AUTOPÍAS, METÁFORAS

La playa y el mar

¿Nos vamos a la playa? Las altas temperaturas de los últimos días, unidas al deseo de disfrutar de unos días de vacaciones durante el verano, me han traído a la memoria el recuerdo de una playa cuya superficie variaba, como nunca había visto antes, en función de las mareas, un fenómeno vinculado especialmente a la Luna –la fantasía es, muchas veces, el preludio de la ciencia– en el que también intervienen el Sol –aunque algunos lo pongan en duda, la Tierra es redonda y gira alrededor del astro rey– así como la geografía y la meteorología. Las dimensiones de esta playa durante la marea alta, ya respetables, se duplicaban e incluso se triplicaban con marea baja: la frontera entre la arena fina y el agua, que apenas dibujaba una delgada línea durante la pleamar, se convertía en una amplia explanada de arena compactada, con algún que otro charco muy disperso, durante la bajamar.

Las mareas se alternan –fluyen– en función de las fuerzas gravitatorias que emanan de la Luna y del Sol. Precisamente, flujo es el nombre que se le da al lento y continuo proceso de crecimiento o decrecimiento del nivel del agua. De este modo, las mareas no son más que una manifestación de la vida, que es toda fluidez. Y ese flujo de las mareas, unido a la acción del oleaje, deriva en un intercambio de arena, grava, fango, algas y cascajos y en un proceso permanente de erosión del litoral. La playa da, el mar recibe, y viceversa. Pero, ¿cómo se sienten ambos, playa y mar, en esta interacción constante?

Imagina por un momento que eres playa. Eres una acumulación inmensa de finos granos de arena o pequeñas piedras bañadas por la luz del sol. Te dejas mecer por el rumor del agua y disfrutas del roce –a veces pícaro y sensual– de las olas que llegan hasta ti antes de desaparecer de nuevo en el mar. Poco a poco, el ritmo se intensifica. ¿Cómo te sientes cuando el mar, con la marea alta, comienza a invadir y a achicar tu espacio? ¿Y cuál es la sensación que te produce la marea baja, cuando el mar parece retroceder mucho más lejos de tus expectativas? ¿Cómo acoges los regalos que, en forma de conchas, deja el mar en tu regazo? ¿Qué sientes cuando el agua deja sobre ti algas pegajosas? ¿Cómo vives el fuerte oleaje, a veces furioso, que se lleva los sedimentos sobre los que pretendes asentarte?

Imagina ahora que eres el mar. Eres una masa de agua salada extensa, casi infinita. Aparentas ser profundo e inabarcable. En días tranquilos, juegas plácidamente con la playa alimentándola con la suave cadencia de tu oleaje. En días revueltos, mejor no acercarse a ti. De hecho, puede que ni tú mismo te soportes. ¿Qué sientes cuando, desatado, te apropias del espacio de la playa? ¿Qué temores te impiden acercarte a la arena en los momentos de marea baja? ¿Cómo vives el doble poder que tienes para nutrir a la playa de nuevos posos que contribuirán a sostenerla y enriquecerla y, a la vez, para llevarte los sedimentos básicos que garantizan su supervivencia? ¿Qué sensación te invade cuando, a tu pesar, te llevas la basura que bañistas sin escrúpulos arrojaron sobre la arena?

Los seres humanos, como la playa y el mar, estamos sujetos a las fuerzas de la naturaleza. No obstante, cada uno de nosotros tiene sus propias fuerzas gravitatorias que se manifiestan en forma de deseos, necesidades, expectativas, obligaciones o compromisos que acaban definiendo y condicionando nuestro flujo vital. ¿Cómo vives tú estas fuerzas? ¿Cómo la playa, pasiva y resignada ante la acción del oleaje, o como el mar, dotado de un protagonismo capaz de moldear el paisaje con el que se relaciona? ¿Qué tienes de playa o de mar en tu interacción con los demás? Rachel Carson, bióloga marina, decía que en cada promontorio, en cada playa curva y en cada grano de arena está la historia de la Tierra. ¿Dónde está tu historia?


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AUTOPÍAS, CONCEPTOS, EMOCIONES

¿Emociones negativas?

Distintas clasificaciones (así se recoge en libros, artículos o vídeos) consideran que la tristeza, la ira y el miedo son emociones negativas de las que conviene escapar para tener una vida feliz. Este tipo de afirmaciones, cada vez más repetidas, me dejan contrariado: la felicidad, a mi juicio, no consiste en vivir siempre alegre, ignorando otras emociones, sino en aceptar las cosas que nos pasan (recordando que aceptar no equivale a conformarse o resignarse, de forma pasiva, con lo que nos ocurre). Por otro lado, las emociones, a priori, son solo información que nos proporciona nuestro cuerpo sobre el impacto que nos causa la realidad que nos rodea (o, al menos, de la interpretación que hacemos de ella).

La tristeza, por ejemplo, se define como una respuesta a acontecimientos desfavorables, adversos, no placenteros o dolorosos (discusiones, pérdidas, desilusiones, fracasos). Al pensar en ella, generalmente evocamos sus principales manifestaciones –llanto, abatimiento, desmotivación– sin detenernos en su potencial restaurador: la tristeza nos permite centrar la atención en nosotros mismos, facilita la introspección, el análisis y la comprensión de la situación que nos ha causado daño y promueve la empatía. La tristeza resulta imprescindible, por tanto, para iniciar el proceso de aceptación del factor o de los factores desencadenantes y recuperar así el equilibrio emocional.

La ira, por su parte, es la respuesta que manifestamos ante situaciones que nos producen frustración o aversión tales como sentirse ofendido, creer vulnerados nuestros derechos o encontrar obstáculos que impidan la consecución de las metas que nos hayamos propuesto. Además, se trata de una emoción siempre presente en situaciones de conflicto y, aunque puede darse en distintos niveles de intensidad, suele asociarse con comportamientos agresivos o violentos. Su papel, al igual que el del resto de las emociones es adaptativo: enfadarse es una forma de contactar con uno mismo para identificar lo que nos molesta, ver qué hay de eso que nos molesta en nosotros mismos y, en su caso, poner límites en la interacción con nuestro entorno.

El miedo, finalmente, se activa ante la percepción de un peligro inminente, ya sea real o imaginado. Es una emoción básica para la supervivencia, pues condiciona nuestra reacción ante eventuales amenazas. No obstante, muchas veces nos detenemos únicamente en su efecto paralizador o debilitante olvidando los beneficios que podemos sacar de él en términos de aprendizaje: enfrentar el miedo nos permite identificar y superar las barreras o las dificultades que, en nuestro día a día, nos impiden crecer. El miedo puede ser un aliado si no nos dejamos controlar por él. Como tenía miedo, lo hice con miedo.

Como vemos, las llamadas emociones negativas tienen su utilidad. Por tanto, no podemos desterrarlas o estigmatizarlas, sino todo lo contrario: debemos dar cabida a la tristeza, a la ira y al miedo para extraer la información que nos aportan, indagar sobre lo que nos dicen sobre nosotros y sobre nuestra relación con el mundo que nos rodea y, en la medida de nuestras posibilidades, liberarlas (ya sea en el momento, si es posible, o en diferido, aplicando técnicas de gestión emocional). Lo importante, en mi opinión, es no confundir las emociones con el estado de ánimo: las emociones son vivencias puntuales; el estado de ánimo es el marco que configuramos a partir de esas emociones. De cada uno depende construir un estado anímico saludable basado en la integración y aceptación de lo que nos va sucediendo o un estado anímico victimista en el que las emociones se quedan atascadas.


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AUTOPÍAS, CONCEPTOS, GESTALT, HERRAMIENTAS DE COACHING

Tira y afloja

Dos equipos, una línea pintada en el suelo, una soga en tensión… ¿Jugamos al tira y afloja? En algunas regiones existen clubes de aficionados que organizan competiciones periódicas del también llamado juego de la cuerda, que tuvo la consideración de deporte olímpico durante las dos primeras décadas del siglo XX. En otros lugares, esta competición de fuerza y resistencia es solo un juego dentro de las clases de gimnasia o de los recreos del colegio. Es probable que, como yo, tengas que remontarte a tu infancia o adolescencia para recordar la última vez que jugaste al tira y afloja. No obstante, la realidad es que jugamos constantemente: todos llevamos dentro una cuerda, más o menos tensionada, que nos confronta con nosotros mismos.

Te invito a reflexionar, por un momento, en cómo se desarrolla tu vida actualmente. Si te sientes satisfecho con lo que eres, haces y tienes, ¡enhorabuena! Si no, es probable que estés librando una batalla interna, un tira y afloja, con dos partes enfrentadas. A un lado, una parte resistente al cambio que intenta atarnos corto; al otro lado, la parte que apuesta por deshacer nudos para vivir nuevas oportunidades y experiencias. Una vez identificados los equipos, toca poner nombre a los jugadores. ¿Qué te sujeta? ¿Qué tira de ti? En un bando estarán –probablemente– el miedo, la inseguridad, la duda; en el otro jugarán la motivación, la ambición, la confianza…

En los extremos de esta soga imaginaria con la que jugamos nuestro propio tira y afloja podemos situar también nuestros deseos y nuestras obligaciones. En general, solemos tener muy bien definidas nuestras responsabilidades (horarios, tareas, rutinas, etc.), pero a veces se nos cuela un jugador invisible, conocido como autoexigencia, que tira firmemente de la cuerda rompiendo el equilibrio de fuerzas. Por su parte, en el campo de los deseos pueden jugar fantasías idealizadas, inconcretas o intangibles (ensoñaciones que aún no hemos transformado en aspiraciones, metas o propósitos) que, distraídas, acaban dando la partida a su rival. También pueden surgir deseos impulsivos que, eludiendo todos los filtros, ponen en peligro las obligaciones a las que nos habíamos comprometido.

La cuerda que estoy evocando en estas líneas es también una representación de nuestro autoconcepto, es decir, la estrecha definición que hacemos de nosotros mismos dentro de la multiplicidad de opciones que nos brinda nuestra personalidad: nos definimos como creemos que somos y no como somos. De esta manera, nos quedamos solo con un aspecto de nuestra personalidad, que repetimos como un patrón, a la vez que tratamos de reprimir el resto jugando al tira y afloja con nuestras polaridades. ¿Qué partes de nosotros mismos nos estamos negando? ¿Qué hacemos para que esas partes, si es que ya las hemos identificado, sigan permaneciendo ocultas? Todas nuestras capacidades y recursos, conocidos o desconocidos, negados o no, se distribuyen a lo largo de la cuerda de nuestra personalidad: basta con tirar de ella o aflojarla según como queramos ser o estar en cada circunstancia.

Decía Aristóteles que la virtud está en el término medio. El punto intermedio de la soga imaginaria con la que jugamos se mueve hacia uno u otro lado, con mayor o menor energía o intensidad, en función de la presión con la que tiramos o aflojamos. Unas veces mediremos nuestras posibilidades para vencer por la mínima, otras querremos arrastrar a nuestro campo a todo el equipo rival. Puede que, en algunas situaciones, comprendamos que debemos ceder y esperar a siguientes partidas para ganar. Tendremos que decidir, en cada momento, la fuerza o la resistencia que queremos aplicar.


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AUTOPÍAS, REFLEXIONES

Diciembre

En estos días vuelven a mi cabeza algunas de las melodías incluidas en el álbum December, un disco publicado en 1982 en el que el pianista George Winston presenta una serie de temas inspirados en el período que transcurre entre el Día de Acción de Gracias (el cuarto jueves del mes de noviembre) y el fin de año. El álbum incluye composiciones propias, recreaciones de villancicos tradicionales de distinta procedencia y adaptaciones de obras de grandes compositores clásicos. Entre estas últimas destaca Variations on the Kanon by Pachelbel, una emocionante interpretación –según la crítica– del clásico Canon en re mayor de Johann Pachelbel.

Las primeras notas de Variations on the Kanon, con esa sequedad inicial que transmite el piano de Winston en contraposición con los violines para los que fue creado el Canon de Pachelbel, acompañan la melancolía y la nostalgia, teñidas de soledad, que suelo sentir en estos días de otoño, cada vez más fríos, al afrontar la recta final del año. Al igual que las hojas de los árboles, han caído también las hojas del calendario, y se acerca el momento de hacer un balance de los últimos doce meses. Hay algo de vértigo en el inexorable paso del tiempo y eso hace que mi mirada por el retrovisor ­–el vaho en los cristales– se detenga en lo que he dejado pendiente, en lo que no he tenido ocasión de hacer, en lo que no me he atrevido a experimentar.

Pero el Kanon prosigue y, gracias a sus variaciones, la emoción se traslada a otro lugar más cálido. Mi mirada se detiene ahora en las metas alcanzadas, en las oportunidades aprovechadas, en los grandes momentos que el año me ha dado. Surgen en mí la felicidad y el agradecimiento por haber podido disfrutar de todas esas experiencias. La soledad se diluye recordando a todas las personas que me han acompañado un año más, participando directa o indirectamente en todo lo que me ha ocurrido, y también a aquellas otras personas que han irrumpido en mi vida en el último año y a las que, por alguna razón explicable, pareces haber conocido desde siempre.

El Kanon de George Winston, si lo estás escuchando de fondo, va llegando a su final. Reconozco que esta última parte se me hace algo más espesa y artificiosa. La paulatina intensidad de ritmo acrecienta mi inquietud, algo en la pieza me incomoda. Quizá esas sensaciones sean un preludio de los días de compras, encuentros masivos y felicidad impuesta que están por venir. Un año más, habrá que dar cabida al llamado espíritu navideño. No obstante, no dejo de recordar que en la vida, como en la propuesta de Winston, todo son variaciones: sutiles cambios pueden dar lugar a grandes diferencias.


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