AUTOPÍAS, CONCEPTOS, REFLEXIONES

Corto, medio, largo

¿Sabes cuál es la diferencia entre el corto, el medio y el largo plazo? Cada uno tiene sus propias consideraciones sobre el tiempo y sus dimensiones. Sin embargo, hay algunos estándares que pueden servirnos como referencia. Así, el corto plazo se refiere a un período de tiempo de unos pocos meses, como máximo un año. El medio plazo, por su parte, abarca un período de entre dos y diez años. El largo plazo, finalmente, sería ese período a más de 10 años vista desde la fecha en la que nos encontramos.

¿Cuáles son tus metas a largo plazo?  La extraordinaria situación que hemos vivido –y seguimos viviendo– a causa de la pandemia por enfermedad de coronavirus parece haber abierto un paréntesis a la hora de fijar nuevos sueños o metas que alcanzar. Nos movemos en un escenario imprevisible: los rebrotes y la posibilidad de una segunda oleada de contagios en el otoño hacen presagiar nuevas restricciones y, en el peor de los casos, un nuevo confinamiento. Y esto puede hacer que cualquier propósito de futuro quede en suspenso hasta nuevo aviso.

Y entonces… ¿cuáles son tus intenciones a corto plazo? Observo, con preocupación, que cada vez somos más hedonistas y exigentes: todo lo queremos para ya. Nuestras miras se han reducido, y el corto plazo se ha acortado: nos medimos, a lo sumo, por las cosas que queremos hacer en los próximos días, en las siguientes semanas, en un par de meses. ¿Para qué ir más allá, si no sabemos lo que va a pasar? Por otro lado, tenemos pendientes muchos planes y actividades que quedaron en suspenso durante el confinamiento y la desescalada y que, según parece, nos urge llevar a cabo.

Hoy, en este corto plazo en el que vivimos, te invito a aprovechar los días de descanso de las vacaciones para pensar en el largo plazo. ¿Qué quieres ser, hacer y tener dentro de diez años? Deja volar tu imaginación: ¿cómo te ves, qué sientes, dónde estás, qué hay a tu alrededor, quién te acompaña…? Recréate en tus sensaciones. Después, piensa en el medio plazo. ¿Qué tendría que ocurrir, a medio plazo, para poder alcanzar lo imaginado en el largo plazo? ¿Qué hitos tendrían que producirse, en el intervalo de dos a diez años, para conseguir lo soñado?

Y, finalmente, piensa en el corto plazo. ¿Cuál es el primer paso que quieres y puedes dar para avanzar hacia lo que anhelas ser, hacer y tener a medio y largo plazo? La vida da muchas vueltas y puede que, efectivamente, tengamos que modificar o cambiar algunas de las acciones que planificamos y ponemos en marcha para llegar a donde queremos llegar. No hay problema: lo importante es que cada paso que demos en el corto plazo esté orientado a un propósito vital determinado. ¿Cuál es el tuyo?


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Escribiendo futuro

El comienzo de un nuevo año es, como ocurre con el inicio del curso académico, una oportunidad para proponernos nuevos objetivos que nos permitan conocernos, seguir creciendo como personas o sobrellevar mejor nuestro día a día. El regreso a la rutina, una vez finalizadas las fiestas navideñas, supone una prueba de fuego para comprobar la solidez de nuestras metas: la vorágine en la que vivimos inmersos y la inmediatez que nuestra sociedad parece exigirnos pueden hacernos sucumbir al primer intento. Para que esto no ocurra, es importante definir correctamente nuestros propósitos, intenciones y anhelos: así incrementaremos nuestras posibilidades de éxito.

Probablemente, la llegada de 2019 nos ha hecho pensar en cosas que nos gustaría ser, tener o hacer en el nuevo año. Este ejercicio mental, en el que damos cabida a sueños y fantasías, nos sirve como herramienta, a modo de tormenta de ideas, para identificar las motivaciones hacia las que orientar nuestros pasos. No obstante, resulta conveniente poner esas motivaciones, una vez identificadas, por escrito. Escribir nuestras aspiraciones nos ayudará a fijarlas en nuestra mente, focalizándola hacia las metas que pretendemos conseguir (la memoria, cuando no hay soporte documental, puede traicionarnos). Además, tener una lista de objetivos nos permitirá volver a ellos cuantas veces queramos para recuperar la motivación, si en algún momento flaqueamos, o para reajustarlos si las circunstancias así lo requieren: los objetivos, una vez plasmados por escrito, se vuelven tangibles, permitiéndonos trabajar sobre ellos.

Pero… ¡cuidado! Hacer una lista de objetivos no es como hacer la lista de la compra. En la lista de la compra anotamos huevos, leche, tomates… y esas indicaciones nos resultan suficientes, porque –si tenemos el hábito de hacer compras periódicas– solemos comprar las mismas cantidades o adquirir productos de los mismos proveedores. En la lista de objetivos, por el contrario, hay que concretar todos los datos posibles. Para ello, hay que bombardear a nuestras metas con todas las preguntas posibles. La primera, el objetivo en sí, responde a la pregunta qué. A continuación hay que preguntarse cuándo, dónde, cómo, para qué, con quién… ¿Recuerdas las clases de Lengua Española? Formular objetivos es expresarlos en una frase con sujeto (en primera persona, pues somos responsables de las metas que perseguimos), verbo y toda clase de atributos o complementos (directo, indirecto y circunstanciales, en todas sus variantes).

Responder a todas las preguntas posibles nos ayudará a construir objetivos inteligentes o SMARTER. Estos objetivos cumplen las siguientes características: son específicos (están formulados de forma clara), medibles (disponemos de unidades de medida o datos que nos permitan hacer un seguimiento sobre su grado de cumplimiento), alcanzables (sabemos que, a priori, somos capaces de lograrlos, bien porque hicimos algo similar en el pasado o porque otras personas lo hicieron), retadores (requieren un esfuerzo que nos resulta atrayente), limitados en el tiempo (deben realizarse dentro de unos plazos), ecológicos (valoran los cambios o las consecuencias que su consecución puede tener tanto en nosotros como en nuestro entorno) y orientados a una recompensa (nos proporcionarán un beneficio atractivo por el que no nos importará luchar).

Es el momento de sentarse, si no lo has hecho ya, ante el folio en blanco o el cursor parpadeante del dispositivo sobre el que vayas a escribir. Coge lápiz o bolígrafo. Acaricia suavemente el teclado o la pantalla táctil. Respira profundamente. Y ponte a escribir. Da forma a tus sueños convirtiéndolos en objetivos inteligentes. Concreta lo que quieres conseguir, pero siempre ajustándolo a tus circunstancias y responsabilidades actuales. Comprométete con tus objetivos. Valora opciones para recolocar las piezas que configuran el puzle de tu rutina diaria con el fin de obtener resultados más eficaces. Revisa periódicamente tu lista de objetivos para afinarlos si aparecen dificultades u obstáculos con los que no habías contado. Como dice H. Jackson Brown Jr., que la perseverancia sea tu motor y la esperanza tu gasolina.


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Hoy empieza todo

Hoy empieza todo. Siempre me ha gustado el nombre de este programa de radio, que también se ha utilizado como título de canciones y películas. Cada día es un nuevo comienzo, una nueva oportunidad para poner en marcha nuevas ideas y proyectos, experimentar con nuevas formas de estar en el mundo y de tratar con los demás o, al menos, para corregir o redimir los errores o las incoherencias que cometimos el día anterior. No obstante, solemos empeñarnos en esperar a fechas significativas para iniciar procesos de cambio. ¿Quién no ha pensado, cada 31 de diciembre, sus propósitos para el nuevo año? ¿Quién no se ha hecho promesas al soplar las velas de la tarta de cumpleaños? ¿Quién no se ha dicho “en septiembre, a la vuelta de las vacaciones, empiezo”?

Las fechas con significado colectivo, como el fin de año o el inicio del curso escolar, pueden suponer un impulso colectivo para nuestros propios planes y proyectos. Son fechas emblemáticas para apuntarse al gimnasio, retomar las clases de idiomas o intentar dejar de fumar. En mi caso, me dejo contagiar por los cambios que, por estas fechas, se producen en las programaciones de los medios audiovisuales, sector en el que he trabajado durante varios años: cambian presentadores y grafismos, se lanzan nuevos formatos, algunos programas cambian de hora –e incluso de cadena– de emisión… Esta tensión de cambio me estimula para impulsar mi propio proceso de cambio y crecimiento, configurando mi propia parrilla de programación. Pero, ¿cómo hacerlo?

Te animo a dedicar unos minutos a hacer una lista de las cosas que te gustaría hacer en este nuevo curso que hoy comienza. ¡Cuidado! No te precipites. Muchas veces, al confeccionar este tipo de listas, escribimos de carrerilla deseos o intenciones que ya figuraban en listas que pesamos o escribimos años atrás… y que nunca hemos llevado a cabo. Puede que entonces no se dieran las circunstancias para luchar por ellos, pero también puede ocurrir que aquello que nos interesaba tanto no nos motive ahora de la misma forma. Por tanto, despeja tu mente y empieza de cero. Desde lo que tú eres a día de hoy, y desde tus circunstancias actuales, ¿qué te gustaría hacer este curso? ¿Cuáles son tus objetivos? Por supuesto, se trata de pensar en cosas que dependan en gran medida de ti mismo. Ganar un premio de lotería no es algo que se deba incluir en este tipo de listas.

Una vez que has identificado lo que realmente te gustaría hacer este curso, piensa en los beneficios que te aportará cada una de las cosas que hayas incluido en la lista. La sociedad de mercado en la que vivimos entiende el beneficio en términos económicos o de productividad, pero hay otras recompensas, quizá más importantes, cuando se trata de un empeño propio: ¿qué ganarás, emocionalmente hablando, si consigues lo que has apuntado en la lista? ¿Qué aportará a tu crecimiento y desarrollo personal? Conectando aspiraciones y emociones aumentan las posibilidades de éxito. Después del qué y el para qué, piensa en el cómo –¿cuál es el primer paso que puedes dar para conseguir tus objetivos?– y en el cuándo –toda meta requiere una planificación temporal–. Y no olvides preguntarte con quién: quizá puedas hacerlo por ti mismo, quizá te convenga asociarte con otras personas que persigan los mismos objetivos, quizá necesites acudir a un coach que pueda acompañarte en el proceso.

La ilusión compartida de fechas simbólicas como el comienzo de un nuevo curso suele desvanecerse rápidamente cuando surgen las primeras dificultades: a veces somos muy ambiciosos al plantearnos objetivos y su consecución choca con la rutina o las responsabilidades diarias. Por eso, te sugiero ser prudente y realista al diseñar tus metas: no planifiques más de las que vayas a ser capaz de cumplir. Recuerda que todo cambio se articula a partir de unas circunstancias concretas que no podemos soslayar. En cualquier caso, un contratiempo no es una derrota. Hay tiempo para rectificar. Y para empezar de nuevo sin necesidad de esperar a fechas emblemáticas. No lo olvides: hoy empieza todo. ¿Te vas a dar la oportunidad?


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