AUTOPÍAS, CONCEPTOS, GESTALT

Esto es Gestalt, amigos

En algunas entradas de este blog he hecho alguna mención a la Terapia Gestalt, una corriente englobada en la llamada Psicología Humanista que propone una visión global del individuo en todas sus dimensiones sensoriales, emocionales, afectivas, intelectuales, sociales e incluso espirituales. Este enfoque fue impulsado por Fritz Perls en los años cuarenta del siglo pasado y tuvo su primera expresión teórica en el libro Terapia Gestalt: Excitación y crecimiento de la personalidad humana, publicado en 1951. Entre sus influencias se encuentran el Psicoanálisis, la filosofía oriental, la Fenomenología, el Existencialismo o la Psicología de la Forma, de la que tomó el nombre de gestalt. No obstante, a pesar de esta multiplicidad de influencias, el enfoque gestáltico ha sabido demostrar que el todo es más que la suma de sus partes.

La Terapia Gestalt considera que el individuo no vive aislado, sino que establece una constante interrelación con el ambiente que le rodea para satisfacer sus necesidades. Estas necesidades se van alternando en base a un principio de autorregulación: el organismo sabe lo que necesita para mantener su equilibrio. Así, en cada momento, se crea una gestalt o configuración en la que la necesidad más apremiante se convierte en figura destacada sobre un fondo de necesidades al que volverá una vez que haya sido satisfecha. La relación con el ambiente se da a través de un permanente ciclo de contacto y retirada: el organismo identifica la necesidad emergente, se moviliza, acude al ambiente para satisfacerla y, finalmente, vuelve a un estado de reposo para esperar la aparición de una nueva necesidad.

No obstante, no siempre es posible completar este ciclo. En el camino pueden aparecer una serie de fenómenos, llamados mecanismos de defensa o interrupciones, que impiden que el organismo tome conciencia de sus necesidades, active su energía para satisfacerlas y salga al ambiente para tomar de él lo que necesita. Estos mecanismos se dan en distintas formas: como normas o valores que hemos integrado, sin cuestionarlos, en nuestro sistema de creencias (introyección), como etiquetas que colocamos sobre los demás, sin darnos cuenta de que también dicen mucho de nosotros (proyección), como energía que volcamos contra nosotros mismos para evitar enfrentarnos con el ambiente (retroflexión), o como confusión con el medio que nos rodea, donde, convertidos en seres indiferenciados del resto, nuestra personalidad se desdibuja (confluencia).

Uno de los conceptos básicos de la Terapia Gestalt es el darse cuenta. El enfoque gestáltico anima a tomar conciencia tanto de las necesidades que se van sucediendo en el organismo como de los mecanismos que impiden su satisfacción. Enfrentando las interrupciones, el individuo puede cerrar las gestalts que quedaron inconclusas y restaurar el correcto funcionamiento del sistema de autorregulación. No importa tanto averiguar el porqué: la búsqueda de causas solo conduce a una sucesión interminable de explicaciones, racionalizaciones y justificaciones. Lo que en realidad importa es cómo interrumpimos el ciclo y para qué lo hacemos. Detrás de cada comportamiento no ajustado debidamente a una necesidad concreta suele haber siempre una evitación.

Y el darse cuenta solo puede ocurrir en el momento presente, en el aquí y el ahora. El pasado ya se fue y el futuro aún no ha llegado: solo es posible vivir lo que ocurre o, en todo caso, actualizar recuerdos o anticipar escenas temidas convirtiéndolos en vivencias del presente. Efectivamente, la Gestalt es un enfoque vivencial: descubrimos atravesando nuevas experiencias. Solo en la experimentación podemos definir nuestras necesidades olvidadas, percatarnos de la forma en que nos manipulamos o interferimos sobre el ambiente en contra de nuestro propio equilibrio y, finalmente, integrar en nuestra personalidad total aquellas partes de nosotros que, en algún momento, dejamos enajenadas. Por ejemplo, nuestras contradicciones, un concepto al que la Gestalt se refiere como polaridades.

Para mí, que me he sumergido durante varios años en este enfoque, la Gestalt es mucho más que una terapia: es una filosofía de vida, compatible con otras disciplinas (entre ellas, el Coaching), que, además de conciencia y presencia, implica también responsabilidad (entendida como libertad de ser) y que, desde ahí, conduce al individuo hacia su autoapoyo. El autoconcepto, la imagen que tenemos de nosotros mismos, no dice, en realidad, nada de lo que somos, no es más que una construcción artificial sujeta a modas y expectativas. Lo verdaderamente importante es todo el potencial que podemos desplegar tanto en el conocimiento de nosotros mismos como en la relación que queremos mantener con el mundo. En definitiva, se trata de aceptarnos tal cual somos. ¿Te apuntas?


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AUTOPÍAS, CONCEPTOS, RECOPILACIONES

Conceptúa, que algo queda

Repasando las entradas publicadas hasta la fecha en este blog, constato que en la mayoría de ellas hablo de conceptos (felicidad, necesidades, éxito…) que manejamos en nuestra vida cotidiana pero que, desde mi punto de vista, no usamos de una forma acertada. Unas veces, distorsionamos o pervertimos su significado haciendo caso de modas, tendencias o reclamos publicitarios. Otras veces lo engrandecemos incluyendo en él una carga no solo semántica, sino también emocional, que en realidad no le corresponde. Al final, todo acaba siendo más sencillo de lo que parece. Por eso, creo que puede resultar útil, aprovechando las entradas ya publicadas, revisar algunos de esos conceptos.

Seguro que ahora, en vacaciones, te has propuesto desconectar. Es cierto que las actividades cotidianas, académicas o laborales, nos absorben mucho: necesitamos distanciarnos y tomarnos un respiro. ¿Pero es eso realmente desconectar? Si así fuera, viviríamos plenamente conectados en nuestro día a día… y creo poder confirmar que no es así: desplegamos nuestra atención hacia fuera y nos olvidamos de nosotros mismos. En la entrada On/off, publicada coincidiendo con el inicio de las vacaciones de Semana Santa, reflexionaba sobre la cualidad intrínseca del ser humano para conectar permanentemente con su esencia –y en todas las actividades que realiza– a través de la respiración. ¿Aún no sabes cómo? En la entrada Respirar, ser y merecerte encontrarás las claves para conectar contigo, y mantenerte conectado, usando ese mecanismo primario a partir del cual se articula nuestra vida.

Mientras no contactemos con nosotros mismos, allá donde estemos, no será posible identificar cuáles son realmente nuestras necesidades. Frecuentemente, confundimos o condicionamos nuestras necesidades con las demandas o los deseos de otros o con las obligaciones que nos impone nuestra autoexigencia. En la entrada Viaje al interior de la pirámide explicaba uno de los modelos más conocidos de clasificación de necesidades (la Pirámide de Maslow) y abogaba por buscar resquicios para, a partir de él, encontrar nuestras auténticas necesidades. Identificadas nuestras necesidades, más fácil será interactuar con el mundo con esos ¿sencillos? gestos a los que me refería en la entrada Dar y recibir: ¿carencia o abundancia?

En esa interacción con el mundo deberíamos ajustar también nuestra idea sobre el éxito y el fracaso. ¿Qué nos aportan cada uno de ellos? ¿Qué nos sustraen? Quizá te apetezca revisitar la entrada Impostores al acecho para descubrir un significado más ajustado de estos conceptos. De momento, te daré una pista: la clave está en la aceptación de lo que nos sucede, pero no para conformarnos con ello, sino para asumir nuestra responsabilidad e impulsar procesos de cambio. De esto iba la entrada La felicidad, ¿una quimera?, en la que propongo sustituir la búsqueda de la felicidad (esa que vemos fuera de nosotros) por un esfuerzo de aceptación de lo que somos y de lo que nos ocurre.

Y así, en ese estado de aceptación, podemos trabajar con los conceptos fundamentales que nos mueven como individuos: la autoconfianza, la autoestima, la autocreencia y el autoapoyo. Sobre todos ellos reflexionaba en la entrada Una de autos: se trata de profundizar en nuestro autoconocimiento no para dar la mejor versión de nosotros mismos, como se dice por ahí, sino para ser y actuar desde lo que realmente somos, siempre abiertos a aprender y ampliar (y, en su caso, también a corregir) nuestro potencial de capacidades. En definitiva, profundizar en la autopía, ese lugar propio ideal, pero alcanzable, en el que ser uno mismo.


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AUTOPÍAS, CONCEPTOS, GESTALT

Interrupciones

El llamado ciclo de satisfacción de las necesidades, una de las aportaciones de la Terapia Gestalt, tiene unas etapas muy definidas –sensación, darse cuenta o toma de conciencia, energetización, acción, contacto, satisfacción del contacto y retirada­– que explican la formación de figuras sobre un fondo que se vuelve difuso y secundario. Pero… ¿cuántas veces dejamos esas figuras sin completar? En ocasiones aparecen factores externos, en forma de focos de atención emergentes, que desvían nuestra atención hacia fenómenos –a priori– más urgentes. Sin embargo, la mayoría de interrupciones del ciclo se deben a factores internos denominados mecanismos de defensa o mecanismos de evitación.

Estos mecanismos, ya definidos en el Psicoanálisis, agrupan los recursos con los que contamos para no afrontar situaciones concretas ante la previsión, real o imaginada, de miedo, angustia, tristeza, ira o rabia. Si apelamos a creencias, ideas o pensamientos que recibimos y aceptamos sin cuestionar durante nuestro aprendizaje –los hombres no lloran–, introyectamos. Si atribuimos a otros nuestros propios defectos, desvinculándonos de ellos, proyectamos. Si nos hacemos a nosotros mismos lo que nos gustaría hacer a otros –acariciarse, rascarse, comerse las uñas–, retroflectamos. Si desviamos la atención sobre lo que está ocurriendo, deflectamos. Si desdibujamos nuestras necesidades en favor del otro, renunciando al protagonismo de nuestras propias emociones, entramos en confluencia.

Introyección, proyección, retroflexión, deflexión, confluencia…  Te invito a indagar, más allá de los tecnicismos, sobre las razones que te impiden completar esas figuras inconclusas aún no resueltas. Intenta identificar cuáles son tus excusas más frecuentes. Analiza si son más discursivas (introyección, proyección) o conductuales (retroflexión, deflexión). Quizá esta pequeña reflexión te ayude a detectar tus mecanismos más recurrentes. Y, una vez identificados, podrás buscar soluciones creativas y alternativas que te permitan superar etapas en el ciclo de satisfacción de necesidades. Si son mecanismos de evitación, ¿qué estás evitando?

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