ACTIVIDADES, AUTOPÍAS, MINDFULNESS

Un toque de atención

El dualismo cartesiano, que entendía cuerpo y mente como entidades separadas, ha sido reemplazado por una nueva visión holística e integradora en la que esas dos entidades, cuerpo y mente, son solo dos aspectos de una misma unidad indisoluble: el ser humano. Distintos estudios y experiencias revelan que escuchar a nuestro cuerpo resulta fundamental para conocer y comprender nuestras necesidades, deseos, sentimientos o pensamientos. A la vez, contactar con el cuerpo –más allá de las dolencias puntuales o crónicas que podamos arrastrar– refuerza nuestro autoconocimiento, favorece la autoaceptación y mejora nuestros niveles de autoestima, seguridad y confianza. Dar espacio al cuerpo potencia, también, nuestras capacidades de atención y concentración y nos ayuda a reducir la ansiedad y el estrés que nos provocan los grandes o pequeños retos a los que nos enfrentamos cada día.

Afortunadamente, hoy en día disponemos de una amplia oferta de propuestas con las que contactar, prestar atención y cuidar de nuestro cuerpo y, de paso, dar un tiempo de descanso a nuestra aturullada mente. Algunos prefieren seguir programas de entrenamiento físico en el gimnasio o en casa o gustan de salir a correr por calles y parques, otros buscan vivir en armonía a través de la práctica del yoga, del taichí, del chi kung o del movimiento expresivo, hay quien prefiere acercarse al cuerpo de forma contemplativa mediante la meditación o el mindfulness o, simplemente, caminando de forma consciente, vigilando la alimentación o respetando los tiempos de descanso que el cuerpo necesita para recuperar sus niveles de energía… Cada uno ha de encontrar la opción que más le convenga atendiendo a su forma física y a las necesidades de cada momento vital.

No siempre es fácil encontrar esa opción, sobre todo cuando uno vive profundamente anclado en ese enfoque cartesiano en el que la mente domina todo relegando al cuerpo a un papel secundario, meramente instrumental. Yo, que viví durante años atrapado en esa preponderancia de lo mental y lo racional sobre lo corporal, superé esa visión dualista gracias al reiki, una terapia energética que, mediante la imposición de manos, permite contactar, activar y equilibrar los chakras (centros de energía del cuerpo humano) y sus áreas de influencia. Gracias al reiki empecé a ser consciente de los latidos, movimientos internos, pequeños espasmos y variaciones de temperatura que se producían en mi cuerpo, dándome cuenta de los desajustes y sincronías que habitaban dentro de mí, y así, poco a poco, fui conectando con la llamada sabiduría corporal. El reiki fue, en definitiva, el toque de atención que necesitaba para contactar con mi cuerpo.

Lamentablemente, en la actualidad circulan definiciones distorsionadas de reiki que desvirtúan el valor de esta técnica como herramienta de contacto, exploración, autoconocimiento y acceso a un estado de armonía y bienestar mediante el equilibrio y la integración de nuestras dimensiones física, emocional y mental. Por ello, el jueves 26 de marzo, a las 19:30 horas, acompañaré a Carmen Molina Cañabate, maestra de reiki, en la charla informativa “Reiki en el día a día: comprender el reiki y aplicarlo en la vida cotidiana”* que tendrá lugar en el Espacio Garibay de Madrid (C/ Garibay, 6, entre las estaciones de metro de Pacífico y Conde de Casal). La entrada es gratuita, pero se requiere inscripción previa en reikieneldiaadia@gmail.com. Si vives en Madrid o estás de visita en la capital ese día, te invito a acompañarnos para adentrarnos juntos en las aplicaciones prácticas del reiki.

[Evento suspendido debido a las restricciones derivadas de la declaración del estado de alarma por la expansión del coronavirus COVID19 en España.]


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AUTOPÍAS, METÁFORAS, MINDFULNESS

Adentrarse en la cueva

El caminante estaba cansado, llevaba mucho tiempo vagando por cañadas y senderos. Generalmente, reponía fuerzas fijándose en pequeños detalles que iba encontrando a su paso: la frondosidad del bosque que avistaba desde el cerro, los campos de cultivo en su punto álgido a la espera de la cosecha, el olor de las flores con las que se iba topando en su travesía, el silbido del viento, la rodadura de los coches que transitaban por las carreteras cercanas, el reflejo de un tren que serpenteaba a lo lejos, las imponentes o humildes construcciones de las ciudades y pueblos que se iba encontrando en el camino… Aquel día, sin embargo, esos estímulos no lo reconfortaban. ¿Qué hacer, entonces, para recuperar la energía perdida?

El caminante, que hasta ese momento cavilaba ensimismado en su desazón, se percató  de que a su espalda había una formación rocosa con una abertura que parecía dar acceso a una cueva. Su cansancio lo animó a buscar refugio allí: antes o después, tenía que parar. La cavidad a la que se accedía por aquella abertura era bastante amplia y estaba muy bien iluminada: varias grietas en la roca facilitaban la entrada de luz exterior. El caminante se acomodó sobre unos montones de paja que había junto a una de las paredes y se echó una pequeña siesta. Al despertar, se sentía ya más descansado. Pensó, incluso, en reanudar el camino. Pero entonces se dio cuenta de que, en la pared opuesta, había un hueco por el que acceder a una cavidad contigua. ¿Qué hacer? ¿Volver a una realidad exterior que un rato antes le había parecido efímera o seguir explorando la cueva?

El caminante encontró que junto a ese hueco –¿casualmente?– se disponían los elementos necesarios para prender una antorcha, así que se animó a iniciar la exploración. El hueco daba paso a un pasillo por el que, a pesar de algunas pequeñas irregularidades que iban apareciendo en el terreno, no resultaba difícil andar. Siguió caminando durante un largo trecho. Entonces, el pasillo comenzó a hacerse cada vez más angosto. El caminante pensó en retroceder, no fuera a quedarse atrapado, pero, de nuevo, prevalecieron las ganas de continuar. Si había llegado hasta allí, ¿por qué no continuar un poco más? Aunque el pasillo era estrecho, bastaba con agacharse un poco para seguir avanzando.

El caminante recorrió el pasillo hasta el final, donde encontró una portezuela que daba a una nueva cavidad. Abrió la portezuela con decisión, pero se quedó sobrecogido: esta dependencia de la cueva estaba llena de afiladas estalactitas y estalagmitas que, además de la amenaza que suponían, proyectaban sombras fantasmagóricas a la luz de la débil antorcha. Un río de lava caliente y pringosa cruzaba el suelo. El caminante sintió deseos de salir corriendo a través del pasillo que acababa de cruzar. No obstante, al fondo de la sala se veía un suave resplandor. Tal vez fuera mejor cruzar esta cavidad de apariencia hostil: quizá hubiera otra salida allí. El caminante advirtió que, para llegar a ese resplandor, no era necesario cruzar la sala sorteando cada uno de esos elementos amenazantes: podía usar el desfiladero que se había formado en una de las paredes.

El caminante, una vez en el desfiladero, comprendió que los espeleotemas, la lava y las sombras son elementos que pueden aparecer con frecuencia en cualquier cueva. ¿Por qué tener miedo de ellos? Bastaba con observarlos, no era necesario medirse con ellos. Y así, siguió avanzando por el desfiladero, camino del resplandor. Un golpe de viento apagó la antorcha, pero no le importó: el resplandor aportaba ya suficiente luz para continuar. Además, el desfiladero se iba ensanchando, y descendía en una ligera pendiente por la que era fácil caminar. Con paso ligero, el caminante llegó a una nueva sala, y se quedó maravillado por lo que vio: ante él se abría un oasis de vegetación a través del cual se abrían caminos de piedras pulidas que conducían hacia un pequeño lago y una pequeña playa.

El caminante avanzó por uno de esos senderos hasta alcanzar el agua. Aprovechó para refrescarse y, reconfortado por la armonía que emanaba de aquel paisaje, se dispuso a meditar. Aunque no se veía ninguna fuente de iluminación, una brillante luz natural daba color y forma al oasis. El caminante se espabiló y se dispuso a partir. Cuando quiso darse cuenta, caminaba ya lejos de la cueva. En su bolsillo guardaba una pequeña piedra pulida, un recordatorio de ese lugar al que volver para encontrarse consigo mismo, para recobrar las fuerzas perdidas, para aceptar con serenidad lo que la vida nos ofrece y para salir después al mundo, tocados por nuestra mirada interna, a compartir nuestra experiencia.


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AUTOPÍAS, COACHING, LECTURAS

Yo, coach

Días atrás, mientras visitaba una librería de estrechos pasillos, tropecé con un libro cuyo título llamó inmediatamente mi atención. Se trata de La burbuja terapéutica, una obra de reciente edición en la que el ingeniero Josep Darnés, que se define como una persona hiperterapiada, relata su experiencia como adicto a la autoayuda, el autoconocimiento y las terapias, una vivencia cuyo sentido se apunta ya en el subtítulo del libro: Como caí en las trampas del crecimiento personal y las terapias. A la vez, el texto plantea una reflexión sobre la paulatina psicologización de la sociedad y sobre las garantías de las que adolecen, entre otros, los libros de autoayuda, la filosofía del pensamiento positivo, los talleres de sanación, el mindfulness… o el coaching.

Considero acertadas algunas de las observaciones de Darnés, entre ellas su preocupación por la proliferación de vendehumos y la evidente mercantilización de las diferentes corrientes que tratan de asistir al individuo en la búsqueda de su conocimiento y crecimiento personal. Coincido también en la inquietud –que yo percibo latente en todo el libro– por la predisposición de los consumidores de autoayuda a dejarse arrastrar por las modas sin discernir o discriminar las disciplinas o las formas de intervención más adecuadas para hacer frente a sus conflictos, problemas, dudas o deseos. No obstante, no comparto las críticas que el autor dirige al coaching al hablar de los conceptos de responsabilidad y zona de confort y de las características de los coaches en el ejercicio de su profesión.

Me gustaría concretar, antes de profundizar en dichas críticas, la definición de coaching. Para mí, el coaching es un proceso de aprendizaje y conocimiento en el que el cliente, desde su compromiso con el coach, descubre y alimenta sus propias capacidades y competencias con el fin de afrontar objetivos concretos. Lamentablemente, la traducción literal de coach por entrenador y el uso análogo de conceptos como coach, mentor, asesor o consultor han contaminado el alcance y los fundamentos de esta disciplina: no puede haber proceso de coaching si no hay motivación para el cambio, toma de conciencia, refuerzo de la confianza y la autoestima, responsabilidad y compromiso y plan de acción.

Josep Darnés considera que las apelaciones a la responsabilidad del cliente en su proceso de cambio son contraproducentes ya que no solo no contribuyen a empujar a la persona hacia sus objetivos, sino que la frustran porque piensa que todo es por su culpa, que es idiota o simplemente perezosa. Desde mi punto de vista, se debe diferenciar entre la responsabilidad que tenemos en lo que sucede (evidentemente, no tenemos control sobre todos los factores que condicionan nuestra existencia) y la responsabilidad con la que hacemos frente a lo que sucede. ¿Queremos ser víctimas o protagonistas? El buen coach comprobará, al iniciar el proceso, el grado de implicación que está dispuesto a asumir el cliente. Si no hay compromiso, no debe haber proceso de coaching.

Por otro lado, el autor de La burbuja terapéutica sostiene que el coach, en su ceguera por el crecimiento, no acepta que uno pueda desear “ir tirando” o seguir viviendo en la “zona de confort” que le hace feliz. Según la Asociación Española de Coaching (ASESCO), el proceso de coaching pretende cubrir el vacío existente entre donde una persona está ahora y donde desea estar. De este modo, hay una insatisfacción a la que el cliente necesita dar respuesta: será él mismo quien decida hasta qué punto se mantiene en su comodidad actual y hasta qué punto se arriesga para ensanchar su experiencia del mundo. Quizá convenga sustituir lo de “salir de la zona de confort” –yo también he incurrido en esta expresión– por “extender la zona de confort” a través de la vivencia y del aprendizaje de nuevas creencias, comportamientos o emociones.

Finalmente, Darnés ironiza sobre el esfuerzo que requiere ser coach, un profesional que se tiene que presentar siempre delante de los demás como una especie de superhumano invulnerable, un modelo a seguir que se ha transformado a sí mismo, repleto de virtudes, perfecto y con un gran autoconcepto. En mi caso, nada más lejos de la realidad: me siguen asaltando las dudas, no soy inmune a la inseguridad y al desánimo, no tengo todas las respuestas (de hecho, dicen que el coaching es el arte de hacer preguntas) y aún me queda mucho que aprender de la vida. Creo que la honestidad es una cualidad fundamental para establecer una relación de igual a igual con los clientes y facilitar la consecución de sus objetivos. Y así, con humildad, te invito a dirigirte a mí para aclarar tus dudas sobre el coaching y, si lo necesitas, para iniciar un proceso conmigo. Puedes hacerlo a través del apartado Contacto de este blog.


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AUTOPÍAS, RECOPILACIONES

Abierto por vacaciones

Agosto, el mes donde todo parece interrumpirse. Cada vez son menos los que pueden disfrutar de todo un mes de vacaciones, pero eso no impide que la ciudad se sumerja en una especie de letargo. Las rutinas, nuevas o repetidas, llegarán en septiembre. Aceptado el parón, ya sea impuesto o deseado (no todos pueden permitirse detenerse), ¿por qué no aprovechar estos días para volver la vista atrás y recordar lo que hemos aprendido, por ejemplo en este blog, en estos últimos meses? Seguro que rescatamos algunas pistas para vivir plenamente nuestro presente y avanzar leales hacia nuestros sueños y aspiraciones de futuro.

Si estás de vacaciones, te invito a conectar con la ilusión y la curiosidad con la que, previsiblemente, has planificado tus momentos de ocio y descanso. Observa, dentro de ti, qué emociones despierta enfrentarte a algo distinto (otros lugares, otros horarios, otros ritmos). ¿Cómo te sientes? Ahora, recoge esas sensaciones y guárdalas para el regreso: esa misma ilusión y esa misma curiosidad, adaptadas a cada situación concreta, te servirán para encarar con otra perspectiva –buscando respuestas o soluciones alternativas y creativas– las rutinas del día a día. En la entrada Tren destino…, publicada en febrero, sugiero algunas claves para ello.

Y, tanto si estás de vacaciones como si no, te animo a entrenar tu atención: el verano es un buen momento para introducirse o avanzar en el mindfulness o en la meditación. Si estás disfrutando de unos días de descanso, quizá te resulte fácil encontrar una ubicación en la que, a partir de los estímulos de la naturaleza (el contacto con la arena de la playa o con la hierba, el arrullo de las olas del mar y del canto de los pájaros), llevar la atención hacia uno mismo. Si no tienes vacaciones, ¡qué mejor plan que buscar unos minutos al día solo para ti! En las entradas ¿Dónde pones tu atención? y Mira hacia ti, publicadas en febrero y abril, tienes pistas para comenzar. ¿Repasamos?

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AUTOPÍAS, CONCEPTOS, REFLEXIONES

Palabras… ¿nada más?

En las sucesivas entradas que he ido publicando en este blog han aparecido, más o menos desglosados, algunos conceptos de gran importancia para mí por su contribución a mi propio proceso de cambio personal y profesional. Así, he hablado de la relación con el miedo, la lucha entre el crítico interno y el aliado interior, la confección de nuestra mochila vital, el desarrollo de potencialidades e ilusiones, el contacto con uno mismo a través del mindfulness, la búsqueda de motivaciones más allá de la zona de confort, la necesidad de fijar límites en la relación con los demás, la diferencia entre mapa y territorio o la apuesta por la planificación y el empoderamiento como respuestas a la procrastinación. Pero… ¿qué hay detrás de todos estos términos?

Algunas personas o sectores sociales consideran que todos estos conceptos son palabras huecas. Para unos son denominaciones fruto de modas –pasajeras o no– a las que no conviene prestar atención. Para otros son directamente una perversión del lenguaje. Coincido en que algunos de los sintagmas utilizados en el mundo del autoconocimiento, desde la Psicología hasta los libros de autoayuda –pasando por todas las opciones intermedias–, se han convertido en expresiones manidas. Del mismo modo, algunos conceptos han perdido el brillo que irradiaban cuando fueron aplicados por primera vez. Obviamente, las palabras se desgastan con el tiempo. Pero… ¿debe deteriorarse también su significado?

Quizá las reticencias suscitadas por los términos de los que hablo en este blog tengan su origen en el miedo a descubrir su auténtico valor: la discusión sobre formalismos suele ser una vía de escape para evitar la toma de conciencia interior. Por eso, te invito a ir más allá de las palabras: mira cómo resuenan dentro de ti, conecta con las emociones que te provocan, déjate seducir por ellas, engánchate a aquellas que te despierten nuevas posibilidades y horizontes. Aun siendo conceptos trillados, repetidos o denostados, serán tuyos. Y quizá, como me ocurre a mí, darán sentido a tu vida. Palabras… ¡y cuánto más!

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AUTOPÍAS, CONCEPTOS, MINDFULNESS

¿Dónde pones tu atención?

Vivimos en un mundo en el que se nos exige prestar atención constantemente. Debemos estar concentrados en cada una de las tareas que hacemos, especialmente en el ámbito laboral. Tenemos que estar atentos –también– a las responsabilidades que asumimos en la esfera familiar, social o relacional. Y los avances que la tecnología ha ido introduciendo en nuestro día a día, invitándonos a estar permanentemente conectados, obligan a redoblar nuestros esfuerzos de atención. Intentamos focalizar nuestra atención a partir de estímulos diversos y simultáneos. Pero… ¿crees que realmente prestas atención a lo que haces? Si crees que sí es que aún no conoces la filosofía de atención plena o atención consciente que promueve el mindfulness.

Se define la atención como un proceso cognitivo que favorece la concentración en una cuestión determinada sin tener en cuenta el resto. Se trata, pues, de una actividad mental. Sin embargo, en mi trayectoria vital he descubierto que no es posible disociar la cabeza del resto del cuerpo. Solo una auténtica conciencia corporal, resultado de una mirada sobre uno mismo, favorece la atención plena sobre lo que sucede a nuestro alrededor. Mediante el contacto con lo que cada uno es podemos llegar  a la aceptación. Y la aceptación ensancha y colorea nuestro mundo con una explosión de matices que alimenta nuestra atención y que nos facilita distinguir lo importante de lo superfluo.

Te invito, por tanto, a volver la mirada sobre ti mismo. ¿Cómo hacerlo? La mejor forma de contacto interno, según mi experiencia, pasa por la respiración. Observa el ritmo de inspiración y espiración. ¿Notas tu respiración agitada? ¿Usas todo el potencial de tus pulmones? Intenta hacer respiraciones más pausadas, prolongadas y profundas. Siente como el aire hincha tu abdomen, se expande por la caja torácica y alcanza tu clavícula. Aprovecha este contacto con tu respiración para escanear tu cuerpo y descargar aquellas zonas que puedan estar tensionadas (cuello, hombros, espalda…). Después de este ejercicio, mira a tu alrededor. ¿Se han producido cambios, aunque sean sutiles, en tu entorno? ¿Cómo funciona ahora tu atención?

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