AUTOPÍAS, CONCEPTOS, REFLEXIONES

De cambio a cambio

¿Resistencia al cambio? Impensable. Las autoridades sanitarias decretaron que el confinamiento era la mejor medida de protección contra la extensión del coronavirus COVID19 y todos, con contadas excepciones, estamos cumpliendo las directrices que nos obligan a permanecer, en la medida de lo posible, en nuestros hogares. Nuestra capacidad de adaptación (y de resiliencia, en muchos casos) ha quedado sobradamente demostrada en la respuesta a los retos personales, familiares, sociales, laborales o educativos y a las dificultades sobrevenidas que la crisis ha ido dejando a su paso. Es cierto que no lo hemos hecho solos: el confinamiento es una medida que afecta al conjunto de la población y ha despertado una gran oleada de solidaridad en todos los ámbitos que nos ha ayudado a instalarnos en la normalidad anómala en la que nos encontramos al cumplirse ya cinco semanas desde que el Gobierno de España decretara el estado de alarma. Hay que señalar, también, que vivimos una situación que entendemos como provisional, si bien nadie sabe cuándo y en qué forma podremos volver, si acaso, a una cotidianidad parecida a la que vivíamos hasta principios de marzo.

Sea como fuere, nuestro día a día ha cambiado. Y paradójicamente, pese a quedarnos en casa (un espacio que solemos considerar cálido, agradable y reconfortante), nos hemos visto obligados a salir de nuestra zona de confort, ese estado mental en el que, mediante la repetición de una serie de rutinas y parámetros, nos sentimos seguros. Así, hemos tenido que renunciar a la seguridad que encontrábamos en los desplazamientos, las salidas, las quedadas, los paseos o las escapadas para, poco a poco, ir aprendiendo a encontrar una nueva seguridad en casa, un espacio de descanso y tareas domésticas que ahora cumple también las funciones de oficina, colegio, academia de actividades extraescolares, centro de mayores, gimnasio, etcétera. Aunque habitualmente se habla de salir de la zona de confort, yo prefiero hablar de expandir la zona de confort: se trata, en definitiva, de aprender e integrar nuevos recursos con los que ampliar las bases de nuestro autoapoyo, ese lugar desde el que podemos desplegar todo nuestro potencial.

Todo cambio, como vemos, conlleva renuncias y aprendizajes. Tal vez los procesos de cambio individuales, orientados al desarrollo o al crecimiento personal, sean más complicados debido a la falta de apoyo social (algunos cambios implican ir contracorriente) o al deseo –y al temor– de llegar a cambios permanentes o definitivos. Pero, si hemos sido capaces de sumarnos a las transformaciones derivadas de la crisis del coronavirus, ¿cómo no vamos a ser capaces, también, de hacer frente a los cambios, más o menos sutiles, que necesitamos hacer en cada uno de nosotros para crecer, avanzar, progresar y encontrar nuestro lugar en el mundo? Puede que este momento excepcional que estamos viviendo, en el que ya están cayendo las paredes de nuestra zona de comodidad, sea una invitación y una oportunidad para construir algo nuevo desde lo que realmente somos, desde lo más genuino que hay en cada uno de nosotros. Rumbo al cambio. ¿Te vienes?


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ACTIVIDADES, AUTOPÍAS, MINDFULNESS

Un toque de atención

El dualismo cartesiano, que entendía cuerpo y mente como entidades separadas, ha sido reemplazado por una nueva visión holística e integradora en la que esas dos entidades, cuerpo y mente, son solo dos aspectos de una misma unidad indisoluble: el ser humano. Distintos estudios y experiencias revelan que escuchar a nuestro cuerpo resulta fundamental para conocer y comprender nuestras necesidades, deseos, sentimientos o pensamientos. A la vez, contactar con el cuerpo –más allá de las dolencias puntuales o crónicas que podamos arrastrar– refuerza nuestro autoconocimiento, favorece la autoaceptación y mejora nuestros niveles de autoestima, seguridad y confianza. Dar espacio al cuerpo potencia, también, nuestras capacidades de atención y concentración y nos ayuda a reducir la ansiedad y el estrés que nos provocan los grandes o pequeños retos a los que nos enfrentamos cada día.

Afortunadamente, hoy en día disponemos de una amplia oferta de propuestas con las que contactar, prestar atención y cuidar de nuestro cuerpo y, de paso, dar un tiempo de descanso a nuestra aturullada mente. Algunos prefieren seguir programas de entrenamiento físico en el gimnasio o en casa o gustan de salir a correr por calles y parques, otros buscan vivir en armonía a través de la práctica del yoga, del taichí, del chi kung o del movimiento expresivo, hay quien prefiere acercarse al cuerpo de forma contemplativa mediante la meditación o el mindfulness o, simplemente, caminando de forma consciente, vigilando la alimentación o respetando los tiempos de descanso que el cuerpo necesita para recuperar sus niveles de energía… Cada uno ha de encontrar la opción que más le convenga atendiendo a su forma física y a las necesidades de cada momento vital.

No siempre es fácil encontrar esa opción, sobre todo cuando uno vive profundamente anclado en ese enfoque cartesiano en el que la mente domina todo relegando al cuerpo a un papel secundario, meramente instrumental. Yo, que viví durante años atrapado en esa preponderancia de lo mental y lo racional sobre lo corporal, superé esa visión dualista gracias al reiki, una terapia energética que, mediante la imposición de manos, permite contactar, activar y equilibrar los chakras (centros de energía del cuerpo humano) y sus áreas de influencia. Gracias al reiki empecé a ser consciente de los latidos, movimientos internos, pequeños espasmos y variaciones de temperatura que se producían en mi cuerpo, dándome cuenta de los desajustes y sincronías que habitaban dentro de mí, y así, poco a poco, fui conectando con la llamada sabiduría corporal. El reiki fue, en definitiva, el toque de atención que necesitaba para contactar con mi cuerpo.

Lamentablemente, en la actualidad circulan definiciones distorsionadas de reiki que desvirtúan el valor de esta técnica como herramienta de contacto, exploración, autoconocimiento y acceso a un estado de armonía y bienestar mediante el equilibrio y la integración de nuestras dimensiones física, emocional y mental. Por ello, el jueves 26 de marzo, a las 19:30 horas, acompañaré a Carmen Molina Cañabate, maestra de reiki, en la charla informativa “Reiki en el día a día: comprender el reiki y aplicarlo en la vida cotidiana”* que tendrá lugar en el Espacio Garibay de Madrid (C/ Garibay, 6, entre las estaciones de metro de Pacífico y Conde de Casal). La entrada es gratuita, pero se requiere inscripción previa en reikieneldiaadia@gmail.com. Si vives en Madrid o estás de visita en la capital ese día, te invito a acompañarnos para adentrarnos juntos en las aplicaciones prácticas del reiki.

[Evento suspendido debido a las restricciones derivadas de la declaración del estado de alarma por la expansión del coronavirus COVID19 en España.]


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AUTOPÍAS, CONCEPTOS

Beneficios invisibles

¿Cuántas veces has intentado cambiar algo de ti o de tu vida? ¿Cuántas veces lo has conseguido? No siempre es fácil hacerlo. Desde una perspectiva racional, todo parece más sencillo: intuimos qué es lo que no funciona, sabemos qué es lo que no nos conviene, conocemos alternativas a partir de los ejemplos que vemos a nuestro alrededor… Sin embargo, cuando nos ponemos manos a la obra –diseñando gestos y acciones orientados al cambio– surgen resistencias que nos impiden avanzar en nuestro desarrollo personal, profesional o social. Nos resistimos a abandonar determinados hábitos, comportamientos, creencias… ¿Qué hay en ellos para que nos quedemos atascados ahí?

En general, cuando nos proponemos un propósito concreto (la misión, el objetivo que queremos conseguir), tenemos muy claro qué beneficio o beneficios queremos lograr. Lo que no identificamos con tanta facilidad es el beneficio secundario que podemos perder al modificar comportamientos, hábitos o creencias que no nos sirven para alcanzar nuestras metas. Si encontramos resistencias al cambio es porque hay un valor oculto en ellos. De hecho, la importancia del beneficio secundario es tal que preferimos mantener el statu quo –incluso siendo conscientes de que estamos estancados– antes que explorar o luchar por otras opciones.

Encontrar resistencias nos genera frustración, y la frustración nos lleva a buscar explicaciones. Así, nos preguntamos por qué mantenemos comportamientos desacompasados, hábitos anacrónicos, creencias limitantes… Y las respuestas que encontramos no son más que autojustificaciones victimistas que no hacen más que alimentar esa frustración. Mario Benedetti hizo popular la frase cuando teníamos las respuestas, nos cambiaron las preguntas. Y eso es lo que propongo para vencer las resistencias: cambiar la pregunta por qué por para qué. ¿Para qué nos sirve este comportamiento, ese hábito, aquella creencia? ¿Qué ganamos con ellos? ¿Qué tienen para que decidamos mantenerlos incluso en situaciones difíciles, problemáticas o insatisfactorias de nuestra vida?

Recibir atención, ser merecedor de reconocimiento o afecto, ser útil a los demás, llenar nuestro vacío interior… Estos son algunos de los beneficios ocultos por los que nos empeñamos en mantener comportamientos, hábitos y creencias que ya no nos satisfacen o que no encajan con lo que realmente somos. Una vez detectados, conviene centrar la atención en los beneficios que queremos lograr con nuestro objetivo de cambio. ¿Merece la pena renunciar al beneficio oculto? ¿Cómo podemos hacer que el beneficio secundario quede integrado –si no lo está aún– en la meta que queremos alcanzar? Ante las resistencias solo hay dos opciones: aferrarse o avanzar.


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AUTOPÍAS, CONCEPTOS, GESTALT, HERRAMIENTAS DE COACHING

Una de autos

De nuevo, lunes. La semana se pone en marcha. ¿Cuáles son tus perspectivas? El fin de semana quizá te haya servido para descansar, cambiar de aires, centrarte en otras actividades… Pero ahora toca enfrentarse, una vez más, a los grandes y pequeños retos de la cotidianidad, ya sea en casa, en el trabajo, en los estudios o en nuestras relaciones sociales. ¿Cómo vas de energía? ¿Te sientes fuerte para hacer frente a los automatismos que marcan tu día a día? Hoy te propongo un autochequeo a partir de una serie de conceptos básicos del Coaching.

¿Cuál es tu nivel de autoconfianza? La autoconfianza, o confianza en uno mismo, es la seguridad, fuerza y convicción que sentimos para lograr determinados objetivos y para superar los obstáculos que nos vamos encontrando a lo largo de nuestra vida. Se trata de un concepto ligado a nuestros talentos, capacidades, habilidades y conocimientos: solo es posible cultivar la autoconfianza mediante la puesta en práctica de nuestras cualidades, sean estas constatadas, latentes, potenciales o inciertas. Su mayor enemigo es el miedo, que limita nuestra capacidad para enfrentarnos a nuevas experiencias. ¿Confías en los recursos propios e inherentes de los que dispones?

¿Y cómo vas de autoestima? La autoestima se define como el aprecio, la consideración o la valoración, generalmente positiva, que uno tiene de sí mismo. En otras palabras, es el valor que nos imponemos como seres humanos. La autoestima se construye a partir de la comparación entre lo que creemos que somos, pensamos y hacemos y lo que nos gustaría ser, pensar y sentir. En este sentido, se entiende la autoestima como la distancia existente entre la opinión emocional que tenemos de nuestra personalidad y la personalidad ideal que realmente nos gustaría tener. El perfeccionismo, la autoexigencia, la descalificación constante de nosotros mismos y la eterna comparación con los demás nos roban autoestima. ¿Qué valor te das a ti mismo?

Autoconfianza y autoestima son las dos manifestaciones de la autocreencia, un concepto que se define como la necesidad que tenemos los seres humanos de creer en nosotros mismos para conseguir las metas vitales que nos propongamos. De alguna manera, la autocreencia es el valor que nos damos para movernos en el mundo. La autocreencia otorga al individuo el poder de cambiar y adaptarse a nuevas situaciones. Cultivar la autocreencia nos ayudará a clarificar valores y principios, confiar en nuestros recursos y capacidades, aceptar críticas y errores, aumentar nuestra capacidad de resiliencia y persistir en las acciones orientadas a satisfacer nuestras necesidades u objetivos. ¿Cuál es tu nivel de autocreencia?

En mi opinión, la autocreencia está estrechamente unida al autoapoyo, un término utilizado en las corrientes humanistas de la Psicología, entre ellas la Terapia Gestalt, con el que se alude a la capacidad que tiene uno mismo para cuidarse y expresarse, responsabilizándose de las propias necesidades y desarrollando todo el potencial propio de un ser humano. Tanto el autoapoyo como la autocreencia conllevan un proceso de continua integración y asimilación de la realidad. Y para ello se requiere avanzar en el autoconocimiento, ese proceso de reflexión e introspección que nos permite reconocernos como individuos con características, cualidades, defectos, limitaciones, necesidades, aficiones y temores propios que nos diferencian de los demás. ¿Qué conocimiento tienes de ti mismo? Indaga en ti. Obsérvate, pregúntate, déjate sentir. Descubre tu autopía.


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AUTOPÍAS, CONCEPTOS, LECTURAS

Dos caras de una misma moneda

El mes pasado, coincidiendo con mi cumpleaños, una amiga me regaló un libro titulado El extraño orden de las cosas (Ediciones Destino), obra del neurólogo y neurocientífico Antonio Damasio. El texto responde a la inquietud del autor por el afecto humano y por la relevancia de los sentimientos como factores de motivación y agentes de control y negociación de las empresas culturales humanas, es decir, del desarrollo de las diferentes civilizaciones y culturas. En su opinión, los sentimientos –entendidos como respuestas anímicas a sensaciones percibidas y vehiculizadas a través del organismo que acaban por convertirse en una forma de experiencias mentales– son responsables del proceso de homeostasis o autorregulación que garantiza la supervivencia y el progreso de la vida.

En sus consideraciones iniciales, Damasio menciona el dolor y el placer como sentimientos motores de la evolución. El dolor, por ejemplo, ha sido un acicate para el ser humano en la búsqueda de soluciones y remedios con los que mitigarlo o erradicarlo. Así se explicaría, por ejemplo, el desarrollo que han experimentado la Ciencia y la Medicina a lo largo de la historia. Sin embargo, no hay soluciones para todo y el sufrimiento sigue siendo (y me atrevo a decir que siempre será) inherente al individuo. Y eso me suscita varias preguntas: ¿qué hacemos con nuestro dolor? ¿Nos adentramos en su interior? ¿Intentamos conocerlo y aceptarlo para así poder transformarlo? ¿O, por el contrario, apartamos la mirada, lo ignoramos y evitamos afrontarlo?

El placer, por su parte, mueve al individuo hacia la satisfacción de sus necesidades físicas, psíquicas, lúdicas, emocionales o intelectuales con el objetivo de alcanzar un estado de bienestar. La Filosofía se ha preocupado ampliamente de la búsqueda del placer y la felicidad por parte del ser humano (ahí están, por ejemplo, los trabajos de Epicuro de Samos o Santo Tomás de Aquino). Hoy en día, el concepto de bienestar se ve corrompido por la sociedad de consumo imperante. La oferta de actividades y propuestas orientadas al placer se ha multiplicado incluyendo opciones que hasta ahora no habíamos imaginado. Pero, ¿cómo entendemos el placer? ¿Es una distracción externa, o una realidad vinculada a una predisposición interior?

Recuerdo que, siendo niño, disfrutaba mucho viendo cómo mis abuelos hacían girar una moneda, puesta de canto, sobre una superficie lisa. La moneda giraba sobre su propio eje y sus dos caras, en movimiento, parecían configurar una esfera. En términos metafóricos, la vida podría ser esa moneda: en el anverso, la motivación hacia el placer; en el reverso, la preocupación por el dolor propio y ajeno. Las dos caras están obligadas a convivir. Y, para ello, no hay otro camino que la integración y la conciliación de sentimientos aparentemente contradictorios. Que no te importe de qué lado cae, finalmente, la moneda. Disfruta de su movimiento mientras gira.


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AUTOPÍAS, CONCEPTOS, LECTURAS

¿Cuál es tu elemento?

El filólogo alemán Theodor Benfey definía la Tabla Periódica de los Elementos como el corazón de la química. En ella se encuentran, distribuidos en familias o grupos, en bloques y en períodos, los elementos químicos conocidos hasta la fecha, con su correspondiente símbolo, ordenados por número atómico, configuración de electrones y propiedades. Además, la tabla incluye información, a través del color asignado a cada número atómico y a cada recuadro, sobre la categoría a la que pertenece (metales, metaloides, no metales) y sobre su estado (sólido, líquido, gaseoso o desconocido). Desde la creación del primer boceto de tabla periódica, en la segunda mitad del siglo XIX, hasta la fecha se han identificado 118 elementos. De hecho, los últimos fueron agregados hace apenas 3 años. Siguen las investigaciones para encontrar nuevos elementos.

La sistematización y organización lógica y racional de la información, como se hace en la tabla periódica, tiene un valor indiscutible para la ciencia y el progreso. No obstante, me preocupa la preponderancia que tendemos a otorgar a las mediciones cuantitativas sobre otros criterios de valoración. Así ocurre, por ejemplo, en los estudios sobre las sociedades y sobre los individuos que las habitan, donde los datos demográficos (edad, sexo, nacionalidad, educación, situación laboral, nivel de ingresos, etc.) prevalecen sobre otras consideraciones, e incluso en el sistema escolar, en el que el rendimiento de los alumnos se mide en función de unas competencias básicas, puntuadas según baremos y protocolos, en detrimento de otras capacidades a valorar. Todos estos criterios cuantitativos dejan fuera la esencia de cada individuo. O lo que es lo mismo, su Elemento.

Ken Robinson, autor de El Elemento, define este concepto como el punto de encuentro entre las aptitudes naturales (las cosas que se nos dan especialmente bien) y las inclinaciones personales (las cosas que nos gusta hacer). En otras palabras, el Elemento es el lugar donde se desarrolla al máximo todo nuestro potencial. Las clasificaciones, las generalizaciones y los protocolos suelen alejarnos de este lugar a través de lo que el autor ha denominado círculos de restricción personales, sociales y culturales: buscar y reivindicar un camino propio, unas capacidades exclusivas, conlleva enfrentarse al miedo a ser uno mismo, a la desaprobación de los demás y a la presión para adaptarnos a las obligaciones y expectativas que nos impone el ambiente en el que nos desenvolvemos.

No es posible encontrar el Elemento si no somos conscientes de nuestras propias capacidades, habilidades y pasiones. Para ello, Robinson aboga por estimular nuestra inteligencia, imaginación y creatividad. Según el autor, es necesario superar la definición de inteligencia basada en la realización de razonamientos verbales y matemáticos (medibles en un coeficiente intelectual) para dar paso a una concepción sostenida sobre los rasgos de heterogeneidad (hay diferentes tipos de inteligencia), dinamismo (la inteligencia aumenta en la medida en que se favorecen nuevas conexiones neuronales) y singular (existen tantos perfiles de habilidades como personas). La imaginación, una capacidad que damos por supuesta pero que relegamos a un segundo plano según vamos cumpliendo años, nos da el poder de evocar. La creatividad, entendida como imaginación aplicada, nos pone en camino hacia la acción.

El Elemento, en resumen, es ese punto de equilibrio y satisfacción en el que integramos holísticamente nuestras capacidades permitiendo que nuestro ser se exprese tal cual es. Esta integración no será posible mientras no tomemos conciencia de nuestro potencial para crecer, cambiar y vivir nuevas experiencias. Algunos ya han encontrado su Elemento, otros estamos en el camino del descubrimiento y la reivindicación de nuestras habilidades y talentos… y hay quienes siguen estancados en la casilla que les han asignado y que han asumido, sin cuestionarla, como propia. De ti depende poner en valor lo que realmente define lo que eres o quedar sepultado bajo etiquetas ajenas.


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