AUTOPÍAS, CONCEPTOS, GESTALT, METÁFORAS

Luces en la noche

Aquella noche, se sintió desorientado. ¡Qué raro! Conocía bien aquel lugar, lo había recorrido muchas veces. Se sabía prácticamente de memoria el escarpado desfiladero por el que caminaba, e incluso podía adentrarse con los ojos cerrados en el espeso bosque que lo circundaba. Ese desfiladero y ese bosque habían sido, hasta ahora, lugares en los que escapar de la realidad, evitar situaciones aparentemente incómodas y, en definitiva, huir de uno mismo.

Aquella noche, sin embargo, esos espacios ya no servían como refugio. Los estrechos senderos del bosque se habían llenado de maleza que enredaba a nuestro personaje en remordimientos y culpas. Las aristas del desfiladero, por su parte, lo atrapaban en su huida. En vez de escapar, se sentía cada vez más encerrado y oprimido. Se había convertido, de repente, en víctima de su propio victimismo. Desde ahí, la realidad de la que intentaba evadirse no parecía tan hostil o amenazante.

Pero… ¿cómo volver a la realidad después de hacer tantos esfuerzos para evitarla?

Apenas sin darse cuenta, una primera luz se había encendido en su interior: la luz del aquí y el ahora, del presente. Descubrió que se estaba perdiendo un momento único e irrepetible al dejar que su existencia dependiera de los sombríos parajes que imaginaba para el futuro y de los fantasmas del pasado de los que trataba de escapar. Y probó a acentuar la conexión con el presente con la respiración, sin duda la mejor herramienta para anclarse en cada instante.

Reconfortado por su propia respiración, atisbó una segunda luz: la luz del darse cuenta, de la toma de conciencia. En el flujo inhalación-exhalación, se permitió un espacio para, poco a poco, identificar sus sensaciones y emociones. Allí estaban el miedo y la ira, los motores de su carrera cada vez más rápida por el desfiladero. Allí estaban, también, la tristeza y el dolor, compañeros inseparables en el viaje al centro más profundo del bosque. Y allí estaban, inevitablemente, la alegría y la gratitud que supone vivir la experiencia de uno mismo, sean cuales sean las circunstancias.

Los pensamientos, por supuesto, pugnaban por tomar el control. Pero no era momento de pensar, era momento de sentir.

Y, en ese sentir, apareció la tercera luz: la luz de la responsabilidad. Tenía, a su alcance, dos opciones: huir de nuevo, vagando una vez más por automatismos y circunloquios, aun sabiendo de antemano que esta alternativa no va a servir de nada… o afrontar la realidad, aceptándola tal cual es, y tratando de sacar el máximo partido –el mayor aprendizaje– de cada experiencia que nos presenta la vida en su devenir. Sí, puede que esta opción no sea fácil. Sí, puede que esta opción sea la más auténtica.

Las luces del aquí y el ahora, el darse cuenta y la responsabilidad son las claves de la Terapia Gestalt, de la que ya he hablado previamente en este blog, y son, para mí, las bases de una filosofía que intento tener presente en todos los ámbitos de mi vida. Unas veces, estas luces serán tan débiles como la luz de una vela. Otras, por el contrario, nos cegarán como un potente foco. Sea como sea… ¡enciende tus luces!


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AUTOPÍAS, CONCEPTOS, REFLEXIONES

Eclipse de culpa

Este lunes se ha producido el último eclipse lunar del año y, según los astrólogos, estamos en una fecha propicia para soltar y dejar ir lo que ya no necesitamos y prepararnos así para la llegada de un nuevo año.

Es el momento, por tanto, de revisar los bolsos y las mochilas que cargamos habitualmente. ¿Qué nos pesa? ¿Qué sobra? ¿Qué podemos sacar?

Es probable que, sin rebuscar mucho, encuentres con facilidad pensamientos –repetitivos, recurrentes, reiterados– que ya no te sirven, que se han quedado obsoletos. Ahí están, ocupando espacio, dispuestos a tomar tu mente, en cualquier momento, con los manidos argumentos de siempre.

De entre todos esos pensamientos que arrastramos como un pesado equipaje, hoy quiero poner el foco en aquellos que toman la forma de juicios morales sobre nosotros mismos y que, a fuerza de repetirse, crean un sentimiento de culpa. La culpa por hacer, pensar o decir tal cosa. La culpa por no hacer, no pensar o no decir tal otra cosa.

¿Quién no se siente culpable por algo? O, al menos, ¿quién no se ha sentido culpable alguna vez?

Para evitar que se enquiste (convirtiéndose en un compartimento permanente en nuestro bolso o mochila vital), conviene enfrentarse directamente a este sentimiento de culpa. Y, para ello, lo primero es identificar de dónde viene. ¿Tiene su origen, en términos objetivos, en algún error o fallo por nuestra parte? O, por el contrario, ¿es una respuesta incoherente o desproporcionada, al calor de una fuerte autoexigencia o una falta de autoestima, ante lo que ocurre a nuestro alrededor?

Identificado el origen, lo primero es asumir la responsabilidad sobre lo ocurrido. La culpa es victimismo; por el contrario, la responsabilidad es proactividad. Si, efectivamente, se ha provocado un daño, hay que pedir perdón y reparar, en la medida de lo posible, el perjuicio causado. La responsabilidad implica, además, reconocer que no somos perfectos: los errores forman parte de la experiencia humana y facilitan el aprendizaje.

También es conveniente –sobre todo, cuando la culpa adopta la forma de pensamiento irracional– adentrarse en las emociones que subyacen bajo el sentimiento de culpabilidad. Este sentimiento es, muchas veces, el refugio al que acudimos para resguardarnos de las tres emociones –todas ellas, de las llamadas emociones negativas o desagradables– que, en mi opinión, se esconden detrás de la culpa: la tristeza, la ira y el miedo. En solitario, o combinadas entre sí. ¿Y si, en vez de aferrarnos a la culpa, la miramos de frente, vemos de qué está hecha y la dejamos salir?

Esta semana, bajo el influjo del eclipse, rebusca en tu mochila, voltea tu bolso y, como canta Eira, ¡Quítate la culpa!


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AUTOPÍAS, CONCEPTOS, EMOCIONES

¿Emociones negativas?

Distintas clasificaciones (así se recoge en libros, artículos o vídeos) consideran que la tristeza, la ira y el miedo son emociones negativas de las que conviene escapar para tener una vida feliz. Este tipo de afirmaciones, cada vez más repetidas, me dejan contrariado: la felicidad, a mi juicio, no consiste en vivir siempre alegre, ignorando otras emociones, sino en aceptar las cosas que nos pasan (recordando que aceptar no equivale a conformarse o resignarse, de forma pasiva, con lo que nos ocurre). Por otro lado, las emociones, a priori, son solo información que nos proporciona nuestro cuerpo sobre el impacto que nos causa la realidad que nos rodea (o, al menos, de la interpretación que hacemos de ella).

La tristeza, por ejemplo, se define como una respuesta a acontecimientos desfavorables, adversos, no placenteros o dolorosos (discusiones, pérdidas, desilusiones, fracasos). Al pensar en ella, generalmente evocamos sus principales manifestaciones –llanto, abatimiento, desmotivación– sin detenernos en su potencial restaurador: la tristeza nos permite centrar la atención en nosotros mismos, facilita la introspección, el análisis y la comprensión de la situación que nos ha causado daño y promueve la empatía. La tristeza resulta imprescindible, por tanto, para iniciar el proceso de aceptación del factor o de los factores desencadenantes y recuperar así el equilibrio emocional.

La ira, por su parte, es la respuesta que manifestamos ante situaciones que nos producen frustración o aversión tales como sentirse ofendido, creer vulnerados nuestros derechos o encontrar obstáculos que impidan la consecución de las metas que nos hayamos propuesto. Además, se trata de una emoción siempre presente en situaciones de conflicto y, aunque puede darse en distintos niveles de intensidad, suele asociarse con comportamientos agresivos o violentos. Su papel, al igual que el del resto de las emociones es adaptativo: enfadarse es una forma de contactar con uno mismo para identificar lo que nos molesta, ver qué hay de eso que nos molesta en nosotros mismos y, en su caso, poner límites en la interacción con nuestro entorno.

El miedo, finalmente, se activa ante la percepción de un peligro inminente, ya sea real o imaginado. Es una emoción básica para la supervivencia, pues condiciona nuestra reacción ante eventuales amenazas. No obstante, muchas veces nos detenemos únicamente en su efecto paralizador o debilitante olvidando los beneficios que podemos sacar de él en términos de aprendizaje: enfrentar el miedo nos permite identificar y superar las barreras o las dificultades que, en nuestro día a día, nos impiden crecer. El miedo puede ser un aliado si no nos dejamos controlar por él. Como tenía miedo, lo hice con miedo.

Como vemos, las llamadas emociones negativas tienen su utilidad. Por tanto, no podemos desterrarlas o estigmatizarlas, sino todo lo contrario: debemos dar cabida a la tristeza, a la ira y al miedo para extraer la información que nos aportan, indagar sobre lo que nos dicen sobre nosotros y sobre nuestra relación con el mundo que nos rodea y, en la medida de nuestras posibilidades, liberarlas (ya sea en el momento, si es posible, o en diferido, aplicando técnicas de gestión emocional). Lo importante, en mi opinión, es no confundir las emociones con el estado de ánimo: las emociones son vivencias puntuales; el estado de ánimo es el marco que configuramos a partir de esas emociones. De cada uno depende construir un estado anímico saludable basado en la integración y aceptación de lo que nos va sucediendo o un estado anímico victimista en el que las emociones se quedan atascadas.


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AUTOPÍAS, CONCEPTOS, EMOCIONES, HERRAMIENTAS DE COACHING

Otra respuesta es posible

En las sucesivas entradas que he ido publicando en Autopías han ido apareciendo algunas pinceladas sobre emociones básicas del ser humano como el miedo, la alegría o la tristeza. Hoy voy a detenerme en el enfado, la manifestación más habitual de la ira. Algunos piensan que se trata de una emoción negativa. Sin embargo, se trata de una emoción necesaria en nuestra relación con el mundo: nos permite defendernos de amenazas exteriores (o defender personas y causas que nos importan) y nos ayuda a fijar límites en la interacción con los demás. El problema surge cuando no canalizamos y no expresamos de forma correcta el enfado, ya sea por exceso (hostilidad, agresividad) o por defecto (callando, reprimiendo).

Una de las formas más habituales de expresión del enfado en la que todos, más o menos, podemos reconocernos es la que aparece en cómics, historietas y tebeos: un bocadillo relleno de cabezas de cerdo, admiraciones, interrogaciones, berridos, arrobas, almohadillas, guantes de boxeo y yunques voladores hacen indicar que un personaje está enfadado. En estas situaciones, la emoción se representa de forma clara, pero el mensaje sobre la situación concreta que provoca el enfado se diluye en el exabrupto. Si queremos que nuestro interlocutor nos escuche, más allá de la pataleta, y  que atienda nuestras razones, necesitamos otro enfoque más asertivo. Por ejemplo, la Comunicación No Violenta.

El modelo de Comunicación No Violenta (CNV), desarrollado por el psicólogo estadounidense Marshall B. Rosenberg en los años setenta del siglo pasado, se define como un proceso de comunicación que ayuda a las personas a intercambiar la información necesaria para resolver conflictos y diferencias de un modo pacífico. Según el autor, la CNV nos orienta para reestructurar nuestra forma de expresarnos y de escuchar a los demás. En lugar de obedecer a reacciones habituales y automáticas, nuestras palabras se convierten en respuestas conscientes con una base firme en un registro de lo que percibimos, sentimos y deseamos. Y todo ello en cuatro –¿sencillos?– pasos.

En general, ante situaciones de enfado, tendemos a responder descalificando a nuestro interlocutor, impidiendo así una comunicación efectiva entre ambos: Has vuelto a retrasarte. ¡Eres un impresentable! Para evitar esta respuesta, Rosenberg propone: 1) Hacer una descripción lo más objetiva posible, libre de juicios y evaluaciones, de los hechos que han originado el enfado. 2) Expresar los sentimientos (disgusto, malestar, incomodidad) que esa situación nos genera. 3) Verbalizar las necesidades que emanan de esos sentimientos. Y 4) Formular una petición basada en la observación, los sentimientos y las necesidades que hemos identificado en los pasos anteriores. Si volvemos al ejemplo anterior, diríamos: Pasan 30 minutos de la hora a la que nos habíamos citado. Me molesta tener que esperar. Para mí es importante que se valore mi tiempo. Te pido, por tanto, que la próxima vez seas puntual o que al menos me avises si vas a retrasarte.

Reconozco que no siempre soy capaz de responder aplicando las pautas de la Comunicación No Violenta. No obstante, es un modelo que podemos entrenar. ¿Cómo hacerlo? De entrada, revisando las situaciones de enfado en las que no hemos actuado adecuadamente en el pasado y visualizándonos respondiendo de acuerdo a las recomendaciones de la CNV. Así iremos incorporando sus cuatro pasos en nuestro acervo relacional. Y también trabajando nuestra recepción empática: es probable que hayamos enfadado a alguien que quiera ponernos límites de acuerdo a las reglas de la CNV. ¿Estamos abiertos a una comunicación auténtica? Como recuerda Rosenberg, nos conectamos con los demás percibiendo primero lo que ellos observan, sienten y necesitan, y descubriendo después en qué enriquecerá su vida recibir lo que nos piden.


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AUTOPÍAS, CONCEPTOS, GESTALT

Interrupciones

El llamado ciclo de satisfacción de las necesidades, una de las aportaciones de la Terapia Gestalt, tiene unas etapas muy definidas –sensación, darse cuenta o toma de conciencia, energetización, acción, contacto, satisfacción del contacto y retirada­– que explican la formación de figuras sobre un fondo que se vuelve difuso y secundario. Pero… ¿cuántas veces dejamos esas figuras sin completar? En ocasiones aparecen factores externos, en forma de focos de atención emergentes, que desvían nuestra atención hacia fenómenos –a priori– más urgentes. Sin embargo, la mayoría de interrupciones del ciclo se deben a factores internos denominados mecanismos de defensa o mecanismos de evitación.

Estos mecanismos, ya definidos en el Psicoanálisis, agrupan los recursos con los que contamos para no afrontar situaciones concretas ante la previsión, real o imaginada, de miedo, angustia, tristeza, ira o rabia. Si apelamos a creencias, ideas o pensamientos que recibimos y aceptamos sin cuestionar durante nuestro aprendizaje –los hombres no lloran–, introyectamos. Si atribuimos a otros nuestros propios defectos, desvinculándonos de ellos, proyectamos. Si nos hacemos a nosotros mismos lo que nos gustaría hacer a otros –acariciarse, rascarse, comerse las uñas–, retroflectamos. Si desviamos la atención sobre lo que está ocurriendo, deflectamos. Si desdibujamos nuestras necesidades en favor del otro, renunciando al protagonismo de nuestras propias emociones, entramos en confluencia.

Introyección, proyección, retroflexión, deflexión, confluencia…  Te invito a indagar, más allá de los tecnicismos, sobre las razones que te impiden completar esas figuras inconclusas aún no resueltas. Intenta identificar cuáles son tus excusas más frecuentes. Analiza si son más discursivas (introyección, proyección) o conductuales (retroflexión, deflexión). Quizá esta pequeña reflexión te ayude a detectar tus mecanismos más recurrentes. Y, una vez identificados, podrás buscar soluciones creativas y alternativas que te permitan superar etapas en el ciclo de satisfacción de necesidades. Si son mecanismos de evitación, ¿qué estás evitando?

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