AUTOPÍAS, CONCEPTOS, HERRAMIENTAS DE COACHING

Peligro: expectativas

Todo propósito de cambio, mejora o desarrollo personal y profesional va acompañado siempre, de forma consciente o inconsciente, de una serie de expectativas sobre lo que queremos lograr. La Real Academia Española define expectativa como la esperanza o la posibilidad razonable de que algo suceda. No obstante, esa esperanza y esa posibilidad no dependen de las acciones concretas que podamos poner en marcha para alcanzar un determinado objetivo, sino de la percepción que tengamos sobre nosotros mismos o de la percepción que los demás tengan de nosotros. Conviene recordar, en este sentido, que la palabra expectativa proviene del latín exspectatum, que significa mirado o visto.

Estas percepciones –creencias– pueden ser un buen punto de partida a la hora de plantearse nuevas metas si nos aportan la motivación necesaria para afrontar el reto. ¡Qué fácil resulta ponerse en marcha cuando uno se siente capaz o validado para alcanzar un propósito concreto! No obstante, las expectativas mal calibradas también pueden boicotear el proceso. Esto puede ocurrir cuando la imagen que tenemos de nosotros mismos –el autoconcepto– no se corresponde con lo que realmente somos ahora (nos empeñamos en mantener patrones de pensamiento y comportamiento que, si bien nos sirvieron en el pasado, no resultan eficaces en el presente) o cuando la imagen que los demás tienen de nosotros aparece desvirtuada (tal vez porque intentan modelarnos de una forma que nos aleja de nuestra esencia).

La brecha entre esas falsas expectativas y los resultados concretos que vamos obteniendo de acuerdo al propósito fijado forma lo que se ha dado en llamar la trampa de las expectativas o la trampa del crecimiento personal, un espacio de frustración e insatisfacción permanente ante el que solo caben dos actitudes: adoptar un rol pasivo y victimista, orbitando perpetuamente alrededor de nuestro fracaso, o asumir un papel activo y protagonista, reformulando las expectativas iniciales con el fin de encontrar las respuestas que necesitamos para fortalecer o reajustar nuestros propósitos vitales y garantizar así su consecución. Es el momento de conectar con nuestras propias necesidades y anhelos para tomar las decisiones que creamos oportunas.

Para reformular expectativas, propongo recurrir a las siete erres de la ecología o de la preservación del medio ambiente. Así, conviene reducir nuestras expectativas, reparando aquellas que no surgen realmente de nuestra autenticidad, reutilizando las que, pese a todo, siguen siendo una fuente de motivación para nosotros y reciclando las que aún puedan ser funcionales desde otras perspectivas. Es aconsejable, también, recuperar expectativas que dejamos olvidadas (porque no encajaban en la imagen que queríamos transmitir o en la imagen que los demás se habían hecho de nosotros), así como renovar y rediseñar nuevas expectativas de acuerdo a lo que somos en este instante de nuestras vidas.

Hecho esto, llega el momento de convertir nuestras expectativas en objetivos inteligentes (del inglés SMART, un acrónimo que proporciona criterios para guiar en el establecimiento de objetivos). Que no todo sea esperar, sino moverse hacia: convierte tus expectativas en objetivos específicos y concretos (enunciados de forma clara y entendible), medibles (ya sea con variables cuantitativas o cualitativas), alcanzables y realistas (de acuerdo a las posibilidades de cada uno), retadores (con un nivel de esfuerzo que te resulte motivante) y limitados en el tiempo (recuerda: la diferencia entre un sueño y un objetivo es una fecha). Ah, y no olvides anotar tus objetivos en un papel: escribir es una forma de comprometerse. ¡Trasciende tus expectativas y ve a por tus metas!


COACHING PROFESIONAL GRATUITO. Hasta el 30 de septiembre ofreceré, de nuevo, tres sesiones online gratuitas de coaching, sin compromiso de continuidad, para ayudarte a encontrar nuevas perspectivas en este comienzo de curso (sesiones de 45 minutos de duración; oferta válida solo para nuevos clientes). Puedes solicitar tus sesiones gratuitas en el correo electrónico info@autopiascoaching.com o en este formulario de contacto.


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AUTOPÍAS, CONCEPTOS, REFLEXIONES

Corto, medio, largo

¿Sabes cuál es la diferencia entre el corto, el medio y el largo plazo? Cada uno tiene sus propias consideraciones sobre el tiempo y sus dimensiones. Sin embargo, hay algunos estándares que pueden servirnos como referencia. Así, el corto plazo se refiere a un período de tiempo de unos pocos meses, como máximo un año. El medio plazo, por su parte, abarca un período de entre dos y diez años. El largo plazo, finalmente, sería ese período a más de 10 años vista desde la fecha en la que nos encontramos.

¿Cuáles son tus metas a largo plazo?  La extraordinaria situación que hemos vivido –y seguimos viviendo– a causa de la pandemia por enfermedad de coronavirus parece haber abierto un paréntesis a la hora de fijar nuevos sueños o metas que alcanzar. Nos movemos en un escenario imprevisible: los rebrotes y la posibilidad de una segunda oleada de contagios en el otoño hacen presagiar nuevas restricciones y, en el peor de los casos, un nuevo confinamiento. Y esto puede hacer que cualquier propósito de futuro quede en suspenso hasta nuevo aviso.

Y entonces… ¿cuáles son tus intenciones a corto plazo? Observo, con preocupación, que cada vez somos más hedonistas y exigentes: todo lo queremos para ya. Nuestras miras se han reducido, y el corto plazo se ha acortado: nos medimos, a lo sumo, por las cosas que queremos hacer en los próximos días, en las siguientes semanas, en un par de meses. ¿Para qué ir más allá, si no sabemos lo que va a pasar? Por otro lado, tenemos pendientes muchos planes y actividades que quedaron en suspenso durante el confinamiento y la desescalada y que, según parece, nos urge llevar a cabo.

Hoy, en este corto plazo en el que vivimos, te invito a aprovechar los días de descanso de las vacaciones para pensar en el largo plazo. ¿Qué quieres ser, hacer y tener dentro de diez años? Deja volar tu imaginación: ¿cómo te ves, qué sientes, dónde estás, qué hay a tu alrededor, quién te acompaña…? Recréate en tus sensaciones. Después, piensa en el medio plazo. ¿Qué tendría que ocurrir, a medio plazo, para poder alcanzar lo imaginado en el largo plazo? ¿Qué hitos tendrían que producirse, en el intervalo de dos a diez años, para conseguir lo soñado?

Y, finalmente, piensa en el corto plazo. ¿Cuál es el primer paso que quieres y puedes dar para avanzar hacia lo que anhelas ser, hacer y tener a medio y largo plazo? La vida da muchas vueltas y puede que, efectivamente, tengamos que modificar o cambiar algunas de las acciones que planificamos y ponemos en marcha para llegar a donde queremos llegar. No hay problema: lo importante es que cada paso que demos en el corto plazo esté orientado a un propósito vital determinado. ¿Cuál es el tuyo?


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AUTOPÍAS, CONCEPTOS

Beneficios invisibles

¿Cuántas veces has intentado cambiar algo de ti o de tu vida? ¿Cuántas veces lo has conseguido? No siempre es fácil hacerlo. Desde una perspectiva racional, todo parece más sencillo: intuimos qué es lo que no funciona, sabemos qué es lo que no nos conviene, conocemos alternativas a partir de los ejemplos que vemos a nuestro alrededor… Sin embargo, cuando nos ponemos manos a la obra –diseñando gestos y acciones orientados al cambio– surgen resistencias que nos impiden avanzar en nuestro desarrollo personal, profesional o social. Nos resistimos a abandonar determinados hábitos, comportamientos, creencias… ¿Qué hay en ellos para que nos quedemos atascados ahí?

En general, cuando nos proponemos un propósito concreto (la misión, el objetivo que queremos conseguir), tenemos muy claro qué beneficio o beneficios queremos lograr. Lo que no identificamos con tanta facilidad es el beneficio secundario que podemos perder al modificar comportamientos, hábitos o creencias que no nos sirven para alcanzar nuestras metas. Si encontramos resistencias al cambio es porque hay un valor oculto en ellos. De hecho, la importancia del beneficio secundario es tal que preferimos mantener el statu quo –incluso siendo conscientes de que estamos estancados– antes que explorar o luchar por otras opciones.

Encontrar resistencias nos genera frustración, y la frustración nos lleva a buscar explicaciones. Así, nos preguntamos por qué mantenemos comportamientos desacompasados, hábitos anacrónicos, creencias limitantes… Y las respuestas que encontramos no son más que autojustificaciones victimistas que no hacen más que alimentar esa frustración. Mario Benedetti hizo popular la frase cuando teníamos las respuestas, nos cambiaron las preguntas. Y eso es lo que propongo para vencer las resistencias: cambiar la pregunta por qué por para qué. ¿Para qué nos sirve este comportamiento, ese hábito, aquella creencia? ¿Qué ganamos con ellos? ¿Qué tienen para que decidamos mantenerlos incluso en situaciones difíciles, problemáticas o insatisfactorias de nuestra vida?

Recibir atención, ser merecedor de reconocimiento o afecto, ser útil a los demás, llenar nuestro vacío interior… Estos son algunos de los beneficios ocultos por los que nos empeñamos en mantener comportamientos, hábitos y creencias que ya no nos satisfacen o que no encajan con lo que realmente somos. Una vez detectados, conviene centrar la atención en los beneficios que queremos lograr con nuestro objetivo de cambio. ¿Merece la pena renunciar al beneficio oculto? ¿Cómo podemos hacer que el beneficio secundario quede integrado –si no lo está aún– en la meta que queremos alcanzar? Ante las resistencias solo hay dos opciones: aferrarse o avanzar.


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AUTOPÍAS, CONCEPTOS, REFLEXIONES

De la misión a la acción

En toda recopilación de frases motivacionales (ya sea en libros, agendas o calendarios) suele aparecer una cita de Edmundo Hoffens que dice la única diferencia entre un sueño y un objetivo es una fecha. Esto es coaching: crear o moldear una visión de futuro (el sueño), concretar nuestras ilusiones o ambiciones en una misión (el objetivo) adaptada a la realidad que vivimos y a nuestras competencias y capacidades y fijar una serie de acciones o pasos para alcanzar dicha misión en un plazo determinado (la fecha). De esta forma, el sueño se hace tangible y se convierte en una meta que, con más o menos esfuerzo, podremos alcanzar.

Tener presente la misión a lo largo de todo el proceso es el motor del cambio. Pensar en los beneficios, mejoras o recompensas que vamos a obtener cuando consigamos la meta incentiva nuestra motivación y moviliza nuestra energía. ¡Todo objetivo tiene que ser siempre estimulante! La misión es la referencia o la pauta que guía nuestras acciones: ya no es una ensoñación o fantasía incoherente, dispersa y aparentemente irrealizable, sino un propósito concreto en nuestro camino de crecimiento y realización personal, relacional, laboral o social.

No obstante, la misión, por muy deseada que sea, puede convertirse en una pesada losa en la que, si nos descuidamos, podemos quedar sepultados o paralizados. Todo objetivo conlleva, en mayor o menor medida, un gran esfuerzo y desgaste, y habrá momentos en los que nos sentiremos abrumados por todo lo que conlleva aquello que pretendemos alcanzar. Nuestras fuerzas flaquearán e incluso, si no reformulamos la situación de forma correcta, asomará en el horizonte la idea de abandonar.

Por eso conviene relativizar, hasta cierto punto, la misión que pretendemos conseguir. En mi opinión, el objetivo es una referencia a la que ir y volver en nuestra vida cotidiana: aunque nos señala la dirección en la que queremos avanzar, debe dejar todo el protagonismo a las acciones (etapas, pasos, herramientas) que hemos planificado para lograr nuestro propósito. ¿Qué pequeños logros estamos alcanzando? ¿Qué cambios sutiles se van produciendo en nuestra vida? ¿Qué estamos aprendiendo? En el día a día, no importa tanto la meta como el camino que recorremos para alcanzarla.


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AUTOPÍAS, COACHING, REFLEXIONES

A vueltas con el Coaching

El comienzo de un nuevo curso es, junto al inicio de un nuevo año, uno de los momentos que consideramos más adecuados para proponernos nuevos objetivos y metas vitales. Todos tenemos, en mayor o menor medida, recursos suficientes para afrontar cambios y desafíos. No obstante, no siempre nos resulta fácil emprender nuevos propósitos o aventuras. ¿Quién no se ha sentido alguna vez atascado, desorientado o desmotivado? ¿Quién no ha tenido, ante situaciones concretas, dudas sobre el alcance de su propio potencial? Por eso existe, entre muchas otras, la figura del coach, ese profesional que te acompaña, apoyado en tu responsabilidad y en tu compromiso, desde donde estás ahora hasta donde realmente quieres estar (según la definición de coaching de la Asociación Española de Coaching, ASESCO).

El coaching, lamentablemente, sigue siendo una disciplina cuestionada, especialmente por parte de algunos profesionales (afortunadamente, no todos) de la psicología, la psiquiatría o la medicina. Se nos acusa de ser vendehúmos o vendedores de milagros; se nos critica por ser una formación no reglada, dependiente de asociaciones o escuelas privadas (como ocurre en muchos otros sectores profesionales), olvidando que los másteres de coaching más reconocidos y valorados se ofertan, precisamente, en universidades públicas; y nos denuncian, también, por nuestra supuesta intervención o injerencia, como pseudociencia, en el ámbito sanitario. No niego que haya casos de mala praxis, pero para mí la frontera está clara: el coaching no es, ni pretende ser, una psicoterapia (de hecho, son disciplinas que, en un momento dado, pueden ser complementarias).

Efectivamente, hay situaciones, respuestas y comportamientos diagnosticados como patologías que requieren una intervención desde el ámbito clínico con profesionales específicamente formados para ello. Pero hay también muchos otros problemas, vitales o sociales, que se manifiestan de forma puntual y que distan mucho de ser problemas psicológicos. Aquí entran, en el día a día, las dificultades para conciliar nuestras necesidades o expectativas con las obligaciones y compromisos que arrastramos en nuestra vida cotidiana, el malestar que nos produce la falta de eficacia en la gestión de nuestro tiempo, las dudas ante eventuales procesos de toma de decisiones, las resistencias que nos impiden planificar correctamente nuestros objetivos, la incertidumbre ante un cambio de hábitos…

En mi opinión, hay espacio para todos los profesionales que creemos y apostamos por el crecimiento y el desarrollo personal… siempre que lo hagamos con honestidad y aportando al cliente la información necesaria sobre nuestra manera de trabajar. En coaching lo hacemos, según el Libro Blanco que regula nuestra profesión, acompañando a nuestros clientes en la definición de objetivos, a través de un proceso estructurado en el que se irán generando nuevas posibilidades, habilidades y escenarios de aprendizaje, con el fin de producir cambios estables y duraderos alineados con su entorno, sus valores y sus creencias. Si quieres avanzar, acompañado, en tu autoconocimiento, busca el profesional que mejor se adapte a ti, infórmate sobre su acreditación y metodología de trabajo y adéntrate, sin miedo, en el camino.


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AUTOPÍAS, CONCEPTOS

¿Imponderables o imprevistos?

En la entrada anterior de este blog te proponía un método en 3 palabras con el que enfocar tus intereses y esfuerzos para el curso que acaba de comenzar. Este método consiste en crear una visión de lo que realmente queremos ser, hacer o tener en el nuevo curso, diseñar una misión o propósito que articule nuestro empeño y establecer un plan de acción para conseguir la meta o el objetivo que nos hayamos propuesto. ¿Has puesto en marcha este método? ¿Ha funcionado? Si la respuesta es afirmativa, ¡enhorabuena! Si no lo es… ¡tranquilidad! Y, sobre todo… ¡no tires la toalla! No pasa nada por reajustar la visión, la misión o las acciones cuantas veces sea necesario.

A veces, la frustración nos puede y preferimos quedarnos enganchados en el victimismo o en el pesimismo. Nos dejamos invadir por pensamientos negativos y nos creemos, literalmente, que la meta por la que queríamos luchar no está a nuestro alcance. Sin embargo, hay una salida aún más fácil: revisar qué es lo que ha fallado. Tal vez la misión que habíamos definido era demasiado ambiciosa y no se ajustaba al principio de realidad necesario para poder llevarla a buen término. O quizá falló el plan de acción, incapaz de hacer frente a situaciones sobrevenidas o a distracciones que no habíamos tenido en cuenta. ¿Fue así?

Cuando estudiaba Comunicación Audiovisual, mi profesor de Producción, José G. Jacoste Quesada, hacía especial hincapié –a la hora de planificar un rodaje– en la diferenciación entre imprevistos e imponderables. Los imprevistos suceden, como indica la palabra, por falta de previsión. Los imponderables, por su parte, se refieren a cuestiones que exceden a toda ponderación humana: son cosas que ocurren de manera inesperada e inevitable y que tienen consecuencias que, a diferencia de los imprevistos, no se pueden conocer o precisar. En el rodaje de nuestra vida cotidiana, serían imprevistos aquellos eventos o compromisos que no hemos tenido en cuenta a la hora de diseñar nuestro plan de acción. El imponderable sería, por ejemplo, el resfriado que nos obliga a guardar reposo durante unas horas.

Conocida esta diferencia, ¿qué fue lo que falló al diseñar la misión y el plan de acción para el nuevo curso? Si fueron imponderables, y la situación se ha normalizado, basta con retomar las acciones que habíamos previsto reajustando, si fuera preciso, los plazos que manejábamos para conseguir nuestro objetivo. Si fueron imprevistos, tendremos que rediseñar nuestra estrategia… y será más eficaz, pues incluiremos en ella factores que hasta ahora –hasta tropezar con ellos– habíamos pasado por alto. Sea como fuere, cualquier momento es bueno para reanudar la marcha y cumplir la misión que nosotros mismos, desde nuestras motivaciones y necesidades, nos hemos encomendado.


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AUTOPÍAS, CONCEPTOS, HERRAMIENTAS DE COACHING

Tres palabras, un método

Comienza un nuevo curso. ¿Qué planes tienes? Quizá tengas por delante nuevos retos a los que enfrentarte (nuevo trabajo, nuevos estudios, nuevos proyectos…), quizá no haya nada novedoso en perspectiva y solo aspires a no caer en los mismos errores o frustraciones que marcaron el curso anterior. En cualquier caso, conviene identificar y enfocar prioridades para cultivar y mantener la ilusión y alcanzar, con mayores probabilidades de éxito, los objetivos que nos propongamos. En concreto, quiero sugerirte un método en tres claves –visión, misión y acción– para que, sean cuales sean las perspectivas del nuevo curso, tengas claro cuál es tu camino a seguir.

VISIÓN. Conviértete, por un momento, en un visionario. Imagina cómo quieres que sea tu vida en el nuevo curso que comienza. ¿Qué es lo que vas a hacer? ¿Hacia dónde vas a dirigir tus esfuerzos? ¿En qué quieres convertirte? Deja volar la imaginación y la fantasía, conecta con las sensaciones que te despiertan las cosas que te gustan, te motivan o te estimulan. ¿Cómo sería tu vida si pudieras dar entrada o dedicar más espacio a otras motivaciones? Ahora, visualízate en junio, en el final del curso que ahora comienza, e identifica las emociones que van surgiendo en esta ensoñación. ¿Te gusta el camino que se abre ante ti? ¿Te ves transitándolo? ¿Te imaginas alcanzando las metas que te has propuesto?

MISIÓN. ¿Ya tienes tu visión del futuro? ¡Perfecto! El siguiente paso es transformar esa visión en una misión con instrucciones claras y concretas que te permitan llegar a la meta. Para ello, lo más útil es responder, de forma concisa, a los honestos sirvientes de los que hablaba Rudyard Kipling: sus nombres son qué, quién, cómo, cuándo, dónde y por qué. ¿Qué es lo que quieres conseguir exactamente? ¿Con quién o quiénes lo vas a hacer? ¿Cómo lo vas a lograr? ¿En qué fechas y en qué lugares? El por qué, a mi juicio, no es relevante: lo importante es para qué. ¿Para qué quieres alcanzar esa meta que te has propuesto? ¿Qué te va a aportar en tu crecimiento personal o en tus relaciones sociales? Es muy importante ajustarse a un principio de realidad: debemos definir un propósito realista, ajustado a nuestras capacidades y competencias, que dé coherencia a nuestra misión.

ACCIÓN. Definida la misión, es el momento de pasar a la acción. Elaborar un plan de acción es muy sencillo: tomando como referencia las respuestas a las preguntas que nos planteábamos en el epígrafe anterior, diseñaremos un calendario con los gestos, las acciones, los recursos o las herramientas que vamos a emplear para alcanzar el propósito que nos hemos fijado. Conviene valorar, en este punto, los posibles costes de nuestra misión: la apuesta por una meta concreta puede implicar sacrificios o renuncias (personales, relacionales o económicos) a tener en cuenta. Del mismo modo, sería aconsejable revisar la validez de herramientas o recursos aplicados, con fortuna o sin ella, en misiones precedentes. En definitiva, se trata de encontrar las opciones más adecuadas, en el momento actual, para lograr nuestras metas.

Visión, misión y acción. ¿Parece fácil, verdad? No obstante, no siempre es sencillo identificar o encontrar el modo de poner en práctica lo que realmente queremos hacer. A veces, fagocitados por un mundo de compleja apariencia, somos incapaces de ver lo obvio… y nos enredamos en respuestas que poco o nada tienen que ver con las preguntas. Si estás en esta situación, y necesitas un cambio de perspectiva, no dudes en iniciar un proceso de coaching: aquí encontrarás el acompañamiento necesario para implementar estas tres claves –visión, misión y acción– en tu vida.


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AUTOPÍAS, HERRAMIENTAS DE COACHING, RECOPILACIONES

Una caja de herramientas

La Asociación Española de Coaching (ASESCO), de la que formo parte, define el coaching profesional como un proceso de entrenamiento personalizado y confidencial mediante un gran conjunto de herramientas que ayudan a cubrir el vacío existente entre donde una persona está ahora y donde se desea estar. Este conjunto de herramientas permite al cliente, acompañado por su coach, plantearse objetivos y metas vitales, obtener una fotografía más concreta de la realidad en la que vive, imaginar y valorar nuevas opciones y posibilidades a implementar y desarrollar planes de acción que le permitan alcanzar su máximo potencial en un ámbito determinado (personal, relacional, laboral…).

Dentro de esas herramientas tienen gran protagonismo las llamadas preguntas poderosas (no hay que olvidar que el coaching se define también como el arte de hacer preguntas). Las preguntas poderosas son aquellas que permiten al cliente ampliar su nivel de conciencia sobre el mundo exterior e interior para superar los límites que, ante una situación dada, le imponen sus propios pensamientos, emociones o vivencias. Si eres lector habitual, habrás observado que este blog está lleno de preguntas. ¡Rara es la entrada que no incluye alguna! Poderosas o no, espero que estas preguntas te hayan ayudado a reparar en aspectos de tu vida en los que no te habías fijado hasta ahora e incluso a empezar a valorar desde otra perspectiva determinadas situaciones o circunstancias.

Además de preguntas, la caja de herramientas del coaching incluye visualizaciones, metáforas, asociaciones… y también herramientas específicas ya mencionadas en el blog que ahora, en verano, con más tiempo libre a nuestra disposición, podemos revisar. Así pues, te invito a releer la entrada Parar para seguir girando, que incluye una completa descripción de La rueda de la vida, una de las herramientas más utilizadas tanto en coaching como en otras disciplinas orientadas al crecimiento personal. Esta herramienta nos permite tener una visión gráfica (en forma de rueda de bicicleta, con sus correspondientes radios) de los aspectos más importantes de nuestra vida y del grado de satisfacción o equilibrio que damos a cada uno de ellos. ¿Tienes un rato libre? Coge papel y lápiz… ¡y a por ello!

El coaching dispone también de herramientas concretas para la gestión del tiempo y de prioridades: en El tiempo que se escapa encontrarás consejos para elaborar un registro del tiempo que ocupan tus actividades cotidianas (trabajo, estudio, descanso, tiempo libre) e imaginar otra posible distribución de horarios centrando la atención en tus deseos y necesidades, y en De lo urgente y lo importante hallarás pistas para organizar el trabajo y priorizar tareas siguiendo la llamada matriz de Covey o matriz de Eisenhower. ¿Es realmente tan urgente o tan importante todo lo que tienes que hacer cada día? En vacaciones, distanciados de la rutina, podemos valorar más objetivamente tanto el uso que hacemos del tiempo durante el curso como nuestra escala de prioridades.

También hay, por citar otro ejemplo mencionado en este blog, herramientas que facilitan la toma de decisiones, como el modelo de la encrucijada del que hablaba en la entrada Un cruce, distintos caminos. Este modelo nos atrapa en una rotonda con seis salidas posibles, todas ellas con nombres pintorescos: el camino que hace señas, el camino de los sueños, el camino que parece más sensato, el camino no recorrido, el camino ya recorrido, el camino de vuelta… Quizá estos días de descanso sean un buen momento para sacar el mapa, ver adónde te lleva cada uno de esos caminos y seleccionar las herramientas que necesitarás para llegar, con éxito, a la dirección escogida.


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Autocoaching vacacional

La toalla extendida sobre la arena de la playa, la tumbona junto a la piscina, el confortable sillón del salón del hotel, la terraza de la casa rural, la peña con forma de asiento que aparece al borde del camino durante la excursión, el césped del parque urbano más próximo a nuestro lugar de residencia… El verano, con sus días de vacaciones y de descanso, nos ofrece multitud de espacios en los que descansar, relajarnos y holgazanear. Nos lo merecemos, sin duda: el curso ha sido largo y ha consumido buena parte de nuestra energía. Es el momento de parar, no hacer nada, dejarse simplemente estar. Tomar el sol, buscar refugio en la sombra, esperar la caricia de la brisa sobre la piel…

Quizá nos resulte difícil afrontar ese no hacer nada. Al fin y al cabo, nuestra vida es una sucesión de rutinas y tareas que ocupan prácticamente todo nuestro tiempo. Por eso, llevaremos algún libro que nos apetezca leer, seleccionaremos series, películas o música para ver y escuchar o recurriremos a pasatiempos (analógicos o digitales) con los que dar sentido a ese esperado vacío en nuestra cotidianeidad. Puede ocurrir que estas ocupaciones, repetidas durante varios días, acaben convertidas también en una rutina vacacional. Por eso, te propongo dejar algún espacio para profundizar en tu desarrollo personal con la siguiente propuesta de autocoaching vacacional.

En uno de esos ratos de no hacer nada, observa lo que ocurre a tu alrededor. Si estás en un lugar concurrido, mira y escucha a la gente a tu alrededor. Si estás en un lugar más apartado, detente en el paisaje y en los sonidos de la naturaleza. A continuación, cierra los ojos y concéntrate en las sensaciones que estás experimentando. Simplemente obsérvalas, descubre cómo se manifiesta tu cuerpo ante los estímulos externos. Poco a poco, ve desligándote de lo que ocurre fuera para centrar toda tu atención en la respiración. Siente su ritmo natural, sin modificarlo: no tengas prisa por llegar a ningún estado. Cuando te apetezca, amplía tu respiración para hacerla más profunda. Nota el paso del aire por la clavícula, por el tórax, por el abdomen… Imagina cómo se expande el aire por la cabeza y las extremidades. Y, finalmente, déjate mecer, todo el tiempo que quieras, por el flujo inspiración-espiración.

Aprovechando el estado de serenidad y armonía al que habrás llegado a través de la respiración, y dejando a un lado cualquier tipo de juicio (es bueno que también la autoexigencia coja vacaciones), repasa brevemente cómo es tu vida ahora, en cada uno de sus ámbitos (personal, familiar, social, laboral…). ¿Cómo te sientes? ¿Qué imagen tienes de ti mismo? ¿Cómo son tus relaciones? ¿Qué cosas son las que realmente te importan? ¿Cuáles son tus fortalezas y tus debilidades? ¿Qué hay de tus miedos? ¿Qué logros has alcanzado? ¿Hay algo de lo que te sientas especialmente orgulloso? ¿En qué ocasiones te has sentido frustrado? ¿Cómo has reaccionado ante las dificultades?

Vuelve por un momento a la respiración para integrar las respuestas que te hayan ido surgiendo. Tal vez el ritmo se haya alterado: espera a que la respiración se haga, de nuevo, pausada y profunda para visualizar, a continuación, cómo quieres que sea tu vida en el futuro. Imagina, permítete soñar. ¿Cómo podrías ser más feliz? ¿Qué es lo que realmente te gustaría conseguir? ¿Qué cosas tendrías que cambiar? ¿Qué metas de las que querías alcanzar has ido abandonando o relegando por el camino? ¿Dónde y cómo quieres estar dentro de un año? ¿Y dentro de cinco, o de diez? ¿…? Regresa de nuevo a tu respiración y, lentamente, vuelve a conectar con el mundo exterior que te rodea.

Solo queda, ahora, comparar tu vida actual con la vida que realmente quieres tener. Puede que solo haya sutiles diferencias, o bien un abismo entre ambas. En cualquier caso, siempre es posible dar un primer paso hacia el cambio, grande o pequeño, que queremos lograr. ¿Qué puedes hacer para ponerte en camino hacia donde realmente quieres estar? ¿Qué alternativas tienes? En algunos ámbitos, las respuestas aparecerán con claridad. En otros, tal vez necesites iniciar un proceso de coaching profesional. Aprovecha ese no hacer nada del verano para buscar tu misión vital. Esa será tu motivación para afrontar la vuelta al día a día tras las vacaciones.


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