AUTOPÍAS, CONCEPTOS, REFLEXIONES

Impresión: flujo continuo

París, abril de 1874. Artistas encuadrados en la denominada Sociedad anónima de pintores, escultores y grabadores abren al público la primera exposición impresionista. La muestra, organizada al margen del Salón Oficial de la Academia de Bellas Artes, reunía más de 150 obras de una treintena de artistas. Los participantes, entre ellos Cézanne, Degas, Monet, Pissarro y Renoir, compartían el deseo de encontrar vías alternativas de exponer sus obras fuera de los cauces oficiales. En aquella época, intentar exponer en el Salón Oficial implicaba someterse al veredicto de un jurado que solía rechazar cualquier propuesta artística no academicista. Entre las obras expuestas se encontraba Impresión: sol naciente, de Claude Monet.

Fue el periodista Louis Leroy quien, al calificar despectivamente la obra de Monet en uno de sus artículos, acuñó el término Impresionismo para referirse al grupo de pintores participantes en la exposición. Se puede decir que su primera y definitiva impresión sobre el nuevo movimiento artístico no fue satisfactoria. Además de ser crítico de arte, Leroy también fue pintor y grabador. Quizá sus convicciones estéticas y artísticas –tal vez también las sociopolíticas– eran demasiado rígidas y no quiso, o no pudo, entender los postulados de los pintores impresionistas. Yo mismo me lo decía: puesto que estoy impresionado, debe de haber impresión ahí dentro…

Entre las principales características de la pintura impresionista destacan la subordinación de la forma a la iluminación del momento concreto que se pretende captar (prevalece el aquí y el ahora de la creación artística sobre el objeto de la representación) y el uso de lo que se ha dado en llamar la pincelada gestáltica: el artista crea su obra a partir de pinceladas breves, a partir de colores puros, vibrantes y saturados, sin preocuparse de que su forma y color no coincidan exactamente con el modelo o paisaje a representar. Perceptivamente, dichas pinceladas adquieren la unidad necesaria para ser interpretadas como un todo definido. Las pinceladas sugieren una figura y nuestro cerebro, gracias a las leyes de la percepción, la completa.

Ahora bien, cuando no hablamos de pintura, sino de situaciones o comportamientos, ¿podemos jugar la baza de nuestra opinión a partir de un único instante? Determinadas actuaciones o conductas provocan en nosotros una primera impresión construida a base de prejuicios y estereotipos fruto de experiencias personales o tomadas de otros. Rematamos las pinceladas con los brochazos de nuestros juicios, creencias y conocimientos. Incluso, si estamos a la defensiva, completamos la figura antes de que esta se haya configurado. Al fin y al cabo, parece que una de las cualidades más valoradas en este mundo en que vivimos es ir siempre un paso por delante.

La vida es una sucesión de instantes en un flujo continuo y cambiante. En cada instante, como en los cuadros impresionistas, podemos recuperar, descubrir y experimentar nuevas sensaciones. Podemos dejar sorprendernos por el detalle (o la falta de detalle) de cada nueva pincelada. Pero no conviene olvidar que cada instante, con la impresión que nos suscita, está enmarcado en dos contextos: el contexto de nuestra experiencia y el contexto que envuelve a la persona, situación o actuación que enjuiciamos con nuestras valoraciones, aseveraciones u opiniones. Abriendo la mirada hacia esos contextos, una impresión será solo una hipótesis por verificar, contrastar y confirmar.


¿Quieres iniciar un proceso de coaching? Infórmate aquí.
¿Buscas más autopías? Sígueme en Facebook, Twitter e Instagram.

Estándar
AUTOPÍAS, CONCEPTOS, GESTALT

Figura y fondo

Vivimos rodeados de estímulos. Interactuamos con nuestro entorno a través de los cinco sentidos. A la vez, nuestro cuerpo –como organismo vivo– emite señales dando a conocer sus necesidades biológicas. Nuestro cerebro elabora interpretaciones de la realidad. Nuestra mente crea pensamientos y razonamientos. Afloran emociones. Reprimimos sentimientos. Parece que lo hacemos todo a la vez, pero en realidad focalizamos la atención en aspectos concretos: un estímulo, una necesidad, un pensamiento o una emoción reclaman prioridad sobre el resto. El árbol se separa del bosque, la figura destaca sobre el fondo. Se crea una forma. Se crea una gestalt.

Nuestra vida es, por tanto, una sucesión de figuras que reclaman protagonismo para, una vez observadas y/o saciadas, confundirse de nuevo en un fondo difuso permitiendo que nuevas figuras emergentes ocupen el primer plano. Algunas de estas figuras, por ejemplo las necesidades biológicas, se atienden sin mayores problemas. Sin embargo, evitamos afrontar otras figuras emergentes de índole emocional o sentimental. La Terapia Gestalt, una corriente humanista-fenomenológica de la Psicología creada por Fritz Perls a mediados del siglo XX, nos ofrece pistas que, aplicadas a nuestra vida cotidiana, nos ayudan a centrar la atención y, al menos, a interrogarnos a nosotros mismos sobre esas figuras que dejamos escapar.

La primera clave es vivir, aquí y ahora, en el momento presente: el ayer ya pasó y el mañana aún no ha llegado. Obviamente, necesitaremos revisar el pasado para aprender de las experiencias que hemos vivido. Del mismo modo, puede ser conveniente tener una planificación de futuro. Pero… ¿cuánta energía perdemos en esos viajes por el tiempo? ¿Qué acontecimientos –cada figura emergente es un fenómeno– nos estamos perdiendo? La segunda clave, una vez conectados con el presente, es tomar conciencia de lo que sucede en nosotros en cada momento. O, dicho de otro modo, permitirnos darnos cuenta de lo que está ocurriendo. ¿Te atreves? Solo tienes que preguntarte ¿cómo te sientes?

Estándar