AUTOPÍAS, CONCEPTOS, HERRAMIENTAS DE COACHING, REFLEXIONES

Las burbujas de la introspección

En las últimas semanas vengo defendiendo que la situación extraordinaria en la que nos encontramos supone una oportunidad para mirar y ahondar en nosotros mismos en busca de propósitos, valores y acciones con los que afrontar la normalidad que, de forma incipiente, y si no hay nuevos sobresaltos, se vislumbra en el horizonte. Es momento de replegarse, es tiempo para la introspección. Conviene retirarse –aunque solo sea por un momento– del mundo que nos rodea para instalarnos en una burbuja en la que podamos encontrar los instrumentos propios (recursos, capacidades, habilidades, talentos) con los que afrontar los retos de la nueva realidad –diferente a la que dejamos atrás hace ya mes y medio– que se avecina.

El problema de esta burbuja es que, como si de una pompa de jabón se tratase, su contorno es permeable… y, dado que somos esquivos o huidizos a la hora de mirar dentro de nosotros, dejamos que la burbuja se llene de perturbaciones –preocupaciones– externas que escapan a nuestro control. Así, la burbuja se llena de aire viciado por pensamientos repetitivos sobre circunstancias, personas o acontecimientos sobre los que, a priori, pensamos que no podemos hacer nada. El contexto nos desborda, sentimos que estamos atrapados y acabamos asumiendo un rol victimista, a veces lleno de malestar y resentimiento, en el que las palabras, los comportamientos, los defectos o las ideas de los demás prevalecen sobre nuestras necesidades intrínsecas.

Para contrarrestar esta burbuja, conviene crear una nueva desde nuestro propio centro en la que, atentos a nuestras necesidades, iremos incluyendo todo aquello sobre lo que realmente tenemos margen de acción. En esta nueva burbuja tendrán cabida las palabras, los comportamientos, las acciones y los esfuerzos sobre los que realmente tenemos control: es decir, todo aquello que nace de nosotros mismos. Desde aquí, sintiéndonos protagonistas, seremos capaces de crear, provocar o influir en lo que ocurre en nuestro entorno. Se trata de ser proactivos, determinar qué nivel de influencia podemos tener en lo que sucede a nuestro alrededor (diseñando o imaginando nuevas vías de actuación, si las que hemos probado hasta la fecha no han funcionado) y actuar en consecuencia.

Las dos burbujas de las que hablo aquí están inspiradas en el círculo de preocupación y el círculo de influencia de los que habla Stephen R. Covey en Los 7 hábitos de la gente altamente efectiva, obra de referencia en muchos ámbitos, entre ellos el coaching. Ambos círculos (o burbujas) están estrechamente relacionados: cuanto más se expande el círculo de influencia, más se contrae el círculo de preocupación… y viceversa. Por tanto, el ejercicio de introspección que mencionaba al principio es, en definitiva, una cuestión de foco. ¿Dónde vas a invertir tu tiempo y tu energía? ¿Qué cuestiones requieren, realmente, tu compromiso mental y emocional? Tú decides cuál de las dos burbujas vas a alimentar.


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AUTOPÍAS, COACHING, REFLEXIONES

A vueltas con el Coaching

El comienzo de un nuevo curso es, junto al inicio de un nuevo año, uno de los momentos que consideramos más adecuados para proponernos nuevos objetivos y metas vitales. Todos tenemos, en mayor o menor medida, recursos suficientes para afrontar cambios y desafíos. No obstante, no siempre nos resulta fácil emprender nuevos propósitos o aventuras. ¿Quién no se ha sentido alguna vez atascado, desorientado o desmotivado? ¿Quién no ha tenido, ante situaciones concretas, dudas sobre el alcance de su propio potencial? Por eso existe, entre muchas otras, la figura del coach, ese profesional que te acompaña, apoyado en tu responsabilidad y en tu compromiso, desde donde estás ahora hasta donde realmente quieres estar (según la definición de coaching de la Asociación Española de Coaching, ASESCO).

El coaching, lamentablemente, sigue siendo una disciplina cuestionada, especialmente por parte de algunos profesionales (afortunadamente, no todos) de la psicología, la psiquiatría o la medicina. Se nos acusa de ser vendehúmos o vendedores de milagros; se nos critica por ser una formación no reglada, dependiente de asociaciones o escuelas privadas (como ocurre en muchos otros sectores profesionales), olvidando que los másteres de coaching más reconocidos y valorados se ofertan, precisamente, en universidades públicas; y nos denuncian, también, por nuestra supuesta intervención o injerencia, como pseudociencia, en el ámbito sanitario. No niego que haya casos de mala praxis, pero para mí la frontera está clara: el coaching no es, ni pretende ser, una psicoterapia (de hecho, son disciplinas que, en un momento dado, pueden ser complementarias).

Efectivamente, hay situaciones, respuestas y comportamientos diagnosticados como patologías que requieren una intervención desde el ámbito clínico con profesionales específicamente formados para ello. Pero hay también muchos otros problemas, vitales o sociales, que se manifiestan de forma puntual y que distan mucho de ser problemas psicológicos. Aquí entran, en el día a día, las dificultades para conciliar nuestras necesidades o expectativas con las obligaciones y compromisos que arrastramos en nuestra vida cotidiana, el malestar que nos produce la falta de eficacia en la gestión de nuestro tiempo, las dudas ante eventuales procesos de toma de decisiones, las resistencias que nos impiden planificar correctamente nuestros objetivos, la incertidumbre ante un cambio de hábitos…

En mi opinión, hay espacio para todos los profesionales que creemos y apostamos por el crecimiento y el desarrollo personal… siempre que lo hagamos con honestidad y aportando al cliente la información necesaria sobre nuestra manera de trabajar. En coaching lo hacemos, según el Libro Blanco que regula nuestra profesión, acompañando a nuestros clientes en la definición de objetivos, a través de un proceso estructurado en el que se irán generando nuevas posibilidades, habilidades y escenarios de aprendizaje, con el fin de producir cambios estables y duraderos alineados con su entorno, sus valores y sus creencias. Si quieres avanzar, acompañado, en tu autoconocimiento, busca el profesional que mejor se adapte a ti, infórmate sobre su acreditación y metodología de trabajo y adéntrate, sin miedo, en el camino.


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AUTOPÍAS, EMOCIONES, REFLEXIONES

Un crisol emocional

¿De qué escribir hoy? Podría reflexionar sobre el otoño y sobre lo que esta estación representa para mí: la nostalgia del verano y de los días cálidos que, en pocas horas, hemos dejado atrás; la melancolía que me suscitan los colores amarillentos y ocres característicos de estas fechas; la sensación de fin de ciclo que transmiten las hojas de los árboles al caer sobre aceras, calzadas y parques; la fugacidad del paso del tiempo, acelerada por el cambio de hora y el paulatino acortamiento de los días sobre las noches; el recuerdo cada vez más desgastado, como de postal en tonos sepia, de quienes se fueron, tal vez mimetizados con el ambiente, en esta época del año…

¿De qué escribir hoy? Podría hablar del placer que he encontrado en la lectura de la última novela que ha pasado por mis manos, del interés que ha despertado en mí el reciente descubrimiento de un programa de radio, de la energía que siento y movilizo al escuchar determinadas canciones, de la distracción que supone, en mi tiempo libre, revisitar clásicos del cine o explorar nuevas series de televisión… Podría hablar de la satisfacción de un trabajo bien hecho, de la ilusión por conocer gente nueva, de la plenitud que me inunda si, al acabar el día, siento que lo he aprovechado…

¿De qué escribir hoy? Podría exponer las dudas que asoman en mi horizonte laboral. ¿Lograré las metas que me he propuesto? ¿Sabré remontar las caídas o las barreras a las que, probablemente, tendré que hacer frente al transitar por caminos desconocidos? ¿Qué ocurrirá si no lo consigo? ¿Tengo realmente las capacidades con las que estoy dibujando mi nueva faceta profesional?… Podría disertar sobre la preocupación por la familia o los amigos cuando sobrevienen circunstancias delicadas. En definitiva, podría hablar de lo difícil que resulta a veces gestionar la incertidumbre.

¿De qué escribir hoy? Podría hablar del malestar que me suscitan las desigualdades sociales, la hipocresía y el cinismo de los llamados círculos de poder, el exceso de burocracia… Podría hablar de cómo me remueve la facilidad que tenemos para criticar a los demás antes de revisar nuestros comportamientos y asumir las responsabilidades que nos correspondan… Podría hablar, también, de esos condicionantes que se van acumulando, día a día, hasta colmar el vaso de nuestra paciencia: las rutinas repetidas, los reproches reiterados, la falta de sentido que advertimos en las cosas que hacemos.

En realidad, puedo hablar de todo ello: somos seres dotados de la capacidad de sentir y experimentar emociones que se van sucediendo en un flujo continuo. En este flujo tienen cabida, por separado y a la vez, la tristeza que nace de la melancolía del otoño, la alegría fruto del esparcimiento, el miedo y la inseguridad ante un futuro incierto y el enfado como respuesta a lo que nos molesta, nos desagrada o nos incomoda. A veces, como en este texto, vivimos varias emociones de golpe. Lo importante es acoger, dar cabida y expresar cada una de ellas. Todas las emociones son válidas y dicen algo de nosotros, incluso cuando parecen paradojas.


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