AUTOPÍAS, METÁFORAS, REFLEXIONES

Perdido en el laberinto

Se encontraba en una sala diáfana, luminosa, haciendo sus quehaceres cotidianos. Sus días transcurrían apacibles dentro de un lugar sobradamente conocido, tal vez algo tedioso en algunos momentos, al que ahora llamamos normalidad pero que antes era solo rutina, más de lo mismo. Sus preocupaciones eran más mundanas que nunca: al fin y al cabo, la maquinaria del día a día estaba perfectamente engrasada, y su funcionamiento solo se veía alterado, muy de vez en cuando, por algún chirrido esporádico. La claridad de la sala se enturbiaba, en ocasiones, debido al paso de alguna nube pasajera. Pero más tarde o más temprano todo acababa volviendo a ser como siempre había sido: cómodo, espacioso, habitable…

Pero un día, de la noche a la mañana –de la mañana a la noche– todo cambió en aquella sala en la que había vivido hasta entonces. Las ventanas se hicieron cada vez más pequeñas hasta que acabaron por cegarse, y las paredes comenzaron a moverse reduciendo el espacio disponible y estrechando los límites de su existencia a unos márgenes que nunca había imaginado. La sala, finalmente, acabó convertida en un pasillo que daba paso, a su vez, a otros pasillos y recovecos, todos ellos sin aparente salida. Aquel amplio espacio en el que habitaba se había transformado en un laberinto estrecho y oscuro: la luz que iluminaba la estancia se había desvanecido, y ahora debía moverse a tientas por donde hasta entonces se había desenvuelto con soltura.

Así, angustiado –e incluso asfixiado, pues el aire se había viciado– comenzó a recorrer, con cierta desesperación, los corredores y los rincones que se iba encontrando, a derecha e izquierda, en su travesía por el laberinto. Sus esfuerzos por buscar una salida fuera no solo no daban fruto, sino que le hacían estar aún más desorientado y confuso. ¿Qué hacer, entonces? Dicen –y es verdad– que siempre hay una luz al final del túnel, pero también existe una poderosa luz dentro de cada uno de nosotros. ¿Y si la salida no está fuera, sino dentro de cada uno? Es el momento de buscar esa luz, es el momento de dejarse alumbrar por ella. Tal vez, iluminados de nosotros mismos, los pasillos del laberinto no sean tan estrechos y enrevesados como creemos.


COACHING PROFESIONAL SOLIDARIO: Os recuerdo que durante la vigencia del estado de alarma decretado por el Gobierno de España para hacer frente al COVID19 seguiré ofreciendo servicios individuales de coaching gratuitos por videollamada o videoconferencia. Las sesiones se realizarán en horario de mañana o tarde (a convenir) y tendrán una duración de 45 minutos, con un máximo de tres sesiones por persona. La solicitud de cita se realizará a través del correo electrónico info@autopiascoaching.com o del formulario de contacto de mi página web indicando nombre y apellidos, edad, profesión, teléfono, preferencia de horario (mañana o tarde) y preguntas o inquietudes que te llevan a solicitar la sesión. Las sesiones se adjudicarán por orden de solicitud, teniendo en cuenta que, por razones de agenda, solo podré realizar un máximo de cuatro sesiones diarias. ¡Ánimo y fuerza!


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AUTOPÍAS, CONCEPTOS

Viaje al interior de la pirámide

Buena parte de las entradas publicadas en este blog se refieren –directa o indirectamente, consciente o inconscientemente– a la importancia de contactar con nuestras propias necesidades. Cada necesidad pone de manifiesto una carencia (una figura que requiere ser completada) y orienta al individuo –mediante un impulso o movimiento– hacia su satisfacción. De esta manera, las necesidades son la base de nuestro sustento y evolución. Algunas pueden satisfacerse fácilmente: si tenemos sed, basta con ir a la cocina a beber un vaso de agua. La satisfacción de otras necesidades, en cambio, resulta más compleja. En estos casos, las necesidades acaban convirtiéndose en deseos o anhelos que, si no se enfocan adecuadamente, hunden al individuo en una sensación de insatisfacción permanente.

El psicólogo Abraham Harold Maslow (1908-1970) es el autor de una de las clasificaciones más conocidas de las necesidades humanas. Su enfoque, conocido como la pirámide de Maslow, defiende una concepción jerarquizada de las necesidades, desde las exigencias biológicas básicas hasta la autorrealización, en la que es necesario satisfacer las necesidades de nivel inferior para poder acceder a las necesidades, de mayor valor, de los niveles superiores. El trabajo de Maslow no es solo una enumeración de las necesidades humanas, sino también una reflexión sobre la línea de desarrollo del ser humano.

Maslow sitúa, en la base de la pirámide, las necesidades primarias o biológicas (alimento, bebida, vestido, vivienda). Sobre ellas se encuentran las necesidades de seguridad (la necesidad de sentirnos seguros en el entorno que nos rodea y ante el futuro que nos espera), que obtenemos mediante sistemas y vínculos de protección y cuidado. A continuación se sitúan las necesidades de pertenencia, grupo en el que se incluyen el afecto, la amistad o el amor. El siguiente nivel lo ocupan las necesidades de autoestima (el prestigio, el reconocimiento y la capacidad de valerse por uno mismo). Finalmente, ya en la cúspide de la pirámide, se hallan las necesidades de autorrealización o trascendencia (el desarrollo pleno de las capacidades propias de cada individuo).

Este modelo es el que se ha tomado como referencia en la sociedad occidental contemporánea. No obstante, los conceptos de seguridad, pertenencia, autoestima y autorrealización se han ido resignificando en cada época de acuerdo a presiones sociales, grupales o familiares, a los intereses de la publicidad o a la evolución de las modas. El camino hacia la autorrealización pasa, según parece, por una serie concreta de exigencias. Los mensajes –pautas– externos acaban por confundir al individuo, que diluye sus necesidades de acuerdo a lo que, en teoría, se espera de él. Prevalecen, por tanto, las necesidades de otros (la familia, el grupo social de referencia, el sistema).

Propongo mirar más allá de los bloques externos que dan forma a la pirámide de Maslow. Imagina que su interior alberga distintas cámaras o dependencias, como ocurría en las pirámides del Antiguo Egipto. Piensa, incluso, en la posible existencia de compartimentos secretos. Es ahí, mirando al interior, donde podrás contactar con tus necesidades más auténticas, aquellas que son realmente tuyas. Dedícate tiempo para embarcarte en esta expedición al interior de la pirámide: mira qué se está moviendo dentro de ti, averigua qué te quiere decir tu sabio interior. Conocer tus necesidades te ayudará a establecer tu propia jerarquía: puede haber grandes necesidades que requieran, como paso previo, la satisfacción de otras necesidades más pequeñas. Contactar con las propias necesidades es ya, en sí mismo, una forma de autorrealización.


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AUTOPÍAS, MINDFULNESS

Respirar, ser y merecerte

Hemos pasado la cuesta de enero. Poco a poco, con más o menos dificultades, nos hemos ido adaptando la rutina, bien a la que teníamos antes del parón de las fiestas navideñas o bien a los nuevos hábitos que, como buenos propósitos, implantamos en nuestra vida al comienzo del año. Sin embargo, puede que aparezca ya cierta sensación de cansancio: las vacaciones aún quedan lejos (aunque ahora resulte más fácil distribuirlas a lo largo del año) y, ante la perspectiva de meses de repeticiones continuadas, conviene ir buscando otras vías de escape. Entre las opciones disponibles hay una de coste cero que, además, solo ocupa unos pocos minutos al día: experimentar de forma consciente nuestra propia respiración, ese proceso tan necesario para la vida al que –precisamente por ser tan natural– apenas prestamos atención.

Te invito a buscar, una vez que acabes de leer estas líneas, una posición cómoda para indagar sobre tu respiración y fluir con ella. Puedes hacerlo aislado en una habitación en silencio y en penumbra o en entornos más bulliciosos: la respiración nos acompaña –y nos mueve– dispuesta a ser escuchada en cualquier lugar. Puedes tumbarte o sentarte en la postura del loto, si conoces las claves de esta posición, pero también vale hacerlo sentado en una silla convencional. En todos los casos, y en especial en este último, escanea tu cuerpo para encontrar y relajar cualquier posible tensión (especialmente en los hombros o el cuello). Si estás sentado en una silla, coloca tus manos sobre los muslos y apoya en el suelo las plantas de los pies.

Una vez en la postura elegida, cierra los ojos suavemente (apretar los párpados no garantiza, en absoluto, una mayor concentración). Evoca, a continuación, la importancia de la respiración para la vida. Al fin y al cabo, se trata de un proceso esencial para nuestra supervivencia. De hecho, algunos lo ven como un milagro, un acto sagrado, un gesto trascendente. Danilo Hernández, autor de Claves del yoga. Teoría y práctica (Editorial La Liebre de Marzo), recuerda que el ser humano inicia su existencia con una primera inspiración y la termina con una última exhalación. Desde su punto de vista, puede afirmarse que según sea la calidad de nuestra respiración así será la calidad de nuestra vida.

Observa, ahora, tu respiración –inspirando y espirando por la nariz– sin tratar de modificarla. ¿Cómo es? Defínela con la mayor objetividad posible, sin dar entrada al juicio. Fíjate en la rapidez o en la lentitud con la que entra y sale el aire de tus pulmones, pero no te dejes condicionar por ello. Solo observa y acepta lo que se está produciendo: así es tu respiración en este instante. Comprueba dónde se concentra el trabajo respiratorio. ¿Solo en la clavícula? ¿Tal vez en el abdomen? ¿En el tórax? Advierte los pequeños cambios que, de forma inconsciente, se vayan produciendo a raíz de este ejercicio de observación.

A continuación, amplia tu respiración, conscientemente, para intentar que sea lo más completa posible. Para ello, en cada inhalación, conduce poco a poco el aire hacia el abdomen para, una vez lleno y expandido, seguir inspirando para llenar la caja torácica (notando el movimiento de los músculos intercostales) y, finalmente, inspirar un poco más para elevar la clavícula y las costillas superiores. Una vez finalizada la inspiración, realiza la espiración en orden inverso. Repite el proceso unas cuantas veces hasta que tu cuerpo, sobre todo si no está acostumbrado, se habitúe a la respiración completa.

Una vez que hayas conseguido una respiración lo más completa posible, recréate en todo el potencial que te ofrece. Siente el sutil movimiento de las aletas de la nariz cuando tomas y devuelves el aire al exterior. Detente en el gesto que supone dar y recibir de la naturaleza. Prueba, también, a expandir el aire por el interior de tu organismo, llevándolo desde el canal respiratorio hacia las piernas, los pies, los brazos, las manos, la coronilla… Trata, ahora, de poner el foco en el lugar desde el que aparece y en el que desaparece la respiración, ese espacio en el que surgen cada inspiración y espiración. Conecta con ese vacío del que salen y proceden todas las cosas. Quédate ahí por un instante, descubre la esencia de ser.

Finalmente, deja que la respiración vuelva a fluir a su ritmo natural y centra tu atención en las sensaciones que vayan apareciendo. ¿Ha cambiado algo respecto al inicio del ejercicio? Observa, de nuevo sin juicio, esos cambios. A continuación, abre los ojos y toma contacto con el entorno. La realidad en la que vives –previsiblemente– no se ha modificado: allí siguen nuestros deberes, compromisos, responsabilidades… Pero, aunque sea sutilmente, habrá cambiado tu percepción, actitud y disposición ante el mundo que te rodea. ¿Te animas a probarlo y compartirlo?


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