nuestra existencia. Al fin y al cabo, sea cual sea la situación en la que nos encontremos, el presente es lo único que tenemos.


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AUTOPÍAS, REFLEXIONES

De otra manera

La crisis del coronavirus nos ha obligado a vivir –de forma más o menos drástica, según fuera la vida cotidiana de cada uno de nosotros antes de la irrupción de la pandemia– de otra manera. Las restricciones derivadas del confinamiento conllevaron renuncias que fuimos supliendo como mejor supimos con los medios que teníamos a nuestro alcance. Ahora, la desescalada avanza con protocolos más o menos estrictos –según la fase y la región en la que nos encontremos– que siguen condicionando nuestras rutinas ordinarias.

En todo este tiempo, las transformaciones en nuestro día a día han sido más que evidentes. Nuestras casas se convirtieron en improvisadas oficinas y colegios, las quedadas presenciales con familiares y amigos fueron sustituidas por videollamadas y encuentros telemáticos, las conexiones online nos permitieron seguir accediendo a una variada oferta de propuestas de ocio y cultura… A la vez, hemos aprendido a usar mascarillas de protección, a mantener una distancia física con las personas con las que interactuamos, a respetar los aforos máximos en los transportes o en las tiendas, establecimientos u oficinas que visitamos. En definitiva, hacemos las cosas de otra manera.

Puede que todas esas transformaciones –ese hacer de otra manera– nos hayan suscitado, a su vez, inquietudes en nuestra concepción de la realidad en la que vivimos. ¿Cómo entendemos el trabajo, las relaciones familiares, el tiempo de ocio, la educación de nuestros hijos, el cuidado de nuestros mayores? ¿Cómo conciliamos todas las dimensiones que nos conforman como seres humanos? ¿Cómo asumir que, pese a estar en un mundo cada vez más desarrollado, vivimos rodeados de grietas de inseguridad e incertidumbre? Para contestar a estas preguntas, y a las cuestiones más específicas que cada uno pueda formularse, tal vez sea necesario pensar de otra manera.

Pero pensar de otra manera no es fácil, pues estamos acostumbrados a seguir patrones de pensamiento de corto recorrido que limitan nuestra visión del mundo y estrechan nuestra capacidad de respuesta. Es necesario encontrar planteamientos alternativos, creativos e innovadores. ¿Dónde encontrar la inspiración? Buscando en nosotros mismos, contactando con lo que realmente somos, aceptando nuestras contradicciones, alineando lo que pensamos con lo que hacemos (y viceversa), asumiendo nuestra responsabilidad individual y colectiva en este tiempo de cambio. Es el momento de ser de otra manera. O, mejor dicho, de mostrar nuestro ser de otra manera.


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